Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 24, 2011

Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

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Espasa-Calpe, Austral, 1940, 1943, 1944, 1946, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Héroes románticos

Si quieres leer a los clásicos, nada como las librerías de viejo. Siempre encuentras algo a buen precio, yla colección Austral es todo un referente. Tenía ganas de hincarle el diente a Lord Byron, al que conocía de oídas.

Son cuatro historias repletas de hazañas bélicas heróicas, de personajes desgarrados, de venganzas temibles, de amores pasionales, de traiciones, de misterio… el romanticismo, en resumen. De la valentía de ese corsario noble al origen de la habilidad para cabalgar de Mazeppa, los personajes que agitan estas páginas son todo menos aburridos.

La prosa también es exquisita, y muy adecuada para las acciones que describen. Pero si tengo que ser sincero tanta batalla y sentimiento exarcebado me han cansado un poco. La experiencia ha estado bien, pero no creo que repita. Será que no soy un romántico.


Extracto:[-]

VIII

En el momento le distingue en lo fuerte de la pelea, rodeado de cadáveres sangrientos, separado de los suyos, vendiendo cara su derrota, perdiendo su sangre por las heridas que ha recibido, no pudiendo encontrar la muerte, y finalmente, prisionero para expiar todos los males que había hecho.

Se le conserva la vida; pero es para hacerle padecer, mientras que la venganza invente horribles tormentos: se detiene su sangre, pero es para hacérsela derramar después gota a gota, porque Selde quisiera verle siempre moribundo. ¿Era éste el hombre que ahora poco marchaba triunfante, y que se hacía obedecer con solo un movimiento de su mano ensangrentada? El mismo es, desarmado, pero no abatido, sintiendo solamente haber conservado la vida. Sus heridas-son demasiado leves, aunque hubiera besado con mucho gusto la mano que se las hubiera hecho mortales. ¿Es posible que ningún golpe haya terminado sus días, cuando todos los que él ha dado han causado la muerte? ¡Ah!, ¡con cuánta amargura siente los rigores de su inconstante fortuna, cuando las amenazas del vencedor anuncian los suplicios espantosos en los cuales van a expiarse sus crímenes!; pero el orgullo que ha guiado su brazo le ayuda a disimular. La feroz compostura de su rostro le da más bien el aire de vencedor que el de cautivo. Sin embargo, de haber agotado sus fuerzas por los trabajos de la jornada y por la sangre que ha perdido, hay muy pocos entre los que le rodean, cuyas miradas manifiestan tanta tranquilidad como demostraban las suyas. Aquellos a quienes su brazo había contenido empezaron a animarse y a hacer oír sus cobardes clamores; pero los valientes que lo han visto de cerca no insultan al que les ha hecho temblar, y los guardias feroces que lo conducen le admiran en silencio, penetrados de un terror secreto.

IX

Se hace venir un médico, pero no es la piedad la que lo llama; se quiere saber lo que podrá resistir la vida de que goza todavía Conrado. Se le encuentran bastantes fuerzas para cargarle de hierro y para esperar que no será insensible a los dolores. Mañana, si, mañana debe ser al ponerse el sol cuando se dará principio al suplicio del palo, y al regreso de la aurora sus verdugos irán a ver el efecto de sus tormentos; se escogió el más largo y el más cruel, el que reúne a todas las angustias, la de una sed que la muerte retarda en apagar, mientras que los cuervos hambrientos revolotean alrededor de la estaca fatal. “¡Agua!, ¡agua!”, exclama el desgraciado. El odio se la niega, porque si bebe muere al momento.

Ésta es la muerte que se prepara al arrogante Conrado. El médico y los guardias le han dejado solo con sus cadenas.

octubre 27, 2010

Ramón del Valle-Inclán. La corte de los milagros.

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Espasa-Calpe, Austral, 1961. 250 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, La corte de los milagros
Retablo barroco

Sigo deslumbrándome con Valle-Inclán. Compré esta edición típica de Austral por cuatro duros y me he quedado con la boca abierta.

