Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 6, 2008

Fernando Báez. Historia universal de la destrucción de libros.

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Ediciones Destino, 2004. 386 páginas.

Fernando Báez, Historia universal de la destrucción de libros
Bibliotecas devastadas

Para un amante de los libros que además ha sufrido en sus propias carnes el incendio de su biblioteca, leer este libro se aproxima mucho al masoquismo. Hasta el punto que ya había visto este libro hace tiempo en la sección de novedades de una biblioteca y lo dejé pasar. Pero se repitió el encuentro en mi nueva biblioteca y esta vez decidí llevármelo.

Es totalmente imposible resumir un libro que ya es una condensación de más de cinco mil años de historia. Desde que el hombre ha plasmado su pensamiento y su cultura en algún soporte, ha habido alguien que se ha dedicado a destruirlos. Y este libro hace un minucioso y doloroso recorrido por toda la historia, en un curioso círculo que empieza en Sumeria, en el 3300 antes de cristo y acaba en Irak, en pleno siglo XXI.

El argumento siempre es parecido. Alguien, en alguna ciudad, empieza a hacer una biblioteca. Mediante el esfuerzo de mucha gente se va ampliando, recogiendo manuscritos y formando parte importante del saber de la época. Entonces viene algún agente que la destruye completamente, haciendo desaparecer en muchas ocasiones libros y documentos únicos, que sólo conocemos por referencias en otros escritos. Por poner el ejemplo más característico en la biblioteca de Alejandría se perdieron alrededor de 500.000 rollos de papiro.

A grandes rasgos podemos calificar a los causantes de estas catástrofes en dos grupos: las catástrofes naturales y las humanas. Terremotos e inundaciones han destruído muchas bibliotecas, pero es el fuego el principal enemigo de los libros. En el incendio de Londres de 1666 perecieron muchas personas y desaparecieron también muchos libros. El Escorial ardió en 1671 y desaparecieron para siempre muchos códices únicos. Tampoco hay que despreciar la labor destructiva de ratas, insectos y hongos que han causado estragos en bibliotecas mal cuidadas.

Pero mucho peor son las causadas por la mano humana, que también pueden dividirse en dos grupos. En el primero podrían incluirse las destrucciones producidas en saqueos o guerras, donde los libros son víctimas colaterales. En Irlanda los monjes hicieron una importante labor recuperando libros y leyendas antiguas. Hasta que venían los vikingos, y arrasaban monasterios y libros. En las guerras la cosa es peor: la destrucción de edificios lleva aparejada la destrucción de los libros que contienen, y el paso de las tropas conlleva el uso de libros como combustible y la expoliación para su venta. El autor acaba el libro con su experiencia en Bagdag tras la guerra de Irak, y les aseguro que es algo espeluznante.

En el segundo grupo está la destrucción de libros por motivos ideológicos. Que una panda de vikingos no sepa apreciar el valor de un manuscrito me parece una desgracia, pero comprensible. Casi se pueden englobar dentro de las fuerzas de la naturaleza. Pero que alguien que conoce la valía de la cultura se empeñe en destruirla me pone la carne de gallina. La lista es interminable. La destrucción de la biblioteca de Alejandría se la disputan los romanos, los árabes y los primeros cristianos. De lo que no hay duda es de que estos últimos asesinaron a Hipatia, hija del bibliotecario de Alejandría. Shi Huandi, el constructor de la muralla china, ordenó quemar todos los libros,menos los que se ocuparan de agricultura, medicina o profecía. Un emir proclamó del conocimiento que si está en el Corán es supérfluo y si no está es pecado, así que podían destruirse todos los libros. Fray Juan de Zumárraga hizo una hoguera con todos los escritos e ídolos de los mayas. La destrucción fue tal que apenas tenemos libros de esa cultura. La inquisición se puso las botas quemando herejes y libros, y la iglesia católica ha tenido siempre el índice de libros prohibidos.

