Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 14, 2012

G.K. Chesterton. Cómo escribir relatos policíacos.

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G.K. Chesterton, Cómo escribir relatos policíacos
Acantilado, 2011. 256 páginas.
Trad. Miguel Temprano García.

Aprovechando que se celebra la BCNegra en la biblioteca tenían una selección del género, incluído éste, y yo no me puedo resitir a nada de Chesterton.

El título es ligeramente engañoso, ya que en realidad es una recopilación de artículos sobre él género, entonces incipiente. El tema hace que sus reflexiones no tengan la universalidad habitual, pero aún así he seleccionado una gran cantidad de fragmentos que creo merecen ser difundidos aquí.

Sobre la juventud de este tipo de novelas:

Ningún libro es tan fácil de releer, a excepción de los grandes clásicos. Resulta muy misterioso, pero si leemos seis veces un libro de Dickens es porque ya lo conocemos; en cambio, si podemos leer seis veces una novela popular de detectives es sólo porque podemos olvidarla otras seis veces. Una novela tonta de seis peniques (y no me refiero a una tontería a medias o dudosa, sino a una plena, fuerte, rica y humana) tiene por lo tanto la naturaleza de una posesión inmortal e inagotable. Su conclusión es tan fatua y absurda que, por muchas veces que la oigamos, siempre nos cogerá por sorpresa, como una explosión o un fusil que se dispara accidentalmente. Está escrita con tanto descuido que ni siquiera es coherente consigo misma: no hay ninguna unidad que resulte memorable. No se puede exigir al lector que recuerde un libro cuando el autor no recuerda el último capítulo. No podemos adivinar el final si el autor no parece saberlo. Una historia así se desliza fácilmente por nuestra imaginación, carece de ramas u hojarascas de inteligencia que puedan engancharse en alguna parte de la memoria. Por eso digo que se convierte en algo hermoso y en un disfrute eterno. Gana en juventud eterna.

Me pareció curioso porque mi madre suele leer muchas veces las novelas de Agatha Christie porque no se aceurda, y porque más de una vez, sobre otros temas, he utilizado la misma expresión, que no se enganchan en la memoria.

Sobre el elitismo cultural:

Si, como suele decirse, la gente prefiriera los libros malos, no podría explicarse que el único detective de ficción al que conoce todo el mundo fuese el único que es una obra de arte. Lo cierto es que la gente corriente prefiere cierto tipo de obras, buenas o malas, a otros tipos, buenos o malos, y están en su derecho de hacerlo. Prefieren las novelas, la farsa, y todo lo que tenga que ver con la diplomacia material de la vida, a las delicadezas psicológicas o los humores más secretos de la existencia. Pero, aunque prefieran ciertas cosas, las prefieren buenas si pueden conseguirlas. El hombre de la calle prefiere la cerveza a la créme de menthe, pero es absurdo decir que prefiere la cerveza mala a la buena.

El peligro del reseñador:

Fui un gran lector de novelas hasta que empecé a reseñarlas y, como es natural, tuve que dejar de leerlas. No quiero decir que cometiera una gran injusticia; al contrario: las estudié y critiqué con la intención de ser lo más justo posible, pero a eso no lo llamo «leer novelas» en el antiguo y delicioso sentido que tenía antes. Aunque las leyera enteras, seguía leyéndolas a toda prisa, lo que va en contra de mis instintos por el mero placer de la lectura. Cuando era niño y caía en mis manos una nueva novela de aventuras, cuando era joven y leía mis primeras novelas de detectives, no me gustaba la precipitación sino que disfrutaba demorándome en ellas. El placer era tan intenso que siempre procuraba dilatarlo.

