Cuchitril Literario

Octubre 29, 2007

David Brin. Tiempos de gloria.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 8:32 am
* * * ½   7 votos

Ediciones B, 2006. 890 páginas.
Tit. Or. Glory Season. Trad. Rafael Marín Trechea.

David Brin, Tiempo de Gloria
Mujeres al poder

De David Brin ya hemos comentado dos libros en el Cuchitril. El primero, Arrecife brillante, me pareció soporífero. El segundo, Gente de Barro me gustó bastante. El que les comento hoy está a medio camino.

Stratos es un planeta apartado del Phylum Homínido, una colonia escondida donde la madre fundadora ha creado una sociedad gobernada por mujeres que se reproducen por clonación. Maia es una descastada que ha nacido en verano; es decir, que no es un clon, sino que ha sido procreada a la antigua usanza. Si se esfuerza lo suficiente podrá crear su propia línea de clones. Pero el planeta ha recibido una sorprendente visita y Maia se verá involucrada en una conspiración planetaria.

El libro es entretenido y se lee de un tirón. La sociedad planteada es bastante consistente y hay detalles curiosos, como que los pocos hombres del planeta tengan como afición una variante del juego de la vida. Pero tampoco hay demasiada profundidad y sigo pensando que es muy peligroso para un escritor masculino imaginar una sociedad controlada exclusivamente por mujeres. A veces se caen en generalizaciones paternalistas.

Lectura ligerita para pasar un buen rato. Nada más.

Escuchando: El Rock Del Hombre-Lobo. Los Rebeldes.


Extracto:[-]

Se contaban también historias de grumetes que intentaban montar en los zoors, flotando hacia Lysos sabía dónde, quizás inspirados por leyendas de días remotos, cuando los zepelines y los aviones surcaban el cielo, y a los hombres se les permitía volar.

Como para demostrar que era un día de destino y sincronía, Leie llamó la atención de Maia señalando en dirección contraria, al suroeste, más allá de la cúpula dorada del templo de la ciudad. Maia parpadeó ante una forma plateada que destelló brevemente al posarse en el suelo; reconoció el estilizado dirigible que repartía el correo y los paquetes demasiado valiosos para ser confiados al transporte marítimo, y que llevaba a las poquísimas pasajeras cuyos clanes debían ser casi tan ricos como la diosa del planeta para poder permitirse pagar la tarifa. Maia y Leie suspiraron, compartiendo por una vez exactamente el mismo pensamiento. Haría falta un milagro para que cualquiera de ellas llegara a viajar así, entre las nubes. Tal vez sus descendientes clónicas lo harían, si los caprichosos vientos de la suerte soplaban en esa dirección. El pensamiento aportaba un ligero consuelo.

Tal vez eso también explicaba por qué los grumetes a veces renunciaban a todo por cabalgar un zoor. Los hombres, por propia naturaleza, no podían tener clones. No podían copiarse a sí mismos. Como mucho, conseguían la inmortalidad menor de la paternidad. Fuera lo que fuese lo que más desearan, tenía que ser conseguido en el lapso de una vida, o no lo sería en absoluto.

Las gemelas reemprendieron el camino. Tan cerca ya de los muelles, donde los barcos de pesca desprendían unos miasmas húmedos y punzantes, empezaron a ver mucha más gente de verano como ellas mismas. Mujeres de formas, colores, tamaños diversos, a menudo con cierto parecido familiar a algún clan bien conocido (unos cabellos de las Sheldon, o la mandíbula distintiva de las Wy-lee), que compartían la mitad o una cuarta parte de sus genes con una línea materna renovada, igual que las gemelas llevaban pintado en el rostro gran parte de Lamai.

Por desgracia, medio parecido servía de poco. Vestida con kilts de un solo color o calzones de cuero, cada persona del verano deambulaba por la vida como una unidad solitaria, única en el mundo. La mayoría, pese a todo, mantenía la cabeza bien alta. La gente del verano trabajaba en los muelles, calafateaba los veleros, y ejecutaba la mayor parte del trabajo manual que sostenía el comercio marítimo, a menudo con una alegría cuya contemplación era una inspiración en sí misma.

Antes de Lysos, en los mundos del Phylum, las vars como nosotras eran normales y las clones raras. Todo el mundo tenía un padre… y a veces hasta crecían conociéndolo.

