Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 4, 2012

Milorad Pavic. Diccionario jázaro.

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Anagrama, 1989. 314 páginas.
Tit. or. Hazarski recnik. Trad. Dalibor Soldatic.
Milorad Pavic, Diccionario jázaro
Lexicón

Mucho había oído hablar de este autor cuando me lo encontré en el sitio de intercambio habitual. Me lo llevé, me lo leí, y me dije ¿es para tanto? No he sido capaz de encontrar una reseña mala en la red. Aquí lo ponen muy bien: Diccionario jázaro, Novela léxico, de Milorad Pavic, aquí también: DICCIONARIO JÁZARO (EJEMPLAR MASCULINO) de Milorad Pavic, y aquí parecía que le iban a dar un palo, pero no: Libro: Diccionario jázaro, de Milorad Pavic . Hasta una amiga mía ha sucumbido a sus encantos: “Diccionario jázaro”: literatura en estado puro

El libro habla sobre los Jázaros (que existieron realmente) pero no. A través de diferentes entradas léxicas que provienen de tres fuentes distintas vamos construyendo la historia -o historias- que se cuentan. Literatura fragmentaria e hipertextual.

Pero a mí no me ha convencido. La estructura es innovadora, pero hoy en día, inmersos en internet, no nos parece algo novedoso (aunque en su momento lo fuera). Pero ni la prosa me parece de calidad, ni el montaje veo que conduzca a ningún sitio. Queda bonito pero ¿para qué? Tiene momentos buenos, a veces el autor se suelta la melena y entra algo de humor en las páginas -y tiene gracia- pero en general tira más para el tono trascendente y -en mi opinión- aburrido.

Calificación: Malo tampoco es que sea, pero no me ha gustado.

Un día, un libro (126/365)

Extracto:
»—No soy yo quien mezcla los colores, sino tu vista —me respondió-. Yo no hago más que ponerlos en la pared uno junto a otro en su estado natural, y el que mira mezcla los colores en sus ojos como si fuera una papilla. Ahí está el secreto. Quien sepa cocinar mejor la papilla tendrá el mejor cuadro, pero la papilla no será buena si se hace con alforfón. Por lo tanto es más importante creer en mirar, en escuchar y en leer que en pintar, en cantar o en escribir.
»Nikon tomó el azul y el rojo, los puso uno junto al otro para pintar los ojos de un ángel, y yo vi que los ojos del ángel se volvían violeta.
»—Cuando pinto es como si usase un diccionario de colores —añadió Nikon—, y el espectador compone con las palabras de ese diccionario las oraciones y libros, es decir, los cuadros. Así podrías hacer tú también al escribir. ¿Por qué no podría alguien componer un diccionario con las palabras que constituyen un libro y dejar al lector que cree por sí mismo la unidad?
»Nikon Sevasto se volvió entonces hacia la ventana y con el pincel señaló un campo delante de Nikolje, diciendo:
»—¿Ves aquel surco? No está hecho por un arado. Es un surco hecho por los ladridos de los perros…
«Permaneció un momento absorto en sus pensamientos y añadió para sí:
»—Si pinto así con la mano derecha siendo zurdo, ¿cómo pintaría con la izquierda? —Y pasó el pincel de la mano derecha a la izquierda…
»La noticia de este acontecimiento corrió por los monasterios y todos se horrorizaron convencidos de que Nikon Sevasto había vuelto con Satanás y que iba a ser castigado. Realmente, las orejas se le hicieron de nuevo afiladas como navajas, ¡de modo que todos decían que podía cortar un pedazo de pan con la oreja! Pero su habilidad siguió inmutable, con la mano izquierda pintaba tan bien como con la derecha y nada cambió, la maldición del ángel no se cumplió.


