Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Enero 20, 2010

Eloy Tizón. Seda Salvaje.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:07 am
1 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Anagrama, 1995. 144 páginas.

Eloy Tizón, Seda Salvaje
Círculos obsesivos

Me gusta Tizón, me gusta su prosa y su libro Velocidad de los jardines es de una extraña perfección. Pero esta Seda salvaje no me ha acabado de convencer.

La prosa es impecable, y lo mejor del libro. Sólo por eso merece la pena leerlo. Pero la novela no acaba de cuajar, el obsesivo protagonista empeñado en descubrir lo que hace su novia por vía de un detective a ratos resulta increíble y el desarrollo de la historia no tiene mucho sentido. Como dice el protagonista en el libro:

Llegué a casa y me encerré a solas con el informe. Volvía sobre sus frases con el ánimo de quien vuelve a un lugar incómodo pero a salvo, donde los peores augurios son confirmados. Cada palabra escondía una ocasión de peligro y eran terreno minado sus acrobacias verbales. Repasándolo mejor, llegué a pensar en nosotros como en entes de ficción producidos por un autor de segunda; pero quizá el novelista que nos ideó había muerto olvidado y quedábamos nosotros huérfanos en medio de la calle, en medio de un capítulo, personajes sin guión persiguiéndonos unos a otros por apeaderos y altares en una mala caracterización de libro sin argumento. Todo podía ocurrir en este final en blanco y me era imposible decidir si el informe del detective recogía nuestras acciones o las dirigía, si era crónica de sucesos o éramos nosotros un mero plagio del libro. Luché por desvelar a quiénes estábamos imitando, de qué siluetas borrosas éramos proyecciones, qué oculta llama portábamos en nuestras idas y venidas a través de otras identidades.

Personajes sin guión es una descripción acertada. Si hubiera una buena historia detrás, este libro sería excelente. La prosa es buena. Un ejemplo:

Yo era un niño encerrado en la torre de los murmullos que un día fue obligado a salir y a enfrentarse con los demonios. Si se pudiese elegir yo aún estaría dentro. Vivir en el vestuario fue mi sueño más delicado y el causante de mi desdicha. La vida empieza demasiado pronto. Pero nadie elige, nadie decide, la existencia forma sus filas y te coloca el dorsal de un número involuntario, ya se mueve la maratón, ya avanzas, el turno siguiente es el tuyo y estás en la ventanilla. Con suerte te nombrarán director de un aeropuerto y si no tienes suerte tendrás que conformarte con un destino de saldo.

Sigo recomendando al autor, pero si tienen que empezar, hagánlo con otro libro.


Extracto:[-]

El relato me interesó y me aposté en una esquina. Vigilé durante horas hasta quedar congelado. Yo sabía que las posibilidades de encontrar por azar al detective en los alrededores del 2 % eran prácticamente nulas, pero también había leído en el tablón de anuncios de una hoja parroquial que basta que uno desee con ardor alguna cosa, con exclusividad de todo lo demás, para que esa cosa suceda. Durante buena parte de la tarde estuve debatiéndome en la esquina entre la hoja parroquial y el riesgo de pulmonía, preocupado porque a esas horas yo debía estar probándome por última vez el chaqué, y preguntándome si no estaría actuando de nuevo esa voraz simetría que parecía regirnos y nos encontraríamos, Sagunto y yo, vigilando a la vez desde las esquinas nuestras respectivas casas desiertas.

Enero 15, 2010

Martin Amis. Perro callejero.

Archivado en: Noticias — Palimp @ 8:58 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Anagrama (compactos), 2005. 432 páginas.
Tit. Or. Yellow dog. Trad. Javier Calzada.

Martin Amis, Perro callejero
Mordiscos

Ya llevo unas cuantas reseñas de Amis en el cuchitril. Es uno de mis escritores preferidos y aunque sus últimas obras me gustan menos que las antiguas (esto, que pasa frecuentemente en literatura y música, sólo quiere decir dos cosas: o el autor está perdiendo fuelle, o el lector se está anquilosando) siempre es un placer leerlo.

Al protagonista, el actor y escritor Xan Meo, le dan una paliza aparentemente sin comerlo ni beberlo. Un golpe en la cabeza le cambia el carácter; su sexualidad se desboca e incluso toma tintes pederásticos. Su manera de ser se transforma también y pasa a ser alguien desagradable. Alrededor, otros personajes -que incluyen al rey de inglaterra- viven sus propias tramas.

