Cuchitril Literario

Mayo 2, 2008

Henning Mankell. Los Perros de Riga.

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Círculo de Lectores, S. A, 2002. 940 páginas.
Tit. Or. Hundarna i Riga . Trad. Dea M. Mansten y Amanda Monjonell .

Henning Mankell, Los Perros de Riga
Forastero en tierra extraña

Salto hacia atrás en el tiempo después de leer Antes de que hiele. Lo sé, no lo estoy haciendo en el orden correcto y después me voy a liar. La culpa la tiene el Reto 2008 y lo difícil que es encontrar escritores de Letonia.

Ha aparecido una barca con dos cadáveres dentro. Wallander investiga el caso que resulta estar relacionado con Letonia. Después de que un policía letón venga a Suecia será el turno de Wallander de visitar Letonia para seguir la pista del caso. Pero desenvolverse en un país desconocido bajo una intensa vigilancia no resultará fácil.

La prosa no me ha parecido tan trabajada como en Antes de que hiele, algo totalmente normal, pero tiene sus virtudes. El protagonista sigue siendo un policía sin nigún poder extraordinario que lo pasa bastante mal cuando viaja al país vecino. Tiene sus debilidades y aunque tiene capacidad de enamorarse no es ningún don juan. La descripción del ambiente de Letonia y el contraste entre la vida de un país que lleva años disfrutando de un estado del bienestar y de otro que acaba de salir del dominio soviético está especialmente conseguido.

Seguiré con la saga. Otras reseñas en: Kiyoaki y istmoenlinea.

Reto 2008: Letonia.

Escuchando: La leyenda del tiempo. Kiko Veneno.


Extracto:[-]

Kurt Wallander imaginaba que el mayor Karlis Liepa llegaría a la comisaría de Ystad vestido de uniforme, pero el hombre que Björk le presentó por la mañana del sexto día de la investigación vestía un traje gris holgado y una corbata mal anudada. Era un hombre bajito y mostraba unos hombros enjutos, como si no tuviese cuello. Wallander no observó en él ningún rasgo militar. Pero el oficial letón fumaba un cigarrillo tras otro, por lo que sus dedos estaban manchados de nicotina y pronto causó problemas en la comisaría: los no fumadores se dirigieron a Björk para quejarse de que el mayor fumaba en todas partes, incluso en las zonas en que estaba terminantemente prohibido. Björk les aconsejó que tuviesen cierta comprensión para con el huésped, y le pidió a Wallander que comunicara al mayor que tenía que respetar las zonas donde no se podía fumar. Cuando Wallander le explicó, en su vacilante inglés, las medidas suecas contra el tabaco, el mayor Liepa se encogió de hombros y apagó el cigarrillo. Después de que se lo advirtieran, se limitó a fumar en el despacho de Wallander y en la sala de conferencias, pero la cada vez más intensa densidad del humo amenazaba con ser insoportable incluso para Wallander, por lo que se dirigió a Björk y pidió que el mayor Liepa tuviese su propio despacho. El asunto se arregló con el traslado temporal de Svedberg al despacho de Martinson.

El mayor Liepa también era muy miope. Las gafas sin montura que llevaba parecían no tener las suficientes dioptrías, porque cuando leía levantaba el papel hasta muy pocos centímetros de los ojos. Tanto es así, que se podía llegar a pensar que, en lugar de leer el texto, lo olía. A los que le veían por primera vez, les costaba mucho guardar las formas y no burlarse de él, hasta el punto de que Wallander en más de una ocasión oyó comentarios irrespetuosos sobre el pequeño y enjuto mayor, por lo que se apresuró a sofocarlos, ya que enseguida descubrió que el mayor Liepa era un policía extremadamente hábil y sagaz. Se parecía en cierto modo a Rydberg, no solo por ser una persona apasionada, sino también porque, a pesar de que las investigaciones policiales casi siempre seguían sus rutinas habituales, él nunca pensaba de forma rutinaria. Era un policía entusiasta, y tras su aspecto aparentemente gris se escondía una brillante y aguda inteligencia.