Tales atrocidades no son exclusivas de la antigüedad; el siglo XX tiene un historial muy negro. La primera y la segunda guerra mundial dejaron una estela de destrucción de libros. La guerra civil española no fue a la zaga, y la represión y censura posteriores aniquilaron una gran parte de la vida intelectual de España. El holocausto nazi fue precedido por un bibliocausto que hizo cierta la frase de Heine de que allí donde queman libros, acaban quemando hombres. La censura puritana puso en la picota a Joyce y Nabokov, y la caza de brujas de McCarthy provocó similares reacciones. El fanatismo religioso tuvo en peligro a Salman Rushdie. Las numerosas dictaduras en todo el mundo han provocado la persecución de autores y libros.

Mejor me detengo aquí o se me pondrá mal cuerpo. Pueden encontrar otra reseña en Sinrazones de la historia. Un libro duro, que retrata con claridad lo bestias que somos.

Escuchando: Hormigón, Mujeres Y Alcohol. Ramoncín.


Extracto:[-]

Es difícil separar lo perdido y destruido en la historia de los libros, porque en ocasiones las obras se han perdido debido a su destrucción o han sido destruidas porque simplemente desaparecieron. En todo caso, los textos ya no existen, y, salvo el milagro de un hallazgo en una tumba o en un depósito, hay pocas probabilidades de recuperar cientos de miles de escritos desaparecidos en la antigüedad.

Baste señalar que de las 120 obras incluidas en los catálogos del prestigioso Sófocles, hoy sólo existen 7 en estado íntegro y cientos de fragmentos.’3 Safo de Lesbos,54 la gran poetisa, dejó una obra compilada en 9 libros, pero hoy sólo tenemos dos odas casi completas y meros fragmentos. Los 5 libros de Corina de Tanagra, la segunda poetisa relevante en la poesía griega, competidora de certámenes donde venció a Píndaro, hoy está reducida a un grupo de fragmentos incoherentes. De las 82 tragedias de Eurípides sólo tenemos 18, un drama de Sátiros y abundantes citas.

Y este horror es todavía mayor. Todos los presocráticos y todos los sofistas están en fragmentos. Siempre resultará sorprendente que no hayamos conservado Sobre el no ser o Sobre la naturaleza de Gorgias de Leontini, donde probó que nada existe.

La pérdida de textos se extiende a todos los períodos de la literatura, ciencia y filosofía de Grecia. Citado por Platón, admirado por Sócrates, Agatón de Atenas, poeta trágico, escribió obras de una perfección casi compulsiva, pero hoy no existen, salvo en la forma de débiles fragmentos. Los Partenion, una colección de poemas en 6 li-
bros, escritos por Alemán de Sardes, se perdieron. Un encantador texto suyo —número 40 de la antología de Page—, repetidas veces citado, expresa: «Yo conozco el canto de todos los pájaros».

Un caso particularmente delicado es el de Aristófanes de Atenas, el comediógrafo. De 40 comedias auténticas apenas sobrevivieron 11, más unos 1000 fragmentos preservados gracias a papiros descubiertos y citas de lexicógrafos. ¿No es insólito? Se perdieron las 101 comedias de Dífilo de Sínope, las 100 comedias de Eubulo de Atenas y las 250 comedias de Alexis de Turi.

Todos los escritos de los cínicos, los pirrónicos, los escépticos y los estoicos se redujeron a una miscelánea fragmentaria. Tampoco tuvo suerte Zenón de Citio, quien escribió una República que era más leída que la de Platón. De los más de 500 libros de Crisipo de Solos, sólo hay fragmentos.

Como si no bastara, desaparecieron los 30 libros de las Memorias del historiador Arato de Sición, acaso el inventario de detalles más extravagantes sobre el mundo antiguo. No leemos nada, salvo unos minúsculos segmentos, de los nueve mil quinientos versos que escribió Arctino de Mileto. Al menos 13 libros de Píndaro se han perdido.

