Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Junio 10, 2009

Richard P. Feynman. Conferencias sobre Computación.

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Editorial Crítica, 2003. 328 páginas.
Tit. Or. Feynman lectures on computation. Trad. Ignacio Zúñiga.

Richard P. Feynman, Conferencias sobre Computación
Maestro

Soy poco dado a la mitomanía, pero admiro mucho a Richard P. Feynman. Por su contribución a la física y por su persona, retratada admirablemente en los libros ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y su continuación ¿Qué te importa lo que piensen los demás?. No hace mucho pude ver la obra QED en el versus y se me puso la piel de gallina.

Por eso empecé este libro con aprensión. Muchas veces los expertos en un tema patinan cuando escriben sobre cosas que no son su especialidad. Fallo mío. Debería haber confiado más. El método de Feynman para enfrentarse a un problema del que no sabe nada es ir a lo básico y aprender todo de nuevo hasta que entiende el concepto. En este caso se nota que lo ha hecho, y bien.

A través de siete capítulos y un epílogo el autor nos hace una descripción exacta de los fundamentos de la computación. Desde cual es el funcionamiento físico de los circuitos hasta las bases de un computador cuántico, pasando por las máquinas de Turing y la teoría de la información. Todo lo que hace falta saber para entender el funcionamiento profundo de estas máquinas.

Datos que no han envejecido. Aunque en la informática la evolución es muy rápida, hay cosas que nunca cambian. El ordenador que está utilizando para leer esto usa la misma arquitectura Von Neumann que las primeras máquinas construídas. Los límites de lo computable se conocen aún antes de que se hubiera construído una computadora como hoy la conocemos, y las leyes de la física no van a cambiar en un futuro próximo.

El único defecto es que se extiende más en los apartados físicos entre los que se cuentan la construcción de circuitos con métodos que ya están obsoletos. Aún así es el mejor libro que he leído sobre el tema. Ojalá lo hubiera tenido cuando yo empecé la carrera, ya que me hubiera facilitado el entendimiento de muchos conceptos.

Imprescindible para informáticos en ciernes.

Descarga otros libros del autor (en inglés):

Feynmann – Feynman Lectures On Physics, Complete Volumes.pdf
Richard Feynmann – Surely you’re joking, Mr.Feynmann.pdf


Extracto:[-]

Seamos un poco abstractos por un momento y preguntémonos-¿cómo se conectan qué conjunto de elementos para que hagan la mayor parte de las cosas? Ésta es una pregunta profunda cuya respuesta es, de nuevo, que hasta cierto punto no importa. Una vez que se tiene un computador que puede hacer unas cuantas cosas —estrictamente hablando, uno que tiene un «conjunto suficiente» de procedimientos básicos—ese computador puede hacer básicamente lo mismo que cualquier otro. Esto es vagamente la base del gran principio de «universalidad». «¡Ah! —gritas—. ¡Mi calculadora de bolsillo no puede simular las manchas rojas de Júpiter como un conjunto de supercomputadores Cray!» Pues sí, sí puede: habría que modificar algunos circuitos, tendríamos que añadirle memoria y sería terriblemente lento, pero si se espera lo suficiente podría reproducir cualquier cosa que los Crays puedan hacer. En general, supongamos que tenemos dos computadores, A y B. y que sabemos todo acerca de A, la forma en que trabaja, sus «reglas de transición entre estados» y cosas así. Supongamos que el computador B es capaz simplemente de describir el estado de A. Entonces podemos utilizar B para simular el proceso de A describiendo sus transiciones sucesivas; en otras palabras, B imitará a A. Podrá tardar una eternidad si B es muy elemental y A muy sofisticado, pero al final podrá hacer todo lo que haga A. Más adelante en el curso demostraremos esta afirmación diseñando tal computador B, conocido como la máquina de Turing.

Veamos la universalidad de otra forma. El lenguaje nos proporciona una útil fuente de analogías. Dejadme que os pregunte esto: ¿cuál es el mejor lenguaje para describir algo? Digamos, un vehículo de gasolina de cuatro ruedas. Desde luego, la mayoría de las lenguas, al menos en Occidente, tienen una palabra sencilla para ello: nosotros decimos «automóvil», en inglés se dice «car», en francés «voiture», y así sucesivamente-Sin embargo, habrá algunos idiomas en los que no se haya creado una palabra para el «automóvil», y los que hablen en ese idioma tendrán que recurrir a una descripción seguramente larga y complicada utilizando elementos lingüísticos básicos. Ninguna de estas dos descripciones es intrínsecamente «mejor» que la otra, porque ambas cumplen su cometido v sólo se distinguen por su eficiencia. No tenemos por qué introducir la democracia al nivel de las palabras; podemos bajar a ras de los alfabetos. Cuál es, por ejemplo, el mejor alfabeto para la lengua inglesa? Es decir, • por qué tenemos que quedarnos con las 26 letras usuales? Todo lo que Se puede hacer con éstas, se puede hacer sólo con tres símbolos —punto, raya y espacio del código Morse; o dos— un cifrador baconiano que representa desde la A hasta la Z con números binarios de cinco dígitos. Vemos, pues, que podemos elegir nuestro conjunto básico de elementos con mucha libertad y nuestra elección realmente afecta a la eficiencia de nuestro lenguaje y, por lo tanto, al tamaño de nuestros libros: no existe el «mejor» lenguaje o alfabeto —cada uno es lógicamente universal y cada uno puede imitar a los demás—. Volviendo a la computación, la universalidad establece, de hecho, que el conjunto de tareas complicadas que se pueden realizar utilizando un conjunto «suficiente» de procedimientos básicos es independiente de la estructura específica y detallada del conjunto básico.

