Cuchitril Literario

Febrero 29, 2008

Serge Lang. El placer estético de las matemáticas.

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Alianza universidad, 1992. 179 páginas.
Tit. Or. Serge Lang fait des maths en public. Trad. Pedro Jesús Salas.

LangPlacer
Matemáticas asequibles

Tenía ganas de leer este libro por su título. Soy de los que opinan que las matemáticas, y la ciencia en general tienen una belleza comparable a la de una pintura o un libro. Pensaba que encontraría un ensayo sobre este tema, pero no ha sido así.

Se trata de la transcripción de tres charlas divulgativas que el matemático Serge Lang impartió en el museo de la ciencia de París. La primera estuvo dedicada a los numeros primos, la segunda a las ecuaciones diofánticas (en las que sólo interesan las soluciones enteras) y la última a la topología. Su reto era hablar de temas que fueran a la vez entendibles por un público no preparado y que fueran problemas de actualidad en la matemática.

Parece ser que tuvieron bastante éxito y que muy poca gente huyó de las disertaciones (incluso pedían más). Lo que viene a demostrar que si se tratan de una manera atractiva, incluso las materias más complicadas resultan interesantes (y si no, véase la bitácora de Tío Petros).

La decepción por no encontrar lo que encontraba se vio compensada por el interés de las conferencias, con un sólo pero: el ser transcripciones sin elaborar de las charlas la lectura no es demasiado cómoda. Lo que puede resultar divertido o dinámico hablado en el papel pierde mucho de su fuerza.

Un libro entretenido indicado para no matemáticos que quieran acercarse a esta disciplina desde una nueva perspectiva.

Escuchando: Confesiones de un comedor de pizza. Ariel Rot.


Extracto:


Según Plutarco, trabajar para conseguir inmortalizar el propio nombre es un ideal noble. Desde que era joven, esperaba que mi nombre ocupara un lugar en la historia de las matemáticas. ¿No es ésta una motivación tan noble como intentar obtener el premio Nobel?

Es decir, no se trata tanto del honor del espíritu humano como del honor del propio espíritu. Yo creo, más bien, que uno hace matemáticas porque le gusta hacer ese tipo de cosas, y también de una forma mucho más natural, porque cuando se tiene talento para hacer una cosa, normalmente no se tiene talento para hacer ninguna otra y se termina haciendo aquello para lo que se tiene talento, si se es lo suficientemente afortunado para tenerlo. Debo añadir que también hago matemáticas porque son difíciles y es un bello reto para la mente. Hago matemáticas para probarme a mí mismo que soy capaz de aceptar el reto, y ganar.

Por tanto, se hacen matemáticas, pero eso no quiere decir que la gente sea desgraciada, porque el tipo de matemáticas que hacen no sea lo suficientemente bueno como para aparecer en los libros de historia. Por supuesto, todos los matemáticos que conozco son perfectamente felices cuando hacen matemáticas a ese nivel. Se sienten satisfechos con los honores que esto les puede reportar, y por el hecho de dejar un nombre en las matemáticas. Pero yo no diría que ése sea su objetivo cuando se entregan a las matemáticas, sean estas puras o aplicadas.

Si yo les preguntara lo que significa la música, ¿me contestarían: «la manipulación de las notas»? Cuando se hacen matemáticas puras, se hace algo bastante diferente a «manipular». Para aclarar las razones que impulsan a la gente a hacer matemáticas puras, desde un punto de vista estético, voy a ponerles un ejemplo. Para mostrarles qué son las matemáticas, si ustedes no se dedican a ellas, tengo tantas dificultades como si quisiera explicar a un japonés o a un hindú de otra época, que no hubieran tenido nunca contacto con la cultura occidental cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin. Si se toma a alguien que no ha tenido nunca contacto con la cultura occidental y además es sordo, ¿cómo se le puede explicar cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin? Es imposible. Incluso si la persona en cuestión no es sorda, y es capaz de escuchar, es casi imposible, si no ha oído antes esos temas varias veces. La música occidental es demasiado diferente a la japonesa o hindú; se toca con instrumentos muy distintos, con otras orquestaciones y ritmos. Hay, por tanto, grandes dificultades para hacérsela comprender a alguien completamente ajeno y, recíprocamente, no es muy frecuente que haya conciertos de Koto o Sitar en París, y cuando los hay, el público es muy reducido.

