Cuchitril Literario

Diciembre 5, 2007

Mark Twain. Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo.

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Editorial Extremadura, 2004. 414 páginas.

Mark Twain, Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo
Capitalismo medieval

Último libro de Mark Twain que leo en estas cutre-ediciones, aunque baratas. Todavía me queda el Oliver Twist de Dickens.

La historia es conocida; un americano de Connecticut aparece de repente en pleno año 528, en la Corte del rey Arturo. Tras librarse de una acusación de brujería y de la quema gracias a que se acuerda (¡que suerte!) de la fecha de un eclipse se gana la confianza del Rey Arturo y monta todo un estado industrial en plena Edad media.

Al igual que El prícipe y el mendigo gran parte del libro es un planfeto publicitario de las ventajas de la civilización, el progreso y la industrialización en comparación con los modos de vida medievales. Y no es que no esté de acuerdo, pero tanta demagogia lastra el texto. A destacar la escena en la que el protagonista intenta explicar a unos comerciantes lo que es el poder adquisitivo. Entretenido y un poco pesimista.

Escuchando: Pick Me Up. Dinosaur Jr.


Extracto:[-]

¡Qué salto había dado! Me era imposible dejar de pensar en ello y de contemplarlo justo como hace el que ha encontrado petróleo. Nada de lo sucedido antes podía compararse con mi caso, a no ser el de José; y el suyo no fue más que una aproximación, sin llegar a igualar del todo mi buena fortuna. En efecto, es lógico pensar que, como el espléndido ingenio de José para los asuntos financieros no beneficiaba a nadie más que al rey, el público en general debía de mirarlo con bastante inquina. Yo, en cambio, le había hecho un gran favor a todo mi público al respetar la integridad física del sol, lo que me había granjeado una gran popularidad.

No era yo la sombra de ningún rey, sino la sustancia. El rey era la sombra. Mi poder era colosal y no se trataba de un mero decir, como por lo general ha sucedido en estos casos, sino que era algo auténtico, palpable. Ahí estaba yo, en el mismísimo manantial del que manaba el segundo gran período de la historia del mundo y podía ver cómo el arroyuelo de la historia cobraba fuerza, se hacía más hondo y ancho y sus aguas poderosas, arrolladuras, alcanzaban los siglos todavía lejanos. Veía surgir aventureros como yo al amparo de la larga serie de tronos: los De Monfort, Gaveston, Mortimer, Villiers; los disolutos de Francia que hacían la guerra y dirigían campañas y las rameras encumbradas por Carlos II. Pero ninguno de los que formaban la larga procesión llegaba a mi altura. Yo era un ejemplar único y me agradaba saber a ciencia cierta que durante trece siglos nadie ni nada podría arrebatarme semejante honor.

Sí, en lo que se refería al poder, era igual que el rey. Al mismo tiempo, empero, existía otro poder que era un poco más fuerte que los dos juntos. Se trataba de la Iglesia. No quiero disimular este hecho. Ni podría aunque quisiera. Pero de momento esto no viene al caso. Ya saldrá cuando llegue el momento, más adelante. Al principio no me causó ningún contratiempo, al menos ninguno de importancia.

Bueno, resultaba un país curioso y la mar de interesante. ¡Y la gente! Eran la raza más pintoresca, más sencilla y más confiada que ha pisado la capa de la Tierra. De hecho, eran conejos, nada más que conejos. A una persona nacida en un ambiente sano y libre le resultaba penoso escuchar cómo se humillaban haciendo sinceras manifestaciones de lealtad a su rey, a la Iglesia y a la nobleza. Hubiérase dicho que tenían más motivos para amar y honrar al rey, a la Iglesia y a los nobles de los que el esclavo tenia para hacer lo mismo con el látigo o el perro con el .extraño que le atiza un puntapié. Pero, válgame Dios, si cualquier clase de realeza, por muy modificada que esté, cualquier clase de aristocracia, por muy recortados que estén sus poderes, constituyen un verdadero insulto. De todos modos, si naces y te crías en esta clase de circunstancias probablemente nunca te percatas de ellas por ti mismo y no te lo crees cuando te lo dice otro. Uno tiene motivos suficientes para avergonzarse de su especie si piensa en la clase de inútiles que han ocupado siempre sus tronos sin el menor asomo de derecho o razón, así como en la gentecilla de séptima categoría que ha nutrido en todo momento las filas de la aristocracia. Una colección de monarcas y nobles, en suma, que, por lo general, no habrían salido de la pobreza y la oscuridad si, al igual que las personas que eran mejores que ellos, hubiesen tenido que arreglárselas por sus propios medios.

La mayoría de los británicos que formaban la nación del rey Arturo eran esclavos, pura y sencillamente esclavos, y así se les llamaba y llevaban la argolla de hierro al cuello. Los demás eran esclavos de hecho, aunque no de nombre. Se tenían por hombres libres y así se autocalificaban. La verdad era que la nación en masa se hallaba en el mundo con un objeto, un solo objeto: rebajarse servilmente ante el rey, la Iglesia y la nobleza, trabajar como esclavos para ellos, sudar sangre por ellos, morirse de hambre…

Noviembre 21, 2007

Mark Twain. El príncipe y el mendigo.

