Cuchitril Literario

Abril 21, 2008

Manuel Lozano Leyva. De Arquímedes a Einstein.

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Editorial DeBols!llo, 2007. 256 páginas.

Manuel Lozano Leyva, De Arquímedes a Einstein
Belleza e inteligencia

¿Qué es más importante para el desarrollo de la ciencia? ¿La teoría o el experimento? El experimento de Michelson-Morley fue la base de la teoría de la relatividad especial, que a su vez hizo predicciónes para las que se diseñaron nuevos experimentos. Podemos decir que ambos aspectos son igual de importantes y, sin embargo, la mayor parte de los libros de divulgación se ocupan casi en su totalidad de las teorías, limitándose a citar de pasada los experimentos.

En el año 2002 se realizó una encuesta entre más de doscientos especialistas preguntándoles cuales eran, en su opinión, los experimentos más bellos de la física. El resultado fue el siguiente:

1. Difracción electrónica por doble rendija (Einstein, Bohr, De Broglie, Heisenberg).
2. Caída libre de los cuerpos (Galileo).
3. Carga del electrón por gotas de aceite (Millikan).
4. Descomposición espectral de la luz a través de un prisma (Newton).
5. Interferencia de la luz (Young).
6. Medición de la fuerza de gravedad por torsión (Cavendish).
7. Medida de el diámetro de la Tierra (Eratóstenes).
8. Caída de cuerpos rodando sobre planos inclinados (Galileo).
9. Descubrimiento del núcleo atómico (Rutherford).
10. Péndulo de Foucault.

Agrupando los número 2 y 8 y añadiendo el undécimo de la lista -principio de la hidrostática- Manuel Lozano Leyva aprovecha esta encuesta para construir un libro de divulgación en el que el protagonista es el experimento y no la teoría. El resultado es uno de los mejores libros de divulgación que he leído en mucho tiempo.

De cada científico explica una breve biografía bastante completa y, lo que más me ha sorprendido, con una gran cantidad de datos que no suelen aparecer en otras obras de divulgación. Se nota que el autor no se ha limitado a hacer un copiar y pegar de otras fuentes. La prosa es amena y con una sana intención didáctica que se explica y justifica al final del libro. Tan entretenido resulta que me enganché más que a un best-seller.

¿Recuerdan aquel A Hombros de Gigantes? Un libro que me resultó aburridísimo. Pues viene al pelo esta afirmación que puede leerse en el apartado dedicado a Newton:

Como decíamos al hablar de Galileo, lo peor que se puede hacer para entender a los clásicos de la física es leerlos: se trata de una tarea casi imposible. Para mí es un misterio insondable que al crear una teoría o modelo se utilicen una notación y una concatenación argumental farragosas. Con el tiempo, el mismo autor u otros, si el artículo o libro tuvo trascendencia, desbroza el asunto y lo aclara de manera meridiana. Salvando las distancias, por supuesto astronómicas, hice recientemente una limpieza en mi despacho y encontré manuscritos míos escritos hacía veinte o veinticinco años, y me costó mucho entender algunos de ellos. Para colmo, Newton era un críptico vocacional, por lo que su obra cumbre, los Principia, fue más admirada, incluso venerada, que leída. Así que, dicho esto, paradójicamente no he visto manera mejor de explicar al lector el experimento del prisma que dándole la palabra al propio Newton, porque por una vez en su vida fue claro.

Lozano Leyva no es Newton, en la contraportada afirman: un derroche de amenidad y capacidad divulgativa y, por una vez, se quedan cortos. En algunas ocasiones indica de que manera podríamos reproducir los experimentos famosos -algo que es más sencillo en la época actual. Imprescindible.

Escuchando: Melody Lee. The Damned.


Extracto:[-]

A pesar de todos los avatares sociales y políticos por los que pasó Francia en aquella época, hubo un denominador común curioso y esperanzados desde Napoleón (el grande) hasta el otro Napoleón (el chico, por emplear el furioso epíteto de Víctor Hugo desde el exilio), todos los gobernantes mostraron una especial y efectiva sensibilidad hacia las ciencias y sus aplicaciones. Producto de aquella época revolucionaria fueron las grandes escuelas, en particular la Normal Superior, la de Minas y la Politécnica, e instituciones como la Oficina de Longitudes, dedicada a la astronomía, la geografía y la navegación, o el Conservatorio de Artes y Oficios, entre muchas otras. Todo ello favoreció el paso de la Francia aristocrática a la meritocrática.

