Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

julio 9, 2008

P.A. Balcells. Autoretrato de Mozart.

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El acantilado, 2000. 458 páginas.

P.A. Balcells, Autoretrato de Mozart
Epistolario de un genio

Mozart fue todo un personaje. Pese a morir muy joven, con apenas 35 años, nos ha dejado una obra de innegable talento. Además fue un virtuoso, algo que demostró desde muy tierna edad; por suerte para él no fue tan sólo un niño prodigio. Por desgracia su genio musical estaba unido a un carácter infantil que le trajo no pocos disgustos.

Este libro construye su biografía y carácter a través de una selección de sus cartas. Cuando empecé el libro pensé ¡Horror! Una aburrida recopilación epistolar. Pero nada de eso; tenía que confiar en el buen juicio de la editorial Acantilado. El autor nos presenta una semblanza espléndida de Mozart, apoyado por las propias palabras del autor. El resultado es un retrato fidedigno y muy entretenido.

Además nos ofrece, de propina, una visión de la época a través de los ojos del músico. ¿Sabían que la venta de gafas de sol para ver eclipses ya estaba de moda en la antigüedad?

Decididamente, los necios no son inteligentes en ninguna parte. En apariencia, de París está desterrada toda superstición, e incluso llegan a considerar supersticiosos muchos mandamientos eclesiásticos. Y, figuraos: ¡un eclipse puede » convertirse en París en motivo de alarma general! Desde hace 14 días, los vidrieros de París han ido recogiendo todos los trozos de cristales rotos que han encontrado, [...] los han hecho teñir de azul, o más bien de negro, les han decorado los bordes con papeJ dorado y los han puesto a la venta [...]. Esto no es todavía ninguna superstición—pero que la gente corriera por la mañana temprano a las iglesias para encontrar protección segura contra el envenenamiento del aire que había de provocar este eclipse, que todo el mundo dijera y creyera que, a causa de esto, a las 9 habría la última misa porque después serían cerradas todas las iglesias, que este eclipse sería tan grave que había que temer en el futuro una peste, que durante tres horas enteras sería tan oscuro que la gente tendría que usar candelabros, y cien cosas más, eso sí que son sin duda vulgares supersticiones. [...]. Los vidrieros , no han hecho sus vidrios en vano; pero los compradores han gastado en vano su dinero. Ha habido una fuerte tempestad, e incluso así no estaba más oscuro que cuando empieza a caer la tarde.

Aunque Mozart tuviera facilidad para el piano, dedicaba muchas horas a practicar:

Miró inmóvil mis dedos cuando toqué para él. Después no paraba de repetir: «¡Dios mío! Los esfuerzos que debo hacer yo, y los sudores que me cuestan, y no obstante no obtengo ningún éxito, y para vos, amigo mío, parece que todo sea un juego.» «Sí—dije—, yo también tuve que esforzarme, para no tener ahora que esforzarme más.»

Un libro que me ha resultado tan ilustrativo como instructivo. Muy bueno.

Escuchando: Something Beautiful. Clem Snide.


Extracto:[-]

Despedirse de la primita también resultaba a veces trabajoso:

Adiós Basle. Soy, era, sería, he sido, fui, hubiera sido, ¡oh!, si yo fuera, ¡oh!, si yo pudiera ser, Dios quisiera que yo fuera, llegaría a ser, seré, si tuviera que ser, ¡oh!, si pudiera llegar a ser, habría sido, habré sido, ¡oh!, si hubiera sido, ¡oh!, como me hubiera gustado ser, quisiera Dios que yo hubiera sido, ¿qué?—un monigote.

