Cuchitril Literario

Abril 18, 2008

Petros Márkaris. Suicidio Perfecto.

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Ediciones B, 2004. 398 páginas.
Tit. Or. O tse aftoktónise. Trad. Ersi Samará.

Petros Márkaris, Suicidio Perfecto
Conexiones oscuras

Me gusta la novela negra, pero como todo en la vida va por rachas no se refleja mucho en este Cuchitril. Una vez más el Reto 2008 me da la oportunidad de retomar buenos hábitos. Nadie mejor para representar a Grecia que el comisario Jaritos.

Jaritos está convaleciente tras el tiro recibido en su caso anterior -que no he leído-. Viendo la televisión asiste a una escena sin precedentes: un celebre empresario griego se suicida en directo mientras le hacen una entrevista. Algo no está claro en este asunto, ya que al poco de morir aparece una biografía muy documentada cuyo escritor es imposible de localizar. Lo que nadie sospecha es que éste no va a ser el único suicidio perfecto.

No había leído nada del autor y me ha gustado mucho. Comparte con Mankell características del protagonista, un policía normal que resuelve los casos sin deducciones milagrosas o superpoderes mentales. Personajes con achaques, vida propia y sentimientos. Pero el ambiente de esa Grecia sumida en las obras de los juegos olímpicos es totalmente mediterránea: caos, atascos, calor insoportable, ineficacia, chanchullos… no muy diferente de, por ejemplo, Barcelona.

Otro autor para poner en la lista.

Reto 2008: Grecia.

Escuchando: End of the Road. Eddie Vedder.


Extracto:[-]

Adrianí dormía a mi lado con sus ronquidos sordos y continuos como el sonido de una cisterna que no acaba de llenarse. Normalmente, me pone tan nervioso que tengo que morder la almohada para contenerme, pero anoche casi no la oía. Por primera vez en muchos días, devoraba las horas nocturnas como caramelos y no quería que terminaran.

Desde hace un mes, levantarme de la cama por la mañana supone un esfuerzo titánico. Pienso en el día que me espera, en el programa de austeridad, sin novedades ni desviaciones, y mis pies se niegan a tocar la alfombrilla tendida junto a la cama. Hoy me siento contento y relajado, porque me lo estoy pasando bien. Tengo los diccionarios desparramados alrededor y paso de uno al otro. Encuentro la mejor definición en la página 33 del Dimitrakos:
«Suicida: 1. Se aplica al que se suicida; el que muere de su propia mano. 2. Se aplica al que corre riesgos excesivos, así como a sus ideas, sus actos, etc.»

—¿Te pasa algo? —Adrianí asoma la cabeza por la puerta entornada y me observa, inquieta.

—No, estoy muy bien.

—¿Por qué no te levantas?

—Estoy haciendo el vago…

—No te encontrarás mal, ¿verdad?

—No. Tampoco estoy agotado de tanto trabajar.

Me mira, sorprendida de mi tono sarcástico, que últimamente había remitido, junto con los síntomas postoperatorios. Lo cierto es que yo también me pregunto a qué se debe mi inesperada mejoría. ¿Al lavado de cerebro que me practicó ayer Uzunidis? ¿O al suicidio público de Favieros? A este último, sin duda. Algo no encaja en este suicidio, algo que me corroe desde el instante en que vi sus sesos aplastados contra la enorme pecera del decorado, algo que hizo emerger al policía medio ahogado y sin aliento que hay en mí. Gili-polleces, pensaba cada vez que mis reflexiones llegaban a este punto. Me monto películas para matar el tedio. En el fondo, sin embargo, sabía que no es así. El componente teatral del suicidio de Favieros no pegaba con nada, y eso me molestaba.

