Cuchitril Literario

Diciembre 12, 2007

César Aira. Cómo me hice monja.

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César Aira. Cómo me hice monja.
DeBosl!llo, 2006. 240 páginas.

César Aira, Cómo me hice monja
En frasco pequeño

Doctor Jeckyll y mister Hyde, Aira es capaz de escribir obras maestras como Ema, la cautiva y bodrios infumables como La mendiga. Cada libro es como un sobre sorpresa ¿nos tocará el premio gordo o el llavero de plástico? Con este libro, por suerte, contaba con buenas referencias de una persona de confianza: Magda

El libro está compuesto por tres historias. La primera es la autobiografía de un niño desde que su padre le invita a su primer helado -que resulta tener un sabor horroroso- hasta el momento de su muerte. La segunda es una historia de amor; una chica buena y virgen provoca la pasión de una chica punk, que se empeña en demostrarle su amor de una manera un tanto original. La última es un relato en la frontera de la realidad y el sueño, de la alucinación y la imaginación.

Las tres son muy buenas y, lo que es curioso, me han ayudado a situar en su lugar novelas como La mendiga o Las noches de Flores. El mecanismo es parecido, pero lo que en las novelas se queda en un intento no logrado, en estos cuentos es un acierto. La destrucción de la previsibilidad de la historia consigue un efecto redondo.

Otro punto para César Aira.

Escuchando: El Vino y el Pescao. G5 (¡que buenos!).


Extracto:[-]

Fuimos caminando hasta una heladería que habíamos localizado el día anterior. Entramos. Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los árboles que había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos. Observé cómo lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de crema verde. Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la boca.

Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz, y eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles, que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente la alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era un dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una tonelada.

No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo a prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca involuntaria de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi exagerada, en la que se conjugaba la reacción fisiológica y su acompañamiento psíquico de desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no poder seguir a papá ni siquiera en este camino de placeres. Habría sido insensato intentar ocultarlo; ni siquiera hoy podría hacerlo, porque esa mueca no se ha borrado de mi cara.

-¿Qué te pasa?

En su tono ya estaba todo lo que vino después.

En circunstancias normales el llanto me habría impedido contestarle. Siempre tenía las lágrimas a flor de ojos, como tantos chicos hipersensibles. Pero un rebote del gusto horrendo, que me había bajado hasta la garganta y ahora volvía como un latigazo, me electrizó en seco.

-Gggh…

-¿Qué?

-Es… feo.

—¿Es qué?

—¡Feo! —chillé desesperada.

-¿No te gusta el helado?

Recordé que en el camino me había dicho, entre otras cosas cargadas de una agradable expectativa: «Vamos a ver si te gusta el helado». Claro que lo decía dando por supuesto que sí me gustaría. ¿A qué chico no le gusta? Los hay que, adultos, recuerdan su niñez como un prolongado pedido de helados y poca cosa más. Por eso ahora su pregunta tenía una resonancia de incrédulo fatalismo, como si dijera: «No puedo creerlo; también en esto tenías que fallarme».

Vi construirse la indignación y el desprecio en sus. ojos, pero se contuvo todavía. Decidió darme una oportunidad más.

-Cómelo. Es rico -dijo, y para demostrarlo se llevó a la boca una cucharada cargada del suyo.

Agosto 15, 2007

César Aira. Las noches de flores.

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Editorial Mondadori, 2004. 140 páginas.

César Aira, Las noches de flores

Reparto alucinógeno

Después de la decepción que me llevé con La mendiga, con mi marcador 2-1 todavía favorable a Aira, esperaba encontrar algo mejor en estas Noches .

El libro empieza bien. Una pareja mayor tiene que ponerse a trabajar por falta de dinero. Lo curioso es su empleo: repartidores nocturnos de pizza. A pie por falta de moto recorrerán el barrio para entregar la comida. Mientras tanto la ciudad está conmocionada por el secuestro y asesinato de un niño, un crimen que todavía no se ha conseguido resolver.

