Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

agosto 27, 2007

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

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Alianza Editorial, 1967, 1968, 1970, 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1989, 1990, 1992. 248 páginas.

Pío Baroja, El árbol de la ciencia
Desilusión, amargura

Una cosa que me gusta de los libros de segunda mano es que tienen una historia detrás; alguien los ha leído y en ocasiones deja rastros. A veces son pequeñas pistas (una foto recortada del escritor entre las páginas, una flor seca), otras profusas anotaciones en los márgenes. Al abrir el ejemplar ya me encuentro un aviso:

Se parece escribiendo a Cela y a Galdós. Es casi autobiográfica Andrés Hurtado=Pío Baroja

Imagino que los subrayados corresponden a algún estudiante haciendo una tarea, porque al principio abundan pero al final escasean.

El libro nos cuenta la historia de Andrés Hurtado desde que es estudiante de medicina, su estancia como médico en Alcolea, su vuelta a Madrid y su matrimonio. Pueden encontrar un mejor resumen en la wikipedia.

Lo importante en este libro no son las andanzas de Andrés, sino el ambiente que lo rodea. Baroja era un excelente retratista (ya lo comenté en Zalacaín el aventurero) y aprovecha la ocasión para censurar una sociedad de la que parece estar bastante desengañado. El dibujo de estos personajes es lo mejor del libro.

Destacable es el retrato de José de Letamendi, personaje real que en el libro es un auténtico impostor intelectual, una persona que con frases grandilocuentes pero vacías de contenido se ha ganado fama de genio, pero cuyas ideas destrozan sin piedad unos estudiantes de ingeniería.

El propio novelista escribió que este es el libro más acabado y completo de todos los míos y yo no estoy muy de acuerdo. Las discusiones entre el protagonista y su tío Iturrioz nos permiten conocer por dónde andaban los pensamientos de Baroja, pero se hacen pesadas y un tanto trasnochadas.

Otra cuestión es el personaje de Lulú y su matrimonio con el protagonista. El mensaje que se transmite es muy claro; aunque la sociedad sea un nido de vícobras donde el mal y la corrupción campan a sus anchas siempre es posible la esperanza. El amor -el encontrar a una persona con la que compartir la vida- puede traernos la felicidad. En este sentido me recordó a La tregua de Benedetti.

El mundo cien años después de estas páginas no parece haber cambiado mucho. Pero por suerte, seguimos teniendo la esperanza.

Escuchando: A Mellow Sweet Sixteen. Rave-Ons.


Extracto:[-]

Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho, la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.

En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.

Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le pareció admirable.

Andrés fue pronto un convencido.

Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, una noche Andrés fue al café donde se reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.

Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.

Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor.

Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reír.

—¿Por qué se ríe usted? —le preguntó Andrés, sorprendido.

—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.

—¿Cuáles? —Elevar a potencia, extraer raíces… Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división.

Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo.

—Pero eso lo da el razonamiento.

—No, no; perdone usted —replicó el estudiante—. Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.

—Eso es una broma —dijo Andrés.

—Claro que es una broma —replicó el estudiante—, una broma por el estilo de las de su profesor; pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos hay un infinito de funciones distintas: sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática.

Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y cariacontecido al comprobar su derrota.

Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.

Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.

Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal.

enero 13, 2007

Lorenzo Diaz. La cocina del Quijote.

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Alianza Editorial, 2005. 238 páginas.

Lorenzo Díaz, La Cocina del Quijote
En un menú de la Mancha

No sé por qué incluí este libro en la lista del esclavo lector, no me resultaba nada atractivo y ni siquiera lo compré, venía de regalo al comprar otro y ya saben como soy yo con los regalos. En vista de la poca gracia que me hacía leerlo mi compinche de andanzas informáticas decidió apadrinarlo. Por molestar. Teniendo según que amigos no hace falta tener enemigos :P .

El libro se compone de varios apartados: descripción de la cocina manchega actual y reseña de algunos de sus restaurantes más interesantes, incursión en algunos de los platos que aparecen en el Quijote desvelando su composición y comentando en donde podemos comerlos en la actualidad y, la parte más jugosa del libro, una serie de recetas de la zona manchega.