La eficacia de estas instituciones se reflejó pronto en un desarrollo científico y tecnológico sin par. Nuevos cementos hidráulicos hicieron posible la construcción de puentes y presas de gran envergadura; la electricidad comenzó a aplicarse a la telegrafía y a numerosos procesos industriales; las máquinas de vapor impulsaban fábricas, barcos y trenes; los daguerrotipos exigían cada vez menos tiempo de exposición; la cirugía empezó a contar con la anestesia y la asepsia; la química favorecía la agricultura y la nutrición. Realmente aquella época de la primera industrialización fue excitante.

Jean-Bertrand-Léon Foucault fue un producto representativo de su época y, en buena medida, ésta fue producto de su trabajo. Su experimento más bello y simple, y a la vez más espectacular y mediático, el famoso péndulo al que dedicamos este capítulo, eclipsó su obra, a pesar de que en nuestro siglo xxi aún se utilizan varios de sus inventos. Por eso es justo y conveniente describirlos, apartándolos un poco de la sombra del péndulo.

Foucault nació en París en 1819 y allí murió (sin ausentarse apenas de la ciudad en su corta vida), en 1868. Su padre era un editor y librero que alcanzó cierta notoriedad por los excelentes libros de historia de Francia que publicaba. Un detalle interesante es que se volvió loco y en ese estado murió. A su hijo le pasaría lo mismo. El joven Léon vivió una buena infancia porque su familia tenía una situación económica magnífica gracias no a los libros, sino a las rentas de los numerosos inmuebles que poseía en París. Pero lo mejor fue que sus padres estaban dispuestos a gastar un buen dinero con prodigalidad en la educación del vastago, que además era hijo único. Así que lo mandaron al Colegio Estanislao, el mejor de París. Pero Léon Foucault fue un mal estudiante. Tuvo que repetir más de un curso. Además, el pobre era bastante enclenque, enfermizo y bizco (véase la figura 7.1).

Sin embargo, Foucault dejaba pasmados a todos con su habilidad manual. Sus maquetas de barcos, sus pequeñas máquinas de vapor y sus telégrafos mecánicos eran perfectos y funcionaban con una precisión pasmosa. Siendo malo en matemáticas y bueno en manualidades, la mejor elección para su futuro era, con toda lógica, hacerse cirujano. Con veinte años, en 1839, entró en la insigne Escuela de Medicina de París. Le fue muy bien hasta que vio sangrar a un enfermo. Cayó desmayado. Su animadversión a la sangre le hizo replantearse seriamente el asunto, pero como se había granjeado el aprecio de uno de sus profesores, Alfred Donné, gracias a su insistencia aceptó dedicarse a la microscopía médica.

Octubre 2, 2007

Flannery O’Connor. Cuentos Completos.

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Editorial DeBols!llo, 2006. 838 páginas.
Tit. Or. The complete stories. Trad. Vida Ozores, Marcelo Covián y Celia Filipetto.

Flannery O'Connor, Cuentos Completos
El sur profundo

No recuerdo muy bien dónde oí hablar de Flannery O’Connor, pero ver esta edición de sus cuentos completos en edición de bolsillo y comprarlos fue todo uno. Estuvo languideciendo mucho tiempo en el esclavo lector -con las ganas que le tenía- hasta que por fin llegó su turno. No había leído nada de la autora pero la contraportada y algunas frases del prólogo me hacían suponer que sería toda una experiencia. Y así fue.

