Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

febrero 22, 2013

Julio Cortázar. El libro de Manuel.

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Julio Cortázar, El libro de Manuel
Ediciones B, 1988. 420 páginas.

Compré este libro en 1990, cuando vivía en Donostia, en la librería Lagun (que tanto ha sufrido los ataques de la kale borroka). Dentro he encontrado un punto de libro de 1997, recién llegado a Barcelona, siete años después. ¿Quién hubiera dicho que despues de otros siete años me casaría? Tendría que haberlo releído en el 2014…

Poca cosa puedo añadir a los cientos de páginas que se han escrito sobre el autor y este libro, siempre considerado como menor, pero más por la estatura de sus hermanos que por su propia calidad. Aquí tienen todo un ensayo: Libro de Manuel, de Julio Cortázar, entre la vanguardia estética y la revolución política.

El libro narra las aventuras de un grupo que prepara una especie de atentado/secuestro, mientras se intercalan noticias reales del periódico, se narran las vidas y amores de algunos miembros del grupo, y se habla de la propia creación del libro, destinada a Manuel, un bebé.

Que sea un libro comprometido siempre se ha utilizado en su contra, pero Cortázar es capaz de armar una buena novela, de innovar con la intercalación de noticias, y salir airoso de todo junto. Hay párrafos memorables.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
¿Y los libros, esos fósiles necesitados de una implacable gerontología, y esos ideólogos de izquierda emperrados en un ideal poco menos que monástico de vida privada y pública, y los de derecha inconmovibles en su desprecio por millones de desposeídos y alienados? Hombre nuevo, sí: qué lejos estás, Karlheinz Stockhausen, modernísimo músico metiendo un piano nostálgico en plena irisación electrónica; no es un reproche, te lo digo desde mí mismo, desde el sillón de un compañero de ruta. También vos tenés el problema del puente, tenés que encontrar la manera de decir inteligiblemente, cuando quizá tu técnica y tu más instalada realidad te están reclamando la quema del piano y su reemplazo por algún otro filtro electrónico (hipótesis de trabajo, porque no se trata de destruir por destruir, a lo mejor el piano le sirve a Stockhausen tan bien o mejor que los medios electrónicos, pero creo que nos entendemos). Entonces el puente, claro. ¿Cómo tender el puente, y en qué medida va a servir de algo tenderlo? La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total; yo escribo y el lector lee, es decir que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che.

Una de las soluciones: poner un piano en ese puente, y entonces habrá cruce. La otra: tender de todas maneras el puente y dejarlo ahí; de esa niña que mama en brazos de su madre echará a andar algún día una mujer que cruzará sola el puente, llevando a lo mejor en brazos a una niña que mama de su pecho. Y ya no hará falta un piano, lo mismo habrá puente, habrá gente cruzándolo. Pero andá a decirle eso a tanto satisfecho ingeniero de puentes y caminos y planes quinquenales.

Páginas para el libro de Manuel: gracias a sus amistades entre conmovidas y cachaderas, Susana va consiguiendo recortes que pega pedagógicamente, es decir alternando lo útil y lo agradable, de manera que cuando llegue el día Manuel lea .el álbum con el mismo interés con que Patricio y ella leían en su tiempo El tesoro de la juventud o el Billiken, pasando de la lección al juego sin demasiado traumatismo, aparte de que vaya a saber cuál es la lección y cuál el juego y cómo será el mundo de Manuel y qué carajo, dice Patricio, haces bien, vieja, vos pegoteale nuestro propio presente y también otras cosas, así tendrá para elegir, sabrá lo que fueron nuestras catacumbas y a lo mejor el pibe alcanza a comerse estas uvas tan verdes que miramos desde tan abajo.

