Cuchitril Literario

Octubre 8, 2007

José Sanchis Sinisterra. Terror y miseria en el primer franquismo.

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Editorial Catedra, 2003. 272 páginas.

José Sanchís Sinisterra, Terror y miseria en el primer franquismo
Teatro de la memoria

Ya he declarado en el Cuchitril mi admiración por Sanchis Sinisterra, autor al que elegí para cerrar el ciclo Un día, un libro. Intentaré seguir reseñando cuantas obras suyas pueda.

Terror y miseria en el primer franquismo es un homenaje a la obra de Brecht Terror y miseria en el Tercer Reich, que abarca el periodo que empieza en 1939, triunfo del golpe militar franquista y que acaba en 1953, cuando España alcanza un acuerdo económico con los Estados Unidos (contra el comunismo valía todo, incluso aliarse con una dictadura). Son nueve piezas breves que constituyen un testimonio de los años más oscuros de nuestra memoria.

El autor no quería denominar a estas piezas teatro histórico, así que escogió el más acertado nombre Teatro de la memoria, porque ese es su objetivo; intentar que no se olvide la historia para que no tengamos que repetirla. El hambre de Plato único, la uniformidad ideológica y violenta de Filas prietas, la persecución ideológica de El sudario de tiza, el desarraigo de Dos exilios, las torturas en Intimidad

Las ediciones de Cátedra son de lujo y esta no es una excepción: un excelente prólogo, y unos apéndices con trabajos de estudiantes de instituto y testimonios sobre la época. Un libro imprescindible.

Escuchando: Do you realize. The Flaming Lips.


Extracto:[-]
B. ¡Santos Justo y Pastor! ¿Nuestra primera dama?
A. Ya ve qué ejemplo. Luego, que nadie se extrañe de lo que pasa en los parques, en los guateques, en las playas…
B. Ni de que permitan volver a Ortega y a Gasset y a Dalí
A. Todo es uno y lo mismo: «Gilda», Ortega, los guateques
B. Y el escote de doña Carmen.
A. El principio del fin.
B. ¿Y para esto ganamos la guerra, hace diez años?
A. Esa es otra: cada año, menos fusilados.
B. Y en las cárceles, más presos comunes y menos políticos.
A. Y en Barcelona ya están volviendo a permitir el catalán.
B. ¡No será verdad!
A. No en la calle, naturalmente, pero sí en algunos lugares de tolerancia.
B. Esa es la madre del cordero, don Abundio: la tolerancia. Se empieza tolerando y se acaba claudicando.
A. La culpa de todo, a mi modesto entender, la tienen los turistas, que propagan los aires mefíticos de la Europa liberal y filocomunísta.
B. Eso, y la pertinaz sequía.
A. Y el mambo.
B. Y «La Codorniz».
A. Y la escalera esa.
B ¿Qué escalera?
A Una de una comedia que van a estrenar, si Dios no lo remedia.
R ¿La del rojo ese que estaba en la cárcel?
A Nosecuantos Vallejo, creo que se llama.
g Sí, de una historia en una escalera mugrienta, creo…
A Pues ya ve, don Bolonio, hasta el teatro está infectado de pesimismo torticero y corrosivo.
B. Y por ahí se afloja la reciedumbre de la raza y el temple viril de la juventud.
A. No me extrañaría que, un día de estos, mis braceros me pidieran aumento de jornal.
B. Lo mismo que los obreros de mis fábricas.
A. Productores, querrá usted decir.
B. Perdón, sí… Productores.
A. Cáspita, qué novedad.
B. ¿Novedad? ¿Dónde?
A. Ahí al lado, esa puerta…
B. ¿Qué le pasa?
A. Está abierta.
B. ¿Y eso qué tiene de particular? Las puertas, ya se sabe.
A. ¿Usted la había visto abierta alguna vez?
B. Ahora que lo dice…
A. Yo pensaba que la casa estaba abandonada, pero mire…
B- Ya veo, ya… De abandonada, nada.

Setiembre 17, 2007

Wenceslao Fernández Flórez. Volvoreta.