Adolece de defectos ya aparecidos en La mendiga, pero al menos los personajes son más entrañables y se les coge cariño. Hasta que, en un determinado punto del libro, todo cambia de una manera extraña y sin sentido. A partir de ahí pierde toda tensión e interés. Un giro que no tiene razón de ser y que tampoco aporta nada ni a la estructura ni a la trama.

Ahora entiendo perfectamente a ericz. A partir de cierta página el libro se va por el desagüe. Sigo sin entender como el tipo que escribió una maravilla como Ema, la cautiva es capaz de salir con un libro como éste. Mi marcador está 2-2 en estos momentos. Espero que lo salve Como me hice monja, que viene recomendado. Lo que yo les recomiendo es que eviten este libro.

Escuchando: Que hace una chica como tú en un sitio como éste. Burning.


Extracto:[-]
Aldo y Rosita Peyró, un matrimonio maduro de Flores, adoptaron un curioso oficio en el que eran únicos y despertaban la curiosidad de los pocos que se enteraban: hacían delivery nocturno para una pizzería del barrio. No es que fueran los únicos en hacerlo, como quedaba patente por el ejército de jovencitos en motoneta que iban y venían por las calles de Flores, y de todo Buenos Aires, desde que caía el sol, como ratones en el laberinto de un laboratorio. Pero no había otra pareja madura (ni joven) que lo hiciera, y a pie, en sus propios términos.

Eran miembros muy característicos de nuestra vapuleada clase media, con una jubilación mediocre, casa propia, sin apremios graves pero sin un gran desahogo. Con salud y energía, relativamente jóvenes, sin nada que hacer, habría sido asombroso que no buscaran alguna ocupación con la que complementar su modesta renta. No se propusieron ser originales: el empleo surgió un poco por casualidad, por conocimiento con el joven encargado de la pizzería, y quizá también porque se parecía a un no trabajo. La crisis, que tantas adaptaciones extrañas en los hábitos venía produciendo, terminó de redondear la oportunidad: las pizzerías dejaron de financiar las motonetas, desde que percibieron que podían operar con repartidores con vehículo propio; hubo una drástica reducción de oferta de trabajo, y la que quedó se hizo más imprevisible pues los adolescentes dueños de motonetas se presentaban a trabajar sólo cuando necesitaban el dinero, y cambiaban de patrón a capricho. Los Peyró eran puntualísimos, responsables, y su paso a paso rendía. Les reservaban las entregas cercanas, de un radio reducido, y ni siquiera podía decirse que tardaran más que los motociclistas, ni que las pizzas llegaran frías. Cobraban el pequeño honorario establecido, más las propinas. Y además se obligaban a caminar, ejercicio recomendado a su edad, buenísimo para la salud, eso no necesitaban que se lo dijera un médico.

El trabajo los puso en contacto con una cara de la sociedad que de otro modo habrían ignorado. También con una cara de ellos mismos que no habría salido a luz. Como tantas parejas de su edad, se habrían ido «quedando» cada vez más, pasando las veladas frente al televisor, acostándose cada día más temprano. Al abrírseles la noche, se les renovaba una especie de juventud. Y los chicos extremadamente jóvenes que eran sus colegas de reparto en la pizzería los tomaban con la mayor naturalidad. Eran casi niños, o directamente niños desde la altura de la edad de Aldo y Rosita, lo que no les impedía aprender de ellos. Las generaciones al renovarse aportan cosas nuevas, que no tienen nada que ver con la experiencia, o ponen a la experiencia en otro plano. Estos chicos además eran especiales: las motonetas, los horarios nocturnos, la calle, les daban un carácter muy seductor de libertad, de audacia, de independencia; o quizá era ese carácter con el que habían nacido lo que los llevaba a ejercer el oficio. El encargado de la pizzería les confió una vez a los Peyró que ellos eran «una buena influencia» sobre la tropa juvenil; esa noche, en las largas charlas de las caminatas llevando las pizzas, le dieron vueltas a esa información, y concluyeron que las influencias siempre eran mutuas, y por fantástico que pudiera parecer, ellos también se enriquecían por lo que recibían.

