Cuchitril Literario

Octubre 6, 2008

Kiko Amat. Cosas que hacen BUM.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:28 pm
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Editorial Anagrama, 2007. 300 páginas.

Kiko Amat, Cosas que hacen BUM
Revolución surreal

Lo primero que me llamó la atención de este libro fue que estuviera incluído en la mítica contraseñas, colección de mi adolescencia, y que pensaba de capa caída. Después leí por ahí una crítica totalmente negativa que lo dejaba a la altura del barro y eso me acabó de decidir. Tenía que leerlo.

Pànic Orfila no ha tenido una vida convencional. Huérfano de padres queda a cargo de su tía abuela Àngels, anciana anarquista y miembro del Insituto de Vandalismo Público -dedicado a robar cuanta señal municipal encuentre. Su nombre no es muy normal, sus lecturas son extravagantes, y su relación con la gente de su edad, problemática. Cuando se traslade a Barcelona a vivir a casa de otra de sus tías, Lola, su horizonte se ampliará de repente. Conocerá a los Vorticistas, un extraño grupo revolucionario que parece comprender sus ideas y se enamorará de Rebeca, encatadora aunque rica. El cóctel está servido.

A medida que la iba leyendo pensaba pues no está tan mal, hasta que recordé que la mala crítica la leí en el Lector ileso que pone mal a todo el mundo. La novela es lo que es; iniciación adolescente, previsible a ratos, con un protagonista un tanto inútil al que te gustaría darle un par de sopapos por idiota… vamos, lo que puede ser cualquiera de joven.

Pero está bien escrita, el esquema es correcto, los momentos de angustia existencial y nihilismo te traen algún que otro recuerdo y en definitiva deja un buen sabor de boca. Está en la colección correcta, y yo todavía tengo la suficiente mentalidad adolescente como para disfrutar de su lectura.

Eso sí, la cara de soy guay aunque no lleve gafas de pasta de la contraportada puede asustar a más de uno:

Amat

No le hagan mucho caso y prepárense para pasar un buen rato.

Escuchando: Auf Achse. Franz Ferdinand.


Extracto:[-]

Tuve que ahorrar un poco para mi siguiente obsesión. Los discos de mi padre se me habían quedado cortos, así que finalmente dejé de desayunar durante unas semanas y reuní lo suficiente para una nueva adquisición.

Un disco.

Era Temptin Temptations, de los Temptations. En la portada aparecían cinco jóvenes negros vestidos de blanco inmaculado, con chaquetas cortas de un botón y zapatos negros.

Recuerdo la primera vez que lo puse en el tocadiscos. Primero un crujido. Y luego, BAM. Una música elegante, evocadora, romántica. Chirriando, algo lejana, tomando la habitación. La canción era «Since I lost my baby».

Mirándolo, comprendí. Esa foto pintaba un mundo superior en el que los hombres eran dandis y toda la música era gloriosa, sus trajes nítidos, blancos, sus caras de ébano, sus zapatos relucientes. Donde cada minuto de vida era así: refinado y pleno, hermoso. Sin manchas. Un mundo irreal en el que nadie envejecía y había códigos de honor, y todo era puro y bello. Un mundo que no se parecía en nada a mi pueblo, a mi instituto, a los jugadores de fútbol que me perseguían para mantearme.

Mi tía abuela me ha contado muchas veces cómo entraba en mi cuarto y me encontraba dormido al lado del tocadiscos, durmiendo plácidamente en el suelo. Aquellos discos eran mi medicina y mi vaso de leche caliente, mi primer compadre, mi escondite y refugio, mis armas.

Con el tiempo llegaron las Marvelettes y los Impressions, los Temptations y Betty Harris, Bobby Womack y Al Creen, Sam Dees y los Miracles. También Gloria Jones, Kim Weston, Barbara Acklin, Esther Williams, Curtis Mayfield, los 4 Tops, las Supremes, Chuck Jackson, Z.Z. Hill, Tommy Hunt, Billy Stewart, Sly & The Family Stone, Nina Simone, Billy Butler, Gene Chandler, Shirley Ellis y J.J. Jackson.

Nunca volví a escuchar otra cosa.

Supongo que con eso tenía suficiente.
Tardé muy poco en darme cuenta de que las amigas de Eleonor no dejaban de señalarme.