De las 500 tragedias de Prátinas de Fliunte, sólo existen fragmentos. Las 250 tragedias de Astidamas se han perdido. Y qué decir del prestigioso Aristarco de Samos, astrónomo y matemático que midió la tierra y escribió decenas de tratados sobre diversos tópicos, hoy inexistentes Puede parecer increíble, pero hay más de cien libros perdidos de Plutarco de Queronea. Según el Catálogo deLamprias, de 227 obras en 278 rollos únicamente se conservan 83 obras en 87 rollos.

De Espeusipo de Atenas, que reveló los secretos de su tío y maestro Platón, no ha quedado una sola obra completa. El reconocido Duris de Samos, favorito de los públicos cultos de Grecia, se ha reducido a un montón de párrafos y frases sueltas. Los 47 libros de las Memorias Históricas de Estrabón de Amasia, autor de la Geografía, se perdieron totalmente. Es una verdadera lástima que se hayan perdido los escritos de Beroso de Belos. Hoy quedan apenas epítomes y fragmentos de su monumental Historia de Babilonia (escrita hacia 280 a.C, en 3 libros divididos en tres períodos).

Esta lista, como puede suponer el lector, es extensa (yo he compilado tres tomos de 2.000 páginas cada uno), abrumadora, opresiva. El número de obras que hemos perdido en accidentes, desastres, quemas o por la indiferencia es incalculable.

enero 16, 2008

Eduard Mira. Les tribulacions d’un espia vell.

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Ediciones Destino, 2006. 192 páginas.

TribulacionesEspia
Imaginando Canterbury

Encontré este libro en la sección de novedades de la biblioteca. No conocía ni al libro ni al autor, pero leí el argumento en la contraportada y me entró tal gusanillo que me lo tuve que llevar.

Chaucer y su ayudante Corbino reciben una carta cifrada de un antiguo adversario y ahora amigo, Eleazar de la Cavallería. En la carta se relatan los terribles asaltos a las juderías de Mallorca y Barcelona.

Me ha costado mucho leer este libro porque está escrito en un catalán bastante rebuscado y mi competencia lingüística deja bastante que desear. Ha sido un monte difícil de escalar, pero lo he conseguido. ¿Cómo está el libro? Bien escrito, bien armado, interesante y poco más. Me explico. Hay libros malos, regulares, buenos y excelentes. Y luego hay libros que no están mal pero no te encienden la llamita. Como éste.

La falta de un argumento consistente y la inclusión de un cuento sobre una rata que se transforma en un humano algo pesadillo pueden ser las causas. En cualquier caso no ha sido una lectura desaprovechada y me he quitado la espina de conocer la historia.

Escuchando: Los maestros cantores de Nuremberg. Wagner.


Extracto:


Queia la nit entre recordances i memòries. El sol rasant començava ja a daurar les aigües quietes del Tàmesi, a retallar els perfils més eixerits de la llunyana capital: l’enlairada agulla de la catedral de Sant Pau, el campanar de Santa Maria de l’Arc, Sant Gregori el Gran, les torres de mil esglésies i capelles…les boiroses randes de pedra de l’abadia deWest-minster,les moles dels palaus, els oms frondosos vora el torrent de la Flota, l’ombrívol passeig del Strand, la Creu de Charing… De la nostra casa de Greenwich estant, podíem endevinar tota aquesta meravella. Cantava ja una òliba entre els fullatges, acomiadant el dia.

A mesura que s’allunyava la claror, el rostre de mossèn Godofred Chaucer anava omplint-se també de foscúria. Trigà molt a tornar a dirigir-me la paraula. Les alegres pu-tes de Southwark, que ell havia acaronat segurament amb la pensa, feia temps que se li havien acomiadat. Pensaments tèrbols i melangies ocupaven el seu lloc.

—Vella, vella Anglaterra que ha marxat! —sospirà a la fi, pensant, probablement, en aquells dies que ell havia conegut tan bé i en els quals els arquers plebeus d’Anglaterra batien, a Crecy i a Poitiers i braç a braç amb els nobles, la parençosa cavalleria aristocràtica francesa i retornaven als seus obradors i masos carregats amb el botí i el producte del rescat dels presoners que havien fet, en aquells dies de bonança per tots compartida—. Raó no mancava a Lang-land en enyorar un món on cadascú vetlés pels seus congèneres armat de caritat cristiana i temor de Déu —proferí de sobte amb veu opaca. També mossèn Joan Gower es plany amargament, amb rima molt més bona que no la de Langland, de les perversions que recorren Anglaterra com rossins del caos—. Què ens han ofert els nous temps? Senyors cruels i àvids, prínceps criminals, parlaments mesquins i malignes, avarícia, ira i enveja, prebendes i diners mal guanyats.