Para que los computadores actuales realicen una tarea compleja necesitamos una descripción precisa y completa de cómo realizar esa tarea en términos de una secuencia de procedimientos básicos sencillos —el software— y necesitamos una máquina para que realice esos procedimientos en un orden específico —esto es, el «hardware»—. Estas instrucciones tienen que ser exactas y sin ambigüedad. Las personas no tienen que decirse unas a otras exactamente lo que quieren expresar; no es necesario porque el contexto, el lenguaje corporal, la familiaridad con el interlocutor y demás recursos nos permiten «llenar los huecos» y resolver cualquier ambigüedad en lo que queremos decir. Los computadores, sin embargo, aún no son capaces de «seguir» lo que se está diciendo de la torma que lo hace una persona. A éstos hay que decirles escrupulosamente todos los detalles de lo que tienen que hacer. Quizá algún día las maquinas sean capaces de entender descripciones aproximadas de tarcas, Pero mientras tanto tenemos que ser muy quisquillosos acerca de cómo le decimos a los computadores que hagan las cosas.

Septiembre 29, 2008

Horace Freeland Juson. Anatomía del fraude científico.

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Editorial Crítica, 2006. 500 páginas.
Tit. Or. The great betrayal fraud in science. Trad. David León.

Horace Freeland Juson, Anatomía del fraude científico
Científicos deshonestos

En la actualidad la ciencia no tiene el prestigio de que disfrutaba a mediados del siglo XX. La labor de los científicos tampoco parece resultar muy bien parada tras los varios casos de fraude que han salido en los últimos tiempos. No hace mucho del caso de la falsa clonación de un embrión humano por parte del biólogo coreano Hwang Woo Suk.

No es una situación nueva. Ya en el XIX Charles Babbage -considerado el inventor de la primera computadora- clasificaba el fraude científico bajo cuatro epígrafes: embuste, fingimiento, amaño y falseamiento. El embuste consiste en inventarse completamente los datos de una investigación, y ponía como ejemplo la descripción de un molusco con todo lujo de detalles, incluída una descripción de su locomción. El problema es que tal animal no existía. Aunque parezca exagerado, hay casos así. El más famoso fue el protagonizado por Sir Cyril Burt, que realizó muchos estudios con gemelos para averiguar la influencia del ambiente sobre la educación y el desarrollo. Pero ni existían lo gemelos, ni la investigación, ni siquiera algunas de las ayudantes que aparecían como colaboradoras. Una invención de principio a fin.

El fingimiento es algo parecido, con la diferencia de que la intención es hacer creer a otros en el embuste, para que luego, cuando se descubra la verdad, reciban escarnio público. Tal cosa sucedió con el hombre de Piltdown, engaño que desprestigió a Smith Woodward, y todavía no está muy claro quien organizó la trampa.

El amaño y el falseamiento son variantes de lo que ahora se considera falsificación. Básicamente consiste en ocultar observaciones que contradigan la teoría o de un juego de observaciones elegir con que más concuerden con el valor de lo que se quiere obtener. Este tipo de fraude puede realizarse a veces de forma inconsciente, ya que el científico puede pensar que ha habido un error en el aparato, o que no había preparado bien la muestra.

Que los científicos no son unos santos buscadores de la verdad nos lo prueba la historia. Los diarios de Pasteur demostraron que sus investigaciones no iban siempre acordes a la publicidad que hacía de ellas, y que en ocasiones daba como probados métodos que todavía estaba experimentando. Los datos de los experimentos de Millikan sobre la masa del electrón estaban seleccionados. El padre de la genética, Mendel, tenía una suerte bárbara. De todos los rasgos de los guisantes escogió los que se transmitían de una manera sencilla y además sus resultados experimentales son tan perfectos que no pudieron ser reales. Hay casos peores: Freud basó sus teorías en muy pocos casos y además, controvertidos.

En la actualidad las cosas no han mejorado, todo lo contrario. La obligación de publicar, el tener que luchar por los presupuestos y la mucha competencia llevan a los científicos a practicas poco honrosas. Además, en muchos casos las unniversidades intentan tapar los casos de fraude en vez de perseguirlos publicamente, para no dañar su imagen. En Estados Unidos fue muy famoso el caso de Baltimore, porque estaba implicado David Baltimore, todo un premio Nobel que firmó -como es costumbre- como colaborador de un estudio que había realizado Thereza Imanishi-Kari y que se descubrió inventado. El libro da más ejemplos e ignoro si aquí también existirán casos famosos o si nuestras universidades no tienen suficiente nivel como para hacer fraudes.

Otros problemas que aquejan a la comunidad científica son lo casos de plagio, difíciles de descubrir entre tantas publicaciones -aunque en la actualidad internet puede empezar a solucionar esto-. También que para publicar y obtener subvenciones el único mecanismo de revisión es la evaluación entre iguales. En muchas ocasiones es un trabajo inmenso para los científicos competentes revisar propuestas de investigación, y en no pocos casos se han plagiado artículos.

Visto lo visto ¿podemos confiar en la ciencia? Que no cunda el pánico. Todos estos desmanes pertenecen al ámbito de la investigación, no a sus resultados. Ante un experimento polémico basta con replicarlo. Así pasó con la tan publicitada fusión fría, que al final quedó en nada. En el propio libro, aunque no se centra en el tema, lo deja bien claro con la respuesta de Klaus Rajewsky ante el caso Baltimore: He de reconocer que nunca he llegado a entender el alboroto que se creó en torno a ese artículo: no creo que haya nadie dispuesto a tomar en serio lo que publicó Imanishi-Kari. Al menos, nadie que yo conozca..

