Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Mayo 19, 2010

Max Aub. Campo Cerrado.

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Editorial Alfaguara, 1944, 1997. 252 páginas.

Max Aub, Campo Cerrado
Empieza la guerra

La única ventaja de reseñar los libros mucho tiempo después de haberlos leído se da en casos como éste. Leídos los seis libros que componen el laberinto mágico puedo decir que el que más me ha gustado y que creo que es el mejor es éste.

Centrado en los años previos a la guerra civil se va definiendo la estructura que seguirán los libros de la saga. Multitud de personajes, de los que se nos cuenta su historia aunque apenas contribuyan al esquema general, fluidez en los diálogos y un minucioso retrato de la época.

Pero en su primer libro se nota un esfuerzo extra en el lenguaje, la prosa está muy depurada, y aunque a veces cae en un barroquismo excesivo la calidad de las imágenes que encuentra no se repiten en los libros posteriores, dónde se decanta más por la crónica con un abandono del estilo. No soy de los de subrayar con lápiz, pero en este libro más de una vez me asaltó la tentación (en cambio, martirizaba a mi mujer leyéndole fragmentos). Un ejemplo:

Cada año, con la vendimia, nace un crío. A veces se muere, otras no. Entonces se va alzando, sucio, con costras, granos, ulcerillas y lagañas, sin conocer lo que es el frío ni el hambre, porque son su aire y su alimento. Crecen renegridos, escuetos v duros, muy hechos a hacer lo suyo y a no importarles un comino los demás, como no sea, muy luego, el sexo de sus hembras, que tienen en mucho, y las caballerías, que aprecian otro tanto: lo atestiguan dichos y canciones: todavía llegan allí los zorongos y las jotas; se las oye por montes y campos.

Tras haber leído gran parte de la obra de Aub coincido con lo que dice Santiago Fernández:

Para quien esto firma el lugar que ocupa Aub es el justo. Es el de un escritor reconocido y admirado por muchos, pero que nunca podrá considerarse un clásico de nuestras letras.

Pero recomiendo vivamente la lectura de este libro.

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Campo Cerrado

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Extracto:[-]

Rafael les ve a todos la cara boba, los sentimientos idos, el ánimo suspenso; vivos los ojos, amansado el oído, olvidado el resto; sin tiempo, ni más espacio que los cinco o seis metros de la embocadura del teatrillo; dales la luz de las candilejas de refilón y de frente; quién entreabre los labios como pez a punto de picar, quién mira como escondido; corre por todos cierta beatífica candidez y tranquilidad; distendidos, un poco con su cara de muertos, más el calor que lo vivifica todo.
Ya se corre el telón para el último número. Ya sale tocada con plumas de avestruz y con ropa de tisú de oro la artista de más nombre.

El día que yo me vaya de este pequeño salón ya no romperán los hombres por delante el pantalón.
Ya toca la orquesta la marcha que delimita el principio del cabaret.

—El público satisfecho se va por donde ha venido —dice uno de los que venían con Luis Salomar.

—La marcha de los cabritos —comenta uno que pasa.

Fuera hace luna.

—Vamos a dar una vuelta.

Dar una vuelta consiste en ir de taberna en taberna con tal de acabar en cualquiera de ellas de dos a tres de la madrugada, ante un velador, botellas de Priorato a la mano; sopa de pescado, tortilla, aceitunas, queso o huevos fritos por delante, borrachos como unas cubas, pero muy serios, discutiendo del porvenir de España, entrecortado por algún bárbaro: ¡ijujú! lanzado por Salomar, a quien se le saltan de vivos los ojos.

—¿Dónde hay corderos como los españoles, ni poeta como Fray Luis, aunque fuese algo judío?
—Lo que quieras, pero siempre haremos las cosas en el último momento y de cualquier manera. Lo grande es que a veces salen bien. La improvisación es un arma española.

—No sabéis prevenir. Y trabajarr a rratos. Pequeños ratos.

—Ni falta que nos hace.

