Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 31, 2012

Connie Willis. Lo mejor de Connie Willis II.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:07 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Connie Willis, Lo mejor de COnnie Willis II
Ediciones B, 2010. 413 páginas.
Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero.

Acabo de ver que entre la publicación de los dos tomos pasaron casi dos años, siendo como son dos partes del mismo libro. Algo no va bien en el mercado editorial. Los relatos aquí son los siguientes:

Realeza
La maldición de los reyes
Incluso la reina
Posada

Cuestiones de vida o muerte
Samaritano
Cultivo comercial
Jack
La última autocaravana

Y posteriormente
Rito para el entierro de los muertos
El alma escoge su propia compañía

Epifanías
Azar
En el Rialto
Epifanía

Algunos de los mejores son, como decía ayer, los incluídos también en El espíritu de la navidad. Pero de aquí destacaría La última autocaravana y En el rialto. Me ha gustado más esta segunda parte.

Una reseña mejor aquí: Lo mejor de Connie Willis II. Que yo ando con prisas.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (153/365)

Extracto:
—Porque quiero que llegues a Tempe con vida. Han retrasado la conferencia del gobernador a la una, así que no tendrás problemas. ¿Ya has usado la Eisenstadt?
—Ya te digo que acabo de llegar. Ni siquiera la he encendido.
—No la enciendes, se activa sola cuando la colocas sobre una superficie horizontal.
Genial. Probablemente de camino ya hubiese disparado todo el cartucho de cien fotos.
—Bien, si no la usas con la Winnebago, asegúrate de usarla en la rueda de prensa del gobernador. Por cierto, ¿te has pensado lo del traslado a investigación?
Era por eso que la Sun-Con estaba tan interesada en la Eisenstadt. Habría sido más fácil enviar un fotógrafo capaz de escribir que enviar a un fotógrafo y a un periodista, sobre todo en los pequeños Hitori de un solo asiento que pedían ahora, que fue como me había convertido en reportero gráfico. Y como eso había salido tan bien, ya puestos, ¿por qué mandar a nadie? Envía una Eisenstadt y una grabadora y ya no necesitas un Hitori ni crédito de carretera para llegar hasta donde sea. Puedes mandarlo por correo. La Eisenstadt puede estar colocada sin llamar la atención sobre la vieja mesa del gobernador y, al cabo de un rato, alguien viajar en un solo asiento, alguien que no tiene necesariamente que ser fotógrafo ni reportero, que entre a escondidas y la recupere. Ésa y una docena más.
—No —dije, mirando colina arriba. El anciano le dio un último repaso al guardabarros delantero y luego caminó hasta uno de los viejos maceteros bordeados de piedra del zoo y vació el cubo sobre una mezcolanza de chumberas que probablemente se lo tomarían por una lluvia de primavera y florecerían antes de que yo llegase arriba—. Mira, si debo hacer las fotos antes de que lleguen los turistas, mejor te dejo.
—Me gustaría que te lo pensaras. Y esta vez usa la Eisenstadt. Te gustará si la pruebas. Incluso olvidarás que es una cámara.
—Ya me lo imagino —dije.

enero 30, 2012

Connie Willis. Lo mejor de Connie Willis I.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 1:47 pm
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Connie Willis, Lo mejor de Connie Willis
Ediciones B, 2008. 363 páginas.
Tit. Or. The Winds of Marble Arch an Other Stories. Trad. Pedro Jorge Romero.

Dada mi admiración por Connie Willis fue ver el título y empezar a salivar. Pero no se fien, es la exageración típica de las editoriales de aquí, lo correcto hubiera diso ‘Los vientos de Marble Arch y otras historias’. Se incluyen en esta primera parte los relatos siguientes:

Informes meteorológicos
Los vientos de Marble Arch
Luna azul
Igual que aquellas que solíamos tener
Daisy, al sol

Correspondencia
Una carta de los Cleary
Carta de Navidad

Guías de viajes
Brigada de incendios
Directos a Portales

Multas de aparcamiento y otras infracciones
Ruido
Todas mis queridas hijas
A finales del Cretácico

Pueden encontrar un buen resumen aquí: Lo mejor de Connie Willis I. Por mi parte decir que me pareció mucho mejor en su conjunto El espíritu de la navidad, pero que a mí Willis nunca me defrauda.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (152/365)