Es falso que las personas lógicas sean frías:

Incluso a Sherlock Holmes (mi amigo de infancia, a quien no me cansaré de rendir homenaje) se le describe como una persona incapaz de enamorarse por culpa de su naturaleza lógica. Es casi como decir que no tenía apetito en las comidas porque se le daban muy bien las matemáticas. No hay nada intrínsecamente ilógico en sentir afectos, admiración o apetitos, siempre que los tomemos por lo que son. Pero la tradición novelesca, tal como aparece en las novelas, es que lo lógico no puede ser novelesco. Debemos observar también que la palabra frío aparece siempre unida a la palabra lógico; supongo que los impresores deben de tener ambas palabras en el mismo cajón de tipos móviles. Pero el lógico frío, aunque no deba ser novelesco, es casi por entero una criatura de novela. De hecho, la mayoría de las personas lógicas que he conocido eran gente afectuosa, entusiasta y de sangre caliente. La mayoría de los buenos polemistas son acalorados. Algunos de los mejores razonadores de la historia eran hombres de convicciones entusiastas, como santo Tomás de Aquino, o como los grandes oradores y predicadores franceses.

Premonición del título del propio libro:

Es curioso que la técnica de estos relatos no se discuta, porque en ellos la técnica es la clave de todo. Aún más extraño resulta que dichos autores no cuenten con el consejo de los críticos, porque se trata de una de las pocas formas artísticas que admitirían algunos consejos. Y lo más raro de todo es que nadie hable de sus reglas, porque son uno de los pocos ejemplos en los que uno podría saltárselas. El hecho mismo de que la obra no pertenezca al más elevado orden de la creación hace posible tratarla como una cuestión de construcción. Pero, aunque la gente está siempre deseando enseñar a los poetas a tener imaginación, parece que considera inútil tratar de ayudar a quienes idean tramas policíacas en una cuestión de mero ingenio. Hay libros de texto que enseñan a la gente a manufacturar sonetos, como si la
visión de coros en ruinas en los que cantan los pájaros, o el remolino de las hojas de la esperanza fallecida y el viento de las alas imperecederas de la muerte fuesen cosas que pudieran explicarse como un juego de manos. Tenemos monografías que exponen el arte del relato breve, como si el horror que rezuma La caída de la casa Usher o la luminosa ironía de El tesoro de Franchard fuesen recetas sacadas de un libro de cocina. En cambio, en el caso del único tipo de relato en que, en cierto sentido, pueden aplicarse las estrictas leyes de la lógica, nadie parece molestarse en hacerlo, ni siquiera en preguntarse si se aplican o no en éste o en aquel caso. Nadie ha escrito ese libro que cada día espero ver en los estantes de las librerías titulado Cómo escribir un relato de detectives.

Lo malo del espiritismo:

Sir Arthur explica que le gustaría llevar el espiritismo a un plano de idealismo más solemne y elevado, y que está de acuerdo con sus críticos en que los trucos con las mesas y las sillas son grotescos y vulgares. Creo que eso es bastante cierto si se le da la vuelta igual que a la mesa. No me molesta la parte grotesca y vulgar del espiritismo; a lo que le pongo objeciones es a la parte más solemne y elevada. Después de todo, un milagro es un milagro y significa algo: que el materialismo es absurdo. Pero no es cierto que un mensaje sea siempre un mensaje, y en ocasiones sólo significa que el espiritismo también es absurdo.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (167/365)

noviembre 14, 2011

Gilbert K. Chesterton. Autobiografía.

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Acantilado, 2003. 396 páginas.
Tit. or. Autobiography. Trad. Olivia de Miguel.
Gilbert K Chesterton, Autobiografía
Mundo interior

Teniendo tantos escritores que me gustan, me despisto un momento, y me editan un montón de cosas suyas, sobre todo en Acantilado. Como intento comprarme menos libros, al menos me los compro nuevos, y buenos.