Igual que el resto del instituto.

Era medio inglés, me llamaba Pánic y no hablaba con nadie. Llevaba siempre libros extraños debajo del brazo, los ojos verdes de reptil abiertos como ventanas, el cabello negro punzante y poliédrico, como cortado a mordiscos. Blasfemaba por los pasillos y llevaba cuellos altos negros y trenka. No era muy discreto con mis asuntos.

-Algún día tienes que venir á* mi casa a escuchar mis discos -le dije a Eleonor un día a la hora del recreo, después de hablarle durante veinte minutos de Irma Thomas. Lo dije sin ninguna esperanza. Me había conformado con recordar sus pies, sentado en el váter de tía Angels con el culo ovalado.

-Esta tarde, si quieres -contestó, a la vez que expulsaba el humo de su cigarrillo.

Juré entre dientes. Eleonor no había titubeado ni gritado socorro. Su respuesta fue instantánea, decidida, ansiosa.

Aquélla fue la vez que me di cuenta de que Eleonor me encontraba atractivo en el plano físico. A pesar de todos los demás planos que no lo eran.

Julio 23, 2008

Eloy Tizon. Labia.

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Editorial Anagrama, 2001. 229 páginas.

Eloy Tizon, Labia
Mano maestra

Ya dije en la reseña de Velocidad de los jardines que la prosa de Tizón me dejó boquiabierto. No tardé en comprar este libro, nuevo -y los seguidores habituales de la bitácora saben que casi nunca compro nada nuevo. Aún así, en vez de leerlo enseguida lo fui dejando, como un caramelo que se deja para el final.

El libro consta de los siguientes capítulos:

Ejercicios de línea
Naturaleza muerta
Apuntes del natural
Artes gráficas

Que son historias diferentes pero relacionadas. Quizá no sea tan perfecto como Velocidad… pero tiene páginas de gran maestría. El lirismo, la juventud, la búsqueda de la vida. Las palabras.

El protagonista aprende a dibujar con las famosas láminas de Emilio Freizas, lo que le lleva a una papelería con tres hermanas, y una de ellas le contará historias increíbles sobre Carlomagno. También recibirá clases de dibujo en un piso surrealista, donde deberá tomar un cafe con leche con mosca dentro. La hermana de la papelería tuvo un novio escultor perdido en París, y conoceremos por qué. Todo acabará frente a las torres de alta tensión. Novela-cuento sobre lo que más nos marca: el amor y la pérdida.

Suele decirse que la narrativa está en crisis. Leyendo a Eloy Tizón es difícil no mostrarse escéptico. Un pedazo de escritor.

Escuchando: El tipo más perezoso de la ciudad. Daniel Higiénico.


Extracto:[-]

Las urracas son hermanas de la luna. La princesa Mármara tenía una urraca amaestrada que hacía de mensajera entre el emperador y ella. La urraca iba y venía de un torreón al otro surcando el cielo y sujetaba con el pico aquel amor carolingio. La urraca entraba por la ventana, se posaba en una percha, se sacudía el plumaje, graznaba, y de su pico caían las palabras del idilio: tres palabras, dos o ninguna, dependiendo de los días.

Carlomagno hablaba poco. Prefería ahorrar las palabras, no malgastarlas, reservar una porción sin usar para cuando rnás adelante, con la edad, le fuesen imprescindibles. Pensaba que en la vejez se necesitan palabras; en su juventud él, en cambio, se conformaba con hechos. Decía que las palabras no le sabían a nada, como alimentos sin sal. Porque las frases no curan. Los adjetivos no sacian. La palabra silla no sirve para sentarse. La palabra vaca no da leche. Los discursos de los hombres le ofrecían, para calmar su fatiga, una silla mental o una vaca imaginaria. Eso pensaba él de joven.

Pero llega cierta edad en que los hechos no bastan. Para cubrir la insuficiencia de los hechos, para salvarse en el crepúsculo de la vida, se necesitaba abrir el pecho y soltar aquellas novelas. Saber contar una historia creía el emperador que era tan importante o más que vivirla. Por eso los mejores narradores de su tiempo, pensaba el emperador, eran viejos. Los viejos sabían contar. Y cuanto más viejos fueran y más rotos estuviesen, más luz tenían sus frases y mejor sabor sus historias. Los años perfeccionan la escritura hasta cuajarla en el mito. Lo único que se requiere es paciencia. Cuando llegase la hora de la muerte y estuviese al borde de la tumba, él lo sabía, la historia sería perfecta.