Extracto:
El Blitz. Por supuesto. Eso explicaba el olor a pólvora o lo que fuese. Y la sacudida. Una bomba de gran potencia explosiva.
Pero el Blitz se había producido hacía más de cincuenta años. ¿Era posible que el aire de las bombas hubiese permanecido en el metro durante tanto tiempo, sin disiparse?
Había una forma de descubrirlo. A la mañana siguiente fui en metro a Tottenham Court Road, a una calle llena de librerías, y pedí un libro sobre la historia del metro durante el Blitz.
—¿El metro? —dijo vagamente la chica de Foyle’s, la tercera librería que visitaba—. Quizás en el Museo del Metro haya algo.
—¿Dónde está eso? —pregunté.
No lo sabía, y tampoco lo sabía el vendedor de billetes de la estación de metro, pero recordé haber visto un cartel en el andén de Oxford Circus durante mis idas y venidas del día anterior. Consulté el plano del metro, tomé el tren hasta Victoria y cambié para Oxford Circus, donde tuve que mirar en cinco andenes hasta encontrarlo.
Covent Garden. El Museo del Transporte de Londres. Volví a mirar el plano, tomé la línea Central hasta Holborn, cambié a Picca-dilly y fui a Covent Garden.
Y aparentemente también había sido bombardeada, porque una ráfaga que me quemaba la cara me golpeó antes de haber recorrido un tercio del túnel. Pero no hubo olor a explosivos, ni a azufre, ni a polvo. Sólo ceniza, fuego y desesperación absoluta, eso era todo, todo ardiendo.
El olor todavía me acompañaba cuando me apresuré escaleras arriba y salí al mercado, mientras pasé entre los carritos de venta de camisetas, postales y buses dobles de juguete, hasta que llegué al Museo del Transporte.
También estaba repleto de camisetas y postales, todas con el símbolo del metro o con reproducciones del plano del metro.
—Necesito un libro sobre el metro durante el Blitz —dije a un joven que estaba al otro lado de un mostrador lleno de salvamanteles con la frase «Cuidado con el desnivel» y barajas de cartas.
—¿El Blitz? —repitió, sin saber muy bien de qué le hablaba.
—La Segunda Guerra Mundial. —Lo que tampoco provocó ninguna reacción.
Agitó la mano más o menos hacia la derecha.
—Los libros están por ahí.

No estaban. Estaban al otro lado, tras un expositor de pósteres de anuncios del metro de los años veinte y treinta, y la mayoría de los libros que tenían eran sobre trenes. Pero al fin di con dos historias del metro y un libro de bolsillo llamado Londres durante la guerra. Lo compré todo y también un cuaderno con el plano del metro en la portada.
El Museo del Transporte tenía bar. Me senté a una mesa de plástico y me puse a tomar notas. Casi todas las estaciones de metro se habían usado como refugio, y muchas habían sido bombardeadas: Euston, Aldwych, Monument. «Tras el bombardeo, por todas partes se apreciaba el olor acre del polvo de ladrillo y la cordita», decía el libro de bolsillo. Cordita. Eso era lo que había olido.
Marble Arch había recibido un impacto directo. La bomba había explotado como una granada en uno de los pasillos, arrancando azulejos de las paredes, lanzándolos como cuchillos contra la gente allí refugiada. Lo que explicaba el olor a sangre. Y la ausencia de calor. Había sido una implosión.
Miré Holborn. Había varias referencias a que se había usado como refugio, pero en ninguna parte decía que hubiese recibido un impacto.
Charing Cross sí, dos veces. Había recibido el impacto de una bomba de gran potencia y luego el de una V-2. La bomba había roto las conducciones de agua y había liberado una avalancha de tierra a la zona donde estaban las escaleras. Ahí tenía el olor a tierra húmeda que había percibido: barro al derrumbarse el techo.
Casi una docena de estaciones habían sido bombardeadas la noche del 10 de mayo de 1941: Cannon Street, Paddington, Black-friars, Liverpool Street…
Covent Garden no aparecía en la lista. La busqué en el libro de bolsillo. La estación no había recibido el impacto de ninguna bomba, pero las incendiarias habían caído a su alrededor y la zona entera había ardido. Lo que implicaba que Holborn tenía que haber recibido un impacto directo. Podía haber habido una bomba cercana, con muchos muertos, que fuese responsable del olor a osario de Holborn. Y el hecho de que hubiese habido incendios alrededor de Covent Garden encajaba con el hecho de que no hubiese habido azufre ni conmoción.