El libro recoge un montón de anécdotas jugosas sobre la vida de Chesterton, muchas de sus opiniones, sus relaciones con otros intelectuales de la época, sus asuntos personales, el modelo del Padre Brown, el origen de algunas de sus principales obras…

Admirador como soy del autor no hace falta que diga que lo he leído con mucho interés. Pero si tengo que destacar algo es la importancia que da Chesterton a lo que podríamos mundo interior. Destaca mucho más sus pensamientos y sus discusiones con Shaw o Russell que viajes, cargos o trabajos. Para él es más importante su evolución intelectual que la laboral. Y en esto, como en tantas cosas suyas, me siento reflejado, y me cito:

Muchas veces comento en esta bitácora como ha llegado el libro a mi poder, que expectativas tenía, la impresión que me causó, de la misma manera que uno cuenta como conoció a su pareja, amigos, etcétera. La lectura conforma una vida paralela con las mismas sorpresas, ilusiones, decepciones y monotonías que los quehaceres cotidianos. A menudo, ante la pregunta de ¿Cómo te va la vida? tentaciones he tenido de responder así: ‘Bien, he estado de vacaciones en Sevilla, he cambiado de trabajo, y he descubierto a Roberto Bolaño’. Que mis modestos acontecimientos literarios no interesen a nadie no quiere decir que tengan menor influencia en mi vida.

Este libro me confirma que una discusión con Chesterton duraría toda la vida.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (75/365)

Extractos:
Nací de padres respetables pero honestos, es decir, en un mundo en el que la palabra «respetabilidad» aún no era sólo un insulto, sino que todavía conservaba una débil conexión filológica con la idea de ser respetado. Es cierto que, incluso en mi propia juventud, el sentido de la palabra ya había comenzado a cambiar, según se desprendía de una conversación entre mis padres en que usaban el término en sus dos acepciones. Mí padre, un hombre sereno, con humor y muchas aficiones, comentó de pasada que le habían pedido que formara parte de la junta parroquial, lo que por aquel entonces se llamaba The Vestry. Al oírlo, mi madre, que era más rápida, inquieta y en general más radical en sus impulsos, lanzó una especie de alarido de dolor y dijo: «¡Oh Edward, no lo hagas! ¡Te volverás respetable! Nunca hemos sido respetables y no vamos a empezar a serlo ahora.» Y recuerdo cómo mi padre le respondió apacible: «Querida, dibujas un panorama bastante sombrío de nuestras vidas cuando dices que no hemos sido respetables ni un solo momento.» Los lectores de Orgullo y Prejuicio percibirán algo de Mr. Bennet en mi padre, pero, en cambio, no hallarán nada de Mrs. Bennet en mi madre.

A nosotros, él nos parecía, por supuesto, el Hombre de la llave dorada, un mago que abría las verjas de los castillos de los duendes y los sepulcros de los héroes muertos, con lo que no era incongruente llamar linterna mágica a su linterna. Sin embargo, durante todos aquellos años, el mundo, e incluso los vecinos de al lado, le tenían por un hombre de negocios digno de confianza y capaz, pero desprovisto de ambición. Fue una magnífica primera lección en lo que también es la última lección de la vida: en todo lo importante, el interior es mucho mayor que el exterior. En resumen, me alegro de que nunca fuese un artista. Ello podría haberle impedido ser un amateur. Podría haber estropeado su carrera, su carrera personal. Nunca habría conseguido un vulgar éxito en las miles de cosas que con tanto éxito hacía.

