Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 6, 2012

Robert Louis Stevenson. El diablo de la botella y otros cuentos.

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Alianza Editorial, 1984. 240 páginas.
Trad. José Luis López Muñoz.

Robert Louis Stevenson, El diablo de la botella y otros cuentos
Presencias sobrenaturales

Comenta mi amigo Nevermore que lo mejor del 2009 fue descubrir a Stevenson… ¡Menudo placer! Nunca es tarde si la dicha es buena y comparto con él la sorpresa de redescubrir a los clásicos, no digamos si son de la talla de Stevenson.

Es éste un libro con los siguientes relatos:

Los ladrones de cadáveres
Markheim
Olalla
El diablo de la botella
La playa de Falesá

Olalla ya lo había leído en una antología y no me gustó demasiado ni entonces ni ahora, pero la redención en Markheim y el triunfo del amor en El diablo de la botella y La playa de Falesá merecen el calificativo de grandes. Cuando un buen narrador nos cuenta una gran historia uno escucha embelesado; no en vano Stevenson se ganó un sobrenombre que muchos querrían: Tusitala (el que cuenta historias).

Mondadori acaba de sacar una edición de sus cuentos completos. Un poco cara para mi bolsillo, pero que espero encontrar algún día en la biblioteca.

Descárgalo gratis:

Obras de Robert Louis Stevenson en castellano

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (249/365)

Obras de Robert Louis Stevenson en inglés (Proyecto Gutenberg)


Extracto:[-]

Uma me echó los brazos al cuello, se acercó más a mí y apretó su rostro contra el mío, que es la manera de besar en la isla, de manera que me mojó con sus lágrimas y mi corazón se entregó a ella por completo. Nunca había tenido nada tan cercano a mí como aquella pizca de muchacha. Y es que además hubo muchas cosas que se unieron para hacerme perder lá cabeza. Era tan bonita que daban ganas de comérsela y parecía ser mi único amigo en aquel lugar tan extraño; yo estaba avergonzado de haberle hablado con rudeza: y Uma era una mujer, y mi esposa y además una especie de niñita que me daba lástima; y tenía en la boca la sal de sus lágrimas. Y me olvidé de Case y de los nativos; y me olvidé de que no sabía nada de toda aquella historia o sólo lo recordé para borrarlo de mi mente; y me olvidé de que no iba a conseguir copra y que por tanto no sería capaz de ganarme la vida; y me olvidé de mis jefes en la compañía y del flaco servicio que les hacía prefiriendo mis gustos a sus negocios; y me olvidé incluso de que Uma no era realmente mi mujer, sino una doncella engañada y de la manera más mezquina. Pero eso es ir demasiado lejos. Ya hablaré de ello a su debido tiempo.


—Yo pensar —dijo luego, muy solemne; y en seguida—: Victoria, ¿ser gran jefe?

—¡No te quepa la menor duda! —dije yo.

—¿Querer ti mucho? —preguntó de nuevo.

Le dije con una sonrisa que estaba convencido de que la anciana señora me tenía en gran aprecio.

—Muy bien —dijo ella—. Victoria gran jefe, querer ti mucho. No poder ayudar ti en Falesá; no poder hacer nada…, demasiado lejos. Maea, jefe pequeño, pero vivir aquí. Si él querer ti, todo marchar bien. Igual Dios y Tiapolo. Dios, gran jefe…, demasiado trabajo. Tiapolo, jefe pequeño…, querer llamar la atención, trabajar mucho.

—Voy a tener que devolverte a Mr. Tarleton —dije—. Tu teología está completamente desquiciada, Urna.

marzo 6, 2012

Antología de la literatura latina

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Antología de la literatura latina
Alianza Editorial, 1996. 724 páginas.

Hace mucho tiempo compré y leí las dos antologías que Alianza tenía de los clásicos, de la literatura griega y latina. Y aunque soy más admirador de los griegos me gustó más la latina y hace poco lo releí.