La lista completa de los cuentos es la siguiente:

El geranio
El barbero
El lince
La cosecha
El pavo
El tren
El pelapatatas
El corazón del parque
Un golpe de buena suerte
Enoch y el gorila
Un hombre bueno es difícil de encontrar
Un encuentro tardío con el enemigo
La vida que salvéis puede ser la vuestra
El río
Un círculo en el fuego
La Persona Desplazada
El templo del Espíritu Santo
El negro artificial
La buena gente del campo
Más pobre que un muerto, imposible
Greenleaf
Una vista del bosque
El escalofrío interminable
Las dulzuras del hogar
Todo lo que asciende tiene que converger
Partridge en fiestas
Los lisiados serán los primeros
¿Por qué se amotinan las gentes?
Revelación
La espalda de Parker
El día del Juicio Final

Nosotros todavía podemos hablar de la España profunda, casi analfabeta y de mentalidad arcaica. Un ambiente parecido al de ese sur racista, atrasado, que permanece casi sin cambios desde el XIX. Personajes primarios y egoistas, cuyos prejuicios apenas les dejan ver más allá de su nariz, deambulan por ese paisaje kafkiano. Sus hechos los retratan ante nuestros ojos, y si ellos no son capaces de ver su mezquindad, el lector es asaltado en cualquier página por su miseria moral. No es que las personas sean malas, es que ni siquiera saben lo que son. El daño que hacen es tan impersonal como el que provoca un tornado.

Este contraste entre la mirada de los protagonistas y la del lector es especialmente acusado en La Persona Desplazada. La señora McIntyre ha contratado a unos polacos por mediación de un cura. Los han traído huyendo del nazismo. Son trabajadores y se conforman con poco. Sólo hay un problema: andan mostrando la foto de una familiar suya a los negros, para conseguir que alguno se case con ella y puedan traerla a los Estados Unidos. Y eso es algo que la señora McIntyre no puede consentir ¡Casarse con un negro!

En Una vista del bosque el orgullo sureño se retrata en toda su crudeza. Un anciano y su nieta preferida se enfrentarán por la decisión de aquél de vender un terreno para construir una gasolinera. La nieta ha sido durante mucho tiempo el lugar de enfrentamiento entre el anciano y su yerno. Pero el choque de voluntades será tan fuerte que el final resulta ser de una violencia extrema.

No todos los cuentos tienen tintes trágicos. En La cosecha la señorita Willerton está escribiendo un cuento. Ya tiene a los protagonistas, una pareja de aparceros. En su imaginación la historia alcanza extremos rocambolescos… hasta que de camino al mercado se enfrenta a la prosaica realidad. En Un encuentro tardío con el enemigo el personaje del general Sahs, con sus cientro cuatro años y su gusto por las mozas jóvenes y bonitas aligeran el comienzo de una historia de final agridulce.

No es de extrañar que se la considere una de las mejores narradoras de su generación. Como todos los grandes, su retrato de lo local muestra lo universal. Pueden encontrar una buena y más profunda reseña en El síndrome Chejov. Uno de los mejores libros del 2007.

Escuchando: The Doing Of Our Thing. Jim Lea.


Extracto:[-]

El general Sash tenía ciento cuatro años. Vivía con su nieta, Sally Poker Sash, que tenía sesenta y dos y rezaba de rodillas todas las noches rogando que él viviera hasta el día de su graduación. Al general le importaba un bledo la graduación, pero jamás había dudado que viviría hasta ese día. Vivir había llegado a ser una costumbre tan arraigada en él que no podía concebir ninguna otra situación. Una ceremonia de graduación no era algo que le pareciera particularmente divertido, a pesar de que, como ella le había dicho, él tuviera que sentarse en el escenario con su uniforme. Le había explicado que habría una larga procesión de profesores y estudiantes con togas, pero que no habría nada que pudiera competir con su uniforme. Esto él lo sabía muy bien sin necesidad de que ella se lo dijera y, en cuanto a la maldita procesión, podía muy bien ir al infierno y volver sin que a él le hiciera el menor efecto. Le gustaban los desfiles con carrozas llenas de Miss América y Miss Daytona Beaches y Miss Queen Cotton Products. Le traían sin cuidado las procesiones y para él una procesión de maestros era tan mortalmente aburrida como la laguna Estigia. Sin embargo, estaba dispuesto a sentarse en el escenario con su uniforme para que lo pudieran admirar.