Cada noche al acostarse Carlomagno hacía balance: arrojaba sus redes al mar y recogía palabras. Repasaba los vocablos que no había pronunciado durante el curso del día y si veía que eran muchos, el emperador se alegraba. Pues notaba que su provisión de palabras aumentaba y que su pesca era rica.

El emperador tenía un biógrafo que se llamaba Eginardo. Este Eginardo iba a todas partes detrás del emperador, de puntillas, armado de tinta y papel, muy tieso, y levantaba acta de todo cuanto el hijo del rey Pipino hiciese o dijese para tenerlo apuntado y que no se le olvidase y dejar constancia de ello. Tomaba nota de todo. Hizo esto y dijo esto otro. Eginardo puso en limpio la vida del emperador Carlomagno sin omitir una coma; sólo dejó sin cubrir algunos trozos en blanco, por tratarse de episodios demasiado tristes o íntimos. Y cuando el emperador quería consultar por ejemplo qué aconteció tal verano, en que el rosal floreció fuera de época, en lugar de acudir a su memoria, que era frágil y voluble, Carlomagno buscaba en los archivos de Eginardo y allí al borde de la página se le ofrecía, tembloroso, el verano y su perfume.

«El arte», pensaba el emperador «es el intento de reparar los errores del tiempo, que te da la espina pero no te da la rosa.»

El emperador no era sabio, pero supo rodearse de sabios. De la península en forma de bota mandó venir a la corte a Pablo Diácono; de la lejana York logró atraer al monje Alcuino, que era el que mejores historias contaba, y hablaba y no paraba con su vocecilla de elfo de la Roca del Destino, que grita cuando el que se sienta encima de ella es el rey legítimo de Irlanda; o de una tribu pagana que dejaba sin bautizar el brazo derecho de sus hijos para que el freno de la religión no les impidiese en el futuro dar fuertes golpes de espada. Hablaba del ave Roe, que volaba para atrás y ponía sus huevos en el viento. Estos hombres geniales inventaron la letra minúscula, gracias a la cual se hicieron legibles los documentos, la gente aprendió a leer y circularon relatos.

En ésas estaban cuando a la princesa acatarrada se le ocurrió un día de repente una idea: servirle una droga al malvado Zwingo, en una copa de vino, aprovechando el banquete de Navidad, no para asesinarle, eso no, sólo para dejarle sin sentido de la vista el tiempo suficiente para que ellos dos pudiesen escapar del torreón de ajedrez a través de los pasillos, esquivar al fantasma Gumo, saltar por la ventana y descolgarse por una cuerda hasta posarse en la silla de montar del corcel blanco salvaje del emperador que los estaría esperando al pie de la torre de ajedrez sin relinchar y conociendo su nombre.

El otro no se dio por aludido. Ni se inmutó. Por lo menos en el sueño anterior eran más educados. El escultor renunció al tabaco. Al considerar que estaba vivo, recuperó el buen humor. Pensó para distraerse en la peligrosidad de París. Le vino a la cabeza aquella anécdota atribuida al escultor Giacometti cuando una vez, en París, sufrió un atropello leve, y él desde el suelo exclamó, agradecido, por fin, por fin me pasa algo, anécdota mil veces repetida en tertulias de café y mil veces desmentida, entre otros, por el propio interesado. Y Barthes. Qué me dices de Barthes. Semiótica aplicada a la cultura de masas. Me parece recordar que también Roland Barthes murió atropellado en París, a la salida de clase, por el camión de reparto de una lavandería. Una muerte limpia, podríamos decir. Perdón por la paradoja. Pero es que la muerte, en París, ya se sabe, no respeta a nadie. Ni siquiera a los semióticos. Uno sale tan tranquilo de dar clase, de explicar, pongamos por caso, la fenomenología del referente, suponiendo que algo asi pueda explicarse, o cualquier otro tema igual de absurdo,

y al minuto siguiente se encuentra tirado en la calle con la columna vertebral partida bajo las llantas de un coche. Son cosas de París.