Un gran placer porque como digo habitualmente los clásicos son más modernos de lo que creemos. En los extractos que pongo al final está la prueba. El fragmento de comedia sigue siendo el origen de cualquier vodevil o comedia ligera. La alabanza de la agricultura frente al comercio se une a las voces que ahora quieren castigar a la especulación frente a la producción. Los poemas amorosos de Catulo siguen tan frescos como el primer día. En nuestra sociedad acelerada y ruidosa muchas veces nos llama la vida sencilla del Beatus Ille, y el vivir al momento del Carpe diem. Diremos, con Ovidio, que todas las mujeres nos gustan y cambiando los ruidos de las bestias de tiro por las motos y el camión de la basura veremos que es tan difícil dormir en una ciudad moderna como en la antigua Roma. Los consejos de oratoria de antaño podrían usarse en los programas de estrellas prefabricados.

Volver a los clásicos es gratificante y además gratis.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (188/365)

Extractos:
Parmenón.—Y la tuya ¿cómo es?
Querea.—Una belleza original.
Parmenón.—¡Vaya!
Querea.—Un color natural, un cuerpo lleno y rebosante de vida.
Parmenón.—¿Su edad?
Querea.—¿Su edad? Dieciséis.
Parmenón.—La misma flor de la juventud.
Querea.—Ahora arréglate para entregármela por fuerza, por engaño, por súplica, no importa, con tal de lograrla.
Parmenón.—Pero ¿de quién es la muchacha?
Querea.—Por Hércules, lo ignoro.
Parmenón.—¿De dónde es?
Querea.—Lo ignoro igualmente.
Parmenón.—¿Dónde vive?
Querea.—Tampoco lo sé.
Parmenón.—¿Dónde la viste?
Querea.—En la calle.
Parmenón.—¿Cómo la perdiste de vista?
Querea.—Por eso precisamente estaba yo rabiando conmigo mismo al llegar hace un momento: ni creo yo que haya hombre alguno a quien le sean más adversas todas las buenas fortunas. ¡Qué mala suerte! Estoy perdido.
Parmenón.—¿Qué ha ocurrido?
Querea.—¿Lo preguntas? ¿Conoces a Arquidémides, pariente y compañero de mi padre?
Parmenón.—¿Cómo no?
Querea.—Mientras sigo a la muchacha, me lo encuentro en el camino.
Parmenón.—Un contratiempo, por Hércules.
Querea.—Di más bien, una desgracia; pues hay que llamar contratiempos a otros casos, Parmenón. Me consta que puedo jurar no haber visto en absoluto a este hombre en los últimos seis o siete meses, si no es hoy, cuando menos lo hubiera deseado y menos necesidad tenía de ello. {Indignado) ¡Ah! ¿No hay aquí algo de prodigio? ¿Qué me dices?
Parmenón.—Sin la menor duda.
Querea.—-En el acto, en cuanto me divisa, corre hacia mí, corcovado, tembloroso, con los labios caídos, lamentándose: «¡Oye! ¡Oye! A ti me dirijo, Querea», dijo. Me detuve. «¿Sabes para qué te quería?» «Dime.» «Mañana tengo un juicio.» «¿Qué más?» «Que cuides de decir a tu padre que se acuerde de venir a asistirme mañana por la mañana.» El decirme esto costó una hora. Me despido. «Bien», dijo. Lo dejo. Al mirar por aquí para ver a la muchacha ella había girado tranquilamente en esta dirección, hacia nuestra calle.
Parmenón.—{Aparte) Milagro sería que no esté hablando de la muchacha que acaban de regalar a Tais.
Querea.—Cuando llego aquí, no aparecía.
Parmenón.—¿Llevaba sin duda compañía la muchacha?
Querea.—Sí: un parásito con una sierva.
Parmenón.—{Aparte) La misma. Basta. {A Querea) Déjala: asunto concluido.