Desde entonces, ese conspicuo mechón canoso se ha diluido en una armonía blanca y gris, y lo que un día fue nuevo se ha tornado antiguo. Pero creo que en el impresionismo había un significado espiritual relacionado con esta era de escepticismo. Quiero decir que ilustraba el escepticismo en lo que tiene de subjetivismo. Su principio era que si lo único que se veía de una vaca era una línea blanca y una sombra púrpura, sólo debíamos plasmar la línea y la sombra; en cierto sentido, deberíamos creer en la línea y la sombra más que en la vaca. En cierto sentido, el escéptico impresionista contradecía al poeta que afirmaba no haber visto nunca una vaca púrpura. El impresionista tendía a decir que él sólo había visto una vaca púrpura o, más bien, que no había visto la vaca, sino sólo el púrpura.
. Sean cuales sean los méritos de este método artístico, es evidente que, como método de pensamiento, hay en él algo totalmente subjetivo y escéptico. Se presta naturalmente a la insinuación metafísica de que las cosas sólo existen como las percibimos o que ni siquiera existen. La filosofía del impresionismo está necesariamente cerca de la filosofía de la ilusión. Y este clima también contribuyó, aunque indirectamente, a un cierto estado anímico de irrealidad y aislamiento estéril que en aquella época se apoderó de mí—y creo que de muchos otros.

Todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mi mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue jueves. En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron
bromas. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con «El hombre que fue nueves». Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como «La mujer que fue ocho y media» o «La vaca que fue mañana por la noche». Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber mirado el subtítulo—«Una pesadilla» —que respondía a muchísimas preguntas de la crítica.

Leí a Kipling y me atrajo en muchos aspectos, aunque me repelió en otros. Me consideraba socialista, porque la única alternativa a ser socialista era no serlo. Y no ser socialista era algo absolutamente espantoso. Significaba ser un imbécil y un esnob arrogante de los que protestaban contra los impuestos y las clases trabajadoras, o algún horroroso viejo y venerable darwinista de los que decían que los más débiles deben ir al paredón. Pero en el fondo de mi corazón, yo era socialista a regañadientes. Aceptaba lo mayor como el mal menor o incluso como el bien menor.

Hace algún tiempo, sentado tranquilamente una tarde de verano, mientras pasaba revista a una vida injustificadamente afortunada y feliz, calculé que debo de haber cometido al menos unos cincuenta y tres asesinatos, y haber sido cómplice de la desaparición de otro medio centenar de cadáveres con el fin de ocultar otros tantos crímenes; culpable también de colgar un cadáver en una percha, de meter a otro en una saca de correos, de decapitar a un tercero y colocarle la cabeza de otro, y un largo etcétera de inocentes artificios parecidos. Es cierto que la mayoría de esas atrocidades las he cometido sobre el papel, y recomiendo encarecidamente al joven estudiante que, salvo en casos extremos, exprese sus impulsos criminales de esta forma y no se arriesgue a estropear una idea hermosa y bien elaborada, rebajándola al plano del vulgar experimento material, donde con frecuencia se ve sometida a las imprevistas imperfecciones y decepciones de este sucio mundo y que acarrea consecuencias legales y sociales inoportunas y sublevantes. En algún sitio he explicado que, en cierta ocasión, redacté un catálogo científico de las «Veinte maneras de asesinar a una esposa» y he conseguido mantenerlas todas ellas en su inalterable integridad artística, de forma que al artista le es posible, hasta cierto punto, asesinar a veinte esposas con éxito y, no obstante, conservar la esposa original, un punto que, en muchos casos y especialmente en el mío, no deja de tener sus ventajas. En vista de esto, para el artista, sacrificar a su esposa, y posiblemente su propio cuello, por la vulgar y teatral puesta en práctica de uno de esos dramas ideales es per-
der, no sólo ese placer, sino todo el placer ideal de los otros diecinueve asesinatos. Como este ha sido un principio del que nunca he dudado, no ha existido nada que me impidiera la rica acumulación de cadáveres imaginarios; y, como digo, he acumulado unos cuantos. Mi nombre adquirió cierta notoriedad como escritor de narraciones sangrientas, comúnmente llamadas historias policíacas; ciertos editores y revistas han llegado a contar conmigo para tales fruslerías, y son lo bastante amables para escribirme de vez en cuando y pedirme una nueva remesa de cadáveres, generalmente en lotes de ocho.
Cualquiera que haya seguido la pista de esta industria, posiblemente sepa que muchas de mis historias detecti-vescas tienen relación con un personaje llamado padre Brown, un cura católico cuya simplicidad externa y sutileza interna conformaban algo parecido a un protagonista apropiado para esta clase de historietas. Han surgido ciertas preguntas, sobre todo, respecto a la identidad o la precisión con la que se describe al personaje, lo que no ha dejado de surtir su efecto en cosas más importantes.

abril 4, 2011

Roberto Bolaño y Antoni García Porta. Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce.