«Què se n’ha fet, del bon rei Eduard III, que en la pau de Déu siga i que, en arribar a la vellesa, perdé tota majestat a mans de la seua àvida amistançada? Què se n’ha fet, del bell, el valent, el cobejat, el gentil infant Eduard, príncep de Gal•les, consumit i mort per la disenteria que va contraure combatent pel rei Pere de Castella a Nàjera? Què es féu de tant galant? Què fou de tanta invenció?», em vaig dir com fent-li eco, puix, si bé no m’atreví a interrompre les seues cavil•lacions, m’ufanava d’adonar-me de com era jo també capaç d’emprar un to que els antics anomenaven elegíac, segons m’havia explicat el meu amo. «Força em tem, però, que qualsevol temps passat no haja estat millor que el nostre. Simplement ens agafa amb més alè, menys xacrosos, oi, mossèn Godofred?», hauria volgut dir-li a plena veu.

—Les grans dames de la cort han anat finant l’una darrere l’altra: la bona reina Felipa; la bella Joana de Kent, estimada esposa del príncep Eduard; Na Blanca de Lancaster, primera muller que fou d’En Joan de Gant i a qui vaig dedicar jo el Llibre de la duquessa…—continuà sospirant el meu amo—. Llàstima que la pesta no se’ns endugués a tots! La gran pestilència del quarantà-vuit; més pesta, l’any seixanta-u; més, el seixanta-vuit i el seixanta-nou; i, no fa encara un parell d’anys,la del noranta. I nosaltres ací… i caldejant.

diciembre 17, 2007

Josep Pla. La calle estrecha.

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Ediciones Destino, 1982. 274 páginas.

Josep Pla, La Calle Estrecha
Tierno microscopio

El único libro que había leído de Josep Pla hasta ahora me impactó tan poco que ni siquiera recuerdo el título. Pero es un autor tan aclamado que tenía que seguir insistiendo. Por suerte.

El libro está escrito, en palabras del autor, con la técnica del espejo. Un reflejo de una parte de la sociedad. En este caso los personajes que pueblan la calle estrecha de un pueblo provinciano donde el protagonista ha recalado para ejercer como médico.

Vaya si tenían razón los que alababan a Josep Pla. Cualquiera puede describir la vida de un pequeño pueblo, pero muy pocos tienen el talento para meter dentro a toda la humanidad. Los libros de este tipo muchas veces se disfrutan también por la parte de crónica de otras culturas o de otros tiempos. En este caso la crónica es lo de menos: el buen hacer es lo más importante.

Me ha gustado tanto que ya me he comprado El quadern gris; en catalán, para que no me riñan. Un libro excelente.

Escuchando: Tracks and Lines. Eric Clapton.


Extracto:[-]

No teniendo nada más urgente que hacer, he ido a dar una ojeada a la calle Estrecha.

Cuando Torrelles tenía murallas, una de las puertas del recinto se abría frente a poniente. Todavía es visible un vestigio de torre que confirma el hecho. En esta puerta se iniciaba un camino que después de ondular por la parte más llana y rica del término va a parar hacia las masías escalonadas sobre la cumbre. A partir del cinturón de la muralla, de un lado a otro de este camino se construyeron unas casas que forman la actual calle Estrecha. Casi todas ellas pertenecen al siglo xvm y responden, más que al refinado gusto del siglo, a una concepción un poco abdominal de la solidez. Pero últimamente han sufrido tantas reformas y modificaciones que exteriormente son imposibles reconocerlas. Solamente les queda el alero, la oreja baja del tejado que parece estar hecha a propósito para que debajo hagan sus nidos los vencejos y golondrinas.

