Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Noviembre 13, 2009

Eduardo Haro Tecglen. El niño republicano.

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Círculo de lectores, 1999. 250 páginas.

Eduardo Haro Tecglen, El niño republicano
Recuerdos de infancia

Leo tarde este libro, regalo de mi amigo Luis, por culpa de las votaciones del esclavo lector, y debería haberlo hecho antes. Esta curiosa mezcla de memorias, relatos y columnas periodísticas de difícil clasificación me ha dejado muy buen sabor de boca.

Personal y bien escrito, nos permite conocer un poco más del autor, de muchas de sus amistades (a destacar Fernado Fernán Gómez) y compartir -o disentir mentalmente- sus opiniones. Les dejo extractos escogidos.

Wenceslao Fernández Flórez después de la guerra, la génesis del bosque animado:

Hasta los perros -la pareja de dálmatas, el doberman altivo, los perritos madrileños ladradores- tienen también prisa para correr al corralito diminuto -que ha puesto el Ayuntamiento en Valle de Súchil- donde tranquilizar la corriente mingitoria que han contenido durante la noche (sobre ese corralito, ahora cerrado por obras, la casa donde vivió Wenceslao Fernández Flórez: había abajo una vaquería, con vacas vivas asomando: y le decía yo que podía recordarle su Galicia). «Han ganado los míos, me han prohibido todo, ya no puedo escribir», decía el viejo monárquico que había pasado la guerra oculto en una Embajada. Pobre Wenceslao, tan inteligente, tan crítico, tan regeneracionis-ta, qué miedo había pasado en la guerra, escondido («Una isla en el mar rojo»). «Ahora escribo una obra lírica, para que me dejen…» Sería El bosque animado.

Como hipótesis no está mal, yo me reconozco en mi amor por la tecnología:

El niño seguiría aún prefiriendo el otro misterio, el de la galena tocada en los puntos sensibles por la aguja en que terminaba una espiral, de donde salían las voces, las músicas del mundo inmediato, pero lejano: más allá de la calle. El niño se hacía él mismo estos receptores de galena, siguiendo los esquemas de los periódicos, con un material de ferretería y horadando una caja de puros.
Los chavales -voz en desuso; viene del gitano- descifran ahora los miniordenadores, organizan la electrónica de sus grupos musicales. Para encontrar una decisión semejante en otras clases de edad hay que saltar por encima de varias generaciones y llegar a sus abuelos -o más- que, con algunos millones de células nerviosas muertas en el camino, son capaces de acudir con tozudez y satisfacción a los instrumentos domésticos. Los grupos intermedios son más reacios. Se les oye frecuentemente repudiar la técnica en razón de un humanismo; sobre todo si son intelectuales y aprecian en sí mismos la existencia de un hálito al que llaman talento -a veces, con razón- y al que atribuyen una condición gaseosa que podría estropearse o desaparecer si aceptasen la mediación de un instrumento.

Y con él llegó el escándalo, el mejor público del porno, los niños:

Alvaro de Retana escribió una novelita sicalíptica, o «verde», que se llamaba A Sodo-ma en tren botijo (Retana: dijeron de él que durante la guerra había celebrado orgías vestido con casullas tomadas de alguna iglesia saqueada. Le condenaron a muerte, luego le indultaron, menos mal). Llamar Sodoma a Alicante era una exageración, o mucha exageración. Esas novelitas, y otras claramente pornográficas, las vendían a la puerta de los institutos de Segunda Enseñanza, o Bachillerato, y las hojeaban los guardias que estaban para evitar disturbios entre SEU y FUE, durante la República: pero el puesto de pipas, caramelos y pornografía era legal para los niños. Todavía me escandalizo del escándalo cuando leo una catástrofe en provincias porque una empresa mandaba publicidad de vídeos y novelas pornográficas a los niños. ¿A quién se le va a mandar, si no? La idea de las libertades, entonces, era distinta. Probablemente equivocada: para los niños, no.

Recordando compañeros con ternura:

Pobre Demetrio, pobre amigo mío. «Asesino en su juventud», decía su informe: y era que un cochero le había golpeado con el látigo; al tirar de ese látigo, el cochero cayó al suelo y se mató. Juventud un poco enloquecida: a su primera esposa, una gitanilla casi infantil, la secuestró del Retiro, donde actuaba, la llevó al cura preparado y les casó; aún estaban en esa luna de miel escapando de gitanos, como en un drama de Lorca, cuando la esposa niña murió.

Pobre Demetrio… No le dejaban casi comer: compraba a veces queso y me lo daba a mí, en aquella redacción de la calle de la Madera: y espiaba cómo el niño rojo y hambriento lo saboreaba. O hacían en su casa empanadillas para mí. Pobre, pobre amigo. La última vez que le vi, en su ático modestísimo de la calle de Campomanes del que ya no salía, apenas podía hablar de la congestión; y tenía mucho miedo a morir, porque había amado tremendamente los placeres de la vida. Vine de París, le vi aterrado y perdido, me marché, y se acabó Demetrio para siempre. Menos mal que le habían sacado los demonios del cuerpo y no se lo podrían llevar.

Febrero 21, 2009

Stefano Benni. ¡Tierra!

Archivado en: Novela — Palimp @ 4:58 pm
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Círculo de lectores, 1987. 290 páginas.
Tit. Or. Terra!. Trad. Joaquín Jordá.

Stefano Benni, ¡Tierra!
Paraiso ahora

Comenté en esta entrada: La última lágrima ser admirador de este libro. Tras la decepción de esa última lectura tenía ganas de releerlo para ver si en su momento me gustó porque ahora soy un morro fino o porque la calidad de ¡Tierra! es superior. Ha resultado esto último.

La tercera guerra mundial estalla por una tontería, y después vienen tres guerras mundiales más. Todos viven bajo un invierno nuclear, apenas tienen energía -a excepción de los jeques árabes- y las perspectivas son muy negras. Pero un cosmonauta loco ha enviado un vector con información sobre un planeta muy parecido a la tierra donde podría trasladarse la humanidad. Se manda una expedición en su busca, que será seguida por una astronave japonesa y otra árabe. Mientras sufren mil y una peripecias en el espacio, en la tierra el ordenador más inteligente del mundo, un niño prodigio y un chino anciano excavan las ruinas de Cuzco en búsqueda de una misteriosa fuente de energía.