Odio remolonear en la cama. Hace tiempo me provocaba un sentimiento de culpabilidad, porque me parecía que robaba horas del servicio. En mi situación actual, me hace sentir peor aún. Me levanto y empiezo a vestirme, sin dejar de pensar en Favieros. Sólo cuando ya estoy vestido me percato de que, por primera vez en meses, me he puesto traje y corbata. Me miro en el espejo de la puerta del viejo armario ropero. Me devuelve la imagen de un policía, y esta confirmación me sienta bien. Lo único que desentona es la sombra de barba en mi jeta. Un rostro bien afeitado constituye una especie de certificado de salud y capacidad laboral. La barba, en cambio, denota enfermedad, jubilación o desempleo. A lo largo de los dos últimos meses he pertenecido a la segunda categoría y me rasuraba cada tres días. Es la primera vez que hago un tímido intento de afeitado diario; para eso me quito la chaqueta y voy al cuarto de baño. Cuando termino me pongo de nuevo la americana y dejo los diccionarios desparramados en la cama. Es uno de los pocos privilegios que me ha concedido Adrianí después de mi percance: no estoy obligado a ordenar nada, ni siquiera mis diccionarios, aunque los detesta y siempre me pegaba la bronca cuando los dejaba por ahí. Ahora no dice nada, porque, según ella, no conviene que me canse mientras dure mi convalecencia. A pesar de todo, suelo recogerlos yo mismo, porque Adrianí los guarda de cualquier manera, a su antojo, como si así se vengara de ellos.

Está sentada a la mesa de la cocina, pelando unos calabacines. Levanta la cabeza distraída, segura de verme en pijama. Se queda inmóvil y con los ojos desencajados, contemplando la versión trajeada de mí mismo como si se tratara de un fantasma del pasado.

Diciembre 14, 2007

Douglas Coupland. La vida después de Dios.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 3:06 pm
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Editorial B, 1997. 304 páginas.
Tit. Or. Life after God. Trad. Mariano Antolín Rato.

Douglas Coupland, La Vida después de Dios
Crónica del desencanto

Como buen informático, leí Microsiervos y aunque no dejó en mí tanta huella como en los autores del famoso blog del mismo nombre, pensé que el autor bien merecía seguimiento. Máxime si en el Corte Inglés vendían estos ejemplares a un euro.

Luego fui aplazando su lectura, porque el libro se compone de fragmentos cortos, muchas veces de media página, espaciados por unos dibujos de trazo simple. Se me metió en la cabeza que se trataba de una recopilación de aforismos y pensamientos y, la verdad, se me hacía cuesta arriba.

La realidad ha sido otra, se trata de un conjunto de relatos cuyo hilo común podría ser el desencanto, el tocar fondo. El momento de nuestras vidas tan sin esperanza que necesitamos de una mano que nos ayude a salir del bache. Los personajes de las historias andan sin rumbo -quizá porque han perdido a Dios, o nunca lo han tenido.

En general está bastante bien, aunque el final del último relato -que da título al libro- casi me provoca urticaria. Nada que ver con informáticos al borde de un ataque de nervios. Spleen a raudales, búsqueda del sentido de la existencia y una constatación de que la vida es, incluso en un país como los Estados Unidos, una lucha constante.

Escuchando: Coro de mujeres - Rey Esteban o. 117. Beethoven.


Extracto:[-]

Ya eres lo bastante mayor para disfrutar con las narraciones, de modo que, cariño, deja que te cuente una. Deja que te explique una historia sobre Gettysburg, donde estuvimos de viaje de novios. Trata de un hombre de ciudad que fue, llamado a filas días después de la batalla, para eliminar los restos. Se remangó la camisa y reunió los cuerpos despedazados, hilera tras hilera, cavó tumbas en una fila interminable, hizo hogueras con los caballos y muías reventados, y respiró nubes de moscas y vapor de sangre y tierra, mientras enterraba y desenterraba, enterraba y desenterraba las hileras de cuerpos y miembros la jornada entera, durante muchos días seguidos.
Al volver a su casa, incapaz de hablar, se sienta junto al fuego. Sus hijas le rodean pero la madre las manda callar. Las niñas se dan cuenta de que su padre antes no era así. Susurran:

—¿Por qué no habla papá?

Y la madre contesta:

—Porque así lo quiere.

Ella también está preocupada, pero ¿qué le podría decir?

Manda temprano a la cama a sus hijas, que dejan los juguetes en el suelo, y luego también ella se va a dormir, tras dirigir una larga mirada a la habitación principal, donde el marido aún permanece junto al fuego, todavía en silencio.

