Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 11, 2012

Jorge Juan. Nada es gratis.

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Destino, 2011. 240 páginas.
Jorge Juan, Nada es gratis
La crisis

Un regalo de reyes de parte de alguien a quien quiero mucho, que quiere desasnarme económicamente y algo ha conseguido.

Jorge Juan es el pseudónimo de un conjunto de economistas que escriben en el blog del mismo nombre que el libro Nada es gratis, que acabo de descubrir y apuntarme. Vivimos en una de las peores crisis del sistema capitalista y a todos nos gustaría saber como hemos llegado aquí y como podemos salir del pozo.

En el libro se explica bastante bien las razones del desaster, además del funcionamiento de las autonomías, impuestos y demás. En ese aspecto, muy bien.

Respecto a como salir de la crisis, también dan ideas. Algunas pueden sonar algo radicales, como poner un pago por visita en atención primaria (aunque ahora que se paga por receta en Cataluña no parece tan extraño). Otras son de difícil puesta en práctica, como una reforma de la educación. Algunas me parecen buenas y otras no tanto, pero lo seguro es que como no hagamos algo, este país no tiene solución.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (133/365)

Extracto:
Las cajas se desmelenan

Pero esto aún no explica una explosión del crédito hipotecario. ¿Cómo es posible que hubiera financiación para algo que no era, en la mayor parte de los casos, más que castillos en el aire?
En Estados Unidos la respuesta fue la titularización de la deuda hipotecaria de peor calidad. Esto suena muy complicado, pero no era más que poner juntas docenas de hipotecas de mala calidad, dividirlas en trocitos y venderlas a terceros inversores con la idea de que «malo sería que todas las hipotecas nos fallen a la vez» (aunque claro, luego resultó que sí, que todas fallaron a la vez).
La respuesta en España fue distinta. Una vez más, Spain is different. Para entender lo que nos pasó hay que mirar a la estructura de nuestro sistema financiero.
El sistema financiero español está dividido en dos partes más o menos iguales. Por un lado, están los bancos de toda la vida, con accionistas convencionales que se reparten los beneficios que obtengan del negocio. Por el otro, tenemos un sector sin ánimo de lucro: básicamente las cajas de ahorro. Las cajas son instituciones peculiares, con fines sociales, que originalmente tenían una sólida base territorial y a las que sólo se les permitía operar en la provincia donde tenían su sede.
Estas instituciones fueron poco a poco sometidas, debido a las reglas de movimientos de capitales de la Unión Europea, a un proceso de liberalización y desregulación. Sin embargo, como tantas veces pasa en España, el proceso se paró a la mitad y las cajas nunca estuvieron sujetas a la disciplina del mercado. Muchas cajas jugaron el papel de un adolescente que aún no ha madurado, pero al que sus padres dan libertad porque «ya es mayorcito» y «él verá lo que hace».
Primero, a partir de 1988, se permitió a las cajas operar en toda su región, aunque con excepciones. Luego, con la entrada en vigor de la segunda directiva de la Unión Europea sobre banca, el 31 de diciembre de 1992, estas restricciones desaparecieron. Desde ese momento, las cajas eran libres de operar a lo largo y ancho de todo el país, con excepciones sólo si no alcanzaban la solvencia que requería la legislación.
El resultado de estos cambios normativos fue un gran aumento de la competencia y una diversificación geográfica intensa de las cajas. Uno se encontraba con una sucursal de Caja Madrid en la mitad del Ampurdán y con una de Caja Sur en el Bierzo. Mientras que en 1991 había veinticinco provincias en las que una sola caja poseía una cuota de mercado del 75 por ciento, en 1995 eran sólo diecisiete provincias, diez en 1999 y ninguna en 2007. Del mismo modo, las sucursales de las cajas se multiplicaron como hongos hasta llegar a la inaudita cifra de casi 25.000 sucursales a comienzos de 2008, una por cada 1.800 habitantes. Fruto de esta expansión, las cajas de ahorro ganaron cuota de mercado frente a los bancos, del 40 por ciento en 1991, al 47 por ciento en 1999 y al 54,5 por ciento en 2007.

noviembre 29, 2011

Álvaro Cunqueiro. Merlín y familia.

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Ediciones Destino, 2003. 218 páginas.
Álvaro Cunqueiro, Merlín y familia
Merlín en Galicia

Sigo devorando -y disfrutando- cuanto encuentro de Cunqueiro, que si bien no ha tenido el reconocimiento que se merece, una vez puesto sobre la pista vas encontrando libros aquí y allá.