La mañana del sexto día de la investigación policial fue gris y ventosa. Todo hacía prever que un temporal de nieve sacudiría Escania aquella misma noche. El virus de la gripe estaba causando estragos entre los policías, los crímenes sin resolver comenzaban a acumularse y exigían una rápida actuación. Björk se vio en la necesidad de liberar a Svedberg del caso. Lovén y Rönnlund ya habían regresado a Estocolmo; Björk, que también se encontraba decaído, dejó en manos de Martinson y Wallander al mayor Liepa, una vez terminadas las presentaciones, en la sala de conferencias, donde el mayor fumó un cigarrillo tras otro.

Wallander, que había pasado la noche anterior jugando a la canasta con su padre, puso el despertador a las cinco para tener tiempo de leer el folleto sobre Letonia que un librero le había entregado el día anterior. Era de la opinión de que antes de meterse de lleno en la investigación sería conveniente que se informasen mutuamente de cómo estaba organizada la policía en sus respectivos países. El hecho de que la policía letona usara rangos militares auguraba grandes diferencias entre los dos cuerpos. Cuando Wallander se puso a exponer en inglés, a grandes rasgos, cómo era la policía sueca, de repente se sintió inseguro, ya que ni él mismo sabía cómo funcionaba la policía de su propio país. Los avisos tan anunciados por el director general de la policía sobre considerables reformas dentro de la actual organización no lo hacían más fácil: hasta ahora Wallander había leído numerosísimos y siempre mal redactados informes sobre los inminentes cambios dentro del cuerpo. Cuando en más de una ocasión había querido comentar con Björk lo que supondría en realidad la reforma, solo había obtenido por respuesta comentarios difusos. Ahora, sentado frente a su colega de Riga, pensaba que podría omitir esa información. Si surgían errores organizativos podrían arreglarlos sobre la marcha.

Noviembre 23, 2007

Eduardo Acosta Méndez. Filósofos cínicos y cirenaicos. Antología comentada.

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Círculo de lectores, 1997. 334 páginas.

Varios, Filósofos Cínicos y Cirenaicos
Punks clásicos

Siempre me han fascinado los filósofos cínicos. Además de lo que se estudia en el bachillerato me había leído La secta del perro de García Gual. Su radical visión de la vida, su desprecio de las convenciones, su austera vida… Las anécdotas, aunque con toda seguridad sean apócrifas, son verdaderos arquetipos morales:

Platón: Si supieras adular al rey, no tendrías que comer lentejas.
Diógenes: Si supieras comer lentejas, no tendrías que adular al rey.

Además de los filósofos cínicos están los cirenaicos. Ambas escuelan buscaban la felicidad y el bien, pero mientras los primeros lo identificaban con la ausencia de necesidades, los segundos asociaban el bien al placer, entendido también como placer espiritual.

En este libro se muestran para cada filósofo una noticia previa -breve escorzo biográfico-, una selección de Máximas y una colección de anécdotas y apotegmas. Entre los cínicos aparecen Antístenes, Diógenes, Crates e Hiparquia. De los cirenaicos están Aristipo, Arete y Aristipo Metrodidacta, Hegesias, Anníceris y Teodoro. Me ha sorprendido la figura de Hegesias, llamado el pesimista, al que tenían prohibido dar charlas porque después muchos de los que le escuchaban se suicidaban. Eso es tener poder de convicción; hoy seguro que era publicista.

Al final encontrarán una selección de anécdotas, pero si pueden háganse con el libro. Es una delicia.

Escuchando: Skeletons. Rickie Lee Jones.


Extracto:[-]

Diógenes

Se cuenta que Alejandro dijo que si no hubiera sido Alejandro, habría querido ser Diógenes.