Pasa la noche y las niñas se despiertan. Corren al piso de abajo y allí, mientras fuera cantan los pájaros y el viento sopla por una ventana abierta, encuentran al padre dormido en la butaca junto a las brasas de la chimenea. Y se alegran de que esté descansando y van a desayunar. Sólo más tarde, cuando se disponen a jugar, notan que hay algo diferente, pero no saben exactamente qué, y por eso no vuelven a pensar en el asunto, y se ponen a reír mientras buscan sus peponas, que encuentran alineadas junto a la casa de muñecas.

O la historia de una viuda de la zona central de California que había litigado para conseguir que desenterraran a su marido, muerto recientemente, alegando que antes de fallecer se las había arreglado para tragarse su anillo de diamantes; y ella quería recuperar la joya. Pero al final la mujer confesó que llevaba muchísimas semanas sin dormir y que había pasado las noches encima de la tumba de su marido tratando de hablar con él, y que lo único que deseaba era poder ver su cara una vez más.

Octubre 29, 2007

David Brin. Tiempos de gloria.

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Ediciones B, 2006. 890 páginas.
Tit. Or. Glory Season. Trad. Rafael Marín Trechea.

David Brin, Tiempo de Gloria
Mujeres al poder

De David Brin ya hemos comentado dos libros en el Cuchitril. El primero, Arrecife brillante, me pareció soporífero. El segundo, Gente de Barro me gustó bastante. El que les comento hoy está a medio camino.

Stratos es un planeta apartado del Phylum Homínido, una colonia escondida donde la madre fundadora ha creado una sociedad gobernada por mujeres que se reproducen por clonación. Maia es una descastada que ha nacido en verano; es decir, que no es un clon, sino que ha sido procreada a la antigua usanza. Si se esfuerza lo suficiente podrá crear su propia línea de clones. Pero el planeta ha recibido una sorprendente visita y Maia se verá involucrada en una conspiración planetaria.

El libro es entretenido y se lee de un tirón. La sociedad planteada es bastante consistente y hay detalles curiosos, como que los pocos hombres del planeta tengan como afición una variante del juego de la vida. Pero tampoco hay demasiada profundidad y sigo pensando que es muy peligroso para un escritor masculino imaginar una sociedad controlada exclusivamente por mujeres. A veces se caen en generalizaciones paternalistas.

Lectura ligerita para pasar un buen rato. Nada más.

Escuchando: El Rock Del Hombre-Lobo. Los Rebeldes.


Extracto:[-]

Se contaban también historias de grumetes que intentaban montar en los zoors, flotando hacia Lysos sabía dónde, quizás inspirados por leyendas de días remotos, cuando los zepelines y los aviones surcaban el cielo, y a los hombres se les permitía volar.

Como para demostrar que era un día de destino y sincronía, Leie llamó la atención de Maia señalando en dirección contraria, al suroeste, más allá de la cúpula dorada del templo de la ciudad. Maia parpadeó ante una forma plateada que destelló brevemente al posarse en el suelo; reconoció el estilizado dirigible que repartía el correo y los paquetes demasiado valiosos para ser confiados al transporte marítimo, y que llevaba a las poquísimas pasajeras cuyos clanes debían ser casi tan ricos como la diosa del planeta para poder permitirse pagar la tarifa. Maia y Leie suspiraron, compartiendo por una vez exactamente el mismo pensamiento. Haría falta un milagro para que cualquiera de ellas llegara a viajar así, entre las nubes. Tal vez sus descendientes clónicas lo harían, si los caprichosos vientos de la suerte soplaban en esa dirección. El pensamiento aportaba un ligero consuelo.

Tal vez eso también explicaba por qué los grumetes a veces renunciaban a todo por cabalgar un zoor. Los hombres, por propia naturaleza, no podían tener clones. No podían copiarse a sí mismos. Como mucho, conseguían la inmortalidad menor de la paternidad. Fuera lo que fuese lo que más desearan, tenía que ser conseguido en el lapso de una vida, o no lo sería en absoluto.

Las gemelas reemprendieron el camino. Tan cerca ya de los muelles, donde los barcos de pesca desprendían unos miasmas húmedos y punzantes, empezaron a ver mucha más gente de verano como ellas mismas. Mujeres de formas, colores, tamaños diversos, a menudo con cierto parecido familiar a algún clan bien conocido (unos cabellos de las Sheldon, o la mandíbula distintiva de las Wy-lee), que compartían la mitad o una cuarta parte de sus genes con una línea materna renovada, igual que las gemelas llevaban pintado en el rostro gran parte de Lamai.