Los trayectos tenían un dibujo muy peculiar por un curioso motivo. Peatones prudentes de la vieja escuela, cruzaban las calles sólo en las esquinas, respetando las luces de tránsito cuando las había, si bien el peligro de los autos disminuía bastante pasadas las diez u once de la noche. Disminuía y aumentaba al mismo tiempo, porque los vehículos, al ser menos, iban más rápido. Ahora bien, al caminar, Rosita se ubicaba siempre a la izquierda de Aldo, porque el oído izquierdo de Aldo funcionaba mejor que el derecho, y como siempre iban charlando de una cosa u otra, él prefería tenerla del lado por donde la oía más. Por una larguísima costumbre (siempre habían sido muy caminadores), él le cedía el lado de la pared, como había aprendido en su infancia que debía hacer un verdadero caballero, y se sentía incómodo cuando quedaban ubicados al revés.

Agosto 8, 2007

César Aira. La mendiga.

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Mondadori, 1999. 166 páginas.

César Aira, La Mendiga
Culebrón de papel

Después de leer dos estupendas novelas de Aira (Una novela china y Ema, la cautiva), y pese a las advertencias de mi amigo ericz tenía claro que quería seguir leyendo obras de este autor. Una visita a la biblioteca, dos libros del autor, y a la faena.

Una mendiga se tuerce un tobillo y provoca un pequeño alboroto. Por suerte para ella en la ambulancia que viene a buscarla se encuentra nada menos que Cecilia Roth, que actúa como médica de fertilidad en una serie. Es conducida al hospital Piñeyro, dónde tendrá un encuentro con un antiguo conocido. El grueso de la rocambolesca vida de Rosa, la mendiga, nos lo desvelará Aldo, antiguo compañero de Cecilia y jefe de guardia del Piñeyro.

Cecilia Roth actúa en una serie televisiva y durante todo el libro se juega con esa idea: ¿estamos leyendo una historia real o asistiendo a una puesta en escena? Los pensamientos de Cecilia y los increíbles giros de la historia nos llevan a creer que no estamos leyendo un libro, sino sentados frente al televisor viendo las peripecias de la última telenovela de moda. Quitando este insuficiente juego el resto del libro se hace pesado, los giros del argumento, aunque imprevisibles, se hacen aburridos y finamente no llevan a ningún sitio.

No es que el libro sea malo, es que de alguien que ha escrito libros como los que apuntaba en el primer párrafo esperaba algo mejor. Les seguiré informando porque el siguiente que he leído también tiene su miga. A ericz tampoco le gustó.

Escuchando: You’re My Latest, My Greatest Inspiration. Teddy Pendergrass.


Extracto:[-]

Muy bien… Pero lo que había pasado esa mañana excedía esas premisas, y proponía un cambio de reglas de juego. Al hablar de una «mendiga» (y hablaban, porque ése era el título del episodio, aunque la palabra no se repetía ni una sola vez en todo el guión), necesariamente estaban hablando de dinero. Podía ser un error, una distracción. Después de todo los guionistas eran humanos, y trabajaban contra el reloj (un capítulo de una hora por semana). Sufrían tantas presiones, había tantos imponderables, que si se trataba de un error era disculpable. Y, por supuesto, podía arreglarse; el verosímil mismo daba excusas para los más extraños giros. Pero no era cuestión de anularlo a la primera ocasión. Se le podía sacar provecho, usarlo como puente, tendido milagrosamente, al otro lado, un puente entre el realismo y la realidad… Cecilia lo estaba captando de pronto, pero eso no significaba que viera la luz y se dispusiera a dar el salto, que creyera el paso expedito… Era apenas una posibilidad oscura, muy discreta. De hecho, la condición socioeconómica de esa desconocida no implicaba nada de por sí; eso era fácil de arreglar; mucho más difícil era con la clase media. Si esa mujer no tenía dinero en absoluto, los fecundólogos podían trabajar gratis, estaban acostumbrados, y el bloqueo quedaba intacto. Pero de todos modos… era un detalle un poco excesivo. Un desgarro. No había habido gradación para llegar a él… Quizás la realidad estaba esperando de veras al otro lado, y Cecilia no era de las que dejan pasar una ocasión…

