Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 15, 2012

Roald Dahl. La Venganza es Mía S.A.

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Roald Dahl, La Venganza es Mía S.A.
Edhasa, 1992. 180 páginas.
Trad. Flora Casas.

¡Que abandonado tengo a Dahl! Como lo devoré en mi juventud ya no le hago hueco en mis lecturas. Mal hecho. Este volumen, encontrado gratis o casi, me trae nostalgia de su talento satírico. Un libro con los siguientes cuentos:

La venganza es mía, S.A.
El mayordomo
El señor Botibol
El desratizador
Rummins
El señor Hoddy
El señor Feasey
El campeón del mundo

De la extravagante idea de montar una empresa dedicada a ofrecer venganzas varias (puñetazo, ojo morado…) hasta como cazar faisanes a lo grande con un método original, las situaciones desternillantes se suceden unas a otras. Y los finales nunca son los esperados.

Una interesante reflexión sobre posibles inspiraciones aquí: ¿Influyó Catulle Mendès en Roald Dahl? .

Tengo que volver a Roald Dahl.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (258/365)

Extracto:
LA VENGANZA ES MÍA S.A.

Estimado…………………………..

Seguramente habrá visto el calumnioso ataque, sin que mediara provocación alguna, que el periodista ……………………… ha desatado contra su persona en el pe­riódico de hoy. Sus insinuaciones son escandalosas, una deformación deliberada de la verdad.

¿Está usted dispuesto a consentir que un miserable provocador le insulte de esa forma sin hacer nada?

Todo el mundo sabe que los norteamericanos no permi­ten que se les insulte en público o en privado sin que ello provoque su justa indignación y sin que procuren —mejor dicho, exijan— una compensación adecuada.

Por otra parte, es natural que un ciudadano de su po­sición y reputación no desee verse envuelto personalmente en este sórdido asunto, ni tener el menor contacto directo con persona de tal calaña.

¿Cómo, entonces, puede reparar la afrenta? La respuesta es sencilla. LA VENGANZA ES MÍA, SOCIEDAD ANÓNIMA, lo hace por usted. Nos comprometemos a infligir en su nombre, con absoluta discreción, un castigo individual al periodista ………………… y a este fin sometemos respetuosamente a su consideración diversos métodos (y precios).

1. Un fuerte puñetazo en la nariz… 500 dólares.

2. Poner un ojo morado…600 dólares.

3. Puñetazo en la nariz y un ojo morado…1000 dólares

3. Colocar una serpiente de cascabel (tras haberle extraído el veneno) en el suelo del coche, junto a los pedales, cuando aparque. 1500 dólares

4. Secuestrarlo con un coche, quitarle la ropa, excepto los calzoncillos, los zapatos y los calcetines, y soltarlo en la Quinta Avenida en una hora punta…2500 dólares.

Estos trabajos serán realizados por profesionales.

Si desea beneficiarse de alguna de estas ofertas, tenga la amabilidad de contestar a LA VENGANZA ES MÍA S. A. (la dirección se indica en la tarjeta adjunta). Si es posible, se le notificará con antelación el lugar y la hora en que tendrá lugar la acción, de modo que, si lo desea, pueda presenciar nuestra actuación desde una prudente distancia que le garantice el ano­nimato.

No tendrá que pagar nada hasta que sus órdenes se ejecuten a su entera satisfacción, momento en que se le en­viará la cuenta por los procedimientos habituales.

marzo 26, 2012

Angela Carter. Caperucitas, Cenicientas y Marisabidillas.

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Angela Carter, Caperucitas, Cenicientas y Marisabidillas
Edhasa, 1992. 356 páginas.
Tit. or. The virago book of fairy tales. Trad. Ángela Pérez.

He empezado a oir hablar bien y mal de Angela Carter, así que decidido a opinar por mi mismo saqué este libro de la biblioteca. Pero mi opinión tendrá que esperar, porque es una recopilación de cuentos tradicionales, no creación propia.

Como el título indica las protagonistas de los cuentos son siempre femeninos, a veces víctimas, a veces verdugos, a veces listas y decididas, otras pasivas. Pero siempre con un punto de vista diferentes y original.