El libro está escrito más con enfoque periodístico que científico y señala con el dedo los principales defectos de instituciones, revistas, universidades y programas de investigación. Aunque en este país las instituciones funcionan de manera bastante diferente, muchos problemas son universales y no está de más intentar ponerles remedio. La ciencia cada vez es más compleja y necesita de más recursos. Es fundamental que estos estén bien repartidos. En el libro dan un ejemplo: un tipo especial de becas que se otorgan no a una investigación concreta, sino a estudiantes con talento para que investiguen en el campo que prefieran.

De lectura obligada para todo tipo de gestores universitarios.

Escuchando: A Hall Of Fame Award. William Leblanc.


Extracto:[-]

Los dos científicos mencionados estaban investigando diversos casos de mala conducta, no por encomienda oficial, sino movidos por una simple curiosidad particular que acabó por convertirse en pasión.

La primera impresión que recibió quien esto escribe al conocer a Walter Stewart fue la de la viveza jovial de su voz y su recibimiento, y acto seguido, la velocidad de su discurso y el modo como brotaban, en todas direcciones, unas,palabras tras otras cuando hacía hincapié en un punto concreto relacionado con la ciencia o el fraude. Aquel hombre de cabello oscuro y espeso, piel pálida, frente baja, mandíbula recia, boca amplia y labios gruesos se había licenciado en Harvard con la calificación de summa cum laude y había comenzado a trabajar en la Universidad Rockefeller antes de trasladarse a los NIH, sin llegar jamás a obtener el doctorado. En su época de sabueso de fraudes, era normal encontrarlo pasando el tiempo en el laboratorio —dotado de aire acondicionado—, vestido con pantalones cortos, camisa ajustada y sandalias, practicando con un manipulador telegráfico el alfabeto morse —útilísimo código en cuyo manejo estaba tratando de adiestrar a sus hijos mientras los enseñaba a leer—. Si alguna vez llevaba chaqueta y corbata, le resultaba imposible escapar a cierto aire de hombre de Neandertal trajeado. Ni siquiera los científicos que lo detestaban y aborrecían su obra ponían en duda su elevada capacidad intelectual, y aun sus amigos y aliados habían de reconocer su excentricidad y una buena dosis de fanatismo contumaz.

Ned Feder era —amén de 18 años mayor— más delgado, alto y tranquilo que él. Era de los que no lo tienen difícil para confundirse con la multitud. Había nacido en Minneapolis, y se había licenciado en química orgánica por Harvard. Tras culminar también la carrera de medicina, ejerció de profesor en su escuela, si bien en lugar de hacerse fijo se trasladó, en 1967, a los NIH. Stewart había sido alumno suyo —un estudiante «bueno e insólito», según lo definió—.

Julio 7, 2008

Walter Gratzer. Eurekas y Euforias.

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Editorial Crítica, 2004, 2005. 454 páginas.
Tit. Or. Eurekas and Euphorias. Trad. Javier García Sanz.

GratzerEureka
Anecdotario

Una recopilación de curiosidades acerca de la vida de los científicos no nos va a enseñar ciencia, pero nos enseñará la parte humana que se esconde detrás de las ecuaciones. Mitad historias de descubrimientos sorpresa (como Serendipia), mitad apuntes biográficos graciosos o extravagantes, el libro es una fuente inagotable de anécdotas graciosas que, si bien no nos harán más sabios, nos enseñarán que la ciencia tiene su lado divertido.

Es imposible resumir un libro como éste, así que les he preparado una buena selección de historias. Ha sido difícil escoger, porque hay algunas muy buenas. Empecemos por la típica imagen del profesor despistado. Nadie mejor que David Hilbert para representarlo:

Los despistes de Hilbert eran legendarios. Uno de sus estudiantes citaba un ejemplo: una tarde, cuando Hilbert y su mujer se estaban preparando para recibir a los invitados para una cena, ella le dijo que se cambiara la deplorable corbata que llevaba. Los invitados llegaron pero Hilbert no reapareció. Finalmente fueron en su busca y le encontraron dormido en la cama. Tras quitarse la corbata, simplemente había seguido con la secuencia de acciones habitual, terminando con el camisón y la cama.

En algún momento durante los años veinte, uno de los brillantes estudiantes de Hilbert había escrito un artículo que pretendía demostrar la hipótesis de Riemann —un persistente desafío para los matemáticos concerniente a un aspecto importante de la teoría de números—. El estudiante le había mostrado el artículo a Hilbert, quien lo estudió cuidadosamente y quedó realmente impresionado por la profundidad del argumento pero, por desgracia, encontró un error en el mismo que ni siquiera él podía corregir. Al año siguiente, el estudiante murió. Hilbert preguntó a los afligidos parientes si le permitirían decir una oración fúnebre. Mientras los parientes y amigos del estudiante estaban llorando ante la tumba bajo la lluvia, Hilbert se adelantó. Empezó hablando de la tragedia que suponía que un joven tan dotado hubiera muerto antes de tener una oportunidad de demostrar de qué era capaz. Y siguió diciendo que pese al hecho de que la demostración que propuso este joven de la hipótesis de Riemann contenía un error, era aún posible que algún día se obtuviera una demostración del famoso problema siguiendo las líneas que el difunto había indicado. «De hecho», continuó con entusiasmo, de pie bajo la lluvia junto a la tumba del estudiante muerto, «consideremos una función de una variable compleja…».