Siguiendo la estela de las mocedades de Ulises (o más bien al revés), el autor sitúa al Merlín artúrico en Galicia, y desde los ojos de su criado nos cuenta las historias de los increíbles personajes que le hacen visitas buscando su sabiduría. No hay una trama, sino múltiples cuentos con fuerte sabor celta que se mueven entre las brumas de lo fantástico. Incluye apéndice al final con listado de personajes.

Me ha recordado a algunos libros de Italo Calvino, y veo que son casi contemporáneos; otra manera de entender lo fantástico que no es igual al realismo mágico, pero que se anticipa. El único defecto es que lo he leído después de su Ulises, que me parece mucho más logrado. Pero el disfrute, e incluso más de una sonrisa, están garantizados.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (90/365)

Extracto:
La Novela De Mosiú Tabarie

Je luy donne ma librame, et le
Romman du Pet au Diable,
lequel maistre Gui Tabarie
grossoya, qu’est hom verítable.
Par cayers est soubz une table.
Combien qu’íl soit rudement faíct,
la matiére es sí tres notable,
qu’elle amende tout le meffaict.

François Villon: Grand Testament

Pues este verano encontré —iba el río seco, y la gente y el ganado pasaban enjutos por los pasos de la Valifia, yo tuve la barca amarrada en el padrón, y me sobró tiempo para holgar en la casa—; encontré, digo, dos entregas de la “Novela del Pedo del Diablo” que me regaló el moro Alsir, y leyéndolas, puestos los anteojos que ahora cotidianamente preciso, me eché a reír, y me vienen ahora ganas de contar lo principal de esta novela, que del demonio que en ella se habla, Cobillón titulado, nos llegaron noticias a Miranda cuando tuvo mi amo que viajar a Gaula a quitarle el aroma de azufre a un condado de aquel reino, y fue que primero creyeron que dieran con una mina, e inquiriendo, inquiriendo, salió que no era más que una bandería de demonios que Lucifer Mayoral mandara vaciar sobre Inglaterra, y que dejara allí, en una cueva, la ropa vieja. Con el azufre que tenían aquellos harapos se podía azufrar medio Ribeiro. Este Cobillón era un demonio muy fino, que estudiara para perfumista en Florencia de Italia, donde tomó la costumbre de bañarse en agua franchipana. Contaba la novela que había en Soria una viuda moza muy devota de San Ciríaco, y siendo rica por su casa, y bien heredada del difunto, quería levantar al santo una ermita justamente en una montiña donde acostumbraban pasar los calores del tiempo de la siega las brujas de tierra de Osma. Requirieron estas toledanas para volver a la viuda del acuerdo a un demonio bostezador y aragonés, pero pronto supo la viuda que quien la tentaba era el demonio, porque tenía un olfato sutil y venteador, y cazaba los olores malignos que pasaban volando. Se buscó entonces en toda la Satanía un demonio que no diese señales de azufre y tuviese humano perfume, y no había otro preparado sino Cobillón, que estaba por aquella estación en París perfumando francesas. Ya había buscado albañiles la viuda, y corría prisa torcerle la intención. Llegó a Soria, pues, Cobillón, vestido de cuatro puntillas, haciéndose pasar por pariente de los linajes sorianos, dando propinas y limosnas, y anunciando que por un casual traía en el bolsillo un pomo con agua destilada de la barba de San Ciriaco. Saberlo la viuda y convidarlo a chocolate todo fue uno, y Cobillón iba de levita verde y bastoncillo de plata, cadena de oro en el chaleco, y colgado de ella, el pomito con el agua de San Ciríaco. La viuda, este es el caso, se enamoró en un repente de aquel dionisio, que le dio a oler el agua de San Ciríaco y le prometió teñirle con camomila de Malta un lunar con pelo que tenía en la barbilla, y la invitaba, sin más demoras, a partir para Tarragona, donde tenía su palacio, y los podría casar su capellán, que era primo del señor primado. Doña Florínda, que así se llamaba aquella viuda, pidió un día para contestar, que Cobillón le concedió de grado. Y en aquel día de plazo, un ama seca que fuera del difunto y que andaba en las labores de la casa, le sopló a la viuda si no sería otro demonio el pretendiente. Doña Florinda se confesaba que sólo venteaba rosas, agua franchipana y licor del Polo en aquel galán, cuyas miras de casamiento le derretían las mantecas, que en verdad eran lucidas, blancas y apetitosas, pero no dejaba de imaginar cómo descubrir el engaño, si de verdad lo había en aquel trato. Cobillón, por la chimenea, oyera la conversación de la viuda con el ama seca, y dispuso de todos sus perfumes para no delatarse: se bañó en agua franchipana como solía, lavó los pies con secante de lirio, engomó los rizos con miel de rosas, y para disfrazar los alientos, bebió un frasco de vino de nardo. La viuda le contó a Cobillón el caso del demonio bostezador, y cómo andaban las brujas trastornando sus planes de hacer la ermita de San Ciríaco, y el miedo que ella tenía de ser tentada del demonio mayor y su selección de cornudos. Y con lágrimas en los ojos, y pidiéndole perdón por estar tan enamorada, requirió la viuda a Cobillón a que soltase un viento, a ver a qué olía, Cobillón se hizo rogar, pero viendo que la viuda seguía llorando, y suponiendo él, con su saber de demonio, que el vino aromado que bebiera ya estaría en las tripas bajas, juntó fuerzas y soltó un grande y sonoro meteoro, que tal tamborileó en sus bragas ceñidas como redoble de parada. Y toda aquella cámara se llenó de un dulcísimo aroma de nardo florido, con lo cual la viuda se echó en los brazos del demonio Cobillón. Cobillón la llevó en carroza a Tarragona, y en la espuerta de la carroza iba en dos arcas el oro de la viuda, y ya se veían a lo lejos las torres primadas, cuando Cobillón, entre beso y beso le pidió a doña Florinda que atendiese a un nuevo perfume, y mismo en la nariz aquella tan sutil le soltó una vaharada de azufre, gritándole entre risas que se acostaba con un maligno adoctrinado. La viuda se murió de dolor, sin apearse de la carroza, y Cobillón, con el oro se volvió a París de perfumista.
Cuento esta novela porque fue la primera que leí, y mucho le gustaba a mi amo que la contase, máximo cuando habíamos comido al almuerzo castañas, y en llegando al viento de la carroza yo decía: ¡con perdón de los presentes!, y hacía mi gracia. También la cuento para que se vea en qué fiestas pasábanlos los inviernos en Miranda, cuando venía el tiempo de las nevadas, se cegaba de agua el camino de la vega, y los perros ladraban al lobo que pasaba de día al pie de las casas. ¡Ojalá volvieran tiempos idos!