Con Luis Salomar y Rafael Serrador están un suizo y un joven catalán, profesor éste de una vaga arqueología o algo así: zangón, aristocrático venido a mucho menos, de maneras remilgadas, emparentado con familias de renombre mercantil, que no saca, pero que no deja de citar si viene a cuento; Viena y Londres en la boca a cada paso, con cierto aire marica, sin serlo, y procurando demostrárselo en toda ocasión a la peor pintada, lo que no le salva en los locales de taxis-girl, a los que es muy aficionado, de producir diálogos como el que se trae aquí a cuenta:

—¡Te digo que lo es!

—Chica, lo que tú quieras, pero te aseguro que no lo es.

—¡Para ti la perra gorda!


—¡Eres un bárbaro! —dice el socialista.

—Ni bárbaro, ni no bárbaro.

Vuelve a intervenir el viejo:

—Siempre puede uno colocarse por encima de los partidos.

—Entonces el partido eres tú —dice Bosch—. El que quiere abarcar equitativamente el bien y el mal se queda en regular, aguachirle, café con leche, nada entre dos platos, animal híbrido sin posibilidad de descendencia, en mulo.

—¡Para la burra, sobrino!

—No hay gran escritor sin cárcel o destierro —sigue Salomar—, o poltrona ministerial. Digo escritor y no poeta. Los poetas son bichos que lo mismo cantan en invernaderos que en muladares.

—¿Y Lope? —añade el profesor de buen lomo.

—¿No era Lope poeta? —se extraña Salomar.

—¿Y el lameculismo una política? —arguye Lledó—. Y no es cuestión de repetir lo dicho, pero ¿cree que los niños de Cambó no hacen política? Recuerde dedicatorias antiguas y modernas. No tienen el genio de Lope.

—Un novelista pacato escribe novelas pacatas —triunfa Salomar—. A veces me pregunto si Blasco no será tan mal novelista como creo… Vosotros, los catalanes, pensáis resolver los problemas creando premios y repartiendo flores. ¡Así os va! Mejor haríais metiéndolos a todos en la cárcel. Y los poetas, sueltos.

El profesor catalán, un poco fachenda con su voz abaritonada, sus nalgas rimbombantes y su listeza boba, no sabe a qué carta quedarse, si defender a sus conterráneos o pasarse vergonzosamente al enemigo. Lo que él quiere es una cátedra en Madrid.

—Mire usted, Luis —acaba diciendo—: creo que debiera ponerse usted a escribir un libro sobre los místicos y dejarse de tonterías.

—La tontería es suya, profesor —dice Salomar, soliviantado—, y lo de escribir, esas son mis cebollas, que dicen los gabachos. Escribir, para mí, es luchar contra la muerte. Y lo mismo lucho de una manera que de otra.

—Comprendería tu posición si estuvieses del otro lado de la barricada —comentó Lledó—. Pero tu actitud política, pesimista…

—Lo uno no empece a lo otro. En este terreno no quedan huellas. Me salvaré a brazo partido o por la fuerza de las palabras. ¡Tanto monta! Un hombre a quien no le interesa la política no es hombre; puede ser un sabio, una especie de sabandija que se roe las entrañas. ¡Pero el que toma el aire, o ve colores, o husmea campo o calle…! A lo sumo, los que piensan salvar la humanidad a fuerza de microbios, y eso a mí no me interesa, ni creo que a nadie tampoco; habría que estar en el secreto…
Hizo una pausa, acabaron de tomar café.

—Frente a la vida —continuó— no hay más que dos posiciones: mandar u obedecer. ¡Inventar una tercera: la ignorancia? Babia, es cosa de maricas. El purgatorio, una traición. Todo esto es esquelético y primario, pero España es un país de esqueletos y por nada nos matamos más a gusto que por sofismas. Y como, por añadidura, comemos mal, nos importa tres pitos la vida.

—Querrás decir —intervino Rafael— que los que comen mal son los obreros.

—Los obreros comen mal y los demás no saben comer —respondió Lledó—. Siempre les ha importado más la otra vida que ésta a católicos y anarquistas. ¡Y son unos cuantos!

Mayo 22, 2009

Fernando Iwasaki. Neguijón.

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Editorial Alfaguara, 2005. 172 páginas.

Fernando Iwasaki, Neguijón
Podredumbre

No se dejen engañar por algunas críticas. No es una novela histórica, aunque esté ambientada en el siglo XVI y haga gala de una erudición a prueba de inquisiciones. Es más, muchísimo más.