La recopilación me ha gustado mucho, en especial los cuentos de tradición esquimal, llenos de órganos genitales y referencias al sexo sin tapujos. En general cualquier cuento vivo de la tradición tendrá más sexo, crueldad y sangre que las versiones edulcoradas que se han impuesto en la actualidad. Si esto es para bien o para mal el tiempo lo dirá. De momento, como adulto, he disfrutado de estos cuentos de los que les dejo una selección al final.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (208/365)

Cuentos:
El joven de grasa de ballena
(esquimal)
HABÍA una vez una chica cuyo novio se ahogó en el mar. Sus padres no podían hacer nada para consolarla. Y ninguno de los otros jóvenes que la pretendían le interesaba, ella sólo quería al que se había ahogado en el mar. Por último, tomó un trozo de grasa de ballena y le dio la forma de su novio ahogado. Luego talló en ella la cara del novio. El parecido era perfecto.
«¡Ay, ojalá fuera real!», se decía la joven.
Se frotó los genitales con la manteca de ballena, venga y venga a frotarse, y de pronto, la figura de grasa cobró vida. Allí estaba su hermoso novio delante de ella. ¡Qué contenta se puso! Se lo presentó a sus padres, diciendo:
-Como veis, en realidad no se ahogó…
El padre de la chica le dio permiso para casarse. Y se fue con su chico de grasa de ballena a una pequeña cabana de las afueras de la aldea. En aquella cabana a veces hacía muchísimo calor. Y entonces el chico de grasa se sentía cansadísimo. Y le decía:
-Frótame, cariño.
Y la chica le frotaba todo el cuerpo con los genitales. Esto le reanimaba.
Y un día, el chico de grasa fue a cazar focas de piel moteada; el sol pegaba con fuerza. Cuando llevaba ya el kayak a tierra, empezó a sudar. Y según sudaba, se iba encogiendo.
Cuando llegó a la costa, se había derretido la mitad. Salió entonces del kayak y cayó a tierra, convertido en un monton-cito de grasa de ballena.
-¡Qué lástima! -dijeron los padres de la chica-, con lo buen chico que era…
La chica enterró la grasa de ballena bajo un montón de piedras. Y se puso de luto. Se taponó la fosa nasal izquierda. No cosía. No comía huevos de ave marina ni carne de morsa. Visitaba todos los días la tumba de grasa de ballena y hablaba con ella y mientras lo hacía daba tres vueltas a la tumba en la dirección del sol.
Cuando acabó el período de luto, la chica tomó otro trozo de grasa de ballena y empezó a moldearlo otra vez. Y le dio también la forma de su novio ahogado y volvió a frotarse los genitales con la figura cuando la terminó. Y de pronto allá estaba su novio delante de ella diciéndole:
-Frótame otra vez, cariño.