No creo que sea uno de sus mejores libros, pero la prosa está a la altura y la galería de personajes tan excéntrica como siempre. El tema del libro es la paternidad, algo que Amis ya había tratado en otros libros pero desde el punto de vista del hijo. Ahora es padre.

Destacable el personaje Clint Smoke, periodista de prensa amarilla obsesionado por el escaso tamaño de su pene (prácticamente no se nota que Amis ha sufrido mucho por culpa de este tipo de prensa) y las aventuras de la realeza con un final sorprendente que no quiero desvelar, pero que deja clara la postura del autor al respecto. Y no nos olvidemos de las aventuras de los personajes de los bajos fondos, de una crudeza casi increíble.


Extracto:[-]

-En los dos últimos años, Ainsley Car y el Morning Lark han gozado de una relación especial -decía Clint Smoker-. ¿No es un hecho?

Ainsley no lo negó. Durante sus años en la cumbre se había sincerado con una serie de diarios de gran circulación acerca de sus juergas y sus programas de desintoxicación, sus accidentes de coche debidos a la embriaguez, los hoteluchos que frecuentaba y las jóvenes aspirantes a estrella que se tiraba. Pero eso ocurría en los tiempos en que, con una simple finta de su hombro y un regate con su bota, Ainsley podía herir a toda una nación al mismo tiempo que exaltaba a la suya. Pero ya no estaba en su mano hacerlo. Ahora hasta sus actos condenables eran nimiedades.

-En la vida de todo atleta -estaba diciendo Smoker en voz alta y aparentemente objetiva- llega un punto en que tiene que darse cuenta de sus limitaciones y considerar la seguridad financiera de su familia. Tú has llegado a ese punto…, o eso es lo que nos parece en el Lark.

No…, ya no podía seguir haciéndolo; no en el campo, al menos. En su anterior condición, Ainsley era un futbolista por todos los poros; incluso cuando aparecía de esmoquin, en alguna ceremonia de entrega de premios…, si se daba la vuelta, uno hubiera esperado ver su nombre y su número cosidos en su espalda. Pelirrojo, ojos pequeños, la boca abierta… En el dialecto del clan, era escurridizo (es decir, de baja estatura) y combativo (es decir, marrullero), pero poseía indudablemente un cerebro futbolístico. No tenía un espíritu
Itivado o educado…, pero su pie derecho lo estaba con creces Luego al muchacho todo le salió mal. Aún conservaba su agresividad, pero había perdido todos sus reflejos. Ahora, habitualmente, Ainsley era retirado en camilla del terreno de ¡uego antes de que el balón hubiera salido del círculo central: lesionado al intentar lesionar a un contrario (o a un compañero del propio equipo, o al arbitro). La entrevista en profundidad más reciente que le había hecho el Lark hablaba del «momento de locura» que se había apoderado de él en un encuentro benéfico, cuando, apenas comenzaban a apagarse las vibraciones del silbato inicial, Ainsley cargó violentamente contra Sir Bobby Miles, el ex extremo del equipo de Inglaterra (que a la sazón contaba sesenta y seis años de edad): fractura de pierna para cada uno.

-Me quedan años, hombre -dijo Ainsley amenazadoramente-. ¿Sabes dónde tengo lo que me permite aguantar el ritmo? -Y se dio dos golpecitos en la sien-. Aquí. Esto sigue funcionándome. Aún lo tengo en condiciones.

-Seamos realistas, Ains… Ya no volverás a vestir la camiseta de Gales. Te queda un año en primera división, y te lo pasarás en el banquillo. No te renovarán. Tendrás que bajar de categoría. Y en un par de temporadas te estarán haciendo trizas en tercera división.

-Yo no tengo madera de suplente, hombre. Y no pienso jugar para un cochino equipo de tercera. ¿Sabes quién se interesa por mí? ¡La Juventus, nada menos!

-¿La Juventus? Debe de ser por tus recetas de pasta

Septiembre 14, 2009

Patricia Highsmith. Catástrofes.

Archivado en: Noticias — Palimp @ 7:57 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Anagrama, 1988. 210 páginas.
Tit. Or. Tales of natural and unnatural catrastophes. Traducción Jordi Beltrán.
Patricia Highsmith, Catástrofes
Podredumbre

Conocía a Patricia Highsmith por su novela Extraños en un tren y por su saga de Ripley. Es decir, por su novela negra. Ignoraba que fuera también una artista del humor negro, de una calidad excepcional.