Además de despistados, los profesores muchas veces dejan desconcertados a sus alumnos:

Muchos de los más grandes científicos del mundo han sido profesores excepcionalmente malos. La opacidad de las actuaciones públicas de Niels Bohr era legendaria . Su amigo Ernest Rutherford era un orador desbordante , pero rompía en incoherencias cuando se veía forzado a manipular ecuaciones algebraicas. En una ocasión se volvió enojado contra su audiencia: «¡Todos están ahí sentados como tarugos y ninguno va a decirme dónde me he equivocado!». Para otros, más inclinados hacia la teoría, las derivaciones matemáticas eran demasiado fáciles y los estudiantes se quedaban perplejos mientras el profesor se saltaba los pasos intermedios de una demostración. Se cuenta que el matemático G. H. Hardy [ empezó su perorata en una clase con la declaración: «Es ahora obvio que...». Acto seguido se detuvo y se volvió a contemplar en silencio las ecuaciones que había escrito en la pizarra. Tras una pausa interminable, dejó ver una sonrisa y aseguró a sus oyentes que realmente era obvio.

Los artistas siempre han tenido fama de extravagantes, pero algunos científicos no les van a la zaga. Para comprobarlo, lean la siguiente historia:

William Buckland (1784-1856) fue el primer ocupante de la Cátedra de Zoología en Oxford y pasó su extraordinaria excentricidad a su hijo Francis, un zoólogo autor de Curiosidades de Historia Natural y durante algunos años inspector de las pesquerías de salmón. Los Buckland hicieron un hábito de comer, con espíritu de curiosidad científica, cualquier animal que se cruzara en su camino. Francis llegó a un acuerdo con el zoológico de Londres para recibir una pieza de cualquier cosa que muriese allí. Los visitantes de la casa de los Buckland, además de sufrir las insinuaciones del burro mascota y otras criaturas que en general no se encuentran en un salón, corrían el riesgo de que se les ofreciesen manjares tales como ratón en croüte o una cabeza de marsopa en lonchas. William mantenía que el asado de topo había sido la cosa más desagradable que había comido hasta que probó los moscardones guisados. Cuando un amigo suyo, el arzobispo de York, le mostró una caja de rapé que contenía el corazón embalsamado de Luis XVI que el prelado había comprado en París en la época de la Revolución, William Buckland manifestó que nunca había comido el corazón de un rey y antes de que se lo pudieran impedir lo había cogido y se lo había tragado.

Durante una visita a Italia, a los siempre curiosos Buckland les mostraron una mancha en el suelo de una iglesia en el lugar donde un santo había sido martirizado. Cada mañana, les dijeron, la sangre fresca se renovaba milagrosamente. Inmediatamente William se arrodilló en el suelo y aplicó su lengua a la mancha húmeda. No es sangre, informó a sus anfitriones. El sabía exactamente lo que era: nada más que orina de murciélago.

Más allá de la extravagancia está la locura, y aunque parezca increíble también se han logrado hacer contribuciones:

Quizás el caso más trágico y más extraño de vida de trabajo pasada en confinamiento es el del matemático André Bloch. Nació en Besancon en 1893, siendo uno de tres hermanos de padres judíos. Huérfano a edad temprana, André y el más joven de sus hermanos, Georges, mostraron talentos sobresalientes y ambos obtuvieron plazas por oposición en la Escuela Politécnica de París. Sus estudios fueron interrumpidos por la primera guerra mundial, en la que Georges fue gravemente herido y perdió un ojo mientras que André, que servía como oficial de artillería, cayó herido en un puesto de observación bajo el fuego de los cañones enemigos. Tras varias estancias en el hospital, se le dio una licencia indefinida en 1917 y retomó sus estudios en la Escuela.

Más tarde, en noviembre de ese mismo año, mientras cenaba en familia en París, se abalanzó con un cuchillo sobre su hermano Georges y sus tíos y los apuñaló hasta la muerte. Luego salió a la calle, gritando, y fue detenido sin oponer resistencia. Con el país inmerso en una guerra desesperada, el asunto, que después de todo implicaba a dos oficiales del ejército, fue silenciado y el perpetrador fue ingresado en un hospital psiquiátrico, la Maison de Charenton, en las afueras de París. Allí permaneció hasta su muerte por leucemia en 1948.

André Bloch explicó tranquilamente a un doctor del Charenton que no le había quedado otra opción que eliminar a la rama de su familia que se había visto afectada por una enfermedad mental. Las leyes de la eugenesia, insistió, eran ineluctables y su deber era actuar como lo hizo. Reprendió al doctor por su reacción emocional: «Usted sabe muy bien», declaró, «que mi filosofía está inspirada por el pragmatismo y la racionalidad absoluta. Yo he aplicado el ejemplo y los principios de una célebre matemática de Alejandría, Hipatia». No hay evidencia, por supuesto, de que Hipatia sostuviese nociones tan radicales, ni se estableció si el trastorno de Bloch derivaba de su experiencia en la guerra. Pero en todos los demás aspectos parecía completamente sano y de su celda en el Charenton proceden una serie de importantes comunicaciones matemáticas, principalmente en análisis algebraico, teoría de números y geometría, aunque también escribió un ensayo sobre las matemáticas de las mareas. Un artículo estaba preparado con otro matemático recluido durante algún tiempo en la Maison de Charenton.