La esposa del labrador rico
(noruego)
HABÍA una vez un labrador rico, que tenía una gran hacienda; la plata le sobraba y tenía además dinero en el banco. Pero sentía que le faltaba algo, pues era viudo. Un día, se prendó de la hija de un vecino que estaba trabajando para él. Y como los padres de la muchacha eran pobres, creyó que no tendría más que sugerir matrimonio y ella aprovecharía encantada la oportunidad. Así que le dijo que había estado pensando en volverse a casar.
-Oh, claro, por pensar, uno puede pensar cualquier cosa —dijo la muchacha, riendo entre dientes.
Y pensó que el viejo asqueroso podría pensar algo más propio de él que casarse.
—Verás —dijo el labrador—, se me había ocurrido que tú podrías ser mi esposa.
—No gracias —dijo la muchacha—. No me atrae mucho la idea.
El labrador no estaba acostumbrado a que le dijeran que no y cuanto menos le quería ella más se empecinaba él en conseguirla.
Como no sacaba nada en limpio, mandó recado a su padre y le dijo que si la convencía de que accediera no tendría que devolverle el dinero que le había prestado y además podría quedarse con el campo que lindaba con su prado.
Pues bien, el padre de la muchacha se dijo que no tardaría mucho en hacerla entrar en razón.
—Todavía es una niña —dijo—. Y no sabe lo que le conviene.
Pero de nada sirvieron sus palabras y halagos. No quería al labrador, ni cubierto de oro hasta las orejas.
El labrador esperaba día tras día. Y al final estaba tan furioso e impaciente que le dijo al padre de la muchacha que si iba a cumplir la promesa, debía hacerlo ya pues no podía seguir esperando.
Al padre no se le ocurrió otra solución que decir al rico labrador que lo dispusiera todo para la boda y que cuando llegaran el cura y los invitados, mandara buscar a la chica sólo como si la llamaran para hacer algún trabajo. Y que cuando llegara, se casaría corriendo con ella sin darle tiempo a reaccionar.
Al labrador rico le pareció bien el plan, así que empezó a destilar, hornear y prepararse para la boda a lo grande. Cuando llegaron los invitados, el labrador llamó a uno de sus mozos y le dijo que fuera corriendo a casa del vecino y le pidiera que enviara lo prometido.
—Pero como no vuelvas inmediatamente —le dijo, amenazándole con el puño-, te…
No le dio tiempo a decir más, pues el mozo salió como un rayo.
-Mi amo quiere que le mandes lo que le prometiste -dijo el mozo cuando llegó a casa del vecino-. Pero tienes que darte prisa porque hoy está apuradísimo.
—Muy bien, corre entonces al prado y llévala, que allí la encontrarás -dijo el vecino.
El mozo salió pitando y cuando llegó al prado, encontró a la hija rastrillando.
—Vengo por lo que tu padre prometió a mi amo —le dijo.
«Ah, vaya, ¿es así como pensáis engañarme?», se dijo la joven.
—¿Eso es lo que buscas? —preguntó al mozo—. Supongo que es nuestra yegüita baya. Tienes que ir por ella. Está atada allí, al otro lado de los arvejos.
El mozo montó en la yegua y volvió a la casa a galope tendido.
—¿La trajiste? —preguntó el labrador rico.
—Abajo a la puerta está —dijo el mozo.
—Súbela a la habitación de mi madre —dijo el labrador.
-¡Cielo santo! ¿Pero cómo? -dijo el mozo.
-Tú haz lo que te mando -dijo el labrador-. Si no puedes solo, que te ayuden —creía que la chica podría causar problemas.
Al ver la cara de su amo, el mozo se dio cuenta de que no valdrían razones. Así que buscó ayuda y bajó corriendo. Tirando unos de la cabeza y empujando otros por detrás, por fin consiguieron hacer subir a la yegua y meterla en la habitación. Allí estaban todas las galas nupciales.
-Bien, ya hice el trabajo, amo -dijo el mozo-, aunque no fue tarea fácil, lo peor que he tenido que hacer en esta hacienda.
—Muy bien, no lo habrás hecho en vano —dijo el labrador-. Ahora di a las mujeres que suban a vestirla.
-Pero, ¡cielo santo! -dijo el mozo.
-Déjate de sandeces -dijo el labrador-. Diles que la vistan y que no olviden el ramo ni la corona.
El mozo bajó corriendo a la cocina.
-¡Escuchadme bien, chicas! -dijo-. Subid inmediatamente y vestid a la yegüita de novia. Supongo que el amo quiere hacer reír a los invitados a la boda.
Así que las mujeres vistieron a la potranca con todas las galas que había en la habitación. El mozo bajó y dijo que ya estaba lista, con ramo, corona y todo lo demás.
-Muy bien, bájala -dijo el labrador-. Yo mismo la recibiré a la puerta.
Se oyó un estruendo espantoso en las escaleras, pues la novia no bajaba precisamente con zapatillas de raso. Pero cuando se abrió la puerta y la novia del labrador rico entró en el salón, hubo muchas risas y guasas.
En cuanto al labrador, tanto le complació su novia que nunca volvió a cortejar.