marzo 23, 2009

Francisco Casavella. Lo que sé de los vampiros.

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Ediciones Destino, 2009. 570 páginas.

Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros
¿Quiénes son los vampiros?

Esta novela fue premio Nadal del 2008 y en diciembre de ese mismo año fallecía Casavella de un infarto. Entonces no había leído nada suyo, pero después de leer este libro, me doy cuenta de lo que hemos perdido.

Martín de Viloalle, como hijo menor de una familia noble de poca alcurnia, estudia para sacerdote. Cuando está a punto de ordenarse llega la expulsión de los jesuitas y aunque no tiene por qué marchar, los acompaña en su destierro. Su habilidad para el dibujo lo salva de desembarcar en Córcega y a partir de entonces recorrerá las cortes de Europa de la mano de el señor Welldone, que no es otro que Saint Germain.

Lo digo por adelantado: me ha gustado mucho e incluso me ha emocionado. Cosa curiosa, me enganchó desde el principio. De acuerdo que como todo premio Nadal es una historia bien contada y no una sucesión de artificios lingüísticos, pero tiene la suficiente calidad y densidad como para aspirar a algo más. Pero a diferencia de lo que he leído por ahí, a mí me atrapó como si fuera un best-seller.

No es una novela histórica al uso, aunque ahí están los grandes personajes, como decorados de la historia de Martín. Una historia típica de aprendizaje y superación, sólo que nada se aprende y no hay superación. Sí redención. El talento del conde y su discípulo sobrevive al arbitrio de los gustos de la aristocracia de la época. En plena revolución el arbitrio cambia de manos, pero no se logra la ansiada libertad, igualdad y fraternidad. La ciudad del hombre nuevo tendrá que esperar mejores tiempos.

Hacia la mitad de la novela ya estaba, sin darme cuenta, identificado con Martín. Como se dice en la novela No nos dejaron ser nosotros mismos y más adelante, en referencia a los vampiros del título cada cual identifica a sus vampiros. Creo imaginar cuales eran los vampiros para Casavella. Es privilegio del lector tener razón aún cuando está errado.