Reflexiones parecidas no los ponen melancólicos sino que más bien los regocijan enormemente, y por ejemplo Susana decide que a Manuel le convendrá, en plena escuela primaria argentina, enterarse de que ahí al lado se hablan cosas que otros pibes igualmente sudamericanos chamuyan sin problema, todo lo cual contribuirá pestalozzianamente a amortiguar la compartimentación y el provincialismo de los pibes en cuestión, y sin pensarlo más unta con abundante secoline una página entera del álbum y le planta una muestra chilena obsequiada por Fernando (por lo demás desaparecido del mapa desde su probable sospecha de que las papas queman y mejor guarecerse cuerdamente en su cuarto de hotel porque las becas son cosa delicada), y así llegado a la alfabetización Manuel se enterará de que

Guenos pa la pestaña están los púgiles

noviembre 28, 2012

Jasper Fforde. Algo huele a podrido.

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Jasper Fforde, Algo huele a podrido

Cuarta entrega de la saga sobre Thursday Next, de la que ya he reseñado por aquí las anteriores: Jasper Fforde. En esta ocasión la protagonista abandona la ficción para volver a la realidad, acompañada del mismísimo Hamlet, que quiere quitarse la fama de indeciso que pesa sobre su cabeza.

Por el camino deberán encontrar de qué libro ha salido el carismático político Yorrick Kaine, se cruzarán con el profeta san Zulkx, que va a reaparecer, investigarán una posible clonación de Shakespeare y deberán jugar un partido de cricket de cuyo desenlace depende el futuro del mundo.

No sé si es porque hacía tiempo que había dejado la serie en barbecho, pero me ha parecido tan bueno como el primero, lleno de acción trepidante, momentos de mucho humor, y con un final en el que encajan todas las piezas que va dejando sueltas por el camino.

Aqui lo reseñan en extenso: Algo huele a podrido, y aquí también Reseña y opinión: Algo huele a podrido (Jasper Fforde) Val: 755

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
—Gracias, caballeros, y bienvenidos. La primera pregunta es de la señorita Pupkin.

Una mujer bajita se puso en pie y dijo con timidez:

—Hola. Esta semana a Alguien le han hecho una Cosa Horrible, y me gustaría preguntar a los invitados si están dispuestos a condenar el hecho.

—Muy buena pregunta —respondió Webastow—. Señor Kaine, ¿quiere ser el primero?

—Gracias, Tudor. Sí, condeno completa y absolutamente la Cosa Horrible en los términos más enérgicos. En el Partido Whig nos horroriza que en esta gran nación nuestra sucedan Cosas Horribles sin que se castigue al Alguien que las comete. Además, me gustaría señalar que la avalancha actual de Cosas Horribles que se produce en nuestros pueblos y ciudades es una carga que heredamos del Partido del Sentido Común, y me gustaría añadir que en términos reales la incidencia de Cosas Horribles ha disminuido en un veintiocho por ciento desde que llegamos al poder.

Aplausos. Webastow le pidió a Van de Poste su opinión.

—Bien —dijo Redmond suspirando—, está claro que mi sabio amigo confunde los hechos. Tal y como nosotros manipulamos los datos, en realidad las Cosas Horribles van en aumento. Pero por un momento me gustaría dejar de jugar a la política de partidos y manifestar que, aunque se trató evidentemente de una gran tragedia personal para los implicados, condenar estos actos sin mayor reflexión no nos permite comprender por qué se producen y es preciso meditar más para llegar a la raíz de…

—Una vez más —le interrumpió Kaine—, vemos como el partido del Sentido Común niega su responsabilidad y renuncia a actuar con dureza ante dificultades indeterminadas. Espero que toda la gente sin identificar que ha sufrido problemas difusamente definidos comprenda…

—He dicho que condeno la Cosa Horrible —intervino Van de Poste—, y debo añadir que hemos estado investigando todo el espectro de Cosas Horribles, desde lo Simplemente Molesto hasta lo Escandalosamente Terrible, y que haremos uso de lo que descubramos… si alcanzamos el poder.

—¡Siempre se puede confiar que el partido del Sentido Común haga las cosas a medias! —se mofó Kaine, quien evidentemente disfrutaba de ese tipo de discusiones—. Llegando sólo hasta «Escandalosamente Terrible», el señor Van de Poste está haciendo un flaco favor a su país. En el Partido Whig hemos examinado el problema de las Cosas Horribles y proponemos una actitud de nula tolerancia para ofensas incluso de tan poco nivel como Ligeramente Inapropiadas. Sólo de esta forma podremos detener a los Álguienes que hacen Cosas Horribles antes de que pasen a actos Obscenamente Perversos.