Por desgracia, medio parecido servía de poco. Vestida con kilts de un solo color o calzones de cuero, cada persona del verano deambulaba por la vida como una unidad solitaria, única en el mundo. La mayoría, pese a todo, mantenía la cabeza bien alta. La gente del verano trabajaba en los muelles, calafateaba los veleros, y ejecutaba la mayor parte del trabajo manual que sostenía el comercio marítimo, a menudo con una alegría cuya contemplación era una inspiración en sí misma.

Antes de Lysos, en los mundos del Phylum, las vars como nosotras eran normales y las clones raras. Todo el mundo tenía un padre… y a veces hasta crecían conociéndolo.

Maia solía imaginar planetas llenos de variedades descabelladas e impredecibles. Las madres Lamai lo llamaban «una fijación indigna», aunque tales pensamientos eran más frecuentes desde que la noticia de la Nave Exterior empezó a filtrarse en forma de rumores y luego mediante los reportajes censurados de la tele.

Octubre 24, 2007

Cordwainer Smith. Norstrilia.

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Ediciones B, 1993. 350 páginas.
Tit. Or. Norstrilia. Trad. Carlos Gardini.

Cordwainer Smith, Los Señores de la Instrumentalidad III
Australia espartana

El tercer volumen de las obras completas de Cordwainer Smith en esta edición de Nova contiene la novela Nostrilia, que, tal y como leo en Pi in the Sky fue en su origen dos novelas cortas que luego se fusionaron.

El resumen lo da el propio Cordwainer Smith:

La historia es simple. Érase un chico que compró el planeta Tierra. El chico fue a la Tierra, consiguió lo que se proponía y escapó con vida. Ocurrió en el primer siglo del Redescubrimiento del Hombre, cuando vivía la mujer gato G’mell, cuando limpiaron Shayol como si hubiera lustrado una manzana con la manga. Más o menos quince mil años después de las bombas que arrasaron la vieja Tierra. El resto son detalles.

En Nostrilia se fabrica la droga más preciada del universo: el stroon, que consigue la inmortalidad. Todos su habitantes son inmensamente ricos, pero para impedir que la soberbia se les suba a la cabeza tienen un modo de vida espartano, sin ningún lujo. Rod McBan no puede ser granjero por no ser telépata, así que con la ayuda del único ordenador inteligente del planeta conseguirá buscarse la vida de otro modo.

Aunque el estilo, los personajes y el ambiente son similares al resto de relatos de la Instrumentalidad, no me parece especialmente destacable. Es entretenida, y tiene algo de poesía, pero es la que menos me ha gustado de la serie. Si tienen que leer a este autor, no empiecen por Norstrilia.

Escuchando: Mis amigos dónde estarán. Topo.


Extracto:[-]
Matamos para vivir, morimos para crecer: ¡así es como el mundo ha de ser!
Le habían inculcado que su mundo era muy especial, un mundo envidiado, amado, odiado y temido en toda la galaxia. Sabía que formaba parte de un pueblo muy especial. Otras razas y especies humanas sembraban cereales, producían alimentos, ideaban máquinas o manufacturaban armas. Los norstrilianos no hacían nada de eso. En campos secos, con escasos pozos, con ovejas enormes y enfermas, refinaban la inmortalidad.

Y la vendían a un precio muy alto.

Rod McBan salió al patio. Tras él se alzaba su casa. Era una cabana de troncos construida con vigas de los dáimo-nos: vigas imposibles de cortar ni de alterar, más sólidas de lo imaginable. Habían comprado una partida a treinta saltos planetarios de distancia y las habían llevado a Vieja Australia del Norte en veleros fotónicos. La cabana era un fuerte que podía resistir incluso un ataque de artillería pesada, pero tenía la apariencia de una cabana, sencilla por dentro y con un patio de tierra apisonada.

Llegaba el día. Palidecía el último destello rojo del alba.

Rod sabía que no podía alejarse. Oía a las mujeres detrás de la casa, las mujeres de la familia que habían venido a prepararlo para el triunfo. O para lo otro.