30. Alabanza de la agricultura frente al comercio
A veces es mejor buscar el beneficio en el comercio, si no comportase tanto riesgo, e igualmente prestar con usura, en caso de que sea tan honorable. Nuestros antepasados así lo consideraron y asi lo dispusieron en sus leyes: que el ladrón sea condenado a pagar el doble y el usurero el cuádruple; a partir de ello se puede apreciar hasta qué punto consideraron más dañino al ciudadano dedicado a la usura que al ladrón. Pero cuando elogiaban al hombre de bien, lo elogiaban en estos términos: «buen agricultor» y «buen labrador»; se consideraba que quien era así ensalzado recibía el mayor elogio.

41. Besos para Catulo
Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.

122. Beatus Ille…
«Dichoso aquél que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra, ni se asusta ante las iras del mar, manteniéndose lejos del foro y de los umbrales soberbios de los ciudadanos poderosos.
Así pues, ora enlaza los altos álamos con el crecido sarmiento de las vides, ora contempla en un valle apartado sus rebaños errantes de mugientes vacas, y amputando con la podadera las ramas estériles, injerta otras más fructíferas, o guarda las mieles exprimidas en ánforas limpias, o esquila las ovejas de inestables patas.
O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos su cabeza engalanada de frutos maduros, ¡cómo goza recolectando las peras injertadas y vendimiando la uva que compite con la púrpura, para ofrendarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de los linderos!
Agrádale tumbarse unas veces bajo añosa encina, otras sobre el tupido césped; corren entretanto las aguas- por los arroyos profundos, los pájaros dejan oír sus quejas en los bosques y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar, invitando con ello al blando sueño.
Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante apresta lluvias y nieves, ya acosa por un sitio y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes hacia las trampas que les cierren el paso, ya tiende con una vara lisa sus redes poco espesas, engaño para los tordos glotones, y captura con lazo la tímida liebre y la grulla viajera, trofeos que le llenan de alegría.
¿Quién, entre tales deleites, no se olvida de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?…»

127. Carpe diem
Tú no preguntes —¡pecado saberlo!— qué fin a mí, cuál a ti dieron los dioses, Leucónoe, ni las babilonias cabalas consultes.
¡Cuánto mejor soportar lo que venga, ya si muchos inviernos nos ha concedido Júpiter o si es el último este que ahora deja sin fuerzas al mar Tirreno batiéndolo contra los escollos que se le enfrentan!
Sé sabia, filtra el vino y, siendo breve la vida, corta la esperanza, larga. Mientras estamos hablando, habrá escapado envidiosa la edad: aprovecha el día, fiando lo menos posible en el que ha de venir.