Los logros de Bloch son más extraordinarios si se tiene en cuenta que era completamente autodidacta y sólo más tarde estableció contactos, a través de cartas y escasas visitas, con algunos de los matemáticos destacados de la época, los cuales, inicialmente, desconocían que estaban en correspondencia con el interno de un manicomio. También desarrolló un interés especial por la teoría económica y escribió varias cartas al presidente Poincaré (pariente del célebre matemático y físico Jules Henri Poincaré) con sugerencias para la gestión de la economía nacional. Durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial, Bloch tuvo la habilidad suficiente para ocultar su nombre judío y publicar bajo dos seudónimos. En el año de su muerte recibió el premio Becquerel de la Academia de Ciencias. La historia del «matemático de Charenton», como le llamó un prominente psiquiatra francés, recuerda irresistiblemente al cirujano de Crowthorne (sujeto de un libro de dicho título escrito por Simón Winchester y publicado por Penguin Books en 1999), el doctor paranoide que, tras haber asesinado a un inocente transeúnte en una calle de Londres, contribuyó con un saber y dedicación profundos al primer Oxford English Dictionary desde su celda en un manicomio durante la última parte del siglo xix.

No olvidemos la historia de Nash, reflejada en la película Una mente maravillosa. Otros, sin embargo hacen gala de una cordura envidiable:

La reacción de Yang recuerda a la del matemático aplicado sir Harold Jeffreys cuando era consultor de las ICI (Imperial Chemical Industries). En una de sus visitas, los físicos de la compañía expusieron con exhaustivo detalle un problema en el que esperaban que podría ayudarles. Jeffreys escuchó pacientemente en silencio total. Cuando la presentación terminó había más silencio y entonces él habló: «Bueno, me alegro de que sea su problema y no el mío», y rápidamente se despidió.

Ya me hubiera gustado responder lo mismo a más de un cliente. Otros son tan tímidos y modestos que son incapaces de anunciar sus logros:

Bardeen le detuvo un día en el vestíbulo del edificio de física en la Universidad de Illinois; era la mañana siguiente a que Bardeen, Cooper y Schrieffer hubieran decidido que tenían la teoría BCS. Slichter informa: «Era evidente que tenía algo que quería decir, pero simplemente se quedó de pie allí. Yo esperé. Finalmente habló. "Bueno, creo que hemos explicado la superconductividad"». «Aunque Bardeen era tímido en muchas cosas», dice Slichter, «si había algo realmente grande que él hubiera hecho, quería contarlo».

La productividad científica de Bardeen sólo terminó con su muerte. La otra gran pasión de su vida era el golf. Slichter habla de que

su compañero de golf de toda la vida en el club le inquirió un día: «Oye, John, hace tiempo que quería preguntarte: ¿A qué te dedicas?». Slichter pregunta: «¿Puedes imaginar eso? Creo que si yo hubiera ganado dos premios Nobel como había hecho John, me las hubiera arreglado para para sacarlo en algún momento de cualquier conversación».

Aunque uno tenga una mentalidad matemática, no está bien llevarla al límite o pueden ocurrir cosas como la siguiente:

La muerte de De Moivre tiene algún interés para los psicólogos. Muy poco antes de producirse, él afirmaba que cada día necesitaba dormir diez minutos o un cuarto de hora más que el anterior: así, el día siguiente al que había alcanzado un total de más de veintitrés horas, durmió hasta el límite de veinticuatro... y entonces murió mientras dormía.

La ciencia muy raras veces da fama y dinero, así que el siguiente consejo es muy acertado:

Los jóvenes, especialmente las mujeres jóvenes, suelen pedirme consejo. Aquí está, valeat quantum. No emprendas una carrera científica en busca de fama o dinero. Hay maneras más fáciles y mejores de conseguirlos. Empréndela sólo si nada más te satisface; pues nada más es probablemente lo que recibirás.

Pero si es tu vocación, no debes dejarte vencer por las dificultades:

Rutherford se negó a considerar a Kapitsa porque el laboratorio ya estaba seriamente abarrotado. Impetuosamente, el joven le preguntó: «¿Cuántos estudiantes de investigación tiene?». «Unos treinta», fue la respuesta. «¿Cuál es la precisión acostumbrada de sus experimentos?» fue la siguiente pregunta, a lo que Rutherford respondió: «Alrededor del 2 o 3 por 100». «Bueno», sonrió Kapitsa, «entonces un estudiante más pasaría desapercibido dentro de esa precisión».

Nieves Concostrina cuenta muy bien lo que pasó tras la muerte de Jeremy Bentham, pero puede que incluso ella desconociera la siguiente anécdota:

Él mencionó entre otras cosas que cuando se estaban haciendo experimentos con el cuerpo de míster Bentham tras su muerte, míster James Mill [filósofo y padre del filósofo utilitarista John Stuart Mill] entró un día en la habitación de míster Peacock en la India House y le dijo que de la cabeza de míster Bentham exudaba una especie de aceite, que era casi imposible de congelar y que él imaginaba que podría utilizarse para engrasar cronómetros que se llevaran a grandes latitudes. «Cuanto menos hable sobre eso, Mili», dijo Peacock, «mejor será para usted, porque si eso llega a saberse alguna vez, igual que ahora leemos en los periódicos que hay que matar a un excelente oso para obtener su grasa, tendremos anuncios diciendo que hay que matar a un excelente filósofo para obtener su aceite».

Ya he hablado en este Cuchitril que Heisenberg intentó -o eso decía- dedicarse más a las aplicaciones prácticas de la energía nuclear que a la fabricación de la bomba. Lo que no sabía era lo siguiente:

La suerte de Heisenberg en su examen de doctorado produjo mucho regocijo entre los físicos de todo el mundo, pero quizá no fuera extraño que el proyecto de la bomba atómica alemana, con sus enormes demandas experimentales, no prosperara bajo su liderazgo. El papel de Heisenberg en este episodio es, no obstante, un capítulo de la historia más complejo y controvertido. En 1944, el OSS (precursor de la CÍA) destinó a un agente, Moe Berg, para asistir a una conferencia de Heisenberg en Zurich, en la neutral Suiza. Berg era un héroe del deporte, una estrella del béisbol, que hablaba alemán (y varios idiomas más) y sabía algo de física. Tenía que adivinar, a partir del discurso de Heisenberg, si el proyecto de bomba atómica alemán estaba haciendo progresos. Si podía sacar esa conclusión, sus instrucciones eran matar de un tiro al conferenciante. Berg aguantó la conferencia hasta el final, con la mano en la pistola, pero, y esto no sorprende demasiado, Heisenberg no aludió a la cuestión, y el asesino frustrado regresó tranquilamente a su base.