Hay una dificultad adicional que se produce en todas las situaciones en que entra en juego la estética: a uno le puede gustar una cosa y no otra. Hay gente a la que le gusta Brahms y no le gusta Bach; a quienes les gusta Bach y no Chopin; a quienes les gusta Chopin y no Dowland (compositor inglés de piezas y canciones de laúd de la época de Shakespeare).

¿Cómo se puede hacer que alguien comprenda cómo es una canción de Dowland o una balada de Chopin si no la ha oído nunca? ¡Es imposible! Sin embargo, sería mucho más fácil hacerles oír una pieza musical que hacer posible que ustedes hagan matemáticas, ya que cuando se escucha música se está en una postura pasiva. Uno sólo tiene que dejarse llevar por la estética de la música, mientras que se deja al compositor y al intérprete la parte activa. Para hacer matemáticas, sin embargo, se necesita un grado de concentración mucho más alto y un esfuerzo personal. Más aún, para conseguir que ustedes hagan matemáticas necesito encontrar un tema que sea suficientemente profundo, que sea un verdadero tema de matemáticas, reconocido como tal por los matemáticos…

Diciembre 24, 2007

Elie Faure. Historia del Arte.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 9:14 am
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Alianza editorial, 1992. 280 páginas.
Tit. Or. Histoire de l’art. L’art moderne II. Trad. Jorge Segovia Lago.

Elie Faure, Historia del Arte
Apasionadas descripciones

No soy muy amante del arte clásico; prefiero el contemporáneo. El arte moderno está en la frontera. Hay pintores que me gustan y otros a los que no les veo la gracia. Pero siempre estoy dispuesto a intentar desasnarme un poco.

Pero no lo he conseguido. Según la contraportada Faure inauguró un nuevo concepto del libro de arte. Tan nuevo que no me he enterado de nada. La culpa es del estilo. Todo son frases grandilocuentes repletas de adjetivos que a un conocedor de los artistas pueden hacerles gracia, pero que a mí me han desconcertado. Un ejemplo: Daumier se apodera del corazón del drama y le anuda alrededor todos los lazos expresivos que le son ininterrumpidamente revelados por una ciencia grandiosa e intuitiva de la forma en acción ¿Mande?

He descubierto algún pintor interesante que desconocía y el estilo barroco del texto alguna vez me ha parecido acertado, pero en general he andado más despistado que un burro en un garaje. Para conocedores valientes.

Escuchando: Closer. Travis.


Extracto:[-]
Manet revela a Pissarro la pintura sincera y sin sombras, y Pissarro arrastra consigo a Manet hacia el campo y le enseña con su ejemplo y, sobre todo, con el de Claude Monet, el virtuoso del grupo, que el aire libre suprime, además del modelado, el contorno mismo de las formas y sustituye el tono local por un intercambio infinito de reflejos danzantes, enmarañados y solidarios, en los que la forma vacila y se anega en la fluctuación universal. Manet, conforme a la enseñanza de sus nuevos amigos, sólo pintará, en lo sucesivo, al aire libre. Se acabaron los apuntes que era preciso combinar en el taller, en el que la luz atenuada y triste ahoga las vibraciones del libre espacio, cambia las relaciones de los tonos, acusa las formas inmóviles en detrimento de sus movientes superficies y condena la retina a volver poco a poco a sus antiguos hábitos de progresivas degradaciones, desde la luz excesivamente artificial hasta la oscuridad excesivamente tétrica. Ahora el pintor plantará su caballete en medio del campo y recortará en la misma naturaleza el cuadro pintado enteramente fuera. Ahí está el bosque de Courbet, con su verde penumbra, sus hojas sombrías extendidas sobre los guijarros y los riachuelos; pero el sol traspasa las ramas y pone en la carne y en el suelo unas manchas claras y animadas y la sombra se desvanece. Luego, la retina del pintor, primero deslumbrada por la iluminación solar, se fija, insiste, se reeduca poco a poco y llega a distinguir un fantasma de sombra allí donde al principio no distinguía nada. Ahora, hasta la sombra es luz, es transparente y aérea y en ella se descomponen y se transmutan en gamas cada vez más matizadas y sutiles, y por nadie observadas hasta entonces, los colores del prisma, según lo exigen los mil tonos vecinos y la incidencia de la luz. Muy pronto dejará el objeto de tener su color personal, ya que los juegos del sol y de la sombra, todos los reflejos errantes que se entrecruzan, las variaciones de la estación, de la hora y del segundo impresionados por el paso del viento y la interposición de una nube, pasean por una superficie mil tonos cambiantes y móviles que convierten la corteza del mundo en un gran drama moviente.

