Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 24, 2012

Varios autores. Habrá una vez.

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Habrá una vez
Alfaguara, 2002. 542 páginas.
Selección, traducción y prólogo: Juan Fernando Merino.
Antología del cuento joven norteamericano

Con una rebajilla en una librería de viejo me hicieron un buen regalo de reyes mis suegros. Los lectores somos muy fáciles de contentar. Una antología que reúne los siguientes cuentos:

La punta, Charles D’Ambrosio
El amor no es pera en dulce, Amy Bloom
Incursión nocturna, Brady Udall
Brownsville, Tom Piazza
Una cuestión temporal, Jhumpa Lahiri
Frenillo, John Fulton
El bar de nuestra desdicha reciente, Elizabeth McCracken
Terapia, Elissa Wald
Nada, Judith Ortiz Cofer
Entre la piscina y las gardeni, Edwidge Danticat
En la costa de los arándanos, Michael Byers
Turbulencia, Joshua Henkin
El ancho mar, Tony Earley
El circo, Maggie Estep
Frente unificado, Antonya Nelson
Pejerrojo, Rick Bass
El enemigo, Josip Novakovich
Una banca en el parque, Judy Budnitz
Aserrín, Chris Offutt
Navidad, Jamaica Plain
Melante, Rae Thon
En un día como éste, Gish Jen
Lenguaje corporal, Diane Schoemperlen
El aparador Sutton, Pinckney Benedict
Algunos dicen que el mundo, Susan Perabo
Mejorando mi promedio, Kate Wheeler

En esta reseña: Habrá una vez se habla en profundidad del libro, y estoy bastante de acuerdo con lo que dice.

La calidad técnica de los relatos es muy alta, debido, parece ser, a los diferentes talleres de escritura que allí se imparten. Hay una calidad mínima que se cumple en todos los casos.

Pero no todos los relatos son igual de buenos. Destaca, con mucho, Una cuestión temporal, de Jhumpa Lahiri, posiblemente porque junto a la buena prosa también se cuenta una historia conmovedora.

Por otro lado no sé si es cosa del seleccionador o de las tendencias, pero todos los relatos son bastante realistas. Aquí no vemos morirse a ninguna nevera. Me cuesta creer que no haya algún autor que despegue los pies de la tierra.

Calificación: Bueno, y algunos muy buenos.

Un día, un libro (146/365)

Extracto:
El aviso les informaba de que era una cuestión temporal: durante cinco días habría un corte de energía a partir de las ocho de la noche. Una línea se había estropeado con la última tormenta de nieve y los técnicos de la compañía eléctrica iban a aprovechar el clima más benigno de principios de la noche para repararla. El trabajo afectaría solamente a las casas en la apacible y arborizada calle —a muy corta distancia de una hilera de tiendas con fachada de ladrillo y un paradero del tranvía— en la cual Shoba y Shukumar vivían desde hacía tres años.
—Al menos tienen la gentileza de avisarnos —reconoció Shoba después de leer el aviso en voz alta, dirigiéndose más a sí misma que a su marido. Permitió que la correa de su bolso de cuero, rebosante de carpetas, se deslizara desde sus hombros, y dejó el bolso en el vestíbulo mientras caminaba hacia la cocina. Vestía un impermeable azul marino de popelina, pantalones de sudadera de color gris y unas zapatillas blancas de tenis, y a sus treinta y tres años presentaba un aspecto muy cercano al tipo de mujer al que, según había asegurado alguna vez, no se parecería jamás.
Acababa de llegar del gimnasio. El lápiz labial sabor de arándano resultaba visible sólo en las comisuras y el delineador le había dejado manchones de carboncillo debajo de las pestañas.

enero 10, 2012

Julio Cortázar. Cartas a los Jonquières.