Aunque no soy amigo de los libros de gastronomía lo poco que tiene de ensayo este libro es lo suficientemente breve como para leerlo con interés. No cuenta nada profundo pero se deja leer. El plato fuerte es la gran cantidad de recetas que incluye, algunas con una pinta realmente apetitosa. Todavía no he probado ninguna pero todo se andará.

No lo compren para leer sino para cocinar. Practiquen los suculentos platos que se describen y, si quieren, pueden invitarme a probarlos.

Escuchando: Que voy a hacer yo. Celtas Cortos.


Extracto:[-]

MORTERUELO

INGREDIENTES
LIEBRE/GALLINA
LOMO DE CERDO
HÍGADO DE CERDO
PAN RALLADO
MANTECA DE CERDO
NUECES
PIMENTÓN
PIMIENTA EN GRANO
CLAVO
ALCARAVEA
CANELA
SAL

MODO DE HACERLO


Se ponen a cocer en una olla grande la liebre, la gallina, el hígado de cerdo y el lomo, sazonándolo al gusto. Después de unas tres horas, se preparan las carnes, deshuesándolas y quitándoles la piel, tendones, etc., para dejar sólo la carne magra. Se pica todo cuidadosamente y se mezcla con el pan rallado que previamente se habrá tostado en el horno. Cuando todo esté bien mezclado, se agrega el caldo en que se cocieron las carnes, así como la manteca de cerdo, la alcaravea, el pimentón, el clavo, pimienta recién molida y la sal. Se deja hervir el conjunto lentamente hasta que quede muy espeso y momentos antes de retirarlo del fuego se añade media docena de nueces machacadas. Seguidamente, se retira del fuego.

El morteruelo se puede conservar en ollas de barro que terminan de llenarse con manteca de cerdo y se cubren después con papel de estraza sujeto con un bramante.

Se habla ya de este plato en documentos del siglo XI y en una copia romanceada del Fuero de Molina, que es del siglo xn. En este documentó se indica la manera de hacerlo «con grandes ollas que tienen tres asas junto a la boca, con el fin de atar las piezas de caza por las patas que se han de cocer». ¡Impresionante paté manchego! Pepe Carvalho, el célebre personaje literario de la novela de Vázquez Montalbán se zampa un par de cazuelas en el Figón de Pedro de la Ciudad Encantada. Para Néstor Lujan es un delicioso «foie-gras».
Los madrileños pueden encontrarlo en La Taberna de San Mames, Maudes, 1. En Cuenca también lo preparan de rechupete en La Posada de San José, el hotel más romántico de España dirigido por Antonio y Jenny, una canadiense que habla un español castizo y cheli.

noviembre 13, 2006

H.P. Lovecraft y otros. Los mitos de Cthulhu.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 10:51 pm
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Alianza editorial, 1969, 1970, 1975, 1976, 1978, 1980, 1981, 1983. 532 páginas.
Selección, estudio preliminar, introducciones, bibliografía y notas de Rafael Llopis. Trad. Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis.

H.P. Lovecraft y otros, Los Mitos de Cthulhu
Dioses olvidados

Esta es la primera novela que leo de la segunda etapa del esclavo lector. Resultó ganadora gracias a una eficiente campaña de Marketing de un amigo y compañero de trabajo, y me alegra, porque tenía ganas de leerlo.

Siempre he sido un admirador de Lovecraft. Cuando estaba en la universidad utilicé en más de un programa como nombre de variables a dioses de su panteón. For nyarlathothep=1 to 100. Qué tiempos. Incluso una vez tuve un sueño de lo más realista en el que se había abierto un portal en una esquina de mi calle y debíamos cerrarlo antes de que aprovecharan los antiguos dioses para colarse por él. Todavía hoy, cuando paso por esa esquina, me acuerdo del sueño.