Un mar de nombres y direcciones de empresas ya inexistentes, de comerciantes y tiendas, irisaba a través de las viejas páginas de los diarios y el doctor Muavia se sumergió en ese mundo desaparecido como en una nueva generación salvadora, indiferente a sus dolores y preocupaciones. Una noche de 1971, una noche en la que los dientes le rebotaban en la cabeza como una letra del alfabeto, el doctor Muavia decidió responder a un anuncio de 1896. Escribió atentamente la dirección de una calle de la que ignoraba su actual existencia en Alejandría y envió por correo su solicitud. Desde aquella noche y durante todas las noches que siguieron, el doctor Muavia respondió a uno de esos anuncios de fines del siglo XIX. Montones de cartas salían hacia lo desconocido; y una mañana por fin llegó la primera respuesta. El remitente escribía que no disponía, a decir verdad, del producto francés Toutroule para la economía doméstica que el doctor Muavia solicitaba en su carta, pero le ofrecía en venta otra cosa. Y, en efecto, a la mañana siguiente se presentaron en la casa de Muavia, y en relación con el anuncio, una muchacha y un loro: cantaron a dúo una canción sobre zuecos de madera. Luego el loro cantó solo una canción en una lengua desconocida. Cuando Muavia preguntó cuál de los dos estaba a la venta, la muchacha le dijo que podía escoger. El doctor Muavia echó una ojeada a la muchacha… tenía ojos bellos y senos como dos huevos al plato. Una vez que salió del letargo, le ordenó a Asían vaciar un gran cuarto en el desván, puso en él un soporte de vidrio en forma de aro y compró el loro. Desde ese momento, a medida que llegaban las respuestas de los antiguos anunciantes, o mejor, de los desconocidos descendientes, iba llenando esa habitación. Allí se amontonaron numerosos muebles de formas raras y de uso incierto: una enorme silla de camello, un vestido de mujer con cascabeles en lugar de botones, una jaula de hierro para tener a los hombres colgados del techo, dos espejos de los que uno tardaba un poco en reflejar (el otro estaba roto) y un antiguo manuscrito que contenía un poema en una lengua y en un alfabeto desconocidos.

diciembre 6, 2011

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:36 am
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Anagrama, 2011. 324 páginas.
Roberto Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía
Universo Bolaño

Una de las dos reseñas que voy a enlazar comienza con esta frase:

Los lectores de Roberto Bolaño ya están acostumbrados a las publicaciones póstumas del autor, fallecido en 2003.

Si nos descuidamos vamos a tener más libros póstumos que publicados en vida. Claro, como lector desconfías de la calidad de tanta inmersión en los papeles de Bolaño. Sin embargo esta vez, aunque compré el libro casi a desgana, reconozco que no esta nada mal.

La novela se centra en Amalfitano, que ya aparecía en 2666, aunque aquí aparece desde una nueva óptica, partiendo prácticamente del descubrimiento tardío de su homosexualidad y su relación con un exalumno, Padilla, que escribe una novela llamada El dios de los homosexuales. También Arcimboldi, aunque muy distinto al libro anterior. Como novela inacabada tampoco puede decirse que haya una trama, aunque eso importe poco.

Si bien es mejor que El tercer reich (que todavía no he reseñado), la calidad media es menor que El secreto del mal. Hay partes (como la última) en los que se reconoce la pluma del último Bolaño. Otros, sin embargo, parecen escritos por un imitador; no sé si porque son de un Bolaño más joven (se supone que esta novela se escribe desde los años 80) o porque no están revisados.

Se incluyen las sinopsis de muchos libros de Arcimboldi, que no coinciden con los de 2666, ni tampoco el escritor, mucho mejor perfilado que aquí. Aparecen otras de las obsesiones de Bolaño; las enumeraciones, los poetas malditos, el arte (centrado en el pintor Larry Rivers).

Por hacerlo breve mejor que El tercer Reich, peor que cualquiera de sus grandes novelas, recomendable en cualquier caso a los admiradores del autor. Otras reseñas: Roberto Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía, Los Sinsabores del Verdadero Policía, de Roberto Bolaño

Calificación: bueno en general, muy bueno en ocasiones.

Un día, un libro (97/365)

Extractos:
[...]también dio cursos sobre Platón, sobre Aristóteles, sobre Boecio, sobre Abelardo, y comprendió algo que en el fondo sabía desde siempre: que el Todo es imposible, que el conocimiento es una forma de clasificar fragmentos. Después de eso dio un curso sobre Mario Bunge al que sólo asistió un estudiante.