-Me están viniendo arcadas.

Para no hablar de Camus, quien también perdió la vida en un accidente de tráfico. No es lo mismo pero casi. Si se hiciese una estadística se vería que la proporción de genios atropellados en París, por metro cuadrado, entre escultores, semióticos y existencialistas, alcanza cifras espeluznantes. Como no lleguemos pronto, a donde sea, voy a dejar el coche perdido.

El escultor percibió, con cierta alarma, que estaban detenidos. El vehículo no avanzaba. No se movían. Pronto supo por qué. Las puertas de la ambulancia se abrieron y dieron paso a una segunda camilla, ocupada por un bulto inerte cubierto por una sábana. Vaya, pensó el escultor, ésta debe de ser la noche* de las recogidas. Resulta que ahora tengo un compañero de ruta. No le dio tiempo a seguir porque la ambulancia aceleró con un chillido de ruedas, se puso en marcha llevando al nuevo ocupante, el tubo volvió a aspirarlos y la noche de París se descompuso en una serie de brillantes añicos giratorios, de viñetas coloreadas de verde, de modo que el escultor pudo ver proyectado en el techo del furgón el carrusel de su vida doméstica dando vueltas, vio a sus padres ancianos, su novia en la papelería despachando lapiceros, su casa, el pasillo de su casa de Madrid con el papel pintado a base de papagayos rojos y negros que visto de cerca angustiaba.

Junio 30, 2008

Roberto Bolaño. El Secreto del mal.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 9:05 am
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Editorial Anagrama, 2007. 186 páginas.

Roberto Bolaño, El Secreto del mal
Retazos

En 2007 los admiradores de Bolaño hemos tenido la alegría de ver la publicación de dos libros: La universidad desconocida, recopilación de su obra poética y este El secreto del mal, fragmentos y bocetos de relatos rescatados del ordenador del autor.

Como siempre, aquí tienen la lista de los cuentos -o fragmentos- incluídos en el libro:

La colonia Lindavista
El secreto del mal
El viejo de la montaña
El hijo del coronel
Sabios de Sodoma
La habitación de al lado
Laberinto
Derivas de la pesada
Crímenes
No sé leer
Playa
Músculos
La gira
Daniela
Bronceado
Muerte de Ulises
El provocador
Sevilla me mata
Las Jornadas del Caos

Algunos están completos -y no son inéditos- como Playa. Otros, pese a su estado fragmentario, funcionan bien tal y como están -un ejemplo podría ser Muerte de Ulises (aunque también podría ser el inicio de toda una novela)-. Los más son apenas esbozos que se truncan inesperadamente en lo mejor dejándonos en el vacío -y la sensación, extraña, no deja de tener su interés-: El secreto del mal es uno de ellos.

Este libro me provoca sentimientos contradictorios. Por un lado me parece excesiva la publicación de un libro como éste. Como si se intentara aprovechar el tirón Bolaño para vender lo más posible. Pero por otro no sólo lo he comprado, sino que lo he disfrutado y agradezco su publicación. ¿Me convierte esto en un necrófago?

Muy recomendable para todos los bolañistas. El resto, mejor abstenerse.

Escuchando: Teenage Queen. The Real Pros


Extracto:[-]

Hoy, que está tan de moda hablar de los nihilistas, aunque cuando se habla de éstos la gente se refiere a los terroristas musulmanes, que precisamente de nihilistas no tienen nada de nada, no estaría de más visitar la obra de un verdadero nihilista. El problema con Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que éstos están vivos. Su enemigo es otro, mucho más grande, mucho más poderoso, y que a la postre la terminará venciendo, pero ésa es otra historia.

Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento «Cecil Taylor» o la nouvelle Cómo me hice monja, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. Prosa que se devora a sí misma sin solución de continuidad. Acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida.

De estas tres líneas, las tres líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar versos del Martín Fierro) sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo, precisamente, que recibe de sus amos. Soma, soma, soma Soriano, perdóname, tuyo es el reino.

Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí, sin embargo, no hay escuela posible.

Corolario. Hay que releer a Borges otra vez.

Mayo 8, 2008

Jaan Kross. El loco del Zar.

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Editorial Anagrama, 1992. 414 páginas.
Tit. Or. Keisri Hull. Trad. Joaquín Jordá con la colaboración de Jüri Talbet.