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Columna edicins, 2000. 200 páginas.

Roberto Bolaño y AG Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce
Bonnie and Clyde

Este era uno de los pocos libros de Bolaño que no tenía en mi biblioteca. El título me despistó sobre el contenido -no sé por qué incluso llegué a imaginarme que era un libro de poemas. No esperaba encontrarme esta historia de Bonnie and Clyde en Barcelona.

Los protagonistas son unos jóvenes que empiezan por unos tímidos atracos y acaban como el rosario de la aurora. Ángel, el chico, tiene veleidades escritoras y su pareja cierto desequilibro mental. Un cóctel que no puede llevar a nada bueno.

El libro es bastante flojillo, bastante por debajo de los libros de Bolaño -de Porta no puedo opinar porque es lo único que he leído. Aún así apunta maneras; el epílogo es muy bueno, y ahí sí que se ve hasta dónde podría llegar Bolaño. El problema de los libros a cuatro manos es que no sabes a quién se debe qué.

Se añade un cuento, Diario de bar, que sin ser deslumbrante es bastante bueno. EL conjunto recomendable para bolañistas. El resto, abstenerse.


Extracto:[-]

He hecho un cóctel con los apuntes de Shakespeare & Company, Ellmann, Stanislaus, etc. El panocha ha jodi-do toda la tarde explicando cómo, de qué manera, se comprará un video. Hace una semana conocí a Ana. El Jordi me ha devuelto los cuentos: «tú no sabes escribir en catalán». Le dije que aprendería. Esta tarde, en el metro, vi la muerte.

Las ganas de trabajar. Quiero decir, de tomar apuntes. He estado revisando el Ulises de Rueda y el de Lumen; hay diferencias notables. Le dije a Jordi que pensaba filmar Ulises en super 8. Me miró como si hubiera contado un chiste. ¿Cuánto va a durar la película? Más o menos unas seis horas, le dije.

Hacia dentro, París es triste. He estado en las dos o tres librerías más hermosas que he visto jamás; he dado vueltas por algunos lugares públicos; incluso fui al Museo Gustave Moreau, en las afueras, y la sensación última es la tristeza. Sentado en la cama, el cuarto oscuro aunque son las doce del día o algo así, pienso que es fantástico que yo esté aquí, que pueda escribir y diferenciar, todavía, mis estados de ánimo, la tristeza, París mismo.

marzo 21, 2011

Empar Moliner. No hay terceras personas.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:47 am
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Acantilado, 2010. 174 páginas.

Empar Moliner, No hay terceras personas
Estulticia y maldad

He dicho muchas veces que soy admirador de Empar Moliner, y lo repito. Compré este libro en castellano porque estaba de oferta en el mercado de San Antonio y como ya soy medio catalán… además así puedo regalarlo a algún amigo. Eso sí, no vuelvo a hacerlo. La prosa de Empar gana en su lengua original.

La lista de los relatos es la siguiente:

La sesión de maquillaje
La pregunta es: ¿por qué este cambio de registro?
Qué chica tan animosa
La guía Michelin
La contra
Wilson
Melodie Nakachian
Un método para dormir sin llorar
A ella no le gusta que se sepa
Algo de dieta y ejercicio

Empieza muy potente con Sesión de maquillaje (reproducido entero en el extracto), quizá demasiado porque el resto del libro no sigue el mismo aguafuerte. Mujeres que se ponen de felpudo las encontramos en Qué chica tan animosa y Melodie Nakachian. Sin embargo en La pregunta es: ¿Por qué este cambio de registro? la protagonista, aun en decadencia, sabe llevar la voz cantante. Terrible por lo verdadero es Un método para dormir sin llorar. La lucha contra los acontecimientos -con restaurante por medio- se refleja en La guía Michelin. Y hasta un cretino integral puede meter la pata hasta el fondo y salir triunfante, como en La contra.