Sonaron más aplausos, presumiblemente mientras el público intentaba decidir si «Simplemente Molesto» era peor que «Ligeramente Inapropiado».

—En pocas palabras —anunció Webastow—: al final de la primera ronda concedo tres puntos al señor Kaine por su excelente condena inespecífica, más un punto de bonificación por echar la culpa al Gobierno anterior y otro por transformar con éxito la pregunta para defender la posición de su partido. El señor Van de Poste recibe un punto por una firme refutación pero sólo dos puntos por su condena, ya que ha intentado incluir una observación imparcial e inteligente. Por tanto, al final de la primera ronda, Kaine va en cabeza con cinco puntos y Van de Poste tiene tres.

Más aplausos cuando las cifras aparecieron en el marcador.


Mi madre tomó la mano de Hamlet y le saludó de corazón.

—¿Cómo está usted, señor Hamlet? ¿De dónde ha dicho que es príncipe?

—De Dinamarca.

—¡Ah! Nada de visitas a partir de las siete y el desayuno se acaba a las nueve en punto. Espero que los invitados se hagan la cama y, si tiene colada, puede dejarla en el cesto de mimbre del descansillo. Encantada de conocerle. Soy la señora Next, la madre de Thursday.

—Yo tengo madre —respondió Hamlet con tristeza mientras se inclinaba para besar la mano de mi madre—. Comparte la cama de mi tío.
—En ese caso, deberían comprar otra —respondió mi madre, tan práctica como siempre—. Dicen que en IKEA hay muy buenas ofertas. Yo no compro allí, porque no me gusta eso de tener que montarlo… es decir, ¿qué sentido tiene pagar por algo que debes fabricar tú? Pero a los hombres les gusta precisamente por esa razón. ¿Le apetece Battenberg?

agosto 5, 2012

George R.R. Martin. Los viajes de Tuf.

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Ediciones B, 2009. 560 páginas.
Tit. Or. Tuf voyaging. Trad. Alberto Soler.

George R.R. Martin, Los viajes de Tuf
Arca espacial

A falta de encontrar la serie Nova de saldo en los mercadillos, bien está que aparezcan ediciones de bolsillo. George R. R. Martin es conocido por la serie Canción de hielo y fuego, que no he leído y tardaré en hacerlo porque la fantasía épica no me va demasiado (corrección: ya estoy infectado).

El libro es una recopilación de relatos escritos con una diferencia de bastantes años, pero cuyo protagonista es siempre el mismo: Tuf, un comerciante espacial con un carácter peculiar. Vegetariano, rechoncho y amante de los gatos esconde bastantes sutilezas bajo una apariencia más bien simple. Es el dueño de El Arca, la única nave superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería de la Vieja Tierra. Una enorme astronave llena de tecnología.

Un libro amable y entretenido, de los que se leen con placer precisamente por no ser pretenciosos. Pueden encontran una buena reseña aquí: Los viajes de Tuf. Para destacar la única historia que se cuenta en varias partes acerca del mundo de S’uthlam, un pueblo amante de la vida y con una expansión demográfica explosiva. Un alegato a favor del control de natalidad couyo interés reside en que los que pratican la superpoblación sin control no son fanáticos religiosos, sino uno de los pueblos más avanzados, precisamente para poder alimentar a tanta gente.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (338/365)


Extracto:[-]

