Cuchitril Literario

Mayo 28, 2007

Arthur Schnitzler. La senyoreta Else.

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Quaderns Crema, 1997. 105 páginas.
Tit. Or. Fräulein Else. Trad. Joan Alavedra.

SchnitzlerSenyoretaElse
Alma desnuda

Más Schnitzler cortesía de la biblioteca Joan Miró. El argumento del libro ya lo conocía gracias a Elsa Schneider de Sergi Belbel. Me gustó la obra de teatro pero no lo había leído.

La señorita Else está pasando unas vacaciones con -y a costa de- su tía. Todo parece ir bien hasta que recibe una carta. Su madre le comunica que su padre tiene unas deudas y que si no las paga podrá ir a la cárcel. Hay que conseguir el dinero. Por suerte en el hotel dónde está Else se encuentra von Dorsday, un amigo de su padre. Si Else pudiera pedirle el dinero seguro que von Dorsday es incapaz de negarse, siempre la ha mirado con muy buenos ojos…

Todo el libro es el monólogo interior de Else, narrado con tal maestría que uno no diría que lo ha escrito un señor con barba. Un retrato de la hipocresía de la sociedad dónde vive la protagonista, y la crueldad de su familia, que es capaz de enviarla a los brazos de un viejo para salvarse de la cárcel. Schnitzler compone con los breves trazos que vemos a través de los ojos de Else una galería de secundarios con vida propia.

Un libro, en definitiva, genial. De los que no se olvidan. Por la forma, por el fondo, y porque te toca la fibra. Ustedes no me ven, pero estoy haciendo la ola. Es muy breve, apenas cien páginas y es una obra maestra. Acantilado lo tiene en castellano: corran a comprarlo.

Escuchando: I need you. The Starlites.


Extracto:


—«Buona serà.» —Em diu «Buona serà.» Així, ara cal que, almenys, m’inclini. <;N'he fet massa? És molt més gran que jo! Quin caminar tan magnífic! <:Està divorciada? El meu caminar també és bonic. Però... ja ho sé. Sí, vet aquí la diferència. Un italià podria resultar-me perillós. Llàstima que aquell bru tan guapo amb aquell cap de romà ja hagi marxat. «Sembla un pinta», deia Paul. Déu meu, no tinc pas res a dir dels pintes, al contrari. —Bé, ja hi sóc. Número setanta-set. Un número de sort. Habitació bufona. Pi clar. Allà, el meu llit virginal. —Ara sí que hi ha VAlpenglühenl Però si Paul fos aquí l'hi negaria. Ben mirat, és tímid, Paul. Un metge, un ginecòleg! Potser justament ho fa això. Abans d'ahir, al bosc, llavors que vam passar tan endavant dels altres, hauria pogut ser més decidit. Això sí, li hauria anat malament. Decidit de debò ningú no ho ha estat mai encara, amb mi. Com a màxim al Wòrthersee, fa tres anys, al bany. i Decidit? No, indecent era, ve-t'ho aquí. Però guapo. L'Apol•lo del Belve-dere. No ho vaig comprendre del tot, aleshores. És clar, amb setze anys... La meva prada divina! La meva prada...! Si es pogués emportar a Viena! Boira lleu.,; Tardor? Sí, sí, tres de setembre a l'alta muntanya.

I bé, senyoreta Else, que no voldria decidir-se a llegir la carta ? Potser no té res a veure amb el papà. ^No podria ser, també, que parlés del meu germà? ,; Potser s'ha promès amb alguna de les seves ami-guetes? Amb alguna corista o amb alguna modis-teta. No és fàcil, però; és massa espavilat. En realitat el conec ben poc. Quan jo tenia setze anys i ell vint-i-un vam ser bastant amics un quant temps. M'havia parlat molt d'una tal Carlota. Després, tot de cop, va parar. Aquesta Carlota li devia fer alguna mala passada. D'aleshores ençà no m'ha explicat res més. —Vet ací la carta oberta i ni m'he adonat de com ho feia. M'assec a l'ampit de la finestra i la llegeixo. Compte!, que no caigui daltabaix. Ens comuniquen de San Martino que a l'hotel Fratazza hi ha hagut un accident lamentable. La senyoreta Else T., una bellíssima jove-neta de dinou anys, filla del conegut advocat... Naturalment, la gent diria que m'havia suïcidat per culpa d'un amor desgraciat o perquè estava embarassada. Amor desgraciat, ai no!