Ambientada en la corte de Isabel II el argumento es la sucesión de historias y ambientes que se van trazando. Desde las interioridades de la corte, hasta la historia de un secuestro por parte de los típicos bandidos andaluces, pasando por las calaveradas de unos jóvenes bien a quienes sus papaítos consienten incluso el asesinato -siempre que se trate de un don nadie. De fondo, la preocupación por la muerte del general Narváez y los cambios que pueda ocasionar en una época tan convulsa.

Valle-Inclán pinta al aguafuerte. Los personajes no son esperpentos, pero dibuja una realidad tan cruda que pueden parecerlo. Lo mejor, el lenguaje. Rico en vocabulario, que recorre diferentes capas de la sociedad y en sintaxis, próxima a la poesía.

Es lo bueno que tiene ser un inculto. Te permite descubrir la sopa de ajo y caer rendido ante su sabor. Ni que decir tiene que seguiré con el resto del ruedo ibérico.

Aquí tienen unos fragmentos escogidos:

Ante el asesinato de un guardia por un pimpollo:

¿- Querido papá, debes comprender que ha sido una fatalidad y que me estás desesperando. El espectro del guardia no se aparta de mis ojos. ¡Acabaré por pegarme un tiro!
— ¡No lo tomes tan por lo trágico!
Y todo el flaccido sentimiento paternal del repintado vejestorio se desbarató en una fuga de gallos. Gonzalón hacía la escena como los actores sin facultades, en un tono medio de monólogo y aparte, con un gesto aguado y una acción desarmónica, puesto ante el espejo, para ladearse el calañés. Asomó Toñete:
—El Inspector volverá dentro de dos horas, pero dejó guardias en el zaguán.
Suspiró el Marqués:
— ¿Se les podrá cegar?
Se mostró docto en el humano saber el criado:
—Cuestión de guita.
Se lanzó afligido el Marqués:
— ¿Con mil duros será bastante?
Le miró el criado como a un doctrino:
— ¡Y con veinte!
Se conmovió el vejete:
— ¡Pobrecitos! Veinte no es nada. Si lo arreglas con veinte, dales cincuenta.
— ¡A quien habrá que arreglar con algunos miles será a la viuda del cadáver!
Todos comprendían que debía costar algunas pesetas el consuelo de aquella mujer ronca y desconocida, que acaso clamaba maldiciones en un barrio lejano, ante el cadáver del guardia.

Las desigualdades:

— La Ley de Dios es la igualdad entre los hombres. ¡Vaí diferencia del robo que supone la riqueza, sustentándose sobre el trabajo del pobre, y la justicia qué nosotros hacemos rebajando caudales!
T-¡Ésa es la chachipé!
La sombra del tullido se alargaba. Proseguía el Viroque: I
— Yo he rodado por todos los cortijos de esta tierra, y en todos ellos roban al trabajador, que deja la vida en los campos y no come.
El cachicán molía su sonrisa de viejo cazurro en un rincón de la boca:
— El trabajador, hoy en día, tiene hasta vicio. Yo conozco! lo que pasa, sin que ello valga para contradecir que haya mucha avaricia en el señorío. Por eso, nuestra obligación es, atender a la rebaja de caudales.
—El mundo está muy descompuesto, y hay que arreglad ¡Unos tanto y otros tan poco, no está bien!
— ¿Qué méritos pone el que hereda?
— Ser hijo de su padre.
— ¡Y muchas veces no serlo!
— Un mundo bien gobernado no permitiría herencias. A1M todos a ganarse la vida, cada cual en su industria. ¡Ya subirían los más despiertos! Dende que se acabase la herencia( se acababan las injusticias del mundo. Y como el dinero agencia el gobernar, los ricos que truenan en lo alto, todo lo amañan mirando su provecho, y hacen de la ley un cuchillo contra nosotros y una ciudadela para su defensa. ¡Si a lo»
ricos no les alcanza nunca el escarmiento, por fuerza tienen que ser más delincuentes que nosotros! ¡Con la salvaguardia de su riqueza se arriesgan adonde nosotros no podemos! Confirmó la tuerta:
— ¡Y cuando se puede es por algún padrino que nos asegura!
Clavó su aguijón el tullido:
<-Se puede robar un monte y no se puede robar un pan. i ¡Eso es la España! Y el caso aconteció en Doña Ximena: Tío Belona, cuando fue alcalde, se quedó con el monte de Peral-vülo. ¡Sembrado de olivar lo tiene!

Típico final de capítulo:

Toñete asintió pasando la navaja por el cordobán. Eran palabras mayores, palabras escandidas con una claridad tipográfica de libro escolar, redondeadas, pulimentadas en un fluir de conceptos y deberes, intuidas con la palmeta del dómine. El ayuda de cámara’sentía la retórica como un papanatas.

La muerte a través del ataud de la difunta:

— Te pondremos a dormir en ella. Retrucó el jayán:
— Puede usted revenderla o rifarla. Encapotóse el viejo:
— O esperar a morir, que a mis años no será muy larga la espera.
—Tío Juanes, si usted la rifa, yo le tomo una papeleta, que| estoy viendo cómo se nos va la güela.
Murmuró el cachicán, perdido en adusta cavilación: —Niño, échala a cuestas, que llegado el caso lo trataremos. • Las voces agorinaban esparcidas en la niebla crepuscular. Silbaba en su olivo el mochuelo. El ataúd vacío navegaba bajo la luna, en el alterno rumor de las voces:
— ¡Pagó con la suya!
— ¡Es el camino de todos!
— ¡Ninguno se excusa!
— ¡Así es! Nacimiento dice muerte.
— ¡Desgracia de aquel a quien no quiere la muerte!
— ¿ Por qué desgracia ? i |
— Se cansará de ver duelos.
— ¿Y si le esperaba suerte más negra? Por muy grandes que sean los trabajos de esta vida, nunca se igualan con los trabajos del infierno.
—El pobre, por lo tanto, como aquí pena, tiene ganada la Gloria de Dios. Si así no fuese, sería cosa de matar en una noche a todos los ricos.
— ¡Pues tarda ese tiempo!
— ¡Están anunciadas revoluciones!
— ¿Y coníeremos los pobres?
— ¡Si no comemos, bailaremos!
—Acuérdate del canto: Baila y no,, cenes, verás a la mañana qué cuerpo tienes.
— ¿Sabes que hedía la difunta?
— ¿ Y qué extrañeza ? ¿ Cuántos días estuvo la finada sin recibir tierra, Tío Juanes?
—Pues, hijo, lo que va de un sábado a un viernes. —Siete días.
— ¡Justamente! Y de tener sabido que a la fin iría con soguilla, no habríamos tardado ese tiempo.
__¡Así es! Poca dura tuvo la puente.
__¡Y tan poca! Dos años. Ya andaba la difunta con su mal. __¡No le tocó pasar la puente ni de viva ni de muerta! .-¡Chascos del mundo! ¿Por cuántos años estaremos sin
¡Por siempre jamás!
— ¿Quiere decirse que todos tendremos Soguilla?
— ¡Y qué te importa si no lo sientes!
ge oía remoto el trote de cuatro muías. Brillaban a lo lejos, rasgando el olivar, los faroles de un coche, y los cascabeles ¿el atalaje despertaban los ecos del campo como una encendida orquesta de grillos.

La política, siempre igual:

— ¿ Parece ser que en esta tierra abundan los partidarios! de Don Carlos?
— No falta gente de buenas ideas, pero también hay algunos republicanos. Esta tierra es a tenor del resto de España. Negros y blancos que se guían de sus principios, y los cucos, que comen y roban al amparo de todos los Gobiernos.

Descárga las obras de Valle-Inclán aquí:

Obras de Valle-Inclán

noviembre 23, 2009

Ramón del Valle-Inclán. Divinas Palabras.

Filed under: Teatro — Palimp @ 9:37 am
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Espasa Calpe colección Austral, 1961, 1996. 174 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, Divinas Palabras
Tragicomedia de aldea

A veces ocurre: te gusta un autor pero se te escapa un libro. No estaba seguro de haber leído Divinas palabras pero no me iba a hacer mal releerlo. Lo bueno de los clásicos es que en cualquier biblioteca te los encuentras.

El argumento se encuentra en la Wikipedia: Divinas palabras. Aunque es una obra de teatro, es difícil de representar -y por lo visto así le gustaba a valle-Inclán que fuera. Hay una adaptación al cine que colgaré un día de estos. La acción gira alrededor de Laureaniño el Idiota, un enano que se reparten Pedro Gailo y su hermana Marica del Reino para ganar dinero exhibiéndolo.

¿Por qué el nombre de Valle-Inclán no está al lado de otros grandes de la dramaturgia mundial del siglo XX? Que alguien me lo explique porque no soy capaz de entenderlo. Seguro que se ha escrito mucho y bueno sobre esta obra pero mi impresión como lector más o menos inocente es de asombro y maravilla. La prosa, magnífica. La historia, intensa. El conjunto, embriagador y amargo.

Lo empecé como por obligación y me he encontrado un tesoro.

Descárgalo gratis:

Ramón María del Valle-Inclán – Divinas palabras.pdf


Extracto:[-]

San Clemente. El atrio con la iglesia en el fondo. Pasa entre los ramajes el claro de luna. Algunos faroles, po­sados en tierra, abren sus círculos de luz aceitosa en torno al bulto de la difunta, modelado bajo una sábana blanca. Los aldeanos del velorio —capas y mantillas— beben aguardiente al abrigo de la iglesia. El murmullo de las voces, las pisadas, las sombras tienen el sentido irreal y profundo de las consejas.

pedro gailo.—Desde el momento primero, yo fui en decir que la difunta finó por haber bebido de alguna fuente ponzoñosa, pues ya van muchas desgracias en ganados y cristianos así aparejadas.

mari-gaila.—Y el engendro bebió algún trago de la misma agua, pues todo se derramó, con perdón, en las pajas. Fue menester lavarlo como a un niño de teta. ¡Y si supieseis qué completo es de sus partes!

marica del reino.—¡Calla, cuñada! Poco tendrás que renegar de tales trabajos, que yo me hago cargo del carretón.

mari-gaila.—¡Ahí está su hermano! Con él te go­biernas, Marica.

marica del reino.—¿Qué tienes tú que deponer, hermano mío?

pedro gailo.—Los brazos de un hombre llevan me­jor cualisquiera carga.

marica del reino.—La voluntad de la difunta era encomendarme el cuidado del carretón. ¡Declarado me lo tenía!

mari-gaila.—¿Dónde están los testigos, Marica?

marica del reino.—Con mi hermano hablaba.

mari-gaila.—Pero yo te escuchaba.

marica del reino.—¡Ay si la difunta pudiera decla­rar su voluntad!

pedro gailo.—¡Habla tú, difunta hermana mía! Ha­bla si era tu intención negar la ley de familia.

la tatula.—No esperes te responda, que la muerte no hila palabras.

el pedáneo.—Tiene sin aire el fol, y no hay pala­bra sin aire, como no hay llama.

pedro gailo.—Pero se obran prodigios.

el pedáneo.—En otros tiempos, que en éstos al ca­rro de la muerte ninguno le quita los bueyes.

marica del reino.—¡Y todo este hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales!

mari-gaila.—No habrá pleito si tú respetas el dere­cho del que nació varón.

marica del reino.—Consultaremos con hombres de Ley.

el pedáneo.—¡Como lleguéis a la puerta del aboga­do, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si fuese a daros mi dictado, a ningu­no había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la Ley!