En una ocasión en que [Diógenes] tomaba el sol en el Cráneo, Alejandro se presentó ante él y le dijo: «Pídeme lo que quieras». Diógenes replicó: «Deja de hacerme sombra».

Como Polixeno el dialéctico mostrara su indignación por el hecho de que algunos llamaban a Diógenes «perro», éste le dijo: «Llámame tú también “perro”, pues Diógenes es para mí un sobrenombre; yo en realidad soy un perro, de los de noble raza y de los que protegen a sus amigos».

[Diógenes] solía hacerlo todo en público, tanto las cosas de Deméter como las de Afrodita. Y razonaba con argumentos de este tipo: «Si el comer no es nada extraño, tampoco en la plaza del mercado es extraño. No es extraño el comer, luego no es extraño comer en la plaza del mercado». También solía masturbarse en público y decía: «¡Ojalá también pudiera aplacar el hambre frotándome el vientre!».

En cierta ocasión en que [Diógenes] vio a un muchacho que bebía con sus manos, arrojó de su alforja su copa, diciendo: «Un muchacho me ha aventajado en sencillez». Arrojó también su plato, al ver igualmente a un muchacho que, como se le rompió su plato, recogía las lentejas en la parte hueca” de un trozo de pan.

Aristipo

[Aristipo] pidió dinero a Dionisio y éste le dijo: «Pero ¿acaso no decías que el sabio no carece de nada?». Y Aristipo a su vez dijo: «Dame el dinero y después discutiremos de esto». Y cuando se lo dio, Aristipo añadió: «¿Ves que no he tenido ninguna necesidad?».

En cierta ocasión Simo, tesorero de Dionisio, un bribón originario de Frigia, estaba mostrando [a Aristipo] una casa espléndida, pavimentada con mosaicos, cuando éste, expectorando profundamente, le escupió en la cara. Y como el otro se indignara, le dijo: «No tenía un sitio más apropiado».

Mientras una vez Aristipo hacía un viaje por mar, se desató una tempestad y se quedó fuertemente angustiado. Uno de sus compañeros de viaje le dijo: «¿También tú, Aristipo, tienes miedo, como la mayor parte de los hombres?». Y él respondió: «Mucho, naturalmente, pero mientras en vosotros los afanes y el presente peligro están en relación con una vida mísera, en mi caso afectan a una vida feliz».

Hegesias

Hegesias cirenaico decía que no existe ni la amistad ni la gratitud. Sostenía que no existen por sí mismas, sino que el que pide por necesidad ofrece gratitud y quien está en mejor situación hace el bien. Decía también que la vida es ventajosa para el hombre mediocre, mientras para el sabio es ventajosa la muerte, de modo que algunos lo denominaban «persuasor de la muerte».

¿Cuántos creemos que destacó en elocuencia el filósofo Hegesias cirenaico? Él representaba de tal modo los males de la vida, que una vez introducida su deplorable imagen en el corazón de aquellos que le escuchaban, generaba en muchos el deseo de afrontar una muerte voluntaria. Y por ello le fue prohibido por el rey Tolomeo disertar más sobre este argumento

Agosto 24, 2007

Heisenberg, Bohr, Schrödinger. Física cuántica.

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Círculo de lectores, 1996. 532 páginas.
Trad. Wolfgang Strobl, Luis Pelayo, Miguel Ferrero Melgar y Xavier Zubiri.

Varios, Fisica Cuantica
Misterios subatómicos

No cabe duda de que la Mecánica cuántica es sorprendente. Por un lado predice efectos casi increíbles: que un objeto se comporte como una onda y como una partícula a la vez, que un electrón puede atravesar un potencial electromagnético desapareciendo, que de la nada se crean y destruyen millones de partículas en un instante, que nunca podremos saber con precisión absoluta la posición y el momento de una partícula…

Pero por otro lado no hay teoría científica que se haya confirmado con mayor exactitud, y estamos rodeados de sus aplicaciones tecnológicas, incluyendo el ordenador desde el que están leyendo esta entrada.