Era otra de las bufonescas maneras que tenía de autocalificarse, usada en este caso para defraudar burlescamente la tan solicitada solidaridad del lector. Pero no siempre se trataba de fingidas lamentaciones, sino a veces incluso de vehementes protestas. Entonces la repetición servía para revestir de forma exuberante el impulso de la blasfemia:

¡Rayos y truenos de mil sacristías, croatas de miseria, diablos, brujas, harpías, batallones de cruzados sin fin, maldición de elementos, aire, agua, tierra, fuego, Europa, Asia, África y América, jesuitas, agustinos, benedictinos, capuchinos, minoristas, franciscanos, dominicanos, cartujos y caballeros de la Santa Cruz, canónigos regulares e irregulares, y todos los haraganes, miserables, canallas, verdugos y cabritos uno encima del otro, asnos, búfalos, bueyes, locos, estúpidos y cretinos! ¿Qué son estas maneras, 4 soldados y 3 bandoleras?—¿un paquete así y ningún retrato?—ya estaba lleno de ansia—creía que con seguridad—ya que vos misma me escribisteis no hace mucho que muy pronto, sí, muy pronto, lo recibiría [...]. Bien pues, os lo pido, enviádmelo, y cuanto antes mejor. Espero que sea como yo lo pedí, es decir, en vestido francés.

Mozart quería el retrato de su primita en indumentaria francesa porque consideraba que, vestida así, su aspecto mejoraba, y no se puede decir que tuviera una idea borrosa de la medida de esta mejora; tres semanas antes había escrito a su padre:

Mi primita, para darme gusto, se ha vestido a la francesa. De esta manera está un 5 por ciento más guapa.

Podemos imaginar que el porcentaje al cual añadir este 5 por ciento debía de ser ya notablemente jugoso como para justificar, con la suma, tan irascible decepción. Más adelante no dejará de aparecer alguna otra muestra de su curiosa manera de «ligar»; de momento, la colección de truculencias lingüísticas continúa, y además de forma acumulada. Ya ha quedado bien de manifiesto el gusto por repetir, o por remover y revolver una misma idea. Ahora, al despedirse de su hermana, parece que por momentos vuelva a patinar, pero consigue restablecer el equilibrio. A continuación introduce los nuevos motivos de farsa:

No me tomaré a mal que mi insignificante amigo no me haya respondido; tan pronto como tenga tiempo, ciertamente, por cierto, sin duda, seguro y puntualmente me responderá. Mis cumplidos a todos los buenos amigos y amigas. Beso la mano de mamá. Dios a, y novéame pronto alguna escribidura. La Alemania del correo todavía no ha llegado.
Oidda
Siempre como soy
MOZART WOLFGANG
Milano ne, 2771 ed noviembre ed 12

junio 11, 2008

Imre Kertész. Un Relato Policiaco.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:20 am
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Acantilado, 2005. 105 páginas.
Tit. Or. Detektívtörténet. Trad. Adan Kovacsics.

Imre Kertész, Un Relato Policiaco
Caso resuelto

Leyendo la reseña de este libro en Apostillas literarias fue como Magda me dirigió a Imre Kertész. Un libro pensado como relleno de El buscador de Huellas. Si así son los rellenos de este hombre, imaginen como son los platos fuertes.

Antonio Rojas Martens es un criminal que ha confesado varios asesinatos y ha pedido a su abogado que le proporcione material para escribir en su celda. Quiere contar su historia. La historia que contará será su participación en el caso Salinas y a través de esa narración descubriremos el mundo de la tortura policial bajo una dictadura.

El título llama a engaño. Uno imagina una historia de detectives, a la vieja escuela. Pero la policía del libro es la peor clase de policía: la encargada de obtener, mediante torturas, información de los desafectos al régimen, de células de la oposición. Policía política que el autor debía conocer bien en Europa y que trasladó sin problemas a un imaginario país latinoamericano.

El segundo engaño es la presentación del protagonista, criminal confeso, una especie de monstruo. Uno de los verdugos, sí, que torturó y asesinó a mucha gente, pero el único incapaz de entender la lógica de sus actos. Escribe la historia por su necesidad de encontrar una explicación, y contrasta con la frialdad de su jefe, capaz de realizar los actos más horrendos sin preocuparse.

Las víctimas se van presentando a través de los informes del protagonista y de los extractos del diario de la víctima, que aquél consiguió comprar. A la mitad de la historia uno ya tiene las claves para saber lo que va a pasar, y al final sí resulta ser una historia de detectives, cuya solución puede adivinarse. Pero aquí nadie va a decir Elemental, querido Watson, porque en una dictadura poco importa cual sea la verdad.