Muy bien escrito. Me ha sorprendido encontrarme insertas en el texto frases de canciones modernas, bien integradas, pero que destacan. Así en la página 90 de esta edición nos encontramos con:

como el gato maula juega con el misero ratón

Del tango Mano a mano. Hay otras como ¡Que se mueran los feos! o el pirata con parche en el ojo y pata de palo y supongo que muchas otras que no he sabido ver.

La redención se encuentra en el amor y en la familia. Los vampiros siempre están ahí. A nosotros, cada jornada, nos toca levantar el telón.


Extracto:[-]

Señor de Welldone, no he pretendido ser grosero ni tedioso al sincerarme con Vuestra Merced. En mi relato le he hablado de mi hermano mayor, Gonzalo. Mi hermano se fue de casa siendo yo niño; sin embargo, un día, durante una excursión que hicimos para ver el mar, me planteó una pregunta. Encontramos huesos de calamares en la orilla y me dijo que las gentes de la costa creían que esos huesos casi transparentes pertenecían a las almas de los marineros muertos. Entonces, me preguntó: «¿Qué es mejor? ¿Creer o no creer?». Supongo que las dudas también pugnaban en su interior. Poco recuerdo de aquel día; sin embargo, no se me va de la cabeza lo que no puedo expresar sino como un estado de inquietud. Si yo pensaba que, en efecto, los huesos de calamar eran las almas de los marineros muertos, era agradable, como comulgar. Pero si pensaba que sólo eran huesos de calamar, y eso es lo que eran, sin duda, primero me sentía un poco mal, pero después me sentía mejor que bien. Aunque al mismo tiempo y de forma muy rara, peor que bien. Con sólo pensarlo, una máscara había caído y en su lugar nacía la verdad,
que en sí misma no es ni buena ni mala, pero requiere, para enfrentarla, cierta fortaleza de ánimo. Ahora he de añadir que esa fortaleza me ha sido otorgada por la lectura de las Cartas inglesas del señor de Voltaire, de las que sólo he de lamentar que su conocimiento me fuera vedado durante tanto tiempo. En el señor de Voltaire he encontrado mayor consuelo que en la eucaristía, y que Dios me perdone.

[...]

Y desde hace mucho se sabe que el Fuerte puede y el Débil sufre lo que debe.

Veamos ahora otro caso de «los que son tolerados». Una historia tiene relación muy directa con la otra. Y ya que hemos llegado a Inglaterra, aquí mismo iniciaremos el nuevo relato algunos años después. Esta historia la protagoniza un violinista. Un violinista que también es curioso del Arte y de la Filosofía. El Músico Humanista.

Cuando queremos iniciar nuestra historia, el Músico Humanista tampoco es demasiado joven, uno de esos caballeros que desde hace mucho y durante mucho, más allá de Ahora, pa~ rece habitar años intermedios. Un ojo puesto en la juventud y otro en la muerte. Demasiado inquietos si son inquietos; dermasiado tristes si son tristes; demasiado celosos de su soledad si gustan de ella y creen que la soledad les hace libres. Más ingenuos que nunca, si eso es lo que son. Una edad de importantes decisiones, de resignaciones, de arrogancias y hasta de locuras. La falsa noción de que ya se sabe todo y lo que uno sabe disgusta. Mozos otra vez de un golpe. Mozos ridículos esta vez.

El Músico Humanista es ducho en su arte. Como ha estado en Alemania, adora la música del Bach, Juan Sebastián, el que vivía en Leipzig. Intenta sin éxito que otros se deleiten con ella, pero la ligereza llena el aire de la época y nadie quiere saber nada que aupe por encima de ese aire. Olvidemos aquello, pues. Gustemos de lo que hay. Gustemos o muramos de hambre.

El Músico Humanista trata con Sabios y Nobles. Y lo hace mucho más allá del modo servil que requiere su oficio, ya que ha sido invitado a veladas de la Royal Society y también le han aceptado esos grupos, algo secretos, que se reúnen en banquetes tras una ceremonia previa en honor a la alquimia, la geometría y la arquitectura. Las experiencias con el sonido y el color. La certeza de que se es uno de los elegidos al ver tonalidades en el aire cuando suena la música. El Músico Humanista filosofa sobre ello en los banquetes. Como otros elegidos, percibe sensación de inminencia, la llegada de una nueva Edad de Oro. Esos amantes de lo furtivo parecen creer en lo que Píndaro decía de los misterios de Eleusis: «dan cohesión al mundo y le impiden caer en el caos». Ellos desean representarse como herederos de una estirpe muy antigua que se reúne en lugares donde se busca la idea perfecta: «Ni gobernar, ni ser gobernados». Los sótanos donde se respiran «antiguos sueños de reforma universal». ¿Cuántas veces, en cuántos tonos y declinaciones, se pueden enunciar «sueños de reforma universal»? Aquellos ingleses lo hacen al modo candido.