Tenía un nuevo amante, un chapero de dieciséis años, sidoso y maravillosamente inconsciente, ay, quién fuera como él, suspiraba Padilla mientras la carta temblaba en las manos de Amalfitano. No trabajar en la editorial era una sensación fascinante que creía perdida. Vivir una vez más en la holgazanería, yo que vine a este mundo a veranear y a nada más. A veranear y a incordiar un poco.
Los días en Barcelona eran espléndidos. El Mediterráneo refulgía. La carta estaba escrita desde la terraza de un bar de las Ramblas. La gente pasea, decía Padilla, y yo estoy sentado bebiendo un whisky doble y soy feliz.

octubre 16, 2011

Ignacio Vidal-Folch. El arte no paga.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:32 am
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Anagrama Contraseñas, 1988. 118 páginas.
Ignacio Vidal-Folch, El arte no paga
Corrosivo

Mi admiración por Vidal-Folch comenzó con estos relatos, que antes de en este libro leí en la revista Star. La lista es la siguiente:

Ilíada
Mi visión del mundo
Una canita al aire
Lenin y Rasputín
Mensaje hallado en un coche
El amor a los tebeos
El arte no paga
Nostalgia
Mi amigo Hidalgo
Otoñal
Queda gente por detener

No tienen desperdicio. Todos son muy buenos, desde el desmadre sangriento de Una canita al aire hasta el retrato de la chica carne de secta de Queda gente por detener. Es muy raro que un libro despierte carcajadas, y este lo consigue. No solo no ha envejecido, sino que sigue siendo igual de actual.

Calificación: Indispensable.

Un día, un libro (46/365)