Cuando lo leí hace años me pareció que la trama de ciencia ficción era previsible. Realmente lo es, pero no es lo importante. Es sólo una excusa para desarrollar una multitud de historias que se entrecuzan, apilar referencias y parodias, jugar con el lenguaje y crear páginas de auténtica diversión. Con más años en mis espaldas entiendo más cosas, los jóvenes de 20 años nos creemos muy listos.

Al leer me daba cuenta que recordaba casi todas las historias. Supongo que algo querrá decir. Para que se hagan una idea me extenderé con los fragmentos -que además pueden degustarse por si solos. Por ejemplo, la versión espacial de Robin Hood:

-¡Calla, provocador! Nuestro lema en aquellos tiempos era: robar a los ricos para dar a los pobres. Asaltábamos las naves que transportaban oro a las bases espaciales. Después de lo cual llevábamos el botín a los mineros de los planetas apagados. Inmediatamente después otra nave de nuestra flota atacaba los planetas apagados, cuyos mineros, con nuestro botín, se habían hecho muy ricos. Les robábamos y dábamos el oro a los pobres agricultores de los satélites verdes. Éstos, locos de agradecimiento, gritaban: ¡somos ricos, somos ricos! Pero acto seguido, al oírles, llegaban otros como nosotros y les robaban para llevar el oro a los pobres. La cosa continuó así durante años, y nunca le encontramos solución. No se podía robar al rico para dar al pobre sin que el pobre se volviera rico y todo recomenzara. Por dicha razón, una noche, en la sobrecubierta, se levantó Mortensen, y habló. Mortensen era un viejo marinero del norte, y en su rostro bronceado sus ojos claros brillaban como dos huevos fritos en una sartén. ¿Te gusta esta imagen?

-Es una de las más horribles que he oído nunca.

-Gracias, LeO. Así que Mortensen se levantó y dijo: «Capitán, llevamos años errando por el cosmos comiendo bistecs de rata, con turnos durísimos, alejados del afecto familiar. Cuando partí mi mujer era joven y hermosa, y mis hijas tenían seis años. Cuando regresé al cabo de veinte años de ausencia mi mujer no me reconoció, y mis hijas habían crecido mucho, eran once más tres chicos. Estoy cansado de hacer el rebelde. Le pido permiso para amotinarme.»

-¿Y qué dijo el capitán?

-El capitán estuvo un instante en silencio. Luego nos miró fijamente a los ojos y dijo: «Quien piense como Mortensen, puede irse inmediatamente.» Nosotros miramos entonces su hermoso rostro altivo y leal. Al cabo de quince minutos nos habíamos ido todos, llevándonos todo lo que se podía saquear, sin olvidar las bombonas de oxígeno y los tiradores de los waters. El capitán no se inmutó: al día siguiente, en solitario, atacó una nave rusa armada con misiles. Se acercó y dijo: contaré hasta diez, y después mi cañón disparará. Los rusos contestaron: entonces nosotros sólo contaremos hasta seis. El capitán Sir Greamur se disolvió sin un solo lamento.

-Era un gran idiota -dijo LeO, emocionado.

-Es verdad. Ya no quedan idiotas como él

¿Cómo se combate el mayor mal que sufren los viajeros del espacio? Contando historias:

-Yo sé lo que tiene Mei. Mei tiene el mal del navegante, el spleen espacial: el slok-slok p’i.

-El slok-slok -confirmó Caruso- baja de noche, con un manto de color viejo hotel. Se hace acompañar por músicas como blues, tangos y milongas…

-Oculta con frecuencia bajo el manto unas fotografías -dijo LeO-, casas de campo, abuelos, domingos en el mar, cachorros muertos, viejos equipos de fútbol, crepúsculos, y…

-Y la cara del amado -suspiró Chulain- que te mira, y saluda entristecido, mientras la astronave parte.

Mei rió.

-¿Y no hay remedio contra el slok-slok p’i espacial?

-Hay quien -dijo seriamente Chulain- prueba con las drogas. Café, cocaína, lumpiridión, alucinógenos. ¡Ay! ¡En el estallido de los sentidos la droga todavía muestra más vivo el rostro del amado!

-Hay quien… -dijo LeO- juega con los videojuegos de a bordo hasta que el dedo se le hincha y durante toda la noche sueña con ataques de astronaves verdes y asquerosas y alienígenas fosforescentes, pero, ¡ay!, de una pequeña astronave verde desciende en sueños el amado gritando: eh, no me dispares, soy yo, soy yo.

-Otros -dice Caruso- hacen crucigramas, o bien se masturban, o ambas cosas a un tiempo y de ambas se avergüenzan después.

-Otros -confió Chulain- combaten el slok-slok de la mejor manera, o sea contándose historias.

-¡Exacto! -confirmó LeO-, los concursos de historias. Cada cual cuenta una historia: el slok slok p’i llega, escucha las historias, escucha una, dos o tres, al final se cansa y se duerme. Entonces basta con cogerle por sorpresa y arrojarlo por la ventanilla. Todos vuelven a estar alegres.

La paranoia del poder:

-Majestad -dijo Alya inclinándose-, haría cualquier cosa por demostraros mi fidelidad.

-Eso es exactamente lo que vas a hacer -dijo el rey, ofreciéndole el cáliz-. ¡Bebe! Una de las dos copas está envenenada. Tengo pruebas de que uno de vosotros dos es un traidor. Pero si tienes la conciencia tranquila, Alya, bebe. Y tú también, El Dabih.

El adivino miró al soberano a los ojos. Bebió lentamente su vino. Alya, por el contrario, se quedó con el cáliz en la mano, temblando.

-De modo que no bebes -dijo el rey-. ¿Tu fidelidad ya vacila?

-Pero si… la copa de El Dabih no estaba envenenada… si él sigue vivo… entonces es la mía… majestad… yo… -balbuceó Alya- ¡perdonadme!