[...]

¡De qué modo torpe y tardío regresó la convicción que siempre tuve, por un tiempo arrinconada! Uno es lo que los demás hacen de ti. Ese es el único valor, y en mi caso, el único patrimonio. Al conde de Saint-Germain le da por filosofar, que consuela mucho. Y lo que filosofa el conde de Saint-Germain es lo siguiente: un mundo, unas cortes, donde el máximo valor es la apariencia y el máximo dolor no es la ignorancia, ni la esterilidad moral, es un mundo fracasado. Al mismo tiempo, ese mundo grita por medio de sus mejores bocas: «¡Sed razonables y seréis felices!». Me río yo de eso. Prueba a razonar y a ser feliz en un mundo en que Razón y Felicidad son tan vulnerables a B devastación del ridículo. La felicidad razonable es delicada como el cristal, no es nada solemne, y a todo se expone. Y no me gustaría hablar demasiado de ese afán de razonable felicidad en los mismos philosophes que la propugnan. En lo más hondo, esos individuos no soportan lo que vocean y si lo vocean sólo es para darse importancia: razón, felicidad. Unos y otros, esos y aquellos, sólo sienten una calma enfermiza cuando termina la fiesta, cuando el instante se agota, cuando todos miran a todos. ¿Y qué ven? El fin del baile. Los músicos se han dormido tras arrojar los violines al parqué. Chorretones de polvo y de pintura se deslizan cara abajo y revelan pieles lívidas, enlodadas, el eficiente espectáculo de muchas vanidades rotas. Ésa es la paz. Sólo eso enlaza corazones y libera. Y así camina el mundo, porque así ha de ser y será. Un mundo que desea marcar a fuego el destino de «los que son tolerados», de «los que toleran» y de todos aquellos infelices que, agazapados en la noche, miran ese mundo desde el otro lado de los ventanales. Pero, insisto, así ha de ser. ¿No ha sido siempre así? Y porque así ha de ser y ha sido siempre así y algunos carecemos de fortuna personal o la hemos derrochado, y ni poseemos un retiro donde refugiarnos del mundo, o lo hemos sacrificado por orgullo, por todas esas causas seremos vanos, y de los pedazos de nuestra vanidad rota surgirá una nueva vanidad. Porque si he de confesarme fingidor, también lo seré de mi vanidad. Por eso es tan exagerada, Martín, porque no sabe ser.

[...]

Mi compañero Canard va a Vicennes a recoger a su marido. Le apresaron ayer. Le sueltan a condición de que devuelva unos hijos que tienen por Dijon. Se ve que no ha hecho gran cosa, el marido. Hay delitos que no parecen tan serios cuando no se les quiere ver la seriedad y, bueno…

—Facile credemus quod volumus…

—Ahora sí que no te entiendo, ciudadano…

—Que es fácil creer lo que queremos creer.

—Eso mismo, monsieur. Qué buena es la instrucción… Cuántas cosas puede nombrar uno como es debido si le ordenan la cabeza desde pequeño…

No es mal hombre, Gustave. Ni bueno. Uno de tantos. Esos de quien se habla cuando se pronuncia solemne la palabra «pueblo». En tres años, muchos han arruinado su vida para que este hombre diga, como si lo supiese de siempre, un poco como un loro, que es importante la educación. Si Rousseau se hallara en el lugar de Martín, además de unas tremendas ganas de orinar, o quizá por ello, y por el acicate de esa simplicidad ni bonachona, ni mezquina, sino todo lo contrario, le odiaría.

marzo 31, 2008

Joseph Conrad. Freya la de las siete islas.

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Ediciones Destino, 1981. 300 páginas.
Tit. Or. ‘Twixt land and sea. Trad. Rafael Vázquez Zamora.

Joseph Conrad, Freya la de las siete islas
Los mares de oriente

La vida de Joseph Conrad fue bastante movidita e incluso llegó a ser capitán de la marina mercante británica. Es normal que muchas de sus obras tengan como protagonistas a hombres de la mar. El título original de este libro es Entre la tierra y el mar, y comprende los siguientes relatos o novelas cortas:

Freya, la de las siete islas

Una historia de amor entre el dueño y patrón del bergantín Bonito y la hija de Nelson, un holandés afincado en una de las Siete Islas. Un amor que un tercero, envidioso, intentará hacer naufragar.

