Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

noviembre 22, 2010

Arthur C. Clarke. Relatos de diez mundos.

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Editorial Edhasa (Nebulae), 1979. 250 páginas.
Tit. Or. Tales of ten worlds. Trad. Ingrid Tempel de Graelis.

Arthur C. Clarke, Relatos de diez mundos
Caminando por el espacio

Otro autor famoso que, como Asimov, es muy famoso pero a mi no me apasiona. También leo sus relatos con placer, pero no es de mis preferidos. El libro es una colección de los siguientes relatos:

Recuerdo a Babilonia
Verano en Icaro
Fuera de la cuna, para siempre en órbita…
¿Quién está ahí?
Odio
En el cometa
Una mona en la casa
La salida de Saturno
Hágase la luz
La muerte y el senador
Problemas de horario
Antes del Edén
Un ligero caso de insolación
Perra estrella
El camino al mar

Me gusta más cuando se pone lírico (La muerte y el senador, sobre las posibilidades de curar enfermedades en el espacio) que cuando es más cotidiano (Odio, sobre un pescador de perlas que descubre una cápsula hundida), aunque su mejor registro está en sus fundamentadas visiones del futuro (equivocadas en años, pero que más tarde o más temprano re harán realidad: La salida de Saturno, un empresario con mucha visión de futuro). Destacables son sus incursiones en el humor (Hágase la luz, de la colección de la taberna del ciervo blanco o incluso En el cometa, como salir de una situación imposible: la pérdida de los ordenadores).

En general se leen con gusto.

Descárgalo gratis:

Arthur C Clarke – Relatos de Diez Mundos.pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Steelman se sentía muy aliviado ahora que ya se sabía la noticia. La compasión de sus enemigos no era tan dura de aceptar como había temido, ya que de la noche a la mañana había dejado de tener enemigos. Hombres que no le habían hablado en años, excepto para injuriarlo, enviaron mensajes de indudable sinceridad. Viejas peleas se evaporaron, o resultaron estar fundadas en malentendidos. Era una pena tener que morir para aprender esas cosas…

También aprendió que, para un hombre público, morir era un trabajo agotador. Había que nombrar sucesores, aclarar confusiones legales y financieras, concluir asuntos de estado y partidarios. La labor de una vida enérgica no podía terminar repentinamente, como una luz eléctrica que se apaga. Era asombrosa la cantidad de responsabilidades que había contraído, y lo difícil que era desligarse de ellas. Nunca le había resultado fácil delegar el poder (un defecto fatal, habían dicho muchos críticos, en un hombre que deseaba ser Jefe del Ejecutivo), pero ahora tenía que hacerlo, antes
de que se le escapara para siempre de las manos.

Era como si se le estuviera acabando la cuerda a un gran reloj, y no hubiera nadie para dársela de nuevo. Mientras regalaba sus libros, leía y destruía viejas cartas, cerraba cuentas y archivos inservibles, dictaba instrucciones finales y escribía notas de despedida, tenía a veces una sensación de completa irrealidad. No sentía dolor; nunca hubiese adivinado que no le quedaban años de vida activa por delante. Solamente unas pocas líneas en un cardiograma se interponían entre él y su futuro, como un gigantesco obstáculo. O como una maldición, escrita en un lenguaje extraño que sólo los médicos podían leer.

Ahora, Diana, Irene o su marido, llevaban los niños a verlo casi todos los días. En el pasado nunca se había sentido cómodo con Bill, pero eso, lo sabía, había sido culpa suya. No podía esperar que un yerno reemplazara a un hijo, y era injusto culpar a Bill por no estar hecho a imagen de Martin Steelman, hijo. Bill tenía su propia personalidad; había cuidado de Irene, la había hecho feliz, y era un buen padre para sus hijos. Que careciera de ambición era un defecto —si de veras se lo podía llamar así- que el senador estaba dispuesto a perdonar.