mari-gaila.—¿No llama al hermano varón?

el pedáneo.—Las voces de la Ley tú no las al­canzas.

mari-gaila.—¡Pero aquí hay alguno que sabe la­tines!

el pedáneo.—A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si no habéis de seguirlo, ¡para qué escucharlo!

marica del reino.—Te pedimos tu consejo, y cum­ples con darlo.

el pedáneo.—Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo.

la tatula.—Tampoco había pleito.

el pedáneo.—Pues si solamente deja uno, también habéis de repartiros la carga que represente.

la tatula.—No es carga, que es provecho.

el pedáneo.—Son bienes pro indiviso, que dicen en juzgados.

mari-gaila.—¡Ay Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón! Zueco en dos plantas, ¿dónde irás que lo veas?

el pedáneo.—Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente.

una mocina.—Mi padre muele doce horas en el mo­lino de András.

marica del reino.—Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias, deter­minados los días.

el pedáneo.—Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maqui­la, y el otro, de jueves a sábados. Los domingos van al­ternados.

la tatula.—Así no había pleito.

marica del reino.—A ti corresponde hablar, her­mano mío.

pedro gailo.—Lo que propone aquí este vecino hon­rado es un consejo, y a nosotros cumple tomarlo o de­jarlo. Mi sentir ya está manifiesto, el tuyo debes de­clararlo.

marica del reino.—Mi sentir está con el tuyo, y de ahí no me descarrío.

mari-gaila.—Retuertas vienen esas palabras.

marica del reino.—Claras como el sol.

el pedáneo.—Veremos si yo marcho por tus cami­nos, Marica del Reino. A mi ver, con tales palabras quieres significar que te avienes con aquello que se avenga este tu hermano.

marica del reino.—¡Claramente!

el pedáneo.—¿Y tú qué respondes, Pedro del Reino?

mari-gaila.—Este bragazas se conforma al respec­tive.

el pedáneo.—Pues muera el cuento.

marica del reino.—Por manera que tres días el Carretón al cargo mío y otros tres al cargo de mi cu­ñada.

el pedáneo.—El domingo es el indiviso.

la tatula.—Ya tenéis hechas las partijas, sin pe­ritos.

mari-gaila.— Hay que cumplimentarlo bebiendo una copa. Cachea por el caneco del aguardiente, marido.

pedro gailo.—Míralo a la ventana tuya, arrimado a las parihuelas de la difunta.

mari-gaila.—Y hay que darle una copa al baldadiño.

el pedáneo.—¿Lo cata?

mari-gaila.—Y se relame. Veréis vosotros cómo no se conforma con una. Está imbuido en la bebida.

la tatula.—Tantas lluvias y soles por caminos… Sin ese reparo moría.

mari-gaila.—¿Quieres echar una copa, Laureano?

la tatula.—Amuéstrale el caneco, que por palabras no saca el sentido.

noviembre 6, 2009

Wenceslao Fernández Flórez. Las Siete Columnas.

Filed under: Novela — Palimp @ 8:34 am
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Editorial Austral, 1942, 1943, 1946, 1952 y 1962. 230 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Las Siete Columnas
El pecado mueve el mundo

Ya llevo reseñados en este cuchitril unos cuantos libros de Wenceslao fernández Flórez y este no es de los mejores. Si Las gafas del diablo rebosaban de humor socarrón, en esta novela el humor está teñido de amargura.

El argumento es parecido al de La fábula de las abejas (cuya existencia descubrí hace unas semanas accidentalmente). No son los buenos propósitos los que hacen que el mundo progrese, sino los malos. Los siete pecados capitales son las columnas en las que se asienta el mundo. Cuando el diablo se compromete a erradicar el pecado del mundo el resultado no es el esperado.

No deja de ser curiosa la semejanza que tiene un mundo sin pecado en el que la economía se hunde con la situación actual de crisis. Algo de cierto habrá en que el consumismo es el que ha alimentado el progreso.