LENIN Y RASPUTIN
—un documento histórico—

Han transcurrido muchos años desde los acontecimientos que me dispongo a narrar, han fallecido todos sus protagonistas, y creo que ésta mi modesta crónica no entorpecerá los gloriosos logros de la Revolución. Y aunque los entorpeciera, ¡tampoco es cosa de ocultar al lector maduro cuan poco faltó para que el inmenso esfuerzo de la Revolución se malograra… por unas copas de más bebidas en una taberna de San Petersburgo, en el año 1916…!
Era tarde en la noche blanca de San Petersburgo. La campana de la catedral de San Pablo sonó diez veces con grave acento. Un viento glacial había despoblado la Perspectiva Nevski —la más bella arteria del mundo, según los testigos de la época— por donde avanzaba, con paso rápido y firme, un bolchevique vestido con modestia, bajito, de rasgos mongoloides, que lucía breve perilla y cuyos desordenados cabellos desafiaban al viento y al frío tremebundo.
El bolchevique se dirigía a la Taberna de Basili el Loco, donde tenía cita con otros revolucionarios, para, según las palabras que en aquel momento su mente bara-
m
jaba, «hacer de Rusia una bomba que estalle bajo las blandas posaderas del zar». ¿Y quién era ese misterioso bolchevique? El lector ya lo habrá adivinado: ¡Lenin!
Al empujar el portalón y entrar en la taberna, una algarabía de gallinero le sorprendió desagradablemente. Nuestro agitador había escogido «lo de Basili» por el carácter bohemio y pequefioburgués del tranquilo local, que hasta muy avanzada la noche mantenía las puertas abiertas al funcionario insomne, al estudiante expulsado de su buhardilla por papá Invierno y a los bebedores melancólicos.
Pero en lugar del silencio propicio a la conspiración, esto halló Lenin: cánticos, risas y el desafinado rasguear de una cítara se confundían con el tintineo de vasos y botellas, que los camaradas bolcheviques apuraban en torno a una robusta mesa de madera caucasiana, mientras un mujik de largas barbas, mirada hipnótica y aliento de mil demonios les subyugaba hablando por los codos:
—¿Bolcheviques son? ¡Hale, hale, ganapanes, que lo tienen facilillo! Porque Nicolás II nació… ¡el día de San Job! ¡Mal presagio es!… Si a eso le añaden ustedes que es el treceavo —¡el treceavo, amigos!— monarca de la dinastía Romanov, verán como el padrecito tiene encima la Mala Sombra… Recordad el día de la Coronación —prosiguió el müjik, tuteando confianzudamente a los revolucionarios—, cuando miles y miles de pajarracos, atraídos por la luz inusual de las farolas, se estrellaron contra ellas y dejaron la capital a oscuras… o la mortal avalancha en la explanada Kodhynka… contra esos signos del destino, mis hechizos poco pueden…
La entrada de Lenin interrumpió la chachara del mu-
jik. Los bolcheviques saludaron efusivamente al recién llegado:
—¡Buenas noches! ¡Buenas noches! —exclamó Bu-jarin.
—¡Bienvenido, camarada Vladimir! —dijo Zinoviev.
—¡Hola, Lenin! —gritó Stalin, sin soltar la cítara ni el vaso—. ¿Qué tal el exilio en Europa? ¿Fatal, no? ¿A que Rusia es el mejor país del mundo? ¿A que sí?
—¡Calla, imbécil! —le cortó Lenin; y dirigiéndose a otro bolchevique—: ¿Quieres explicarme qué significa esta juerga, camarada León? ¿Cómo es posible que mientras yo sufro las mil penalidades del destierro, vosotros creéis las condiciones objetivas para la Revolución… a base de alcohol, cítara y conversación con mujiks supersticiosos? ¡Viva la vida! ¿No? ¡Sólo os faltan ostras y champán!
—¡Buena idea! —dijo el mujik—. A mí me encanta el champán. Podríamos…
Lenin le hizo callar con un gesto imponente de la mano y se volvió al llamado León:
—¿Y bien? ¡Espero tu autocrítica!
—Verás, camarada Vladimir —contestó, cohibido, Trotski. (¡Sí, el tal León no era otro que Trotski, inventor del concepto sutil de «Revolución permanente»!)—. La culpa es del mujik. Nosotros estábamos aquí, echando aplicadamente pestes contra los reaccionarios, los mencheviques, el zar, cuando…
—¿Pero qué tenéis contra Nicolás? —interrumpió el mujik, perplejo—. ¡Si es un chico encantador! ¡A mí nunca me ha negado un favor! A mí, siempre…
Los bolcheviques callaron, horrorizados; no cabía duda: se hallaban ante un lacayo de la autocracia.
—…Por ejemplo —prosiguió el barbudo, ajeno al estupor que causaban sus palabras—. ¿Qué pasó cuando el primer ministro Kokostov quiso alejarme de la Corte? ¿Qué pasó? ¡Fue a por lana y salió trasquilado, amigos! ¡Nico le destituyó!… Y luego, lo de Makarov ¿no fue grande? Se chivó de las cartas que me enviaba la zarina. Nico agarró una buena rabieta, pero el que se las cargó fue Makarov. ¡Os digo que el zar es todo un tipazo!
—Pero vamos a ver, vamos a ver… ¿Quién diablos es este individuo? —bramó Lenin.
—Pues ya lo ves, camarada Vladimir —dijo Stalin—, un tipo muy salado que nos ha entretenido la espera con su charla. ¡Y la de cosas que sabe! ¿Verdad, cama-radas?
—Sí, creo que tendríamos que presentarnos —prosiguió el barbudo mujik—. Me llamo Grigori Yefimovich. —Y, siguiendo la costumbre siberiana, estampó un húmedo y sonoro beso en la boca de Lenin.