«Estimada filla.» —Abans que res vull mirar el final. —«Repeteixo, una vegada més, que no t'ho prenguis malament, estimada i bona filla meva, i rep mil i mil...»— Déu meu, <;no es deuen haver suïcidat? No, en aquest cas hi hauria un telegrama de Rudi aquí. —«Estimada filla, pots ben creure que em sap força greu haver de destorbar les teves belles vacances.» —Com si no hi estigués sempre...

Mayo 7, 2007

Arthur Schnitzler. Apuesta al amanecer.

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El acantilado, 2000. 148 páginas.
Tit. Or. Spiel im Morgengrauen. Trad. Miguel Sáenz.

SchnitzlerApuesta
Deudas de juego

Los que compramos de saldo estamos sujetos a lo que el azar nos dispone. Mucho clásico y ocasionales joyas. Pero cuando se nos mete en la cabeza algún autor, la única manera de sacarse el gusanillo sin arruinarnos son las bibliotecas. El descubrimiento de Schnitzler me ha hecho bucear en mi nueva biblioteca para ver que tenían y he encontrado dos nuevas perlas más.

El alférez Kasda recibe una visita inesperada. Un antiguo amigo, que fue expulsado del ejército, está en apuros. Ha ido sustrayendo dinero de la empresa donde trabaja y al día siguiente tiene una inspección. Si no restituye los mil florines lo pasará mal. Pero Kasda tampoco tiene esa suma, apenas le quedan 120. La solución pasa por arriesgarlos en una partida de cartas, para ver si es capaz de ganar lo que falta. Y gana. Pero el mismo azar que lo ha favorecido impide su partida -pierde el tren, no encuentra a unos conocidos- y vuelve a sentarse a la mesa de juego…

Lo empecé a leer antes de ir a dormir y casi lo dejo: me estaba poniendo nervioso. Uno empatiza con el protagonista y sus sucesivas rachas de buena y mala suerte te alteran también. El desenlace de la historia también tiene su miga.

No es el libro que más me ha gustado de Schnitzler, quizá porque el tema del jugador se ha tocado muchas veces, pero no cabe duda de que está muy bien escrito, que los personajes están muy bien dibujados y que se disfruta -o se sufre-. Se te quitan las ganas de jugar a las cartas.

Escuchando: La Lola. Café Quijano.

Extracto:[-]

Desde una columna de anuncios lo contemplaba un gran cartel amarillo de carreras y pensó en que, en aquellos momentos, Bogner debía de estar ya en Freudenau, en las carreras, y tal vez incluso ganando por sí mismo la suma salvadora. ¿Y qué pasaría si Bogner se callaba su suerte, para asegurarse además los mil florines que Willi, entretanto, ganaría a las cartas al cónsul Schnabel o a Tugut, el médico del regimiento? Bueno, cuando uno ha caído tan bajo como para meter la mano en una caja ajena… Dentro de unos meses o unas semanas, Bogner estaría otra vez probablemente en la misma situación que hoy. ¿Y entonces, qué?

Una música llegaba hasta él. Era alguna obertura italiana de un género semidesaparecido, como las que sólo tocan ya las orquestas de los balnearios. Willi, sin embargo, la conocía bien. Hacía muchos años se la había oído tocar a cuatro manos a su madre en Timisoara, con alguna pariente lejana. Él mismo nunca había llegado a poder acompañar a su madre al piano y, cuando ella había muerto ocho años antes, tampoco había tomado ya lecciones como hacía a veces, cuando los días de fiesta iba a casa desde la academia militar. A través del aire trémulo de la primavera, las notas sonaban suaves y un tanto conmovedoras.

Por un pequeño puente atravesó el turbio arroyo de Schwechat y, después de dar unos pasos, se encontró ya ante la terraza espaciosa y dominical-mente abarrotada del Café Schopf. Cerca de la calle, en una mesita, estaban sentados el alférez Greising, el enfermo, pálido y malicioso, y con él Weiss, el grueso secretario del teatro, con un traje de franela amarillo canario y algo arrugado y, como siempre, con una flor en el ojal. No sin esfuerzo, Willi se abrió paso hacia ellos entre mesas y sillas.

