Cuchitril Literario

Julio 21, 2008

Connie Willis. Remake.

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Ediciones B, 1997. 286 páginas.
Tit. Or. Remake. Uncharted Territory. Trad. Rafael Marín Trechera.

Connie Willis, Remake
Cortejo alienígena

No es la primera vez que aparece Connie Willis en estas páginas y ya he declarado mi rendida admiración por ella. Este volumen alberga dos novelas cortas, un género muy habitual en la ciencia ficción:

Territorio inexplorado

Findriddy y Carson son dos exploradores en un planeta reseco. Su mayor preocupación no son los peligros que puedan acechar en su superficie, sino en evitar que su guía les multe por perturbar el modo de vida local. Evelyn Parker, un socioexozoólogo se une a ellos desde una rendida admiración.

Remake

En el futuro, los actores sobran. Gracias a la tecnología digital pueden conseguirse las más famosas caras del pasado y hacerlas actuar sin ninguna queja. ¿Tiene sentido que una joven aspirante a actriz esté obsesionada con llegar a ser bailarina?

Probablemente sean las dos novelas más flojas que leído de esta autora. Aún así, son mejores que muchas de otros autores. Willis siempre sigue un esquema fijo, hay un McGuffin que mueve la historia. En la primera novela son los ritos de cortejo y la identidad sexual. En el segundo los guiones de las películas de Hollywood.

Pero si en Territorio inexplorado el argumento resulta creíble, en Remake uno no acaba de creerse del todo esa especie de televisión de ida y vuelta a prueba de copias sobre la que se basa toda la novela. Quizá por eso, y pese a haber sido finalista de los Hugos, me ha gustado menos que la primera. Quizá sea tenga menos pretensiones, pero es fresca y, como todo lo de Willis, está muy bien escrita.

Para leer sólo cuando ya sean fans de la escritora.

Escuchando: El Monstruo. Los Shains.


Extracto:[-]

—Sí—dijo Ev—. ¿Hice algo mal?

—¿Mal? —estalló Carson—. ¿Mal?

—No te acalores —dije—. Bult no puede multar a Ev hasta que sea miembro de la expedición.

—Pero no comprendo —balbuceó Ev—. ¿Qué he hecho mal? Si sólo conduje el rover…

—Levantar polvo, dejar huellas de neumáticos, emitir humo…

—Los vehículos con ruedas no están permitidos fuera de las instalaciones del gobierno —le expliqué a Ev, que nos miraba asombrado.

—Entonces, ¿cómo van por ahí? —preguntó.

—No vamos —dijo Carson, mirando al poni de Bult, que parecía a punto de desplomarse otra vez—. Explícaselo, Fin.

Yo sentía demasiado cansancio para explicar nada, menos aún sobre la idea del Gran Hermano de cómo explorar un planeta.

—Cuéntale tú lo de las multas mientras yo resuelvo esto con Bult —dije, y me dirigí a la zona vallada atravesando el compuesto.

Para mí no hay nada peor que trabajar para un gobierno con complejo de culpabilidad. Lo único que hacíamos en Booh-te era explorar el planeta, pero el Gran Hermano no quería que nadie los acusara de «implacable expansión imperialista» y de arrasar a los indígitos como hicieron cuando colonizaron América.

Así que crearon todas esas reglas para «preservar los ecosistemas planetarios» (lo que implicaba que no se nos permitía construir presas o matar la fauna local), y «proteger a las culturas indígenas de la contaminación tecnológica» (lo que significaba que no podíamos darles agua de fuego ni armas), e implantaron multas por romper las normas.

Y ahí fue donde cometieron el primer error, porque pagaban las multas a los indígitos, y Bult y su tribu sabían reconocer una ventaja en cuanto la veían, y antes de que te dieras cuenta te multaban por dejar pisadas, y Bult compraba contaminación tecnológica a diestro y siniestro con lo que recaudaba.

Supuse que estaría en la zona de la puerta, hundido hasta la segunda articulación en objetos de consumo, y no me equivoqué. Cuando abrí la puerta, estaba abriendo una caja de paraguas.

—Bult, no puedes cargarnos las multas cometidas por el rover —dije.

Él sacó un paraguas y lo examinó. Era de esos plegables. Sostuvo el paraguas ante él y pulsó un botón. Se encendieron luces por todo el reborde.

—Destrucción de superficie terrestre —dijo.

Le tendí su cuaderno.

—Ya conoces las reglas. «La expedición no es responsable de las violaciones cometidas por cualquier persona que no sea miembro oficial de ella.»