[...]usted es bastante… quiero decir, bastante grande, y en S’uthlam no entra dentro de lo socialmente aceptable el… bueno, el exceso de peso.
—Caballero, el peso no es sino una función de la gravedad y, por lo tanto, resulta extremadamente dúctil. Lo que es más, no me siento dispuesto a concederle la más mínima autoridad para que emita juicios sobre mi peso, tanto si es para calificarlo de excesivo como de adecuado a la media o inferior a ella, dado que siempre estamos tratando con criterios subjetivos. La estética varía de un mundo a otro, al igual que los genotipos y la predisposición hereditaria. Caballero, me encuentro perfectamente satisfecho con mi masa actual y para volver al asunto que nos ocupa, deseo terminar mi estancia aquí mismo.
—Muy bien —dijo el encargado—. Le reservaré un pasaje en el primer tubotrén de mañana por la mañana.
—No me parece satisfactorio. Desearía marcharme de inmediato. He examinado los horarios y he descubierto que dentro de tres horas sale un tren.
—Está completo —le replicó con cierta sequedad el encargado—. En ése sólo quedan plazas de segunda y tercera clase.
—Lo soportaré tan bien como pueda —dijo Haviland Tuf—. No tengo la menor duda de que un contacto tan apretado, con tales cantidades de prójimo, me dejará altamente tonificado y revigorizado cuando abandone mi tren.

—Llevaba bigote —dijo Haviland Tuf—, en tanto que yo no.
—Pensaron que eso le daba un aire más gallardo y aventurero. Si tanto le preocupa, piense en lo que hicieron conmigo. No me importa que le quitaran cincuenta años a mi edad y tampoco que realzaran mi aspecto hasta hacerme parecer una princesa de Vandeen. Pero, ¡esos condenados pechos!
—Sin duda deseaban resaltar al máximo la certeza de que pertenecía usted al reino de los mamíferos —dijo Tuf—. Todo ello podría considerarse como alteraciones menores dirigidas a presentar un espectáculo de mayor interés estético, pero me molestan mucho las salvajes libertades que fueron tomadas en cuanto a mis opiniones y a mi filosofía de la vida, lo cual considero asunto mucho más serio. En particular me molesta y debo discrepar en cuanto a mi discurso final, en el cual opino que el genio de la humanidad, en continua evolución, será capaz de resolver todos los problemas y que eso será efectivamente lo que pase en el futuro, de la misma forma en que la ingeniería ecológica ha liberado a los s’uthlameses, para que, al fin, puedan multiplicarse sin temor ni límite alguno evolucionando hasta lograr la grandeza final de la divinidad. Ello se encuentra en absoluta contradicción con las opiniones de las cuales le hice partícipe por aquel entonces, Maestre de Puerto Muñe. Si es capaz de recordar nuestras conversaciones le dije muy claramente que cualquier solución a su problema alimenticio, ya fuera de naturaleza ecológica o tecnológica, debía acabar ineludiblemente no siendo más que un parche momentáneo

—Si la procreación es la señal distintiva de la divinidad —dijo Tuf—, entonces creo que puedo argumentar que los gatos también son dioses, ya que también ellos se reproducen. Permítame indicarle que, en muy corto espacio de tiempo, hemos llegado a una situación en la cual tiene usted más gatos que yo, pese a haber empezado con sólo una pareja.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué está diciendo? —quitó el sonido, para que las palabras de Tuf no fueran transmitidas.
Wald Ober gesticuló nerviosamente en un repentino silencio.
Haviland Tuf formó un puente con sus dedos sobre la mesa.
—Estoy meramente indicando que, pese a mi gran aprecio hacia las propiedades de los felinos, tomo medidas para controlar su reproducción. Llegué a tal decisión tras haber meditado cuidadosamente en ello y sopesando todas las alternativas. En último extremo, tal y como usted misma descubrirá, sólo hay dos opciones fundamentales. Debe reconciliarse con la idea de inhibir de alguna forma la fertilidad de sus felinos, y podría añadir que, por supuesto, sin ningún consentimiento por parte de ellos o, si no lo hace, le aseguro que algún día se encontrará echando por su escotilla una bolsa repleta de garitos recién nacidos al frío espacio. Caso de que no elija ya habrá elegido. El fracaso a la hora de tomar una decisión, basándose en que no tiene derecho a ello, es por sí mismo una decisión, Primera Consejera. Si se abstiene ya ha votado.
—Tuf—dijo ella con la voz llena de dolor— ¡No! ¡No quiero este maldito poder!

junio 4, 2012

Ernest Cline. Ready Player One.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 12:17 pm
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Ernest Cline, Ready Player One
Ediciones B, 2011. 462 páginas.
Tit. or. Ready Player One. Trad. Juanjo Estrella.