163. Todas las mujeres me gustan
No me atrevería yo a negar mis costumbres licenciosas ni a promover a causa de mis vicios una contienda basada en la mentira. Confieso mis faltas, si de algo sirve confesarlas. Ahora, después de haberlas confesado, vuelvo, loco de mí, a mis delitos. Lo odio, pero no puedo dejar de desear lo que odio. ¡Ay!, ¡qué pesado es soportar aquello de lo que te esfuerzas por despojarte! Pues me faltan las fuerzas y la ley para gobernarme. Soy zarandeado como una barca arrastrada por la rápida corriente.
No es un determinado tipo de belleza el que provoca mi amor. Son cien los motivos para que yo siempre esté enamorado. Si hay alguna que baja hacia sí sus vergonzosos ojos, me abraso por ella y ese su pudor es para mí una asechanza; si hay alguna que sea atrevida, me veo cautivado
por ella, porque no es pueblerina y promete ser inquieta en ‘ el blando colchón; si alguna me ha parecido desabrida, émula de las severas sabinas, pienso que me quiere pero que en el fondo lo disimula; si eres culta, me agradas por poseer tan insólitas cualidades; si eres ruda, me resultas placentera por tu sencillez. Hay una que dice que, al lado de los míos, los versos de Calimaco son rústicos: a la que le gusto, al momento ella también me gusta a mí; hay también una que me censura como poeta y que critica mis versos: quisiera tener debajo de mí el muslo de la que me critica. Es sensual en sus andares: me cautiva con su movimiento; otra es altiva: pero podría ablandarse al contacto con un hombre. A ésta, porque canta dulcemente y modula con facilidad su voz, quisiera darle besos furtivos mientras está cantando. Ésta pulsa con su hábil pulgar las quejumbrosas cuerdas: ¿quién puede dejar de amar manos tan sabias? Esa me place por sus ademanes, mueve los brazos con ritmo y dobla su cadera delicada de modo sensual. Para callar sobre mí, que por cualquier motivo me veo seducido, pon al lado de ésa a Hipólito y se convertirá en Príapo. Tú, como eres tan alta, te pareces a las antiguas heroínas y puedes abarcar el lecho entero cuando yazcas sobre él. Esta es manejable por lo pequeña que es; ambas se me destrozan: se avienen con mi deseo tanto la alta como la baja. Sí no se arregla, me imagino cuánto podría aumentar sus encantos si se arreglara- Va adornada: entonces es que exhibe sus propias cualidades. Me cautivará una muchacha de pálida tez, me cautivará una rubia. También en la tez morena hay un atractivo seductor. Si unos cabellos oscuros cuelgan sobre un cuello de color de nieve, Leda fue digna de admiración por su cabellera negra. Si son rubios, también la Aurora estaba atractiva con sus cabellos azafranados.

296. El ruido de las calles, la gente
«En Roma muchos enfermos mueren de insomnio, aunque originó la enfermedad una comida indigesta que se pega en el estómago y fermenta. ¿En qué departamento alquilado se puede conciliar el sueño? En Roma dormir cuesta un ojo de la cara. Y ahí empiezan las dolencias. El ruido de los carruajes que pasan por los estrechos recodos de las calles y el escándalo de las bestias de tiro paradas le quitarían el sueño a Druso y a los terneros marinos. Un rico, si un quehacer le llama, pasará sin tardanza por encima de esta marea acomodado en una gran litera librunia; dentro, durante el camino, leerá, escribirá o descabezará un sueño, pues estas literas, si cierras la ventana, invitan a sestear. Y llegará antes, pues a mí, con la prisa que llevo, me cierra el paso una avalancha por delante, y el gentío que me sigue por detrás formando una cola interminable me oprime los riñones. Uno me larga un codazo, otro me da con una ruda angarilla, éste me sacude la cabeza con una percha y aquél con una metreta. Voy con las piernas perdidas de barro, todo son pisotones de unas plantas enormes; un clavo de soldado me ha herido un dedo.»

317. El estilo y la elocuencia
Gayo Plinio a su amigo Luperco. Salud.
Creo haber acertado cuando he dicho de un orador de nuestro tiempo que es muy preciso y exacto, pero que carece de elevación y de fuego: «Que su único defecto es no tener ninguno». El orador debe remontarse, tomar vuelo, a veces irritarse, arrebatarse y en muchas ocasiones acercarse al precipicio. De ordinario, nada hay alto y sublime que no se encuentre cerca del abismo. El camino es más seguro por las llanuras, pero más bajo y más oscuro. Los que se arrastran no corren riesgo de caer como los que corren, pero tampoco alcanzan gloria alguna si no caen. Todo el mérito de la elocuencia, como en otras muchas artes, estriba en los escollos entre los que ha de emprender el camino. Contempla las aclamaciones que reciben nuestros bailarines de cuerda cuando parece inevitable su caída.

febrero 29, 2008

Serge Lang. El placer estético de las matemáticas.

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Alianza universidad, 1992. 179 páginas.
Tit. Or. Serge Lang fait des maths en public. Trad. Pedro Jesús Salas.