Una sonrisa de la fortuna

Inspirado al parecer en una experiencia personal el protagonista de esta historia conoce a los dos comerciantes principales de la isla. Uno de ellos consigue enredarlo por medio de su hija, accediendo a comprar un cargamento de patatas.

Mi otro yo

Un oficial oculta en su camarote a otro que ha cometido un asesinato.

No soy un admirador de Conrad; leí El corazón de las tinieblas y que me maten si guardo algún recuerdo -debería releerlo. Pero su calidad es innegable y su capacidad de entretener, también. El último relato es el que me ha gustado menos, pero en general es un libro que se lee con placer.

Aquí tienen sus obras completas (en inglés): Joseph Conrad

Reto 2008: Polonia.

Escuchando: Verano Fatal. Nacho Vegas & Christina Rosenvinge.


Extracto:[-]

¡Ah! Lástima de intereses comerciales… Lo estropean todo en este mundo. ¿Por qué se utilizará el mar para el comercio… y para la guerra? ¿A santo de qué estropearlo con el tráfico y la muerte? Y, después de todo, para fines que no tienen una gran importancia. Cuánto mejor hubiera sido limitarse a navegar de un lado para otro, con un puerto, y un pedacito de tierra de cuando en cuando para estirar un poco las piernas, comprar unos cuantos libros y cambiar de cocina por unos días. Pero la realidad era que me encontraba en un mundo más o menos homicida y rabiosamente mercantil, y mi deber era sacar el mayor partido posible de las ocasiones que se me presentaran.

Mis navieros me dejaban en su carta — como dije antes—la facultad de utilizar el barco a mi buen parecer, procurando obtener el mayor beneficio dentro de las circunstancias. Pero habían añadido una posdata en estos términos, poco más o menos:

«Sin que esto suponga una intromisión en la libertad de acción que le hemos conferido, escribimos por correo aparte a algunos de los comerciantes de ahí, amigos nuestros, que pueden ayudarle. Nos interesa especialmente que visite usted al señor Jacobus, destacado comerciante y fletador. Si logra ponerse en contacto con él, podrá orientarle a usted muy eficazmente sobre la mejor manera de emplear el barco.»
¡Ponerme en contacto con él! No tenía que esforzarme mucho para lograrlo. ¡Allí estaba, pidiéndome que le favoreciera con una taza de café! Y, como la vida no es un cuento de hadas, me dejó casi estupefacto la improbabilidad del aconteciniiento ¿Habría descubierto un rincón encantado de este mundo en el que los comerciantes poderosos acudían apresuradamente a bordo de los barcos antes de que estuvieran éstos atracados como Dios manda? ¿Era esto magia blanca o, simplemente, algún truco tenebroso del comercio? Llegué a la conclusión, mientras me hacía el lazo de la corbata, de que a lo mejor no entendí bien el nombre de mi visitante. Durante la travesía había pensado a menudo en el «destacado» señor Jacobus y pude haberme confundido por alguna semejanza fonética… Quizá dijera el mozo Antrobus… O puede que fuera Jackson.

Pero al salir de mi camarote, diciendo con incertidumbre: «¿Señor Jacobus?», me respondió con un «Sí», acompañado de una sonrisa. El «sí» era de cumplido. No parecía darle mucha importancia al hecho de ser el señor Jacobus. Su rostro era grande y pálido; el cabello, escaso; las patillas, también poco pobladas, de un color marchito, de difícil descripción; y los párpados, pesados. Sus labios, gruesos y suaves, parecían pegados el uno al otro cuando estaba callado. La sonrisa, apagada. Un hombre tranquilo y corpulento. Le presenté a mis dos oficiales, que bajaban a desayunar en aquel momento. Pero lo que no pude entender fué por qué reflejó la actitud silenciosa del señor Burns una indignación contenida.
Mientras nos instalábamos alrededor de la mesa me llegaron al oído algunas palabras inconexas de Un altercado que tenía lugar junto a la escotilla.al parecer, un desconocido insistía en entrevistarse conmigo, y el mozo se lo impedía.

febrero 6, 2008

Fernando Báez. Historia universal de la destrucción de libros.

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Ediciones Destino, 2004. 386 páginas.