Hoy en día la calle Estrecha queda comprendida en el ensanchamiento que ha sufrido Torrelles. Empieza en la Carretera y termina en la pequeña plaza del Olmo, pero a continuación de esta pequeña plaza hay todavía distintas calles, de manera que se puede muy bien decir que esta calle es de las más céntricas. En la plaza del Olmo — que es vagamente triangular y pequeña — he tratado de ver si encontraba el olmo que sin duda dio el nombre a la plazoleta: pero no he visto ningún árbol y menos todavía un olmo. El camino vecinal que iba a las masías y que se iniciaba en esta pequeña plaza, se ha convertido actualmente en una pequeña carretera provincial. Y como que sospecho que será esta mi carretera, la he seguido hasta las afueras del pueblo y, aunque muy polvorienta, me ha parecido muy bonita.

La calle Estrecha, propiamente dicha, debe tener como máximo unos ciento treinta metros de longitud. Su forma es curvilínea — la misma forma que toma la parte central de una serpiente al arrastrarse por el suelo.

Utilizo la forma de la serpiente por comodidad y al mismo tiempo para hacerme entender. También hubiera podido decir que su trazo se asemeja a las alas de un pájaro cuando las tiene en posición horizontal y tirantes y completamente extendidas; es decir, cuando el pájaro planea. Esta forma evita que desde la entrada de la calle se vea la salida y viceversa, a pesar de ser una calle tan corta. Y todavía es más, pues desde su centro tampoco se ve ni la entrada ni la salida.

En esta calle no he visto, a pesar de mis esfuerzos y buena voluntad, ningún elemento sublime ni pintoresco; tiene una nota de una obviedad indiscutible: realmente es estrecha. En sus dos orillas hay un bordillo de piedra sobre el cual puede circular un ser humano con una evidente facilidad. De todas formas si esta persona fuera muy voluminosa, como aquellos hombres tan gordos que antes se veían con frecuencia por el país y que ahora parece que se hayan marchado al otro mundo por delicadeza, silenciosamente, los bordillos de la calle serían insuficientes. Por el centro de la calle — que está adoquinada con baldosas salpicadas de ojos de culebra — puede circular un carro o una tartana fácilmente.

diciembre 10, 2007

Andrés Trapiello. Las Vidas de Miguel de Cervantes.

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Ediciones Destino, 2005. 370 páginas.

Andrés Trapiello, Las Vidas de Miguel de Cervantes
Por los polvorientos caminos

Si puse a parir Al morir Don Quijote, también de Trapiello ¿no es algo masoca leer este libro? No, porque me lo recomendó mi mujer y me fio.

Poco hay que decir del contenido: una biografía de Miguel de Cervantes. Creo que la escribió para una serie de biografías que se titulaban “Yo, XXX”. Siendo un personaje de tanta enjundia literaria puede que haya muchos cervantistas que se lancen al cuello de Trapiello. Con Francisco Rico mantiene una cordial enemistad, e incluso se atreve a enmendarle la plana al erudito en algún que otro aspecto.

Puede que no sea una biografía canónica, pero si no está escrita desde la erudición, sí lo está desde el cariño y el conocimiento. Lo que la convierte en ideal para todos aquellos que como yo queremos aceercarnos a la vida y milagros del famoso escritor, y que no queremos que los datos hagan excesiva sombra. Doy por olvidado Al morir Don Quijote.

Escuchando: Fiesta. Gianna Nannini.


Extracto:[-]

Es verdad que era una ciudad, o mejor, una sociedad, relajada, a pesar de las graves penas y escarnios que recaían tanto sobre quienes cometieran adulterio como contra aquellos que los consintieran. Con todo, abundaban los casos de engaño, rapto y adulterio. «Travesura», llama Cervantes a un rapto, seguido de violación, en La fuerza de la sangre. Tampoco se le culpe de nada: aunque la palabra tenía entonces acepciones nada juguetonas, siempre veremos, además, a Cervantes ponerse del lado más débil, del lado de la ultrajada.