Pero me estoy adelantando un poco. Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 y con su producción literaria y la de su círculo tiene el honor de haber creado toda una nueva mitología con un panteón propio poblado de extraños y viscosos seres. Yog-Sothoth, El Guardián del Umbral y El que es Uno en Todo y Todo en Uno, Nyarlatothep, que camina libremente por nuestro mundo y, sobre todo, el gran Cthulhu, que yace dormido en la ciudad sumergida de R’yleh, hasta que sus sirvientes logren que despierte.

Todos estos seres están descritos en libros practicamente inencontrables: Le culte des goules, del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis, de Ludwing Prinn y sobre todo el infame Necronomicón, del árabe loco Abdul Al-Hazred. No los busquen en su biblioteca más cercana; pese a lo que quieran algunos seguidores, todos estos libros no existen, son geniales invenciones del círculo de Lovecraft. Pero si estos libros existieran, podríamos leer algo como lo siguiente:

De los Primero Engendrados, escripto está que esperan sienpre al unbral de la Entrada, é la dicha Entrada se encuentra en todas partes é en todos tienpos, ca Ellos non conoscen tienpo nyn lugar, sino esisten en lodo tienpo é en todo lugar, a la ves é syn parescer, é los ay dEllos que tomar pueden diferentes Fformas é Maneras, é revestir una Fforma dada é un Rrostro sabydo; é las Entradas dEllos están en cualquiera parte, mas la primera es aquella cuya fize avrir, a Saber: Irem, Cibdat de los munchos Pylares, Cibdat so el Desyerto, mas sy orne alguno dixere la Palavra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada é podrá aguardar a Los Que Atravesaren la dicha Entrada, que asy podrán ser: Doles é el Mi-Go, ¿ el pueblo Cho-Cho, é los Profundos de la Mar, é los Gugos, é las Descarnadas Animalias de la noche, é los Chogotes é los Vormis, é los Santacos que fazen custodia de la Kadat del Desyerto de ios Yelos é la Meseta de Leng. Que todos por igual son Fijos de los Dioses Primeros. Pues aconstesció que, la Grande Rraca de Yit non aviendo conzierto con los Primigenios, nin éstos con aquella, nin ambos con los Dioses Primeros, é separados todos, dexaron a los Primigenios el señorío del Universo Mundo, ca tornando de Yit la dicha Grande Rraga, tomó la Su Morada en un tienpo de la Tierra por venir é todavía non conoscido de los que agora caminan por sobre delta. E aquí mesmo aguardan Ellos fasta que tornen otra vegada tos bienios é las Vozes que ante los llebaron é Lo Que Caminó sobre los Bienios del Mundo é de los espazios vacíos que están entre las Estrellas por sienpre.

Abdul Alhazred [Necronomicon]. Según la traducción castellana (León, ¿1300?), hallada por F. Torres Oliver en el Archivo Histórico de Simancas.

La edición de este libro está a cargo de Rafael Llopis, eminente estudioso de Lovecraft y su obra. Además de su excelente prólogo, bibliografía y notas, nos ofrece una estupenda selección de relatos dividida en tres partes, cada una con introducción propia. Bajo el epígrafe de Los precursores se engloban relatos que no pertenecen a los mitos pero que influyeron en Lovecraft de una manera u otra. Son los siguientes:

Días de ocio en el país del Yann, por Lord Dunsany
Un habitante de Carcosa, por Ambrose Bierce
El signo amarillo, por Robert W. Chambers
Vinum Sabbati, por Artbur Machen
El Wendigo, por Algernon Blackwood
La maldición que cayó sobre Sarnath, por H. P. Lovecraft

Muchos de los componentes de los mitos los tomó Lovecraft de otras fuentes. Así, en El signo amarillo ya aparece la idea de un libro maldito, en Un habitante de Carcosa ya aparece una ciudad olvidada y maldita. La idea de portales a otras dimensiones ya aparece en Una casa en el límite de Hodgson. El genio de Lovecraft estuvo en tomar elementos de aquí y de allá y, junto a otros de su propia cosecha, crear una mitología convincente. Tanto que, poco a poco, fueron sumándose escritores en su órbita. La segunda sección del libro, titulada Los Mitos, recoge una suculenta selección:

El ceremonial, por H. P. Lovecraft
Los Perros de Tíndalos, por Frank Belknap Long
La sombra sobre Innsmouth, por H. P. Lovecraft
La piedra negra, por Robert E. Howard
Estirpe de la cripta, por Clark Ashton Smith
En la noche de los tiempos, por H. P. Lovecraft
Reliquia de un mundo olvidado, por Hazel Heald
Las ratas del cementerio, por Henry Kuttner
El vampiro estelar, por Robert Bloch
El Morador de las Tinieblas, por H. P. Lovecraft

Podemos ver los mitos en todo su esplendor y apreciar las aportaciones de otros escritores: los sabuesos de Tíndalos que necesitan de ángulos rectos para entrar en nuestra dimensión, las piedra fantástica de Robert E. Howard, reliquia de eras olvidadas, el extraño híbrido de humano y algún horrible ser de Clark Ashton Smith o el extraño vampiro que habita en las estrellas y que puede acechar en la energía de un rayo, obra de Robert Bloch. Pero toda ascensión tiene su caída, y muerto el maestro y aglutinador los mitos empezaron su decadencia, de la que tenemos una muestra en la última sección, Mitos póstumos:

La Hoya de las Brujas, por H. P. Lovecraft y A. Derleth
El Sello de R’lyeh, por August Derleth
La sombra que huyó del chapitel, por Robert Bloch
La iglesia de High Street, por Ramsey Campbell
Con la técnica de Lovecraft, por Juan Perucho

Pero los mitos de Cthulhu, como los viejos roqueros, nunca mueren, y están más vivos que nunca. Busquen Cthulhu en internet y verán que hay más de ocho millones de páginas. El viejo dormilón sigue gozando de buena salud, y los dioses olvidados que acechan en dimensiones paralelas forman parte ya del acervo cultural de la humanidad.

Lovecraft dio una nueva forma al terror. Un terror ignoto, desconocido, casi místico, pero plausible y coherente dentro de la nueva ciencia que iba surgiendo a principio de siglo. Las ecuaciones de Einstein habrían la puerta a dimensiones desconocidas y la genética posibilita la creación de extraños seres. Pero no racionalicemos los mitos. Disfrutémoslos con las entrañas, y dejemos que nos provoquen pesadillas en las que, desde oscuras regiones de la mente, el aliento de Nyarlatothep nos erice la nuca.

Escuchando: Los latidos de siempre. Los Hermanos Dalton.


Extracto:[-]
Aquellas vidrieras estaban tan sucias de hollín que a Blake le costó un gran esfuerzo descifrar lo que representaban. Y lo poco que distinguió no le gustó en absoluto. Los dibujos eran emblemáticos, y sus conocimientos sobre simbolismos esotéricos le per-mitieron interpretar ciertos signos que aparecían en ellos. En cambio había escasez de santos, y los pocos representados mostraban además expresiones abiertamente censurables. Una de las vidrieras representaba únicamente, al parecer, un fondo oscuro sembrado de espirales luminosas. Al alejarse de los ventanales observó que la cruz que coronaba el altar mayor era nada menos que la antiquísima ankh o crux amata del antiguo Egipto.

En una sacristía posterior contigua al ábside encontró Blake un escritorio deteriorado y unas estanterías repletas de libros mohosos, casi desintegrados. Aquí sufrió por primera vez un sobresalto de verdadero horror, ya que los títulos de aquellos libros eran suficientemente elocuentes para él. Todos ellos trataban de materias atroces y prohibidas, de las que el mundo no había oído hablar jamás, a no ser a través de veladas alusiones. Aquellos volúmenes eran terribles recopilaciones de secretos y fórmulas inmemoriales que el tiempo ha ido sedimentando desde los albores de la humanidad, y aun desde los oscuros días que precedieron a la aparición del nombre. El propio Blake había leído algunos de ellos: una versión latina del execrable Necronomicon, el siniestro Líber Ivortis, el abominable Cuites des Gules del conde d’Erlette, el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el infernal tratado De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn. Había otros muchos, además; unos los conocía de oídas y otros le eran totalmente desconocidos, como los Manuscritos Pnakóticos, el Libro de Dzyan, y un tomo escrito en caracteres completamente incomprensibles, que contenía, sin embargo, ciertos símbolos y diagramas de claro sentido para todo aquel que estuviera versado en las ciencias ocultas. No cabía duda de que los rumores del pueblo no mentían. Este lugar había sido foco de un Mal más antiguo que el hombre y más vasto que el universo conocido.