-¿De qué? -rugió el rey, apoyando el sable en su garganta.

-No lo sé, de lo que sea, pero ¡perdonadme! -imploró el ministro, arrojándose a los pies del Escorpión.

El rey lo alejó de un puntapié.

-Guardias -gritó-, ¡lleváoslo! ¡Torturadlo! ¡Hacedle confesar… lo que sea! ¡Cualquier cosa por la que pueda ser condenado a muerte! ¡Y matad a su secretario! ¡Y matad a los soldados que estaban de guardia cuando estalló la bomba! ¡Ay de quien quiera traicionar al Escorpión!

Cuando los gritos y las invocaciones de Alya se apagaron en los vastos corredores, Akrab se acercó al adivino y señaló la copa vacía:

-¡Así que tú me eres fiel, El Dabih! -dijo.

-Tú lo sabes, rey. He bebido porque, si tú has decidido que yo muera, es mejor que muera inmediatamente. ¿Cómo podría oponerme?

-¡De modo que ni siquiera de tu fidelidad puedo estar seguro! -dijo enfadado el rey-. Entonces, ¿por qué sigues a mi lado?

-Porque confío en poder detener tu locura -explicó el adivino-. ¿Crees acaso que sembrar el terror en esta nave, matar a tu antojo, puede servir de algo? Tú sabes perfectamente que Alya no ha conspirado contra ti. Puedes matar a todos tus ministros y a todas tus leyes, pero el miedo sigue dentro de ti. ¡No puedes cortarle la cabeza!

Unas peculiares cartas de amor:

CARTAS DE AMOR EN EL ESPACIO

Kook a Mei

Querida Mei: tal vez te sorprenda esta carta que te dejo bajo la almohada. Mañana nos adentraremos en el Mar Universal: podría tratarse del último día de nuestra vida; por dicho motivo he decidido escribir lo que nunca he tenido el valor de decirte.

Desde el primer momento en que te vi, Mei, he experimentado ante ti una extraña sensación. Como si del pasado retornara algo conocido, como si en el tejido de los pensamientos racionales se insinuara una mano que los perforara, y revelase un paisaje ya olvidado, el paisaje de los sentimientos. Pues bien, Mei, yo no creo racionalmente en el amor: creo que no es más que una serie de pequeños compromisos, de felices improvisaciones en las que dos actores fingen que unas necesidades concretas, o atracciones, llevan un título más noble en el cartel del teatro de la vida. Un intelectual y cierítífico, como soy yo, deberá, incluso en el momento de máximo abandono, identificar las señales de esta interpretación: un beso no es el apostrofe rosado entre las palabras «te amo» y «¡oh, no!». Un beso es la firma al pie del contrato que te impone amar.

Esta es mi actitud racional. Pero en la vida todo ha ocurrido de manera muy diferente: una larga serie de locuras amorosas. Comenzó con una compañera de escuela: a escondidas, le enviaba car-titas con poemas. Me sonreía. Le enviaba cartitas con breves relatos. Los aceptaba. El segundo trimestre, le enviaba cada día un cuaderno con una novela sobre ella en unos diez capítulos. Dejó de sonreírme para siempre.

En la universidad, tuve una relación con una joven rusa, alumna como yo del Curso de matemáticas. Un día me preguntó: ¿cuánto me quieres? Y yo dije «mucho» y abrí los brazos. Ella contestó que «mucho» era una expresión numéricamente ambigua y que yo debería darle una demostración más precisa de la magnitud de mi amor. Le formulé la siguiente:
«Mi amor eterno por ti sólo sería expresable con una apertura de mis brazos equivalente a la circunferencia del mundo al cuadrado.»
Lo pensó un poco y luego me demostró que la frase podía ser matemáticamente expresada así: A e (amor eterno) = a me2 (Apertura de brazos mundo circunferencial al cuadrado).
Pero, puesto que las dos «A» podían ser eliminadas, en tanto que términos iguales de la ecuación, quedaba

e=mc2

O sea, la fórmula de la relatividad. De modo que mi amor no era eterno ni grande, sino absolutamente relativo en el espacio y en el tiempo. Una vez demostrado eso, me abandonó.

A continuación, conocí a una programadora de ordenador. Era una mujer muy lúcida y organizada. Me dijo que tenía nueve días de plazo para una experiencia amorosa completa. El primer día nos amamos, el segundo discutimos, el tercero nos reencontramos, el cuarto nos casamos, el quinto nos traicionamos, el sexto nos reconciliamos, el séptimo nos aburrimos, el octavo nos dimos cuenta de que todo había terminado entre nosotros, el noveno volvimos a sentirnos amigos, y publicamos nuestra experiencia en una revista especializada. Todo fue muy espontáneo.

Desde aquel día ya nada me había acercado al amor. Contemplaba en mi microscopio cómo las amebas y las células se acoplaban y se desdoblaban y se perseguían, y no me producían ningún estremecimiento los oscuros vínculos amorosos que unen la abeja a la flor, y la luna en el cielo a la trufa subterránea y el sol al girasol, y el instinto del salmón y de la anguila y la loca pasión de la orea hembra por la orea macho, e inútilmente mi maestro Fabre decía: «Vamos, apártate de los libros, sal, Kook, es primavera: en el invernadero hay una orgía en cada flor. ¡Quien consiguiera inventar un motel para insectos, se haría millonario!»

Yo permanecía encerrado en mi cápsula. ¡Hasta que llegaste tú! ¡Pues bien, sí, te amo! Quisiera vivir contigo en una casa junto al mar y enseñarte el nombre de las estrellas, y tú llenarías la casa de flores, a excepción del dormitorio porque las flores consumen el oxígeno, y podríamos tener un perro con el que hacer experimentos, no crueles, claro está, y un niño que crecería sano e inteligente y neodarwinista[...]