Un azumbre de sesos
(inglés)
HUBO una vez, por estos lares y no hace tanto tiempo, un tonto que quería comprar un azumbre de sesos, pues siempre andaba metiéndose en líos por su estupidez y todos se burlaban de él. Le dijeron que podría comprar cualquier cosa a la hechicera que vivía en la cima del monte y comerciaba en pócimas, yerbas medicinales, conjuros y todo eso, y que sabía todo lo que te ocurriría a ti o a los tuyos. Así que se lo dijo a su madre y le preguntó si podía ir a ver a la hechicera y comprarle un azumbre de sesos.
—Deberías hacerlo —le dice ella—. Te hace muchísima falta, hijo mío; y si yo me muero, ¿quién cuidaría a un pobre tonto como tú, no más preparado para mirar por ti mismo que un niño nonato?; pero cuida tus modales, hijo mío, y há-blale bien, pues esa gente se molesta por nada.
Conque allá se fue después de cenar, y allí la encontró, sentada junto a la lumbre, revolviendo un gran puchero.
-Muy buenas, señora -dice él-, excelente noche.
-Sí -dice ella, sin dejar de revolver.
-Tal vez llueva -dice él, apoyándose primero en un pie y luego en otro.
—Tal vez —dice ella.
—Y puede que no —dice él, mirando por la ventana.
-Puede -dice ella.
Él se rascó la cabeza y retorció el sombrero.
-Vaya -dice él-, no se me ocurre nada más sobre el tiempo, pero veamos; parece que la cosecha será buena.
-Eso parece -dice ella.
-Y… y… los animales están engordando -dice él.
—Así es —dice ella.
-Y… y… -dice él, y se interrumpe-. Supongo que, cumplidas las cortesías, podemos pasar ya a hablar de negocios. ¿Tienes sesos para vender?
-Depende -dice ella-; si los quieres de rey, o de soldado, o de maestro de escuela, no tengo.
—Oh no —dice él—, yo los de los corrientes, que le sirvan a cualquier tonto, como los de cualquiera de los de por aquí; algo muy corriente.
—Entonces sí —dice la hechicera—, eso podría arreglarlo, siempre que colabores.
-¿Cómo, señora? -pregunta él.
—Pues verás —dice ella, mirando el puchero—: tendrás que traerme el corazón de lo que más quieras y yo te diré dónde conseguir tu azumbre de sesos.
—Pero… —dice él rascándose la cabeza—, ¿cómo lo haré?
-No me corresponde a mí decírtelo -le dice-, ¡averigúalo tú, muchacho, si no quieres ser tonto toda la vida! Pero tendrás que acertar una adivinanza para que yo sepa que lo que me traes es lo apropiado y los sesos que te corresponden. Y ahora tengo otra cosa que atender -le dice-, así que buenas noches.
Y dicho esto, desaparece al fondo con el puchero.
El tonto volvió a casa y le explicó a su madre lo que le había dicho la hechicera.
-Así que supongo que tendré que matar al cerdo -le dice—, pues el tocino es lo que más me gusta.
—Pues hazlo, hijo mío —le dijo la madre—, pues de se-
guro será extraño y bueno para ti poder comprar un azumbre de sesos y poder mirar por ti mismo.
Conque mató el cerdo y a la mañana siguiente fue a la casita de la hechicera; la encontró sentada, leyendo un gran libro.
-Buenas, señora -le dice-. Te traigo el corazón de lo que más me gusta. Lo he dejado envuelto en papel en la mesa.
—¿Sí? —dice ella, mirándole a través de los lentes—, pues a ver, dime, ¿qué es lo que corre y no tiene pies?
Él se rascó la cabeza, y caviló y caviló, pero nada, no lo sabía.
-Márchate, lo que has traído no es lo que me tenías que traer. Hoy no hay sesos para ti —le dice ella, cerrando de golpe el libro y dándole la espalda.
Así que el tonto volvió a contárselo a su madre.
Pero cuando ya estaba llegando a casa, salió corriendo la gente a decirle que su madre estaba agonizando.
Y cuando entró, su madre le miró y sonrió como dando a entender que ya podía morir tranquila, pues él ya había conseguido juicio suficiente para cuidarse. Y luego murió.
Él se sentó, y cuanto más pensaba en ello peor se sentía. Recordó cómo le había cuidado su madre cuando era un mocoso esmirriado y le había ayudado con las lecciones y preparado las comidas y remendado sus trapos y soportado pacientemente su idiotez; y se sintió cada vez más triste y empezó a sollozar y lamentarse.
-Ay madre, madre -dice- ¡quién me cuidará ahora! ¡No deberías haberme dejado solo porque tú eras lo que yo más quería en el mundo!
Y al decir esto, recordó las palabras de la hechicera. -¡Oh!, vamos -dice-, ¿tendré que llevarle el corazón de
mi madre?
—¡No! No puedo hacerlo —dice—. ¡Qué voy a hacer! ¡Qué haré para conseguir ese azumbre de sesos ahora que estoy solo en el mundo!
Y allí se quedó el pobre cavilando, venga a pensar y a pensar y, al día siguiente, pidió prestado un saco, metió dentro a su madre, se lo echó al hombro y fue a ver a la hechicera.
-Buenas, señora. Creo que esta vez le traigo lo apropiado, seguro —le dice, dejando caer de golpe el saco, plaf, en el umbral de la puerta.
-Quizá -dice la hechicera-. A ver, contéstame, ¿qué es una cosa amarilla y brillante pero que no es oro?
El se rascó la cabeza y caviló y caviló, pero nada, que no lo sabía.
—No has traído lo que me tenías que traer, hijo. ¡No sé si serás más tonto de lo que me pensaba! —le dice ella, cerrándole la puerta en las narices.
—¡Cuidado! —dice él, y se sienta junto al camino, lamentándose así—: ¡He perdido las únicas dos cosas que quería, qué otra puedo encontrar para conseguir un azumbre de sesos!
Y siguió así lamentándose y llorando hasta que las lágrimas se le metieron en la boca. Apareció entonces una muchacha que vivía bastante cerca y se le quedó mirando.
—¿Qué te pasa, tonto? —le dice.
—¡Ay!, que maté a mi cerdo y se me ha muerto mi madre y yo sólo soy un tonto -le contesta él, entre sollozos.
-Lástima -dice ella-, ¿y no tienes a nadie que se cuide de ti?
—No —dice él—. Y no puedo conseguir mi azumbre de sesos porque ya no me queda nada que quiera por encima de todo lo demás.
-¡Pero de qué hablas! -dice ella.