El barbero ha llegado a la plaza del pueblo y todos aquellos con los dientes en mal estado se acercan con fatalidad a su consulta. La casualidad hace que se encuentren los mismos personajes que coincidieron en la fuga de una prisión de Sevilla, hace ya muchos años, en la que participó alguien ahora ilustre.

Lo primero que uno siente al leer este libro es Gracias por haber nacido en este siglo, dónde existe la anestesia. Ilustrado con grabados de la época, Iwasaki nos presenta un catálogo de enfermedades dentales y los métodos para curarlas que te pone realmente la piel de gallina -aunque no sea esa la intención.

Lo segundo es el asombro ante el humor y el buen hacer del autor. El libro se estructura en tres momentos temporales: la fuga de la cárcel, la cola ante el barbero y una breve aparición de una lucha naval. Estas ocasiones se mezclan indistintamente en el texto, y la mezcla de lenguaje del Siglo de Oro con una estructura moderna es muy eficaz.

Aunque en rigor no ocurre gran cosa el libro está trufado de parodias y referencias que según afirma el autor son reales y documentadas. Es uno de los libros que más me han gustado de este año, divertido y de calidad. Este Iwasaki está resultando todo un descubrimiento.

Escuchando: L’obrer. Accidents polipoetics.


Extracto:[-]

Así, el tránsito hacia la Plaza Mayor quedó interrumpido por una audiencia mugrosa que escuchaba entre arcadas cómo del fango de la nariz nacía una estirpe de gusanos peludos del grosor de un dedo, cómo de la corrupción de los abscesos brotaban lechosos enjambres de lombrices y cómo ciertos vomitivos permitían desaguar de los intestinos a los gusanos velludos de cabeza roja, tan gordos como un guisante y del largo de cuatro dedos. Utrilla levantó el frasco maloliente de salmuera y —mostrándolo a la multitud— declaró que ahí tenía encurtidos todos los linajes de anguilas, orugas y gusarapos que se criaban en las entrañas del hombre, menos al repugnante neguijón, que roe y socava los dientes.

Dios, en su infinita sabiduría —prosiguió Utrilla enfervorizado—, dispuso que en las dentaduras anidara el neguijón, para que el dolor de muelas nos acompañara por siempre como advertencia del eterno tormento de la muerte. Y una vez más recurrió a la autoridad de fray Luis de Granada, quien en su Guía de pecadores sentenció que el infierno era un perpetuo crujir de dientes y un nauseabundo lugar donde los neguijones devoraban los cuerpos y los demonios atenazaban las muelas por los siglos de los siglos.

Utrilla miró al cielo y meneó la cabeza resignado: la corrupción de nuestros cuerpos había
comenzado ya, pues supuraba en forma de callos, bubas, forúnculos y sabañones, por no hablar de la sarna, las llagas y los tumores. Pero si hasta los peores males tenían remedio —ya que los dedos gangrenados se cortaban y las almorranas se quemaban con cauterios de plomo y vitriolo romano—, en cambio el dolor de muelas y la corrupción de la boca eran para toda la vida, pues aunque las muelas podridas se arrancaran, los neguijones terminarían royendo las piezas vecinas. Y por eso al pecador y a la mujer hermosa, al hombre santo y al niño inocente les apestaba la boca a licor de cadáver insepulto.

La liturgia del dolor estaba a punto de comenzar y Utrilla demandó un sacrificio especial a los presentes: para atrapar un neguijón era preciso extraer más de una muela, cercarlo entre los pasadizos de la dentadura y ensartarlo con una astilla caliente sobre las encías. ¿No serían Dios y la ciencia bien servidos, aunque se perdieran unas cuantas muelas como sacrificio? Después de todo, una boca sin dientes jamás pecaría de gula, reiría más bien con recato, se guardaría del adulterio y no podría morder los frutos ponzoñosos del placer. Una boca sin dientes allanaría la salvación a través de una vida contemplativa, mística y anacoreta. Una boca sin dientes —en suma— retardaría la muerte, porque la corrupción de la carne comenzaba en las ciénagas de la dentadura.

Enero 4, 2008

José Antonio Millán. Nueva Lisboa.