Jaan Kross, el loco del Zar
Decir la verdad al poder

No sabía nada sobre Jaan Kross, pero resulta que estuvo nominado varias veces al premio Nobel. Fue el más importante escritor estonio contemporáneo, y esta novela es su obra más famosa.

Timotheus von Bock fue un aristócrata de ideas peculiares. Se casó con una mujer del pueblo -hasta el punto que tuvo que comprar su libertad y la de su familia, pues eran siervos. Era el brazo derecho del emperador Alejandro I, pero tras enviarle un escrito es encarcelado durante nueve años y sólo es puesto en libertad tras calificarle de loco. Su cuñado Jakob lleva un diario en el que además de detalles de su propia vida nos desvela las claves para entender el comportamiento de Timo.

Por lo que se cuenta en el epílogo la mayor parte de los hechos narrados en el libro son históricamente ciertos. El libro gira alrededor de las consecuencias que tiene para Timo haber sido sincero consigo mismo y con el emperador. Pero también hay espacio para la historia personal de Jakob; un hombre de orígenes humildes que se ve de repente transportado a un estatus diferente y que no acaba de pertenecer a ninguno de los dos mundos, y cuya vida sentimental acaba siendo influida por las desventuras de su cuñado.

Esta muy bien escrito y los temas que trata resultan atractivos, pero no es enteramente de mi estilo.

Reto 2008: Estonia.

Escuchando: Den little floyten. Sinikka Langeland.


Extracto:[-]

—Vamos, el amor es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo que te da tu fuerza, Eeva, es el amor, lo sé, te he observado a fondo. Y eso sobre lo que tú, Timo, te apoyas, también es el amor. Sí, el amor. Pero no es lo único. No acabo de saber muy bien qué es la otra cosa sobre la que te apoyas. Probablemente la filosofía. En fin, en su nombre también se ha ido a la hoguera. Qué pueden significar para ti los guiños y los murmullos de los queridos amigos de tu clase… Para hablar con la lengua del pueblo: ¡una mierda! -soltó una carcajada-. Siempre que tengáis confianza el uno en el otro. No sólo así, de manera general y superficial, sino a fondo, completamente, ¡en todo! Con una confianza total podéis retiraros al abrigo de todos los rumores… igual que…, ¡igual que en una concha completamente redonda! ¿Qué puede hacerle la tempestad por fuerte que sea…? Sólo acunarla cariñosamente…

En cuanto al silbido de las serpientes de la calumnia y a la absoluta necesidad de una confianza mutua, ya habían llegado algunas cosas a mis oídos. Las intenciones matrimoniales de Timo y de Eeva ya eran conocidas por unos cuantos. En San Peters-burgo, algunos buenos amigos habían comentado a Timo (y de manera, claro está, que no pudiera provocar a nadie en duelo) que Eeva, por aburrimiento, se había arrojado, según parece, a los brazos tanto de von Adlerberg de Uue-Varstu como a los del guapo paleto de Johannson, el sacristán de Viru-Nigula. Y varias damas bien informadas, de visita en casa de los Masing, habían contado, procurando ser oídas por Eeva, que en San Petersburgo el señor von Bock había pedido la mano, sí, nada menos que de la señorita Narychkina, la misma a la que el emperador, como era bien sabido, concedía una paternal atención… Que estando así las cosas, el afecto que el emperador sentía por el señor von Bock no había sido evidentemente tan profundo como para que Su Majestad llegara a ordenar a la señorita que aceptara la petición de matrimonio. No. ¡La señorita Narychkina había dado calabazas al señor Bock! No era extraño que se acordara después de su Cenicienta, ji, ji, ji, ji…

Aún no habían llegado los últimos días de septiembre cuando Timo y Eeva regresaron de San Petersburgo. Se habían casado según el rito ortodoxo. De acuerdo con sus documentos, Eeva incluso se llamaba ahora Catalina. Catalina von Bock. En un primer momento, me forcé a creer y a sentir que este nombre sólo podía designar a una persona totalmente extraña… Tanto más cuanto que su mirada me parecía ahora a veces más velada y otras más brillante que antes y a la seguridad de sus movimientos se había mezclado una cierta desenvoltura orgullosa que, sin embargo, tenía algo de inconveniente.