Y se sienta a su lado y él le explica toda la historia de la hechicera, el cerdo, su madre, las adivinanzas y lo de que estaba solo en el mundo.
—¡Bueno! —dice ella—, a mí no me importaría cuidarme
de ti.
-¿Podrías hacerlo? -pregunta él.
-¡Pues claro! -dice ella-; la gente dice que los tontos son buenos maridos y supongo que te soportaré si tú quieres.
—¿Sabes cocinar? —pregunta él.
-Pues claro -dice ella.
-¿Y fregar? -dice él.
—Pues claro —dice ella.
-¿Y remendarme la ropa? -dice él.
-Desde luego -dice ella.
—Supongo que lo harás tan bien como cualquiera —dice él—; pero, ¿qué haré con la hechicera?
—Bueno, espera un poco —dice ella—, ya se me ocurrirá algo; no importa que seas tonto, mientras me tengas a mí
para cuidarte.
—Es verdad —dice él; así que fueron y se casaron. Y ella le tenía la casa tan limpia y ordenada y cocinaba tan bien que una noche él le dijo:
-Chica, estoy pensando que te quiero más que a nada en el mundo en realidad.
-Me encanta oírtelo decir -dice ella-. ¿Y qué más?
-¿No crees que tendría que matarte y llevarle tu corazón a la hechicera para que me dé el azumbre de sesos?
—¡Ni hablar! —dice ella, asustada—. Bueno, yo también quiero que tengas tu azumbre de sesos. Pero mira, ¿no le sacaste el corazón a tu madre, a que no?
—No; pero a lo mejor si lo hubiera hecho hubiera conseguido mi azumbre de sesos -dice él.
-De eso nada -dice ella-; mira, tú llévame tal como soy, corazón y todo, y te prometo que te ayudaré a acertar las adivinanzas.
-¿Sabes? -dice él, vacilante-; supongo que son muy difíciles para las mujeres.
-Bueno -dice ella-, veamos. Dime la primera.
-¿Qué es una cosa que corre y no tiene pies? -dice él.
—¡Toma!, pues el agua —dice ella.
—¡Es verdad! —dice él, rascándose la cabeza.
-¿Y qué es una cosa amarilla y brillante pero que no es oro?
—¡Anda!, pues el sol —dice ella.
-¡Es verdad! -dice él-. Vamos, iremos ahora mismo a ver a la hechicera.
Y allá fueron. Y cuando llegaron arriba, la encontraron sentada a la puerta trenzando hierbas.
-Muy buenas, señora -dice él.
-Buenas, tonto -dice ella.
—Creo que al fin he traído lo que tenía que traer —dice él. La hechicera les miró a ambos y se limpió los lentes.
—¿Puedes decirme qué es una cosa que al principio no tiene patas, luego tiene dos y luego tiene cuatro?
Y el tonto se rascó la cabeza, caviloso, pero nada, que no lo sabía.
La chica le susurró al oído:
-El renacuajo.
—Podría ser tal vez el renacuajo, señora —dice él. La hechicera asintió.
—Eso es —le dice—. Has conseguido tu azumbre de sesos.
—¿Dónde está? —pregunta él mirando a su alrededor y palpándose los bolsillos.
-En la cabeza de tu esposa —le dice ella—. El único remedio para un tonto es una buena esposa que le cuide, y eso es lo que tienes tú, así que buenas noches a los dos.
Y dicho esto, les saludó con la cabeza, se levantó y entró
en la casa.
Conque ellos se fueron a casa juntos y él nunca volvió a necesitar comprar un azumbre de sesos, pues su esposa tenía juicio suficiente para ambos.