Moliner, al igual que su admirada Dorothy Parker, tiene el ojo muy agudo para el retrato. Dibuja como nadie la estupidez humana, porque el mundo -lo sabemos- está lleno de botarates y de gente cuya única preocupación es quien ganará Gran Hermano. Pero la autora no los juzga; solo los exhibe y en ocasiones hasta parece que les tenga cariño.

Otra cosa son los hijos de puta. Gente, normalmente en el poder, capaces de pisar a quien sea si les molestan. Carentes de cualquier empatía o virtud. Estamos rodeados.

Nunca me cansaré de recomendar los libros de Empar Moliner. En este libro pierde el tono Monzoniano que tenía T’estimo si he begut y recupera la voz propia que tenía en L’ensenyador de pisos que odiava els mims. Imprescindible.

Extracto:

LA SESIÓN DE MAQUILLAJE

El Nobel de Literatura Sigmund Grossman ha aceptado ir al magazine de las mañanas de la televisión pública, aprovechando que está en Barcelona para recoger el premio Memoria Hebrea, que distingue a las personas que trabajan a favor de la divulgación del horror nazi. El hombre se desenvuelve bien en español, porque su segunda mujer—la
primera murió en el campo de Birkenau—nació en Tarragona, aunque ha vivido buena parte de su vida en Varsovia.
No le hará falta traductor simultáneo, pues.
Cuando termine la entrevista, que le han asegurado que no será muy larga, se irá al hotel a repasar el discurso de aceptación del galardón y a dormir un poco (se cansa mucho, está mayor). Tras el homenaje, cenará con el presidente y con su editor (que tiene los derechos de toda su obra, porque le publicó Canción de cuna en el campo de exterminio antes de que ganara el Nobel, cuando aquí aún no lo conocía nadie). Al día siguiente por la mañana tiene que coger el avión para
Bélgica, donde empezará la gira europea.
La azafata lo acompaña del brazo a la sala de maquillaje y peluquería, le indica dónde sentarse y se ofrece a guardarle el bastón mientras tanto. Enseguida, una maquilladora le echa un vistazo profesional y le anuncia que sólo le aplicará un poquito de base en la cara y le tapará los brillos de la calva y de las manos. Y ya le protege el cuello de la camisa con dos servilletas de papel, para que no se le manche.
Empieza el trabajo.
—¿Está cómodo?—le pregunta.
—Sí, muchas gracias.
La chica unta una esponja triangular con la pasta marrón de un tubo. Después se la aplica en la cara.
—Y usted ¿de qué viene a hablar?—le pregunta, sin dejar de maquillarle.
—¿Perdón?
El Nobel no la ha entendido. A veces, si el interlocutor habla deprisa y no puede verle los labios, no acaba de saber qué le dice. Además, está sordo del oído derecho.
—Que de qué hablará. —Y con un pincel señala el techo, para que el hombre mire hacia arriba (le quiere tapar las bolsas de los ojos)—. ¿De qué tema viene a hablar al programa?
—¡Ah! De un libro que he escrito, supongo…—Y sonríe con modestia.
Ahora la maquilladora le señala el suelo, para que mire hacia abajo (le quiere repasar los párpados). Él no lo entiende.
—Mire al suelo…—El tono es como un sonsonete. Sol, mi bemol, sol, sol. Sigmund Grossman lo sabe porque antes tocaba el violín.
—¿Y de qué va, el libro?
El premio Nobel vuelve a sonreír. El argumento de El gélido sopor de Auschwitz, su última obra, no es fácil de explicar. En el plató, cuando le pregunten, quizás dirá que es la historia de su vida en el campo de concentración. Y que también es una reflexión sobre el mal.
—Es una novela—contesta finalmente.