Ellas ignoraban cuánto sabía él. A causa de la enfermedad de Rod, habían pensado sin reservas en su presencia durante años, suponiendo que la sordera telepática de Rod era constante. Pero no lo era; a menudo él percibía cosas que no debía oír. Incluso recordaba el triste poemita acerca de los jóvenes que fallaban por una u otra razón y tenían que ir a la Casa de la Muerte en vez de convertirse en ciudadanos norstrilianos y subditos plenamente reconocidos de su majestad la reina. (Hacía quince mil años que los norstrilianos no tenían una reina auténtica, pero amaban sus tradiciones y no se dejaban confundir por los meros hechos.) ¿Cómo decía el poema? «Ésta es la casa del mucho tiempo atrás…» A su manera sombría resultaba alegre.

Rod borró su huella del polvo y de pronto recordó el poema entero. Lo recitó en voz baja:
Esta es la casa del mucho tiempo atrás,
donde los viejos murmuran una aflicción sin fin,
donde el dolor del tiempo es una presencia tangible,
y las cosas del pasado vuelven siempre.
En el Jardín de la Muerte, nuestros jóvenes
han saboreado el valeroso gusto del miedo.
Con brazos musculosos y lengua locuaz,
ganaron y perdieron, se nos fueron.
Esta es la casa del mucho tiempo atrás.
Los que mueren jóvenes no entran aquí.
Los que viven saben que el infierno está cerca.
Los viejos que sufren así lo han deseado.
En el Jardín de la Muerte, nuestros viejos
contemplan admirados a los jóvenes y audaces.

Quedaba bien decir que contemplaban admirados a los jóvenes y audaces, pero Rod aún no había conocido a nadie que no prefiriera la vida a la muerte. Había oído hablar de gente que escogía la muerte, claro que sí. ¿Quién no había oído hablar de ello? Pero era una experiencia de tercera, cuarta, quinta mano.

Sabía que algunos habían dicho que él estaría mejor muerto, sólo porque nunca había aprendido a comunicarse telepáticamente y tenía que usar el viejo lenguaje hablado, como los habitantes de otros mundos o los bárbaros.

Pero Rod no creía que fuera a estar mejor muerto.

Octubre 22, 2007

Cordwainer Smith. La dama muerta de Clown Town.

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Ediciones B, 1991. 362 páginas.
Tit. Or. The best of Cordwainer Smith. Trad. Carlos Gardini.

Cordwainer Smith, Los Señores de la Intrumentalidad II
Historias del subpueblo

Segundo volumen de las obras completas de Cordwainer Smith, incluye los siguientes cuentos:

La Dama muerta de Clown Town
Bajo la Vieja Tierra
Barco ebrio
Los mininos de Mamá Hitton
Alpha Ralpha Boulevard
La balada de G’mell
Un planeta llamado Shayol
Hacia un mar sin sol

Centrados en su mayoría en la gente del subpueblo, animales modificados genéticamente para tener inteligencia. En La Dama muerta de Clown Town se narra la historia de P’Juana (P porque su origen es un perro), libertadora del subpueblo, Juana de Arco rediviva. En Alpha Ralpha Boulevard, en el inicio del Redescubrimiento del Hombre, aparece G’mell (G de gato), la muchacha mas sensual de la galaxia, cuya historia continua en La balada de G’mell. En Un planeta llamado Shayol a los convictos los mandan a un planeta castigo, en el que la única asistencia está a cargo de T’dikkat (T de tortuga). Los hombres pájaro como A’duard (A de ave) aparecen en Hacia un mar sin sol cuando un señor de la Instrumentalidad visita el planeta Xanadú.

No todos los relatos giran alrededor del subpueblo. Bajo la Vieja Tierra narra los origenes de la introducción del sufrimiento tras el peligroso descubrimiento de Sto Odin que desembocará en el Redescubrimiento del Hombre. En Barco ebrio se intentará conseguir el teletransporte mediante un cruel experimento en el que está involucrado Vomact. Los mininos de Mamá Hitton explica como las defensas de Nostrilia son eficaces incluso contra un planeta de ladrones.