marzo 20, 2012

Pinin Carpi. La isla de los cuadrados mágicos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 10:37 pm
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Pinin Carpi, La isla de los cuadrados mágicos
Edhasa,1980. 32 páginas.

En el cole de la nena han tratado al pintor Paul Klee y en la biblioteca tenían este libro, un cuento a través de los cuadros del mismo.

Un pescador se pierde en el mar y guiado por un pez aparece en la isla de los cuadrados mágicos, gobernada por un mago poderoso y tirano cuyo pueblo sólo se podrá librar de él gracias a una profecía.

Normalmente un cuento cuenta con un ilustrador que le pone imágenes, aquí el proceso es al revés, el autor ha seleccionado algunos cuadros de Klee y ha construido una historia alrededor de ellos. Una manera de acercar el arte a los más pequeños original y eficaz.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (202/365)

El mago:

Aquí trabajaron con el cuento: La isla de los cuadrados mágicos.

P.D. Esta orientación está consiguiendo que mi hija abandone la figuración por el expresionismo abstracto, ya tan joven.

noviembre 22, 2010

Arthur C. Clarke. Relatos de diez mundos.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 2:23 pm
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Editorial Edhasa (Nebulae), 1979. 250 páginas.
Tit. Or. Tales of ten worlds. Trad. Ingrid Tempel de Graelis.

Arthur C. Clarke, Relatos de diez mundos
Caminando por el espacio

Otro autor famoso que, como Asimov, es muy famoso pero a mi no me apasiona. También leo sus relatos con placer, pero no es de mis preferidos. El libro es una colección de los siguientes relatos:

Recuerdo a Babilonia
Verano en Icaro
Fuera de la cuna, para siempre en órbita…
¿Quién está ahí?
Odio
En el cometa
Una mona en la casa
La salida de Saturno
Hágase la luz
La muerte y el senador
Problemas de horario
Antes del Edén
Un ligero caso de insolación
Perra estrella
El camino al mar

Me gusta más cuando se pone lírico (La muerte y el senador, sobre las posibilidades de curar enfermedades en el espacio) que cuando es más cotidiano (Odio, sobre un pescador de perlas que descubre una cápsula hundida), aunque su mejor registro está en sus fundamentadas visiones del futuro (equivocadas en años, pero que más tarde o más temprano re harán realidad: La salida de Saturno, un empresario con mucha visión de futuro). Destacables son sus incursiones en el humor (Hágase la luz, de la colección de la taberna del ciervo blanco o incluso En el cometa, como salir de una situación imposible: la pérdida de los ordenadores).

En general se leen con gusto.