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Alfaguara, 2010. 574 páginas.
Edición de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga.
Julio Cortázar, Cartas a los Jonquières
El cronopio original

24 de agosto de 1953. Cortázar acaba de casarse ante dos testigos y celebra su boda con ellos en un restaurante chino. Le acaban de encargar la traducción de Poe (ahora canónica) por la que le pagarán la fortuna -para él- de 2.500 dólares. Pero como no le dan ningún anticipo tiene que pedir prestado dinero a su amigo Eduardo para poder llevar a cabo su plan: irse a Roma a vivir mientras traduce y una vez cobre recorrer Italia.

Ésta es sólo una de las penalidades que pasó Julio Cortázar cuando empezó a vivir en París, y que he descubierto gracias al regalo inesperado y generoso de un buen amigo. Las cartas enviadas al pintor y poeta argentino Eduardo Jonquières nos dan acceso a la intimidad de un escritor inimitable, uno de los mejores escritores de cuentos del siglo XX.

Tantas páginas de cartas me parecieron, a priori, farragosas y decidí que partiría su lectura en bloques. Pero cuando empecé a leer no pude parar y lo leí seguido. Es cierto que se lee como una novela, y nos permite ver lo que no se aprecia en una biografía. El Cortázar que surge de estas páginas, por suerte, encaja con la imagen que tenía de él. La edición, exquisita, las notas justas y todo bien traducido para los ignorantes como yo.

Me ha gustado mucho.

Calificación: Muy bueno. Para los admiradores de Cortázar, imprescindible.

Un día, un libro (132/365)

Algunos extractos:
Supongo que Marisandra crece y crece. No importa que pierda sus ángeles, María; ganará en cambio los hombres, que con todas sus macanas son unos bichos extraordinarios. Yo no creo que los ángeles sean felices, hay algo de bobo en la mayoría de ellos que los hacen encantadores pero sin comparación posible con nosotros. Realmente somos grandes. Cuando pienso en lo que somos capaces de hacer, metidos en este pozo de aire, en este saco de carne, en este mar de ignorancia… Creo que a todos les pasa igual después de cumplir el ciclo de las grandes catedrales francesas: uno se siente más fuerte y más seguro. Un animal capaz de construir semejantes colmenas espirituales es mucho más que un ángel, que sólo puede celebrar. (Es la diferencia entre el creador y el crítico, ¿no te parece?)


El otro día se me ocurrió que si tengo tiempo y ganas, voy a escribir un Manual de instrucciones. Esto nació de que Aurora y yo habíamos ido a San Giovanni in Laterano para seguir explorando el museo (que es fenomenal, incluso la parte etnográfica tan divertida, pero sobre todo los sarcófagos cristianos y los mosaicos de las termas de Caracalla). Como faltaba un rato para que abrieran, libamos un timballo de lasagna en una tavola calda, y nos metimos en el palacio de la Scala Santa. Tú sabrás que por dicha Scala se sube de rodillas, pues Santa Helena la importó a Roma después de sacarla de casa de Pilatos. Noté entre varias cosas notables, que vendían unos libritos con “instrucciones para subir la Scala Santa” y me pareció muy bien. Tan bien me pareció que me di cuenta hasta qué punto estamos huérfanos de buenas instrucciones para hacer cantidad de cosas importantes. Harían falta instrucciones para beber una tacita de café, por ejemplo, o para sentarse en una silla. Son cosas elementales —es decir profundas, o sea malentendidas. ¿Cómo se enciende un fósforo? ¿Tú sabes}. No, tú lo enciendes. Pero, ¿y si del fósforo, por tu torpeza, te brota una enorme cebolla de verdeo? Etc, etc. Reconoce, con todo, que el Manual se impone. Alguien tendría que escribirlo. (Un inglés, probablemente.)