Cuando un libro de ciencia ficción da la campanada me llama la atención. Aprovechando las rebajas que puedes encontrar en el mercado de San Antonio me di permiso para comprar algunas novedades, este libro entre ellas.

En el futuro cercano 2044 todo el mundo está conectado a OASIS, una especie de mezcla ente internet, facebook, WOW y second life. Un mundo alternativo donde puedes interactuar, estudiar, jugar… Su creador, al morir, anunció que había escondido un huevo de pascua dentro de ese universo, y quien lo encuentre ganará su enorme fortuna. El joven Wade Watts consigue solucionar la primera parte del rompecabezas, lo que inicia una desaforada carrera para conseguir el premio.

El libro está muy bien, engancha -yo me lo leí de un tirón aunque no es precisamente delgado-, tiene ritmo y algunos detalles futuristas que me han gustado mucho.

También se puede decir que dentro de lo que es el género no va a renovar nada, porque tampoco es que tenga excesiva originalidad.

Pero lo que me ha tirado para atrás es el motor de la historia. El protagonista explica como es aprender en OASIS. Tienes acceso a todos los libros, música y películas del mundo. Las clases son interactivas, cuando estudias el antiguo Egipto te desplazas virtualmente allí. Los avatares de los alumnos no pueden molestar en clase por limitaciones de software, así que los profesores pueden dedicarse a enseñar.

Pues bien, el protagonista -y casi todo el mundo- es un experto en videojuegos antiguos y películas, porque es la única manera de conseguir encontrar el huevo de pascua. Su talento, en vez de dedicarse a solucionar los problemas de un mundo lleno de pobreza, se desperdicia en aprenderse de memoria los diálogos de las películas que le gustaban al creador de OASIS.

Lo peor, que soy capaz de imaginarme que el futuro vaya a ser así. Estamos apañados.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (277/365)

Extractos:

Mi madre, Loretta, tuvo que criarme sola. Vivíamos en una caravana fija pequeña, en otra zona de las Torres. Trabajaba para Oasis, a jornada completa, de teleoperadora y de chica de compañía en un burdel online. Por las noches me obligaba a ponerme tapones en los oídos, para que no oyera las guarradas que decía a los puteros de otros husos horarios. Pero los tapones no funcionaban bien y yo veía películas antiguas con el volumen a tope.
A mí me introdujeron en Oasis en un estadio temprano, porque mi madre lo usaba de niñera virtual. Tan pronto como estuve lo bastante crecido para llevar visor y guantes táctiles, mi madre me ayudó a crear mi primer avatar en Oasis. Después, me dejó en un rincón y volvió al trabajo, solo y a mis anchas, con total libertad para explorar un mundo que era totalmente nuevo para mí, y muy distinto del que había conocido hasta entonces.
Puede decirse que, a partir de ese momento, me formé con los programas educativos interactivos de Oasis, a los que cualquier niño podía acceder gratuitamente. Pasé gran parte de mi infancia paseándome por una simulación de la realidad virtual de Barrio Sésamo, cantando canciones con muñecos muy cariñosos y participando en juegos interactivos que me enseñaban a caminar, hablar, sumar, restar, leer, escribir y compartir. Una vez que llegué a dominar aquellas habilidades, no tardé mucho en descubrir que Oasis también era la mayor biblioteca pública del mundo, donde incluso un niño miserable como yo tenía acceso a todos los libros escritos en el planeta, a todas las canciones grabadas, y a todas las películas, series de televisión, videojuegos y obras de arte creadas. Un lugar donde se hallaban reunidos los conocimientos, el arte y el entretenimiento de la civilización humana. Y estaba ahí, esperándome. Pero el acceso a tanta información resultó ser una bendición envenenada. Porque entonces supe la verdad.
No sé, tal vez vuestra experiencia fuera distinta de la mía. Para mí, criarme como ser humano en el planeta Tierra del siglo XXI era una putada. Desde el punto de vista existencial.
Lo peor de ser niño era que nadie me contaba la verdad sobre mi situación. De hecho, se dedicaban a todo lo contrario. Y yo,
claro, les creía, porque no era más que un niño y no sabía nada. Pero si ni el cerebro siquiera se me había desarrollado del todo… ¿Qué iba a saber yo, si los adultos no dejaban de engañarme?
De modo que me tragaba todas aquellas patrañas propias de la edad de las tinieblas que me contaban y, después, con el paso del tiempo, ya algo mayor, empecé lentamente a atar cabos y a deducir que la mayoría de ellos me había mentido sobre casi cualquier tema, desde que había salido del vientre de mi madre.
Y ésa fue una revelación alarmante.
Y una de las razones por las que, más tarde, me ha costado confiar en los demás.
Empecé a comprender la cruda verdad tan pronto como inicié la exploración de las bibliotecas gratuitas de Oasis. La verdad estaba ahí mismo, esperándome, oculta en libros viejos escritos por gente que no temía mostrarse sincera. Artistas, científicos, filósofos, poetas, muchos de ellos muertos desde hacía mucho tiempo. A medida que leía las palabras que habían legado a la humanidad, iba comprendiendo cuál era la situación. Mi situación. Nuestra situación. Lo que la mayoría de la gente llamaba «la condición humana».
Y no era nada bueno. ,
Habría preferido que alguien me hubiera dicho la verdad descarnada apenas fui lo bastante mayor para comprenderla. Ojalá alguien me hubiera dicho, simplemente:
«Así es la cosa, Wade. Tú eres lo que se conoce como “ser humano”. Los seres humanos son unos animales muy listos. Y como todos los demás animales de este mundo descendemos de un organismo unicelular que vivió hace millones de años. Eso tuvo lugar gracias a un proceso llamado “evolución”, del que ya aprenderás más cosas. Pero, hazme caso, así es como todos nosotros hemos llegado hasta aquí. Existen pruebas en todas partes, enterradas bajo piedras. ¿A ti te han contado eso de que a todos nos creó un tipo superpoderoso llamado Dios que vive en el cielo? Mentira. Cuanto se dice de Dios es, en realidad, una patraña antigua que la gente lleva contándose miles de años. Nos la hemos inventado de cabo a rabo. Como lo de Santa Claus y el Conejito de Pascua.

abril 17, 2012

Connie Willis. El apagón.

Filed under: Ci-Fi — Palimp @ 6:42 am
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Connie Willis, El apagón
Ediciones B, 2011. 624 páginas.
Tit. Or. Blackout. Trad. Paula Vicens.

Novela nueva de la Willis, ahí que voy corriendo a comprarla, aunque había oído malos comentarios sobre ella. Pero como es una autora que no gusta a todo el mundo, me arriesgué igualmente.

Ambientada como otras de sus novelas en un departamento de historia que cuenta con la capacidad de realizar viajes en el tiempo, nos relata la historia de tres investigadores que, enviados a Londres y alrededores en la segunda guerra mundial, se encontrarán con problemas para realizar sus misiones e incluso regresar.

No me suele gustar la novela histórica porque nunca sabes cuando lo que estás leyendo está documentado o es invención del autor, máxime cuando los protagonistas suelen ser grandes figuras. Este libro, pese a los viajes en el tiempo, podría encuadrarse más dentro de la novela histórica. Pero la excusa de los investigadores le permite a la autora ser precisa con los datos históricos -en algunos casos hasta el minuto. El que los protagonistas se muevan a pie de calle hace que las invenciones de la autora alcancen sólo a personajes anónimos que no influyen en la objetividad histórica.

La mejor reseña que he encontrado del libro así lo ha tomado: Recorriendo el Londres del Blitz. El apagón, de Connie Willis, y tanto le entusiasmó que fue corriendo a comprar la segunda parte en inglés ¿Segunda parte? Sí, esta es la primera parte de una historia y te enteras cuando llegas al final y se te queda cara de tonto como le pasó al que escribió esto: El Apagón.

