Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

abril 10, 2012

Boris Vian. El lobo hombre.

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Boris Vian, El lobo hombre
Bruguera, 1985. 190 páginas.
Tit. Or. Le loup-garou. Trad. José-Benito Alique.

Empecé con mal pie con Boris Vian, que no tardó en convertirse en uno de mis escritores preferidos. Mis continuos traslados de libros sacaron este ejemplar de las alturas y lo aparté para releerlo por enésima vez. Contiene los relatos siguientes:

El lobo-hombre
Un corazón de oro
Las murallas del Sur
El amor es ciego
Martin me telefoneó
Marseille comenzaba a despertar
Los perros, el deseo y la muerte
Los hay con mala suerte
Una triste historia
El pensador
Fiesta en casa de Leobille
El mirón
El peligro de los clásicos

Aunque el más famoso sea el primero, sobre un lobo que se convierte en hombre al ser mordido por el mago del Siam (y hay canción), para mí es un placer leer El amor es ciego (Extracto al final y completo aquí: El amor es ciego). Pero el libro no se agota aquí, Martin me telefoneó es una crónica de lo que puede haber vivido el autor como músico de Jazz, Las murallas del Sur debe ser una caricatura de algún amigo suyo, pasado por el tamiz del surrealismo, algo que alcanza cotas oníricas en otros relatos de la antología.

Para mí, uno de los autores imprescindibles.

Calificación: Excelente.

Un día, un libro (223/365)

Extracto:
El cinco de agosto, a las ocho, la calígine cubría la ciudad. Liviana, en absoluto estorbaba la respiración, y se presentaba bajo apariencia singularmente opaca. Parecía, por otra parte, vigorosamente teñida de azul.
Fue cayendo en capas paralelas. Al principio cabrilleaba a veinticinco centímetros del suelo, por lo que los caminantes no podían verse los pies. Una mujer que vivía en el número 22 de la calle Saint-Braquemart, dejó caer la.llave en el momento de entrar en su casa, y no la podía encontrar. Seis personas, entreí las que se contaba un bebé, acudieron en su ayuda. Entretanto, a la segunda capa le dio por caer, y se pudo encontrar la llave, pero no al bebé que, impaciente por escapar del biberón y por conocer los serenos placeres del matrimonio y del asentamiento de cabeza, prefirió largarse al amparo del meteoro. Mil trescientas sesenta y dos llaves y catorce perros se extraviaron, de tal manera, durante la primera mañana. Cansados de vigilar en vano sus flotadores, los pescadores se volvieron majaras y se fueron a cazar.
La niebla se hacinaba en densidades considerables en la parte baja de las calles en pendiente y en los hondones. Formando alargadas flechas, se colaba por las alcantarillas y los pozos de ventilación. Así, invadió los túneles del metro, que dejó de funcionar cuando la lechosa marea alcanzó el nivel de los semáforos. Pero en aquel mismo momento, la tercera capa acababa de descolgarse y, en el exterior, de rodillas para abajo todo era oscuridad blanquecina.
Creyéndose favorecidos, los de los barrios altos embromaban a los de las orillas del río. Mas al cabo de una semana todos se encontraban reconciliados y pudiendo golpearse del mismo modo contra los respectivos muebles de las habitaciones respectivas. La niebla había llegado por entonces hasta el copete de las edificaciones más elevadas. Y si el cimbanillo de la torre fue lo último en desaparecer, el irresistible empuje de la creciente y opaca marea acabó por sumergirlo, a fin de cuentas, por entero.
II
Orvert Latuile despertó el trece de agosto después de una dormida de trescientas ho’ras. Como saliese de una tajada considerablemente seria, en un primer momento temió haberse quedado ciego. Con ello no habría hecho más que rendir homenaje a los innumerables alcoholes que se le habían servido. Tal vez fuese simplemente de noche, pero, en cualquier caso, de una
manera distinta. Con los ojos abiertos, sentía la impresión que se experimenta cuando el rayo de luz de una bombilla viene a dar sobre los párpados cerrados. Con mano torpe, buscó el interruptor de la radio. Emitía, pero el informativo sólo le aclaró hasta cierto punto.
Sin tomar en cuenta los agudos comentarios del locutor, Orvert Latuile reflexionó, se rascó el ombligo y notó, oliéndose la uña a continuación, que necesitaba un baño; Pero el amparo de aquella calígine caída sobre todas las cosas como el manto de Noé sobre Noé, o como la miseria sobre el mísero mundo, o como el velo de Tanit sobre Salambó, o como un gato sobre un violín, le hizo colegir la inutilidad de tal esfuerzo. Además, la tal niebla tenía un dulce aroma a albaricoque tísico que debía contrarrestar las emanaciones personales. Y por añadidura, el sonido se portaba bien y, al envolverse en aquella guata, los ruidos adquirían una curiosa resonancia, blanca y clara como la voz de una soprano lírica cuyo paladar, hundido en una desgraciada caída sobre la esteva de un arado, hubiera sido reemplazado por una prótesis de plata forjada. Para empezar, Orvert barrió de su ánimo todos los problemas y decidió actuar como si nada ocurriese. En consecuencia, se vistió sin dificultad, pues sus indumentos estaban colocados cada uno en su sitio: es decir, algunos sobre las sillas, otros debajo de la cama, los calcetines dentro de los zapatos, y éstos, el uno en el interior de un jarrón y el otro calzando el orinal.
—Dios mío —dijo para sí—, qué cosa extraña esta calina.

abril 6, 2012

Manuel Alvar. Romancero.

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Manuel Alvar, Romancero
Bruguera, 1985. 192 páginas.

Sigo comprando cuanto romancero encuentro por los mercadillos. En este caso una edición mejor que otras, con un prólogo decente, breve anotación de cada uno de los romances y poco más.

Lo que menos me ha gustado es que casi todos los romances son épicos o históricos, que no son precisamente mis preferidos.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (219/365)

Romance del conde Claros de Montalván

Media noche era por filo,
los gallos querían cantar,
conde Claros con amores
no podía reposar;
dando muy grandes sospiros
que el amor le hacía dar,
por amor de Claraniña
no le deja sosegar.
Cuando vino la mañana
que quería alborear,
salto diera de la cama
que parece un gavilán.
Voces da por el palacio,
y empezara de llamar:
-Levantá, mi camarero,
dame vestir y calzar.
Presto estaba el camarero
para habérselo de dar:
diérale calzas de grana,
borceguís de cordobán;
diérale jubón de seda
aforrado en zarzahán;
diérale un manto rico
que no se puede apreciar;
trescientas piedras preciosas
al derredor del collar;
tráele un rico caballo
que en la corte no hay su par,
que la silla con el freno
bien valía una ciudad,
con trescientos cascabeles
al rededor del petral;
los ciento eran de oro,
y los ciento de metal,
y los ciento son de plata
por los sones concordar;
y vase para el palacio
para el palacio real.
A la infanta Claraniña
allí la fuera hallar,
trescientas damas con ella
que la van acompañar.
Tan linda va Claraniña,
que a todos hace penar.
Conde Claros que la vido
luego va descabalgar;
las rodillas por el suelo
le comenzó de hablar:
-Mantenga Dios a tu Alteza.
Conde Claros, bien vengáis.
Las palabras que prosigue
eran para enamorar:
-Conde Claros, conde Claros,
el señor de Montalván,
¡cómo habéis hermoso cuerpo
para con moros lidiar!
Respondiera el conde Claros,
tal respuesta le fue a dar:
-Mi cuerpo tengo, señora,
para con damas holgar:
si yo os tuviese esta noche,
señora a mi mandar,
otro día en la mañana
con cient moros pelear,
si a todos no los venciese
que me mandase matar.
-Calledes, conde, calledes,
y no os queráis alabar:
el que quiere servir damas
así lo suele hablar,
y al entrar en las batallas
bien se saben excusar.
-Si no lo creéis, señora,
por las obras se verá:
siete años son pasados
que os empecé de amar,
que de noche yo no duermo,
ni de día puedo holgar.
-Siempre os preciastes, conde,
de las damas os burlar;
mas déjame ir a los baños,
a los baños a bañar;
cuando yo sea bañada
estoy a vuestro mandar.
Respondiérale el buen conde,
tal respuesta le fue a dar:
-Bien sabedes vos, señora,
que soy cazador real;
caza que tengo en la mano
nunca la puedo dejar.
Tomárala por la mano,
para un vergel se van;
a la sombra de un aciprés,
debajo de un rosal,
de la cintura arriba
tan dulces besos se dan,
de la cintura abajo
como hombre y mujer se han.
Mas la fortuna adversa
que a placeres da pesar,
por ahí pasó un cazador,
que no debía de pasar,
detrás de una podenca,
que rabia debía matar.
Vido estar al conde Claros
con la infanta a bel holgar.
El conde cuando le vido
empezóle de llamar:
-Ven acá tú, el cazador,
así Dios te guarde de mal:
de todo lo que has visto
tú nos tengas poridad.
Darte he yo mil marcos de oro,
y si más quisieres, más;
casarte he con una doncella
que era mi prima carnal;
darte he en arras y en dote
la villa de Montalván:
de otra parte la infanta
mucho más te puede dar.
El cazador sin ventura
no les quiso escuchar:
vase por los palacios
ado el buen rey está.
-Manténgate Dios, el rey,
y a tu corona real:
una nueva yo te traigo
dolorosa y de pesar,
que no os cumple traer corona
ni en caballo cabalgar.
La corona de la cabeza
bien la podéis vos quitar,
si tal deshonra como ésta
la hubieseis de comportar,
que he hallado la infanta
con Claros de Montalván,
besándola y abrazando
en vuestro huerto real:
de la cintura abajo
como hombre y mujer se han.
El rey con muy grande enojo
al cazador mandó matar,
porque había sido osado
de tales nuevas llevar.
Mandó llamar sus alguaciles
apriesa, no de vagar,
mandó armar quinientos hombres
que le hayan de acompañar,
para que prendan al conde
y le hayan de tomar
y mandó cerrar las puertas,
las puertas de la ciudad.
A las puertas del palacio
allá le fueron a hallar,
preso llevan al buen conde
con mucha seguridad,
unos grillos a los pies,
que bien pesan un quintal;
las esposas a las manos,
que era dolor de mirar;
una cadena a su cuello,
que de hierro era el collar.
Cabálganle en una mula
por más deshonra le dar;
metiéronle en una torre
de muy gran escuridad:
las llaves de la prisión
el rey las quiso llevar,
porque sin licencia suya
nadie le pueda hablar.
Por él rogaban los grandes
cuantos en la corte están,
por él rogaba Oliveros,
por él rogaba Roldán,
y ruegan los doce pares
de Francia la natural;
y las monjas de Sant Ana
con las de la Trinidad
llevaban un crucifijo
para al buen rey rogar.
Con ellas va un arzobispo
y un perlado y cardenal;
mas el rey con grande enojo
a nadie quiso escuchar,
antes de muy enojado
sus grandes mandó llamar.
Cuando ya los tuvo juntos
empezóles de hablar:
-Amigos y hijos míos,
a lo que vos hice llamar,
ya sabéis que el Conde Claros,
el señor de Montalván,
de cómo le he criado
fasta ponello en edad,
y le he guardado su tierra,
que su padre le fue a dar,
el que morir no debiera,
Reinaldos de Montalván,
y por facelle yo más grande,
de lo mío le quise dar;
hícele gobernador
de mi reino natural.
Él por darme galardón,
mirad, en qué fue a tocar,
que quiso forzar la infanta,
hija mía natural.
Hombre que lo tal comete
¿qué sentencia le han de dar?
Todos dicen a una voz
que lo hayan de degollar,
y así la sentencia dada
el buen rey la fue a firmar.
El arzobispo que esto viera
al buen rey fue a hablar,
pidiéndole por merced
licencia le quiera dar
para ir a ver al conde
y su muerte le denunciar.
-Pláceme, dijo el buen rey,
pláceme de voluntad;
mas con esta condición:
que solo habéis de andar
con aqueste pajecico
de quien puedo bien fiar.
Ya se parte el arzobispo
y a las cárceles se va.
Las guardas desque lo vieron
luego le dejan entrar;
con él iba el pajecico
que le va a acompañar.
Cuando vido estar al conde
en su prisión y pesar,
las palabras que le dice
dolor eran de escuchar.
-Pésame de vos, el conde,
cuanto me puede pesar,
que los yerros por amores
dignos son de perdonar.
Por vos he rogado al rey,
nunca me quiso escuchar,
antes ha dado sentencia
que os hayan de degollar.
Yo vos lo dije, sobrino,
que vos dejásedes de amar,
que el que las mujeres ama
atal galardón le dan,
que haya de morir por ellas
y en las cárceles penar.
Respondiera el buen conde
con esfuerzo singular:
-Calledes por Dios, mi tío,
no me queráis enojar;
quien no ama las mujeres
no se puede hombre llamar;
mas la vida que yo tengo
por ellas quiero gastar.
Respondió el pajecico,
tal respuesta le fue a dar:
-Conde, bienaventurado
siempre os deben de llamar,
porque muerte tan honrada
por vos había de pasar;
más envidia he de vos, conde
que mancilla ni pesar:
más querría ser vos, conde,
que el rey que os manda matar,
porque muerte tan honrada
por mí hubiese de pasar.
Llaman yerro la fortuna
quien no la sabe gozar,
la priesa del cadahalso
vos, conde, la debéis dar;
si no es dada la sentencia
vos la debéis de firmar.
El conde que esto oyera
tal respuesta le fue a dar;
-Por Dios te ruego, el paje,
en amor de caridad,
que vayas a la princesa
de mi parte a le rogar,
que suplico a su Alteza
que ella me salga a mirar,
que en la hora de mi muerte
yo la pueda contemplar,
que si mis ojos la veen
mi alma no penará.
Ya se parte el pajecico,
ya se parte, ya se va,
llorando de los sus ojos
que quería reventar.
Topara con la princesa,
bien oiréis lo que dirá:
-Agora es tiempo, señora,
que hayáis de remediar,
que a vuestro querido el conde
lo lleven a degollar.
La infanta que esto oyera
en tierra muerta se cae;
damas, dueñas y doncellas
no la pueden retornar,
hasta que llegó su aya
la que la fue a criar.
-¿Qué es aquesto, la infanta?
aquesto, ¿qué puede estar?
-¡Ay triste de mí, mezquina,
que no sé qué puede estar!
¡que si al conde me matan
yo me habré desesperar!
-Saliésedes vos, mi hija,
saliésedes a lo quitar.
Ya se parte la infanta,
ya se parte, ya se va:
fuese para el mercado
donde lo han de sacar.
Vido estar el cadahalso
en que lo han de degollar,
damas, dueñas y doncellas
que lo salen a mirar.
Vio venir la gente de armas
que lo traen a matar,
los pregoneros delante
por su yerro publicar.
Con el poder de la gente
ella no podía pasar.
-Apartádvos, gente de armas,
todos me haced lugar,
si no… ¡por vida del rey,
a todos mande matar!
La gente que la conoce
luego le hace lugar,
hasta que llegó el conde
y le empezara de hablar:
-Esforzá, esforzá, el buen conde,
y no queráis desmayar,
que aunque yo pierda la vida,
la vuestra se ha de salvar.
El aguacil que esto oyera
comenzó de caminar;
vase para los palacios
adonde el buen rey está.
-Cabalgue la vuestra Alteza,
apriesa, no de vagar,
que salida es la infanta
para el conde nos quitar.
Los unos manda que maten,
y los otros enforcar:
si vuestra Alteza no socorre,
yo no puedo remediar.
El buen rey de que esto oyera
comenzó de caminar,
y fuese para el mercado
ado el conde fue a hallar.
-¿Qué es esto, la infanta?
aquesto, ¿qué puede estar?
¿La sentencia que yo he dado
vos la queréis revocar?
Yo juro por mi corona,
por mi corona real,
que si heredero tuviese
que me hubiese de heredar,
que a vos y al conde Claros
vivos vos haría quemar.
-Que vos me matéis, mi padre,
muy bien me podéis matar,
mas suplico a vuestra Alteza,
que se quiera él acordar
de los servicios pasados
de Reinaldos de Montalván,
que murió en las batallas,
por tu corona ensalzar:
por los servicios del padre
al hijo debes galardonar;
por malquerer de traidores
vos no le debéis matar,
que su muerte será causa
que me hayáis de disfamar.
Mas suplico a vuestra Alteza
que se quiera consejar,
que los reyes con furor
no deben de sentenciar,
porque el conde es de linaje
del reino más principal,
porque él era de los doce
que a tu mesa comen pan.
Sus amigos y parientes
todos te querrían mal,
revolver te hían guerra,
tus reinos se perderán.
El buen rey que esto oyera
comenzara a demandar:
-Consejo os pido, los míos,
que me queráis consejar.
Luego todos se apartaron
por su consejo tomar.
El consejo que le dieron,
que le haya de perdonar
por quitar males y bregas,
y por la princesa afamar.
Todos firman el perdón,
el buen rey fue a firmar:
también le aconsejaron,
consejo le fueron dar,
pues la infanta quería al conde,
con él haya de casar,
Ya desfierran al buen conde,
ya lo mandan desferrar:
descabalga de una mula,
el arzobispo a desposar.
Él tomóles de las manos,
así los hubo de juntar.
Los enojos y pesares
en placer hubieron de tornar.

marzo 12, 2012

Ross MacDonald. El Enemigo Insólito.

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Ross MacDonald, El Enemigo Insólito
Bruguera, 1981. 290 páginas.
Tit. Or. The instant enemy. Trad. Mary Williams.

Creo que esta fue la primera de la serie de novelas del autor que estoy leyendo.

Al detective Lew Archer le han encargado la búsqueda de una chica que ha escapado de su casa, pero tras ese encargo en apariencia trivial se esconde una cadena de crímenes.

Apenas hay reseñas de esta novela, aquí una: El enemigo insólito, y dado el tiempo que hace que me la leí apenas puedo decir que los mejor es lo habitual del autor, como tras una fachada de aparente respetabilidad se esconden trapos muy sucios.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (184/365)

Extracto:
Negó con la cabeza, subió al jeep y me condujo por el camino asfaltado que subía. Una vez que pasamos la primera curva, el lugar parecía casi tan remoto e intocado como un país lejano. Las perdices se llamaban entre los arbustos y los pájaros más pequeños picoteaban las moras rojas de entre las hojas verdes. Un par de buitres planeaban a lo alto, sobre una fuente termal, vigilando las cosas.
El camino pasaba sobre un vado y corría a loj largo de la cresta de un ancho dique de tierra que retenía el agua de un lago artificial, en el que había patos, ánades, cercetas color de canela, y en el pasto, alrededor de la costa, gallinetas acuáticas.
Mi escolta sacó su revólver y sin detener su jeep disparó a la gallineta más próxima. Creo que me esa taba haciendo una demostración. Todos los patos levantaron el vuelo, y todas las gallinetas, menos una, entraron al lago, de prisa, espantadas, como pequeños dibujos animados de gente aterrorizada.
La casa estaba arriba, en el lejano extremo del lago. Era amplia, baja y hermosa y quedaba tan bien en el paisaje que parecía una parte de él.
La señora Hackett estaba esperando en la terraza trente a la casa. Vestía un traje de lana marrón y suf pelo largo y rubio estaba recogido en un moño flojo en la nuca. Tendría apenas treinta años, era bonita, regordeta y muy rubia. En un tono irritado le preguntó al hombre del jeep:
— ¿Fue usted quien disparó el arma?
— Maté una gallineta.
— Le he dicho que no haga eso. Aleja a los patos. I
— Hay demasiadas gallinetas.
— No me replique, Lupe — dijo, poniéndose pálida. 1 Se miraron echando chispas por los ojos. La cara 1
de él era como una montura de cuero labrada. La de
ella, como de porcelana de Dresden. Aparentemente, ganó la porcelana. Lupe se marchó en el jeep y desapareció en uno de los edificios exteriores.
Me presenté. La mujer se volvió hacia mí, pero todavía pensando en Lupe.
— Es insubordinado. No sé cómo tratarlo. Llevo en este país más de diez años y todavía no comprendo a los norteamericanos. — Su acento era de Europa Central, probablemente austríaco o alemán.
— Yo he estado aquí durante más de cuarenta años — respondí —, y tampoco comprendo a los norteamericanos. Los hispanoamericanos son especialmente difíciles de comprender.
— Me temo que no me resulte de mucha ayuda — sonrió e hizo un gesto de impotencia con sus hombros bastante anchos.
— ¿Cuál es el trabajo de Lupe?
— Cuidar de la finca.
— ¿El solo?
— No es tanto trabajo como podría pensarse. Tenemos un servicio de mantenimiento contratado para la casa y las tierras. A mi marido le disgusta tener sirvientes dentro de la casa. Personalmente, los añoro. En casa de mis padres siempre teníamos sirvientes.
— ¿De qué país es usted?
— De Bayerne — dijo, con mucha nostalgia —. Cerca de Munich. Mi familia ha vivido en la misma casa desde la época de Napoleón.
— ¿Desde cuándo vive aquí?
— Hace diez años. Stephen me trajo a su país hace diez años. Todavía no estoy acostumbrada. En Alemania, la clase a que pertenecen los sirvientes nos tratan con respeto.
— Lupe no actúa como un sirviente típico.

febrero 26, 2012

Antonio Beneyto. 10 narradores españoles.

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Antonio Beneyto. 10 narradores españoles
Bruguera, 1977. 224 páginas.

Selección de relatos y fragmentos bastante antigua que incluye los siguientes:

CAMILO JOSÉ CELA
El misterioso asesinato de la rué Blanchard
La eterna canción
FRANCISCO UMBRAL
El candelabro del peluquero
Nada en el domingo
Como el lento crecer de la cutícula
JUAN GOYTISOLO
Señas de identidad
JUAN MARSE
Si te dicen que caí
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBAN
Cuestiones marxistas
ROSA CHACEL
Lazo indisoluble
Tres pueblos y tres fuentes
ALVARO CUNQUEIRO
El hugonote de Rio
El gallo de Portugal
ALFONSO SASTRE
Las noches lúgubres
ANA MARÍA MATUTE
Noticia del joven K.
CARLOS EDMUNDO DE ORY
Un “Pontiac” verde en la placita

Muchas ya los había leído. Los relatos que más me han gustado han sido los de Umbral. Incluir fragmentos de novelas no le veo mucho sentido, aunque las de ‘Señas de indentidad’ también me han gustado y los fragmentos de ‘Cuestiones marxistas’ funcionan muy bien solos.

Diría que es difícil de encontrar, pero yo tengo dos ejemplares. Aún así, es preferible leer a los autores por separado, que se pueden encontrar en cualquier biblioteca.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (179/365)

Extracto:
Un cuento es un cuento. Pero lo de las tijeriñas es de verdad, era de verdad. Mamá tenía sus cosas. Después de misa de doce, mientras escuchábamos las campanadas que llamaban a los de misa de una, estábamos en el balcón como en el mismísimo cielo, porque nosotros ya habíamos sido santificados por el cumplimiento dominical y las otras pobres gentes, en cambio, acudían presurosas a la iglesia, como con miedo de llegar tarde para salvarse. Porque ya se sabe que nadie quiere ir ni siquiera al purgatorio, sino derechamente al cielo, que es donde suenan las campanas de la parroquia, donde sonaban en los domingos azules —pero qué azul el de aquellas mañanas, como de cielo ya visto desde dentro— de mi infancia, de mi adolescencia, no sé.
Despacito y buena letra, que el hacer bien las cosas importa más que hacerlas. Ella tenía unas manos ovales —ojivales, hubiera dicho el poeta, pero yo no soy poeta, aunque conozco algunos— y blancas, no monjiles, no, sino casi enérgicas, para hacerse las uñas con las tijerinas, o para escribir cartas con la pluma estilográfica de antes de la guerra que todavía seguía haciendo buena letra después de la guerra —una de las pocas cosas que sobrevivieron y no perdieron el pulso con los tiros—, de modo que todavía hoy, al cabo de los años, puedo resolver algunos papeles y encontrar su hermosa letra muerta, redonda, clara, un poco temblorosa ya hacia el final, en anotaciones, cuentas y documentos familiares, de esos que parecen más importantes, casi pergaminos,
casi títulos nobiliarios, cuando el tiempo les pone inútil y pretenciosamente amarillos.
De vez en cuando, de tarde en tarde, cuando yo me dejaba, ella aprisionaba mis manos oscuras, peleadoras, rasguñadas, guerreras, heridas, y me hacía las uñas, después de un buen lavado. Y allí estaban mis dedos de jugar a las canicas, de disparar el tirador, mis manos gateadas, mis pequeñas garras sucias y recién limpias, entre sus manos blancas, yaciendo, como un murciélago extrañamente acunado por dos palomas. Me cortaba las uñas con las tijerinas. Me las recortaba en forma semicircular, haciendo desaparecer las pequeñas almenas de picachos y mordeduras que las convertían en garras. Pero lo más delicado, lo más de ella, su obra de arte, era el irme recortando el lento crecer de la cutícula. Como el lento crecer de la cutícula; así crece el tiempo, asi crece la vida, así pasan las cosas, sin que se note de un día para otro. Pero el lentox crecer de la cutícula va ahogando, ocultando la hermosa media luna que había debajo, la hermosa media luna del nacimiento de la uña. Ahora, a los niños de la guerra nos hace las uñas una manicura de la Gran Vía, o de la peluquería del barrio, una manicura de esas que llevan la bata pequeña, lo cual las hace un poco hospicianas, pero hospicianas provocativas, llenitas, no sé. Uno se siente más hombre que entonces porque se afeita con maquinilla eléctrica de cabezas flotantes la obstinada barba de cada día, y porque puede o no puede pagar la manicura de la peluquería, que tiene sus chismes y sus palanganitas, y sus estiletes, y sus toallitas y sus tijeras, y sus limas, siempre dispuestos para cuando llega el cliente.