Pero después ella me explicó que los dos, Timo y ella, partían inmediatamente en dirección a Voisiku, que al principio vivirían allí y que, naturalmente, yo les acompañaría; sentí, pese a todo, que no tenía otra elección, que no podía hacer otra cosa.

La verdad es que, en cuatro años, yo había engullido tanta inteligencia libresca como puede contener un liceo; llegado a una edad en la que no sólo se está despierto sino que se es adulto (¡veintisiete años!), había adquirido también, debido a mi situación especial, una considerable comprensión de la vida y de los hombres. Pero no sabía qué hacer con ese saber. Salvo que, después de haber adquirido cierta experiencia práctica, lo utilizara para encargarme en Voisiku de la administración de la finca y serles más útil a los dos. Ocuparía el puesto de Klarfeldt, el intendente de entonces, del que Timo llevaba tiempo observando cómo a sus espaldas, hábilmente y poco a poco, se llenaba los bolsillos. Son muy escasos los intendentes a sueldo que no hacen lo mismo.

Así es como los cuatro (a Kásper, el lacayo, se le había ordenado que viniera a buscarnos a Aksi), cruzando los bellos paisajes secos y dorados por el otoño de las cercanías de Puurmani y Póltsamaa, llegamos aquí. Un viaje realizado enteramente en compañía de Timo y de Eeva. O, mejor dicho, de Timo y de Kitty —para dar a mi hermana el nombre con que su marido, mientras tanto, había comenzado a llamarla, a la inglesa.

Febrero 26, 2008

Antimeme, Amis, Anagrama

Archivado en: General — Palimp @ 11:00 am
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Me pasa The happy butcher el meme antimemes, el

Memes no, gracias

Que consiste en dar varias razones en contra de los memes. Aquí están las mías:

1.- Porque los memes no son memes, son cadenas que se ponen de moda y llamarlos así es una perversión del concepto de Dawkins

2.- Porque cuando te los pasan tienes que seguirlos si no quieres quedar mal con el que te los ha pasado, y para un bien queda como yo eso es fatal.

3.- Porque normalmente son poco interesantes, o poco originales o poco de nada.

4.- Porque son muy difíciles de matar; siempre hay alguien que te mandará uno nuevo.

Yo, como siempre, no lo mando a nadie ¡menuda contradicción, odiar los memes y difundirlos!

Ayer estuve en la entrevista que Rodrigo Fresán hizo a Martin Amis en la biblioteca Jaume Fuster. Cortita, con pocas preguntas del público y no especialmente deslumbrante, pero no siempre tiene uno la ocasión de ver a un pedazo de escritor como él. Aproveché para preguntarle sobre su sueldo como profesor de escritura creativa. En realidad la pregunta fue doble. Por un lado, si considera que estas clases sirven para algo, a lo que contestó que como decía Nabokov, la única escuela es la del talento y eso no se enseña, pero que él hubiera agradecido en su momento tener a un señor de 58 años que le hubiera explicado algunas cosas y le hubiera guiado un poco. Por otro le pregunté si sus clases valen lo que cuestan y comentó que su sueldo lo paga la universidad y es un intento de revitalizar culturalmente el norte de Inglaterra, y que por otro lado ahí se pagan sus veinte libros, su experiencia y que si lo comparan con lo que cobra un jugador de futbol tampoco es para tanto. Se metió con el mundo islámico, aunque no tanto como en sus últimas declaraciones -nadie preguntó al respecto-, habló de literatura, de Rusia y de la relación con su padre -que le regaló 144 condones cuando era adolescente-.

Martin Amis y Rodrigo FresánLibros de Martin Amis

Ya que estaba ahí aproveché para ver la exposición sobre Anagrama, editorial de mis amores. Básicamente se compone de fotos de Herralde con escritores de medio mundo -que envidia- y unos palés de libros en medio de la sala que dan ganas de robar. Aproveché para fotografiar algunas fotos, en especial en las que sale Bolaño:

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¡Que no se me olvide! En el FNAC del Triangle hay una exposición de portadas de la mítica revista Star:

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Y esta noche a las nueve en el Sex Shop Desig sesión de cuentos eróticos en la que participa un servidor. No se la pierdan.

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