Para acabar, el cuento de los Castores Gordos, o como derrotar al adversario a golpe de progreso:

LOS CASTORES GORDOS

Érase una vez en el Norte, en la región de los Grandes Lagos, una tribu india llamada de los Castores Gordos, cuyo jefe era Muslo de Águila, casado con Nutria Panzuda. Eran indios alegres y gordinflones, y vivían felices en las orillas de un lago de aguas azules y claras, el Chanawatasaskawantenderoga, que en dialecto castórico significa «sin colorantes aditivos».

Un día nefasto llegó a las orillas del lago azul un grupo de hombres blancos. Eran míster Joe Tifone, de los ferrocarriles Tifone, S. A., y sus técnicos. Estaban construyendo un camino de hierro que desde Nueva Orleans llegaría al corazón de los grandes lagos, para un intercambio comercial: de los bosques del norte llegaría la leña para las cocinas y las calderas de Nueva Orleans, y de Nueva Orleans la ceniza y la basura para los grandes lagos. Míster Tifone se presentó ante los Castores Gordos lleno de regalos: cajas de aguardiente, revistas porno, relojes sumergibles y jerseys de Armani. Él sabía perfectamente que las tribus indias se sienten muy atraídas por esas cosas y que, en poco tiempo, esta riqueza conseguiría corromper su naturaleza honesta y les encaminaría por la pendiente de la extinción. Míster Tifone le dijo al jefe Muslo: mis hombres harán un pequeño agujero en el bosque para hacer pasar el camino para Caballo de Hierro, y a cambio llegarán grandes regalos a la tribu de los Castores Gordos. El gran jefe le escuchó, y después habló del siguiente modo:

«Rostro pálido habla con lengua doble como bifurcación ferroviaria. Donde pasa vuestro camino, árboles caen como hojas de otoño, e indios mueren. Caballo de hierro escupe nubes de humo que interfieren con nuestra red de comunicaciones. Si cortáis un sólo árbol, nosotros enviar nuestros castores a mordisquear vuestros hombres. Recoged vuestros regalos. Timeo yankees et dona ferentes. ¡Augh!»

Tifone se largó ofendido y enfadado. Mientras salía de la aldea se le acercó el hechicero Salmón Obeso, un corpulento indio famoso por su avidez.

«Hombre blanco -dijo-, yo gustar mucho tus revistas, tu agua de fuego, tu moda casual. ¡Tú escúchame! ¡Gran árbol no cae con gran cabezazo, sino con muchos golpecitos! Poco a poco, derribaremos Castores Gordos. Tú darme regalos, yo corromper y extinguir stop.»

«De acuerdo, Salmón Obeso -dijo Tifone-, somos socios. Tendrás todas las cajas de agua de fuego que quieras.»

«Yo contentarme con tres por ciento acciones tu ferrocarril», dijo el indio.

Así comenzó el intento de destrucción de la pobre tribu india-Como primera medida, Salmón Obeso abrió una boutique en la aldea. En poco tiempo, desaparecieron los trajes tradicionales de los Castores. Las mujeres caminaban por la nieve con minifalda y camisetas con lentejuelas, los hombres llevaban pantaloncitos de baloncesto y camisetas con la inscripción «Dallas cowboys». Pero todos seguían tan gordos y saludables como antes, y se sentían muy elegantes.

«¡El frío no nos asusta -decía Nutria Panzuda-, hemos cambiado los vestidos, pero la Gran Luz nos calienta!»

Al mes siguiente, Tifone llamó al hechicero.

«Querido Salmón -dijo-, ¡he gastado una fortuna en prendas de ropa y los castores están más gordos que antes! De toda la región me llegan noticias de tribus arruinadas. Los Narices horadadas están obstruidos por el resfriado, los Seminólas devastados por el fernet, los Mohicanos dan las últimas boqueadas. ¿Cómo es posible que los Castores resistan tanto el frío?»

«Cambiarles los trajes y acortarles las faldas no basta -dijo el hechicero-, porque la Gran Luz les calienta. Pero no temer: ¡cuando un pueblo queda sin dios, entonces todo ir mal! Tú trae a mí material lista adjunta stop.»

Tifone le contentó: al cabo de pocos días Salmón Obeso convocó a la tribu, y se presentó en smoking blanco con adornos dorados y una guitarra en bandolera. Dijo que había tenido un sueño. Manitú se le había aparecido remando en una canoa biplaza en compañía de un joven blanco con tupé.

«Oh, hechicero -le había dicho Manitú en el sueño-, estoy viejo y cansado. Me retiro al Gran Prado Celeste, a una gran granja con una gran squaw (había utilizado otra palabra). Éste es vuestro nuevo dios: se llama Elvis the Pelvis, y le adoraréis con el nombre sagrado de Shakarockawa, el hombre que canta y mueve un poco todo, y le invocaréis con el nombre de Bebopalula. Pero, por favor, no me recéis más: adoradle a él, comprad sus discos, bailad y, sobre todo, no trabajéis. He dicho. ¡Augh! ¡Yeah!»

Después de estas palabras, y con la música que el hechicero comenzó a tocar, todos los indios comenzaron a bailar como locos, incluido el jefe Muslo que cogió a su consorte y la volteó tres veces por el aire ocasionando varios heridos.

«Podemos seguir bailando toda la noche together -dijo el gran Jefe-, y dejar de adorar a Manitú, y de trabaja-a-aar. ¡La Gran Luz nos dará fuerza!»
Al mes siguiente Tifone volvió a llamar al hechicero.

«Mi querido pez gordo -le dijo enfadado-, ¿qué estamos haciendo? ¡Llevo cuatro meses esperando! Todas las tribus indias de los lagos están destruidas. Alcoholismo, peleas, crisis cardíacas y de identidad. Sólo nuestros Gordos Castores bailan, cantan, y lo último en que piensan es en extinguirse.»

«Impaciente hombre blanco -dijo el hechicero-, la Gran Luz da su fuerza. Hemos borrado sus trajes y su religión. Ahora no nos queda más que eliminar su ecosistema.

«¿Su eco qué? -preguntó Tifone.

«Ecosistema es una palabra mágica india -explicó el hechicero-que significa: Gran esfera de la vida-agua-cielo-tierra. Destruyamos el bosque y el lago, y los Castores Gordos desaparecerán.»