Del clima, o si se prefiere, del color local, da cuenta el siguiente suceso que Astrana Marín, de crónica de la época, copió en su libro: «En enero de 1565 había tenido lugar en Sevilla un castigo feroz, del que se hablaba aún y se habló por mucho tiempo. Un tabernero, llamado Silvestre de Ángulo, probó ante la justicia las faltas de su mujer con un mulato. Presos los culpables, que permanecieron casi dos años en la Cárcel real, y condenados a muerte, la sentencia determinó que los adúlteros, conforme a la ley, se entregaran al esposo para que hiciese con ellos justicia. Levantóse el tablado en la Plaza de San Francisco, junto a la casa de la Audiencia, dos varas sobre el suelo. Sacaron a los reos de la cárcel el día 19, subieron al lugar de la ejecución e hincáronse de rodillas. El verdugo, con la toca que llevaba la mujer en la cabeza, hizo dos partes y cubrióle los ojos. Toda la inmensa plaza hervía de gente. Llegó Silvestre de Ángulo, seguido de algunos frailes de la Orden de San Francisco y de la Compañía de Jesús, y subió al tablado. Ascendieron también los frailes, postráronse de rodillas delante de Silvestre (con un crucifijo el hermano León), y le rogaron que por la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo perdonara a los culpables. El tabernero, ciego de cólera, los rechazó diciendo que había de lavar con sangre su infamia. Fueron inútiles las súplicas. Sacó su cuchillo de una de las botas que calzaba y, por encima de todos, comenzó a herir primero a la mujer y luego al mulato. Harto de darles puñaladas y de regar de sangre el tablado, iba a descender, cuando un ganapán le gritó desde cerca: “¡El mulato se mueve!”. Volvió el tabernero con una espada y, con horrible crueldad, sació todavía su furor en los cuerpos inertes de aquellos desgraciados. Entonces, sintiéndose satisfecho de su venganza, dio cara a la muchedumbre, se quitó el sombrero con aire triunfal y lo arrojó por la plaza, exclamando: “¡Cuernos fuera!”».

La escena es magnífica y atroz, y Cervantes la aprovechó en el Persiles. En una sociedad así a la gente no le quedaban más que cinco papeles que hacer: o hacía uno de Silvestre, o de adúltera, o de santa, o de novelista. O de mulato. Sin términos medios. Claro, que no se infiere de ello que para que esta sociedad nuestra volviera a conocer buenos novelistas y unos cuantos santos fuese preciso reinstaurar la pena de muerte en las plazas públicas. Sería decir tanto como que para escribir los Diarios de Ernst Jünger hace falta montar dos guerras mundiales.

Vasco Díaz Tanco compuso en 1552 un li,bro en cuyo título resumía él la diversidad de tipos, fortunas y expectativas humanas de la época: Los seys aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. E cómo en España no hay más gentes destas seis personas sobredichas.

noviembre 9, 2007

Lorenzo Silva. La reina sin espejo.

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Ediciones Destino, 2006. 383 páginas.

Lorenzo Silva, La Reina sin Espejo
Barcelona policial

Seguimos con el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro, gracias tato por los regalos. En esta ocasión tienen que encargarse del asesinato de una mujer que han encontrado apuñalada en un pueblo de Zaragoza. La víctima es una conocida periodista casada con un famoso escritor catalán. Deberán ir a Barcelona para poder encontrar la solución del caso.

Como en otras obras con estos protagonistas la trama gira alrededor de los cuerpos policiales. La ubicación geográfica da pie para hablar de los problemas del despliegue de los mozos de escuadra en Cataluña. Aunque madrileño, el autor es bastante diplomático con los temas del idioma. Algo de sensatez y sentido común siempre es de agradecer.

Me está gustando la serie, aunque a veces el lado psicológico de Bevilacqua me parezca un poco artificial. Todavía me queda otro libro por reseñas -aunque debo confesar que no lo encuentro. Y tengo ganas de hincarle el diente a El alquimista impaciente.

Escuchando: Nobody Move Nobody Get Hurt. We Are Scientists.