Sally Poker no estaba tan segura de que viviera hasta el día de la graduación. Hacía cinco años que no notaba ningún cambio perceptible en él, pero presentía que podían arrebatarle su triunfo final porque era algo que le sucedía muy a menudo. Hacía veinte años que asistía regularmente a los cursos de verano, porque, cuando empezó a enseñar, no había nada parecido a un título. En aquellos tiempos, decía ella, todo era normal, pero nada era normal desde que cumplió los dieciséis años, y los últimos veinte veranos, cuando debería haber estado descansando, había tenido que coger un baúl e ir, bajo un calor sofocante, a la facultad de magisterio, y, a pesar de que cuando regresaba en el otoño siempre enseñaba justo de la manera en que le habían enseñado que no debía hacerlo, esta era una venganza muy leve que no satisfacía su sentido de la justicia. Quería que el general asistiera a su graduación porque quería demostrar lo que ella representaba o, como solía decir, «lo que tenía detrás» y no tenían detrás los otros. Estos «otros» no eran nadie en especial. Eran todos los advenedizos que habían puesto el mundo patas arriba y perturbado las formas de vida decentes.

Tenía la intención de subir a esa plataforma en agosto, con o. general sentado detrás en su silla de ruedas, en el escenario, y mantener la frente bien alta, como si les dijera: «¡Miradlo! ¡Miradlo! ¡Mi sangre, viles advenedizos! ¡Anciano glorioso e integro que defiende las viejas tradiciones! ¡Dignidad! ¡Honor-¡Coraje! ¡Miradlo!». Una noche, había gritado en sueños: «¡Miradlo! ¡Miradlo!», y al volver la cabeza lo había encontrado en la silla de ruedas con una expresión terrible en el rostro y sin más atuendo que la gorra de general. Se despertó y no pudo volver a dormir en toda la noche.

Por su parte, el general no habría consentido siquiera en asistir a la graduación si ella no le hubiera prometido que se ocuparía de que se sentara en el escenario. Le gustaba sentarse en cualquier escenario. Consideraba que todavía era un hombre muy apuesto. En la época en que podía ponerse en pie, medía un metro noventa y tres. Tenía el pelo cano y largo hasta los hombros y no usaba dientes porque pensaba que su perfil era más llamativo sin ellos. Cuando se ponía el uniforme de gala de general, sabía perfectamente que no había en ninguna parte quien se le pudiera comparar.

No era el mismo uniforme que había llevado en la guerra entre los estados. En realidad, no había sido general en esa guerra. Probablemente había sido soldado raso; no recordaba lo que había sido; de hecho, no se acordaba para nada de esa guerra. Era como sus pies, que ahora colgaban marchitos al final de él, sin que los sintiera, cubiertos con la manta azul grisáceo que Sally Poker había tejido cuando era una niña. No recordaba la guerra entre Estados Unidos y España en la que había perdido un hijo; n’ siquiera se acordaba de su hijo. Le traía sin cuidado la historia Porque esperaba no volver a verla jamás.

Octubre 12, 2006

César Aira. Una novela China.

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Ed. DeBols!llo, 2004. 174 páginas.

AiraNovelaChina
Paciencia recompensada

Ya confesé en la reseña de Ema, la cautiva que me había sorprendido la calidad de César Aira. Tanto que compré este libro al poco de terminar el anterior. Son tan diferentes que no parecen del mismo autor.

Lu Hsin es una persona sorprendente; ingeniosa, inteligente y sobre todo, paciente. Sus actos son tan sutiles como efectivos. No es de extrañar que para alcanzar el amor tenga que recorrer un camino sinuoso y sin garantías. ¿Tendrá un final feliz el extraño juego que su talento ha comenzado?

Si la comparo con Ema la cautiva sale perdiendo. Pero el talento de Aira me sigue pasmando. Si en Ema no podía imaginar de dónde había sacado a esos indios barrocos, en Una novela china me cuesta entender como puede crear esos personajes, chinos hasta la médula. ¿Pero este hombre no es argentino?

Es una novela de fácil -y engañosa- lectura. Como un paseo por un jardín chino. Al acabar el recorrido uno sólo puede decir ha sido bonito, me ha gustado. Y quedan ganas de volver, claro, porque algún trozo del paisaje está pidiendo una nueva visita.

A mi amigo ericz no pareció gustarle El mago, también de Aira, pero mi marcador muestra dos de dos. Novelas breves, bien escritas y originales ¿hay quién dé más?

Escuchando: Suite nº 1, Obertura. Juan Sebastián Bach.