Para dar un poco de luz sobre los orígenes de esta rama de la física se han seleccionado en este volumen los Diálogos sobre la física atómica de Heisenberg, descubridor del principio de incertidumbre. Se trata de una especie de autobiografía en la que el autor expone pensamientos y diálogos que tuvo con otros físicos de su época. Teniendo en cuenta que fue el director del proyecto de la bomba atómica de la Alemania nazi se entienden muchas de las justificaciones que contiene. Cierto es, dicho sea con justicia, que sus investigaciones se encaminaron más al uso del átomo como energía que como bombas, y que cuando fue detenido se ofreció a dar toda la información que tenía a los aliados. La cara que se le debió poner cuando escuchó a través de la radio que habían estallado dos bombas en Hiroshima y Nagasaki debió ser digna de verse.

A este texto, que nos muestra de una manera bastante completa como se gestó la mecánica cuántica, lo complementan La teoría atómica y la descripción de la naturaleza de Bohr y La mecánica cúantica ondulatoria de Schrödinger.

El primero, además de ser el autor del principio de complementariedad fue un verdadero mentor de esta nueva disciplina. La obra incluída aquí son cuatro artículos en los que se expone de una manera sencilla lo esencial del pensamiento de Bohr sobre el significado de los cuantos. Sobre Schrodinger comentamos algo en la entrevista a Crumey. Es el creador de la mecánica ondulatoria, opuesta en principio a la mecánica de matrices de Heisenberg, pero igual en esencia como demostró él mismo después. Como los físicos de la época no estaban acostumbrados a trabajar con matrices el sistema de Schrödinger acabo por imponerse. En 1944 publicó un libro titulado ¿Qué es la vida? que, aunque leído ahora pueda parecer poca cosa, inspiró a toda una generación para dedicarse a la biología.

Una manera excelente de conocer la gestación de la teoría científica más ubicua y maravillosa.

Escuchando: Capitán trueno. Asfalto.


Extracto:[-]

-Y por eso ha participado usted en la aplicación de la violencia y en la revolución, con la absurda ilusión de que de la destrucción podría surgir alguna cosa buena. Ya conoce usted lo que ha escrito Jacob Burckhardt sobre el resultado último de las revoluciones en la política exterior: «Ya es una dicha grande el que una revolución no convierta en señor al enemigo ancestral». ¿Por qué nosotros los alemanes habíamos de tener tan extraña dicha? Si nosotros los viejos (tengo ya que contarme entre ellos) no hemos dado ningún consejo es por la sencilla razón de que no sabíamos dar otro que ese tan trivial de que se debe hacer el trabajo concienzuda y ordenadamente, y esperar así a que cunda el buen ejemplo.
-Usted quiere, por tanto, volver otra vez a lo viejo, a lo pasado, a lo de ayer. En su opinión, todo intento de cambio es malo. Pues bien, con estas ideas es justamente con las que no se puede ya convencer a la juventud. Así nunca habría nada nuevo en el mundo. ¿Con qué derecho entonces defiende usted en su ciencia ideas nuevas revolucionarias? Lo cierto es que también se ha roto radicalmente con todo lo anterior en la teoría de la relatividad y en la teoría cuántica.