—Estamos hoy sentados de un modo muy disperso—dijo, tendiéndoles la mano. Y le resultó un alivio pensar que, quizá, no habría partida de cartas. Sin embargo, Greising le explicó que los dos, el secretario del teatro y él, sólo se habían sentado al aire libre para reunir fuerzas para el «trabajo». Los otros estaban ya dentro, sentados a la mesa de juego; también el cónsul Schnabel, que por lo demás había llegado de Viena, como siempre, en coche de punto.

Willi encargó una limonada fría; Greising le preguntó dónde se había acalorado tanto como para necesitar ya una bebida refrescante, y observó, sin transición, que las chicas de Badén eran guapas y de mucho temperamento. Luego contó, con expresiones no especialmente escogidas, una aventurilla que había iniciado la tarde anterior en el parque del balneario y aquella misma noche había llegado a su deseado final. Willi bebía lentamente su limonada y Greising, que se dio cuenta de lo que podía estar pasándole por la mente, dijo, como para responderle, con una carcajada breve:

—Así es la vida y hay que aceptarlo.

El teniente Wimmer de intendencia, que los ignorantes tomaban a menudo por oficial de caballería, apareció de pronto a sus espaldas:

—¿Qué se imaginan, señores, que vamos a bregar solos con el cónsul?—y tendió la mano a Willi que, a su estilo, aunque no se encontraba de servicio, había saludado marcialmente a su compañero de rango superior.

—¿Cómo van las cosas ahí dentro?—preguntó Greising desconfiada y desabridamente.

—Despacio, despacio—respondió Wimmer—. El cónsul se ha echado sobre su dinero como un dragón y también, por desgracia, sobre el mío. Así pues, al ruedo, señores toreros.

Los otros se levantaron.

—Tengo una invitación—observó Willi, mientras encendía un cigarrillo con fingida indiferencia— Sólo miraré un cuarto de hora.

— ¡Ja!—se rió Wimmer—. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones…

Marzo 27, 2007

Arthur Schnitzler. Relato soñado.

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Arthur Schnitzler. Relato soñado.
El Acantilado (Quaderns crema), 1999. 132 páginas.
Tit. Or. Traumnovelle. Trad. Miguel Sáenz.

SchnitzlerRelatoSoñado
Carnaval, te quiero

Descubrí a Schnitzler cuando leí La ronda. Me sorprendió la calidad y la modernidad de un autor a caballo entre el siglo XIX y el XX. Me dejó con ganas de leer más y he tenido la suerte de encontrar este libro. A medida que iba leyéndolo me di cuenta de que es el libro en el que está basado Eyes Wide Shut.

La trama empieza cuando Fridolin y su esposa, regresando de un baile de carnaval, intercambian confidencias. Ella le hubiera sido infiel con un oficial, él estuvo a punto de hacerlo con una joven…los relatos se interrumpen porque debe salir para atender a un enfermo. Durante la noche el médico se verá envuelto en una extraña aventura dentro de una sociedad secreta.

Me quito el sombrero, señores. Que pedazo de libro -nada que ver con la película, de la que nos ocuparemos en nuestra nueva sección audiovisuales. La trama es sencilla pero sugerente. Las inquietudes psicológicas de los protagonistas son sexualmente turbadoras, pese a que ni son infieles ni en ninguna parte del libro hay sexo. La historia de la sociedad a la que le lleva su amigo Nachtigall le da el punto de fantasía suficiente para que la ficción sea más interesante. Las historias de la hija del enfermo y la joven prostituta, tentaciones en el camino del protagonista, están narradas con mano maestra.

Olvídense del pelanas de Cruise, compren el libro y disfruten.

Escuchando: Sentencias. Traidores.


Extracto:[-]
Albertine, que acaso fuera la más impaciente, la más franca o más buena de los dos, fue la primera en encontrar valor para hablar abiertamente; y, con voz un tanto indecisa, le preguntó a Fridolin si recordaba a un joven que, el pasado verano, en la playa danesa, estaba sentado una noche, con dos oficiales, a una mesa cercana, recibió un telegrama mientras cenaba y al punto se despidió apresuradamente de sus amigos.

Fridolin asintió.

—¿Quién era? —preguntó.