Ayer cumplí cuarenta y un años. Je viens d’avoir trente ans, decía Jean el de la estrella en un hermoso poema que has de recordar, y lo decía con tanta tristeza como yo. Cuarenta y uno es una cifra horrible para quien cree que el mundo es hermoso pero ajeno, ajeno a mis sentidos que sólo conocen una ínfima parte, a mi inteligencia que es incapaz de aprehenderlo en sus estructuras más elementales. Ahora empieza de veras el declive, la década que nos lleva a los cincuenta. ¡Y yo que me siento siempre con veinte años, tan tonto, tan crédulo, tan entusiasta, tan esperanzado como entonces! Pero los signos físicos me llaman a la realidad. Me enfermo más seguido, me canso mucho más pronto. Hasta hace cinco años podía pasar una noche en blanco y seguir perfectamente al otro día; ahora, si me acuesto después de medianoche, lo pago al día siguiente. No puedo beber tanto vino, no puedo comer tantas cosas, no puedo leer tantas horas. Cosas profundamente materiales empiezan a ahilarse, a adelgazarse sutilmente, como si el mundo iniciara sigiloso su retirada, dejándome cada vez más sus imágenes a cambio de sus materias… Supongo que esta melancolía (acompañada a la vez de una extraordinaria exaltación, de un deseo como nunca de hacer cosas, de conocer, de querer) se debe a una vistosa transformación de mi fórmula sanguínea, derivada de un virus filtrable más que jodido y que me tuvo parte de este mes entre que me levantaba y me caía.

(Esta última me llamó la atención porque yo tengo ahora estos años, y me he sentido bastante identificado)

- Bello país ha de ser
el de América, papá
- ¿Te gustaría ir allá?
- Tendría sumo placer
- Pues te vas a joder
porque no te he de llevar

diciembre 4, 2011

Max Aub. Campo Abierto.

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Alfaguara, 1998. 444 páginas.
Max Aub, Campo Abierto
Resistencia

En la segunda parte del labrinto mágico Aub deja de lado el virtuosismo de la primera, sin que por eso la calidad del texto sea menor. Por lo que he leído las dos primeras novelas fueron escritas apenas acabada la guerra civil, en París. Fueron testimonio de primara mano de lo sucedido entonces.

Copio ed aquí: El laberinto mágico de Max Aub

En “Campo abierto” asistimos a los primeros avatares de la guerra, principalmente a la presión que las tropas rebeldes comienzan a ejercer sobre Madrid. La guerra parece que va a ser cosa de días: las tropas de Franco ya han tomado los pueblos cercanos y, día a día, van entrando en los barrios periféricos de la capital. Carabanchel, Villaverde, Aluche… Los hombres conjeturan sobre el posible apoyo francés, hablan de su triste condición ante la inminencia de la muerte, tratan de establecer reglas para el hecho casual de no ser alcanzados en cualquier momento por una bala. Seres humanos que expresan sus dudas, sus convicciones y sus miedos, sin que la devastación cotidiana de los obuses ni la cercanía del enemigo les haga llegar por ello a ninguna conclusión definitiva y unánime. En “Campo abierto” surgen las eternas preguntas de los hombres planteadas de nuevo en toda su extensión, unas preguntas que de nuevo quedarán sin resolver.

Les adjunto otro enlace interesante: El “amor unánime” en Campo abierto de Max Aub, y una serie de extractos. Que voy con un día de retraso.

Si lo apresaba la policía oficial sería otra cosa. ¿Dónde le llevarían? Tendría que ir de la Ceca a la Meca. Negarían. Posiblemente le ayudarían algunos capitostes de su partido: varios eran amigos de don Pedro. Habían estado en su casa. ¡Aquella paella del año 35! ¡Cómo habían comido! Allí, en la huerta. Pero, ¿y si lo traían para que ellos decidiesen su suerte? Ellos, es decir, él. Era absurdo. ¿Por qué? Lo mejor sería que su padre se marchara. Los del pueblo no le iban a dejar. Eso, ni pensarlo. Huir. Que llegara a Valencia, con un salvoconducto cualquiera. Embarcarlo. Samper lo había conseguido. Su dinero le costó. Los de la C. N. T. controlaban el puerto. A base de dinero se podía uno entender con ellos; a los que no eran anarquistas les parecían vergonzosos esos tratos. Pero a ellos no: con lo que le sacaban a un fascistoide podían comprar armas en Francia, en Bélgica, en donde fuera, para combatir contra cientos.