Y aquel mes la tierra de los Castores conoció la furia de Tifone. Comenzó por envenenar el lago con una gran mancha de petróleo. Todos los salmones se pusieron negros y murieron cantando desgarradores espirituales. Luego le tocó al bosque, que fue destruido por un incendio doloso: todos los castores (animales), se quedaron sin trabajo y tuvieron que emigrar a las carpinterías de Montreal. Los alces huyeron lejos y fueron abatidos a tiros, y huyeron aún más lejos y el último fue muerto por un cazador en un motel de Chicago donde había intentado ocultarse bajo el nombre falso de Wilbelk Mitchum, dentista. El campamento de los castores se hallaba ahora en medio de una llanura calcinada donde, todas las noches, Tifone descargaba barriles de bacilos y vibriones del cólera, tenias y sanguijuelas, vaciaba sprays de sífilis y enharinaba a los gatos con piojos.

«Realmente, el hombre blanco es una porquería -dijo Muslo de Águila a su pueblo-, nos ha robado el lago y el bosque. Pero la Gran Luz nos protege, y nos salvará del hambre y de las enfermedades.»

Al cabo de dos meses, los Castores seguían gordos y alegres como siempre, aunque ya nada creciera sobre su tierra. Habían replantado algún árbol, encargado con un telegrama una familia de castores, y excavado un estanque artificial, en el que se paseaban en canoa con una densidad propia de las vacaciones en el Adriático, y pescaban peces rojos de importación. Cantaban, fumaban el calumet, y eran felices.

«Cochino montón de pescado podrido -le dijo entonces Tifone al hechicero-, de todos los demás indios en un radio de mil kilómetros sólo han quedado tres ejemplares, en la sección de reanimación del hospital de Ottawa. ¡Los Gordos Castores, por el contrario, nunca han estado tan gordos!»

«Oh, pestífero hombre blanco -dijo Salmón-, contra la Gran Luz sólo nos queda una última arma: la Muerte Negra.»

«¿Y eso qué es?»

«Un quintal de chocolate deshecho en lata. Nada puede resistírsele. Dientes, hígado, estómagos, todo se deshace al paso del negro y pegajoso huracán.»
«Tendrás el chocolate -dijo Tifone-, pero, recuérdalo, es lo último que intentas.»

Y Tifone esperó tres largos días. Al cuarto, oyó un coro de lamentos fúnebres procedentes del campo indio.

«Lo he conseguido», exclamó radiante, y corrió hacia allí, con el corazón lleno de esperanza.

Pero le esperaba una desagradable sorpresa. Los Castores estaban oficiando la ceremonia fúnebre de Salmón Obeso. Aquella noche había sido hallado muerto: junto a su cuerpo, sesenta latas vacías de chocolate. Tifone se arrancó los cabellos de rabia y consultó una empresa especializada en exterminios de indios, la «Bill». También ellos se mostraron perplejos: en efecto, ninguna tribu había resistido jamás a la desaparición de la indumentaria, de la religión y del ambiente. Esta «Gran Luz» designaba evidentemente una fuerza espiritual muy fuerte. ¡Llegados a este punto, la única solución era el fusilamiento en masa!

«No -dijo Tifone-, en mi carrera nunca he disparado contra un indio. Siempre lo he matado a golpes de progreso. ¡Nunca haré una cosa semejante!»

«En tal caso, apáñese», dijo la empresa Bill.

Tifone pasó unas cuantas noches meditando. Hasta que una mañana salió de la aldea para dar un paseo. Y vio un joven indio que cavaba en la tierra quemada con gran cuidado. Terminado el trabajo, el indio se inclinó tres veces sobre la tierra.

«¿Qué haces?», le preguntó Tifone.

«Saludo y venero a la Gran Luz», dijo el joven.

Tifone tuvo una sospecha: esperó a que el indio se fuera, y luego cavó febrilmente en el campo. ¿Y sabéis qué encontró? ¡Una PATATA! ¡Una PATATA, eso era la Gran Luz que mantenía gordos a los Gordos Castores, que les daba calor en el frío, energía en el baile, y les quitaba el hambre cuando todo cuanto había sobre su tierra había sido destruido, ¡porque la patata crece BAJO TIERRA! ¡Ése era su tesoro, y no una fuerza espiritual! ¡Se trataba de proteínas!
Al día siguiente, el malvado Tifone se presentó ante el jefe Muslo con expresión contrita.

«Gran jefe -dijo-, te presento mis excusas. He intentado exterminar tu tribu. Pero ahora he entendido que sois un gran pueblo, iluminado por la Gran Luz. Por ello te pido, humildemente, que me perdones, y que permitas que yo también pueda disfrutar de la Gran Luz.»

«¿Y cómo?», preguntó jefe Muslo.

«Dentro de poco -dijo Tifone- pasarán por este ferrocarril millares de personas. Pescadores que van a los lagos, familias de picnic, esquiadores, buscadores de oro. ¡Imagínate que también ellos, durante el largo viaje hacia el Norte, pudieran conocer la Gran Luz!»

El rostro del jefe Muslo de Águila se iluminó.

Exactamente un año después, cuando el ferrocarril estuvo terminado y el tren se detuvo en la estación de Fatbeavertown (cas-toresgordostown), doscientos indios con uniforme blanco y gorrita con el rótulo «patatas fritas Castor» esperaban a los viajeros, mientras una gigantesca nube con olor a fritanga envolvía bosques y valles. En el interior del snack de la estación el gran jefe Muslo y su señora, con gorros de cocineros, servían pasteles de patata, croquetas y preparados de puré para el viaje. No tardó en aparecer una fábrica en el lugar, y las «patatas fritas del castor» invadieron el mercado. Al cabo de pocos años, de los cinco mil indios de la tribu, sólo quedaban ochenta y seis, y el más gordo pesaba sesenta kilos. El Gran Jefe les hacía trabajar dieciséis horas diarias en los campos y en la fábrica. La mitad murió intoxicada por los conservantes, y otros se frieron al caer en las sartenes gigantes. Pasado muy poco tiempo, en la zona contaminada ya no crecía una sola patata. Jefe Muslo y su mujer murieron cuando volvían de un banquete en el rotary de Quebec, al salirse dé la carretera con su Ferrari amarillo.