Extracto:[-]


—El respeto a las formas —decía Wen Tsi— no es tanto la conservación de lo mismo como la observancia del ritmo con que lo mismo adopta formas diversas. Ahí es donde ha fallado Chen a mi juicio: desde el momento en que alguien puede preguntarse, como lo venimos haciendo nosotros, si su estilo es real o sólo un espejismo, el artista como tal deja de existir para la historia de la etiqueta; no importa que la respuesta eventualmente le sea favorable.
Era un hombrecito pequeño, muy pálido y arrugado, con una formación anticuada en la que creía de una vez para siempre, y que apenas si teñía imperceptiblemente una tenue puesta al día en marxismo. Se lo habría dicho un teórico en Emperatrices, un reductor de ciudades trasladado por error al campo. Salvo que usaba invariablemente ropa occidental: pullóveres de cuello alto, y pantalones de franela, bajo los cuales las sandalias y las gruesas medias de lana verde constituían un anacronismo más. Le gustaba hablar, y como era endiabladamente tímido sólo lo hacía en ocasiones muy íntimas. Siguió exponiendo su punto de vista, mientras sostenía con índices y pulgares una tacita de té.

—Chen como pintor falla en las exterioridades, y no debería asombrarnos que haya sido más apreciado en Occidente…

—No es exacto —acotó el señor Hua.

—… donde el desprecio de las formas ha llegado a constituirse en la razón de ser del arte. La manifestación de un dolor o un anhelo, tan alabadas en su pintura, no son sino construcciones mentales a cargo del espectador, y es precisamente de ese exceso de trabajo al que obliga de donde nace, por inercia, el trabajo suplementario en el espectador de preguntarse si su obra no será un fraude al fin de cuentas.
Esbozó una sonrisa seca, como si él mismo se hubiera convencido al fin con una buena argumentación. El señor Hua era delgado en la parte superior del cuerpo, pero con gruesas caderas de matrona.

—Mi honorable amigo —dijo—, confunde elementos distintos: sus razonamientos se aplican al dibujo de Chen, pero no a su arte de colorista y poeta de la construcción pictórica.

—No entiendo de sutilezas técnicas —dijo Wen Tsi, que se proponía demostrar precisamente que las entendía mejor que su interlocutor— pero si he podido entrar en la discusión, y apreciar la peculiar ambigüedad…

—¿Llueve? —preguntó Lu levantando la cabeza de su taza de té.

—Mmm… así parece —dijo brevemente el señor Tsi, y prosiguió—: … de su desatar los hilos antiguos de la etiqueta de los movimientos amplios de la naturaleza…
Su perorata, por un súbito mimetismo, tomaba la cadencia aburrida del ruido de la lluvia. Con su paso bamboleante, el señor Hua había ido a la ventana. Efectivamente, estaba lloviendo, y se preguntaba cómo lo habían adivinado, pues era un movimiento atmosférico tan mudo como el desprendimiento del polen. Pensó que la casa de Lu Hsin era un buen refugio, en cuyo interior se extinguían los ruidos, pero no tanto como para ocultarles el inconveniente de volver a sus casas, pues no habían traído paraguas; y como era primavera, inevitablemente se formarían charcos. Se quedó un momento en la ventana, vagamente incómodo.

Los tres amigos se reunían por lo menos una vez a la semana en casa de Lu. Uno de los temas sobre los que volvían siempre era el que los ocupaba en esta ocasión: un pintor de la época de decadencia de los Ming (principios de siglo xvn), Chen Hong-Cheu, de Che-Kiang. Su obra, especialmente su famosa serie de retratos, pero también sus escenas imaginarias, paisajes e ilustraciones de situaciones búdicas, mostraban rasgos acentuados de deformación, como en ningún otro artista de su época. Deformaciones tan constantes, y por momentos tan enigmáticas en cuanto a sus finalidades estéticas, que desde entonces se discutía sobre la realidad de sus dotes; bien podría haber sido, decía la voz escéptica de cada cual, que Chen hubiera sido un fraude, un torpe. La duda volvía más fascinante su obra, y el encanto hacía más difícil la resolución de la alternativa.