Escuchando: Blackout. British Sea Power


Extracto:[-]

En una palabra: nuestros archivos ya sabían que tarde o temprano Enrique cometería algo. En nuestra casa, su destino estaba sellado. El, sin embargo, aún no había tomado ninguna decisión. Dudaba; estiraba el tiempo. Deambulaba por las calles o escribía su diario, conducía a toda velocidad su Alfa Romeo de dos plazas, se reunía con amigos o se metía en la cama con una gatita de piel sedosa cuando le daba la gana. Enrique Salinas era un joven de apenas veintidós años, de pelo largo, bigote y una barbi-ta, lo cual ya lo volvía sospechoso para nosotros. Reflexionaba, iba y venía y hacía el amor. Pasaba poco tiempo en casa. María, sin embargo, se ponía junto a la ventana y lo esperaba. No es que viera mucho desde el decimoctavo piso del palacio de los Salinas. Visto desde allí, el interminable tráfico de la Gran Avenida parecía el trajín de las hormigas. Aun así, por aquellas fechas María, María de Salinas, la madre de Enrique, pasaba todo el tiempo detrás de la ventana.

Allí la encontraba Salinas cuando, de regreso de la oficina, atravesaba las lujosas habitaciones de la vivienda en busca de María. Se detenía a sus espaldas sin decir palabra.

—Tengo miedo—oye decir a María al cabo de un rato.

—No tenemos motivos para el miedo, María—responde él. Ambos callan.

—Hernández ha desaparecido. Martín ha sido ejecutado. A Vera se la llevaron de su casa—enumera María sin darse la vuelta.

—Nosotros no somos de aquellos a los que se llevan— dice Salinas, abrazándola por los hombros.

María se calma un poco. Los brazos de Salinas transmiten fuerza. Fuerza, superioridad y seguridad. Salinas era un viejo zorro, curtido en mil batallas, aunque no deben ustedes imaginarlo como un anciano. Incluso parecía más joven de lo que era. Tenía cincuenta años. En cierto sentido, la flor de la edad.

—Mira—vuelve a oír la voz nerviosa de María—, ¡mira eso, Federico!—dice ella señalando la calle. Debió de ver una limusina negra, un cocjie cerrado, uno de los pertenecientes a nuestro departamento. Ocurría a veces que nos tocaba trabajar en la Gran Avenida.

—¡Apártate de la ventana, María!—dice Salinas con tono decidido.

No crean ustedes que me invento estos diálogos. No estaba allí, claro que no, ¿cómo iba a estarlo? Ellos, sin embargo, pasaron por mi despacho. Los vi y los oí. Los miré y los interrogué. Llevaba un registro de sus palabras. Hasta que los registros empezaron a llevarme a mí.

También interrogamos a María, cómo no. Por deseo expreso de Díaz, por cierto. Me resistí porque no le veía ningún sentido. Díaz, sin embargo, insistió, así que la interrogué. No sólo una, sino varias veces, tal como.Díaz deseaba.

febrero 11, 2008

Imre Kertész. Sin Destino.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:28 am
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Acantilado, 2001. 264 páginas.
Tit. Or. Roman eines Schicksallosen(Sorstalanság). Trad. Judith Xantus.

Imre Kertész, Sin Destino
En el infierno

Internet, que gran invento. Antes alguien como yo totalmente desconectado del mundillo literario elegía sus lecturas al azar. Ahora buenas amistades como Magda te descubren a autores más que buenos: imprescindibles. Gracias Magda por descubrirme a Imre Kertész.

En Sin destino vemos como cambia la vida de un adolescente húngaro al que de repente transportan primero al campo de concentración de Auschwitz y después a Buchenwald. En primera persona narra sus experiencias y su progresiva degradación física fruto de unas condiciones infrahumanas.