diciembre 22, 2011

XVII Premio UPC

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 10:51 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Ediciones B, 2008. 378 páginas.
XVII Premio UPC

He reseñado por aquí muchos premios UPC, pero prácticamente ninguno de los nuevos. Este ejemplar, además, me lo regalaron por ayudar a Juan Soler, que daba una charla dentro de una asignatura de la UPC. Incluye las siguientes novelas cortas:

Belcebú en llamas, Carlos Gardini
En defensa del elíseo, Brandon Sanderson
TRICORDIO (Tres cuerdas y una única melodía), Joan-Baptista Fonollosa
Recuerdos de otra vida, Jordi Guardia

Que si bien no están mal, tampoco me parecieron excesivamente brillantes. Una edición pasable pero no para el recuerdo. Sí que es destacable la charla de Jasper Fforde, aunque sólo sea por el éxito que sus novelas están teniendo.

Reseñas mejores con detalles de la trama en la bitácora amiga EnClavePublica: Reseña y opinión : XVII Premio UPC 2007 (VV.AA) : 664 y aquí: XVII premio UPC

Calificación: Normalillo.

Un día, un libro (113/365)

Extracto:
Pero lo extraño es que, en la mayoría de los casos, no sabemos cómo lo hacemos ni siquiera si lo hacemos. El gran escritor americano de relatos breves Ambrose Bierce dijo una vez: «Cualquiera puede contar algún tipo de historia, la narración es uno de los poderes elementales de la especie.» Tenía razón. La narrativa se infiltra en nosotros desde nuestros primeros días e infunde, como el lenguaje, una manera de ver el mundo, de ordenar los acontecimientos para darles sentido, y una comprensión innata de la gramática de la narrativa. De hecho, sería imposible imaginar un mundo sin historias. Incluso los escenarios que visualizas mentalmente cuando tienes un proyecto lo son: los posibles resultados de posibles acciones no consisten, ni más ni menos, en tejer una serie de eventos probables; cualquier decisión importante a la que hayas dado profunda consideración ha sido tomada después de haber imaginado diversos resultados. Son relatos breves, por así decirlo, proyecciones de lo que podría ser.
Pero las historias que más nos interesan aquí son las que utilizamos para entretener, y esas historias son como la vida. Parece que surgen espontáneamente de la nada, evolucionan, se extienden como un virus, se quedan latentes y años después vuelven a la vida. Como en la realidad, sólo quieren ser, aunque no demasiado. Se contentan con vivir en confortable simbiosis con sus amos. Dependen de nosotros para que les demos poder y relevancia, mientras que nosotros dependemos de ellas para que nos entretengan y nos ilustren. Las historias son universales. No existe ni una sola cultura en la Tierra que no tenga una compleja tradición narrativa y, por lo general, todas son del mismo tipo. Chico conoce a chica, chico no puede conquistar a chica porque algo se lo impide —normalmente, un padre— y la historia adquiere complejidad de ahí en adelante.
La mayoría de escritores estará de acuerdo en que, por lo general, no sabemos muy bien qué hace que una historia sea buena, o un personaje excéntrico, o una situación intrigante, o por qué algo resulta divertido; o qué es particularmente triste, o conmovedor. Por lo general, las cosas «quedan bien». Es un escritor muy controlado aquel que es totalmente consciente de que la intuición desempeña el papel principal. En mi caso, era un papel mucho más principal del que había imaginado al principio.

noviembre 12, 2011

Lou Marinoff. Más Platon y menos Prozac.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:34 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Ediciones B, 2001. 514 páginas.
Tit. Or. Plato no Prozac! Trad. Borja Folch.
Lou Marinoff, Más Platon y menos Prozac
Una terapia más

No sabía qué iba a encontrar en este libro, porque si bien comulgo con la idea que puede deducirse del título, que una buena educación y la sabiduría de los que nos precedieron pueden ayudarnos a encarar las dificultades de la vida mejor que los medicamentos, no sabía por dónde iba a tirar el autor.