Este se mesaba horrorizado la perilla: ¡Grigori Yefimovich! ¡Dicho de otro modo, el malvado Rasputín! ¡Sí! ¡Allí estaba la Vanguardia, lo más granado de la futura Revolución rusa… en tertulia amable, en alcohólica camaradería con el consejero íntimo del Zar, con el Monje diabólico, con la Serpiente Lúbrica…! —y Rasputín le había dado un beso con tal sabor a corrupción zarista, con tal regusto a bota tiránica que oprime al pueblo, que, para borrarlo, Lenin hubo de apurar de un solo trago un gran vaso de vodka. Luego, encarándose a los bolcheviques, apostrofó con recia voz:
—¡Muy bonito, señores revisionistas! ¡Vanguardia de pacotilla! ¡Y tú, camarada Stalin! ¿Quieres dejar de tocar la cítara, imbécil?
—Sólo… sólo trataba de alegrar la reunión —balbuceó Stalin, lloroso.
-—Pero camaradas, ¿sabéis con quién estabais hablando? —gritó Lenin—. ¡Este feo barbudo es el perrito faldero de la Corona imperial!
Rasputín no podía dejar pasar aquel insulto:
—¡Despacio! ¡Despacio! ¡De perrito faldero, nada, señores! ¡De perrito faldero, nada! ¡A mí en la Corte se me respeta, yo soy un tipo importante en Tsarskoié-Selo! —y se contoneaba, satisfecho—. ¡Si hasta duermo con la zarina y sus hijas, en la mismísima cama de Nicolás!… ¿Os lo cuento?
—Cuenta, cuenta —le animaron Bujarin, Zinoviev, Trotski y Stalin, mientras Lenin, congestionado por la ira, trataba de templar sus nervios apurando otro gran vaso de vodka.
—Todo el mundo sabe —prosiguió Rasputín, satisfecho de recuperar el protagonismo de la reunión— que soy monje vidente y guía espiritual de los Romanov. Para que os hagáis una idea, a mí, en la Corte, me llaman Cristo… Bien, pues cierta noche se me ocurrió decirle a Alejandra —la zarina, ¿conocen?— que para ganar cielo hay que arrepentirse; y para arrepentirse, lo primero que hay que hacer es pecar. A Aleja le gustó el silogismo. Vi la ocasión propicia, le di un cachete en el culo y…
Stalin desbordaba estulta admiración:
—¡Caramba! ¡Así que te las llevas al catre con el cuento del pecado y la redención! ¿Y tragan?
—Todas tragan, muchacho; ¡desde la zarina hasta la última aldeana! —dijo Rasputín en tono confidencial—. Es infalible: mística y lujuria, la fórmula Khlyst… ¡Y te-
ner conversación, que en eso no cojeo precisamente! Escucha, escucha…
Y clavando su hipnótica mirada en el beocio Stalin, salmodió:
—El alma viva debe ser absorbida por el vampiro místico.
—¿A que es bonito? ¡Pues es frase mía! ¡Esta frase me la he inventado ya!
Stalin soltó cítara y botella, y cayó de hinojos, en trance ante Rasputín:
—¡Maestro! ¿Qué debo hacer para entrar en la secta de los Khlyst?
Trotski, algo mareado por el vodka, pero todavía lúcido, decidió poner orden:
—¡Alto, camarada! Recuerda que la religión es el…
—¡Iba a decirlo yo! —le interrumpió Lenin—. ¡La religión es el opio del pueblo, y hasta aquí podíamos llegar! ¡Levántate, imbécil, que nos vamos!… En cuanto al perrito faldero del zar, que se acueste con quien quiera: ¡La historia le condenará!
Y, en uno de sus proverbiales arranques de mal genio, Lenin volcó la mesa sobre el monje y los revolucionarios. Se levantó un formidable guirigay de ayes y quejas, y vasos y botellas estallaron contra el suelo en carcajadas cristalinas.
Rasputín, que pasaba los días temiendo y las noches pavorosamente soñando atentados contra su vida, interpretó el gesto de Lenin —mero efecto teatral para galvanizar a los suyos— como una mortal agresión: algo tuvo que ver el vodka en ello. El caso es que lanzándose sobre el pequeño —pero genial— revolucionario, le rodeó el
cuellito con sus enormes zarpas y empezó a estrangularle mientras ambos gritaban con voz de falsete:
—¡Socorro!
—¡Un atentado!
—¡Quieren matarme!
Trotski y el tabernero trataron vagamente de separar a los contendientes, pero el corpulento monje enloquecido no soltaba presa. Se mascaba ya la tragedia irreparable, cuando el portalón de la Taberna de Basili el Loco se abrió a un joven militar apuesto y elegante, vestido con uniforme de gala, chapado de condecoraciones, que, viendo la escena, interpeló así a Rasputín:
—¿Qué pasa, staretz? ¿Ya estás borracho y armando bronca? ¡Y yo que venía a invitarte a la fiesta que doy esta noche en mi palacio!… Pero ya veo que estás ocupado…
Rasputín se incorporó de un brinco, olvidando a Lenin:
—¡Qué dices! ¿Una fiesta?… ¿Estará Anouchka?
—Estará Anouchka, estará Nadia… y estará una hermosa dama que acaba de venir de París expresamente para conocerte… Anda, vamonos.
Rasputín se colgó del brazo del apuesto joven y bendijo apresuradamente a la parroquia.
—Vamos, vamos, príncipe… En un momento de enajenación he creído correr peligro…
Y blasfemando horriblemente —según su inveterada costumbre— salió de la taberna en el preciso momento en que Stalin empezaba a roncar…
Lo demás ya lo sabe la opinión pública: el apuesto joven no era sino el mismísimo príncipe Yusupov, que esa
noche, conjurado con otros aristócratas, asesinó a Ras-putín.
Su llegada fue, pues, doblemente providencial: por una parte eliminó al «Monje Infernal» cuyas torpezas libidinosas y cuya influencia parasitaria en la Corte de los zares tanto daño hizo al pueblo ruso.
Y por otra parte, salvó la vida de Lenin. ¿Qué sería, en efecto, la historia del siglo xx si uno de sus más preclaros motores hubiera muerto en una vulgar riña, en la Taberna de Basili el Loco?