-Cuando hablamos de revoluciones en la ciencia es importante que se tenga una idea muy clara de estas revoluciones. Pensemos, por ejemplo, en la teoría cuántica de Planck. Usted seguramente sabe que Planck fue desde un principio un espíritu abiertamente conservador, que nunca tuvo el deseo de cambiar seriamente la física antigua. Pero se había propuesto solucionar un problema rigurosamente delimitado, quería entender el espectro de la radiación del calor. Naturalmente, lo intentó manteniendo todas las leyes físicas anteriores, y necesitó muchos años para convencerse de que esto no era posible. Sólo entonces propuso una hipótesis que no encajaba dentro de la física anterior. Aun después de esto, pretendió llenar de nuevo con hipótesis adicionales la brecha que había abierto en los muros de la física antigua. Esta pretensión se demostró como algo decididamente imposible, y el desarrollo ulterior de la hipótesis planckiana hizo necesaria una reestructuración de la física entera. Pues bien, incluso después de la reestructuración, no se ha cambiado absolutamente nada en aquellos sectores de la física que pueden ser entendidos totalmente con los conceptos de la física clásica.

»Dicho de otra manera: en el seno de la ciencia solamente puede operarse una correcta y fructífera revolución cuando se hacen esfuerzos por cambiar lo menos posible, cuando uno se limita, ante todo, a la solución de un problema muy concreto y rigurosamente definido. El intento de dar de lado a todo lo anterior y de cambiar a capricho lleva a resultados absurdos. Este tipo de destrucción de todo lo existente sólo lo intentan, en el campo de las ciencias naturales, los fanáticos sin sentido crítico, los seres que están medio locos, como, por ejemplo, esas gentes que afirman poder dar con un perpetuum mobile. Naturalmente, de tales ensayos no se saca nada. Confieso que no sé si las revoluciones en la ciencia pueden parangonarse con las que tienen lugar en la convivencia humana. No obstante, podría afirmar (aunque se tratara de una pura ilusión) que también en la historia las revoluciones de mayor alcance son aquellas en las que se intenta solucionar solamente problemas rigurosamente delimitados cambiando lo menos posible. Piense usted en aquella gran revolución de hace dos mil años, cuyo autor, Cristo, dijo: «No he venido a suprimir la ley, sino a cumplirla». Una vez más: lo que interesa es circunscribirse al objetivo principal y cambiar lo menos posible. Lo poco que entonces deba modificarse puede en adelante gozar de tal fuerza transformadora, que sea capaz de cambiar por sí mismo casi todas las restantes formas de la vida.

Agosto 13, 2007

Henri Poincaré. Sobre la ciencia y su método.

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Círculo de lectores, 1997. 364 páginas.
Trad. M. García Miranda, L. Alonso, A. B. Besio y J. Banfi.

Henri Poincare, Sobre la Ciencia y su Metodo
Pensamientos de un precursor

Jules Henri Poincaré, pese a no ser muy conocido, fue un matemático brillante que hizo aportaciones muy interesantes y precursoras en la ciencia. En su trabajo sobre el problema de los tres cuerpos -averiguar la posición en un momento dado de tres cuerpos conocidas su masa y posición inicial- anticipó la posibilidad de que un sistema determinista tuviera un comportamiento caótico. Sus estudios sobre la luz y el encargo de sincronizar los relojes del mundo le llevaron a conclusiones que se introducirían en la teoría de la relatividad especial. Por último, su famosa conjetura ha sido demostrada hace poco con lo que se ha convertido definitivamente en el Teorema de Poincaré.

Cuando se editan libros como éste, selecciones de textos de grandes científicos, siempre es difícil escoger obras que puedan tener interés divulgativo. En este caso han tenido mucha suerte porque Poincaré escribió varios libros de divulgación, de los que en este volumen están Ciencia y método, la segunda parte de La ciencia y la hipótesis y extractos de Últimos pensamientos.

En la wikipedia leo esta frase sobre el autor: Los hábitos de trabajo de Poincaré han sido comparados con los de una abeja que vuela de flor en flor.. No sólo estaba interesado en la ciencia, también en como funcionaba su propia mente. De ahí que el siguiente extracto haya sido reproducido muchas veces cada vez que se habla de la inspiración científica -el eureka-:

Quise a continuación representar estas funciones por el cociente de dos series; esta idea fue perfectamente consciente y reflexionada: la analogía con las funciones elípticas me guiaba. Me pregunté cuáles debían ser las propiedades de estas series si existiesen, y llegué sin dificultad a formar las series que he llamado thetafuchsianas.