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Editorial Alfaguara, 1995. 352 páginas.

José Antonio Millán, Nueva Lisboa
Sherezade virtual

En algún sitio de esta bitácora he comentado mis despites con los nombres de los escritores. Este libro lo compré pensando que era de Juan José Millás -hay que ser zoquete- pero siempre acabo teniendo suerte. Es un libro que vale la pena.

En un futuro lejano la humanidad ha preferido vivir en un entorno virtual simulado olvidando la realidad. Pero el último hombre sobre la tierra se enfrenta a la inteligencia artificial que controla el mecanismo. Puede acabar de sellar el pacto y dejar que toda la humanidad siga en sus sueños felices o elegir la vida real. Para ayudarle a tomar esa decisión el sistema artificial lo introducirá en un laberinto de historias.

La estructura del libro es la de las muñecas rusas: dentro de cada historia hay otra historia. Un navegante espacial narra sus desventuras en un planeta en el que era rey y una mujer le entretenía leyendo un libro en el que por casualidad aparece la historia de una mujer que entra en una realidad virtual -la Nueva Lisboa del título- y después de ciertas aventuras se pone a ver una película sobre una persona que viaja en el tiempo cada día que intentará que un escritor acabe una novela que… Todas las historias irán cerrándose dando respuesta a la pregunta del protagonista.

El tema de fondo siempre es el mismo: la realidad frente a lo virtual. En un sentido amplio, también la literatura construye un mundo virtual en el que podemos vivir. La novela es buena, es la segunda vez que la leo y me ha gustado tanto como la primera vez. Es una pena que José Antonio Millán no sea más prolífico, aunque siempre podemos visitar su página web y su bitácora El futuro del libro.

Escuchando: Hello Heavenly. Keziah Jones.


Extracto:[-]

La Nueva Lisboa que le había correspondido estaba a seiscientos kilómetros al norte, pero en su mismo distrito, de modo que un trayecto normal en el Tubo le pondría a sus puertas.

El azar le sentó al lado de un rodos, o al menos de alguien que llevaba el pelo como uno de ellos, y le miraba con ojos muy abiertos. No tardó mucho en descubrirse como un asiduo del Caldo.

—Con ésta llevaré, si Dios quiere, diez veces que me mojo.

—Vaya…

—Sí, y además he quedado con varios amigos allí. Se mojarán unos en Nueva Lisboa II, otros en la III; hemos sincronizado nuestras entradas. Somos amigos de Salto. Saltamos juntos desde hace años, empezamos en Johannesburgo. Usted sabe, el I es el africano.

Sonia contestó que ésta era su primera vez. No mencionó los largos años de ahorro, ni la noche, hacía varios meses, en que ella y su marido arrojaron la moneda al aire (y con frecuencia pensaba que habría sido mejor perder). Pero su acompañante, con tantos saltos, ¿no sería un millonario?, o tal vez había ganado puntos de una partida para otra.

—Ah, pues es algo delicioso —le animaba ahora—, tan real. Y quien pueda procurarse algunas cosas, pues ahí tiene el Ocho… Allí no hay peligro, ¿sabe? ¿Cómo va a haberlo? Algunos alquilamos automóviles, incluso, y corremos —se frotó las manos—. Y luego el Juego, claro. He buscado la cartera —Sonia conocía la variante más antigua del Juego, «La cartera perdida»—, pero confío en que esta vez sea algo cooperativo, como «Detrás de Rita»; mis amigos y yo vamos a formar equipo. Tenemos una cita en un viejo bar: ¡tranquiliza saber que todo permanece como lo dejaste, salto tras salto! Pero a alguno ni le conoceré. Ya sabe; es como en el Paraíso: a lo mejor resulta que el bienaventurado de al lado es tu esposa, pero permanecéis ajenos. Más de uno ya habrá acumulado bonificaciones exteriores, y te lo encuentras más alto, moreno, con todo el pelo —y se reía tapándose la boca: no llevaba mascarilla—… Claro que si el sesgo es individual nos convertiremos en rivales.

El Tubo zumbaba y se notaba el olor acre de las grandes aceleraciones. Sonia preguntó, bruscamente:

—¿Duele?