Un libro de relatos que contiene:

El cementerio misterioso
Operación Bálsamo; o «no me toques»
Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU
¡Dulce libertad! Y una merienda en el jardín de la Casa Blanca
Complicaciones en las Torres de Jade
Úteros de Alquiler contra la Derecha Poderosa
Moby Dick II; o la ballena misil
Nadie ve el final
Sixto VI, papa de la zapatilla roja
El presidente Buck Jones defiende la patria

Todos son una demostración de que no se puede escapar a la ley de la entropía y a la versión macabra de la ley de Murphy. Aunque los temas son diversos, desde los extraños hongos del cementerio misterioso hasta las complicaciones en unos Estados unidos gobernados por un imbécil (¿les suena?) todos comparten una misma visión: todo se va por el desagüe. Ene sto es arquetípico el cuento Complicaciones en las Torres de Jade. Se intenta construir un edificio de aprtamentos para la élite más exigente, pero apenas se inaugura la sombra del desastre aparece de una manera sutil:

[...]telefoneó a recepción para quejarse de que había cucarachas en su cocina. Dijo que acababa de ver dos.

-Nos instalamos ayer mismo, y ni siquiera he comprado una barra de pan todavía -dijo la mujer—. Es verdad que esta mañana he traído un poco de agua tónica y de leche, pero ni tan sólo los he abierto.

-Nos ocuparemos de ello inmediatamente, señora Fenton. Y lo lamento de veras —dijo el señor Clark.

-Señora Finlay, no Fenton. Estoy consternada. Todo es tan nuevo y tan limpio en el edificio…

El recepcionista sonrió.

-Sí, señora Finlay, y nos encargaremos de que siga siéndolo. Avisaré a nuestro exterminador y pasará por su casa hoy, o con más seguridad mañana. Antes la llamaremos por teléfono y no entraremos en el piso a menos que esté usted.

Sidney Clark recibió otra queja parecida al cabo de una hora, de un matrimonio del décimo piso. Ya había llamado a la Ex-Pest,’ la empresa dedicada al exterminio de insectos con la que las Torres de Jade habían firmado contrato. Le dijeron que pasarían por la tarde y Clark tomó nota del décimo piso. Luego decidió visitar la Taza de Jade, la cafetería situada en una de las dos galerías laterales de la planta baja. El suelo y el mostrador de jade estaban limpios y relucientes, no se veía ni una miga de pan. Le contó lo de las cucarachas a la encargada y le pidió que echase un vistazo a la cocina. Parecía tan limpia como el mostrador y las mesas, aparte del leve desorden que es normal en las cocinas. El señor Clark examinó atentamente las barras de pan envueltas y desenvueltas, asi como las pastas.

-Es raro que hayamos recibido dos quejas en un mismo día -dijo a la encargada, que le había acompañado.

-Oh, cucarachas -dijo la mujer de mediana edad, arrugando la nariz con expresión de asco—. No se puede hacer mucho por evitarlas, ¿sabe? Ni siquiera en los mejores edificios. Donde haya gente y agua, y no digamos cocinas, hay cucarachas por muy limpio que seas.
El señor Clark le dedicó una sonrisa sin alegría.

-Pues, en las Torres de Jade, no, señorita…

No quiero adelantarles el final, que al igual que en otros cuentos, se sale completamente de madre. Si buscando la perfección aparecen problemas ¿qué puede ocurrir cuando se parte de una organización de base caótica? Podemos verlo en Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU, crónica de un desastre anunciado.

¿Puede el ser humano redimirse? Puede ser, parece afirmarse en Sixto VI, papa de la zapatilla roja. Pero lo bueno desaparece pronto y ni los mejores mensajes soportan una buena ración de realidad. Lo único que siempre sobrevive, lo realmente eterno, es la gente de peor calaña. Nadie ve el final demuestra que mala hierba nunca muere.

Así que lo mejor es dirigirnos con alegría al apocalipsis de la mano de un presidente con dos cojones pero medio cerebro y esperar que las invencibles cucarachas no repitan nuestros mismos errores.