Después de ver los jóvenes las pinturas de Boudin, en las cuales el ambiente marino confunde las velas y los aparejos y tiembla con el vaho y el rocío del mar; las acuarelas del holandés Jongkind, en las que el aire, el agua, el hielo y las nubes forman un solo abismo líquido, profundo como el océano y transparente como el cielo; después de descubrir en Londres Claude Monet y Pissarro la magia danzante de las nupcias del sol, del crepúsculo, de la niebla y del mar, con que ciegan las miradas los lienzos de Turner, harán por instinto la renovación de la pintura. Y mientras Pissarro se esfuerza en formular sus principios y en aconsejar el empleo de los únicos colores del espectro, cuya mezcla proscribe a la par que recomienda su yuxtaposición o entrecruzado por» comas separadas, Sisley, Claude Monet, Renoir y Cé-zanne ejercen su retina con el descubrimiento del movimiento incesante de la superficie de la vida, de los cambios que le impone a cada minuto la marcha del sol, del abismo infinito y tembloroso en sus sutilísimas transiciones, de sus complejos reflejos, de los luminosos intercambios y fugaces coloraciones, de los que el universo aéreo es el constante escenario.

Noviembre 28, 2007

Frederick J. Newmeyer. El primer cuarto de siglo de la gramatica generativo-transformatoria.

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Alianza Universidad, 1982. 380 páginas.
Tit. Or. Linguistic Theory in America - The first quarter-century of transformational grammar. Trad. José Javier González, José Antonio Martínez, Francisco Muñoz.

Frederick J. Newmeyer, El primer cuarto de siglo de la gramatica generativo-transformatoria
Revolución lingüística

Hoy Chomsky es conocido entre el gran público sobre todo por sus libros políticos, pero no hay que olvidar que fue uno de los fundadores del cognitivismo y el creador de la gramática generativa, toda una revolución en su momento. Desde entonces la lingüística se ha hecho a favor o en contra de Chomsky, pero nunca ignorándolo.

Este libro narra la historia de esta gramática, desde sus orígenes cuando Chomsky se merendó a los conductistas y a los estructuralistas y presentó su libro Syntactic structures, la primera vez que se enfocaba el tema lingüístico desde una perspectiva científica similar a la de otras disciplinas. El lingüista dejaba de ser un catalogador para convertirse en un creador de hipótesis que luego deberían falsarse. Continúa explicando la evolución de la teoría y las diversas ampliaciones, como la introducción de la semántica.

Estas ampliaciones darían lugar a la creación de escuelas, de la cual la más importante fue la semántica generativa, que no obstante no consiguió superar los problemas que su teoría planteaba. El libro acaba con las últimas -en el momento- investigaciones de Chomsky y nuevos enfoques.

A más de veinte años vista el libro está muy anticuado, pero ofrece un panorama excelente de los primeros años de la gramática generativa, explica las guerras entre diferentes escuelas -algo de lo que no tenía ni idea- y explica el origen de algunas de las teorías hoy plenamente aceptadas (como la de la X-barra). En conjunto, bastante interesante.

Escuchando: Qualsevol Dimarts M’estimaràs. Mazoni .


Extracto:[-]

Chomsky tuvo dos propósitos fundamentales en Syntactk Structures. En primer lugar, tuvo el propósito general de justificar la teoría lingüística y su formalización por medio de gramáticas generativas sujetas a ciertas condiciones de adecuación. Pero también se propuso la meta más restringida de demostrar que solamente las gramáticas generativas de un tipo determinado podían cumplir estas condiciones. Este modelo, la gramática transformatoria, contiene dos tipos de reglas sintácticas: de estructura sintagmática y trans-formatorias. Estas últimas se inspiraban, y eran esencialmente reinterpretaciones suyas, en las reglas que se denominaban de igual forma propuestas por su maestro Zellig Harris en su intento de aplicar los métodos de la lingüística estructural al análisis del discurso.