Extracto:[-]

—¿Estás haciendo proselitismo? —se burló Robles.

—No, yo no me he apuntado. Pero tal vez lo acabe haciendo. Hay que reconocer que se han fajado y han logrado avances. Si no es por ellos nos seguirían aplicando a tacón el Código de Justicia Militar.

—Yo no me apuntaré porque mi instinto gregario está atrofiado desde la infancia —dije, acaso desinhibido por el vino—, y eso me hace sentir de forma atenuada tanto el espíritu de cuerpo como la resistencia frente a ese espíritu. Pero coincido contigo en que han servido para liquidar anacronismos. Lo que no acabo de ver es que se salgan con la suya en la desmilitarización. Los políticos, aunque a veces se esmeren en parecer lo contrario, son listos. Y todos, de todos los colores, siempre han visto la ventaja que es tener a la pandilla del tricornio firmes y en primer tiempo de saludo para comerse lo que nadie más se quiera comer. No es por desilusionarte, pero eso es lo que me parece.

Tena y Chamorro asistían al debate con la contención que su poco grado y acaso también su inteligencia femenina les sugerían. Por ambos caminos, podían llegar a una misma convicción: no merece la pena discutir lo que decidirán otros. Pero es sabido que a los hombres, aquí y en Estambul, nos gusta gastar saliva inútilmente. Después de sopesar en silencio mis palabras, el subteniente hizo su alegato:

—Yo soy de la vieja escuela. Mi padre era guardia. Y mi abuelo. Y mi bisabuelo. Al bisabuelo no lo conocí, pero al abuelo sí, y me imagino si alguien le hubiera dicho que la Guardia Civil iba a dejar de ser militar. Le habría dado una apoplejía. Y a mi padre, tres cuartos de lo mismo. Yo no llegaría a tanto, a fin de cuentas ya he vivido la mayor parte de mi vida en este mundo sin moral y sin principios, pero no me sentiría identificado con una Guardia Civil que no fuera militar. Al final nos haríamos como la pasma, y una vez igualados, nos absorberían ellos a nosotros, y nunca al revés. Para qué mantener rarezas. Todos maderos y a tomar por saco el espíritu de servicio que estableció el carcamal del duque de Ahumada en el punto veintidós de la cartilla.

—De eso cada vez quedará menos por la mutación general de la población —pronostiqué—. Ten en cuenta que ahora hay muchos que no han conocido más sacrificio al llegar a la academia de guardias que quedarse sin jugar con la Play cuando sacaban malas notas.

—Dicho lo cual —continuó Robles—, cómo no vas a entender el descontento de la gente. Mira lo que ha pasado aquí, por ejemplo. Alguien toma una decisión política, que en eso no soy quién para meterme y ellos son los que disponen: fuera la Guardia Civil y ahora vengan los Mos-sos d’Esquadra. Pues muy bien, si hay que dar autonomía y eso es lo moderno, pues de puta madre. Pero nadie piensa en toda la gente que tiene que moverse de golpe, con sus familias, cuando muchos ya lo tenían todo montado aquí. Y no creas que les dan facilidades. Pide destino y búscate la vida, y si tu mujer trabaja, que pierda el empleo o pasáis a vivir a cientos de kilómetros el uno del otro y os las apañáis como podáis. Eso es lo malo de la Guardia Civil, que con ese jodido prurito de obedecer y no rechistar nunca, acaba siendo más madrastra que madre para los suyos. Por eso a nadie le sorprenderá que el que sepa catalán se pase a los Mossos y le diga ahí te quedas. Algunos de los mejores de los míos lo han hecho. Y no marchan nada mal. Con la experiencia y la costumbre de tragar que tienen, van en moto.

—¿Tienes algún buen amigo en los Mossos? —le pregunté.

—Yo tengo buenos amigos hasta en el infierno, que nunca se sabe. Y en los Mossos, lo que quieras, desde seguridad ciudadana hasta policía judicial. Que en todos los negociados se han colocado chavales de los que yo he criado a mis pechos y que me siguen respetando.

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