Descárgalo gratis:

Arthur C Clarke – Relatos de Diez Mundos.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Steelman se sentía muy aliviado ahora que ya se sabía la noticia. La compasión de sus enemigos no era tan dura de aceptar como había temido, ya que de la noche a la mañana había dejado de tener enemigos. Hombres que no le habían hablado en años, excepto para injuriarlo, enviaron mensajes de indudable sinceridad. Viejas peleas se evaporaron, o resultaron estar fundadas en malentendidos. Era una pena tener que morir para aprender esas cosas…

También aprendió que, para un hombre público, morir era un trabajo agotador. Había que nombrar sucesores, aclarar confusiones legales y financieras, concluir asuntos de estado y partidarios. La labor de una vida enérgica no podía terminar repentinamente, como una luz eléctrica que se apaga. Era asombrosa la cantidad de responsabilidades que había contraído, y lo difícil que era desligarse de ellas. Nunca le había resultado fácil delegar el poder (un defecto fatal, habían dicho muchos críticos, en un hombre que deseaba ser Jefe del Ejecutivo), pero ahora tenía que hacerlo, antes
de que se le escapara para siempre de las manos.

Era como si se le estuviera acabando la cuerda a un gran reloj, y no hubiera nadie para dársela de nuevo. Mientras regalaba sus libros, leía y destruía viejas cartas, cerraba cuentas y archivos inservibles, dictaba instrucciones finales y escribía notas de despedida, tenía a veces una sensación de completa irrealidad. No sentía dolor; nunca hubiese adivinado que no le quedaban años de vida activa por delante. Solamente unas pocas líneas en un cardiograma se interponían entre él y su futuro, como un gigantesco obstáculo. O como una maldición, escrita en un lenguaje extraño que sólo los médicos podían leer.

Ahora, Diana, Irene o su marido, llevaban los niños a verlo casi todos los días. En el pasado nunca se había sentido cómodo con Bill, pero eso, lo sabía, había sido culpa suya. No podía esperar que un yerno reemplazara a un hijo, y era injusto culpar a Bill por no estar hecho a imagen de Martin Steelman, hijo. Bill tenía su propia personalidad; había cuidado de Irene, la había hecho feliz, y era un buen padre para sus hijos. Que careciera de ambición era un defecto —si de veras se lo podía llamar así- que el senador estaba dispuesto a perdonar.

Podía pensar incluso, sin dolor ni amargura, en su propio hijo, que había transitado por este camino antes que él, y que ahora yacía —una cruz entre muchas— en el cementerio de las Naciones Unidas de Ciudad del Cabo. Nunca había visitado la tumba de Martin; cuando tuvo tiempo los hombres blancos no eran populares en lo que quedaba de África del Sur. Ahora, si lo deseaba, podía ir, pero no sabía si sería justo atormentar a Diana con semejante misióa Sus propios recuerdos no lo molestarían por mucho tiempo más, pero ella quedaría con los suyos.

octubre 30, 2009

Vonda N. McIntyre. Torrente de fuego.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 8:55 am
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Editorial Edhasa, 1981. 288 páginas.
Tit. Or. Fireflood and other histories. Trad. César Terrón.

Vonda N. McIntyre, Torrente de fuego
Lazos humanos

Uno de los libros que menos me han gustado desde que empecé con el Cuchitril fue La luna y el sol, de esta autora. No es masoquismo darle otra oportunidad; hasta el mejor maestro echa un borrón y cualquiera puede tener un mal día.

Por ser un libro de relatos es fácil que alguno guste más que los otros y salve la colección. La lista es la siguiente:

Torrente de fuego
De Niebla, Hierba y Arena
Espectros
Alas
Las montañas del ocaso, las montañas del alba
El principio del fin
Tapón Roscado
Sólo de noche
Recourse, Inc
Los monstruos del genio
Aztecas

Muchos ya los había leído en otras antologías o en la revista Nueva Dimensión. No me han parecido malos, pero no son de mi estilo. El único que me ha gustado -ya lo hizo en su momento- fue De Niebla, Hierba y Arena. El de Aztecas, que es muy famoso, siempre lo he considerado un poco simple; con dormir en camas separadas se solucionaría el gran problema que es el núcleo de la trama.

Relatos centrados en los problemas de las relaciones personales en mundos fantásticos y futuros lejanos. Sigue sin entrarme la autora, pero no agrede al cerebro.