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Ediciones Cátedra, 1999. 227 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Volvoreta
La pérdida de la inocencia

Una obra más de Fernández Flórez, para quitarme la espinita de La novela número 13. En este caso una obra menos polémica, alejada del humorismo característico del autor y en una estupenda edición de Cátedra.

En la casa de los Abelenda acaba de entrar una nueva criada, Volvoreta, una moza atractiva y desenvuelta. Todo un acontecimiento para Sergio, que se enamorará perdidamente de ella. ¿Podrá un señorito bien admitir sus amores con una criada?

Seguramente muchos de los lectores reconocerán en la portada de esta edición el sello de fábrica de la editorial, especializada en todos aquellos clásicos que se mandan leer en los institutos. Gracias a esta práctica -con la que no estoy muy de acuerdo- podemos disfrutar ya de mayores de unas ediciones baratas, cuidadas y con un excelente prólogo.

En este caso me ha servido para conocer un poco más la vida y obra de Wenceslao Fernández Flórez, del que no se puede encontrar mucha información en la red. También para situar en su contexto este libro, alejado de lo que hasta ahora había leído del autor.

Volvoreta es la historia de la pérdida de la inocencia. Pero no porque el protagonista, un chaval todavía joven y romántico, tenga una aventura, sino por el enfrentamiento entre una mirada inocente del mundo con la dura y vulgar realidad. Ante el sentimentalismo exagerado de Sergio se opone la desenvoltura natural de Volvoreta para la que el amor no tiene tanto cuento ni misterio y la mundanidad del banquero que la mantiene, capaz de permitir el encuentro entre los jóvenes siempre que el obtenga lo que quiere a cambio de lo que paga.

La ambientación, el retrato naturalista de una sociedad basada en las apariencias, de doble moral, en la que el mismo protagonista siente vergüenza por estar enamorado de una criada. Como diríamos hablando de una película, en este libro los secundarios son de lujo.

Puede que ni el tema sea muy original ni la prosa rompedora, pero el libro tiene calidad y ha aguantado bien el paso del tiempo. Recomendable.

Escuchando: Tan Lejos. Decima victima.


Aquí tienen una selección de fragmentos.

Extracto:[-]
Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que imprimía al hatillo, y, que era en ella la expresión de un ligero azoramiento. Explicó, sonriente:

—En mi tierra me llamaban también Volvoreta.

—¿Por qué te llamaban Volvoreta?

—No sé.

Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo: Mariposa… ¡Hum!… Más bien creía ella descubrir en el remoquete condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de trabajo: siguió andando y gruñó:

—Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaron así.

Subieron unos crujientes escalones. En el último piso, en un cuarto formado por tabiques de madera, sin cal y sin papel, y cuyo techo en declive se juntaba al suelo en una tenebrosa angostura, estaba la alcoba de la sirvienta: el catre de lona, y sobre él, el jergón de secas hojas de maíz, que mostraba su contenido en las dos aberturas por las que habían de entrar a diario las manos que hubiesen de mullirlo. Una estampa de Santiago el Mayor, tieso en su cabalgadura, que atropellaba a unos pobres moros despavoridos, era todo el adorno de la pared. El viento marino pasaba, estremeciendo una alta ventana casi horizontal, por cuyas uniones hacía entrar, en los días de lluvia, algunas gotas de agua. Y aquella ventana inun¬daba la estancia de una luz a la que hacía dorada el dorado tono de las desnudas tablas de castaño de la pared.
La casa estaba en medio de la gándara verde y riente. Había sido construida con pretensiones de chalet, con arreglo a un gusto poco común, sin la pesada abundancia de granito que las lluvias frecuentes aconsejan en el país galiciano, con balcones de madera pintada bajo tejados puntiagudos y de salientes aleros. Parecía una casa arrancada de un cromo holandés. Seguramente fuera construida para recreo de veraneantes, y, en algún tiem¬po, todos los terrenos que la rodeaban habían sido jardín. Aun ahora, frente a la entrada principal, se conservaban unos macizos con camelios y rosales pobres; la hierba, que antes bordaba cenefas en sus orillas, había aprove¬chado la ausencia de jardineros para invadir la tierra, y sólo sucumbía en el centro de los caminos, donde las pisadas frecuentes la extirpaban. Las tenaces matas de alhelíes se habían salvado de aquella catástrofe y sobresa¬lían multiplicadas, entre ha hierba con su tono más apagado. Y. en primavera, todo su aroma delicioso invadía la vieja casa y el viejo jardín, y pasaba a la carretera —entoldada de olmos gigantescos— sobre la verja de barrotes aguzados, rota en tantos sitios y que mal zurcía la hiedra. Un mirto, en algún tiempo recortado en forma de cono, crecía ahora libremente; el antiguo estanque se había ido llenando poco a poco de tierra, y sólo su borde de cemento, cubierto de musgo, sobresalía del nivel del jardín.