Aunque aldeanos, los tres amigos no posaban de eruditos; tenían la elegancia suficiente como para reconocer, siquiera implícitamente, que ponían en Chen Hong-Cheu sólo sus deseos de conversar y las fluctuaciones de su imaginación.
Lo cual se probaba ahora mismo. La visión de la lluvia había causado melancolía en Hua, y se le ocurrió algo novedoso sobre el tema:

—Quizás —dijo— no es necesario que nos interroguemos sobre la verdad del estilo de Chen. Quizás bastaría con adivinar sus estados de ánimo.
Los otros dos lo miraron intrigados: después de tantas sutilezas, eso parecía un retroceso notorio.

—Las dos cosas van juntas —dijo suavemente Wen Tsi.

—En efecto. Pero no necesariamente para nosotros.
Lo pensaron. El dueño de casa volvió a servir té. Tenía una bata de sarga y un gorrito con el que cubría su calvicie bastante avanzada cuando temía que podía pescar un resfrío. Los tres encendieron cigarrillos, y consideraron el volumen de luz que entraba por las dos ventanitas de la sala. Era una luz gris, con cierta humedad por contagio imaginario: la luz peculiar de la lluvia, con su extra de esplendor, siempre tan discreto.

—Los estados de ánimo —dijo el señor Lu— son de quien los experimenta, efectivamente. Y con un estilo sucede lo mismo. Sólo que en ocasiones el estilo, como un dragón, se desliza sobre los estados de ánimo de la humanidad entera, como la luz sobre los objetos…
Hua sacudía la cabeza con gesto fatalista:

—No era a eso a lo que me refería.

Hua, pensaban sus dos contertulios, era un melancólico; por dentro era una verdadera señora; la forma de sus ancas no desmentía su modo de sentarse en el mundo.
Uno de los gatos se hizo notar de pronto, con un pequeño maullido. Como si lo hubiera oído, desde afuera respondió un pájaro, de los que se refugiaban en el alero de Lu los días de lluvia: una golondrina. El gato fue al centro de la sala, y lo siguió perezosamente el otro; los dos eran de un blanco amarillento, uno de ellos con máscara negra. El primero saltó al vano de la ventana y miró un instante, tal como lo había hecho Hua. Después volvieron a sus almohadones. Los sobresaltó un aleteo, y quedaron un rato con las orejas erectas. Había huecos en la inserción de las vigas del cielo raso, y las golondrinas debían de estar presentes también en la reunión, aunque ocultas.
Fue el turno de Lu Hsin de dar su propia opinión sobre el caso:

—A mi juicio, lo que propone Chen con la ambigüedad de su destreza, es nuestra comprensión. Se supone que al fin de una larga o breve deliberación ante sus obras, deberíamos llegar a una comprensión: es real, o es un fraude. Pues bien, en un sentido u otro, nuestra conclusión será incomunicable, por cuanto la comprensión misma es incomunicable. Y no me refiero a una pedagogía… Lo incomunicable lo es para con uno mismo. De ahí que somos nosotros mismos los que no comprendemos nuestra comprensión. —Hizo una larga pausa—. La misión del artista es hacernos comprender eso al menos, y creo que Chen lo hace bien.

Sus amigos asintieron.

Abril 21, 2006

Terry Pratchett. ¡Guardias! ¿Guardias?

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Ed. DeBols!llo, 2002. Trad. Cristina Macía.
Tit. Original: Guards! Guards!, 1989. 395 páginas.

PratchettGuardiasGuardias
El retorno de los dragones

Es una relectura debida al comentario que me dejó The Happy Butcher en esta entrada. No me acordaba de nada de la historia, excepto de los chistes, que me seguían haciendo gracia.

El cabo Zanahoria ha entrado en la guardia en el mejor momento: un dragón está atacando a la ciudad. El capitán Vimes, consciente de estar al mando de un cuerpo inútil ahoga sus penas en alcohol. Cuentan con la ayuda de una dama de la alta alcurnia criadora de dragones de compañía ¿Logrará este patético cuerpo hacer frente a esta terrible amenaza?