Podía pensar incluso, sin dolor ni amargura, en su propio hijo, que había transitado por este camino antes que él, y que ahora yacía —una cruz entre muchas— en el cementerio de las Naciones Unidas de Ciudad del Cabo. Nunca había visitado la tumba de Martin; cuando tuvo tiempo los hombres blancos no eran populares en lo que quedaba de África del Sur. Ahora, si lo deseaba, podía ir, pero no sabía si sería justo atormentar a Diana con semejante misióa Sus propios recuerdos no lo molestarían por mucho tiempo más, pero ella quedaría con los suyos.

octubre 30, 2009

Vonda N. McIntyre. Torrente de fuego.

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Editorial Edhasa, 1981. 288 páginas.
Tit. Or. Fireflood and other histories. Trad. César Terrón.

Vonda N. McIntyre, Torrente de fuego
Lazos humanos

Uno de los libros que menos me han gustado desde que empecé con el Cuchitril fue La luna y el sol, de esta autora. No es masoquismo darle otra oportunidad; hasta el mejor maestro echa un borrón y cualquiera puede tener un mal día.

Por ser un libro de relatos es fácil que alguno guste más que los otros y salve la colección. La lista es la siguiente:

Torrente de fuego
De Niebla, Hierba y Arena
Espectros
Alas
Las montañas del ocaso, las montañas del alba
El principio del fin
Tapón Roscado
Sólo de noche
Recourse, Inc
Los monstruos del genio
Aztecas

Muchos ya los había leído en otras antologías o en la revista Nueva Dimensión. No me han parecido malos, pero no son de mi estilo. El único que me ha gustado -ya lo hizo en su momento- fue De Niebla, Hierba y Arena. El de Aztecas, que es muy famoso, siempre lo he considerado un poco simple; con dormir en camas separadas se solucionaría el gran problema que es el núcleo de la trama.

Relatos centrados en los problemas de las relaciones personales en mundos fantásticos y futuros lejanos. Sigue sin entrarme la autora, pero no agrede al cerebro.

Descárgalo gratis (es otra obra de la autora):

Mcintyre, Vonda – Serpiente del sueño .pdf

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

La pasarela se detiene. Me vuelvo, ando dos pasos, y me deslizo en el asiento de mi tablero. El miedo que me afecta todos los días llega a más profundidad. He tratado de evitar el casco otras veces, y he aprendido a no hacerlo más. El casco absorbe mi cabeza y aisla las sombras de mi vista. Las sondas se estiran y tocan las cavidades metálicas que reemplazan a mis ojos. Retrocedo, pero no puedo apartarme. Las sombras penetran, y los esquemas comienzan.

Trabajo duro. Hago mi tarea. Contemplo los esquemas de oscuridad y luz y hago lo que me indican. Pero deseo ver el día otra vez.

El cielo y los árboles es lo que más recuerdo. Los árboles rozaban sus puntas en un fondo azul, alrededor de toda nuestra casa. La corteza era rugosa y las agujas blandas y agudas. Cuando yo trepaba por los árboles mis manos se ponían pegajosas con una resina dorada que dejaba el olor de la siempreviva en mis dedos. El cielo era del color de los ojos de mi madre (me pregunto si a ella también se los habrán sacado). Sólo una vez vi el final del cielo, cuando caminé hasta muy lejos y el bosque cesó. Yo era muy joven. Estuve al borde de un peñasco acompañado por el viento y el sol. Y vi que el cielo terminaba en una enturbiadora nube de color amarillo y castaño. Corrí hacia casa, llorando, con lágrimas reales de gusto salado en mi lengua, lágrimas que se secaban y se ponían rígidas en mi cara. Mi madre me consoló. Dijo que la nube nunca se acercaría más. No volví a pasear en aquella dirección, ni cuando crecí y no debía tener miedo.

Una moderada sacudida eléctrica me impulsa bruscamente a la conciencia. Se ha cometido algún error. Tres de nosotros trabajan en cada serie de esquemas, como un seguro contra errores. Observo otra vez, conscientemente, la imagen de mi cerebro. Hago lo que indica. Mi error es confirmado y corregido. No puedo escapar a mi castigo distrayéndome o preparándome. El castigo va traqueteando a través de mí, y mis dedos se cierran. No es demasiado fuerte esta vez, pero si me equivoco de nuevo será peor. Creo que es porque saben que a veces cometo errores a propósito. Los otros dicen que jamás cometen errores. No lo creo. Odio estos dibujos ridículos. Les costó largo tiempo enseñarme a deducir lo que cada grupo de líneas me indica hacer. Todos los grupos son diferentes, y yo no quería aprenderlos.