Sobre la desvencijada mesa de escritorio había un cuaderno de piel lleno de anotaciones tomadas a mano en un curioso lenguaje cifrado. Este lenguaje estaba compuesto de símbolos tradicionales empleados hoy corrientemente en astronomía, y en alquimia, as-trología, y otras artes equívocas en la antigüedad —símbolos del sol, de la luna, de los planetas, aspectos de los astros y signos del zodíaco—, y aparecían agrupados en frases y apartes como nuestros párrafos, lo que daba la impresión de que cada símbolo correspondía a una letra de nuestro alfabeto.

Con la esperanza de descifrar más adelante el criptograma, Blake se metió el libro en el bolsillo. Muchos de aquellos enormes volúmenes que se hacinaban en los estantes le atraían irresistiblemente. Se sentía tentado a llevárselos. No se explicaba cómo habían estado allí durante tanto tiempo sin que nadie les echara mano. ¿Acaso era él, el primero en superar aquel miedo que había defendido este lugar abandonado durante más de sesenta años contra toda intrusión?

Una vez explorada toda la planta baja, Blake atravesó de nuevo la nave hasta llegar al vestíbulo donde había visto antes una puerta y una escalera que probablemente conducía a la torre del campanario, tan familiar para él desde su ventana. La subida fue muy trabajosa; la capa de polvo era aquí más espesa, y las arañas habían tejido redes aún más tupidas, en este angosto lugar. Se trataba de una escalera de caracol con unos escalones de madera altos y estrechos. De cuando en cuando, Blake pasaba por delante de unas ventanas desde las que se contemplaba un panorama vertiginoso. Aunque hasta el momento no había visto ninguna cuerda, pensó que sin duda habría campanas en lo alto de aquella torre cuyas puntiagudas ventanas superiores, protegidas por densas celosías, había examinado tan a menudo con sus prismáticos. Pero le esperaba una decepción: la escalera desembocaba en una cámara desprovista de campanas y dedicada, según todas las trazas, a fines totalmente diversos.

La estancia era espaciosa y estaba iluminada por una luz apagada que provenía de cuatro ventanas ojivales, una en cada pared, protegidas por fuera con unas celosías muy estropeadas. Después se ve que las reforzaron con sólidas pantallas, que sin embargo, presentaban ahora un estado lamentable. En el centro del recinto, cubierta de polvo, se alzaba una columna de metro y medio de altura y como medio metro de grosor. Este pilar estaba cubierto de extraños jeroglíficos toscamente tallados, y en su cara superior, como en un altar, había una caja metálica de forma asimétrica con la tapa abierta. En su interior, cubierto de polvo, había un objeto ovoide de unos diez centímetros de largo. Formando círculo alrededor del pilar central, había siete sitiales góticos de alto respaldo, todavía en buen estado, y tras ellos, siete imágenes colosales de escayola pintada de negro, casi enteramente destrozadas. Estas imágenes tenían un singular parecido con los misteriosos megalitos de }a Isla de Pascua.

octubre 3, 2006

Royston M. Roberts. Serendipia.

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Descubrimientos accidentales en la ciencia.
Alianza editorial 1992, 2004. 388 páginas.
Tit. Or. Serendipity. Accidental discoveries in science. Trad. Jesús Unturbe Sanchiz.