LangPlacer
Matemáticas asequibles

Tenía ganas de leer este libro por su título. Soy de los que opinan que las matemáticas, y la ciencia en general tienen una belleza comparable a la de una pintura o un libro. Pensaba que encontraría un ensayo sobre este tema, pero no ha sido así.

Se trata de la transcripción de tres charlas divulgativas que el matemático Serge Lang impartió en el museo de la ciencia de París. La primera estuvo dedicada a los numeros primos, la segunda a las ecuaciones diofánticas (en las que sólo interesan las soluciones enteras) y la última a la topología. Su reto era hablar de temas que fueran a la vez entendibles por un público no preparado y que fueran problemas de actualidad en la matemática.

Parece ser que tuvieron bastante éxito y que muy poca gente huyó de las disertaciones (incluso pedían más). Lo que viene a demostrar que si se tratan de una manera atractiva, incluso las materias más complicadas resultan interesantes (y si no, véase la bitácora de Tío Petros).

La decepción por no encontrar lo que encontraba se vio compensada por el interés de las conferencias, con un sólo pero: el ser transcripciones sin elaborar de las charlas la lectura no es demasiado cómoda. Lo que puede resultar divertido o dinámico hablado en el papel pierde mucho de su fuerza.

Un libro entretenido indicado para no matemáticos que quieran acercarse a esta disciplina desde una nueva perspectiva.

Escuchando: Confesiones de un comedor de pizza. Ariel Rot.


Extracto:


Según Plutarco, trabajar para conseguir inmortalizar el propio nombre es un ideal noble. Desde que era joven, esperaba que mi nombre ocupara un lugar en la historia de las matemáticas. ¿No es ésta una motivación tan noble como intentar obtener el premio Nobel?

Es decir, no se trata tanto del honor del espíritu humano como del honor del propio espíritu. Yo creo, más bien, que uno hace matemáticas porque le gusta hacer ese tipo de cosas, y también de una forma mucho más natural, porque cuando se tiene talento para hacer una cosa, normalmente no se tiene talento para hacer ninguna otra y se termina haciendo aquello para lo que se tiene talento, si se es lo suficientemente afortunado para tenerlo. Debo añadir que también hago matemáticas porque son difíciles y es un bello reto para la mente. Hago matemáticas para probarme a mí mismo que soy capaz de aceptar el reto, y ganar.

Por tanto, se hacen matemáticas, pero eso no quiere decir que la gente sea desgraciada, porque el tipo de matemáticas que hacen no sea lo suficientemente bueno como para aparecer en los libros de historia. Por supuesto, todos los matemáticos que conozco son perfectamente felices cuando hacen matemáticas a ese nivel. Se sienten satisfechos con los honores que esto les puede reportar, y por el hecho de dejar un nombre en las matemáticas. Pero yo no diría que ése sea su objetivo cuando se entregan a las matemáticas, sean estas puras o aplicadas.

Si yo les preguntara lo que significa la música, ¿me contestarían: «la manipulación de las notas»? Cuando se hacen matemáticas puras, se hace algo bastante diferente a «manipular». Para aclarar las razones que impulsan a la gente a hacer matemáticas puras, desde un punto de vista estético, voy a ponerles un ejemplo. Para mostrarles qué son las matemáticas, si ustedes no se dedican a ellas, tengo tantas dificultades como si quisiera explicar a un japonés o a un hindú de otra época, que no hubieran tenido nunca contacto con la cultura occidental cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin. Si se toma a alguien que no ha tenido nunca contacto con la cultura occidental y además es sordo, ¿cómo se le puede explicar cómo es una sinfonía de Beethoven o una balada de Chopin? Es imposible. Incluso si la persona en cuestión no es sorda, y es capaz de escuchar, es casi imposible, si no ha oído antes esos temas varias veces. La música occidental es demasiado diferente a la japonesa o hindú; se toca con instrumentos muy distintos, con otras orquestaciones y ritmos. Hay, por tanto, grandes dificultades para hacérsela comprender a alguien completamente ajeno y, recíprocamente, no es muy frecuente que haya conciertos de Koto o Sitar en París, y cuando los hay, el público es muy reducido.