A las pocas páginas ya lo tenía claro, y con una opinión bastante negativa. Aunque coincido en que mucha gente encuentra que algo falta en sus vidas (cito una cita):

Cada vez se agolpan más pacientes en nuestras clínicas y consultorios quejándose de vacío interior, de la sensación de una absoluta y definitiva falta de sentido en sus vidas. Podemos definir el vacío existencial como la frustración de lo que cabe considerar la fuerza motivadora más elemental del hombre, a la que podríamos llamar [...] la voluntad de significar.

El autor empieza criticando todas las terapias excepto la suya (psiquiatría, psicoanálisis, psicología…), de una manera en ocasiones acertada, como cuando llama religión al psicoanálisis:

Finalmente, la ciencia y la filosofía siguieron caminos divergentes, y la medicina occidental (tras siglos de estar en manos de charlatanes, barberos, frenólogos y vendedores de aceite de serpiente) se alió con la ciencia. La psiquiatría evolucionó como una rama de la medicina primigenia en el siglo XViii y se estableció como tal durante el xx, a partir de Freud. La medicina sigue siendo un equilibrio entre ciencia y arte: escáneres TAC y mucho tacto con los enfermos, quimioterapia y técnicas de visualización, electrocardiogramas y segundas opiniones. El psiocanálisis freudiano y todas sus versiones desarrolladas por discípulos disidentes (Jung, Adler, Reich, Burrow y Horney, entre otros) se han convertido más que nada en una religión cismática. Los psicoanalistas seguidores de Freud y Jung están tan enfrentados y se profesan tanta hostilidad como los judíos ultraortodoxos y los reconstruccionistas, los cristianos católicos y los protestantes, o los musulmanes sunitas y los chiítas. No es preciso haberse doctorado en medicina para ser psicoanalista; basta con adherirse (a toda costa) a una doctrina en concreto.

Pero bastante desencaminada en el resto; reducir a los psiquiatras a gente que tira de manual para encajar a cada paciente en un trastorno y medicar en consecuencia es cargar demasiado las tintas. Además dedica bastante tiempo a vendernos la moto, o sea, su terapia, el asesoramiento filosófico.

¿Qué es esto? Pues parecido a cualquier otra terapia, pero basada en el conocimiento filosófico. Lo que no está mal, en los autores clásicos y modernos encontramos muchos consejos útiles para orientar nuestra vida, y puestos a hablar con alguien, mejor que sepa dar consejos.

Pero tengo mis dudas acerca de su eficacia. Por ejemplo, critica la catársis del psicoanálisis, algo que yo siempre he pensado. Si un trauma viene por algún recuerdo enterrado, desenterrarlo no nos tiene por qué curar inmediatamente -ni, a lo mejor, nunca. De la misma manera escuchar un buen consejo puede no tener ningún efecto en nosotros. Sin embargo relata múltiples casos y en todos los pacientes, tras escuchar el consejo del autor, automáticamente rehacen sus vidas conforme a sus sabias palabras.

Que no digo yo que a veces somos capaces de hacer ese salto mental que nos aclara lo que eran brumas, pero lo más normal es lo contrario. Si uno está sufriendo por algo, la muerte de un ser querido, por ejemplo, ya le pueden decir las más sesudas teorías sobre el tiempo, que seguirá sufriendo igual.

Pero además en algunos de los ejemplos el autor no queda nada bien. Ante una mujer que quería tener hijos pero su marido no estaba todavía preparado le aconseja consultar el Yijing -que yo siempre he llamado I Ching. Allí encuentran una serie de consejos sobre el papel de la esposa -bastante machistas, por cierto- y ella entiende que debe esforzarse en ser una buena esposa y así su marido se dará cuenta de que será una buena madre y cambiará su actitud. Un cliente que no sabía si dejar a su madre en el hospital o llevársela a casa es conminado a hacer una tabla de decisión, al igual que en la teoría de juegos, poniendo en cada casillero lo que pasaría en el mejor de los casos o en el peor de sus dos opciones. En primer lugar ese tipo de tablas se hacen cuando hay dos oponentes, porque se supone que los dos jugarán racionalmente y se pretende buscar el punto de equilibrio -si lo hay. No funciona si el oponente es el azar. Pero aunque así fuera y como honestamente se recoge en el libro la tabla no le sirvió de nada al cliente, aunque parece que se fue más tranquilo.