RobertsSerendipia
De la mano del azar

Segundo libro en la lista de esclavo lector, también le tenía ganas y también lo compré nuevo. Siempre me ha facinado la serendipia; es uno de los motivos por los que me gusta ¡Que bello es vivir!. La ciencia está plagada de casos donde el azar ha puesto en camino a las mentes preparadas.

Colón no quería descubrir América, quería llegar a las Indias. Si no se hubiera equivocado en sus cálculos, quizá nunca hubiera hecho el viaje. Los inventores de la píldora anticonceptiva no la estaban buscando cuando empezaron a sintetizarla a partir de batatas. Fleming tuva una vida llena de serendipia. Descubrió un antibiótico cuando se le cayó una lágrima en unos cultivos que estaba haciendo. Más tarde encontraría la penicilina al encontrar un área clara en otros cultivos bacterianos. La experiencia que había tenido con la lágrima le llevó a pensar que el moho que estaba en el centro del área clara estaba produciendo una sustancia que mataba a las bacterias.

El teflón, tan extendido hoy en día, proviene de un accidente observado por Roy J. Plunkett. George de Mestral inventó el velcro al observar como se quedaban adheridos a su ropa los arrancamoños. La aspirina se probó como antiséptico; no funcionó demasiado bien en ese área, pero resultó excelente en otras.

Pasteur, que tiene su apartado en este libro, afirmó que el azar sólo favorece a las personas preparadas. Muchos de estos descubrimientos casuales tienen detrás a alguien que se preguntó ¿por qué sucede esto?. Si Fleming hubiera lavado el cultivo por considerarlo defectuoso -lo habitual en la época- ¿Se hubiera descubierto la penicilina?

La selección de acontecimientos del libro es exhaustiva, más de sesenta casos de descubrimientos afortunados. Como crítica destacar que hay una sobreabundancia de ejemplos del área de la química, no en vano el autor es químico. Un libro entretenido e instructivo.

Escuchando: Concierto para trompeta en Mi bemol mayor. Haydn.


Extracto:

El celuloide

El primer plástico sintético satisfactorio fue el celuloide, el cual fue fabricado para sustituir el marfil en las bolas de billar. En 1863 había escasez de marfil, el material preferido para las bolas de billar, debido a la reducción de las manadas de elefantes en África. (¡No es sorprendente saber que lo que hoy es un serio problema también fue una preocupación hace cien años!) Un fabricante mayorista de bolas de billar ofreció un premio para un sustituto del marfil que pudiera ser usado para hacer bolas de billar.

Un impresor de Nueva Jersey llamado John Wesley Hyatt y su hermano Isaías experimentaron con distintos materiales, uno de los cuales era una mezcla de serrín y papel prensados con cola. Cuando John Hyatt se cortó en un dedo mientras se ocupaba en este trabajo, fue al armario para coger algo de colodión para proteger la herida. (El colodión, una forma de nitrato de celulosa disuelta en éter y alcohol, era popular para ese propósito en aquel tiempo. La experiencia similar de Al-fred Nobel, que le llevó a la invención de la gelatina explosiva, es descrita en el capítulo 15.) Para su sorpresa, encontró que la botella de colodión se había volcado, derramando su contenido; el disolvente se había evaporado, dejando una capa habitual de nitrato de celulosa en el estante. Hyatt se dio cuenta de que este material podría unir mejor su mezcla de serrín y papel que la cola que estaba usando.

Después de alguna experimentación, Hyatt y su hermano encontraron que el nitrato de celulosa y el alcanfor, mezclado con alcohol y calentado bajo presión, formaba un plástico aparentemente adecuado para las bolas de billar. Nobel hizo gelatina explosiva a partir del nitrato de celulosa combinado con nitroglicerina. El alcanfor debía de haber modificado la naturaleza explosiva del nitrato de celulosa considerablemente; no obstante, ¡las bolas de billar hechas de celulosa explotan ocasionalmente!