—En ningún momento, lo más doloroso fue eso —y señaló su cuero cabelludo. No se veía, claro, pero allí es donde debían de haberle implantado, una y otra vez, las diminutas unidades de conexión—. No es dolor, es desconcierto, o algo parecido a la sensación de estar borracho, o entrando en un sueño. Uno ve las calles, la gente; puede tocar incluso una verja de hierro: está fría y dura. Pero uno sabe que no es de verdad… O lo sabe al principio; luego, todos nos olvidamos: ¡hay tanto que hacer!

Sonia puso cara de concentración, esperando que fuera freno suficiente para su compañero de asiento, y recordó cuando, hacía veinte años, había comenzado el Campo. Puede que incluso presenciara por el canal la apertura de la Nueva Lisboa I, en Johannes-burgo. Recordaba haber visto en la pantalla el colosal monumento de ingeniería que había sido su sede: la Columna, luego replicada a escala menor en cada una de las Estaciones.

xxi. ¿PUEDO HACER LO QUE QUIERA EN EL CAMPO?

Durante la simulación se suspenderá temporalmente la vigencia de determinados artículos del Código Penal (véase la relación adjunta). Esto tiene por objeto animar las incidencias del Juego, pero cualquier abuso que se cometa fuera de este marco conducirá a penalizaciones. Determinadas acciones dispararán el mecanismo de retorno automáticamente, sin perjuicio de ulteriores sanciones.

XXII. LO QUE HAY QUE OBEDECER

Cualquier indicación u orden que aparezca marcada con el característico resplandor azulado deberá ser cumplida lo antes posible.
Todas las pistas o indicios propios del juego le llegarán por vía normal, y su seguimiento o no queda a la estrategia del jugador.

Junio 6, 2007

Terry Pratchett. Sólo tú puedes salvar a la Humanidad.

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Alfaguara, 1994. 180 páginas.
Tit. Or. Only you can save the mankind. Trad. Miguel Martínez-Lage

Terry Pratchett, Solo tu puedes salvar a la humanidad
No mates al marciano

Las obras de Pratchett no se limitan al Mundo Disco. Además de unas cuantas obras en colaboración, como Buenos Presagios, que ya comentamos aquí, tiene escritas unas cuantas dirigidas al público juvenil. La más famosa es, quizá, la trilogía del éxodo de los Gnomos, pero tiene otras que iremos viendo en estas páginas.

Johnny tiene un nuevo juego de ordenador: Sólo tú puedes salvar a la humanidad. Para conseguir el objetivo hay que destruir el mayor número de naves ScreeWees posibles. Pero algo raro pasa en el juego, porque en la pantalla aparece un mensaje: Nos rendimos. No queremos más guerras. Johnny deberá convertirse en el salvador de la flota y protegerlos de los ataques de otros jugadores.

La idea de partida es original ¿Cómo se puede vencer a un enemigo que tiene vidas infinitas (como dice la capitana de las tropas ScreeWees: Son muy pocos, pero siempre vuelven a la carga)? Quizá el luchar con honor y morir gloriosamente no sea la respuesta y la única manera de salvar a su gente sea la rendición.

Aún así, en comparación con otros libros del autor, es bastante flojo. No es excusa que esté dirigido a un público juvenil, otros hay que pueden ser leídos por adultos y son disfrutados igual. Sólo para fans de Pratchett o para picar con el gusanillo de la lectura a sus hijos.

Actualización: Este videoclip puede ilustrar el antibelicismo del libro:

Escuchando: Never Gonna Let You Go. Delores Hall.


Extracto:[-]

La Capitana se recostó en su sillón, en el enorme, sombrío puente de mando. Tenía unas manchas amarillentas bajo los ojos, debidas seguramente a la falta de sueño que arrastraba desde hacía tiempo. Quedaban tantas cosas por hacer… La mitad de los cazas habían sufrido graves daños y los cruceros no estaban en buenas condiciones; por otra parte, apenas quedaba sitio y, con toda seguridad, no había alimentos suficientes para todos los supervivientes que fueron recogidos a bordo.

Levantó la mirada y se encontró con el oficial de artillería.

—No me parece una jugada muy sabia —dijo.