El atisbo de la derrota:

o en Madrid.
A lo lejos, Parla, y allá, Valdemoro. Acaba hoy octubre. Llevan quince días retrocediendo. Quince días: Torre de Esteban, el 14; Chapinería, el 15; Valmojado, el 16; Azafia, el 17; Illescas, el 18; Na-valcarnero, el 22; Esquivias, el 24; Torrejón de la Calzada, el 26; Batres, anteayer.
A Vicente le regurgitan los nombres ilustres de la historia de España. No se diferencian mucho, en la realidad, de los anónimos. Pero los tienen que dejar. Dicen que contraatacamos, que Caballero ha proclamado «que ahora tenemos aviones y tanques». Pero, ¿dónde están?
Quince días de retirada: desde que llegó al frente. Y no se puede hacer otra cosa aunque se quiera: siempre, siempre, las órdenes de retroceder. Atrás, atrás. Si no, nos copan. Ahí está el quid: si nos quedamos: nos copan. Y atrás, atrás, atrás. A pegarse a la tierra, a disparar y atrás. Ahora, no. Ahora tienen un buen sitio. Un hoyo hecho adrede, que domina la carretera.
¿Cómo han podido llegar hasta aquí? ¿Cómo no han podido librar Toledo? ¿Es que no tenemos nada? ¿Y los discursos de Prieto? El dinero, la Marina… Ni una mala ametralladora. ¿Y los aviones, y los tanques? Solos, defendiendo a España. Hay que morir. Bueno, se morirá. El recuerdo de Asunción. No le hablé, no la besé. Mejor.
¿Será posible que entren en Madrid? ¿Será posible que ganen? Si es así, mejor quedarse aquí, abonando la tierra, para que retoñe.

La calidad de la prosa nacional, me ha recordado a intereconomía:

Bajando las escaleras del Ministerio, Gorov le dijo a Herrera:
—Puestos a escoger entre la literatura centenaria de este buen señor y la de los rebeldes, todavía es preferible la que acabamos de soportar.
Herrera no sabía nunca cuándo Gorov hablaba en serio o en broma.
—¿No has oído nunca a Queipo hablar por la radio desde Sevilla? —No.
—Vale la pena. Lee. O mejor, déjame que te lo lea.
Subieron al coche y Gorov sacó un papel de su cartera.
—Es de anteanteayer. Te advierto que lo tomaron taquigráficamente. No hay engaño. Oye: «Los rojos —¡ay mamá, qué ricos!— porque me ven luchar al lado de los hombres de orden, dicen que soy un pa… pa… pa. Esperarse un poco, que la palabra es tan rara que se me ha atravesado y la tengo que leer… Un pa-ra-noi-co. Como si dijéramos un chiflao, un loco, un Unamuno, que un día es monárquico; otro, cenetista y, otro, gilrroblista. ¡Cualquiera se fía de ese pájaro, por si acaso! Pero yo contesto a los rojos que ¡nequanquam! Cuando yo ayudé a la implantación de la República, porque la verdad es que don Alfonso me había hecho una cochinadita —¡ya le pesó a él, ya!— lo mismo que a Alcalá Zamora, Miguel Maura y otros, creía que ayudábamos al orden tradicional, que es el sometimiento del pobre a las leyes que dispone el rico, como lo hemos visto desde que Adán le dio pa el pelo a Caín, que era correligionario de Pasionaria, y no a esta República marxista, que nos ha salido la muy equis… Conque que les frían un huevo, que yo soy monárquico…
Gorov dobló cuidadosamente el papel.
—¿Te das cuenta de lo que sería España si llegasen a, ganar?