Fernando Báez, Historia universal de la destrucción de libros
Bibliotecas devastadas

Para un amante de los libros que además ha sufrido en sus propias carnes el incendio de su biblioteca, leer este libro se aproxima mucho al masoquismo. Hasta el punto que ya había visto este libro hace tiempo en la sección de novedades de una biblioteca y lo dejé pasar. Pero se repitió el encuentro en mi nueva biblioteca y esta vez decidí llevármelo.

Es totalmente imposible resumir un libro que ya es una condensación de más de cinco mil años de historia. Desde que el hombre ha plasmado su pensamiento y su cultura en algún soporte, ha habido alguien que se ha dedicado a destruirlos. Y este libro hace un minucioso y doloroso recorrido por toda la historia, en un curioso círculo que empieza en Sumeria, en el 3300 antes de cristo y acaba en Irak, en pleno siglo XXI.

El argumento siempre es parecido. Alguien, en alguna ciudad, empieza a hacer una biblioteca. Mediante el esfuerzo de mucha gente se va ampliando, recogiendo manuscritos y formando parte importante del saber de la época. Entonces viene algún agente que la destruye completamente, haciendo desaparecer en muchas ocasiones libros y documentos únicos, que sólo conocemos por referencias en otros escritos. Por poner el ejemplo más característico en la biblioteca de Alejandría se perdieron alrededor de 500.000 rollos de papiro.

A grandes rasgos podemos calificar a los causantes de estas catástrofes en dos grupos: las catástrofes naturales y las humanas. Terremotos e inundaciones han destruído muchas bibliotecas, pero es el fuego el principal enemigo de los libros. En el incendio de Londres de 1666 perecieron muchas personas y desaparecieron también muchos libros. El Escorial ardió en 1671 y desaparecieron para siempre muchos códices únicos. Tampoco hay que despreciar la labor destructiva de ratas, insectos y hongos que han causado estragos en bibliotecas mal cuidadas.

Pero mucho peor son las causadas por la mano humana, que también pueden dividirse en dos grupos. En el primero podrían incluirse las destrucciones producidas en saqueos o guerras, donde los libros son víctimas colaterales. En Irlanda los monjes hicieron una importante labor recuperando libros y leyendas antiguas. Hasta que venían los vikingos, y arrasaban monasterios y libros. En las guerras la cosa es peor: la destrucción de edificios lleva aparejada la destrucción de los libros que contienen, y el paso de las tropas conlleva el uso de libros como combustible y la expoliación para su venta. El autor acaba el libro con su experiencia en Bagdag tras la guerra de Irak, y les aseguro que es algo espeluznante.

En el segundo grupo está la destrucción de libros por motivos ideológicos. Que una panda de vikingos no sepa apreciar el valor de un manuscrito me parece una desgracia, pero comprensible. Casi se pueden englobar dentro de las fuerzas de la naturaleza. Pero que alguien que conoce la valía de la cultura se empeñe en destruirla me pone la carne de gallina. La lista es interminable. La destrucción de la biblioteca de Alejandría se la disputan los romanos, los árabes y los primeros cristianos. De lo que no hay duda es de que estos últimos asesinaron a Hipatia, hija del bibliotecario de Alejandría. Shi Huandi, el constructor de la muralla china, ordenó quemar todos los libros,menos los que se ocuparan de agricultura, medicina o profecía. Un emir proclamó del conocimiento que si está en el Corán es supérfluo y si no está es pecado, así que podían destruirse todos los libros. Fray Juan de Zumárraga hizo una hoguera con todos los escritos e ídolos de los mayas. La destrucción fue tal que apenas tenemos libros de esa cultura. La inquisición se puso las botas quemando herejes y libros, y la iglesia católica ha tenido siempre el índice de libros prohibidos.

Tales atrocidades no son exclusivas de la antigüedad; el siglo XX tiene un historial muy negro. La primera y la segunda guerra mundial dejaron una estela de destrucción de libros. La guerra civil española no fue a la zaga, y la represión y censura posteriores aniquilaron una gran parte de la vida intelectual de España. El holocausto nazi fue precedido por un bibliocausto que hizo cierta la frase de Heine de que allí donde queman libros, acaban quemando hombres. La censura puritana puso en la picota a Joyce y Nabokov, y la caza de brujas de McCarthy provocó similares reacciones. El fanatismo religioso tuvo en peligro a Salman Rushdie. Las numerosas dictaduras en todo el mundo han provocado la persecución de autores y libros.

Mejor me detengo aquí o se me pondrá mal cuerpo. Pueden encontrar otra reseña en Sinrazones de la historia. Un libro duro, que retrata con claridad lo bestias que somos.