El auto había quedado raro después de la reparación. Funcionaba bien, quizás mejor que antes, pero no le respondía igual que antes, parecía dotado de vida propia. Su propia respuesta era apretar a fondo el acelerador, gesto al que por lo demás la estimulaba ver las calles tan vacías. La ciudad estaba desierta, como después de la extinción de la especie.Esto deberían ser así porque eran apenas las diez de la noche de un sábado, pero esas escenas de exteriores las habían filmado todas a las tres de la mañana, para no tener problemas con el tránsito. Era práctico, no podía negarlo, pero no le gustaba; cortaba el ritmo, hacía de la historia un rompecabezas… También tenía algo mágico, porque cuando lo emitían todo caía en su lugar. No había llegado al estadio de su evolución de actriz como para disfrutarlo. Por ejemplo ahora, ¿adonde iba? ¿Por qué estaban tan vacías las calles? Qué sospechoso resultaba. Era como si hubiera sucedido alguna catástrofe… y eso bastaba para que sucediera, en alguno de estos repliegues del tiempo desarmado y vuelto a armar.

Tomó por Várela hasta el hospital. Ese último tramo lo hizo a toda velocidad, sin ver, sin mirar, sin pensar. Seguía pisando a fondo el acelerador, movía el volante a derecha e izquierda, un poco al azar… Ya estaba en el Piñeyro. Entró por el portal abierto, el auto se detuvo solo junto a una palmera… Cuando ella no hablaba, el espacio y el tiempo se disociaban; eran los camarógrafos y montajistas los que creaban el movimiento. En esas condiciones, el auto se volvía una máquina mágica de teletransportación. Suele decirse que la diferencia entre automovilistas hombres y mujeres es de esencia, independiente de la habilidad y la experiencia: los nombres, aun los que no entienden de mecánica, sienten al auto como un sistema racional de causas y efectos, mientras que para las mujeres es una caja negra, con la causa y el efecto separados por un tramo de misterio… Eso puede afectar el estilo de actuación.

Octubre 12, 2006

César Aira. Una novela China.

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Ed. DeBols!llo, 2004. 174 páginas.

AiraNovelaChina
Paciencia recompensada

Ya confesé en la reseña de Ema, la cautiva que me había sorprendido la calidad de César Aira. Tanto que compré este libro al poco de terminar el anterior. Son tan diferentes que no parecen del mismo autor.

Lu Hsin es una persona sorprendente; ingeniosa, inteligente y sobre todo, paciente. Sus actos son tan sutiles como efectivos. No es de extrañar que para alcanzar el amor tenga que recorrer un camino sinuoso y sin garantías. ¿Tendrá un final feliz el extraño juego que su talento ha comenzado?

Si la comparo con Ema la cautiva sale perdiendo. Pero el talento de Aira me sigue pasmando. Si en Ema no podía imaginar de dónde había sacado a esos indios barrocos, en Una novela china me cuesta entender como puede crear esos personajes, chinos hasta la médula. ¿Pero este hombre no es argentino?

Es una novela de fácil -y engañosa- lectura. Como un paseo por un jardín chino. Al acabar el recorrido uno sólo puede decir ha sido bonito, me ha gustado. Y quedan ganas de volver, claro, porque algún trozo del paisaje está pidiendo una nueva visita.

A mi amigo ericz no pareció gustarle El mago, también de Aira, pero mi marcador muestra dos de dos. Novelas breves, bien escritas y originales ¿hay quién dé más?

Escuchando: Suite nº 1, Obertura. Juan Sebastián Bach.


