Cuchitril Literario

Diciembre 12, 2007

César Aira. Cómo me hice monja.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 8:27 am
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César Aira. Cómo me hice monja.
DeBosl!llo, 2006. 240 páginas.

César Aira, Cómo me hice monja
En frasco pequeño

Doctor Jeckyll y mister Hyde, Aira es capaz de escribir obras maestras como Ema, la cautiva y bodrios infumables como La mendiga. Cada libro es como un sobre sorpresa ¿nos tocará el premio gordo o el llavero de plástico? Con este libro, por suerte, contaba con buenas referencias de una persona de confianza: Magda

El libro está compuesto por tres historias. La primera es la autobiografía de un niño desde que su padre le invita a su primer helado -que resulta tener un sabor horroroso- hasta el momento de su muerte. La segunda es una historia de amor; una chica buena y virgen provoca la pasión de una chica punk, que se empeña en demostrarle su amor de una manera un tanto original. La última es un relato en la frontera de la realidad y el sueño, de la alucinación y la imaginación.

Las tres son muy buenas y, lo que es curioso, me han ayudado a situar en su lugar novelas como La mendiga o Las noches de Flores. El mecanismo es parecido, pero lo que en las novelas se queda en un intento no logrado, en estos cuentos es un acierto. La destrucción de la previsibilidad de la historia consigue un efecto redondo.

Otro punto para César Aira.

Escuchando: El Vino y el Pescao. G5 (¡que buenos!).


Extracto:[-]

Fuimos caminando hasta una heladería que habíamos localizado el día anterior. Entramos. Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los árboles que había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos. Observé cómo lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de crema verde. Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la boca.

Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz, y eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles, que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente la alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era un dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una tonelada.

No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo a prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca involuntaria de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi exagerada, en la que se conjugaba la reacción fisiológica y su acompañamiento psíquico de desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no poder seguir a papá ni siquiera en este camino de placeres. Habría sido insensato intentar ocultarlo; ni siquiera hoy podría hacerlo, porque esa mueca no se ha borrado de mi cara.

-¿Qué te pasa?

En su tono ya estaba todo lo que vino después.

En circunstancias normales el llanto me habría impedido contestarle. Siempre tenía las lágrimas a flor de ojos, como tantos chicos hipersensibles. Pero un rebote del gusto horrendo, que me había bajado hasta la garganta y ahora volvía como un latigazo, me electrizó en seco.

-Gggh…

-¿Qué?

-Es… feo.

—¿Es qué?

—¡Feo! —chillé desesperada.

-¿No te gusta el helado?

Recordé que en el camino me había dicho, entre otras cosas cargadas de una agradable expectativa: «Vamos a ver si te gusta el helado». Claro que lo decía dando por supuesto que sí me gustaría. ¿A qué chico no le gusta? Los hay que, adultos, recuerdan su niñez como un prolongado pedido de helados y poca cosa más. Por eso ahora su pregunta tenía una resonancia de incrédulo fatalismo, como si dijera: «No puedo creerlo; también en esto tenías que fallarme».

Vi construirse la indignación y el desprecio en sus. ojos, pero se contuvo todavía. Decidió darme una oportunidad más.

-Cómelo. Es rico -dijo, y para demostrarlo se llevó a la boca una cucharada cargada del suyo.