La eterna división de la izquierda:

¿Crees que todos estos que están ahora abriendo trincheras alrededor de Madrid, o alzando barricadas en sus calles, lo hacen porque se lo manda el Gobierno? ¡Vamos! Además el Gobierno no manda nada… Sólo piensa en salvar el pellejo. ¡Los sindicatos, hijo, los sindicatos! Y eso, porque les sale de adentro a sus sindicados; y no por sindicados sino por hombres, por hombres que tienen sentido de lo que no quieren. Porque están en contra de algo tangible, que está llamando a la puerta de todos. Nada une como lo que no se quiere. Y si no, vete a verlo. Lo mismo da anarquistas, que socialistas, que comunistas. Si tuvieran que luchar por imponer sus soluciones se entrematarían a quien más, mejor. Lo único que une es el anti. El estar en contra. Cada quien quiere otra cosa, pero cuando se trata de no querer, entonces cabe la unión. ¿O es que crees que los madrileños están dispuestos a dejarse machacar por defender la República? ¡No, hombre! Están listos a morir porque no quieren que entren los fachas. El Gobierno no cuenta para nada, ni hace falta. Por mí, que se largue.

La descripción de los horrores de la guerra y una acertada visión de futuro:

Allí, en la plaza, al lado de medio quiosco de periódicos, un tiro al blanco, perdido su toldo y con sus personajes, recortados en plancha, torcidos o rotos; en uno de los cuadros una Agustina de Aragón sigue acercando la mecha encendida a la cureña de un cañón; un trozo de metralla ha deteriorado el letrero: «Bomba va». Al lado, un teatro de marionetas anuncia todavía su función: «La tumba de Elena». Un letrero destrozado deja difícilmente desentrañar: «Carnicería». Más allá, salpicado de metralla, como cartón de encaje de bolillos, otro que ocupa la fachada entera: «Caja de pensiones para la vejez y de ahorros». Al lado, en el escaparate de un fotógrafo, que ha perdido sus lunas, quedan, prendidas por unas «chinches» a un descolorido fondo rosa, las fotografías de Irún bombardeado y un escrito bien caligrafiado: «Especialidad en primeras comuniones». Tres ambulancias, en el centro de la calle, y los camilleros recogiendo despojos en grandes cestos de mimbre, grises de sangre seca. Una mujer se lamenta:
—Me estaba buscando mi marido un piojo… Los ilustres visitantes tienen arcadas. Herrera no les perdona nada: un cuerpo descabezado, sangrante el cercén; un niño con los sesos fuera; un brazo cuelga de un balcón, a su vez sostenido por su cartela. Los ayes de dos viejas heridas, la agonía de Romualda que echa víboras y sangre por la boca.
Los ilustres huéspedes están —todos— a punto de desmayarse. No quieren ver más. Les basta. Ahora sí van a poner telegramas diciendo que los bombardeos de Franco son un ataque contra la civilización.
—¿Y los de ayer? —preguntó Herrera como si cayera de las nubes.
—Uno no se da cuenta… —Hasta que lo ve, ¿no? —Esto es.
—Pues todavía no han visto ustedes nada.
—No queremos ver más.
—Pues lo verán, señores.
—Nos negamos.
—Si no hoy, mañana.
—¿Mañana? Pero, ¿ya saben ustedes dónde van a bombardear mañana? —pregunta la gran dama, suspicaz.
—En Londres.
Los ilustres huéspedes no gustan de esa pesada ironía.

El nombre de la serie de novelas:

—¡Qué gracioso! ¡Eso lo dices tú que en tu última comunicación asegurabas que las condiciones externas acaban por modificar los sentidos! Sí: tu trabajo acerca de las úlceras.
—¿Y qué? El hombre es un centro tan complicado que jamás podremos prever todas sus reacciones. Alabado sea por eso. Porque si no, no habría progreso posible, dado que daríamos con un límite.
—¿Y no lo hay?
—Más allá de nuestros sentidos, nadie lo puede decir. Pero para nuestras facultades, aun centuplicadas, no; no lo hay.
—Entonces, vivimos en un laberinto mágico.
—Limitados por nuestros cinco sentidos.
—¿Crees en un más allá?
—Creo en un más allá .de lo que podemos percibir. Es primario. A medida que pase el tiempo el hombre agranda el mundo. Y lo seguirá agrandando cada día más, gracias a la ciencia. No hacemos más que empezar.