Febrero 7, 2006

José Cadalso. Cartas marruecas. Noches lúgubres.

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Ediciones Cátedra, 1985. 349 páginas.

CartasMarruecas
Cuadros costumbristas

Llevaba mucho tiempo este libro rondando por mis estanterías sin que me decidiera a abrirlo. José Cadalso (1741-1782), está considerado el precursor del romanticismo en España. Tuvo una vida interesante, cuyos comienzos fueron muy cosmopolitas:

De familia de ricos comerciantes, por parte de su abuelo materno y de su mismo padre, nació José Cadalso y Vázquez en Cádiz, el 8 de octubre de 1741. La familia, sin embargo, procedía por línea paterna del señorío de Vizcaya, donde era tenida por noble. La madre murió, según confiesa el propio Cadalso, a consecuencia del parto, y el padre, ausente por negocios en América, iba a tardar casi trece años en conocer al niño. Tuvo que encargarse de su educación un tío jesuíta, el padre Mateo Vázquez, hombre de letras que llegó a ser rector del Colegio de jesuítas gaditano. Él fue quien envió al futuro escritor, ornado desde entonces con esta aureola europeizante, a estudiar a Francia, al Colegio de Luis el Grande, de París, también de jesuítas, famoso a mediados del siglo xviii por el nivel de sus estudios y la calidad de sus alumnos. Cuenta el mismo Cadalso en sus Apuntaciones autobiográficas, hasta hace muy poco desconocidas y que aquí tendremos en cuenta en esta semblanza, que llegó al Colegio de nueve años, cuando estaba a su frente el padre Latour, protector de Voltaire en su incorporación a la Academia.

Vuelto el padre de Indias, desembarcó en España y se dirigió a París a conocer a su hijo. Y ansioso siempre de nuevos ambientes, se fue después a Inglaterra, donde tanto se entusiasmó, que llamó con él a Londres al educando, que también llegó a hacerse con el idioma inglés. Tras otro año de estancia en París, pasando por Holanda, regresó por fin a España el muchacho cosmopolita, entrando en un país, según declara, que le era «totalmente extraño», ya que «lengua, costumbres, traje, todo era nuevo para un muchacho que había salido niño de España y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés y toda la aspereza de un inglés».

Párrafo que extraigo del excelente prólogo de Joaquí Arce. Es costumbre que los libros de esta editorial vengan precedidos por unas introducciones bien documentadas, debido, creo, a que están dirigidos a los estudiantes. En el libro El estudiante de Salamanca la introducción ocupaba bastante más que la obra.

Las Cartas Marruecas son una colección de retratos de la época. Para ello el autor sigue un modelo que ya había sido utilizado con éxito por Montesquieu en las Cartas Persas. Por un lado escribir el texto en forma epistolar, y por otro, describir la sociedad actual desde el punto de vista de alguien de una cultura completamente diferente a la nuestra. Esto le da la libertad de acentuar los aspectos más censurables sin tener que hacer un ataque directo.

En Noches lúgubres el registro es completamente distinto. Estamos ante una historia a la que no le falta ningún elemento romántico; la luna, la amada muerta, las tumbas, la desesperación del amado. Durante tres noches un joven intentará desenterrar a su amada con la ayuda del sepulturero, aunque diversos factores le impedirán conseguirlo.