—¡Ah! Pues qué bien que le entrevisten, ¿no?—exclama la maquilladora—. Lo va a notar un montón en las ventas.
Este programa tiene mucha audiencia. Lo ve mucha gente. No hable ahora. Moja un bastoncito en un tubo lleno de una pasta brillante y transparente y se lo aplica por los labios.
—Ahora ya puede hablar. ¿Qué me estaba diciendo?
Pero el hombre sólo sonríe y hace un gesto con la mano.
—¿Y es el primer libro que escribe?
—No… Ya llevo unos cuantos.
—¿Ah, sí?—Ella parece muy contenta—. Qué bien, ¿no?
—Sí.
—¿Y cuántos más ha escrito?
Para no tener que responder, Sigmund Grossman finge no recordarlo. Ríe y, al hacerlo, se le marcan unos surcos en la barbilla, como los de la concha de una vieira.
—Uy… No sabría decirle…—Se nota que no es castellanoparlante porque habla con demasiada corrección.
—¿No se acuerda? ¡Eso quiere decir que son muchos! ¿Más de cuatro?
—Sí, sí. Unos cuantos más…
Ha escrito doce novelas y un volumen de poesía: Genocidio concertado.
—¡Hala! ¡Más de cuatro! Pero entonces ya se puede decir que es un profesional. —La mujer tiene una voz infantil—. ¿Cómo se llama usted?
—Eh… Sigmund.
—Sigmund, Sigmund… Pero Sigmund ¿qué más?
—Sigmund Grossman.
—Mmm… No me suena—y menea la cabeza—. Por si acaso, después me lo apunta. No me suena. Pero es que yo para los nombres… Dígame títulos de sus libros. ¿Todos son novelas?
—Sí.
El premio Nobel ha dicho que sí para no tener que extenderse.
—Y ¿están bien?
Él hace un gesto ambiguo.
—Dígame títulos a ver si me suenan. Yo leo mucho. Me encanta leer, pero no tengo tiempo.
—Ah, eso está muy bien. ¿Y qué lee?—El hombre se lo pregunta para tratar de cambiar de tema.
—¡Buá! ¡De todo! Ahora me he bajado uno de crecimiento personal, en pdf. Ah… Lo tengo aquí, en la taquilla. No me acuerdo del título exactamente. Es que yo, para los títulos…
Va hasta la taquilla y vuelve con unos folios encuadernados:
—Éste. Eso: No le llames más. ¿Lo conoce?
—No. No, no.
—Está muy bien. Lo ha escrito una chica que sale en el programa, que es sexóloga.
—Ah.
—A ver. Es muy útil. Te quita la dependencia emocional que puedas tener por una ex pareja.
—Ajá…
—Venga, dígame un título de un libro suyo, que me lo voy a bajar. Para cuando me termine éste.
—Ya se lo enviaré, no se preocupe.
—Pero ¡si no sabe mi nombre! Ahora se lo apunto. Laura Piris, me llamo. Después, después se lo apunto.
—Sí, gracias.
La chica coge una brocha y le colorea las mejillas:
—Pero ¿de qué va el que me enviará?
—Del Holocausto…
—A mí, sobre todo, me gustan los de intriga. ¿Es rollo intriga, éste?
El hombre hace una mueca de dolor que tanto puede querer decir que sí como que no.
—Ahora le maquillaré un poquitín las manos…—anuncia la chica—. ¿Se puede remangar, para que no le manche los puños?
—¡Ah! Sí, sí.
El hombre trata de obedecer pero le tiembla el pulso. Así pues, ella le ayuda. Pero a medio hacer se interrumpe, admirada.
—¡Joder!—y le clava los ojos en el antebrazo izquierdo—. Pero ¡si tiene un tatuaje! Qué moderno.
Él trata de bajarse la manga, de repente muy incómodo. Se atraganta.
—¿Qué es? ¿Qué simboliza?
—Un… número…—murmura con un hilillo de voz.
—Un número. Y qué largo… ¡Qué original!… Yo tengo una mariquita, pero aquí. —Y se aparta la tira del sujetador para que él pueda verla.
—Muy bonita…
—A mí me gusta que los tatus no sean muy grandes. Así, como el que lleva usted, que es superelegante. Que se noten pero que no se noten. ¿Quién se lo ha hecho? ¡Es que me encanta!…