Calificación: Muy bueno

Un día, un libro (95/365)

febrero 21, 2011

Josefina Aldecoa. En la distancia.

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Editorial Alfaguara, 2004. 240 páginas.

Josefina Aldecoa, En la distancia
Recuerdos

Esperaba una novela y he encontrado unas memorias. No sé si he salido ganando con el cambio, porque aunque me gustan las biografías y libros de recuerdos estas me han parecido algo sosas.

Empieza -lógico- por la infancia:

Todo se fragua en la infancia. Yo me reconozco en la niña que fui. En aquella infancia que terminó bruscamente un día de julio, cuando un rumor de motores se acercó por el aire y los aviones se precipitaron hacia Asturias para descargar sus bombas en tierras republicanas.

En el comienzo de aquella etapa histórica también me reconozco. En la tristeza de mi abuelo, en el miedo de los mayores, en la amenaza latente, el silencio repentino que parecía inundarlo todo. En la espera de nuevos motores en el aire y nuevas explosiones a lo lejos.

Mi padre fue a recogernos en el primer coche civil que pasó después de entrar las tropas en La Robla.
Aquel verano quedó truncado y mis padres decidieron que debíamos estar todos juntos en la ciudad.
Al llegar a León me enteré enseguida. Mi profesor de la Escuela Preparatoria había sido fusilado. Acusación: tratar de politizar a los alumnos. Nos leía a Lorca, a Machado, a Alberti, a Juan Ramón. Por primera vez comprendí que sí, que la cultura tenía que ver con la política y que, en determinadas circunstancias, la cultura era peligrosa. Aunque, con toda seguridad, también era la mejor de las políticas.

Aquella muerte injusta y brutal marcó un punto de imposible retorno.[...]

Cuenta sus primeros viajes a Londres, donde descubrió la libertad:

«Cuando pensamos en los gigantes intelectuales, que fueron los líderes del pensamiento en nuestro siglo —escribe Alys Russell—, pensamos en ellos como gente famosa, con muchos títulos después de sus nombres y cargados de honores. Dos de ellos recibieron el O. M., máximo honor británico; dos están enterrados en Westminster Abbey. Pero yo les conocí cuando eran jóvenes y pobres y desconocidos, cuando no tenían un lugar en la sociedad, ni privilegios, ni riquezas. Recuerdo a uno como un oficinista, a otro como un maestro de escuela y a otro como un irlandés, crítico musical, ganando treinta chelines a la semana: tales eran Sydney Webb, Graham Wallas y Bernard Shaw cuando yo los conocí por vez primera».

Y acaba con algunas reflexiones acerca de su literatura, la literatura femenina, etcétera:

a literatura son ya muchas las mujeres que escriben. La incorporación de la mujer a profesiones tradicionalmente masculinas es, a partir del siglo XX, un fenómeno imparable en el mundo occidental. Lentamente, a finales de siglo, también en España: médicas, juezas, arquitectas, escritoras.

No se suele hablar de medicina femenina, justicia femenina, arquitectura femenina. Pero sí de «literatura femenina».
Ahora bien, ¿existe una literatura femenina? Sí. También existe una literatura china, por lejana y ajena que nos parezca.

Lo mas importante en ambos casos, femenina y china, es que sea una verdadera literatura. Lo de «femenina» tiene el mismo valor clasificativo que lo de «china».

Es un adjetivo que puede añadirse a la palabra literatura para tratar de señalar algún signo de identidad específico. Pero que no tiene nada que ver con la autenticidad o la calidad del fenómeno literario.

Su vida ha sido interesante pero el libro es algo flojillo. No sé si por pudor de la autora, y lo que nos cuenta está limpio de polvo y paja o por mala elección de los recuerdos. Las memorias de Tusquets también son muy blancas pero muchísimo más interesantes.

mayo 19, 2010

Max Aub. Campo Cerrado.

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Editorial Alfaguara, 1944, 1997. 252 páginas.