Hay una dificultad adicional que se produce en todas las situaciones en que entra en juego la estética: a uno le puede gustar una cosa y no otra. Hay gente a la que le gusta Brahms y no le gusta Bach; a quienes les gusta Bach y no Chopin; a quienes les gusta Chopin y no Dowland (compositor inglés de piezas y canciones de laúd de la época de Shakespeare).

¿Cómo se puede hacer que alguien comprenda cómo es una canción de Dowland o una balada de Chopin si no la ha oído nunca? ¡Es imposible! Sin embargo, sería mucho más fácil hacerles oír una pieza musical que hacer posible que ustedes hagan matemáticas, ya que cuando se escucha música se está en una postura pasiva. Uno sólo tiene que dejarse llevar por la estética de la música, mientras que se deja al compositor y al intérprete la parte activa. Para hacer matemáticas, sin embargo, se necesita un grado de concentración mucho más alto y un esfuerzo personal. Más aún, para conseguir que ustedes hagan matemáticas necesito encontrar un tema que sea suficientemente profundo, que sea un verdadero tema de matemáticas, reconocido como tal por los matemáticos…

diciembre 24, 2007

Elie Faure. Historia del Arte.

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Alianza editorial, 1992. 280 páginas.
Tit. Or. Histoire de l’art. L’art moderne II. Trad. Jorge Segovia Lago.

Elie Faure, Historia del Arte
Apasionadas descripciones

No soy muy amante del arte clásico; prefiero el contemporáneo. El arte moderno está en la frontera. Hay pintores que me gustan y otros a los que no les veo la gracia. Pero siempre estoy dispuesto a intentar desasnarme un poco.

Pero no lo he conseguido. Según la contraportada Faure inauguró un nuevo concepto del libro de arte. Tan nuevo que no me he enterado de nada. La culpa es del estilo. Todo son frases grandilocuentes repletas de adjetivos que a un conocedor de los artistas pueden hacerles gracia, pero que a mí me han desconcertado. Un ejemplo: Daumier se apodera del corazón del drama y le anuda alrededor todos los lazos expresivos que le son ininterrumpidamente revelados por una ciencia grandiosa e intuitiva de la forma en acción ¿Mande?

He descubierto algún pintor interesante que desconocía y el estilo barroco del texto alguna vez me ha parecido acertado, pero en general he andado más despistado que un burro en un garaje. Para conocedores valientes.

Escuchando: Closer. Travis.


Extracto:[-]
Manet revela a Pissarro la pintura sincera y sin sombras, y Pissarro arrastra consigo a Manet hacia el campo y le enseña con su ejemplo y, sobre todo, con el de Claude Monet, el virtuoso del grupo, que el aire libre suprime, además del modelado, el contorno mismo de las formas y sustituye el tono local por un intercambio infinito de reflejos danzantes, enmarañados y solidarios, en los que la forma vacila y se anega en la fluctuación universal. Manet, conforme a la enseñanza de sus nuevos amigos, sólo pintará, en lo sucesivo, al aire libre. Se acabaron los apuntes que era preciso combinar en el taller, en el que la luz atenuada y triste ahoga las vibraciones del libre espacio, cambia las relaciones de los tonos, acusa las formas inmóviles en detrimento de sus movientes superficies y condena la retina a volver poco a poco a sus antiguos hábitos de progresivas degradaciones, desde la luz excesivamente artificial hasta la oscuridad excesivamente tétrica. Ahora el pintor plantará su caballete en medio del campo y recortará en la misma naturaleza el cuadro pintado enteramente fuera. Ahí está el bosque de Courbet, con su verde penumbra, sus hojas sombrías extendidas sobre los guijarros y los riachuelos; pero el sol traspasa las ramas y pone en la carne y en el suelo unas manchas claras y animadas y la sombra se desvanece. Luego, la retina del pintor, primero deslumbrada por la iluminación solar, se fija, insiste, se reeduca poco a poco y llega a distinguir un fantasma de sombra allí donde al principio no distinguía nada. Ahora, hasta la sombra es luz, es transparente y aérea y en ella se descomponen y se transmutan en gamas cada vez más matizadas y sutiles, y por nadie observadas hasta entonces, los colores del prisma, según lo exigen los mil tonos vecinos y la incidencia de la luz. Muy pronto dejará el objeto de tener su color personal, ya que los juegos del sol y de la sombra, todos los reflejos errantes que se entrecruzan, las variaciones de la estación, de la hora y del segundo impresionados por el paso del viento y la interposición de una nube, pasean por una superficie mil tonos cambiantes y móviles que convierten la corteza del mundo en un gran drama moviente.