—Bueno, olvídese de Turquía, se trata simplemente de un tipo oriundo de Turquía. Volvamos a lo principal. Esto viene sucediendo desde hace mucho tiempo, por tierra, mar y aire. El dinero, lo que queda del dinero, se ha utilizado para combatir el comunismo en América Central, es verdad. Usted no supo nada del asunto hasta hace unos días; eso es lo que va a decir usted mañana, porque sus colaboradores…, los que tienen que ver con esto…, se lo guardaban para darle una sorpresa el día de su cumpleaños, el mes que viene, en marzo.

—Que yo recuerde…, que yo recuerde -dijo el presidente, pensativo—, los que luchan por la libertad en América Central afirman haber recibido sólo veinte mil pavos… en total.

—En primer lugar, mienten, como de costumbre. En segundo lugar, sus propios líderes se han embolsado sabe Dios cuánto dinero. Conviene que no tratemos de hacerles concretar, señor.

—Desde luego.

—Volviendo a lo de mañana… Usted lamenta muchísimo lo de los diecisiete rehenes norteamericanos que fueron decapitados ante la televisión hace diez días, yo mencionaría eso, en serio, señor.

—Sí, claro —dijo Buck en tono solemne.

-Tomaré nota de ello y le haré una tarjeta sobre las decapitaciones. Pero las ventas a ambos bandos, de las que usted sabía un poquito, eran para hacer amigos en ambos países, ¿comprende? De nada sirve ganarse a un país como amigo y granjearse la enemistad del otro, ¿no le parece?

—De acuerdo, Dick. ¡Y qué demonios! ¡Piensa en los beneficios! Ha provocado más luchas, cierto, pero eso significa más ventas de armas, ¿no? ¡No acabo de entender por qué algunas de estas personas están furiosas!

—Porque la venta de armas sin conocimiento del congreso está prohibida, señor.

—¡Al cuerno con el congreso! ¡Quedé harto del congreso cuando ordené que se minase… ¿Qué puerto fue?

—Sí, pero minar un puerto es un acto de guerra, señor, lo mismo que la guerra, y, según la constitución, sólo el congreso puede declarar la guerra.

Buck Jones meneó la cabeza, aburrido.

—Demasiado complicado para mí. En el congreso hay demasiada gente. Están allí sentados, sin hacer nada…

Un libro delicioso y amargo.

Julio 3, 2009

Roberto Bolaño. Amuleto.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:52 pm
1 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Anagrama, 1999, 2005. 156 páginas.

Roberto Bolaño, Amuleto
La madre de los poetas

Cuando sólo te faltan dos libros de uno de tus autores preferidos y alguien, sin saber cuales tienes, te regala por casualidad uno de ellos, eso es puntería. Neus la tuvo cuando apareció con este libro bajo el brazo, dejándome patidifuso.

Auxilio Lacouture viaja a México y se dedica a trabajar en lo que puede y a hacer de doméstica voluntaria de los poetas León Felipe y Pedro Garfias. Con el tiempo acabará conociendo a todos los poetas nuevos y será considerada la madre de la poesía mexicana. Cuando la policía tomó la universidad de México en 1968 ella permaneció escondida una semana en el lavabo. Desde este punto intemporal sus recuerdos irán al pasado y al futuro, presentando una galería de personajes que incluye entre otros al Arturo Belano de los detectives salvajes.

No es uno de mis libros preferidos de Bolaño, quizás porque nos acostumbramos a una excelencia no siempre presente. Pero tiene páginas gloriosas, incluyendo la que anticipa el título de su novela póstuma 2666:

Y los seguí: los vi caminar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego los vi cruzar Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche, la avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprimida que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio del año 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo.

El mal, los poetas, la gente marginal…temas habituales que el autor sigue presentando con maestría. Una anécdota que me ha traído al recuerdo el libro, que refleja la idea de momentos congelados. Estaba haciendo dedo para asistir a un concierto, me faltaba poco para llegar pero no me paraba nadie. Ya era de noche y calculando lo que me quedaba pensé que lo mejor era ir andando (unas cuatro horas de marcha) para llegar aunque fuera al final del concierto y encontrar a unos amigos que me llevarían a casa. Cuando llevaba media hora caminando me recogió un sacerdote que me dejó en el pueblo y en el primer bar que entré me encontré a mis amigos. El salto fue tan abrupto que todavía hoy muchas veces pienso que sigo caminando por esa carretera oscura y que todo lo que estoy viviendo no son más que ensueños dentro de un viaje sin fin.