Una gran fuente de anécdotas son las disputas por la prioridad de un descubrimiento. Pero ninguna tan novelesca como la de la invención de la aspirina. Con esta historia finalizo esta selección:

La aspirina es con diferencia el más usado de todos los fármacos y aún siguen saliendo a la luz nuevos aspectos de sus múltiples y beneficiosos efectos. Su nombre deriva del sauce, del que se sabía desde hacía tiempo que albergaba en su corteza un principio analgésico. La leyenda dice que esto se reconoció por primera vez cuando se vio a osos con dientes rotos o infectados que desgarraban y masticaban la corteza. El compuesto activo fue identificado en el siglo XIX como ácido salicílico; pero pronto se vio que el ácido o su sal, el salicilato sódico, un producto químico barato y fácil de preparar, aunque efectivo para superar el dolor, era intolerablemente amargo y también causaba trastornos estomacales. Por ello, los químicos de la industria farmacéutica alemana F. Bayer y Company se propusieron sintetizar sencillos derivados del ácido salicílico. Todos los informes del descubrimiento de la aspirina —ácido acetilsalicílico— coinciden en que fue preparada por un joven químico en la factoría Bayer llamado Félix Hoffmann. Su inspiración fue el sufrimiento de su padre, lisiado y con continuos dolores por artritis reumatoide. Hoffmann hizo un preparado puro que instantáneamente alivió las peores molestias de su padre y, tras una evaluación por parte del farmacólogo de Bayer, Heinrich Dreser, la aspirina salió al mercado en 1898.

La verdad fue muy diferente. Arthur Eichengrün entró en la compañía en 1894 e inmediatamente se ocupó del problema del ácido salicílico. Su plan consistía en preparar un éster, es decir, un compuesto en el que un grupo ácido es bloqueado acoplándolo a otro compuesto * que contiene un grupo hidroxilo (es decir, un alcohol). Los esteres son en general resistentes a la descomposición por ácido y por eso sobreviven en el estómago, pero en las condiciones alcalinas del intestino se deshacen para regenerar el ácido padre. En el caso de la aspirina, las paredes del estómago no sufren la acción del ácido salicílico, pero cuando éste es liberado en el intestino es absorbido y hace su trabajo calmante como estaba previsto. La historia del descubrimiento de Hoffmann se originó al parecer en 1934 y, como Eichengrün recordaba amargamente a una edad avanzada, la Sala de Honor del Museo Alemán de Munich tenía en su sección de química una exposición de cristales de aspirina con el rótulo, «Aspirina, inventada por Dreser y Hoffman». Esta exposición se montó en 1941, cuando el judío Eichengrün se estaba consumiendo en el gueto de Theresienstadt.

Por suerte, Eichengrün sobrevivió a la guerra y vivió para contar su historia: Hoffmann era un ayudante a quien él instruyó para sintetizar el éster sin molestarse en explicarle el objetivo, y Dreser no había tenido ningún papel en absoluto en el trabajo. Como judío, Eichengrün fue expurgado de los registros y en ellos se escribieron los nombres de los dos arios. Un examen de los cuadernos de laboratorio en los archivos de la Bayer confirmó la versión de Eichengrün. Él se había convertido en director del programa de química aplicada de la compañía y había seguido desarrollando otros fármacos, así como fibras de celulosa, mientras que Hoffmann había dejado la investigación de sales farmacéuticas. En 1949, Eichengrün publicó su historia en una revista técnica alemana, pero los mitos se resisten a morir y fueron necesarias las investigaciones de un científico de la Universidad de Strathclyde para confirmar la verdad y hacerla pública.

Escuchando: Somos Siniestro Total. Siniestro Total.

Mayo 7, 2008

Juliette Frolich. Los Cuentos de Andersen.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 7:36 am
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Editorial Crítica, 1987. 348 páginas.
Trad. Agustín López Tobajas y María Tabuyo.

Juliette Frolich, Los Cuentos de Andersen
Maravilla de lo cotidiano

Encontrar escritores de algunos países del Reto 2008 es bastante difícil, pero en el caso de Dinamarca la elección sólo puede ser una: Hans Christian Andersen. El danés más internacional, cuyas obras han sido traducidas a más de 150 idiomas y cuyas ventas pueden competir con el otro gran best-seller mundial, la biblia.