Hyatt y su hermano no ganaron el premio por el sustituto de las bolas de billar, quizá porque las bolas hechas por ellos tendían a explotar. Pero patentaron su plástico hecho de nitrato de celulosa y alcanfor en 1870 bajo el nombre de «celuloide» y llegó a ser popular para otras aplicaciones. A finales del siglo xix, era utilizado para cuellos y puños de camisas de caballero. Fue moldeado para placas de dentaduras postizas, mangos de cuchillos, dados, botones y plumas estilográficas. Muchos plásticos modernos lo han sustituido ampliamente, pero recuerdo cuando era niño que lo identificaba como el material del que estaban hechos los pequeños calendarios de bolsillo: por su olor a alcanfor.

El litio

El descubrimiento del litio como un fármaco psicoactivo fue el más improbable de todos. A finales de la década de los cuarenta, John Cade, un joven psiquiatra australiano, especuló que la manía asociada a la enfermedad maníaco depresiva podría estar causada por el metabolismo anormal del ácido úrico. Para probar esta teoría, inyectó ácido úrico -en la forma de una sal de litio y junto con carbonato de litio- en animales de prueba y observó unas respuestas terapéuticas espectaculares. Aunque publicó sus hallazgos en una revista australiana, pocos psiquiatras tomaron nota de estas observaciones hasta mediados de los años cincuenta.

Entonces sucedió que un médico danés, Mogens Schou, leyó el artículo de Cade. Probó los compuestos de Cade para el tratamiento de la manía y los halló efectivos. Sin embargo, pronto llegó a estar claro que la parte del ácido úrico del fármaco no tenía nada que ver con su efectividad. Sólo el hecho de haber usado una sal de litio del ácido fue el responsable del efecto terapéutico; otras sales de litio se hallaron igualmente buenas.

Debido a que las sales de litio eran corrientes y no podían ser patentadas como un fármaco, las compañías farmacéuticas eran reacias a comprometerse en una producción a gran escala para el uso clínico. Otro factor que retrasó el uso clínico del litio era el peligro anticipado de que los iones de litio, en grandes dosis del fármaco, podrían competir con los iones de sodio químicamente semejantes y tener efectos tóxicos.

Así que no fue hasta 1970, más de veinte años después del descubrimiento del valor de una sal de litio en controlar la enfermedad maníaco depresiva, que el litio se introdujo en la práctica psiquiátrica americana. El ion simple de litio es el agente más efectivo jamás identificado para el tratamiento de la manía, pero la forma en que actúa es todavía un misterio.

abril 6, 2006

Max Aub. Las buenas intenciones.

Filed under: Novela — Palimp @ 3:48 pm
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Alianza editorial, 1971, 1979. 252 páginas.

Aub Buenas Intenciones
Nobleza de ánimo

De Max Aub sólo había leído un par de libros. Entre mis padres y yo tenemos completo el ciclo de los Campos pero nunca me decido a hincarle el diente (sí, lo sé, soy un mastuerzo; malgasto mi tiempo leyendo los seis tochales del ciclo galáctico de Benford teniendo libros mejores por leer ¡no tengo remedio!). No suele haber mucho de este escritor de saldo, pero tuve la buena fortuna de encontrar este ejemplar y no dudé en hacerme con él.

Agustín Alfaro es una buena persona, todo lo contrario que su padre, que ha dejado embarazada a una planchadora y además dando su nombre. Con tal de no hacer sufrir a su madre, Agustín consiente en casarse con ella y callar el secreto de su padre. Pero le costará más de lo que había imaginado.

El libro mantiene en todo momento un aire de comedia amable que lo hace muy agradable de leer. Las peripecias del protagonista no tienen desperdicio. La historia de amor imposible que se va tejiendo da el tono agridulce. Pero la puntilla nos la da el crudo final, real como la vida misma, que nos deja con el libro clavado en las manos y un sabor amargo en la boca.

Unos libros pasan y otros quedan. Este, desde luego, es de los que impresionan. Yo no sabía lo que me estaba perdiendo, pero ustedes quedan avisados. Llévenlo a su biblioteca.

(Un día, un libro 360/365)
Escuchando: Melting pot. Booker T & the MG’s.

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