Cuando era pequeño podía hacer figuras en la oscuridad apretando los dedos contra las comisuras de los ojos. Surgían todos los colores, los que están en los arcoiris (es tan difícil recordar los arcoiris… ¿Qué había arriba? ¿El violeta o el rojo?) y algunos que no están. Las líneas y círculos mellados y las criaturas ondeantes se movían, bailaban y me hacían compañía por la noche.

Ahora, cuando se supone que estoy dormido, recuerdo a mis compañeros de infancia y toco mis ojos. Siempre confío en que los colores regresarán y en que volveré a ver el día. Es difícil recordar cómo eran realmente los colores. Tengo esperanza, pero toco mis párpados cerrados y no veo nada, y lo que percibo está duro y muerto. Cristales, circuitos y lentes que me permiten resolver bandas oscuras en líneas finas. Todo parece muy importante para ellos. Carece de sentido para mí, y eso me enoja. A veces araño mis ojos por la noche. Sé que no debería hacerlo…

Un día, cuando volvía a casa, oí voces. Oculto por la esquina de nuestra casa, observé. Escuché que llamaban egoísta a mi madre. Decían que no podíamos quedarnos allí por más tiempo. Ella dijo que estaban equivocados y ellos la derribaron a golpes. Yo grité ¡basta! y golpeé en su pecho con mis puños. Me empujaron. Miré al suelo y vi lo pequeña y frágil que era mi madre. Intenté golpearlos otra vez, pero se rieron de mí y también me derribaron a golpes, y cuando desperté me encontraba aquí, y el mundo era sombras grises. Me pregunto qué habrán hecho con mi madre.

marzo 21, 2006

R. A. Lafferty. Novecientas abuelas.

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EDHASA, 1980. 211 páginas.
Tit. or. Nine Hundred Grandmothers. Trad. Matilde Horne

NovecientasAbuelas
Imaginación desbordante

Dentro de un género en el que prima la originalidad como es la ciencia ficción hay personas que rompen el molde. Es el caso de Raphael Aloysius Lafferty, un escritor cuyas extravagantes ideas son dificilmente superables. Tenía los dos volúmenes de cuentos de la colección Nebulae en mi extinta biblioteca y gracias a mi flamante lector de libros electrónicos he podido volver a releer el primero.

Los relatos de este volumen son los siguientes:

Novecientas abuelas
La tierra de los grandes caballos
Ginny envuelta en el sol
Toda la gente
La educación primaria de los camiroi
Lenta noche de un martes
Resoplón
Así frustramos a Carlomagno
El nombre de la serpiente
Uno cada vez
Tiempo de visitas
¿Cómo se llama esa ciudad?

Y para que se hagan una idea del estilo ahí va un breve framento:

Cerán Bibueno era un joven y promisorio Experto en Aspectos especiales. Pero como todos los de Aspectos Especiales, tenía una costumbre molesta. No hacía más que repetir la eterna pregunta: ¿Cómo Empezó Todo?
Todos tenían nombres rudos excepto Cerán. Rompehombres Peñanor, Chichón de Leva, Revienta Paredes, George Sangre, Raja Montaña (y cuando Raja dice «Raja» uno raja), Arma Trifulca. Tenían que ser rudos e, instados a elegir, habían adoptado nombres rudos. Sólo Cerán conservaba el suyo… para disgusto de su jefe, Rompehombres.
-¡Nadie puede ser héroe con un nombre como Cerán Bibueno! -tronaba Rompehombres-. ¿Por qué no te pones Tormenta Bronconi? Ese es bueno. O Agalludo Asplanato, Cuchillón Cortafrío, o Navajo Ombligol. Casi no has mirado la lista de sugerencias.

