Antonio Di Benedetto. El silenciero.
Adriana Hidalgo Editora, S.A., 1999, 2003. 188 páginas.
Después de escuchar la recomendación de Bolaño sobre Di Benedetto corrà raudo a la biblioteca decidido a llevarme cuanto encontrara. Lo primero que leà fue esta novela, escrita en 1964. Ya en el prólogo nos avisan de que nos encontramos ante algo excepcional, y no exageran.
El silenciero es un joven extremadamente sensible al ruido. Está enamorado de una muchacha del barrio y tiene un amigo que parece pertenecer a una sociedad secreta. Al lado de su casa instalan un taller de reparaciones y su vida se convierte en un infierno; el ruido es insoportable. Intenta denunciar el abuso de ruido, con escaso éxito. Ni encontrar el amor, ni las huidas frecuentes, conseguirán llevarle la paz.
El primer impacto, lo más sorprendente de este libro, es su prosa. Dice Juan José Saer, el prologuista, que es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene. Las frases son cortas, lacónicas, apenas hay adjetivos ni palabras extrañas. Pero con tan parvo material Di Benedetto contruye un estilo propio increÃblemente original, que utiliza para construir un universo kafkiano donde todo es cotidiano pero a la vez irreal.
Las neurosis del protagonista se me hicieron algo pesadas casi en el final: no porque el libro lo sea, sino por su capacidad de arrastrarte a su interior. Recomiendo una lectura pausada -yo lo leà de un tirón en un viaje de autobús-, asà podrán disfrutar de su extraordinaria calidad sin sufrir de angustia. Aunque por leer algo como esto bien merece la pena sufrir un poco. Imprescindible.
Escuchando: Dueño de mi silencio. Jarabe de palo.
Extracto:[-]
Él no transa.
Lo instruyo hacia otro orden:
-Usted no precisa abogado, precisa un carpintero.
-¿Tiene una idea?
-SÃ.
Entre el tablero inferior de la puerta de Besarión y el piso del pasillo sobra luz. Que haga acoplar madera para formar un cierre tan severo que no tolere filtraciones.
-No preciso carpintero. Sabré hacerlo. Espero que sabré.
Guarda, dice, heredados instrumentos de un oficio y una artesanÃa. El no se inició, nunca los ha tomado para hacerlos servir. Sin embargo, en la calle suele recoger los listones de madera limpios y pulidos que, por cortos, otros desdeñan, y a él le gustan.
-Me servirán -dice- para contener la impureza.
Está contento.
Se desprende de mÃ.
Es la mañana y estoy en la oficina. Besarión me hace alcanzar un papelÃto: “Cerré con madera. Terminé de taponar con un trapo de piso. Dormà bien. Al abrir, el agua se echó sobre mis piernas y ensució la casa. Durante la noche, sin salida por mi puerta, se habÃa endicado”.
¡Gemidor sin gratitud, buscón de paternalismo!… Asediarme con su absurdo problema, justamente aquà y ahora, cuando el jefe ha impuesto la perturbación y el sobresalto (con una radio de transistores que suena sobre su escritorio).
Es otro dÃa, diferenciado del anterior.
Aguardé al jefe con zozobra, por si persistÃa en ser jefe-más-radio. Y no, al parecer ha reconsiderado su conducta.
Que inmoderó la mÃa y me hizo juzgar a Besarión sin piedad, con furia /con desdén.
* * *
Anoche ha venido el gran gato gris de mi infancia. Le he contado que me hostiliza el ruido. El ha puesto en mÃ, lenta e intensamente, su mirada animal y compañera.
Besarión cree saber todo.
Dice que el gato fue intercesor del hombre ante los dioses.
Lo escarbo:
-Usted lo admite.
-No… Son creencias antiguas. Paganismo.
Le tiendo una trampa:
-Soñé con usted. En el sueño, usted era intercesor. No menosprecia el sueño que le miento. Se siente exigido y habla:
-No lo sé. No sé si servirá que yo interceda. Cuando llegue el momento, pediré, y nada para mÃ. -¿Qué pedirá, a quién? -No me investigue. No está bien hacerlo.
* * *
“Los zapatos ballerina fueron creados para ti.” La frase se me ha formado sola, y no sin complacencia he admitido que resultarÃa pasable para el uso publicitario.
En las vidrieras del centro, manos de maniquÃes, marfileñas y rosadas, manos sin brazos ni cuerpo, sostienen ese calzado de cuero extremadamente flexible.
Los zapatos ballerina, esas zapatillas dóciles y delicadas, fueron creadas para ella, para Leila, que no las usa, ni las precisa tal vez, ya que circula, por la vereda de enfrente, con un paso leve y blando, de muchacha descalza, que elabora armoniosos movimientos de su cuerpo.
Saluda. Saludo.
Se reúne con la amiga, Nina, y hablan de mÃ. Lo sé: me han mirado las dos al mismo tiempo y tratando de no levantar del todo las pestañas.
Ahora, con vehemencia, toman otro asunto y las manos actúan en la discusión. Seguramente ya no estoy en eso: pueden hablar de mÃ, pero no tienen que disputar por mÃ.
Nina entra, al parecer, en busca de recursos. Leila queda afuera y me recuerda con los ojos, tal vez por comprobar si soy testigo. Por ahÃ, por la ventana, viene el argumento de Nina: es música de baile.
Nina reaparece y Leila le muestra cómo se hace. Nina aboceta los pasos y los giros de su opinión, pero Leila rÃe, tapándose mal la boca. Nina se detiene y queda quieta y confundida. No tiene ritmo ni musicalidad. Pierde.
Lo cual la coloca de parte de mis simpatÃas.