octubre 12, 2011

Laura Freixas. Madres e hijas.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:21 am
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Anagrama, 1996. 240 páginas.
Madres e hijas
Cambiar la ley de los hombres

Mi mujer se estaba pensando comprar este libro en el mercado de San Antonio, cuando disipé sus dudas comprándoselo yo y pensando que si a ella no le gustaba igual me gustaba a mí. Como suele pasar lo leí yo antes y le dije que no lo dejara pasar. Que era muy bueno. La lista de los cuentos es la siguiente (sacada de aquí: Madres e hijas:

“Chinina Migone”, de Rosa Chacel (también aparece en el libro Sobre el piélago)
“Al colegio”, de Carmen Laforet (figura en la obra La niña)
“De su ventana a la mía”, de Carmen Martín Gaite (publicado por primera vez en Desde la ventana)
“Cuaderno para cuentas”, de Ana María Matute (viene del libro Algunos muchachos)
“Espejismos”, de Josefina Aldecoa
“Carta a la madre”, de Esther Tusquets
“Primer amor”, de Cristina Peri Rossi
“Ronda de noche”, de Ana María Moix
“La hija predilecta”, de Soledad Puértolas
“Cari junto a una motocicleta roja” de Clara Sánchez
“La niña sin alas”, de Paloma Díaz-Mas
“Ella se fue”, de Mercedes Soriano
“La buena hija”, de Almudena Grandes
“Mi madre en la ventana”, de Luisa Castro

La selección tiene una calidad sorprendente teniendo en cuenta que algunos están escritos para este libro, y que el tema es muy concreto: la relación entre madres e hijas. Ya conocemos las relaciones entre padres e hijos, pero la literatura sobre mujeres sigue siendo escasa. Como dice Laura Freixas en el prólogo:

Ante todo, y para disipar suspicacias, habría que decir qué consecuencias no parecen justificadas. No suscribimos la actitud políticamente correcta consistente en medir las obras de arte por el rasero de su representatividad respecto a un sexo, una clase social, una raza, etc. Al contrario, la calidad literaria radica en la capacidad del texto de conferir a lo particular una dimensión universal. Por eso puede interesarnos una novela japonesa o un poema épico medieval, cuyos aspectos anecdóticos tan ajenos nos resultan.
Pero hay otra cosa que buscamos, legítimamente, en los libros: ver reflejadas nuestras propias vivencias, incluidas las más particulares. Por eso, en vez de releer eternamente a los clásicos, leemos también, quizá inferiores literariamente, las obras de nuestros contemporáneos, de nuestros compatriotas o escritas por alguien de nuestro mismo sexo: porque deseamos ver representadas e interpretadas las circunstancias que compartimos con ellos. Por eso nos parece importante que exista una literatura judía o una literatura homosexual, por mucho que ni Kafka ni Proust puedan definirse exclusivamente en función de esas características.

Las circunstancias individuales del autor son sólo un factor más, que se añade a muchos otros, sociales, históricos, lingüísticos… No haría falta decirlo, si no fuera porque periódicamente alguien alega que la simple lectura de un texto no permite adivinar si ha sido escrito por un hombre o una mujer. El argumento es curioso. Parte (aunque sea para negarla) de una visión de la feminidad y la masculinidad como algo determinante, hasta el punto de que ni la sociedad, ni la historia, ni la individualidad pueden siquiera matizarlo. Es decir, la única feminidad que reconocería sería aquella según la cual todas las mujeres, desde una cortesana medieval japonesa hasta una intelectual británica de entreguerras, deberían escribir igual. Si no es así, dictamina, la feminidad en literatura no existe. Una concepción del género sexual, como puede verse, no sólo esencialista, sino francamente totalitaria.

Para acabar con la lista de todo lo que esta antología no defiende: no defiende una literatura beligerante y exclusivamente femenina o feminista, tan maniquea y artificiosa como toda literatura de tesis. No defiende una miti-ficación acrítica y victimista de todo lo femenino. Sí defiende un debate abierto sobre la literatura y el género. Sí defiende una aportación propia de las mujeres a la literatura.
Se podrá argumentar que antologías como la presente, y en general cualquier libro o colección exclusivamente femeninos, refuerzan el gueto. El argumento es digno de consideración, pero sopesados los pros y los contras, personalmente creo que ese gueto es, temporalmente, positivo.