En los relatos de Lafferty aparecen los temas típicos del género; extraterrestres, viajes por el espacio, complicadas maquinarias, nuevas sociedades… pero desde un punto de vista tan estrambótico y surrealista que parecen irreconocibles. En el cuento que da nombre al libro Cerán Bibueno descubrirá un planeta en el que nadie muere; sólo se hace más pequeño ¿Tendrán los habitantes más antiguos información de primera mano de la creación del universo? En ‘Lenta noche de martes’ los humanos han evolucionado tanto que en una simple noche se crean y destruyen fortunas y sistemas filosóficos. Si se mezclan los viajes en el tiempo con el cuento de Perrault Los deseos ridículos se puede obtener algo tang enial como ‘Así frustramos a Carlomagno’ ¿Es un dios el extraño oso de ‘Resoplón’? ¿A qué se debe el extraño vacío que percibe el insigne científico Smirnov?

El genio de Lafferty brilla en las distancias cortas, y aunque algunos cuentos no sean excesivamente brillantes les aseguro que nunca leerán una ciencia ficción tan excéntrica y divertida. Palabra.

(Un día, un libro 344/365)
Escuchando: Compositor confundido. Putumayo Cuba.

febrero 2, 2006

Cordwainer Smith. En busca de tres mundos.

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Edhasa, 1976. 164 páginas.
Tit. Or. Quest of the three worlds. Trad. Pablo Capanna.

BuscaTresMundos
Epopeya en el espacio

Ya había leído otro libro del autor (comentado aquí), lo que me ha decidido a seguir leyendo su producción. Cordwainer tiene una forma muy peculiar de escribir, diferente a lo que la ciencia ficción me tiene acostumbrado. Y es curioso porque recoge los temas más clásicos del género y los arropa con un estilo particular que permite disfrutarlos como si fueran nuevos.

Casher O’Neil busca venganza. Ha sido expulsado de su mundo por unos usurpadores y está decidido a recuperar el mando. Para ello quiere encontrar una poderosa arma que le permita regresar victorioso. Su búsqueda lo llevará por el planeta Gema, el planeta Tormenta y el planeta Arena, y encontrará más de lo que andaba buscando.

En un libro que me acabo de leer he encontrado un comentario del azote de fascistas Carlo Frabetti en el que lo pone de vuelta y media. Que si reaccionario, que si meapilas… Bien, tiene razón. Smith puede ponerse al lado de Bradbury en dos cosas; en su particular estilo poético y en cierto tufillo conservador del tipo ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’. Smith, además, pone en este libro muchas referencias cristianas. Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que puede disfrutarse de su lectura al margen del trasfondo ideológico que respiren. Ni estamos ante panfletos ni vamos a quitar de nuestras estanterías a autores con ideología diferente a la nuestra. Si podemos hacer ese ejercicio de higiene mental disfrutaremos de unos buenos relatos de aventuras espaciales. ¿Se animan?

(Un día, un libro 297/365)
Escuchando: Umbilical. Glissando.

noviembre 4, 2005

James P. Hogan. Herederos de las estrellas.

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Edhasa/Nebulae, 1986. 294 páginas.
Tit. Or. Inherit the stars. Trad. B. Ramiro.

Hogan Herederos Estrellas
Rompecabezas científico

A pesar de tener su propia página web y de que en la contraportada comparen su obra con la de Arthur C. Clarke nunca había oído hablar de este escritor. No soy el único; en la tercera fundación (continuadores de la gloriosa Cyberdark) sólo tienen un libro de este autor, el mismo que hoy les presento.

Victor Hunt y Rob Gray son los creadores del Trimagniscopio, un instrumento capaz de obtener un holograma en color de cualquier objeto. El Arma Espacial de las Naciones Unidas (sic) los reclaman para ayudarles en un insólito descubrimiento: en la luna se ha encontrado los restos de un ser humano junto con un instrumental de una increíble complejidad tecnológica. Sólo que los restos tienen una antigüedad de 50.000 años…

Dentro de la ciencia ficción encuentras de tanto en tanto libros que no son obras maestras pero que se leen con gusto. Como tampoco son excesivamente ambiciosos, no defraudan. Es el caso de este libro, una historia sobre como resolver las paradojas que el descubrimiento plantea. No les deslumbrará pero es mejor que muchas de las que llevo leyendo ultimamente.

(Un día, un libro 208/365)
Escuchando: Mi Colección. Kiki d’aki.

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