Ha sido un reencuentro hacia atrás. Vimes es alcohólico, Zanahoria es un novato y Detritus es el portero de un bar de mala muerte. Cuando es destronado, Vetinari se divierte ayudando a las ratas en su lucha contra los escorpiones y las serpientes. El libro está lleno de ideas geniales, como cuando la guardia discute sobre si una probabilidad de un millón contra uno puede funcionar. Así ha sido siempre ¿no?

Les dejo con esta selección de extractos muy adecuados con la temática de este blog. Espero que su lectura anime a sfer a volver a enfrentarse a Pratchett:

La verdad es que hasta las colecciones grandes de libros normales distorsionan el espacio, como se puede comprobar fácilmente entrando en cualquier librería de viejo, de esas que parecen diseñadas por M. Escher en un día malo y tienen más escaleras que estanterías, con esas hileras de baldas que conducen a puertecitas diminutas, obviamente demasiado pequeñas para que pase un ser humano. Científicamente hablando, la ecuación es la siguiente: Conocimiento = poder = energía = materia = masa; una buena librería es, en realidad, un discreto agujero negro que sabe leer.

Las tres normas de los Bibliotecarios del Espaciotiempo son: 1) silencio; 2) devolver el libro en la fecha indicada; y 3) no interferir con la naturaleza de la causalidad.

Los libros distorsionan el espacio y el tiempo. Uno de los motivos de que los propietarios de esas tiendecitas de segunda mano que mencionamos antes parezcan
un poco de otro mundo, es que muchos de ellos lo son:
llegaron a éste tras perderse en sus librerías, en mundos donde lo más normal es llevar zapatillas de felpa y abrir la tienda sólo cuando te da la gana. Quien se aventura
en el Espacio-B, sabe que corre peligro.
Pero los bibliotecarios más curtidos, una vez han demostrado ser dignos al llevar a cabo alguna valiente hazaña de bibliotecariedad, son aceptados en una orden secreta que les enseña las artes de la supervivencia más allá de las Estanterías Conocidas. El bibliotecario dominaba todas estas artes, pero lo que intentaba ahora no sólo haría que lo expulsaran de la Orden, sino, probablemente, también de la Vida.
Todas las bibliotecas que existen están conectadas en el Espacio-B. Y el bibliotecario, guiándose por los signos tallados en los libros por exploradores del pasado, guiándose por el olfato, guiándose incluso por los susurros de sirena de la nostalgia, se dirigía a una muy concreta.

Por lo general, podía adelantarse a los acontecimientos sólo con vigilar a las inofensivas arañas que se arrastraban por el polvo. Cuando huían espantadas, era un buen momento para esconderse. En varias ocasiones tuvo que aplastarse contra los estantes como un diccionario gigantesco. Aguardaba con paciencia hasta que la manada de Criaturas pasaba de largo, devorando el contenido de libros selectos y dejando tras ellas montoncitos de delgados volúmenes de crítica literaria. Y había otras cosas, cosas que esquivaba a toda velocidad y trataba de no mirar…
Por encima de todo, debía esquivar los tópicos.

Que razón tienes…

Escuchando: Besame. Huey Dunbar.


Si puedo, este fin de semana haré una mini crónica de la bbb.

Abril 7, 2006

Valerio Massimo Manfredi. El caballero Invisible.

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De Bolsillo, 2004. 93 páginas.
Tit. Or. Il cavaliere invisible. Trad. José Ramón Monreal.

Manfredi Caballero Invisible
A la orden de los Templarios

Este libro me lo regalaron en la librería por la compra de dos de la misma editorial. No es que el libro sea nada del otro mundo -es de pocas páginas, casi como una muestra- pero un regalo siempre es de agradecer.

El señor de Roquebrune, acompañado por su escudero, recibe una peligrosa misión: tiene que llevar un misterioso paquete hasta Santiago de Compostela. Pero el camino no será fácil, el enemigo conoce la misión e intentará impedir que Roquebrune llegue a su destino.

La historia es entretenida, con algún que otro guiño al lector moderno -cuando pasan por Pamplona se escapan unos toros por las calles-, y con temas muy de moda -caballeros templarios, la edad media, reliquias…-. La muestra ha sido suficiente para saber que no es de mi estilo, y que puedo borrar a este autor de mis listas con tranquilidad.

(Un día, un libro 361/365)
Escuchando: Soledad. Fabula.

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