Primero, porque fuera de él, las mujeres están muy lejos de ser ciudadanas de pleno derecho. Decíamos antes que en el mundo editorial de aquí y ahora las mujeres funcionan; hay que añadir que ese reconocimiento suele ir acompañado de cierta condescendencia (se las llama las chicas), y que si están presentes (aunque, insistimos, de forma muy minoritaria) en la publicación y en los premios comerciales, su reconocimiento académico es harina de otro costal. De la Real Academia están prácticamente ausentes, así como de la nómina de los grandes premios institucionales; y como ha mostrado Geraldine Nichols, las historias de la literatura española las ignoran o rebajan sistemáticamente.

Justificaciones aparte es uno de los mejores libros de relatos que he leído este año, la calidad es muy alta y muchos me han conmovido. Muy recomendable.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (42/365)

Extracto:

Cuatro, cinco, seis timbrazos se acompasaron a la lentitud de mis pasos como la más torpe música de danza, pero no corrí, me había prometido que no volvería a correr, y escuché sin apresurarme el séptimo aviso, y el octavo, mientras recordaba cuántas cosas se habían congelado antes que mi voluntad, la fe y el futuro, la alegría, la edad, toda esperanza, el amor y hasta las matemáticas. Yo amaba las matemáticas, y como cualquier converso a una fe rara, árida, sospechosa incluso por el reducido número de sus adeptos, experimentaba un placer extraordinario al reclutar nuevos fieles para mi templo de lógica y cifras, por eso me gustaba tanto enseñar, y en mi pequeña vida de enfermera perpetua no existía una emoción comparable al asombro que brillaba en los ojos de un crío cuando una luz desconocida se derramaba en su mente y me anunciaba, gritando casi, que de pronto había entendido el mecanismo de las operaciones con decimales, esas comas que a principio de curso ninguno era capaz de colocar en su sitio. Me gustaba enseñar, y preparar las clases, encontrar la mañera más fácil de explicar lo más difícil, inventar yo misma los ejercicios que propondría cada mañana, y nunca utilicé un libro de texto, nunca seguí los programas diseñados por el ministerio, utilizaba mis propios métodos y procuraba no mandar a los niños con deberes a casa, pero mi clase era, invariablemente, la mejor preparada de todo el curso, a pesar de que cargaba con todos los repetidores, con todos los tarugos, con los peores estudiantes del colegio, y a todos les sacaba partido porque ninguno era capaz de agotar mi paciencia, y los niños me querían, me sonreían, me besaban, venían a verme tres y cuatro años después de haber pasado por mis manos, y a mí también me gustaba verles progresar, verles crecer, contemplarles el último día del último curso, corriendo como locos, las notas en la mano, preguntándose por dentro cómo se las arreglarían con los profesores del instituto.

septiembre 26, 2011

Álvaro Pombo. El héroe de las mansardas de Mansard.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:01 am
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Anagrama, 1983.
Álvaro Pombo, El héroe de las mansardas de Mansard
Educación sentimental

Tenía ganas de leer algo de Pombo, convertido en personaje mediático -aunque no le siga por la tele. Encontrar de saldo este libro, que es el primer premio Herralde de novela, ahora todo un clásico, ha sido una suerte como lector y como bibliófilo.

En las mansardas de una casa bien se van desarrollando las múltiples historias que conforman este fresco de la alta burguesía de la posguerra. Su tía Eugenia sobrelleva como puede su juventud perdida en la carne pero no en el espíritu, Julián, contratado como criado pero que esconde un turbio pasado de sexualidad incierta, y frente a todo, Kus-Kus, el niño de la casa que sufrirá una acelerada educación sentimental.

Muy buen retrato, impecable escritura, sólidos personajes, y aún así me dejó un poco frío. Me ha mejorado en el recuerdo, pero me sigue sabiendo a poco.

Aunque al principio se me hizo un poco aburrido, remonta el vuelo y además de un estupendo retrato social nos dibuja unos personajes esclavos de sus pasiones que son intemporales, y que en un ambiente opresivo de represión moral malviven como pueden.

Agridulce y tierno.