Tiene fragmentos con mucha retranca y crítica, de los que destaco los siguientes. Contra las guerras coloniales; si no hay héroes porque no hay guerra ¿Qué se puede hacer?:

La rebelión de los malamitas vino, por fortuna, a quebrantar nuestro ma rasmo. Entonces se vieron los gobernantes en la necesidac de administrar con escrupuloso cuidado esa guerra llovida del cielo. Todo el ejército, harto de los ascensos por es calafón, quería ir a batirse; pero los malamitas no son más que seis mil, incluyendo ancianos, mujeres y niños; j si cayesen sobre ellos todas nuestras fuerzas, quedarían aniquilados en una sola jornada. ¿Cómo era posible satisfacer con tan pobre bocado el apetito beligerante de un millón de hombres en pie de guerra? La solución honra a nuestros políticos. Cien mil soldados marcharon a pelear; cuatrocientos mil fueron con ellos para llevarles municiones, comprar vituallas, recoger los heridos, cocina, construir barracones, hacer fotografías, instalar aparatos, guiar automóviles, instruir sumarias. Los quinientos mil restantes permanecieron en la metrópoli haciendo las cuentas del gasto. Fue una intachable distribución que permitió a todos satisfacer el patriótico afán de tomar parte en la contienda. Pero aun así quedaba algo muy importante que resolver, y era la acción belicosa de los cien mil guerreros. Hubo que dosificar los choques. Cuando yo tomé, con mis muchachos, el monte de los Buitres, el resto de las tropas permaneció en una forzosa holganza, porque yo había monopolizado el enemigo, poco numeroso por entonces. Durante una semana esa quietud se rompió con la organización de los convoyes. ¡Hermosos convoyes, caballeros! Venían con cada uno de ellos varios generales y la banda de música; el café nos lo servía otro convoy no menos lucido e imponente. Al octavo día recibí, con la noticia de mi ascenso a capitán, la orden de abandonar el monte. Nos replegamos. Un mes después, la compañía que mandaba el hijo del generalísimo tomó nuevamente la posición. Se concedió otro ascenso. En fechas posteriores la ocuparon tres comandantes y cinco coroneles.

Hay que disfrutar más de la vida y no ser excesivamente religioso:

»Plugo al Altísimo la respuesta, pero insistió amorosamente:

»—¿Cómo juzgaste a los humanos?

»—Siempre los creí, Señor, viles criaturas, manchadas por el lodo del pecado, revolcándose en sus propias miserias, ignorantes de su infinita pequenez y de su maldad enorme.

»—Sí, sí —asintió Dios, paternal, sin ira—; es tremenda esa gente, es incorregible. Pero, sin duda, existen entre ellos seres hermosos y gallardos capaces de inspirar una sana admiración.

»—Pequeños bienes son los de la belleza y la gallardía, Señor, que envanecen a quienes los poseen y que el tiempo o una enfermedad destruyen.

»—Verdad es. Mas acaso entre tus amigos haya habido un alma noble, un espíritu inteligente…

»—Señor, yo he leído en El Kempis: «El que se aparta de sus amigos y conocidos consigue que se le acerquen Dios y sus ángeles.» Yo he renunciado al engañoso trato de los hombres.

»—¿Y el mundo? —inquirió Dios, como si se tratase de cambiar de tema—. ¿La Tierra misma? ¿Qué te pareció?

»—Valle de lágrimas, patria de afligidos, palenque de luchas, celda de mortificación…

»—Sin duda…, sin duda… Pero hay también algunas cosas:’ una puesta de sol, las flores, ciertos paisajes…

»—Yo he elegido para pasar mis días un lugar tan árido que ni la hierba acertaba a crecer. »—¿Por qué has elegido así?

»—¿Para qué buscar alegrías transitorias, Señor? Yo no apetecía más que arroyos de lágrimas para lavarme y Purificarme en ellos.