Maia solía imaginar planetas llenos de variedades descabelladas e impredecibles. Las madres Lamai lo llamaban «una fijación indigna», aunque tales pensamientos eran más frecuentes desde que la noticia de la Nave Exterior empezó a filtrarse en forma de rumores y luego mediante los reportajes censurados de la tele.

Octubre 20, 2006

David Brin. Gente de barro.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 6:52 am
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Ediciones B, 2003. 553 páginas.
Tit. Or. Kiln people. Trad. Rafael Marín.

BrinGenteBarro
Almas fotocopiadas

La compra al por mayor de los ejemplares de saldo de la editorial Nova me ha reportado más decepciones que alegrías, como puede verse en este cuchitril. Si a eso le sumamos que la obra Arrecife brillante, de este mismo autor, me resultó muy floja no se entiende muy bien como es que compré este libro hace un mes. Hasta mi amigo Mon no me habló con excesivo entusiasmo de la novela.

Pero como siempre hay épocas en las que no te apetece pensar demasiado, nunca viene mal un poco de evasión, aunque no sea de excesiva calidad. Para mi sorpresa, el libro no está nada mal; ameno, entretenido y, salvo el final un poco cogido por los pelos, bastante redondo. Quizás mis pocas expectativas me hacen mirarlo con más cariño. En cualquier caso, nada que ver con aquel Arrecife brillante que era un tostón.

Estamos en una sociedad que permite crear una especie de golems, copias de barro de una persona con una duración limitada de un día. Así, mientras el original puede dedicarse a disfrutar de la vida, sus copias se encargan de trabajar por él, o de hacer las ingratas tareas de la casa. Al final del día las copias descargan los recuerdos en el original y se reciclan. A Albert Morris, uno de los mejores detectives de la época, le encargarán un trabajo sencillo en apariencia, pero que -como en cualquier novela negra- es más de lo que aparenta. El futuro del mundo está en juego.

El tener a varios dobles en marcha permite un interesante juego narrativo. La historia está contada desde diferentes puntos de vista que sin embargo son de la misma persona. El resultado es atractivo. Por fin un libro que contar entre los aciertos de la compra. No será un clásico de la ciencia ficción pero se lee con gusto. Recomendable.

Escuchando: El payaso. Elefantes.


Extracto: [-]

Yo soy demasiado agarrado para permitirme todas esas opciones a la moda. Pero una característica que siempre incluyo es la hiperoxigenación: mis ídems pueden contener mucho tiempo la respiración. Viene bien para un trabajo en el que nunca sabes si alguien va a gasearte, o a meterte en el maletero estanco de un coche, o a enterrarte vivo. He absorbido recuerdos de todas estas cosas. Recuerdos que no tendría hoy si el cerebro del ídem hubiera muerto demasiado pronto. Afortunado de mí.

El río, frío como el hielo lunar, corría ante mí como una vida desperdiciada. Una vocecita habló mientras me hundía cada vez más en las turbias aguas, una voz que había oído en otras ocasiones.

«Ríndete ahora. Descansa. Esto no es la muerte. El tú verdadero continuará. Hará realidad tus sueños. Los pocos que te quedan.»

Bastante cierto. Filosóficamente hablando, mi original era yo. Nuestros recuerdos diferían sólo en un horrible día. Un día que había pasado descalzo, en calzoncillos, haciendo trabajo de oficina en casa mientras yo investigaba por los bajos fondos de la ciudad, donde la vida vale menos que en una novela de Dumas. Mi continuidad presente importaba muy poco en la gran escala de las cosas. Respondí a la vocecita como de costumbre. «Al carajo el existencialismo.»

Cada vez que entro en la copiadora, mi nuevo ídem absorbe instintos de supervivencia que tienen un billón de años. «Quiero mi otra vida.»

Para cuando mis pies tocaron el resbaladizo fondo del río, estaba decidido a darle una oportunidad. Casi no tenía ninguna posibilidad, por supuesto, pero tal vez la fortuna estaba dispuesta a estrenar un nuevo mazo de cartas. Además, otro motivo me impulsaba.

No dejes que ganen los malos. Nunca les dejes salirse con la suya. Tal vez yo no tenía que respirar, pero moverse seguía siendo difícil mientras luchaba por plantar los pies, de cabeza en el lodo, donde todo era resbaladizo y viscoso al mismo tiempo. Habría sido difícil conseguir avanzar con un cuerpo entero, y el reloj de éste se estaba agotando.