Chomsky se vio en la peculiar posición de tener que dar argumentos en contra de dos modelos gramaticales generativos —la gramática de estados finitos y la gramática de estructura sintagmática— que tenían muy pocos partidarios públicos. Tuvo que hacerlo porque estos modelos representaban las interpretaciones generativas más cerradas de los puntos de vista de la corriente lingüística de los años cincuenta. Las gramáticas de estados finitos se parecían mucho (o eran idénticas, como en el caso de Hockett, 1955) al tipo de mecanismo promovido por los teóricos de la comunicación. Las clases de descripciones que proporcionaban las gramáticas de estructura sintagmática eran (a todos los efectos prácticos) idénticas a las que resultaban de los procedimientos de los estructuralistas. Por ello la demostración de Chomsky de la inadecuación de estos dos modelos en los capítulos 3, 4 y 5 de Syntactk Structures estaba dirigida —y era la más convincente para ellos— a aquellos lingüistas que pudieran haber sido atraídos a su propósito general de construir una teoría lingüística, pero que todavía seguían fieles a los modelos generativos más conservadores afines a los primeros puntos de vista sobre el lenguaje. Naturalmente, un lingüista que rechazara la necesidad de reglas generativas, condiciones externas de adecuación, etcétera, no se impresionaría tremendamente por la demostración de Chomsky de la superioridad de la gramática transformatoria sobre la gramática de estructura sintagmática.

Chomsky comparó los tres modelos en términos de su «capacidad generativa débil» y su «capacidad generativa fuerte», por usar términos que aparecieron unos pocos años más tarde. La primera se refiere a su capacidad para generar cadenas, la segunda a su capacidad para asignar descripciones estructurales a esas cadenas. Como una gramática que sea incapaz de generar todas las oraciones de una lengua y sólo esas no posee ningún interés empírico, la demostración del defecto de un modelo en términos de la capacidad generativa débil hace innecesaria toda discusión de la capacidad fuerte. Chomsky demostró que la gramática de estados finitos era defectuosa precisamente de este modo utilizando un argumento de la siguiente forma:

Primera premisa: Ninguna gramática de estados finitos es capaz de generar una lengua que contenga un conjunto infinito de cadenas con dependencias de incrustación, mientras que, simultáneamente, excluya el conjunto infinito de cadenas que contradigan esas dependencias.

Segunda premisa: Una subparte del inglés es una lengua como la descrita en la primera premisa.

Conclusión: Todas las oraciones del inglés y solamente ellas no pueden generarse por medio de una gramática de estados finitos.

Chomsky demostró la primera premisa en su artículo de 1956 «Three Mofor the Description of Language» [«Tres modelos para la descripción del lenguaje»]. La segunda depende de manera deci siva del supuesto de que las oraciones de la forma if then [si entonces ], either or [o bien o bien], etc., se pueden incrustar la una en la otra sin límites.

Agosto 27, 2007

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

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Alianza Editorial, 1967, 1968, 1970, 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1989, 1990, 1992. 248 páginas.

Pío Baroja, El árbol de la ciencia
Desilusión, amargura

Una cosa que me gusta de los libros de segunda mano es que tienen una historia detrás; alguien los ha leído y en ocasiones deja rastros. A veces son pequeñas pistas (una foto recortada del escritor entre las páginas, una flor seca), otras profusas anotaciones en los márgenes. Al abrir el ejemplar ya me encuentro un aviso:

Se parece escribiendo a Cela y a Galdós. Es casi autobiográfica Andrés Hurtado=Pío Baroja

Imagino que los subrayados corresponden a algún estudiante haciendo una tarea, porque al principio abundan pero al final escasean.

El libro nos cuenta la historia de Andrés Hurtado desde que es estudiante de medicina, su estancia como médico en Alcolea, su vuelta a Madrid y su matrimonio. Pueden encontrar un mejor resumen en la wikipedia.

Lo importante en este libro no son las andanzas de Andrés, sino el ambiente que lo rodea. Baroja era un excelente retratista (ya lo comenté en Zalacaín el aventurero) y aprovecha la ocasión para censurar una sociedad de la que parece estar bastante desengañado. El dibujo de estos personajes es lo mejor del libro.

Destacable es el retrato de José de Letamendi, personaje real que en el libro es un auténtico impostor intelectual, una persona que con frases grandilocuentes pero vacías de contenido se ha ganado fama de genio, pero cuyas ideas destrozan sin piedad unos estudiantes de ingeniería.

El propio novelista escribió que este es el libro más acabado y completo de todos los míos y yo no estoy muy de acuerdo. Las discusiones entre el protagonista y su tío Iturrioz nos permiten conocer por dónde andaban los pensamientos de Baroja, pero se hacen pesadas y un tanto trasnochadas.

Otra cuestión es el personaje de Lulú y su matrimonio con el protagonista. El mensaje que se transmite es muy claro; aunque la sociedad sea un nido de vícobras donde el mal y la corrupción campan a sus anchas siempre es posible la esperanza. El amor -el encontrar a una persona con la que compartir la vida- puede traernos la felicidad. En este sentido me recordó a La tregua de Benedetti.