—Pero es la única que podía hacer —repuso la Capitana con cautela.

—¡No! ¡Es preciso que demos la cara y que sigamos luchando!
—Terminaríamos todos muertos —dijo la Capi-

tana—. Plantamos cara, luchamos y morimos. Así ha sido hasta la fecha.

—¡Pero morimos gloriosamente, como héroes!

—En esa frase que acaba de decir hay una palabra muy importante —dijo la Capitana— Y no es precisamente «gloriosamente», ni tampoco «héroes».

El oficial de artillería se puso verde de rabia.

—¡Ha atacado a cientos de nuestras naves!

—Y ahora ha dejado de hacerlo.

—De todos los demás, ninguno ha dejado de hacerlo —dijo el oficial de artillería—. ¡Son humanos! Y no es posible fiarse de un ser humano. Disparan contra todo lo que se les pone por delante.

La Capitana apoyó el hocico sobre una mano.

—Pero éste no actúa así —dijo—. Ha escuchado nuestro mensaje, ha hablado con nosotros. Ninguno había hecho eso antes. Es posible que éste sea el Esperado…, el Elegido, quiero decir.

El oficial de artillería plantó las dos manos superiores sobre la mesa y la miró furibundo.

—Bien —dijo—, he hablado con los demás oficiales. Yo no creo en las leyendas. Cuando se comprenda en toda su magnitud lo que acaba usted de hacer, le será retirado el mando de la flota.

Ella volvió hacia él unos ojos claramente cansados.

—Muy bien —dijo—. Pero por el momento sigo siendo la Capitana, sigo siendo la responsable de la flota, ¿lo entiende usted? ¿Tiene usted al menos una remota idea de lo que eso significa? ¡Márchese y déjeme en paz!

No le agradó la orden, pero no podía desobedecer. «Puedo ordenar que lo fusilen —pensó la Capitana—. Y no sería mala idea; así nos ahorraremos complicaciones que puedan surgir más adelante. Lo apuntaré en la lista de cosas por hacer; será el n.° 235 de los asuntos pendientes.»

Diciembre 15, 2005

[*] José María Merino. Cien años de Cuentos.

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Editorial Alfaguara 1998, 1999. 575 páginas.

Para chuparse los dedos

Este, junto al de Zarraluki, son los libros que cogí de la biblioteca. Si el de Zarraluki me encantó por méritos propios, la monumental selección que propone Merino me encanta por méritos propios y ajenos. De José María Merino tengo leído ‘Cuentos del reino secreto’, que me recordaron a Michael Ende, y si su labor como escritor me dejó buen sabor de boca, su tarea como seleccionador de esta antología me ha dejado la boca abierta.

Cien años de cuento nada menos, desde 1898 hasta 1998. Una selección cuidada y representativa de una gran cantidad de autores, que reflejan una excelente variedad estilística y temática. Exceptuando uno nacido en Francia y otro en cuba, todos los autores son españoles, así que no esperen encontrar a ningún maestro de la narrativa hispanoamericana; esa selección es todavía un trabajo pendiente.

La antología está ordenada, con buen criterio, por el orden de nacimiento de los autores, y no por el orden de publicación de los cuentos, aunque este dato suele figurar al final de los mismos. Uno siempre se pregunta si el antologista ha escogido con buen criterio; una buena prueba es comprobar si coincide con nuestro gusto. Que de Ana María Matute haya escogido el excelente cuento ‘Pecado de omisión’ me da confianza; yo también lo hubiera elegido.

Para saborear con tiempo, no como un servidor que lo devoró cual lepisma durante un viaje en autobús, no es muy caro (unos 21 €) para la cantidad y calidad de su literatura. Es un placer releer cuentos de autores conocidos y descubrir a desconocidos. Imprescindible en cualquier biblioteca.