¿Visibilidad? Casi ninguna, así que maniobré basándome en la memoria y en el sentido del tacto. Pensé en abrirme camino río arriba hasta los puntos de atraque de los transbordadores, pero recordé que el barco vivienda de Clara estaba atracado a un kilómetro más o menos, corriente abajo, desde la plaza Odeón. Así que dejé de luchar contra la fuerte corriente y me dejé llevar por ella, dedicando todos mis esfuerzos a permanecer cerca de la orilla.

No me habría venido mal ir equipado con sensores de dolor de control variable. Como carecía de ese rasgo opcional (y mientras maldecía mi propia tacañería), contuve una mueca de agonía mientras avanzaba paso a paso por el absorbente lodo. El duro fango me dio poco tiempo para pensar en el angst fenomenológico al que se enfrentan las criaturas de mi especie.

«Yo soy yo. Por poca vida que me quede, sigo considerándola preciosa. Sin embargo renuncié a lo que queda al saltar al río para ahorrarle a otro tipo unos pocos créditos.

»Un tipo que le hará el amor a mi chica y se aprovechará de mis logros.

»Uri tipo que comparte todos mis recuerdos, hasta el momento en que él (o yo) se tumbó en la copiadora, anoche. Sólo que él se quedó en casa en el cuerpo original, mientras que yo fui a hacerle el trabajo sucio.

»Un tipo que nunca sabrá qué día de perros he tenido.»

Es como lanzar una moneda al aire, cada vez que usas una copia-dora-y-horno. Cuando se termina, ¿serás el rig… la persona original? ¿O el rox, el golem, el mulo, el ídem-por-un-día?

A menudo apenas importa, si reabsorbes los recuerdos como se supone que tienes que hacer, antes de que la copia expire. Entonces es sólo como dos partes de ti que se vuelven a fundir. ¿Pero y si el ídem sufría o lo pasaba mal, como me había pasado a mí?

Me resultaba difícil mantener mis pensamientos unidos. Después de todo, mi cuerpo verde no había sido construido para un intelecto. Así que me concentré en la tarea que tenía por delante, arrastrando un pie tras otro, y avancé por el lodo.

Enero 26, 2006

David Brin. Arrecife brillante.

Archivado en: Ci-Fi — Palimp @ 4:49 pm
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Ediciones B, 1998. 536 páginas.
Tit. or. Brightness Reef. Trad. Carlos Gardini.

ArrecifeBrillante
Planeta de exilio

Otro volumen de la colección NOVA. Ya no me quedan muchos por leer de aquellos que compré compulsivamente hace más de un año. La regular calidad de bastantes de los libros que me he leído no han despertado mucho mi entusiasmo.

Estamos en Jijo, un planeta prohibido que se recupera de un desastre ecológico. Pero desde hace tiempo conviven en él individuos de diferentes razas que, por diversos motivos, han ido aterrizando en el planeta. La sociedad convive pacificamente, aún a sabiendas que llegará un día en que deberán rendir cuentas de su ocupación. Y ese día podría estar cerca: una nave acaba de aterrizar en el planeta.

La historia se inscribe dentro de un universo ya descrito por el autor en otra trilogía, la serie de la elevación de los pupilos. La serie parte de la idea de que todas las razas han necesitado de otra que les ‘elevase’ a la inteligencia. Excepto, como bien pueden imaginarse, una excepción: la raza humana. Con la misma ambientación, pero centrándose en los problemas de una sociedad compuesta por una extraña mezcla de forajidos de diferentes razas, empieza Brin una nueva trilogía con este libro.

¿Y como se presenta? Pues para mi gusto, mal. El libro es grueso, pero no pasa nada. Lo que se cuenta en más de quinientas páginas podría haberlo contado en cien. Y no estamos hablando de una prosa exquisita, así que hay momentos francamente aburridos. Para colmo de males, cuando llega el final la historia no se acaba: seguirá en la continuación. Supongo que acabaré leyéndola por aquello de no dejar las cosas a medias, pero no les recomiendo empezar la lectura. Además, no soy el único que opina así. Muy flojo.

(Un día, un libro 290/365)
Escuchando: Luna de margarita. Devendra Banhart.