Después de ver los jóvenes las pinturas de Boudin, en las cuales el ambiente marino confunde las velas y los aparejos y tiembla con el vaho y el rocío del mar; las acuarelas del holandés Jongkind, en las que el aire, el agua, el hielo y las nubes forman un solo abismo líquido, profundo como el océano y transparente como el cielo; después de descubrir en Londres Claude Monet y Pissarro la magia danzante de las nupcias del sol, del crepúsculo, de la niebla y del mar, con que ciegan las miradas los lienzos de Turner, harán por instinto la renovación de la pintura. Y mientras Pissarro se esfuerza en formular sus principios y en aconsejar el empleo de los únicos colores del espectro, cuya mezcla proscribe a la par que recomienda su yuxtaposición o entrecruzado por» comas separadas, Sisley, Claude Monet, Renoir y Cé-zanne ejercen su retina con el descubrimiento del movimiento incesante de la superficie de la vida, de los cambios que le impone a cada minuto la marcha del sol, del abismo infinito y tembloroso en sus sutilísimas transiciones, de sus complejos reflejos, de los luminosos intercambios y fugaces coloraciones, de los que el universo aéreo es el constante escenario.

noviembre 28, 2007

Frederick J. Newmeyer. El primer cuarto de siglo de la gramatica generativo-transformatoria.

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Alianza Universidad, 1982. 380 páginas.
Tit. Or. Linguistic Theory in America – The first quarter-century of transformational grammar. Trad. José Javier González, José Antonio Martínez, Francisco Muñoz.

Frederick J. Newmeyer, El primer cuarto de siglo de la gramatica generativo-transformatoria
Revolución lingüística

Hoy Chomsky es conocido entre el gran público sobre todo por sus libros políticos, pero no hay que olvidar que fue uno de los fundadores del cognitivismo y el creador de la gramática generativa, toda una revolución en su momento. Desde entonces la lingüística se ha hecho a favor o en contra de Chomsky, pero nunca ignorándolo.

Este libro narra la historia de esta gramática, desde sus orígenes cuando Chomsky se merendó a los conductistas y a los estructuralistas y presentó su libro Syntactic structures, la primera vez que se enfocaba el tema lingüístico desde una perspectiva científica similar a la de otras disciplinas. El lingüista dejaba de ser un catalogador para convertirse en un creador de hipótesis que luego deberían falsarse. Continúa explicando la evolución de la teoría y las diversas ampliaciones, como la introducción de la semántica.

Estas ampliaciones darían lugar a la creación de escuelas, de la cual la más importante fue la semántica generativa, que no obstante no consiguió superar los problemas que su teoría planteaba. El libro acaba con las últimas -en el momento- investigaciones de Chomsky y nuevos enfoques.