Para que no se diga, dejo aquí el listado completo de los cuentos que conforman este volumen:

El amor que asalta
miguel de Unamuno

Malpocado
Ramón María de Valle Inclán

Golpe doble
Vicente Blasco Ibáñez

Lo desconocido
Pio Baroja

La mariposa y la llama
José Martínez Ruiz, Azorín

El muñeco de trapo
Jose María Salaverría

El hombre de la barba negra
Eduardo Zamacois

La doncella de oro
Gabriel Miró

Ejercicios Espirituales
Manuel Bueno

Don Paciano
Ramón Pérez de Ayala

El nefasto parecido
José Francés

Soina
Wenceslao Fernández Flores

Drama obscuro
Alfonso Hernández Catá

Eucaristía
Antonio de Hoyos y Vinent

El jardinero extático
José Moreno Villa

La tía Marta
Ramón Gómez de la Serna

Película
Benjamín Jarnés

Cuando, por fortuna, se tienen ‘cosas’
Tomás Borrás

La viuda de los Meyer (una historia de amor)
Jacinto Miquelarena

El testamento
Arturo Barea

Reo de muerte
José Díaz Fernández

El genio de la noche y el genio del día
Rosa Chacel

Juana Rial, limonero florido
Rafael Dieste

El único amigo
Edgar Neville

El buitre
Ramón J. Sender

Un astrónomo
Andrés Carranque de Ríos

La ingratitud
Max Aub

El misántropo
Samuel Ros

The Last Supper
Francisco Ayala

El comodoro
Gonzalo Torrente Ballester

Visita irreprochable
Manuel Andújar

Culpemos a la primavera
Camilo José Cela

Pasado mañana
Alonso Zamora Vicente

Concierto desesperado
Vicente Soto

Hotel Florida, Plaza del Callao
Juan Eduardo Zúñiga

Paulina y Gumersindo
Francisco García Pavón

El refugio
Miguel Delibes

Rosamunda
Carmen Laforet

El mar
Carlos Edmundo de Ory

Coro
Ramiro Pinilla

Elpozo encerrado
Antonio Pereira

Los hombres del amanecer
Ignacio Aldecoa

La trastienda de los ojos
Carmen Martín Gaite

Cuento de estío
Medardo Fraile

Pecado de omisión
Ana María Matute

Día de caza
Jesús Fernández Santos

La bruja de la calle Fuencarral
Alfonso Sastre

Los caballos
Jorge Ferrer Vidal

Syllabus
Juan benet

Recuerdo de un día de campo
Juan García Hortelano

Morgazo
Antonio Martínez Menchén

El Noroeste
Fernando Quiñones

Los ojos del niño
Daniel Sueiro

Cara y Cruz
Juan Goytisolo

Desembarazarse de Crisantemo
Gonzalo Suárez

La excursión

Francisco Umbral

Terror de Año Nuevo
Manuel Vicent

Testigo imparcial
Ricardo Doménech

El castillo en llamas
Ana María NAvales

Un encuentro
Javier Alfaya

Un relato corto e incompleto
Álvaro Pombo

Un cuento pequeño, hálito de penumbra
Elena Santiago

El gran Buitrago
juan Pedro Aparicio

A través del tabique
Marina Mayoral

Hotel Bulnes
luis Mateo Díez

Livingstone
Manuel Longares

El reloj de Bagdag
Cristina Fernández Cubas

Instantáneas
Jose María Latorre

El hombre que salía todas las noches
Juan José Millás

El origen del deseo
Soledad Puértolas

Nunca voy al cine
Enrique Vila-Matas

La ponedora
Gustavo Martín Garzo

Vacaguaré
Luis León Barreto

Diario Corrupto
Manuel de Lope

En el viaje de novios
Javier Marías

Retrato de familia
Roas Montero

El señor Link visita a un autor
Paloma Díaz Mas

El puentecito
Jose Antonio Millán

Los guerreros de bronce
Pedro Zarraluki

Teoría de la eternidad
Javier García Sánchez

No se mueve ni una hoja
Julio Llamazares

El hombre sombra
Antonio Muñoz Molina

Juicio Final (aldo Pertucci)
Agustín Cerezales

De un espía paradójico y de lo bien pagado que estaba
Adolfo García Ortega

Amor de madre
Almudena Grandes

Los mundos lejanos
Felipe Benítez Reyes

Cotidiana
Francisco javier Satué

Velocidad de los jardines
Eloy Tizón

Las musarañas
Juan Bonilla

Señoritas en sepia
Juan Manuel de Prada

(Un día, un libro 249/365)
Escuchando: Girls. Josmar

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