Extracto:[-]


—El respeto a las formas —decía Wen Tsi— no es tanto la conservación de lo mismo como la observancia del ritmo con que lo mismo adopta formas diversas. Ahí es donde ha fallado Chen a mi juicio: desde el momento en que alguien puede preguntarse, como lo venimos haciendo nosotros, si su estilo es real o sólo un espejismo, el artista como tal deja de existir para la historia de la etiqueta; no importa que la respuesta eventualmente le sea favorable.
Era un hombrecito pequeño, muy pálido y arrugado, con una formación anticuada en la que creía de una vez para siempre, y que apenas si teñía imperceptiblemente una tenue puesta al día en marxismo. Se lo habría dicho un teórico en Emperatrices, un reductor de ciudades trasladado por error al campo. Salvo que usaba invariablemente ropa occidental: pullóveres de cuello alto, y pantalones de franela, bajo los cuales las sandalias y las gruesas medias de lana verde constituían un anacronismo más. Le gustaba hablar, y como era endiabladamente tímido sólo lo hacía en ocasiones muy íntimas. Siguió exponiendo su punto de vista, mientras sostenía con índices y pulgares una tacita de té.

—Chen como pintor falla en las exterioridades, y no debería asombrarnos que haya sido más apreciado en Occidente…

—No es exacto —acotó el señor Hua.

—… donde el desprecio de las formas ha llegado a constituirse en la razón de ser del arte. La manifestación de un dolor o un anhelo, tan alabadas en su pintura, no son sino construcciones mentales a cargo del espectador, y es precisamente de ese exceso de trabajo al que obliga de donde nace, por inercia, el trabajo suplementario en el espectador de preguntarse si su obra no será un fraude al fin de cuentas.
Esbozó una sonrisa seca, como si él mismo se hubiera convencido al fin con una buena argumentación. El señor Hua era delgado en la parte superior del cuerpo, pero con gruesas caderas de matrona.

—Mi honorable amigo —dijo—, confunde elementos distintos: sus razonamientos se aplican al dibujo de Chen, pero no a su arte de colorista y poeta de la construcción pictórica.

—No entiendo de sutilezas técnicas —dijo Wen Tsi, que se proponía demostrar precisamente que las entendía mejor que su interlocutor— pero si he podido entrar en la discusión, y apreciar la peculiar ambigüedad…

—¿Llueve? —preguntó Lu levantando la cabeza de su taza de té.

—Mmm… así parece —dijo brevemente el señor Tsi, y prosiguió—: … de su desatar los hilos antiguos de la etiqueta de los movimientos amplios de la naturaleza…
Su perorata, por un súbito mimetismo, tomaba la cadencia aburrida del ruido de la lluvia. Con su paso bamboleante, el señor Hua había ido a la ventana. Efectivamente, estaba lloviendo, y se preguntaba cómo lo habían adivinado, pues era un movimiento atmosférico tan mudo como el desprendimiento del polen. Pensó que la casa de Lu Hsin era un buen refugio, en cuyo interior se extinguían los ruidos, pero no tanto como para ocultarles el inconveniente de volver a sus casas, pues no habían traído paraguas; y como era primavera, inevitablemente se formarían charcos. Se quedó un momento en la ventana, vagamente incómodo.

Los tres amigos se reunían por lo menos una vez a la semana en casa de Lu. Uno de los temas sobre los que volvían siempre era el que los ocupaba en esta ocasión: un pintor de la época de decadencia de los Ming (principios de siglo xvn), Chen Hong-Cheu, de Che-Kiang. Su obra, especialmente su famosa serie de retratos, pero también sus escenas imaginarias, paisajes e ilustraciones de situaciones búdicas, mostraban rasgos acentuados de deformación, como en ningún otro artista de su época. Deformaciones tan constantes, y por momentos tan enigmáticas en cuanto a sus finalidades estéticas, que desde entonces se discutía sobre la realidad de sus dotes; bien podría haber sido, decía la voz escéptica de cada cual, que Chen hubiera sido un fraude, un torpe. La duda volvía más fascinante su obra, y el encanto hacía más difícil la resolución de la alternativa.

Aunque aldeanos, los tres amigos no posaban de eruditos; tenían la elegancia suficiente como para reconocer, siquiera implícitamente, que ponían en Chen Hong-Cheu sólo sus deseos de conversar y las fluctuaciones de su imaginación.
Lo cual se probaba ahora mismo. La visión de la lluvia había causado melancolía en Hua, y se le ocurrió algo novedoso sobre el tema:

—Quizás —dijo— no es necesario que nos interroguemos sobre la verdad del estilo de Chen. Quizás bastaría con adivinar sus estados de ánimo.
Los otros dos lo miraron intrigados: después de tantas sutilezas, eso parecía un retroceso notorio.