El libro ha envejecido bastante bien, aunque hay momentos en los que resulta algo pesado. El tremendismo de las noches no tiene nada que envidiarle a Edgar Allan Poe, y aunque a los ojos modernos resulte algo patético sigue manteniendo su fuerza. Algunas de las estampas se repetirán ayer, hoy y siempre con mínimos cambios. Veamos la sorpresa que le causa al autor escuchar a una joven que habla ‘a la moda’:

Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira . Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maitre d’hotel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. La crapaudina, mi plato favorito, estaba delicioso. Tomé café y licor. Otra partida de quince; perdí mi todo. Fui al espectáculo; la pieza que han dado es execrable; la pequeña pieza que han anunciado para el lunes que viene es muy galante, pero los actores son pitoyables; los vestidos, horribles; las decoraciones, tristes. La Mayorita cantó una cavatina pasablemente bien. El actor que hace los criados es un poquito extremoso; sin eso sería pasable. El que hace los amorosos no jugaría mal, pero su figura no es previniente. Es menester tomar paciencia, porque es preciso matar el tiempo. Salí al tercer acto, y me volví de allí a casa. Tomé de la limonada. Entré en mi gabinete para escribirte ésta, porque soy tu veritable amiga. Mi hermano no abandona su humor de misántropo; él siente todavía furiosamente el siglo pasado; yo no le pondré jamás en estado de brillar; ahora quiere irse a su provincia. Mi primo ha dejado a la joven persona que él entretenía. Mi tío ha dado en la devoción; ha sido en vano que yo he pretendido hacerle entender la razón. Adiós, mi querida amiga, hasta otra posta; y ceso, porque me traen un dominó nuevo a ensayar.

Creo que hoy en día nadie dice que algo es piyotable ni hasta otra posta, pero veamos que es lo que más le sorprende a Cadalso:

Lo del desabillé también me apuró, y me di por vencido[..]También me dijo lo que era modista, piquete, maitre d’hotel y otras palabras semejantes. Lo que nunca me pudo explicar de modo que acá yo me hiciese bien cargo de ello, fue aquello de que el jefe de cocina era divino. También lo de matar el tiempo, siendo así que el tiempo es quien nos mata a todos, fue cosa que tampoco se me hizo fácil de entender…

¿Que diría si viera que hoy en día son expresiones de lo más normal?

(Un día, un libro 302/365)
Escuchando: No pensis en mi. Josmar.

Abril 13, 2005

[*] Ignacio Aldecoa. Cuentos.

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Editorial Cátedra, edición de Josefina Rodriguez de Aldecoa.
Undécima edición. 252 páginas.

La voz de los desheredados

En rigor, no debería ser este el primer libro posteado, puesto que lo acabé de leer la semana pasada. Pero su calidad le ha merecido este puesto de honor. Empezemos esta bitácora con un buen libro.

El libro es una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa, escritor nacido en Vitoria. Una edición muy cuidada, como todas las de Cátedra, seleccionada y prologada por la mujer del autor. Creo que Alfaguara ha sacado una edición completa de sus cuentos, pero este volumen nos permite hacernos una idea de la calidad y la temática de Aldecoa.

Unos cuentos excelentes, agrupados en 6 categorías; el trabajo, la guerra, la burguesía, los condenados, los viejos y los niños, y los seres libres. Retratos fieles de la postguerra española, sus páginas nos hablan del hambre, de la pobreza, de la injusticia, de la solidaridad. Historias como las que he escuchado tantas veces a mis padres y a mis abuelos, y que me tocan en lo más hondo.

Con todo, me quedaría con el cuento ‘La despedida’, donde la despedida de dos ancianos es la excusa para crear una pequeña obra de arte rebosante de ternura.

Hay que leerlo.

Todas las reseñas procedentes del antiguo cuchitril vendrán precedidas de [*], para distinguirlas de las reseñas nuevas

(Un día, un libro 2/365)