Al ser un libro de segunda mano estaba lleno de subrayados y marcas. La única anotación se encontraba tras este párrafo:

No se salta de ninguna parte a otra. Siempre se está en algún lugar. A pesar de que no quiera estar donde se encuentra ahora o no sepa dónde está, de todos modos estará en algún punto de su camino. Churchill pensaba que había dejado escapar la oportunidad de realizarse en su vocación, sin comprender que estaba todavía en el camino correcto, aunque aún no hubiera llegado a su destino. Si usted, al igual que Churchill (disfrute de esto ahora, pues no cada día tendrá ocasión de decir: «¡Oh, sí, soy como Winston Churchill!»), piensa que está perdido, quizás es porque todavía no ve la pauta que debe seguir. Quizá se dirige sin saberlo hacia algo (o ya está implicado en algo) que es importante para usted.

Tras el cual estaba escrito:

eso espero!

Lo que me proporcionó un momento de ternura. No todo es malo en este libro, hay algún fragmento aprovechable, como la anécdota de que cuando estaba en un atasco y pasaba al lado de un cementerio pensaba en la suerte que tenía de estar en el atasco, porque eso significaba que estaba vivo. O el párrafo que dejo como extracto.

Pero en general es bastante decepcionante, y la mejor prueba es que no parece que el asesoramiento filosófico haya desplazado al resto de terapias, ni siquiera en Estados Unidos.

Calificación: Regular (mezcla de algunos trozos buenos con muchos muy malos).

Un día, un libro (73/365)

Extracto:
El existencialismo fomenta también la autenticidad, la responsabilidad personal y el libre albe-drío. Así pues, la buena noticia es que tiene la oportunidad de elegir el modo de abordar el vacío creado al declarar muerto a Dios. Muchas personas examinan el existencialismo de un modo superficial, concluyen que la vida no tiene sentido y se preguntan por qué, si es así, han de molestarse por hacer nada. He aquí mi argumento favorito para evitar ese derrumbe en la depresión existen-cial: si la vida, tai como la conocemos, es en realidad un accidente de lo más inverosímil, cuánta más razón para apreciarla. Si venimos de la nada y ‘ vamos hacia la nada, yo propongo que pasemos el tiempo que nos queda celebrando la existencia misma de la vida. El tiempo que pasamos aquí posee un valor incalculable (de hecho, deberíamos decir que es un tiempo insustituible). Viva, pues, con autenticidad. El único problema es que tiene que descubrir lo que significa para usted vivir auténticamente, pero sin duda implicará, al menos, un compromiso (no una huida) con la vida misma. En lugar de desesperarse, utilice su libre albedrío para optar por una apreciación renovada de cada momento de su vida.

febrero 16, 2011

Alfonso Mateo-Sagasta. Ladrones de tinta.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:55 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Ediciones B, 2006. 574 páginas.

Alfonso Mateo-Sagasta, Ladrones de tinta
Detective quijotesco

Si un libro tiene en la portada la etiqueta bestseller me da aprensión. El que esté libre de prejuicios que tire la primera piedra. Pero como el argumento gira alrededor del Quijote y estaba de saldo me animé a comprarlo.

Isidoro de Montemayor no tiene ni mal corazón ni mal oficio, y cuando su jefe, Francisco Robles, le encarga que averigüe quien le está haciendo la competencia al publicar una segunda parte falsa del Quijote se frota las manos. Con el dinero extra podrá hacer avanzar el procedimiento para obtener su carta de hidalguía. Lo que no imaginaba era que su periplo iba a ser largo, y aparecerían en él una gran cantidad de escritores famosos e incluso el amor…

Juzgándolo como bestseller, está muy bien. Entretenido, con ritmo, te atrapa en el argumento. La época está muy bien elegida y aparecen Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina y, por supuesto, Cervantes. La oportunidad del protagonista de estar en el origen de todas las salsas, al estilo de Forrest Gump, y ser la inspiración para anécdotas de Quevedo, el pseudónimo de Tirso, o el argumento de Fuenteovejuna es totalmente increíble, pero como tal es gracioso y funciona muy bien.