Descárgalo gratis:

Bolaño, Roberto – Amuleto.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

¿Qué hice entonces? Lo que cualquier persona, me asomé a una ventana y miré hacia abajo y vi soldados y luego me asomé a otra ventana y vi tanquetas y luego a otra, la que está al fondo del pasillo (recorrí el pasillo dando saltos de ultratumba), y vi furgonetas en donde los granaderos y algunos policías vestidos de civil estaban metiendo a los estudiantes y profesores presos, como en una escena de una película de la Segunda Guerra Mundial mezclada con una de María Félix y Pedro Armendáriz de la Revolución Mexicana, una película que se resolvía en una tela oscura pero con figuritas fosforescentes, como dicen que ven algunos locos o las personas que sufren repentinamente un ataque de miedo. Y luego vi a un grupo de secretarias, entre las que creí distinguir a más de una amiga (¡en realidad creí distinguirlas a todas!), que salían en fila india, arreglándose los vestidos, con las carteras en las manos o colgadas del hombro, y después vi a un grupo de profesores que también salía ordenadamente, al menos tan ordenadamente como la situación lo permitía, vi gente con libros en las manos, vi gente con carpetas y páginas mecanoscritas que se desparramaban por el suelo y ellos se agachaban y las recogían, y vi gente que era sacada a rastras o gente que salía de la Facultad cubriéndose la nariz con un pañuelo blanco que la sangre ennegrecía rápidamente. Y entonces yo me dije: quédate aquí, Auxilio. No permitas, nena, que te lleven presa. Quédate aquí, Auxilio, no entres voluntariamente en esa película, nena, si te quieren meter que se tomen el trabajo de encontrarte.

Y entonces volví al baño y mira qué curioso, no sólo volví al baño sino que volví al water, justo el mismo en donde estaba antes, y volví a sentarme en la taza del water, quiero decir: otra vez con la pollera arremangada y los calzones bajados, aunque sin ningún apremio fisiológico (dicen que precisamente en casos así se suelta el estómago, pero no fue ciertamente mi caso), y con el libro de Pedro Garfias abierto, y aunque no quería leer me puse a leer, lentamente al principio, palabra por palabra y verso por verso, aunque poco después la lectura fue acelerándose hasta que finalmente se hizo enloquecedora, los versos pasaban tan rápidos que apenas me era posible discernfr algo de ellos, las palabras se pegaban unas con otras, no sé, una lectura en caída libre que, por otra parte, la poesía de Pedrito Garfias apenas pudo resistir[...]

Marzo 18, 2009

Paul Auster. El palacio de la luna.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:37 am
2 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Anagrama, 1990, RBA 2009. 310 páginas.
Tit. Or. Moon Palace. Trad. Maribel de Juan.

Paul Auster, El palacio de la luna
Luna llena

Vuelvo al antiguo Auster gracias a la colección RBA de Anagrama, una buena oportunidad de comprar por poco precio y en tapa dura algunos de los clásicos del siglo XX. No es como para hacerla entera, pero sí para mirar de vez en cuando en el quiosco a ver cual es la novedad.

El argumento se encuentra en la wikipedia (ojo que cuenta el final): El palacio de la luna. Narra la historia de Marco, que crece con su tío sin saber quien es su padre, vive una temporada como un sin techo en Central Park hasta que es rescatado por un amigo y una chica que conoció en una fiesta. Después entra al servicio de un anciano cascarrabias empeñado en que escriba su biografía.

Fiel a los temas que se harán comunes en la obra de Auster, la casualidad tiene un protagonismo especial y las revelaciones se van sucediendo casí como en un folletín -no diré ninguna para no chafar finales.

Recuerdo que no es una de mis novelas preferidas del autor, pero desde luego muy superior a lo último que he leído, como La noche del oráculo. Que está mejor escrita, pero tiene menos gracia. Me sigue pareciendo que hay una afinidad entre Murakami y Auster.

Leerlo en esta época de internet me ha permitido comprobar algunas de las referencias del texto y, sobre todo, contemplar los cuadros de Blakelock, con sus lunas misteriosas.