Hay reseñas también en Pi in the Sky. Este volumen y el primero son sin duda lo mejor que escribió el autor.

Escuchando: El Rock Del Hombre-Lobo. Los Rebeldes.


Extracto:[-]
Tal vez este conocimiento la iluminó cuando caminaba desde Waterrocky Road hasta las brillantes llanuras del Shop-ping Bar. Vio una puerta olvidada. Los robots podían limpiar los alrededores pero, dada el antiguo y extraño diseño arquitectónico, no podían barrer y frotar al pie de la puerta. Una dura y delgada franja de polvo viejo y cera endurecida se extendía como un sello en el umbral. Era obvio que nadie lo había atravesado desde hacía mucho tiempo.

La regla civilizada establecía que las zonas prohibidas estuvieran marcadas con indicaciones telepáticas y con símbolos. En las más peligrosas había robots o subpersonas que montaban guardia. Pero lo que no estaba prohibido estaba permitido. Elena no tenía derecho a abrir la puerta, pero tampoco se lo habían prohibido. La abrió.

Por mero capricho.

O eso creyó.

Esto no tenía nada que ver con el motivo «Seré una bruja» que la balada le abribuyó más tarde. Aún no estaba frenética ni desesperada, aún ni siquiera era noble.

Al abrir esa puerta cambió su mundo y cambió la vida en miles de planetas durante muchas generaciones, pero el acto de abrirla no fue extraño. Fue el cansado capricho de una mujer totalmente frustrada y vagamente desgraciada. Nada más. Cualquier otra descripción es una idealización, modificación o falsificación.

Se sobresaltó al abrir la puerta, pero no por las razones que le atribuyen retrospectivamente los juglares e historiadores.

Se sobresaltó porque la puerta daba a una escalera que conducía a un paisaje soleado, un espectáculo inesperado en cualquier mundo. Ella miraba desde la ciudad nueva hacia la ciudad antigua. La ciudad nueva se elevaba sobre la antigua, y cuando ella miró «hacia dentro» vio el poniente en la ciudad inferior.

Jadeó ante la belleza de esa visión imprevista.

Allí, la puerta abierta que daba a otro mundo. Aquí, la vieja calle familiar, limpia, bonita, apacible e inútil donde ella había paseado mil veces su propia inutilidad.

Allí, algo. Aquí, el mundo que conocía. Ignoraba las palabras «país de nunca jamás» o «lugar mágico», pero si las hubiera conocido las habría pronunciado. Miró a izquierda y derecha.

Los transeúntes no repararon en ella ni en la puerta. El poniente empezaba en la ciudad alta. En la ciudad baja ya era rojo como la sangre, con pendones de oro que parecían llamas congeladas. Elena no supo que olisqueaba el aire; no supo que temblaba al borde del llanto; no supo que una tierna sonrisa, la primera sonrisa en años, le distendía la boca e iluminaba con pasajero encanto su expresión cansanda y tensa. Estaba demasiado absorta mirando alrededor.

La gente caminaba ocupada en sus quehaceres. Calle abajo, una subpersona -hembra, tal vez gata- se alejaba de un humano verdadero que andaba más despacio. A lo lejos, un ornitóptero de la policía aleteaba alrededor de una torre; a menos que los robots usaran un telescopio o tuvieran uno de los raros subhombres-halcón que a veces usaba la policía, no podrían verla.

Atravesó la entrada y cerró la puerta. No lo sabía, pero en ese instante desaparecieron futuros por venir, la rebelión ardió en siglos venideros, personas y subpersonas murieron por extrañas causas, muchas madres cambiaron el nombre de señores no nacidos y muchas naves estelares regresaron de sitios que los hombres nunca habían imaginado. El espacio tres, que siempre había estado allí, esperando a que los hombres lo descubrieran, se detectaría antes: todo por su causa, por culpa de la puerta, y de sus siguientes pasos, de lo que ella diría y de la muchacha que conocería. (Los trovadores dieron a conocer después toda la historia, pero la contaron al revés, a partir del conocimiento de lo que P’Juana y Elena habían hecho para inflamar los mundos. La sencilla verdad es que una mujer solitaria atravesó una puerta misteriosa. Eso es todo. Todo lo demás ocurrió más tarde.)

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