No se imaginen un drama; el estilo es frío, desapasionado; como bien dicen en la contracubierta, con la fría objetividad del entomólogo. Tiene la falsa sencillez de un monólogo adolescente. Por eso todavía impacta más. Lees y piensas Gracias por no haber tenido que sufrir todo esto. Cuando por fin lo liberan no es un final feliz, la experiencia ya lo ha cambiado para siempre. Al llegar a la ciudad todo el mundo le parece un niñato. Como lectores, también nos sentimos así.

El protagonista es casi un niño y cuando llega a Auschwitz ni siquiera sabe donde está. Bromea y se burla de los presos del campo. Algunos les preguntan a él y sus amigos su edad y les contestan que tienen catorce o quince años, según. Los presos intentan convencerles de que digan dieciséis y ellos, casi riendo, al final les prometen que así lo dirán. Cuando pasan la entrevista los dividen en dos grupos: aptos y no aptos. Los menores de dieciséis van al grupo de no aptos y el grupo de los no aptos va directo a las cámaras de gas.

Hay libros que te transforman. Éste es uno de ellos. Vuelvo a remitirme a la sobrecubierta:

Sin Destino es, por encima de todo, gran literatura, y una de las mejores novelas del siglo XX, capaz de dejar una huella profunda e imperecedera en el lector

Así es.

P.D. Es posible que hagan una adaptación al cine: Sin destino

Pueden descargar el libro en el siguiente enlace (necesitarán el emule):

Kertesz, Imre – Sin destino.pdf

Algunas reseñas de Magda:

Sin destino
Un relato policíaco
Liquidación

Escuchando: Rock And Roll Boogie Beat. Sammy Marshall & The Party Crashers


Extracto:[-]

No vi nada. El alba era fresca y perfumada, los extensos campos estaban cubiertos por una niebla gris. De repente percibí por detrás de mí, de una manera inesperada pero aguda y bien definida, como si sonara una trompeta, un fino rayo rojo; comprendí que era el sol que se levantaba. Aquél me pareció un momento magnífico: en casa a estas horas todavía estaría durmiendo. También vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación, pequeña o grande, todavía no podía saberlo, pero una estación ferroviaria. Resultó ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas, y aquel techo ridiculamente escarpado que había visto el día anterior por aquellos parajes. En la niebla matinal, el edificio iba cobrando una forma cada vez más definida delante de mis ojos, su color se iba transformando de gris a violeta, y las ventanas se iluminaron de repente con los primeros rayos de la luz roja del sol. Otros también vieron el edificio, y yo se lo conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: «Auschwitz-Birkenau», eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Traté en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos. Me senté, pues tenía que ceder el esto a otro y; como todavía era temprano y tenía sueño, pronto me volví a dormir.

Más tarde, me despertaron los movimientos y el alboroto de los demás. Fuera, el sol brillaba ya con toda su fuerza y el tren avanzaba. Les pregunté a los muchachos dónde estábamos y me respondieron que en el mismo sitio, que el tren se acababa de poner en marcha: me habría despertado por eso. Delante de nosotros se veían fábricas, junto a otros edificios. Un minuto después, los que estaban al lado de las ventanas nos comunicaron que estábamos pasando por debajo de un arco o portón, lo cual era evidente por el cambio de luz. Al cabo de otro minuto, el tren se detuvo, y entonces nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosas, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas. Desde fuera, se oían golpes, puertas que se abrían, ruidos de la gente que bajaba de los vagones; tuve que reconocerlo porque no había la menor duda: habíamos llegado a nuestro destino. Estaba contento, por supuesto que sí, pero sentía que mi alegría habría sido distinta si hubiéramos llegado la víspera o el día anterior. Luego, se oyó un golpe seco de algún instrumento que se accionaba en la puerta de nuestro vagón y alguien o más bien algunos descorrieron la enorme y pesada puerta. Primero oí unas voces, en alemán u otro idioma similar; parecía que todos hablaran a la vez. Por lo que entendí querían que bajáramos. Sin embargo, eran ellos los que subían o eso me parecía, porque no había forma de ver nada. Se corrió la voz de que teníamos que dejar todas nuestras pertenencias. Más tarde, como nos explicaron, nos las devolverían, pero desinfectadas y sólo después de la ducha que nos esperaba. «Ya era hora», pensé.

Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de los zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo; aunque no tuve dificultades para descifrar el significado de aquel color, de repente tomé conciencia de que durante el viaje casi me había olvidado de ese asunto. Sus caras tampoco inspiraban mucha confianza: orejas separadas, narices aguileñas, ojos pequeños, hundidos y picaros. Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. Cuando nos vieron a nosotros, a los muchachos, su excitación fue evidente. Empezaron a susurrar frases rápidas, y entonces descubrí que los judíos no sólo teníamos el idioma hebreo, como yo había creído: «Reds dijiddish, reds dijiddish?» [¿Hablas yiddish?], preguntaban. Por nuestra parte sólo respondimos: «Nein» [No], lo que no les puso muy contentos. Entonces, lo comprendí fácilmente en alemán, querían saber cuántos años teníamos. Les dijimos: «Vierzehn, fünfzehn» [Catorce, quince], según el caso. Protestaron enseguida, gesticulando con manos y cabezas, moviendo todo el cuerpo: «Sechzain» [Dieciséis], nos susurraron por todas partes, «Sechzain». Eso me sorprendió y les pregunté: «Warum?» [¿Por qué?]. «Willst di arbeiten?» [¿Quieres trabajar?], preguntó uno de ellos, clavando su mirada vacía y cansada en la mía. Le respondí: «Natürlich» [Naturalmente], para eso estaba allí. Después él me agarró del brazo con sus manos amarillentas, huesudas y duras, y me sacudió diciéndo-me: «Sechzain… Verstaist di?… Sechzain!…» [Dieciséis... ¿Lo entiendes?... Dieciséis...]. Al ver que estaba enojado y que le daba tanta importancia a la cuestión, nos pusimos de acuerdo entre los muchachos, y entre bromas le prometí: «Bueno, pues tengo dieciséis años.» Y que no hubiera entre nosotros—dijeran lo que dijeran, no tendría nada que ver con la realidad—hermanos, y menos—qué raro— gemelos o mellizos, y sobre todo: «Jeder arbeiten, nit ka mide, nit ka krenk» [Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse].

julio 23, 2007

Jorge Herralde. Para Roberto Bolaño.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 11:51 am
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El acantilado, 2005. 94 páginas.

Jorge Herralde, Para Roberto Bolaño
Homenaje

Se queja Antonio Jiménez Morato de que editoriales como Anagrama se limitan a vivir del prestigio adquirido. Puede ser. Pero aunque sólo sea por haber editado a Roberto Bolaño -cuando todas las editoriales le cerraban las puertas- Jorge Herralde tiene toda mi admiración.

Este es un librito breve -se lee apenas en media hora- que recoge el texto que leyó Herralde en el funeral de Bolaño, dos intervenciones en sendos homenajes, un artículo aparecido en la revista Turia sobre datos editoriales de 2666 y las respuestas a tres cuestionaros de periódicos. Como ven, apenas nada, un ejercicio de nostalgia y homenaje para los que como yo son incondicionales del escritor chileno.

Un apunte; Isabel Allende, a quien Bolaño llamó escribidora se despachó así en una entrevista:

No me dolió mayormente porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho que está muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un señor bien desagradable.

Juzguen ustedes quien es más desagradable.

Otro apunte; los datos de ventas de los libros de Bolaño. Estrella distante, pese a sus buenas críticas, sólo vendió 951 ejemplares el primer año. Llamadas telefónicas, aún más elogiada -crónica en el País de Vila-Matas incluída- y Premio Municipal de Literatura 1988 de Chile vendió 2651 ejemplares. Quizás tenía razón Neus Arqués al opinar que las buenas críticas no influyen en las ventas. Sin embargo de 2666 se vendieron 30.000 ejemplares en cinco ediciones. Saquen sus propias conclusiones.

Último apunte -fotográfico-, Bolaño con los poetas infrarealistas:

Poetas Infrarealistas

Escuchando: No Water In My Eyes. Les Reines Prochaines.