En ese momento me fui de Caen, donde vivía, para tomar parte en un concurso geológico emprendido por la Escuela de Minas. Las peripecias del viaje me hicieron olvidar mis trabajos matemáticos; al llegar a Coutances, subimos en un ómnibus para dar no sé qué paseo; en el momento en que ponía el pie en el estribo la idea me vino, sin que nada en mis pensamientos anteriores me hubiera podido preparar para ella, que las transformaciones de que había hecho uso para definir las funciones fuchsianas eran idénticas a las de la geometría no-euclidiana. No hice la verificación, no hubiera tenido tiempo, puesto que apenas sentado en el ómnibus proseguí la conversación comenzada, pero tuve enseguida la absoluta certidumbre. De regreso a Caen verifique el resultado más reposadamente para tranquilidad de mi espíritu.

Ignoro qué mecanismos provocan este curioso funcionamiento del cerebro, pero realmente es así: muchas veces me he estado rompiendo la cabeza con un problema toda una tarde y al día siguiente, nada más entrar en la ducha, me viene la solución a la cabeza.

El libro resulta muy entretenido e interesante; de toda esta colección quizás sea el que más me ha gustado. Poincaré sabe hacer divulgación científica con un extra añadido; nos ofrece una visión de la matemática de la época. Como intuicionista que era le pega unos buenos palos al programa de Hilbert, y machaca las intenciones de Bertrand Russell de edificar toda la matemática a partir de la lógica. Elogia a Cantor con buen tino, y me ha enseñado ¡por fin! por qué es necesario el axioma de elección de Zermelo (aunque sigo sin entenderlo).

Muy recomendable.

Escuchando: Summertime girl. Los iberos.


Extracto:[-]

Señalé un segundo error de los logísticos en el artículo del señor Hilbert. Hoy el señor Hilbert está excomulgado, y el señor Couturat no lo mira más como logístico; me va a preguntar si he encontrado la misma falta en los logísticos ortodoxos. No, no la he visto en las páginas que he leído; no sé si la encontraré en las trescientas páginas que están escritas y que no tengo ganas de leer.

Necesario es que las cometan el día„que quieran sacar de la ciencia matemática una aplicación cualquiera. Esta ciencia no tiene por objeto único contemplarse eternamente su ombligo; toca la Naturaleza y un día u otro tomará contacto con ella; este día necesitará sacudir las definiciones verbales y no valerse más de palabras.

Volvamos al ejemplo del señor Hilbert. Se trata siempre del razonamiento por recurrencia y de la cuestión de saber si un sistema de postulados no es contradictorio. El señor Couturat me dirá sin ninguna duda que entonces esto no le toca a él, pero puede ser que les interese a los que nos reivindican como él la libertad de contradicción. Queremos establecer como antes que no encontramos contradicción después de un número cualquiera de razonamientos, tan grande como se quiera siempre que este número sea finito. Para esto es preciso aplicar el principio de inducción. ¿Debemos”entender aquí por número finito, todo número al cual, por definición, se aplique el principio de inducción? Evidentemente no, pues de lo contrario nos veríamos conducidos a las más molestas consecuencias.

Enero 15, 2007

Mijaíl Bulgákov. Corazón de perro. La isla Púrpura.

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Círculo de lectores, 1999. 301 páginas.
Trad. Ricardo San Vicente. Selma Ancira.

BulgakovCorazónPerro
Humanización de ida y vuelta

Lo primero que leí de Bulgákov fue Novela teatral, más o menos cuando empezó a picarme el gusanillo del teatro. Me pareció muy buena pero pasaron muchos años antes de que leyera El maestro y Margarita. Esta vez decidí que no pasara tanto tiempo, y en cuanto vi este libro en una edición muy cuidada, con prólogo de Shentalinski y epílogo de Sergio Pitol, lo compré inmediatamente.