A más de veinte años vista el libro está muy anticuado, pero ofrece un panorama excelente de los primeros años de la gramática generativa, explica las guerras entre diferentes escuelas -algo de lo que no tenía ni idea- y explica el origen de algunas de las teorías hoy plenamente aceptadas (como la de la X-barra). En conjunto, bastante interesante.

Escuchando: Qualsevol Dimarts M’estimaràs. Mazoni .


Extracto:[-]

Chomsky tuvo dos propósitos fundamentales en Syntactk Structures. En primer lugar, tuvo el propósito general de justificar la teoría lingüística y su formalización por medio de gramáticas generativas sujetas a ciertas condiciones de adecuación. Pero también se propuso la meta más restringida de demostrar que solamente las gramáticas generativas de un tipo determinado podían cumplir estas condiciones. Este modelo, la gramática transformatoria, contiene dos tipos de reglas sintácticas: de estructura sintagmática y trans-formatorias. Estas últimas se inspiraban, y eran esencialmente reinterpretaciones suyas, en las reglas que se denominaban de igual forma propuestas por su maestro Zellig Harris en su intento de aplicar los métodos de la lingüística estructural al análisis del discurso.

Chomsky se vio en la peculiar posición de tener que dar argumentos en contra de dos modelos gramaticales generativos —la gramática de estados finitos y la gramática de estructura sintagmática— que tenían muy pocos partidarios públicos. Tuvo que hacerlo porque estos modelos representaban las interpretaciones generativas más cerradas de los puntos de vista de la corriente lingüística de los años cincuenta. Las gramáticas de estados finitos se parecían mucho (o eran idénticas, como en el caso de Hockett, 1955) al tipo de mecanismo promovido por los teóricos de la comunicación. Las clases de descripciones que proporcionaban las gramáticas de estructura sintagmática eran (a todos los efectos prácticos) idénticas a las que resultaban de los procedimientos de los estructuralistas. Por ello la demostración de Chomsky de la inadecuación de estos dos modelos en los capítulos 3, 4 y 5 de Syntactk Structures estaba dirigida —y era la más convincente para ellos— a aquellos lingüistas que pudieran haber sido atraídos a su propósito general de construir una teoría lingüística, pero que todavía seguían fieles a los modelos generativos más conservadores afines a los primeros puntos de vista sobre el lenguaje. Naturalmente, un lingüista que rechazara la necesidad de reglas generativas, condiciones externas de adecuación, etcétera, no se impresionaría tremendamente por la demostración de Chomsky de la superioridad de la gramática transformatoria sobre la gramática de estructura sintagmática.

Chomsky comparó los tres modelos en términos de su «capacidad generativa débil» y su «capacidad generativa fuerte», por usar términos que aparecieron unos pocos años más tarde. La primera se refiere a su capacidad para generar cadenas, la segunda a su capacidad para asignar descripciones estructurales a esas cadenas. Como una gramática que sea incapaz de generar todas las oraciones de una lengua y sólo esas no posee ningún interés empírico, la demostración del defecto de un modelo en términos de la capacidad generativa débil hace innecesaria toda discusión de la capacidad fuerte. Chomsky demostró que la gramática de estados finitos era defectuosa precisamente de este modo utilizando un argumento de la siguiente forma:

Primera premisa: Ninguna gramática de estados finitos es capaz de generar una lengua que contenga un conjunto infinito de cadenas con dependencias de incrustación, mientras que, simultáneamente, excluya el conjunto infinito de cadenas que contradigan esas dependencias.

Segunda premisa: Una subparte del inglés es una lengua como la descrita en la primera premisa.

Conclusión: Todas las oraciones del inglés y solamente ellas no pueden generarse por medio de una gramática de estados finitos.

Chomsky demostró la primera premisa en su artículo de 1956 «Three Mofor the Description of Language» [«Tres modelos para la descripción del lenguaje»]. La segunda depende de manera deci siva del supuesto de que las oraciones de la forma if then [si entonces ], either or [o bien o bien], etc., se pueden incrustar la una en la otra sin límites.

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