Extracto:[-]

En dicha antología, a cargo de Roberto Bolaño, figuran tres infrarrealistas: el propio Bolaño y Mario Santiago —es decir, el Arturo Belano y el Ulises Lima de Los detectives salvajes— y también Bruno Montana, el aún más joven poeta chileno —que aparece en la novela como Felipe Müller—. El origen de la palabra infrarrealismo proviene, claro está, de Francia. Emmanuel Berl la atribuye al surrealista (sobrerrea-ista) Philippe Soupault: él y sus amigos «habían fundado un club de la desesperanza, una literatura de la desesperanza». El infrarrealismo (o real visceralismo en la novela) fue un movimiento sin manifiesto, una especie de «Dada a la mexicana» (en palabras de Bolaño), cuyos componentes irrumpían en los actos literarios boicoteándolos, incluso los del mismísimo Octavio Paz. En una conversación con Roberto, Carmen Boullosa le cuenta su pavor, antes de dar una lectura poética, de que aparecieran los temibles «infras»: «Eran el terror del mundo literario», afirma Boullosa. Temibles pero desesperados, marginados.

En uno de los poemas, Bolaño escribe: «Los verdaderos poetas tiernísimos / metiéndose siempre en los cataclismos más atroces, / más maravillosos / sin importarles / quemar su inspiración / sino donándola / sino regalándola / como quien tira piedras y flores. / Oye, poeta, le dicen, / enchufa el amanecer.»

Y en otro poema: «Algo inevitable, / como enamorarse 100 veces de la misma / muchacha.»

Y finalmente en otro: «La certeza de una muerte esbelta y temprana.»

O sea, en esas estrofas, un concentrado, una pildora de la vida y muerte de Roberto Bolaño.

En la antología brilla el talento de Mario Santiago, quien, después de Bolaño, es el mejor poeta. Cabe subrayar un poema titulado «Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger», un título que Bolaño parafraseará en su primera novela, escrita con Antonio G. Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. En dicho poema, dedicado a «Roberto Bolaño y Kyra GaWán camaradas & poetas», Mario Santiago escribe: «el Azar: ese otro antipoeta & vago insobornable» y también constata «unas ganas despeinadas de morder & ser mordido».

En ambos poetas ya figura, pues, un homenaje al maestro Nicanor Parra y su vocación de perros románticos, a menudo perros rabiosos, y desde luego perros apaleados.

mayo 7, 2007

Arthur Schnitzler. Apuesta al amanecer.

Filed under: Novela — Palimp @ 9:21 pm
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El acantilado, 2000. 148 páginas.
Tit. Or. Spiel im Morgengrauen. Trad. Miguel Sáenz.

SchnitzlerApuesta
Deudas de juego

Los que compramos de saldo estamos sujetos a lo que el azar nos dispone. Mucho clásico y ocasionales joyas. Pero cuando se nos mete en la cabeza algún autor, la única manera de sacarse el gusanillo sin arruinarnos son las bibliotecas. El descubrimiento de Schnitzler me ha hecho bucear en mi nueva biblioteca para ver que tenían y he encontrado dos nuevas perlas más.

El alférez Kasda recibe una visita inesperada. Un antiguo amigo, que fue expulsado del ejército, está en apuros. Ha ido sustrayendo dinero de la empresa donde trabaja y al día siguiente tiene una inspección. Si no restituye los mil florines lo pasará mal. Pero Kasda tampoco tiene esa suma, apenas le quedan 120. La solución pasa por arriesgarlos en una partida de cartas, para ver si es capaz de ganar lo que falta. Y gana. Pero el mismo azar que lo ha favorecido impide su partida -pierde el tren, no encuentra a unos conocidos- y vuelve a sentarse a la mesa de juego…

Lo empecé a leer antes de ir a dormir y casi lo dejo: me estaba poniendo nervioso. Uno empatiza con el protagonista y sus sucesivas rachas de buena y mala suerte te alteran también. El desenlace de la historia también tiene su miga.