Max Aub, Campo Cerrado
Empieza la guerra

La única ventaja de reseñar los libros mucho tiempo después de haberlos leído se da en casos como éste. Leídos los seis libros que componen el laberinto mágico puedo decir que el que más me ha gustado y que creo que es el mejor es éste.

Centrado en los años previos a la guerra civil se va definiendo la estructura que seguirán los libros de la saga. Multitud de personajes, de los que se nos cuenta su historia aunque apenas contribuyan al esquema general, fluidez en los diálogos y un minucioso retrato de la época.

Pero en su primer libro se nota un esfuerzo extra en el lenguaje, la prosa está muy depurada, y aunque a veces cae en un barroquismo excesivo la calidad de las imágenes que encuentra no se repiten en los libros posteriores, dónde se decanta más por la crónica con un abandono del estilo. No soy de los de subrayar con lápiz, pero en este libro más de una vez me asaltó la tentación (en cambio, martirizaba a mi mujer leyéndole fragmentos). Un ejemplo:

Cada año, con la vendimia, nace un crío. A veces se muere, otras no. Entonces se va alzando, sucio, con costras, granos, ulcerillas y lagañas, sin conocer lo que es el frío ni el hambre, porque son su aire y su alimento. Crecen renegridos, escuetos v duros, muy hechos a hacer lo suyo y a no importarles un comino los demás, como no sea, muy luego, el sexo de sus hembras, que tienen en mucho, y las caballerías, que aprecian otro tanto: lo atestiguan dichos y canciones: todavía llegan allí los zorongos y las jotas; se las oye por montes y campos.

Tras haber leído gran parte de la obra de Aub coincido con lo que dice Santiago Fernández:

Para quien esto firma el lugar que ocupa Aub es el justo. Es el de un escritor reconocido y admirado por muchos, pero que nunca podrá considerarse un clásico de nuestras letras.

Pero recomiendo vivamente la lectura de este libro.

Descárgalo gratis:

Campo Cerrado

(Descarga directa)


Extracto:[-]

Rafael les ve a todos la cara boba, los sentimientos idos, el ánimo suspenso; vivos los ojos, amansado el oído, olvidado el resto; sin tiempo, ni más espacio que los cinco o seis metros de la embocadura del teatrillo; dales la luz de las candilejas de refilón y de frente; quién entreabre los labios como pez a punto de picar, quién mira como escondido; corre por todos cierta beatífica candidez y tranquilidad; distendidos, un poco con su cara de muertos, más el calor que lo vivifica todo.
Ya se corre el telón para el último número. Ya sale tocada con plumas de avestruz y con ropa de tisú de oro la artista de más nombre.

El día que yo me vaya de este pequeño salón ya no romperán los hombres por delante el pantalón.
Ya toca la orquesta la marcha que delimita el principio del cabaret.

—El público satisfecho se va por donde ha venido —dice uno de los que venían con Luis Salomar.

—La marcha de los cabritos —comenta uno que pasa.

Fuera hace luna.

—Vamos a dar una vuelta.

Dar una vuelta consiste en ir de taberna en taberna con tal de acabar en cualquiera de ellas de dos a tres de la madrugada, ante un velador, botellas de Priorato a la mano; sopa de pescado, tortilla, aceitunas, queso o huevos fritos por delante, borrachos como unas cubas, pero muy serios, discutiendo del porvenir de España, entrecortado por algún bárbaro: ¡ijujú! lanzado por Salomar, a quien se le saltan de vivos los ojos.

—¿Dónde hay corderos como los españoles, ni poeta como Fray Luis, aunque fuese algo judío?
—Lo que quieras, pero siempre haremos las cosas en el último momento y de cualquier manera. Lo grande es que a veces salen bien. La improvisación es un arma española.

—No sabéis prevenir. Y trabajarr a rratos. Pequeños ratos.

—Ni falta que nos hace.