Soy una persona que espera a que se acabe de emitir toda la temporada de una serie para poder verla seguida. No les cuento como me ha sentado saber que tendré que esperar probablemente un año para poder leer la continuación de este libro. Y ojo, que no es una historia que acabe pero con continuación, es que está a medias. Para tirarse de los pelos.

Menos mal que me ha gustado.

Calificación: La pondré cuando lo lea entero.

Un día, un libro (230/365)

Extracto:
—Me duele —gritaba, moviendo la cabeza sin cesar sobre la almohada.
—Le ha dado fuerte —dijo el médico. Una afirmación que poco tenía de diagnóstico científico. Le tomó la temperatura. Estaba a cuarenta y uno, y luego la auscultó—. Temo que el sarampión le haya afectado los pulmones.
—¿Los pulmones? ¿Está hablando de neumonía? —preguntó Eileen.
—Sí—asintió el médico—. Quiero que prepare una cataplasma de melaza y mostaza para el pecho.
—Pero, ¿no deberíamos llevarla al hospital?
—¡¿Al hospital?!
Eileen se mordió el labio. Era evidente que la gente de la época no iba al hospital en caso de neumonía, ¿para qué? No había nada que pudieran hacer por ellos allí: no disponían de antivirales, ni de nanoterapia; ni siquiera de antibióticos, aparte de penicilina y sulfamidas. No, ni siquiera eso. La penicilina no había sido de uso común hasta después de la guerra.
—Yo no me preocuparía —dijo el médico, dándole unas pal-maditas en el brazo a la niña—. Binnie es joven y fuerte.
—¿No puede darle nada para la fiebre?
—Puede darle un poco de infusión de regaliz —le dijo el doctor Stuart—. Y hacerle friegas con alcohol tres veces al día.
«¡Infusiones, cataplasmas, termómetros de vidrio! Es un milagro que alguien sobreviviera en el siglo XX», pensó Eileen, disgustada.
Le hizo friegas en los brazos y las piernas a Binnie cuando el doctor se fue, pero nada, ni siquiera la infusión, surtió efecto. A medida que avanzaba la tarde respiraba más agitadamente. Dormitaba a ratos, gimiendo y revolviéndose. A medianoche por fin L se durmió. Eileen la arropó y fue a ver cómo se encontraban los otros niños.
—¡No me dejes sola! —Gritó Binnie.
—Chsss —la tranquilizó Eileen, corriendo a sentarse de nue-
vo a su lado—. Estoy aquí. Chsss. No me voy. Sólo iba a ver a los demás. —Con una mano comprobó la frente de Binnie, que se revolvió para apartarse de ella.
—No, no ibas a verlos. Ibas a marcharte. A Londres. Te vi.
Tenía que referirse a aquel día en la estación con Theodore.
—No me voy a Londres —le dijo, indulgente—. Me quedo aquí contigo.
Binnie sacudió violentamente la cabeza.
—Te vi. La señora Bascombe dice que las buenas chicas no se ven con soldados en el bosque.
«Delira», pensó Eileen.
—Voy a buscar el termómetro, Binnie. Vuelvo enseguida.
—La vi, Alf —dijo Binnie.
Eileen cogió el termómetro, lo sumergió en alcohol y regresó.
—Póntelo debajo de la lengua.
—No puedes irte —dijo Binnie. Miró a los ojos a Eileen—. Nadie más que tú es amable con nosotros.
—Binnie, cariño, tengo que tomarte la temperatura —insistió Eileen, y esta vez Binnie pareció oírla. Abrió la boca obediente y se quedó tendida los interminables minutos que Eileen tuvo que esperar hasta retirarle el termómetro. Luego se volvió y cerró los ojos.
Eileen no podía leer la temperatura en la oscuridad prácticamente total. Se acercó de puntillas a la lámpara de la mesa: cuarenta y dos. Si aquella fiebre persistía mucho tiempo, la mataría.
Aunque eran las dos de la madrugada, Eileen llamó al doctor Stuart. No lo encontró. Su ama de llaves le dijo que acababa de irse a la granja de los Moody a atender un parto y, no, no tenían teléfono. Eso quería decir que tenía que arreglárselas sola… y que no podía hacer nada en absoluto.

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