No es el libro que más me ha gustado de Schnitzler, quizá porque el tema del jugador se ha tocado muchas veces, pero no cabe duda de que está muy bien escrito, que los personajes están muy bien dibujados y que se disfruta -o se sufre-. Se te quitan las ganas de jugar a las cartas.

Escuchando: La Lola. Café Quijano.

Extracto:[-]

Desde una columna de anuncios lo contemplaba un gran cartel amarillo de carreras y pensó en que, en aquellos momentos, Bogner debía de estar ya en Freudenau, en las carreras, y tal vez incluso ganando por sí mismo la suma salvadora. ¿Y qué pasaría si Bogner se callaba su suerte, para asegurarse además los mil florines que Willi, entretanto, ganaría a las cartas al cónsul Schnabel o a Tugut, el médico del regimiento? Bueno, cuando uno ha caído tan bajo como para meter la mano en una caja ajena… Dentro de unos meses o unas semanas, Bogner estaría otra vez probablemente en la misma situación que hoy. ¿Y entonces, qué?

Una música llegaba hasta él. Era alguna obertura italiana de un género semidesaparecido, como las que sólo tocan ya las orquestas de los balnearios. Willi, sin embargo, la conocía bien. Hacía muchos años se la había oído tocar a cuatro manos a su madre en Timisoara, con alguna pariente lejana. Él mismo nunca había llegado a poder acompañar a su madre al piano y, cuando ella había muerto ocho años antes, tampoco había tomado ya lecciones como hacía a veces, cuando los días de fiesta iba a casa desde la academia militar. A través del aire trémulo de la primavera, las notas sonaban suaves y un tanto conmovedoras.

Por un pequeño puente atravesó el turbio arroyo de Schwechat y, después de dar unos pasos, se encontró ya ante la terraza espaciosa y dominical-mente abarrotada del Café Schopf. Cerca de la calle, en una mesita, estaban sentados el alférez Greising, el enfermo, pálido y malicioso, y con él Weiss, el grueso secretario del teatro, con un traje de franela amarillo canario y algo arrugado y, como siempre, con una flor en el ojal. No sin esfuerzo, Willi se abrió paso hacia ellos entre mesas y sillas.

—Estamos hoy sentados de un modo muy disperso—dijo, tendiéndoles la mano. Y le resultó un alivio pensar que, quizá, no habría partida de cartas. Sin embargo, Greising le explicó que los dos, el secretario del teatro y él, sólo se habían sentado al aire libre para reunir fuerzas para el «trabajo». Los otros estaban ya dentro, sentados a la mesa de juego; también el cónsul Schnabel, que por lo demás había llegado de Viena, como siempre, en coche de punto.

Willi encargó una limonada fría; Greising le preguntó dónde se había acalorado tanto como para necesitar ya una bebida refrescante, y observó, sin transición, que las chicas de Badén eran guapas y de mucho temperamento. Luego contó, con expresiones no especialmente escogidas, una aventurilla que había iniciado la tarde anterior en el parque del balneario y aquella misma noche había llegado a su deseado final. Willi bebía lentamente su limonada y Greising, que se dio cuenta de lo que podía estar pasándole por la mente, dijo, como para responderle, con una carcajada breve:

—Así es la vida y hay que aceptarlo.

El teniente Wimmer de intendencia, que los ignorantes tomaban a menudo por oficial de caballería, apareció de pronto a sus espaldas:

—¿Qué se imaginan, señores, que vamos a bregar solos con el cónsul?—y tendió la mano a Willi que, a su estilo, aunque no se encontraba de servicio, había saludado marcialmente a su compañero de rango superior.

—¿Cómo van las cosas ahí dentro?—preguntó Greising desconfiada y desabridamente.

—Despacio, despacio—respondió Wimmer—. El cónsul se ha echado sobre su dinero como un dragón y también, por desgracia, sobre el mío. Así pues, al ruedo, señores toreros.

Los otros se levantaron.

—Tengo una invitación—observó Willi, mientras encendía un cigarrillo con fingida indiferencia— Sólo miraré un cuarto de hora.

— ¡Ja!—se rió Wimmer—. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones…

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