El mundo cien años después de estas páginas no parece haber cambiado mucho. Pero por suerte, seguimos teniendo la esperanza.

Escuchando: A Mellow Sweet Sixteen. Rave-Ons.


Extracto:[-]

Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho, la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.

En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.

Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le pareció admirable.

Andrés fue pronto un convencido.

Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, una noche Andrés fue al café donde se reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.

Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.

Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor.

Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reír.

—¿Por qué se ríe usted? —le preguntó Andrés, sorprendido.

—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.

—¿Cuáles? —Elevar a potencia, extraer raíces… Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división.

Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo.

—Pero eso lo da el razonamiento.

—No, no; perdone usted —replicó el estudiante—. Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.

—Eso es una broma —dijo Andrés.

—Claro que es una broma —replicó el estudiante—, una broma por el estilo de las de su profesor; pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos hay un infinito de funciones distintas: sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática.

Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y cariacontecido al comprobar su derrota.

Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.

Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.

Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal.

Enero 13, 2007

Lorenzo Diaz. La cocina del Quijote.

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Alianza Editorial, 2005. 238 páginas.

Lorenzo Díaz, La Cocina del Quijote
En un menú de la Mancha

No sé por qué incluí este libro en la lista del esclavo lector, no me resultaba nada atractivo y ni siquiera lo compré, venía de regalo al comprar otro y ya saben como soy yo con los regalos. En vista de la poca gracia que me hacía leerlo mi compinche de andanzas informáticas decidió apadrinarlo. Por molestar. Teniendo según que amigos no hace falta tener enemigos :P .

El libro se compone de varios apartados: descripción de la cocina manchega actual y reseña de algunos de sus restaurantes más interesantes, incursión en algunos de los platos que aparecen en el Quijote desvelando su composición y comentando en donde podemos comerlos en la actualidad y, la parte más jugosa del libro, una serie de recetas de la zona manchega.

Aunque no soy amigo de los libros de gastronomía lo poco que tiene de ensayo este libro es lo suficientemente breve como para leerlo con interés. No cuenta nada profundo pero se deja leer. El plato fuerte es la gran cantidad de recetas que incluye, algunas con una pinta realmente apetitosa. Todavía no he probado ninguna pero todo se andará.

No lo compren para leer sino para cocinar. Practiquen los suculentos platos que se describen y, si quieren, pueden invitarme a probarlos.

Escuchando: Que voy a hacer yo. Celtas Cortos.


Extracto:[-]

MORTERUELO

INGREDIENTES
LIEBRE/GALLINA
LOMO DE CERDO
HÍGADO DE CERDO
PAN RALLADO
MANTECA DE CERDO
NUECES
PIMENTÓN
PIMIENTA EN GRANO
CLAVO
ALCARAVEA
CANELA
SAL

MODO DE HACERLO


Se ponen a cocer en una olla grande la liebre, la gallina, el hígado de cerdo y el lomo, sazonándolo al gusto. Después de unas tres horas, se preparan las carnes, deshuesándolas y quitándoles la piel, tendones, etc., para dejar sólo la carne magra. Se pica todo cuidadosamente y se mezcla con el pan rallado que previamente se habrá tostado en el horno. Cuando todo esté bien mezclado, se agrega el caldo en que se cocieron las carnes, así como la manteca de cerdo, la alcaravea, el pimentón, el clavo, pimienta recién molida y la sal. Se deja hervir el conjunto lentamente hasta que quede muy espeso y momentos antes de retirarlo del fuego se añade media docena de nueces machacadas. Seguidamente, se retira del fuego.

El morteruelo se puede conservar en ollas de barro que terminan de llenarse con manteca de cerdo y se cubren después con papel de estraza sujeto con un bramante.

Se habla ya de este plato en documentos del siglo XI y en una copia romanceada del Fuero de Molina, que es del siglo xn. En este documentó se indica la manera de hacerlo «con grandes ollas que tienen tres asas junto a la boca, con el fin de atar las piezas de caza por las patas que se han de cocer». ¡Impresionante paté manchego! Pepe Carvalho, el célebre personaje literario de la novela de Vázquez Montalbán se zampa un par de cazuelas en el Figón de Pedro de la Ciudad Encantada. Para Néstor Lujan es un delicioso «foie-gras».
Los madrileños pueden encontrarlo en La Taberna de San Mames, Maudes, 1. En Cuenca también lo preparan de rechupete en La Posada de San José, el hotel más romántico de España dirigido por Antonio y Jenny, una canadiense que habla un español castizo y cheli.

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