El último Castor Gordo, que se llamaba Ciervo Chupado, siguió vendiendo bolsas de viaje para el tren hasta los noventa y seis años. Como ya no veía tres en un burro, con frecuencia se ponía a pregonar las «patatas fritas» en medio de las vías, creyendo encontrarse en el andén. En una de estas ocasiones, fue arrollado por el rápido de Winnipeg de las 8,40. Sus últimas palabras fueron:

«Siempre me habían dicho que un día me encontraría con mi gente en las Grandes Praderas Lejanas de Manitú. Pero no sabía que se llegaba en tren.»

Así se extinguieron los Castores Gordos.

Espero que con este aperitivo se les haya despertado el apetito.

Mayo 2, 2008

Henning Mankell. Los Perros de Riga.

Archivado en: Novela — Palimp @ 7:43 am
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Círculo de Lectores, S. A, 2002. 940 páginas.
Tit. Or. Hundarna i Riga . Trad. Dea M. Mansten y Amanda Monjonell .

Henning Mankell, Los Perros de Riga
Forastero en tierra extraña

Salto hacia atrás en el tiempo después de leer Antes de que hiele. Lo sé, no lo estoy haciendo en el orden correcto y después me voy a liar. La culpa la tiene el Reto 2008 y lo difícil que es encontrar escritores de Letonia.

Ha aparecido una barca con dos cadáveres dentro. Wallander investiga el caso que resulta estar relacionado con Letonia. Después de que un policía letón venga a Suecia será el turno de Wallander de visitar Letonia para seguir la pista del caso. Pero desenvolverse en un país desconocido bajo una intensa vigilancia no resultará fácil.

La prosa no me ha parecido tan trabajada como en Antes de que hiele, algo totalmente normal, pero tiene sus virtudes. El protagonista sigue siendo un policía sin nigún poder extraordinario que lo pasa bastante mal cuando viaja al país vecino. Tiene sus debilidades y aunque tiene capacidad de enamorarse no es ningún don juan. La descripción del ambiente de Letonia y el contraste entre la vida de un país que lleva años disfrutando de un estado del bienestar y de otro que acaba de salir del dominio soviético está especialmente conseguido.

Seguiré con la saga. Otras reseñas en: Kiyoaki y istmoenlinea.

Reto 2008: Letonia.

Escuchando: La leyenda del tiempo. Kiko Veneno.


Extracto:[-]

Kurt Wallander imaginaba que el mayor Karlis Liepa llegaría a la comisaría de Ystad vestido de uniforme, pero el hombre que Björk le presentó por la mañana del sexto día de la investigación vestía un traje gris holgado y una corbata mal anudada. Era un hombre bajito y mostraba unos hombros enjutos, como si no tuviese cuello. Wallander no observó en él ningún rasgo militar. Pero el oficial letón fumaba un cigarrillo tras otro, por lo que sus dedos estaban manchados de nicotina y pronto causó problemas en la comisaría: los no fumadores se dirigieron a Björk para quejarse de que el mayor fumaba en todas partes, incluso en las zonas en que estaba terminantemente prohibido. Björk les aconsejó que tuviesen cierta comprensión para con el huésped, y le pidió a Wallander que comunicara al mayor que tenía que respetar las zonas donde no se podía fumar. Cuando Wallander le explicó, en su vacilante inglés, las medidas suecas contra el tabaco, el mayor Liepa se encogió de hombros y apagó el cigarrillo. Después de que se lo advirtieran, se limitó a fumar en el despacho de Wallander y en la sala de conferencias, pero la cada vez más intensa densidad del humo amenazaba con ser insoportable incluso para Wallander, por lo que se dirigió a Björk y pidió que el mayor Liepa tuviese su propio despacho. El asunto se arregló con el traslado temporal de Svedberg al despacho de Martinson.

El mayor Liepa también era muy miope. Las gafas sin montura que llevaba parecían no tener las suficientes dioptrías, porque cuando leía levantaba el papel hasta muy pocos centímetros de los ojos. Tanto es así, que se podía llegar a pensar que, en lugar de leer el texto, lo olía. A los que le veían por primera vez, les costaba mucho guardar las formas y no burlarse de él, hasta el punto de que Wallander en más de una ocasión oyó comentarios irrespetuosos sobre el pequeño y enjuto mayor, por lo que se apresuró a sofocarlos, ya que enseguida descubrió que el mayor Liepa era un policía extremadamente hábil y sagaz. Se parecía en cierto modo a Rydberg, no solo por ser una persona apasionada, sino también porque, a pesar de que las investigaciones policiales casi siempre seguían sus rutinas habituales, él nunca pensaba de forma rutinaria. Era un policía entusiasta, y tras su aspecto aparentemente gris se escondía una brillante y aguda inteligencia.

La mañana del sexto día de la investigación policial fue gris y ventosa. Todo hacía prever que un temporal de nieve sacudiría Escania aquella misma noche. El virus de la gripe estaba causando estragos entre los policías, los crímenes sin resolver comenzaban a acumularse y exigían una rápida actuación. Björk se vio en la necesidad de liberar a Svedberg del caso. Lovén y Rönnlund ya habían regresado a Estocolmo; Björk, que también se encontraba decaído, dejó en manos de Martinson y Wallander al mayor Liepa, una vez terminadas las presentaciones, en la sala de conferencias, donde el mayor fumó un cigarrillo tras otro.

