Jordi H. Rofa, Josep Melero, Joan Vigó y Sr. X. A dues Llengües i quatre mans.
Edicions El Portal, 2008. 176 páginas.
Hay un vecino en la blogosfera cuya escalera está muy concurrida. Pueden verlo en Malerudeveuret. El 27 de mayo presentarán este libro y a mà me apetecÃa leerlo. Uno lleva tiempo siguiendo esa bitácora y sabe que de ahà pueden salir muchas cosas buenas.
Asà es. A dues Llengües i quatre mans es una serie de relatos pornohumorÃsticos escrito al alimón entre los cuatro componentes de Progula. Uno empieza la historia y la va pasando al resto de componentes, que la continúan. Cada cual escribe en catalán o castellano, según lo considere y el resultado son unas historias delirantes con quiebros sorprendentes y mucho sentido del humor.
Cumplen su definición perfectamente. Son humorÃsticas, porque te arrancan verdaderas carcajadas. Lo estaba leyendo en la fila del banco y tuve que dejarlo porque no me aguantaba la risa. Son pornográficas porque animan los órganos genitales. Tuve que dejar de leerlo en el metro porque me ponÃan de muy buen humor
Hay escenas impagables: el pajillero impenitente, el medium gigoló, el record gayness de sodomÃas… No tarden, busquen el libro en su librerÃa más cercana y prepárense para pasar un buen rato… en más de un sentido.
BuenÃsimo.
Mañana se presenta el libro en l’original. No falten.
Extracto:[-]
El momento de tomar tierra ya estaba cerca. Tal era la emoción que sentÃa en aquellos instantes que le sorprendieron los últimos tres o cuatro metros de la operación en caÃda libre.
Los entumecidos músculos de Santo Tomás de Torquemada no supieron reaccionar ante el tremendo batacazo que siguió a la caÃda. Tras unos instantes de vacilación, el santo reaccionó irguiéndose sobre sus pies, que reconocieron la casi olvidada presa de la gravedad, después de quinientos años levitando a la vera del Señor. Su vista se depositó de inmediato sobre sus propias manos. En ellas vio las manos curtidas de un hombre de unos treinta o cuarenta años y eso le complació: “Gracias, Señor, por esta dosis de juventud”. Acto seguido, observó su vestimenta, compuesta por su sempiterno hábito blanco cubierto por la capa negra que abrazaba sus hombros y parte del pecho. “Para in sécula”, pensó el santo, sumido en un instante de gozo. Sus temblorosas manos recorrieron su rostro, que reconoció como el de aquel Primer Inquisidor General de España, él mismo, tantos años atrás. Le alegró también comprobar que su cabellera era como la de entonces, luciendo la tonsura coronilla, es decir, una corona de pelo que rodeaba, a la altura de la frente, el resto de una cabeza vacÃa de cabellos.
Tras esta obligada introspección fÃsica, Santo Tomás de Torquemada pasó a ocuparse de su entorno. Frente a él todo era playa y mar. Una playa en la que no habÃa un alma. Una playa vacÃa. Acababa de amanecer, sin duda, y no entendÃa el santo cómo no habÃan acudido ya los pescadores a iniciar sus labores. Se volvió y contempló con estupor las enormes edificaciones, como grandes templos, que presidÃan lo que debÃa ser una avenida principal. Sin embargo, tampoco allà parecÃa haber nadie.
Se volvió hacia el disco solar, que emergÃa lentamente, indeciso, al Este sobre las rocas. Hincó sus rodillas en la arena y, entrelazando sus manos, adoptó la posición que habÃa sabido mantener tan divinamente los últimos cinco siglos. Se sintió mejor y se dispuso a meditar sobre el papel que de él se esperaba en esa villa. Fue su Señor quien decidió que fuera él el que visitase la tierra con la finalidad de valorar la evolución que habÃa sufrido la Fe durante estos últimos siglos. Sin embargo, le extrañaba el hecho de que le propusieran para la misión dos santos que ni él mismo conocÃa. Tanto San Voltaire como San Groucho Marx habÃan pensado en él y eso le llenaba de orgullo. También ellos habÃan pensado en la villa de Lloret de Mar como destino adecuado para sus observaciones, insistiendo reiteradamente ambos en que la reencarnación se produjese en el mes de agosto, como finalmente habÃa sucedido. Recordando las caras sonrientes de los dos santos en el momento de su partida, pensó Santo Tomás de Torquemada que tal vez no les habÃa agradecido suficientemente la confianza que habÃan depositado en él y decidió dedicarles setenta años de vÃspera y letanÃas, tarea que comenzó en ese preciso instante.
Tuvo que ser un pelotazo en su sudorosa cara lo que le hiciera abrir los ojos al santo, abandonando asà su divina absorción bajo aquel sol bÃblico.
—I’m sorry —fueron las palabras de la impÃa criatura de cabellos rubios con los pechos al descubierto y con un pequeño trapo como única vestimenta que se encontraba a menos de un metro de él.
—¡Hereje! —exclamó el santo cruzando los brazos ante su propio rostro evitando asà aquella visión.