—Las dos cosas van juntas —dijo suavemente Wen Tsi.

—En efecto. Pero no necesariamente para nosotros.
Lo pensaron. El dueño de casa volvió a servir té. Tenía una bata de sarga y un gorrito con el que cubría su calvicie bastante avanzada cuando temía que podía pescar un resfrío. Los tres encendieron cigarrillos, y consideraron el volumen de luz que entraba por las dos ventanitas de la sala. Era una luz gris, con cierta humedad por contagio imaginario: la luz peculiar de la lluvia, con su extra de esplendor, siempre tan discreto.

—Los estados de ánimo —dijo el señor Lu— son de quien los experimenta, efectivamente. Y con un estilo sucede lo mismo. Sólo que en ocasiones el estilo, como un dragón, se desliza sobre los estados de ánimo de la humanidad entera, como la luz sobre los objetos…
Hua sacudía la cabeza con gesto fatalista:

—No era a eso a lo que me refería.

Hua, pensaban sus dos contertulios, era un melancólico; por dentro era una verdadera señora; la forma de sus ancas no desmentía su modo de sentarse en el mundo.
Uno de los gatos se hizo notar de pronto, con un pequeño maullido. Como si lo hubiera oído, desde afuera respondió un pájaro, de los que se refugiaban en el alero de Lu los días de lluvia: una golondrina. El gato fue al centro de la sala, y lo siguió perezosamente el otro; los dos eran de un blanco amarillento, uno de ellos con máscara negra. El primero saltó al vano de la ventana y miró un instante, tal como lo había hecho Hua. Después volvieron a sus almohadones. Los sobresaltó un aleteo, y quedaron un rato con las orejas erectas. Había huecos en la inserción de las vigas del cielo raso, y las golondrinas debían de estar presentes también en la reunión, aunque ocultas.
Fue el turno de Lu Hsin de dar su propia opinión sobre el caso:

—A mi juicio, lo que propone Chen con la ambigüedad de su destreza, es nuestra comprensión. Se supone que al fin de una larga o breve deliberación ante sus obras, deberíamos llegar a una comprensión: es real, o es un fraude. Pues bien, en un sentido u otro, nuestra conclusión será incomunicable, por cuanto la comprensión misma es incomunicable. Y no me refiero a una pedagogía… Lo incomunicable lo es para con uno mismo. De ahí que somos nosotros mismos los que no comprendemos nuestra comprensión. —Hizo una larga pausa—. La misión del artista es hacernos comprender eso al menos, y creo que Chen lo hace bien.

Sus amigos asintieron.

Enero 13, 2006

César Aira. Ema, la cautiva.

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Ed. DeBOLS!LLO, 2005. 206 pág.

AiraEmaCautiva
Universo bello y misterioso

Otro autor que pedí para mi cumpleaños, ya que me lo recomendaban por todas partes. Sobre todo Bolaño en este libro. Tenía que hacerle caso. No sabía que iba a encontrar, pero me he topado con más de lo que esperaba.

Decir que el libro narra las aventuras de Ema desde que es conducida a una colonia penal hasta que se convierte en una próspera criadora de pájaros es quedarse corto. Explicar que la historia transcurre es un extraño universo donde el papel moneda se fabrica a destajo, los indígenas tienen una cultura propia de mandarines y todo parece el extraño sueño de un fumador de opio tampoco completa el fresco.

Por algún sitio he leído que estamos ante uno de los escritores más originales de la prosa contemporánea. Lo creo. Lo que leemos no es un libro; es la descripción de un mundo imposible que, como dice ericz en esta entrada, no se sabe de donde ha salido. Mientras sea de esta calidad, no es que importe demasiado.

A la semana de leerlo me lancé a comprar otra novela del autor. ¿Debo ser más claro y decir que no deben perdérselo?

(Un día, un libro 277/365)
Escuchando: Semilla de piedra. Lila Downs.