El título de este libro me hizo suponer que tendría algún estudio o comentario sobre la vida y cuentos de Andersen, ya que tengo prácticamente todos en formato electrónico (los pueden descargar aquí: Descargar cuentos de Andersen). El prólogo demuestra bastante conocimiento sobre el autor, pero apenas ocupa una docena de páginas y se hace corto. La selección supongo que intenta combinar los cuentos más famosos con otros desconocidos:

La princesa y el guisante
Las flores de la pequeña Ida
Pulgarcita
La pequeña ondina
El traje nuevo del emperador
El firme soldado de plomo
El baúl volador
Ole Cierraojos
El ángel
El ruiseñor
El patito feo
El abeto
La Reina de las Nieves. Cuento en siete historias
El hada del saúco
La aguja de zurcir
La pastora y el deshollinador
La sombra
Historia de una madre
El cuello duro
Los cinco de una vaina de guisante
La hija del Rey del Fango
El viento cuenta la historia de Valdemar Daae y sus hijas
Los doce de la diligencia
Lo que hace el marido, bien hecho está
La musa del nuevo siglo
La mariposa
«Los fuegos fatuos están en la ciudad», dijo la destiladora del pantano
La tetera
Vaeno y Glaeno
El lisiado

Títulos como La cerillera, el soldadito de plomo, la princesa y el guisante o las habichuelas mágicas son tan clásicos como el Quijote. La moraleja de El traje nuevo del emperador sigue siendo válida en un mundo de vende humos y de tecnología 3.0. Empecé a leerlos por Abuelita (reproducido al final) un cuento poco conocido pero que me gustó tanto que me hizo suponer que tenía ante mí horas de feliz lectura. Pero no ha sido así.

Dejando de lado que en toda autor hay obras de calidad desigual, lo que menos me ha gustado es una presencia bastante asfixiante de demagogia religiosa. Y no tiene nada que ver el que yo sea ateo. En muchos cuentos de Oscar Wilde hay valores similares, pero tratados de una forma bastante diferente. Wilde recupera los valores de ternura y amor, mientras que Andersen no siente tanta compasión por sus criaturas.

El mejor ejemplo es La sirenita. Se ha criticado mucho la adaptación de Disney porque tiene un final feliz con boda incluida, mientras que en el original la pequeña ondina muere. Lo que nadie dice es que la muerte no es el final del cuento. Los seres del agua no tienen alma -por eso viven alegres y despreocupados- y la boda con el príncipe le daría una alma a la protagonista. Al no conseguir casarse parece que su destino es fatal, pero no, porque existen unas hadas aéreas que tampoco tienen alma, pero pueden ganarla haciendo buenas obras. Como la sirenita tiene buena planta, también tendrá su oportunidad de ganar un alma y encontrarse con dios. Si tengo que elegir entre los dos finales, me quedo con el de Disney.

En La cerillera encontramos algo parecido. La niña pobre muere de frío, pero el amor de su abuela, que está en el cielo, la salva llevándola al paraíso. En otra época la protagonista bien pudiera haber quemado la catedral para calentarse, y de paso robar el cepillo. Los padres de Andersen eran muy pobres, y aunque el autor dijo:

Mi vida es un hermoso cuento, variado y alegre. Si en mi juventud, cuando eché a andar por el mundo, pobre y solo, me hubiese encontrado con un hada poderosa que me hubiese propuesto: «Elige tu vida y tu destino, y después, de acuerdo a tu propia evolución y respetando los límites de lo que en este mundo se considera razonable, yo te protegeré y te guiaré», mi suerte no hubiera podido ser encauzada de manera más favorable, hábil o acertada de lo que de hecho lo ha sido. La historia de mi vida anunciará al mundo lo que ella me ha revelado a mí: que hay un Dios bondadoso que todo lo conduce para bien.

Parece que no es del todo cierto, y que siempre arrastró un cierto resentimiento:

Sin embargo, y como nos recuerda Per Olov Enquist basándose en una extensa documentación (Hans Christian Andersen y el patito feo, Ed. Doxa, Lund, 1984), lo cierto es que Andersen no nació de un huevo de cisne. Por el contrario, aquel hombre llamado Hans Christian Andersen tuvo que debatirse contra el yugo de una doble restricción: nacido en la ciénaga del subproletariado urbano a comienzos del pasado siglo, contaba entre sus antepasados con una abuela mitómana y perturbada, un abuelo, loco oficial del pueblo, otra abuela prostituta, una madre, igualmente prostituta ocasional y alcohólica inveterada y un padre zapatero, sujeto a profundas depresiones. Debe a estos antecedentes una fisonomía ingrata, un aspecto exterior que invita a la caricatura y sobre todo una mentalidad depresiva de tendencias netamente paranoicas. Lejos de ser «el cisne ignorado», H. C. Andersen es, tristemente, un patito feo y, lejos de ser «feliz», será durante toda su vida, incluso en el momento del reconocimiento y de la gloria, un ser egocéntrico, narcisista, solitario, angustiado…

El cuento del patito feo sería, pues, la historia del autor; un cisne incomprendido entre patos. La libertad que se toman algunos para cambiar los cuentos muchas vecen los mejoran. Cuando leí Lo que hace el marido bien está me pareció un alegato por el entendimiento matrimonial. Tal como lo escribió el autor hace bueno el título: aunque el marido haga una tontería, estará bien.

Que mis preferencias vayan a Wilde no le quitan a Andersen sus méritos. Miles de reediciones lo avalan. Pero si van al original, tengan cuidado. La moralina, que no la moraleja, les asaltará cuando menos se lo esperen.

Reto 2008: Dinamarca.

Escuchando: San Francisco. Rufus Wainwright.


Extracto:[-]

Abuelita

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe – ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! – sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y… abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.

- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol… y entonces dijeron que estaba muerta.

La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.

En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

Octubre 17, 2007

Moses I. Finley. La Grecia antigua.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 7:21 am
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Editorial Crítica, 2000. 368 páginas.
Tit. Or. Economy and society in ancient Greece. Trad. Teresa Sempere.

M. I. Finley, La Grecia Antigua
Economía helénica

Leí este libro más o menos en la misma temporada en la que vi la película 300. Por un lado me sirvió para saber distinguir las burradas que se publicaron en algunas bitácoras sobre el tema griego. Por otro me quedó muy claro que quien acabó cortando el bacalao no fueron los espartanos, sino los atenienses. ¿Una victoria de la cabeza sobre el músculo? Ahí queda el debate.