»—Y la fruta azucarada y madura, ¿no merece tu elogio? ¿No has clavado nunca tus dientes con delicia en la pulpa de un melocotón sazonado?

»-—He comido las negras hogazas y he repetido muchas veces la conmovida súplica del Profeta: «Dame, Señor, a comer el pan de lágrimas y a beber en abundancia el agua de mis lloros.» Siempre estimé los deleites del paladar como una puerta para la tentación.

»—Sí…, pero… no tanto, no tanto…

»—Observé abstinencias rigurosas, no salí de entre los muros de mi convento, no serví a mi cuerpo ni aprecié ninguna pompa mundana.

»—Bien, pero… no tanto, no tanto…

»—Conocí, al través de muchas meditaciones, cuánto hay de aflictivo en la miseria de vivir en aquel bajo mundo.

»—¡Basta! —ordenó Dios.

»Y al resonar el divino mandato, enmudeció todo el Universo, y la excelente abadesa humilló su empavorecida figura. La voz del que todo lo puede volvió a sonar, entre compasiva e indignada:

»—¡Infeliz mujer! —dijo—. ¿Cómo te atreves a juzgar así lo que es mi obra? Sólo has creído encontrar en la tierra negrura, maldad, y dolores, y lágrimas. Siempre lágrimas: arroyos, lagos, océanos de llanto. Has cerrado voluntariamente tus ojos a lo que hice de bueno, y de bello, y de gustoso, y de amable, porque supiste que por ser hermoso y grato era pecador. ¿Cómo puedes denigrar mi creación sin pensar que me denigras? Vuelve al mundo otra vez. Conócelo. Ama a un hombre, cuida una flor, gusta un fruto, llena tu corazón, hasta que rebose de cariño a todo lo creado, desentraña y comprende la belleza lúe hay en la vida, la alegría que existe en vivir, y retorna entonces. He ahí mi sentencia.

»Y la buena mujer se encontró de pronto empequeñecida y sonrosada, pataleando entre las sábanas de una cuna, otra vez en la Tierra, para comenzar la existencia decretada.»

La receta infalible para solucionar los males del mundo:

.—Se nos dirá —continuó Truffe, dominando a los interruptores— que también es un vicio la gula. ¿Qué hemos de oponer a esta pueril acusación, fruto de la rutina humana? La gula, señores míos, fue proclamada pecado por razones políticas, no morales; por servir los intereses económicos de la humanidad en una época en que comer bien y aun simplemente comer era un problema difícil; en la edad en que el hambre tenía a veces el poder asolador de una peste. La tierra se cultivaba poco y mal; las epizootias diezmaban los rebaños; la pesca era ardua; la caza, pelí-grosa. Se imponía racionar a los hombres. Si alguien comía a todo su placer, otro fenecía de inanición. Eran los tiempos en que las turbas asaltaban los graneros, las madres devoraban a sus hijos y se agasajaba a los dioses ofreciéndoles una res. Los preceptos contra la gula deben, por 1° tanto, ser considerados como sencillas leyes suntuarias, muy útiles entonces. Si no se diese carácter divino a ese
racionamiento, si la gula no fuese en aquellos días anatematizada, esa madre hambrienta a la que antes aludí, después de comer a un hijo, quizá hubiese comenzado a roer otro. Y eso era preciso evitarlo. (¡Muy bien! ¡Muy bien!) Afortunadamente, esos siglos están muy lejos ya. Un mejor gobierno del mundo, un trabajo más inteligente, han suprimido el azote del hambre colectiva. Se puede comer, se debe comer. Abarrotad de filosofía el cerebro de un hombre, y no podréis evitar que sea un malvado. Alimentadle hasta que pese algo más de los cien kilos, y no se atreverá a dar muerte con sus propias manos a la gallina que ha de hacer sustancioso su puchero. Si a mí me preguntasen qué es preciso para que entre los hombres reinen la igualdad y la fraternidad anheladas, yo me limitaría a decir, seguro del éxito: «¡Engordadlos!»