Wallander, que había pasado la noche anterior jugando a la canasta con su padre, puso el despertador a las cinco para tener tiempo de leer el folleto sobre Letonia que un librero le había entregado el día anterior. Era de la opinión de que antes de meterse de lleno en la investigación sería conveniente que se informasen mutuamente de cómo estaba organizada la policía en sus respectivos países. El hecho de que la policía letona usara rangos militares auguraba grandes diferencias entre los dos cuerpos. Cuando Wallander se puso a exponer en inglés, a grandes rasgos, cómo era la policía sueca, de repente se sintió inseguro, ya que ni él mismo sabía cómo funcionaba la policía de su propio país. Los avisos tan anunciados por el director general de la policía sobre considerables reformas dentro de la actual organización no lo hacían más fácil: hasta ahora Wallander había leído numerosísimos y siempre mal redactados informes sobre los inminentes cambios dentro del cuerpo. Cuando en más de una ocasión había querido comentar con Björk lo que supondría en realidad la reforma, solo había obtenido por respuesta comentarios difusos. Ahora, sentado frente a su colega de Riga, pensaba que podría omitir esa información. Si surgían errores organizativos podrían arreglarlos sobre la marcha.

Noviembre 23, 2007

Eduardo Acosta Méndez. Filósofos cínicos y cirenaicos. Antología comentada.

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Círculo de lectores, 1997. 334 páginas.

Varios, Filósofos Cínicos y Cirenaicos
Punks clásicos

Siempre me han fascinado los filósofos cínicos. Además de lo que se estudia en el bachillerato me había leído La secta del perro de García Gual. Su radical visión de la vida, su desprecio de las convenciones, su austera vida… Las anécdotas, aunque con toda seguridad sean apócrifas, son verdaderos arquetipos morales:

Platón: Si supieras adular al rey, no tendrías que comer lentejas.
Diógenes: Si supieras comer lentejas, no tendrías que adular al rey.

Además de los filósofos cínicos están los cirenaicos. Ambas escuelan buscaban la felicidad y el bien, pero mientras los primeros lo identificaban con la ausencia de necesidades, los segundos asociaban el bien al placer, entendido también como placer espiritual.

En este libro se muestran para cada filósofo una noticia previa -breve escorzo biográfico-, una selección de Máximas y una colección de anécdotas y apotegmas. Entre los cínicos aparecen Antístenes, Diógenes, Crates e Hiparquia. De los cirenaicos están Aristipo, Arete y Aristipo Metrodidacta, Hegesias, Anníceris y Teodoro. Me ha sorprendido la figura de Hegesias, llamado el pesimista, al que tenían prohibido dar charlas porque después muchos de los que le escuchaban se suicidaban. Eso es tener poder de convicción; hoy seguro que era publicista.

Al final encontrarán una selección de anécdotas, pero si pueden háganse con el libro. Es una delicia.

Escuchando: Skeletons. Rickie Lee Jones.


Extracto:[-]

Diógenes

Se cuenta que Alejandro dijo que si no hubiera sido Alejandro, habría querido ser Diógenes.

En una ocasión en que [Diógenes] tomaba el sol en el Cráneo, Alejandro se presentó ante él y le dijo: «Pídeme lo que quieras». Diógenes replicó: «Deja de hacerme sombra».

Como Polixeno el dialéctico mostrara su indignación por el hecho de que algunos llamaban a Diógenes «perro», éste le dijo: «Llámame tú también “perro”, pues Diógenes es para mí un sobrenombre; yo en realidad soy un perro, de los de noble raza y de los que protegen a sus amigos».

[Diógenes] solía hacerlo todo en público, tanto las cosas de Deméter como las de Afrodita. Y razonaba con argumentos de este tipo: «Si el comer no es nada extraño, tampoco en la plaza del mercado es extraño. No es extraño el comer, luego no es extraño comer en la plaza del mercado». También solía masturbarse en público y decía: «¡Ojalá también pudiera aplacar el hambre frotándome el vientre!».

En cierta ocasión en que [Diógenes] vio a un muchacho que bebía con sus manos, arrojó de su alforja su copa, diciendo: «Un muchacho me ha aventajado en sencillez». Arrojó también su plato, al ver igualmente a un muchacho que, como se le rompió su plato, recogía las lentejas en la parte hueca” de un trozo de pan.

Aristipo

[Aristipo] pidió dinero a Dionisio y éste le dijo: «Pero ¿acaso no decías que el sabio no carece de nada?». Y Aristipo a su vez dijo: «Dame el dinero y después discutiremos de esto». Y cuando se lo dio, Aristipo añadió: «¿Ves que no he tenido ninguna necesidad?».

En cierta ocasión Simo, tesorero de Dionisio, un bribón originario de Frigia, estaba mostrando [a Aristipo] una casa espléndida, pavimentada con mosaicos, cuando éste, expectorando profundamente, le escupió en la cara. Y como el otro se indignara, le dijo: «No tenía un sitio más apropiado».

Mientras una vez Aristipo hacía un viaje por mar, se desató una tempestad y se quedó fuertemente angustiado. Uno de sus compañeros de viaje le dijo: «¿También tú, Aristipo, tienes miedo, como la mayor parte de los hombres?». Y él respondió: «Mucho, naturalmente, pero mientras en vosotros los afanes y el presente peligro están en relación con una vida mísera, en mi caso afectan a una vida feliz».

Hegesias

Hegesias cirenaico decía que no existe ni la amistad ni la gratitud. Sostenía que no existen por sí mismas, sino que el que pide por necesidad ofrece gratitud y quien está en mejor situación hace el bien. Decía también que la vida es ventajosa para el hombre mediocre, mientras para el sabio es ventajosa la muerte, de modo que algunos lo denominaban «persuasor de la muerte».

¿Cuántos creemos que destacó en elocuencia el filósofo Hegesias cirenaico? Él representaba de tal modo los males de la vida, que una vez introducida su deplorable imagen en el corazón de aquellos que le escuchaban, generaba en muchos el deseo de afrontar una muerte voluntaria. Y por ello le fue prohibido por el rey Tolomeo disertar más sobre este argumento

Agosto 24, 2007

Heisenberg, Bohr, Schrödinger. Física cuántica.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 9:37 am
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Círculo de lectores, 1996. 532 páginas.
Trad. Wolfgang Strobl, Luis Pelayo, Miguel Ferrero Melgar y Xavier Zubiri.