Descárgalo gratis:

Auster, Paul – El Palacio de la Luna.doc

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Pero la verdad era que yo no tenía el menor deseo de adaptarme. Si mis compañeros me colocaban la etiqueta de bicho raro, ése era su problema. Yo era el intelectual sublime, el futuro genio arisco y obstinado, el rebelde inconformista que se mantiene apartado de la manada. Casi me ruborizo al recordar las ridiculas poses que adoptaba en aquella época. Era una grotesca amalgama de timidez y arrogancia, y alternaba largos e incómodos silencios con furiosos ataques de verborrea. Cuando me daba la vena, pasaba noches enteras en los bares, fumando y bebiendo como si quisiera matarme, citando versos de poetas menores del siglo XVI y oscuras frases en latín de filósofos medievales, y haciendo todo lo posible por impresionar a mis amigos. Los dieciocho años es una edad terrible, y aunque yo iba por ahí convencido de que en cierto modo era más maduro que mis compañeros de clase, la verdad era que únicamente había encontrado una manera diferente de ser joven. Más que nada, el traje era una divisa de mi identidad, el emblema de la forma en que yo deseaba que me vieran los demás. Objetivamente considerado, el traje no tenía nada de malo. Era un tweed oscuro, de un tono verdoso, a cuadritos y con solapas estrechas, una prenda sólida y bien hecha, pero después de varios meses de uso constante empezó a dar una impresión azarosa; colgaba de mi descarnada osamenta como una ocurrencia tardía, un torbellino de lana deformada. Lo que mis amigos no sabían, claro está, era que lo llevaba por razones sentimentales. Bajo mi postura inconformista, satisfacía también el deseo de tener a mi tío cerca de mí, y el corte de la prenda no tenía casi nada que ver en el asunto. Si Victor me hubiese dado un traje morado de petimetre, sin duda lo habría llevado con el mismo espíritu con que usaba el de tweed.

[...]

—Se suponía que no teníamos que saber lo que era -dijo-, pero yo lo descubrí. Si hay que encontrar una información, se puede estar seguro de que Charlie Bacon la encontrará. Primero fue el Gran Chico, la que tiraron en Hiroshima con el coronel Tibbets. Yo estaba incluido en la tripulación del siguiente avión, tres días después, el que iba a Nagasaki. Por nada del mundo iban a obligarme a hacer eso. La destrucción a esa escala es cosa de Dios. Los hombres no tienen derecho a meterse en algo así. Les engañé fingiendo que estaba loco. Una tarde salí y eché a andar por el desierto, bajo aquel calor espantoso. No me importaba que me pegaran un tiro. Lo de Alemania ya había sido bastante horrible, pero no iba a permitirles que me convirtieran en agente de la destrucción. No, seftor, prefería volverme loco a tener eso sobre mi conciencia. En mi opinión, no lo habrían hecho si los japoneses fuesen blancos. Los amarillos les importan un comino. Sin ofender —añadió de pronto, volviéndose hacia Kitty-, por lo que a ellos respecta, los amarillos no valen más que los perros. ¿Qué cree que hacemos ahora en el sudesde asiático? La misma historia, matar amarillos allá donde podamos. Es como repetir otra vez las matanzas de indios. Ahora tenemos bombas H en lugar de bombas A. Los generales siguen fabricando nuevas armas en Utah, lejos de todo, donde nadie puede verlos. ¿Recuerdan esas ovejas que murieron el año pasado? Seis mil ovejas. Echaron un nuevo gas venenoso en el aire y todo murió en varios kilómetros a la redonda. No, señor, por nada del mundo aceptaré tener sangre en las manos. Amarillos, blancos, ¿qué diferencia hay? Todos somos iguales, ¿no es verdad? No, señor, por nada del mundo conseguirán que Charlie Bacon les haga el trabajo sucio. Prefiero estar loco a manejar esos bombazos.

[...]

En este punto, la novela de Barber empieza a fallar de mala manera. Sin el menor escrúpulo de conciencia, Kepler decide quedarse a vivir con los Humanos, renunciando para siempre a la idea de reunirse con su mujer y su hijo. Abandonando el tono preciso e intelectual de las primeras treinta páginas, Barber da rienda suelta a lascivas fantasías en largos y floridos pasajes, fruto de la desbocada lujuria masturbatoria de un adolescente. Las mujeres no parecen indias norteamericanas sino juguetes sexuales polinesios, hermosas doncellas de senos desnudos que se entregan a Kepler con alegre abandono. Es pura invención: una sociedad de inocencia paradisíaca poblada por nobles salvajes que viven en completa armonía con los demás y con el mundo. Kepler no tarda mucho en comprender que la forma de vida de ellos es muy superior a la suya. Se sacude las ataduras de la civilización decimonónica y entra en la edad de piedra, uniendo su suerte a la de los Humanos alegremente.

Página siguiente »