noviembre 1, 2011

Honoré de Balzac. César Birotteau.

Filed under: Novela — Palimp @ 9:59 am
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Bruguera, 1969. 190 páginas.
Trad. M. Carmen Vila.
Honoré de Balzac, Eugenia Grandet, César Birotteau, La casa Nucingen
Comercio

Sigo leyendo a Balzac, aunque debo ser de los pocos, porque no encuentro en ninguna parte reseñas de esta obra. Tiene su página en la wikipedia (inglés y francés) y para de contar.

César Birotteau es un honrado comerciante que con esfuerzo mejora su posición, pero se mete en inversiones arriesgadas y por culpa de un antiguo dependiente que ha escalado puestos en la sociedad, pero de dudosa moralidad, lo perderá todo. Con esfuerzo intentará salvar su honor y patrimonio.

El protagonista, más que el comerciante, es el comercio y sus bastidores. Si en La casa Nucingen se habla de altas finanzas aquí son el pequeño empresario y la alta burguesía los que vertebran la historia. Historia que Balzac aprovecha para presentarnos un retrato de la sociedad de su tiempo que hoy nos sigue interesando. Porque no creo que hayamos cambiado tanto: mientras el pequeño comerciante suele ser honrado y cuida de su negocio, los financieros sólo miran al beneficio y si se puede meter mano en la caja, adelante.

Destacables son también los comienzos de la publicidad, e incluso los primeros productos milagros para hacer crecer el cabello. Más de cien años después, los hombres calvos queremos seguir creyendo en aceites milagrosos.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (62/365)

Extracto:
—A cierta edad, los hombres calvos darían toda su fortuna por tener cabello. Desde hace algún tiempo, los peluqueros me dicen que venden, no solamente «Macassar», sino todas las drogas para teñir el cabello o que se cree que sirven para que vuelva a salir. Desde que vivimos en la paz, los hombres están mucho más cerca de las mujeres y a ellas no les gustan los calvos. ¿No, gatita? La gran demanda de ese artículo se explica, pues, por la situación política. Un mejunje que sirva para conservar el cabello se venderá como pan bendito, y más aún esta «esencia», que será, sin duda, aprobada por la Academia de Ciencias. Bien puede ser que me ayude el señor Vauquelin[1]. Iré mañana a someterle mi idea, ofreciéndole el grabado que, al fin, después de dos años de búsquedas por Alemania, he logrado encontrar. Precisamente, él trabaja ahora en el análisis de los cabellos. Me lo ha dicho Chiffreville, su socio en la fábrica de productos químicos. Si mi descubrimiento está de acuerdo con sus estudios, mi «esencia» será adquirida por hombres y mujeres. Mi idea representa una fortuna, te lo repito. No duermo pensando en ello. Por suerte, el pequeño Popinot tiene los más hermosos cabellos del mundo. Con una dependienta que tenga los suyos tan largos que lleguen hasta el suelo y que diga —si ello es posible sin ofender a Dios ni al prójimo— que el Aceite Comágeno» (porque, decididamente, será un aceite) tiene su parte en tan hermosa cabellera, las cabezas de los canosos se lanzarán a él como la pobreza al mundo. ¿Y qué me dices, cariño, de tu baile? No soy malo, pero me gustaría encontrarme con ese bobo de Tillet, que se da tanta importancia con su fortuna y que, en la Bolsa, hace siempre como que no me ve. Sabe que conozco algo de su vida que no es muy digno. Quizá he sido demasiado bueno con él. Es curioso, querida, que uno se vea siempre castigado por sus buenas acciones; aquí, en la tierra, se entiende. Siempre me he conducido como un padre con él; no sabes lo que he hecho por ese hombre —terminó Birotteau.

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