Moses I. Finley fue un investigador riguroso y uno de los primeros en estudiar la economía de la antigüedad. Este libro es una recopilación de los siguientes artículos:

La ciudad antigua: de Fustel de Colanges a Max Weber y más allá
El imperio ateniense: un balance
Tierra, deuda y hombre acaudalado en la Atenas clásica
La libertad del ciudadano en el mundo griego
Entre esclavitud y libertad
Las clases sociales serviles de la Grecia antigua
La esclavitud por deudas y el problema de la esclavitud
El comercio de esclavos en la Antigüedad: el mar Negro y las regiones del Danubio
Innovación técnica y progreso económico en el mundo antiguo
Los archivos de palacio micénicos y la historia económica
Homero y Micenas: propiedad y tenencia
Matrimonio, venta y regalo en el mundo homérico

Que analizan diferentes aspectos de la cultura Griega, en especial el tema de la esclavitud. Había una diferencia entre ser un esclavo capturado en alguna guerra o ser un esclavo por deudas. La esclavitud no era una variable de sí o no, sino que tenía varios grados y estatus. Muy interesante es el artículo sobre la falta de innovación técnica en el mundo antiguo, causado, según el autor, por el modelo económico vigente. El artículo que cierra el libro, sobre el funcionamiento del matrimonio, nos ofrece una perspectiva económica sobre las costumbres de la época.

Es un libro que he disfrutado mucho. Como dicen en el prólogo, sus artículos no son divulgativos. Exponen una tesis basada en sus investigaciones y dan datos precisos. Pero no están escritos para expertos. Están escritos para que cualquier lector inteligente interesado en el tema pueda aprender de ellos, y su lectura es un verdadero placer.

Escuchando: Toca madera. Panzer.


Extracto:[-]
Tucídides, con su incomparable visión de la realidad, no la confundió con símbolos ni consignas. «Primero», escribe al empezar su narración sobre el medio siglo entre las guerras médicas y las del Peloponeso (I, 98, 1), «ellos [los atenienses] sitiaron Eion, junto al río Estrimón», todavía en manos persas, y luego la isla de Sciros, en el norte del Egeo. Sus poblaciones fueron reducidas a esclavitud y J«Í territorios ocupados por colonos atenienses. A continuación Atenas obligó a Carísto, ciudad de Eubea, a unirse a la liga: claramente el principio «voluntario» había tenido un recorrido muy corto. Pronto Naxos intentó abandonar la liga (es incierta la fecha exacta), pero Atenas la sitió y aniquiló. Naxos «fue la primera ciudad aliada que fue esclavizada en contra del uso establecido», comenta Tucídides (I, 98, 4), empleando su metáfora favorita para la interferencia ateniense en la autonomía de las ciudades sometidas al imperio.

Naturalmente, el imperio ateniense sufrió cambios importantes a lo largo de su existencia de más de medio siglo. Así ha ocurrido con cualquier otro imperio de una duración similar (o mayor) a lo largo de la historia. El establecimiento y explicación de los cambios es un tema histórico válido, pero me parece una equivocación la empresa de buscar un punto, en una línea continua, que nos permita decir que antes de él no había imperio y que lo hubo después de él. Caristo rehusó unirse a la alianza y se vio forzada a ella; Naxos intentó abandonarla y se le impidió por la fuerza. Y fueron sólo las primeras de muchas ciudades-estado en esa situación, sujetas a la autoridad de otro estado que actuaba para promocionar sus propios intereses, políticos y materiales.

No discuto que la «liga délica» (nombre moderno para el que no existe referencia antigua), fue bienvenida cuando se creó en 478 de C, tanto por la popularidad de su llamamiento de venganza, como, fundamentalmente, por la necesidad de librar al mar Egeo de las fuerzas navales persas. Los persas habían invadido dos veces Grecia sin éxito, y nadie en 478 podía abrigar la menor confianza en que el Gran Rey aceptaría las derrotas pasivamente y no haría un tercer intento. El control del Egeo era la medida más claramente protectora, y Atenas consiguió afortunadamente el liderazgo de semejante empresa. A un ateniense, Arístides, se le encomendó fijar el montante de dinero, o el número de barcos equipados y tripulados, que cada estado miembro proporcionaría para la flota fusionada de la liga. Los atenienses facilitaron los tesoreros de la liga {Helleno-tamiai) y el mando naval militar. En unos doce años (el número exacto depende de la fecha de la batalla del Eurimedonte, que ningún experto fecha más allá de 466 a. de C), se había cumplido el objetivo formal de la liga. La flota persa de doscientas trirremes, la mayoría de las cuales eran fenicias, fue capturada y destruida en una gran batalla por tierra y por mar, en la desembocadura del río Eurimedonte, en el sur de Asia Menor. Con todo, la «liga» siguió existiendo sin un momento de vacilación, y su número de miembros creció, voluntariamente o por coacción, según cada caso, exactamente igual que antes de la batalla del Eurimedonte.

El principal responsable de la política ateniense en aquellos años, y comandante en jefe de la batalla del Eurimedonte, fue Cimón. Había mandado personalmente el ataque a Eion, y de nuevo tomó d mando, en 465 a. de C, poco después del Eurimedonte, cuando Tasos, la isla del norte del Egeo más grande y rica, intentó dejar la alianza. Después de un asedio de más de dos años, Tasos capituló y fue condenada a entregar su flota (pagando en lo sucesivo su tributo en dinero), a desmantelar sus murallas, a pagar a Atenas una fuerte indemnización, y a entregar los puertos y minas que poseía en tierra firme.

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