Con Luis Salomar y Rafael Serrador están un suizo y un joven catalán, profesor éste de una vaga arqueología o algo así: zangón, aristocrático venido a mucho menos, de maneras remilgadas, emparentado con familias de renombre mercantil, que no saca, pero que no deja de citar si viene a cuento; Viena y Londres en la boca a cada paso, con cierto aire marica, sin serlo, y procurando demostrárselo en toda ocasión a la peor pintada, lo que no le salva en los locales de taxis-girl, a los que es muy aficionado, de producir diálogos como el que se trae aquí a cuenta:

—¡Te digo que lo es!

—Chica, lo que tú quieras, pero te aseguro que no lo es.

—¡Para ti la perra gorda!


—¡Eres un bárbaro! —dice el socialista.

—Ni bárbaro, ni no bárbaro.

Vuelve a intervenir el viejo:

—Siempre puede uno colocarse por encima de los partidos.

—Entonces el partido eres tú —dice Bosch—. El que quiere abarcar equitativamente el bien y el mal se queda en regular, aguachirle, café con leche, nada entre dos platos, animal híbrido sin posibilidad de descendencia, en mulo.

—¡Para la burra, sobrino!

—No hay gran escritor sin cárcel o destierro —sigue Salomar—, o poltrona ministerial. Digo escritor y no poeta. Los poetas son bichos que lo mismo cantan en invernaderos que en muladares.

—¿Y Lope? —añade el profesor de buen lomo.

—¿No era Lope poeta? —se extraña Salomar.

—¿Y el lameculismo una política? —arguye Lledó—. Y no es cuestión de repetir lo dicho, pero ¿cree que los niños de Cambó no hacen política? Recuerde dedicatorias antiguas y modernas. No tienen el genio de Lope.

—Un novelista pacato escribe novelas pacatas —triunfa Salomar—. A veces me pregunto si Blasco no será tan mal novelista como creo… Vosotros, los catalanes, pensáis resolver los problemas creando premios y repartiendo flores. ¡Así os va! Mejor haríais metiéndolos a todos en la cárcel. Y los poetas, sueltos.

El profesor catalán, un poco fachenda con su voz abaritonada, sus nalgas rimbombantes y su listeza boba, no sabe a qué carta quedarse, si defender a sus conterráneos o pasarse vergonzosamente al enemigo. Lo que él quiere es una cátedra en Madrid.

—Mire usted, Luis —acaba diciendo—: creo que debiera ponerse usted a escribir un libro sobre los místicos y dejarse de tonterías.

—La tontería es suya, profesor —dice Salomar, soliviantado—, y lo de escribir, esas son mis cebollas, que dicen los gabachos. Escribir, para mí, es luchar contra la muerte. Y lo mismo lucho de una manera que de otra.

—Comprendería tu posición si estuvieses del otro lado de la barricada —comentó Lledó—. Pero tu actitud política, pesimista…

—Lo uno no empece a lo otro. En este terreno no quedan huellas. Me salvaré a brazo partido o por la fuerza de las palabras. ¡Tanto monta! Un hombre a quien no le interesa la política no es hombre; puede ser un sabio, una especie de sabandija que se roe las entrañas. ¡Pero el que toma el aire, o ve colores, o husmea campo o calle…! A lo sumo, los que piensan salvar la humanidad a fuerza de microbios, y eso a mí no me interesa, ni creo que a nadie tampoco; habría que estar en el secreto…
Hizo una pausa, acabaron de tomar café.

—Frente a la vida —continuó— no hay más que dos posiciones: mandar u obedecer. ¡Inventar una tercera: la ignorancia? Babia, es cosa de maricas. El purgatorio, una traición. Todo esto es esquelético y primario, pero España es un país de esqueletos y por nada nos matamos más a gusto que por sofismas. Y como, por añadidura, comemos mal, nos importa tres pitos la vida.

—Querrás decir —intervino Rafael— que los que comen mal son los obreros.

—Los obreros comen mal y los demás no saben comer —respondió Lledó—. Siempre les ha importado más la otra vida que ésta a católicos y anarquistas. ¡Y son unos cuantos!

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