Él seguía enfrascado con los botones. Las luces se apagaron.

—Bult miembro —dijo, y el paraguas se abrió y se cerró, a un pelo de mi estómago.

—¡Cuidado! —Salté hacia atrás—. Tú no puedes cometer infracciones, Bult.

Bult soltó el paraguas y abrió una gran caja de dados, cosa que haría feliz a Carson. Su ocupación favorita, aparte de echarme la culpa de todo, es el juego.

—¡Los indígitos no pueden cometer infracciones! —exclamé.

—Tono y modales inadecuados —dijo él.

También sentía demasiado cansancio para esto, y seguía teniendo que hacer el informe y el paradero. Lo dejé desempaquetando una caja de cortinas de baño y me marché.

Febrero 9, 2006

Connie Willis. El libro del día del juicio final.

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Ed. B, 2005. 782 páginas.
Tit. or. The Doomsday book. Trad. Rafael Marín Trechera.

LibroDiaJuicioFinal
La peste negra

Ya comenté en esta entrada que éste fue el primer libro que leí de Connie Willis. Como lo acaban de sacar en edición de bolsillo por un módico precio y era uno de los poco volúmenes que me faltan en la biblioteca de la autora me animé a comprarlo -y releerlo-.

Al igual que en Por no mencionar al perro… nos encontramos en el departamento de Historia y Kivrin, una estudiante, ha pedido viajar en el tiempo para estudiar la época medieval… justo antes de la peste negra. Tras conseguir convencer a su tutor y prepararse adecuadamente, la envían al pasado. Pero entonces ocurre algo grave; el técnico encargado de la operación cae gravemente enfermo y no saben si Kivrin ha llegado correctamente. Pero lo peor todavía está por llegar: una epidemia de origen desconocido pondrá a toda la ciudad en cuarentena.

Una de las principales bazas del libro es la alternancia entre la historia de Kivrin, la estudiante lanzada a un pasado que no es exactamente como lo esperaba encontrar, y los problemas de su tutor en una ciudad atacada por una epidemia. La otra es la capacidad de la autora para crear unos personajes totalmente creíbles a los que no se les puede dejar de coger cariño. Añadan unas grandes dosis de emoción, suspense, y una visión de primera mano de la sociedad medieval. El resultado es, sin duda, uno de los mejores libros de ciencia ficción contemporánea. No en vano ganó el premio Nébula, el Hugo y el Locus.

No es de mis libros preferidos de la autora, pero es todo un clásico. Muy recomendable.

(Un día, un libro 304/365)
Escuchando: El color de los días perdidos. Kiki d’akí

Enero 3, 2006

Connie Willis. Por no mencionar al perro.

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Ed. B, 1999. 539 pág.
Tit. or. To say nothing about the dog. Trad. Rafael Marín Trechera.

WillisPorNoMencionarPerro
En busca del tocón perdido

Cuando leí este libro, hace ya unos cinco años, ya había leído de la autora ‘El libro del día del juicio final’, pero fue con este con el que me enamoré -literariamente hablando- de Connie Willis. Es extraño, porque todos sus libros siguen el mismo esquema de pareja de científicos que se conocen y al final se enamoran. También porque en muchas ocasiones ni siquiera tienen nada de ciencia ficción, aunque entren dentro de esa categoría difusa de ‘libros que les gustan a los que les gusta la ciencia ficción’. En ocasiones puede ser francamente ñoña. El caso es que no se por qué, pero es una autora que me gusta. Tanto que esta es la cuarta vez que me leo este libro, quizás el más divertido de su producción.

Ned Henry tiene una misión que cumplir: debe encontrar el tocón del pájaro del obispo, un horrible artefacto que es imprescindible para la correcta reconstrucción de la catedral de Coventry. De él depende que la unidad de viajes en el tiempo reciban el patrocinio adecuado por parte de lady Schrapnell, la millonaria promotora de la reconstrucción y que trae de cabeza a Ned. Pero un viaje apresurado parece que ha puesto en peligro la integridad del espacio tiempo y junto a Verity deberán encargarse de arreglarlo.

El título proviene del clásico de Jerome K. Jerome ‘Tres hombres en una barca’, cuyo subtítulo es ‘Por no mencionar al perro’, y la novela bebe del aire victoriano y humorístico de la obra de Jerome. Estamos ante una novela profundamente divertida, bien construida, y que deja un buen sabor de boca. Recomendable incluso para aquellos a los que no les gusta la ciencia ficción.

(Un día, un libro 267/365)
Escuchando: Sólo su voz. Juana Molina