mayo 7, 2010

G. K. Chesterton. Herejes.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 2:54 pm
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Editorial Acantilado, 2007. 320 páginas.
Tit. Or. Heretics. Trad. Stella Mastrangelo.

G K Chesterton, Herejes
Fuera de la norma

Inmenso Chesterton. No es ni Shakespeare ni Russel, pero ¡cuánto me gusta! ¡Qué bien sabe su prosa! Es un placer seguir sus razonamientos, empeñado siempre en hacer de abogado del diablo. En defender las opiniones equivocadas con las razones correctas. Humano hasta la médula.

En esta recopilación de artículos brilla todo su talento. Reseñando libros o autores, opinando de política o defendiendose de los ataques de los críticos engarza unos artículos que escapan del tema con naturalidad y se hacen intemporales y eternos. Talento es hablar del ejército de salvación y que uno, que nunca ha conocido esa iglesia, entienda perfectamente de qué se está hablando. Porque Chesterton en sus artículos, relatos y novelas siempre está hablando de lo mismo: del hombre.

Hay que agradecer a Acantilado la publicación de algunos de sus libros (me compraría la monumental Relatos del padre Brown de 1100 páginas si no fuera porque los tengo todos por separado). Pueden ver aquí su catálogo: Obras de Chesterton en Acantilado. Hay Chesterton más allá del padre Brown. En siguientes entradas comentaré algunos extractos de este libro.

Descárgalo gratis:

Chesterton


Extracto:[-]

La mayoría de las personas sanas pasa por alto esos peligros morales igual que pasa por alto la posibilidad de bombas o microbios. Los realistas modernos son en realidad terroristas, igual que los dinamiteros; e igual que ellos fracasan en el intento de causar una conmoción. Tanto los realistas como los dinamiteros son personas bienintencionadas dedicadas a la tarea, tan evidentemente destinada a fracasar por último, de usar la ciencia para promover la moralidad.

No quiero que el lector me confunda ni por un momento con esas personas vagas que imaginan que Ibsen es lo que ellos llaman un pesimista. Hay muchas personas saludables en Ibsen, mucha gente feliz, muchos ejemplos de personas actuando con prudencia y finales felices. No es eso lo que quiero decir. Lo que quiero decir es que Ibsen muestra en todo momento, y no disimula, cierta vaguedad, y una actitud cambiante, así como una actitud de duda acerca de qué es realmente prudencia y virtud en esta vida; vaguedad que contrasta de forma notable con la decisión con que se lanza contra algo que percibe como una raíz de mal, alguna convención, alguna falacia, alguna ignorancia. Sabemos que el protagonista de Espectros está loco, y sabemos por qué está loco. También sabemos que el doctor Stockman está cuerdo, pero no sabemos por qué está cuerdo. Ibsen no afirma saber cómo se producen la virtud y la felicidad, en el sentido en que afirma saber cómo se producen nuestras modernas tragedias sexuales. La falsedad provoca ruina en Las columnas de la sociedad, pero la verdad provoca igualmente ruina en El pato silvestre. No hay virtudes cardinales en el ibsenismo. No hay hombre ideal en Ibsen. Todo esto no sólo se admite sino que se alaba en La quintaesencia del ibsenismo de Bernard Shaw, el más valioso y meditado de los elogios de Ibsen.

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