Para compensar mi escaso comentario tampoco hay nada en la red. Algo aquí: Anika entre libros y aquí: Lecturalia

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (26/365)


Extracto:[-]

Una vez solo, Kus-Kús se encaminó a las dos salas de estar que tía Eugenia utilizaba. Era en realidad una única pieza, dispuesta extrañamente como en ángulo agudo, atestada de sillones, flores y almohadones, con las paredes cubiertas, sin dejar resquicio, de toda clase de fotografías y de cuadros. Y mesitas y escritorios donde figuraban los objetos más heterogéneos, que Kus-Kús conocía uno por uno. Se hablaba siempre de dos salas, aparte de por razón de la pronunciada angularidad de la habitación, porque tía Eugenia había interpuesto un par de grandes biombos de laca verdosa con dragones rojos y amarillos entre un lado y otro de la estancia… Y luego había la luz, sencillamente la luz desmesurada que parecían multiplicar los cristales de las litografías y grabados, de los espejos, las superficies pulimentadas y resbaladizas de los biombos y estanterías y mesitas y adornos, hasta convertir el lugar en una auténtica cueva de tesoros visuales, de zafiros… Kus-Kús se hundió en uno de los sofás, un sofá de terciopelo color crema, casi una cama, y donde, de hecho, él y su tía habían echado más de una vez la siesta en otros tiempos, cuando Kus-Kús todavía era un niño.

La señorita Eugenia —pensaba Kus-Kús, mientras esperaba que su tía entrara con el carrito del té— no tenía servicio y no tenía tampoco, en la cocina, buena fama. Se decía que recibía visitas siempre de hombres, .siempre sola, y al dependiente de ultramarinos «La Cubana» (un chico de ojos del más arrebatado terciopelo, pantalones ajustados, cinturón ancho y camisa blanca que traía a mal traer a todas las Josefas, sobre todo porque era reticente y según la Josefa de Kus-Kús, «muy suyo», que no soltaba prenda y nunca se sabía qué era qué para aquel chico ni si a la hora de la verdad era partidario de lo uno o de lo otro), a ese, precisamente, se decía que para recibirle tía Eugenia, cuando venía por la mañana prontito con el pedido, se ponía un camisón de seda negra con aberturas a los lados. Sí, de tía Eugenia, iba recordando Kus-Kús, se decía de todo: que si no fuera porque eran quienes eran sus parientes, sería una perdida, que si era natural con la educación que había tenido porque su padre fue republicano y se murió en un chalecito con jardín en las afueras de Toulouse, negándose a rezar el Padrenuestro… Que si todo provenía de que la picaba donde la picaba, como a todas, no iba a ser ella especial y que lo que hubiera debido hacer, cuando había tiempo —que ya no lo tenía—, era casarse y que ahora se había puesto así de gorda de comer y comer sin verse harta para consolarse de la falta de lo otro… Porque el caso era que tía Eugenia de joven tuvo un novio. Se enamoró de ella un chico altísimo, moreno, de ojos verdes, riquísimo además, un indiano, que pidió su mano por todo lo alto al mes y medio de salir con ella. Y ella estaba loca enamorada, tía Eugenia, de este chico. Llamaban la atención en todas partes. Y, lo que es la vida, el padre —que luego acabó como acabó— se cerró en banda y mandó al indiano a freír espárragos. Dicen que decía a voz en grito que antes de ver a una hija suya apareada con un medio mestizo y un negrero que le olía el aliento a sangre humana, prefería verla muerta o monja. Y claro, monja, sabiendo todo el mundo lo descreído y volteriano que era el padre de tía Eugenia, ya se sabe lo que significa. Y se pasó agosto y llegó el barco, el transatlántico, con lo cual el padre parece ser que ya contaba porque, para más señas, un mes antes de la petición de mano se le había visto yendo mucho a las oficinas de la Compañía Transatlántica y leyendo, como un zorro, la tabla de mareas del tablón de anuncios del Club de Regatas, mirar lo cual no servía para nada en ese caso. El barco hacía una escala de tres días, cuatro días como mucho, con lo cual parece ser que el padre no contaba, porque siendo más bien de tierra adentro —de Guadalajara, aunque notario, por oposición, de la plaza, donde casó con la que había de ser madre de tía Eugenia, al mes y medio de salir con ella; aquí el paralelismo espeluznante del cronometraje de los dos noviazgos, sobrecogía a todo bien nacido— creía que los barcos van y vienen por los mares con tanto desenfado como las tartanas o los trenes por La Mancha.

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