Descárgalo gratis (es otra obra de la autora):

Mcintyre, Vonda – Serpiente del sueño .pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

La pasarela se detiene. Me vuelvo, ando dos pasos, y me deslizo en el asiento de mi tablero. El miedo que me afecta todos los días llega a más profundidad. He tratado de evitar el casco otras veces, y he aprendido a no hacerlo más. El casco absorbe mi cabeza y aisla las sombras de mi vista. Las sondas se estiran y tocan las cavidades metálicas que reemplazan a mis ojos. Retrocedo, pero no puedo apartarme. Las sombras penetran, y los esquemas comienzan.

Trabajo duro. Hago mi tarea. Contemplo los esquemas de oscuridad y luz y hago lo que me indican. Pero deseo ver el día otra vez.

El cielo y los árboles es lo que más recuerdo. Los árboles rozaban sus puntas en un fondo azul, alrededor de toda nuestra casa. La corteza era rugosa y las agujas blandas y agudas. Cuando yo trepaba por los árboles mis manos se ponían pegajosas con una resina dorada que dejaba el olor de la siempreviva en mis dedos. El cielo era del color de los ojos de mi madre (me pregunto si a ella también se los habrán sacado). Sólo una vez vi el final del cielo, cuando caminé hasta muy lejos y el bosque cesó. Yo era muy joven. Estuve al borde de un peñasco acompañado por el viento y el sol. Y vi que el cielo terminaba en una enturbiadora nube de color amarillo y castaño. Corrí hacia casa, llorando, con lágrimas reales de gusto salado en mi lengua, lágrimas que se secaban y se ponían rígidas en mi cara. Mi madre me consoló. Dijo que la nube nunca se acercaría más. No volví a pasear en aquella dirección, ni cuando crecí y no debía tener miedo.

Una moderada sacudida eléctrica me impulsa bruscamente a la conciencia. Se ha cometido algún error. Tres de nosotros trabajan en cada serie de esquemas, como un seguro contra errores. Observo otra vez, conscientemente, la imagen de mi cerebro. Hago lo que indica. Mi error es confirmado y corregido. No puedo escapar a mi castigo distrayéndome o preparándome. El castigo va traqueteando a través de mí, y mis dedos se cierran. No es demasiado fuerte esta vez, pero si me equivoco de nuevo será peor. Creo que es porque saben que a veces cometo errores a propósito. Los otros dicen que jamás cometen errores. No lo creo. Odio estos dibujos ridículos. Les costó largo tiempo enseñarme a deducir lo que cada grupo de líneas me indica hacer. Todos los grupos son diferentes, y yo no quería aprenderlos.

Cuando era pequeño podía hacer figuras en la oscuridad apretando los dedos contra las comisuras de los ojos. Surgían todos los colores, los que están en los arcoiris (es tan difícil recordar los arcoiris… ¿Qué había arriba? ¿El violeta o el rojo?) y algunos que no están. Las líneas y círculos mellados y las criaturas ondeantes se movían, bailaban y me hacían compañía por la noche.

Ahora, cuando se supone que estoy dormido, recuerdo a mis compañeros de infancia y toco mis ojos. Siempre confío en que los colores regresarán y en que volveré a ver el día. Es difícil recordar cómo eran realmente los colores. Tengo esperanza, pero toco mis párpados cerrados y no veo nada, y lo que percibo está duro y muerto. Cristales, circuitos y lentes que me permiten resolver bandas oscuras en líneas finas. Todo parece muy importante para ellos. Carece de sentido para mí, y eso me enoja. A veces araño mis ojos por la noche. Sé que no debería hacerlo…

Un día, cuando volvía a casa, oí voces. Oculto por la esquina de nuestra casa, observé. Escuché que llamaban egoísta a mi madre. Decían que no podíamos quedarnos allí por más tiempo. Ella dijo que estaban equivocados y ellos la derribaron a golpes. Yo grité ¡basta! y golpeé en su pecho con mis puños. Me empujaron. Miré al suelo y vi lo pequeña y frágil que era mi madre. Intenté golpearlos otra vez, pero se rieron de mí y también me derribaron a golpes, y cuando desperté me encontraba aquí, y el mundo era sombras grises. Me pregunto qué habrán hecho con mi madre.

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