—Lo había visto ya por la mañana—respondió Albertine—, en el momento en que él subía deprisa las escaleras del hotel con su bolsa amarilla. Me miró fugazmente, pero sólo unos escalones más arriba se detuvo, se volvió hacia mí y nuestras miradas se encontraron. No me sonrió; de hecho, más bien me pareció que su rostro se ensombrecía, y sin duda a mí me ocurrió lo mismo, porque me sentí conmovida como nunca. Durante todo el día permanecí echada en la playa, perdida en mis sueños. Si me hubiera llamado (pensaba saber), no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca. Precisamente esa tarde, te acordarás aún, ocurrió que hablamos con toda confianza de mil cosas, también de nuestro futuro común y también de la niña, como desde hacía tiempo no hablábamos. A la puesta de sol estábamos sentados en el balcón, tú y yo, y él pasó abajo por la playa, sin levantar la vista, y me sentí feliz al verlo. A ti, sin embargo, te acaricié la frente y te besé el cabello, y en ese amor mío por ti había al mismo tiempo mucha compasión dolorosa. Aquella noche yo estaba muy guapa, tú mismo me lo dijiste, y llevaba una rosa blanca en el talle. Tal vez no fuera casualidad que el extraño y sus amigos se sentaran cerca de nosotros. No me miraba, pero yo jugaba con la idea de aproximarme a su mesa y decirle: aquí estoy, mi esperado, mi amado… llévame contigo. En ese instante le trajeron el telegrama, lo leyó, palideció, susurró unas palabras al más joven de los oficiales y, rozándome con una mirada enigmática, abandonó la sala.

—¿Y luego? —preguntó Fridolin secamente, cuando ella se quedó en silencio.

—Nada más. Sólo sé que, a la mañana siguiente, me desperté con cierta angustia. Qué era lo que me angustiaba (que él se hubiera ido o que pudiera estar aún allí) no lo sé, y tampoco Ib sabía entonces. Sin embargo, cuando, al mediodía, siguió ausente, respiré aliviada. No me preguntes más, Fridolin, te he dicho toda la verdad… Y también tú tuviste en esa playa una experiencia parecida… lo sé.

Fridolin se levantó, recorrió la habitación varias veces de un lado a otro y dijo luego:

—Tienes razón. —Estaba de pie junto a la ventana, con el rostro en la oscuridad. —De mañana— comenzó a decir con voz velada, un tanto hostil—, a veces muy temprano aún, antes de que tú te levantaras, solía caminar a lo largo de la orilla, saliendo del pueblo; y, aunque era tan pronto, el sol lucía ya claro y fuerte sobre el mar. Allí en la playa, como sabes, había pequeñas villas que se alzaban como pequeños mundos independientes, algunas con jardines rodeados de vallas, otras sólo rodeadas de bosque, y las casetas de baño estaban separadas de las casas por la carretera y por un trozo de playa. Rara vez encontraba a nadie a esa hora tan temprana; y bañistas no se veía a ninguno. Una mañana, sin embargo, divisé de pronto una figura femenina que, hacía un momento invisible todavía, estaba de pie en la pequeña terraza de una de las casetas de baño le

Junio 9, 2005

[*] Arthur Schnitzler. La Ronda.

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Institut del teatre de la Diputacio de Barcelona, 1987.
Tit. Or. Der Reigen. Trad. Carme Serrallonga. Adap. Feliu Formosa. 110 pág.
(10 personajes, 5 hombres y 5 mujeres)

El amor une al mundo

Sigo con las obras de teatro que compre por docenas, y me encuentro con un autor al que desconocía totalmente pero que me ha dejado boquiabierto. Una obra escrita en 1896, pero que conserva una frescura, una originalidad, una fuerza y una calidad asombrosa.

Estructurada en escenas de dos personajes, nos muestra una ‘ronda’ de amantes donde cada persona hace doblete; así, el soldado que tiene relaciones con la prostituta de la primera escena, aparece en un baile con una criada en la segunda escena. Ésta se acostará con el señorito de la casa donde sirve, el cual, a su vez, tiene una aventura con una mujer casada. El marido de ésta ‘liga’ con una jovencita que está liada con un dramaturgo, que a su vez es amante de una actriz, que es mantenida de un conde, que, en un día de borrachera, aparecerá en la cama de la prostituta cerrando así el círculo de enredos amorosos.

Increíblemente liberada para una época tan pacata, no ha envejecido en absoluto y me hubiera gustado ver el estreno en el Romea -con un plantel de actores excelente-, porque es obra para disfrutar en escena. Si por casualidad la vez anunciada por su ciudad, no lo duden. Todo un descubrimiento.

(Un día, un libro 59/365)
Escuchando: ‘No quise hacerle daño’, Albert Plá