En Corazón de perro un eminente doctor consigue lo que parece imposible; transplantando una hipófisis humana a un perro empieza a tranformarse y a convertirse paulatinamente en hombre. Pero lo que era un cariñoso perrito se convertirá en una persona desagradable que traerá de cabeza al médico.

La isla púrpura es una obra de teatro en la que asistimos al ensayo de una obra de teatro titulada, precisamente, La isla púrpura. El texto destila optimismo revolucionario y encaja como un guante con la ideología imperante pero ¿Conseguirá el visto bueno del censor?

En las dos piezas la mordacidad de Bulgakov alcanza límites geniales. La primera es una crítica de los primeros momentos de la revolución rusa en la que no queda títere con cabeza. La segunda es uno de los ataques más graciosos a la censura que he leído nunca. Ni siquiera pasándose de sumiso es uno capaz de escapar a la tijera.

En la contraportada se hace hincapié en una interpretación que veo equivocada. Parece que el doctor sea una buena persona, mientras que el rufián en el que se transforma el bondadoso Sharik llega al extremo de afiliarse al partido comunista. Comparto la opinión de Pitol en el epílogo: en esta novela no se salva nadie, salvo el ingenuo Sharik, un humilde perro callejero no contaminado por la maldad humana. La moraleja que deberíamos extraer es que un salto artificial como el operado en el perro no puede traer buenos resultados, lo mismo que imponer a una sociedad un modelo para el que no está preparado.

Me parece muy bien que se recuperen obras y autores a los que la censura de sus regímenes políticos tuvo ocultos. Sobre todo si se tratan de autores cuya calidad los situa en la cumbre de la literatura universal. Dos obras maestras.

Escuchando: Mi murciana favorita. Sergio Makaroff.


Extracto:[-]
«¡A-u-u-u-u-hu-huu-huuu!

»¡Oh!, mírenme, me estoy muriendo. La ventisca en el portal entona mi réquiem y yo aúllo con ella. Estoy perdido, perdido. Un miserable con un gorro sucio -el cocinero de la cantina de los empleados del Soviet Central de Economía Nacional- me ha escaldado con agua hirviendo todo el costado izquierdo. ¡Qué bicho! Y para colmo proletario. Señor, Dios mío, ¡qué dolor! El agua hirviendo me ha carcomido hasta los huesos. Ahora aúllo, aúllo, como si el aullar me ayudara en algo.

»¿En qué le he molestado? ¿En qué? ¿O se va a arruinar el Soviet de Economía Nacional si escarbo entre las basuras? ¡Bicho miserable! Mírenle, si tienen ocasión, la jeta: ¡si es más ancho que largo! Valiente ladrón, cara de sebo. ¡Qué gente los hombres! Al mediodía el del gorro me ha obsequiado con un cubo de agua hirviendo y ahora ya ha oscurecido, serán más o menos las cuatro de la tarde a juzgar por el olor de cebolla que sale del cuartel de bomberos de la calle Prechístenka. Los bomberos, como ustedes saben, cenan gachas, pero eso es lo último, igual que comer setas. Unos conocidos míos de la calle Prechístenka me han contado que en el restaurante Bar de la calle Neglini sirven como plato del día setas con salsa picante a tres rublos cinco kopeks la ración. Las setas para quien le gusten, aunque para mí es lo mismo que lamer un chanclo… A-u-u-u-u.

»E1 dolor del costado es inaguantable. En cuanto a mí, veo perfectamente claro el futuro de mi carrera: mañana aparecerán las llagas, y me pregunto ¿con qué las voy a curar? En verano uno puede largarse a Sokólniki; allí hay una hierba especial, muy buena, y además te puedes hartar gratis de mondaduras de salchichón y lamer los papeles untados con grasa que tiran los ciudadanos. Y si no fuera por los idiotas que cantan en el prado, a la luz de la luna, Celeste Aída, de una manera que da náuseas, sería una maravilla.