La documentación del autor ha debido ser abundante, y así retrata la época con gran cantidad de detalles. Época sucia, injusta, y pobre. Se ponen en clave de ficción todas las teorías que se tienen actualmente sobre la identidad de Avellaneda, aunque como buen autor de ficción se inclina por una solución novelesca que no descubriré aquí.

El autor acaba de ganar hace poco el premio CajaGranada de novela histórica. Para pasar un rato agradable.


Extracto:[-]

Desde ese momento su pueblo de acogida tendría una deuda permanente con ellos y estaría obligado a pagarles una pensión anual. Sacedillo es un lugar pequeño, así que a su padre, además, no le costaría mucho comprar tierras, hacerse nombrar regidor, alcaide, familiar de la Inquisición y todos esos cargos que dice usted que ostentaba.

—Quiere decir que…

—Que compró la hidalguía —afirmó fríamente don César—. O lo intentó, al menos, porque algo le salió mal. Por algún motivo no pudo falsificar el libro parroquial como había hecho con el padrón municipal.

—Pero el que falte alguna inscripción puede deberse a un error —dije intentando pensar fríamente.

—En efecto. Por eso busqué las fechas de nacimiento y defunción de las cuatro generaciones anteriores de Monte-mayor de acuerdo a los datos que usted me había facilitado, y nada. No hay ni un solo Montemayor en el libro parroquial de Sacedillo. Muy raro, ¿no le parece? Sólo constan las muertes de sus padres. Eso no podía ser casualidad. Me planteé dos opciones. O había una confabulación para impedir que el último Montemayor disfrutara de los beneficios de su linaje, o todo era una pura invención de su padre, si me permite decirlo tan crudamente. Para descartar la primera revise cuidadosamente los libros, comprobé que no había páginas arrancadas, tachaduras ni intrusiones, y una vez confirmado este último extremo no me quedó más remedio que aceptar la realidad.

—Que no soy hidalgo —dije sintiendo cómo todo mi mundo se tambaleaba.

—¡No, hombre! —exclamó don César risueño—. Que el serlo le va a salir un poco más caro de lo previsto. —¿Qué quiere decir?

—Yo soy de los que creen que la verdadera nobleza reside en los actos más que en la sangre. O al menos se reparte por igual. Y usted, don Isidoro, ha vivido como hidalgo toda su vida. Sería una pena estropearlo ahora. Claro que habrá que acabar el trabajo iniciado por su padre.

—¿Es posible?

—Amigo mío, le seré franco: ¿cómo decía el poeta? Sí. Sólo dos linajes hay, el tener y el no tener.

Se detuvo en el «no tener» y me dedicó una mirada socarrona.

—Desde luego que es posible, y creo haber descubierto su escollo. Al parecer, el sacristán anterior tenía vocación de cartujo y carácter de perro braco, pero por suerte para nuestra causa murió de peste.

—Igual que mi padre.

—Igual que media España. Pero el sacristán actual es un hombre encantador que mantiene barragana y cuatro hijos, y se le ve proclive a llegar a acuerdos razonables.

Hizo una pausa para darme tiempo a entender su propuesta.

—Tampoco pide demasiado, un par de doblones por asiento. Entre nacimientos y muertes, contando que podemos decir que alguna de las mujeres nació en otro sitio, unos trece o catorce asientos, menos los dos de la muerte de sus padres, que esos sí constan, los he visto, pues por unos veinte o veinticinco doblones quedaría todo arreglado.


Del patio se alzó de pronto un rugido que salvó mi desconcierto, las tripas de un dragón quejándose de hambre. Que-vedo se asomó a la ventana. Yo le seguí atraído por el escándalo. Se oían voces, insultos, risas. Un penetrante olor a podrido se extendió por la habitación. Alguien había vertido un aceite pestífero en las lamparillas de la escena y el teatro entero olía a cloaca. Quevedo prorrumpió en una carcajada abierta. Me acerqué un poco más. En el escenario, un jorobado vestido de negro (que supuse que sería el autor) insultaba impotente a los reventadores que se agolpaban a las puertas sujetándose las tripas de risa. Quevedo cerró la ventana, pero del mal olor ya no había quien se librara.

Página siguiente »