Escuchando: Hormigón, Mujeres Y Alcohol. Ramoncín.


Extracto:[-]

Es difícil separar lo perdido y destruido en la historia de los libros, porque en ocasiones las obras se han perdido debido a su destrucción o han sido destruidas porque simplemente desaparecieron. En todo caso, los textos ya no existen, y, salvo el milagro de un hallazgo en una tumba o en un depósito, hay pocas probabilidades de recuperar cientos de miles de escritos desaparecidos en la antigüedad.

Baste señalar que de las 120 obras incluidas en los catálogos del prestigioso Sófocles, hoy sólo existen 7 en estado íntegro y cientos de fragmentos.’3 Safo de Lesbos,54 la gran poetisa, dejó una obra compilada en 9 libros, pero hoy sólo tenemos dos odas casi completas y meros fragmentos. Los 5 libros de Corina de Tanagra, la segunda poetisa relevante en la poesía griega, competidora de certámenes donde venció a Píndaro, hoy está reducida a un grupo de fragmentos incoherentes. De las 82 tragedias de Eurípides sólo tenemos 18, un drama de Sátiros y abundantes citas.

Y este horror es todavía mayor. Todos los presocráticos y todos los sofistas están en fragmentos. Siempre resultará sorprendente que no hayamos conservado Sobre el no ser o Sobre la naturaleza de Gorgias de Leontini, donde probó que nada existe.

La pérdida de textos se extiende a todos los períodos de la literatura, ciencia y filosofía de Grecia. Citado por Platón, admirado por Sócrates, Agatón de Atenas, poeta trágico, escribió obras de una perfección casi compulsiva, pero hoy no existen, salvo en la forma de débiles fragmentos. Los Partenion, una colección de poemas en 6 li-
bros, escritos por Alemán de Sardes, se perdieron. Un encantador texto suyo —número 40 de la antología de Page—, repetidas veces citado, expresa: «Yo conozco el canto de todos los pájaros».

Un caso particularmente delicado es el de Aristófanes de Atenas, el comediógrafo. De 40 comedias auténticas apenas sobrevivieron 11, más unos 1000 fragmentos preservados gracias a papiros descubiertos y citas de lexicógrafos. ¿No es insólito? Se perdieron las 101 comedias de Dífilo de Sínope, las 100 comedias de Eubulo de Atenas y las 250 comedias de Alexis de Turi.

Todos los escritos de los cínicos, los pirrónicos, los escépticos y los estoicos se redujeron a una miscelánea fragmentaria. Tampoco tuvo suerte Zenón de Citio, quien escribió una República que era más leída que la de Platón. De los más de 500 libros de Crisipo de Solos, sólo hay fragmentos.

Como si no bastara, desaparecieron los 30 libros de las Memorias del historiador Arato de Sición, acaso el inventario de detalles más extravagantes sobre el mundo antiguo. No leemos nada, salvo unos minúsculos segmentos, de los nueve mil quinientos versos que escribió Arctino de Mileto. Al menos 13 libros de Píndaro se han perdido.

De las 500 tragedias de Prátinas de Fliunte, sólo existen fragmentos. Las 250 tragedias de Astidamas se han perdido. Y qué decir del prestigioso Aristarco de Samos, astrónomo y matemático que midió la tierra y escribió decenas de tratados sobre diversos tópicos, hoy inexistentes Puede parecer increíble, pero hay más de cien libros perdidos de Plutarco de Queronea. Según el Catálogo deLamprias, de 227 obras en 278 rollos únicamente se conservan 83 obras en 87 rollos.

De Espeusipo de Atenas, que reveló los secretos de su tío y maestro Platón, no ha quedado una sola obra completa. El reconocido Duris de Samos, favorito de los públicos cultos de Grecia, se ha reducido a un montón de párrafos y frases sueltas. Los 47 libros de las Memorias Históricas de Estrabón de Amasia, autor de la Geografía, se perdieron totalmente. Es una verdadera lástima que se hayan perdido los escritos de Beroso de Belos. Hoy quedan apenas epítomes y fragmentos de su monumental Historia de Babilonia (escrita hacia 280 a.C, en 3 libros divididos en tres períodos).

Esta lista, como puede suponer el lector, es extensa (yo he compilado tres tomos de 2.000 páginas cada uno), abrumadora, opresiva. El número de obras que hemos perdido en accidentes, desastres, quemas o por la indiferencia es incalculable.

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