»Pero ahora ¿adonde ir? ¿No habéis recibido puntapiés con las botas? Sí, claro. ¿Y pedradas en las costillas? También, bastantes. Todo lo he probado, me resigno a mi destino y si ahora lloro es sólo por el dolor físico, por el frío, porque aún respiro. El alma del perro es tenaz.

»Pero he aquí mi cuerpo destrozado, golpeado, malherido por los hombres. Y además, lo peor es que el agua hirviendo me ha quemado el pelo y tengo el costado izquierdo sin ninguna protección. Puedo atrapar fácilmente una pulmonía, y después, queridos ciudadanos, me moriré de hambre. Con una pulmonía hay que estar acostado en una entrada principal debajo de la escalera, y ¿quién irá a buscarme algo de comida entre los cubos de basura? Se me infectará el pulmón, me arrastraré sobre la barriga, me quedaré sin fuerzas, y cualquier tipo me matará de un golpe. Y algún portero me agarrará de las patas y me echará al carro.

»Entre todos los proletarios, los porteros son la gentuza más abominable. Son los desechos de la humanidad, la categoría más baja. Entre los cocineros puede haber de todo. Por ejemplo, Vías, el de la calle Prechístenka, ¡cuántas vidas ha salvado! Porque cuando uno está enfermo, lo principal es tener algo que llevarse a la boca. Y era entonces, explican los viejos perros, cuando Vías les tiraba un hueso y con él un buen trozo de carne. Que Dios le tenga en la gloria, porque fue un verdadero prohombre, el cocinero de los condes Tolstói y no del Soviet de Alimentación. Lo que allí pueden hacer supera la inteligencia de un perro. Aquellos miserables hacen sopa de col con cecina podrida, y los pobres no se dan cuenta de nada. Corren, comen y se chupan los dedos.

«Miren aquella mecanógrafa… Es de la novena categoría y cobra cuarenta y cinco rublos al mes. Aunque, es verdad, el amante le regala medias de seda. Pero ¿cuántas humillaciones tendrá que soportar a cambio? Sí… Esta mecanógrafa con cuarenta y cinco rublos seguro que no irá al Bar. No le llega ni para el cine, y el cine es el único consuelo de la vida de las mujeres. Mírenla, está temblando, haciendo muecas, pero traga. Y pensar que dos platos cuestan cuarenta kopeks cuando en realidad no valen ni quince, porque el administrador se lleva los otros veinticinco. ¿Creen que esto es lo que ella necesita? Tiene algo en la punta del pulmón izquierdo y una enfermedad femenina, en el trabajo le han descontado algo del sueldo y en el comedor ha comido cualquier cosa podrida; ahí está, ya viene…

»Corre hacia el portal, lleva puestas las medias del amante. Tiene las piernas heladas, el aire le llega hasta el estómago, porque el pelo que la cubre es como el mío ahora, y los pantalones son ligeros, de encaje, trapitos para el amante. Si se pusiera unos de franela, aquél empezaría a chillar: “Pero ¡qué poco elegante eres! Estoy harto de mi Matriona y de sus pantalones de franela. Ha llegado mi hora, ahora soy yo presidente y todo lo que robe será para adornar a una mujer, para comer patas de cangrejo y beber buenos vinos, porque ya he pasado bastante hambre en mi juventud, ahora basta, al fin y al cabo después de la muerte no hay nada”.

»¡Qué lástima me da, qué lástima! Aunque más pena me doy yo. Y no lo digo por egoísmo, ¡oh no!, sino porque en realidad estamos en condiciones muy distintas. Ella al menos en su casa está caliente, pero ¿y yo? Tundido a palos, escaldado, maldito, ¿adonde iré yo? ¡A-u-u-u-u!»

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