Varios, Fisica Cuantica
Misterios subatómicos

No cabe duda de que la Mecánica cuántica es sorprendente. Por un lado predice efectos casi increíbles: que un objeto se comporte como una onda y como una partícula a la vez, que un electrón puede atravesar un potencial electromagnético desapareciendo, que de la nada se crean y destruyen millones de partículas en un instante, que nunca podremos saber con precisión absoluta la posición y el momento de una partícula…

Pero por otro lado no hay teoría científica que se haya confirmado con mayor exactitud, y estamos rodeados de sus aplicaciones tecnológicas, incluyendo el ordenador desde el que están leyendo esta entrada.

Para dar un poco de luz sobre los orígenes de esta rama de la física se han seleccionado en este volumen los Diálogos sobre la física atómica de Heisenberg, descubridor del principio de incertidumbre. Se trata de una especie de autobiografía en la que el autor expone pensamientos y diálogos que tuvo con otros físicos de su época. Teniendo en cuenta que fue el director del proyecto de la bomba atómica de la Alemania nazi se entienden muchas de las justificaciones que contiene. Cierto es, dicho sea con justicia, que sus investigaciones se encaminaron más al uso del átomo como energía que como bombas, y que cuando fue detenido se ofreció a dar toda la información que tenía a los aliados. La cara que se le debió poner cuando escuchó a través de la radio que habían estallado dos bombas en Hiroshima y Nagasaki debió ser digna de verse.

A este texto, que nos muestra de una manera bastante completa como se gestó la mecánica cuántica, lo complementan La teoría atómica y la descripción de la naturaleza de Bohr y La mecánica cúantica ondulatoria de Schrödinger.

El primero, además de ser el autor del principio de complementariedad fue un verdadero mentor de esta nueva disciplina. La obra incluída aquí son cuatro artículos en los que se expone de una manera sencilla lo esencial del pensamiento de Bohr sobre el significado de los cuantos. Sobre Schrodinger comentamos algo en la entrevista a Crumey. Es el creador de la mecánica ondulatoria, opuesta en principio a la mecánica de matrices de Heisenberg, pero igual en esencia como demostró él mismo después. Como los físicos de la época no estaban acostumbrados a trabajar con matrices el sistema de Schrödinger acabo por imponerse. En 1944 publicó un libro titulado ¿Qué es la vida? que, aunque leído ahora pueda parecer poca cosa, inspiró a toda una generación para dedicarse a la biología.

Una manera excelente de conocer la gestación de la teoría científica más ubicua y maravillosa.

Escuchando: Capitán trueno. Asfalto.


Extracto:[-]

-Y por eso ha participado usted en la aplicación de la violencia y en la revolución, con la absurda ilusión de que de la destrucción podría surgir alguna cosa buena. Ya conoce usted lo que ha escrito Jacob Burckhardt sobre el resultado último de las revoluciones en la política exterior: «Ya es una dicha grande el que una revolución no convierta en señor al enemigo ancestral». ¿Por qué nosotros los alemanes habíamos de tener tan extraña dicha? Si nosotros los viejos (tengo ya que contarme entre ellos) no hemos dado ningún consejo es por la sencilla razón de que no sabíamos dar otro que ese tan trivial de que se debe hacer el trabajo concienzuda y ordenadamente, y esperar así a que cunda el buen ejemplo.
-Usted quiere, por tanto, volver otra vez a lo viejo, a lo pasado, a lo de ayer. En su opinión, todo intento de cambio es malo. Pues bien, con estas ideas es justamente con las que no se puede ya convencer a la juventud. Así nunca habría nada nuevo en el mundo. ¿Con qué derecho entonces defiende usted en su ciencia ideas nuevas revolucionarias? Lo cierto es que también se ha roto radicalmente con todo lo anterior en la teoría de la relatividad y en la teoría cuántica.

-Cuando hablamos de revoluciones en la ciencia es importante que se tenga una idea muy clara de estas revoluciones. Pensemos, por ejemplo, en la teoría cuántica de Planck. Usted seguramente sabe que Planck fue desde un principio un espíritu abiertamente conservador, que nunca tuvo el deseo de cambiar seriamente la física antigua. Pero se había propuesto solucionar un problema rigurosamente delimitado, quería entender el espectro de la radiación del calor. Naturalmente, lo intentó manteniendo todas las leyes físicas anteriores, y necesitó muchos años para convencerse de que esto no era posible. Sólo entonces propuso una hipótesis que no encajaba dentro de la física anterior. Aun después de esto, pretendió llenar de nuevo con hipótesis adicionales la brecha que había abierto en los muros de la física antigua. Esta pretensión se demostró como algo decididamente imposible, y el desarrollo ulterior de la hipótesis planckiana hizo necesaria una reestructuración de la física entera. Pues bien, incluso después de la reestructuración, no se ha cambiado absolutamente nada en aquellos sectores de la física que pueden ser entendidos totalmente con los conceptos de la física clásica.

»Dicho de otra manera: en el seno de la ciencia solamente puede operarse una correcta y fructífera revolución cuando se hacen esfuerzos por cambiar lo menos posible, cuando uno se limita, ante todo, a la solución de un problema muy concreto y rigurosamente definido. El intento de dar de lado a todo lo anterior y de cambiar a capricho lleva a resultados absurdos. Este tipo de destrucción de todo lo existente sólo lo intentan, en el campo de las ciencias naturales, los fanáticos sin sentido crítico, los seres que están medio locos, como, por ejemplo, esas gentes que afirman poder dar con un perpetuum mobile. Naturalmente, de tales ensayos no se saca nada. Confieso que no sé si las revoluciones en la ciencia pueden parangonarse con las que tienen lugar en la convivencia humana. No obstante, podría afirmar (aunque se tratara de una pura ilusión) que también en la historia las revoluciones de mayor alcance son aquellas en las que se intenta solucionar solamente problemas rigurosamente delimitados cambiando lo menos posible. Piense usted en aquella gran revolución de hace dos mil años, cuyo autor, Cristo, dijo: «No he venido a suprimir la ley, sino a cumplirla». Una vez más: lo que interesa es circunscribirse al objetivo principal y cambiar lo menos posible. Lo poco que entonces deba modificarse puede en adelante gozar de tal fuerza transformadora, que sea capaz de cambiar por sí mismo casi todas las restantes formas de la vida.

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