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Editorial Extremadura, 2004. 224 páginas.

Mark Twain, El Principe y el Mendigo
Intercambio inverosímil

Otro libro de esta ¿colección? en la que todos los títulos comparten la misma sosa portada y la misma falta de información acerca de traductor, título original, índice, etcétera.

Tom Canty es un niño que vive en los suburbios de Londres, en la extrema pobreza. Pero de vez en cuando sueña que está en palacio. Es el juego que le permite evadirse de la realidad. Hasta que un día la casualidad le lleva a toparse con el príncipe de inglaterra y como un juego intercambian los papeles. Con tan mala fortuna que el príncipe es expulsado mientras que el niño pobre es tomado por el heredero al trono.

El libro gira acerca de las aventuras de los dos niños en ambientes totalmente extraños para ellos, pero Twain aprovecha para repartir estopa a la monarquía sin compasión. El retrato de los bajos fondos de Londres es particularmente crudo, y la impresión que da es de una maniobra publicitaria de la forma de gobierno de los Estados Unidos.

Fuera de esto la historia resulta entretenida, pero no llega ni de lejos a la calidad de Tom Sawyer.

Escuchando: Si Manda. Jorge Ben Jor.


Extracto:[-]

Después de lo cual, vestido con sus harapos, salía a mendigar unas monedas, se comía su pobre mendrugo, recibía los pescozones e insultos de rigor y luego se tumbaba sobre el puñado de paja sucia y en sueños volvía a sumergirse en sus vacías grandezas.

Y, pese a todo, cada día era mayor su deseo de ver siquiera una vez un príncipe de carne y hueso, hasta que finalmente absorbió todos los demás deseos y se convirtió en la única pasión de su vida.

Un día de enero, hallándose en su habitual ronda mendicante, recorrió con aire abatido las cercanías de Mincing Lañe y Little East Cheap hora tras hora, descalzo y aterido de frío, atisbando por las ventanas de las casas de comidas y anhelando hincar el diente en los horribles pasteles de cerdo y otros inventos mortíferos expuestos allí, ya que para él eran exquisiteces dignas de los ángeles. Es decir, lo eran a juzgar por su olor, ya que jamás había tenido la buena suerte de comprar uno y comérselo. Caía una llovizna helada y el cielo estaba turbio. El día era melancólico. Por la noche, al llegar a casa, Tom estaba tan mojado, cansado y hambriento que a su padre y a su abuela les resultó imposible observar su triste estado sin conmoverse… a su manera, por lo cual se apresuraron a darle los pescozones reglamentarios y lo mandaron a la cama en seguida. Durante largo rato, el dolor y el hambre, junto con los juramentos y peleas que se oían en el edificio, le tuvieron desvelado, pero finalmente sus pensamientos flotaron hacia tierras lejanas y románticas y se durmió en compañía de princi-pillos enjoyados y dorados que vivían en vastos palacios y tenían sirvientes que hacían zalemas ante ellos o volaban a ejecutar sus órdenes. Y luego, como de costumbre, soñó que también él era un principillo.

Durante toda la noche resplandecieron sobre él las glorias de su regia condición: se movía entre grandes señores y encumbradas damas en medio de un derroche de luz, aspirando perfumes, embriagándose con músicas deliciosas y respondiendo a las respetuosas reverencias de la reluciente multitud que se

apartaba para dejarle paso, ora sonriendo a unos, ora haciendo un gesto con su cabeza principesca a otros.

Y cuando se despertó por la mañana y contempló la miseria que lo rodeaba, el sueño había surtido en él el efecto acostumbrado: había intensificado la sordidez de cuanto lo rodeaba, haciéndola mil veces mayor. Después vinieron la amargura, la congoja y las lágrimas.

Agosto 17, 2007

Mark Twain. Narraciones cortas.

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Editorial Extremadura.

Mark Twain, Narraciones Cortas
Ingenio en pequeñas dosis

Supongo que se podrá ganar dinero cogiendo textos cuyos derechos ya han caducado y publicándolos a bajo precio con un mínimo de gasto editorial: sin diseño, sin revisiones e incluso sin índice. No es una crítica -no del todo- gracias a esto me hice por un euro con varios clásicos nuevos. Me gustaría indicarles los relatos de este volumen, pero no sé donde tengo el ejemplar: cuando lo encuentre, los pongo.

Muchas de las narraciones no son muy conocidas -al menos por mí- y, en algunos casos, con razón. Pero otras son pequeñas joyas del humor que merecen ésta y otras reediciones. La del elefante blanco, feroz parodia de las novelas policiales. La rana saltarina, que encaja sin problemas en el universo de Tom Sawyer. El muchachito bueno, certero palo a los relatos moralizantes con escaso reflejo en el mundo real. Y las aventuras del agente de viajes un tanto inepto, de una comicidad desbordante.

Sorpresas muy agradables.

Escuchando: El Límite. La Frontera.


Extracto: Léanlo directamente en Wikisource: La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras