Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

noviembre 15, 2011

Romulo Gallegos. Cuentos venezolanos.

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Espasa-Calpe, 1949, 1949, 1966. 156 páginas.
Romulo Gallegos, Cuentos venezolanos
Progreso

Me he aficionado a Rómulo Gallegos y en la colección Austral se encuentran bastantes obras suyas a buen precio. En este caso una colección con los siguiente relatos:

Los aventureros
Una resolución enérgica
Los Mengánez
El cuarto de enfrente
El crepúsculo del diablo
Pataruco
La hora menguada
Pegujal
Marina
Paz en las alturas
La fruta del cercado ajeno
La ciudad muerta
Un místico
El Maestro
Los inmigrantes

De tono costumbrista, en muchos se ven los problemas que trae el progreso, que se va infiltrando hasta en las más recónditas aldeas cambiando usos y modos de vida. En otros casos retrata con humor diferentes estratos de la sociedad, de la clase media alta a gente que vive en la indigencia.

Últimamente me van gustando más los cuentos que las novelas de los clásicos que voy leyendo.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (76/365)

Extracto:
Pegujal es un poblacho triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y pequeñas. Lo rodean unos cerros tinosos, de tierra empedernida y rojiza que van a morir allí en la entrada de los llanos; lo atraviesa un camino por donde se siente pasar la taciturnidad de las pampas desiertas y antaño estuvo sentado en las márgenes de un río que arrastraba un limpio caudal de mansas y abundosas aguas.
En los cerros, mientras dura la estación de las lluvias, verdean y se doran precarios maizales; por el camino transitan, de cuando en cuando, quejumbrosos convoyes de polvorientas carretas, tardos arreos de burros cansinos que marchan dejando en el aire un son de cencerros llenos de melancolía o morosas puntas de ganado, con el cantar de cuyos pastores pasa por el pueblo el alma doliente de las llanuras; del río, que buscó otro cauce por tierras más generosas y se fue por él, sin que de la negligencia de los pegujaleros pudiese salir un pequeño esfuerzo para retenerlo, poniendo una mala estacada en la orilla que las aguas desbordadas lamieron y desmoronaron durante años y años; del río que espejeó la riente verdura de la tierra feraz y por cuyas ondas se deslizaron las canoas colmadas como cuernos de abundancia, sólo queda el lecho enjuto y fangoso que las avenidas del invierno anegan de mortíferos cuantos.
La gente de Pegujal es gente hosca, pachorrenta, roída por minúsculos rencores de una hoguera de odios ancestrales en cuyo rescoldo escarban los espectros de las razas irreductibles, minada por un pesimismo hecho de indolencia y misantropía[...]

mayo 24, 2011

Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

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Espasa-Calpe, Austral, 1940, 1943, 1944, 1946, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Héroes románticos

Si quieres leer a los clásicos, nada como las librerías de viejo. Siempre encuentras algo a buen precio, yla colección Austral es todo un referente. Tenía ganas de hincarle el diente a Lord Byron, al que conocía de oídas.

Son cuatro historias repletas de hazañas bélicas heróicas, de personajes desgarrados, de venganzas temibles, de amores pasionales, de traiciones, de misterio… el romanticismo, en resumen. De la valentía de ese corsario noble al origen de la habilidad para cabalgar de Mazeppa, los personajes que agitan estas páginas son todo menos aburridos.

La prosa también es exquisita, y muy adecuada para las acciones que describen. Pero si tengo que ser sincero tanta batalla y sentimiento exarcebado me han cansado un poco. La experiencia ha estado bien, pero no creo que repita. Será que no soy un romántico.


Extracto:[-]

VIII

En el momento le distingue en lo fuerte de la pelea, rodeado de cadáveres sangrientos, separado de los suyos, vendiendo cara su derrota, perdiendo su sangre por las heridas que ha recibido, no pudiendo encontrar la muerte, y finalmente, prisionero para expiar todos los males que había hecho.

Se le conserva la vida; pero es para hacerle padecer, mientras que la venganza invente horribles tormentos: se detiene su sangre, pero es para hacérsela derramar después gota a gota, porque Selde quisiera verle siempre moribundo. ¿Era éste el hombre que ahora poco marchaba triunfante, y que se hacía obedecer con solo un movimiento de su mano ensangrentada? El mismo es, desarmado, pero no abatido, sintiendo solamente haber conservado la vida. Sus heridas-son demasiado leves, aunque hubiera besado con mucho gusto la mano que se las hubiera hecho mortales. ¿Es posible que ningún golpe haya terminado sus días, cuando todos los que él ha dado han causado la muerte? ¡Ah!, ¡con cuánta amargura siente los rigores de su inconstante fortuna, cuando las amenazas del vencedor anuncian los suplicios espantosos en los cuales van a expiarse sus crímenes!; pero el orgullo que ha guiado su brazo le ayuda a disimular. La feroz compostura de su rostro le da más bien el aire de vencedor que el de cautivo. Sin embargo, de haber agotado sus fuerzas por los trabajos de la jornada y por la sangre que ha perdido, hay muy pocos entre los que le rodean, cuyas miradas manifiestan tanta tranquilidad como demostraban las suyas. Aquellos a quienes su brazo había contenido empezaron a animarse y a hacer oír sus cobardes clamores; pero los valientes que lo han visto de cerca no insultan al que les ha hecho temblar, y los guardias feroces que lo conducen le admiran en silencio, penetrados de un terror secreto.

IX

Se hace venir un médico, pero no es la piedad la que lo llama; se quiere saber lo que podrá resistir la vida de que goza todavía Conrado. Se le encuentran bastantes fuerzas para cargarle de hierro y para esperar que no será insensible a los dolores. Mañana, si, mañana debe ser al ponerse el sol cuando se dará principio al suplicio del palo, y al regreso de la aurora sus verdugos irán a ver el efecto de sus tormentos; se escogió el más largo y el más cruel, el que reúne a todas las angustias, la de una sed que la muerte retarda en apagar, mientras que los cuervos hambrientos revolotean alrededor de la estaca fatal. “¡Agua!, ¡agua!”, exclama el desgraciado. El odio se la niega, porque si bebe muere al momento.

Ésta es la muerte que se prepara al arrogante Conrado. El médico y los guardias le han dejado solo con sus cadenas.

marzo 7, 2011

Wenceslao Fernández Flórez. Impresiones de un hombre de buena fe.

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Espasa-Calpe, 1964. 256 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe
Política y humor

Este libro es una recopilación de artículos escritos entre 1920 y 1936 sobre la realidad política del país. Además de los datos interesantes que nos da sobre la época, la fina ironía y el buen hacer consiguen que hoy nos sigan arrancando una sonrisa. Muchas de las reflexiones siguen siendo igual de válidas. Veamos unas cuantas.

¿Nos quejamos de que hay mucho enchufe? No hay porqué:

El otorgamiento de prebendas está acotado para los hijos de los personajes, pero nada prohibe ser hijo de personaje. Eso es libre. ¿No es usted hijo de personaje? Pues… ¡qué se le va a hacer! El Estado no tiene la culpa, el Congreso tampoco, ni la Alta Cámara. Bastante francos son en esto nuestros gobernantes. Ellos se hartan de decir:
«Señores, aquí hay gangas para todos los hijos de los personajes políticos.»

Y la mayoría de las gentes se obstinan en no hacer de padres-personajes. Y después se quejan. Y salen con que si el talento o el mérito… Pero ¿qué talento? ¿A qué viene eso del talento? ¿No se avisó antes?

Veamos, señor maestro: ¿no son estúpidamente injustas esas lamentaciones?

Todo el mundo tiene que pagar impuestos, independientemente de si es noble o plebeyo ¿o no?

El marqués formuló esta atrevida hipótesis:

«Supongamos que la nobleza española se niega a pagar los tributos. ¿Qué ocurriría?»

Los viejos senadores acentuaron la ansiedad con atención. ¿Qué ocurriría?

El marqués tuvo la amabilidad de explicarlo inmediátamente. Ocurriría:

1.° Que ningún ministro de Hacienda se atrevería a adoptar las resoluciones pertinentes para castigo de los que se rebelasen.

2.° Que la monarquía se derrumbaría con terrible estrépito.

Estas afirmaciones son, para nosotros, incomprensibles. El señor marqués de Cortina ignora la severidad con que se suele proceder en España contra los que se resisten a contribuir a las cargas del Tesoro. No hace mucho tiempo, los vecinos de Puerto del Son —un ayuntamiento gallego— negáronse a pagar el impuesto de Consumos. Alegaban razones considerables: una de ellas, que ya lo habían pagado, y que no podía imputárseles que los caciques hubiesen devorado los fondos: otra, que no tenían un céntimo, que sufrían hambre, que vivían mal. Era verdad todo esto. Niños, mujeres y ancianos salieron en manifestación a la carretera. Se los fusiló. Quedaron siete u ocho cadáveres tendidos sobre la grava.

Señor marqués, si esto se hizo con unos pobres diablos, con unas míseras gentes que no poseían bienes de fortuna, que estaban exasperadas por una existencia de privaciones y trabajos, ¿cuál sería la legítima cólera del Gobierno contra los potentados que imitasen la conducta de los aldeanos de Puerto del Son? Sería terrible, señor marqués. El Gobierno es justo. El Gobierno ametrallaría a la nobleza; acaso resucitase contra ella los tormentos abolidos por la civilización. Y nadie podría quejarse. Había precedentes.

Hay políticos corruptos, que roban, pero aunque no lo hagan no están exentos de responsabilidad:

Ser honrado es muy fácil. Por eso, cuando nuestros políticos no pueden ser otra cosa, no pueden descollar por otra condición, se dedican resignadamente a ser honrados. Y si el pueblo clama contra sus desaciertos, contestan, dándose grandes palmadas en el esternon: «¡Yo soy un hombre puro; mi conducta no tiene tacha; mis paredes son de cristal; la política me ha costado dinero!»

Y parece que uno tiene que replicar:

«¡Ah!, si la política le ha costado dinero…, entonces… no he dicho nada. Perdone usted y dígame lo que le debo.»

Cuando, en justicia, uno debía vociferar:

«Te ha costado dinero, picaro vanidoso. ¿Y a mí? ¿Cuánto dinero nos ha costado a todos el que tú, hombre vulgar, hayas sido ministro o subsecretario, o director de lo que fueses? ¿Cuánto perdió el país? Al fin ¿qué hiciste? No robar. ¿Y cuántas escuelas nacen, cuántas carreteras surgen, cuántas iniciativas florecen con que tú no hayas robado? En definitiva, ¿no nos has robado el tiempo que contigo perdimos, soportándote en esa poltrona desde la que has ofrecido al país el tedioso y poco interesante espectáculo de tu austeridad de sereno de comercio?

En verdad, esta baratura de los políticos no nos conviene. Paguémosles. Pero no como ellos piden. Si se les dan mil pesetas, dos mil pesetas cada mes, harán lo qué ahora. No es negocio. Nosotros tenemos una idea mejor: pagarles a destajo. Más aún: darles una participación en las ganancias, organizar el Parlamento como una gran casa de negocios. ¿Qué ha hecho usted, señora diputado, señor ministro? ¿Aumentar las comunicaciones? ¿Parcelar los latifundios sin cultivo? He aquí su comisión y la prórroga del contrato de sus servicios. ¿Qué ha hecho usted? ¿Comprar para las tropas ametralladoras que no disparan o termógenos que no pueden ser utilizados? A su cuenta quedan. Y pase a reflexionar a la cárcel.

Ministros y diputados con fianza en metálico… Estamos envanecidos de haber tenido esta idea. Con fianza en metálico. ¿Cómo no se le habrá ocurrido a alguien antes?… El hombre que enriquece a su patria, no tiene por qué morir en la miseria. El que la perjudica, no debe zafarse mostrando su propia faltriquera vacía. Ahora se dice, encomiando a un político imbécil: «¡Murió pobre!» Cuando el sistema que defendemos se implante, se. dirá:
«Ése es fulano. Comenzó con un pequeño negocio de ruegos y preguntas, y… míralo…, es millonario. Los presupuestos de Fomento que ha patentado son los mejores que se fabrican hoy. Ha duplicado la riqueza nacional, y la comisión que le asigna la ley es fastuosa.»

Bien comprendernos que este procedimiento fracasaría en nuestra época. Los políticos de ahora sólo saben ser —y no en todos los casos— pobres, cosa bien fácil, que carece de mérito. Pero ahí queda la idea, por si las sociedades futuras se deciden a utilizaría.

No se arrepentirán.

La valía real de los diputados:

Otra demostración que tiende a probar que estos señores no merecen el dinero que piden.

Vamos a apartar a los grandes abogados, a los ingenieros, a aquellos que ganan mucho dinero con su profesión (apoyados, desde luego, en la política) y que por lo tanto, no están en el trance de pedir limosna al país. Quedémonos con el resto de los parlamentarios. Y hagamos almoneda. Ofrezcámoslos al país en una puja a la llana.
He aquí un diputado cualquiera, extraído del monton. Se os deja que le miréis, que le interroguéis, que le examinéis su ropa, que le deis leves golpes con los nudillos en la cabeza, para juzgarlos mejor… ¿Cuánto dais por él? ¿Quién quiere llevarle como auxiliar para su bufete, para su Banco, para su tienda de comestibles? ¿para su secretaría particular, para su periódico, para la portería de su casa? ¿Quién lo quiere? ¿Cuánto ofrece por él? ¿Hay alguien que lo contrate en mil pesetas mensuales? ¿No hay nadie? Pues ¿por qué le va a dar el país, al que perjudica con su inopia, esas mil pesetas?
La nación que tiene un Parlamento, debe pagar ese Parlamento. La nación que sufre, bajo ese nombre, al régimen de una concatenación de tertulias, las marrullerías de una pléyade de abogados, los perjuicios de la ignorancia y de la impotencia, de la incapacidad vanidosa y del nepotismo sin recato, de la ambición sin alas y del caciquismo codicioso, bastante hace con no derribar malhumoradamente todo el tinglado.

Una nueva estrategia militar:

Señor Galarza, usted no ha pensado en la eficacia belicosa de una banda. Verdad es que poca gente ha pensado en esto. No se obtiene de ellas todo lo que ellas pueden dar. Coloque usted esas cien bandas alrededor de una ciudad sitiada, y hágalas tocar día y noche, sin descanso, El gitanillo o el tango Milonguita. ¿Qué ocurriría, señor Galarza? Ocurriría que, en la primera jornada, los sitiados quizá organizasen bailes públicos; en la segunda jornada, no habría nadie en la ciudad que no tararease, contra su deseo, la Milon-guita; en la tercera jornada podría usted ver cómo algunos centinelas se suicidaban, arrojándose al foso desde lo alto de las murallas. Al sexto día, los sitiados procurarían aturdirse golpeando puertas, latas de petróleo y cacerolas vacías para ahogar las notas del tango. Los! que llegasen al día octavo sin enloquecer, abrirían lasj puertas de la plaza y saldrían, pálidos, aniquilados, a entregarse sin condiciones. No lo dude usted, señor Galarza. Y no dude que el dulce sonido de un oboe, tocado en un blocao, puede contener al moro que se arrastra arteramente en la noche para acercarse a las alambradas.

La función del gobernante:

No, yo no pienso así. Yo pienso: «valgo más que él». Porque yo tengo la misión de curtir cueros, y los curto muy bien: tan bien que nunca se quejó ningún cliente. Y ellos, los políticos, tienen la misión de gobernarnos bien, de procurarnos el bienestar, la comodidad, la cultura. Y no la cumplen satisfactoriamente. Cuando me den, no promesas, que todos las hacen, ni discursos bonitos, que todos saben pronunciarlos, sino realidades felices, yo saldré a saludarlos jubilosamente, con mis hijos encaramados sobre mis hombros, para que vean bien a sus bienhechores y los bendigan conmigo. Mientras tanto… no merece la pena. Un gobernante no es mi amo, es mi servidor. Yo le digo: «arrégleme bien el país», como él puede decirme: «cúrteme bien esas pieles». Nos servimos recíprocamente. Son dos destinos, y ninguno de ellos despreciable. Lo que puede hacernos poco o mucho apreciabíes a nosotros mismos, es el acierto con que lo interpretemos. He leído en los periódicos que el presidente ha dicho en un discurso a los castellanos: «Tenéis un destino que cumplir, y se trata de saber si sois iguales a vuestro destino.» Pero esa misma frase, sin cambiar la entonación, podemos nosotros, con mayor motivo y más justificado recelo, dirigirla a nuestros gobernantes. En España han cambiado mejor los nombres de las cosas que las cosas mismas.

marzo 2, 2011

Antonio Buero Vallejo. Diálogo Secreto.

Filed under: Teatro — Palimp @ 6:48 am
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Espasa-Calpe, 1985. 132 páginas.

Antonio Buero Vallejo, Diálogo Secreto
Vivir una mentira

He estado complementando la lectura de estas obras de teatro con conferencias sobre Buero Vallejo (que buena falta me hacían). Es uno de mis dramaturgos preferidos, pero siempre he pensado que le faltaba algo. Lo que le faltaba no es tal, solo su vocación de que sus obras fueran siempre entendibles para el público. Si una obra no tiene público no es teatro y no es eficaz.

Esta obra trata sobre un crítico de arte que vive una mentira. Ante un hecho luctuoso su hija descubre lo que oculta, y se enfrenta al riesgo de perder su carrera y el amor de su esposa.

No es una de las mejores obras del autor y no por que lo que cuente sea inverosímil (un crítico de arte que es daltónico), sino porque los temas siempre presentes (el hombre incompleto, el enfrentamiento generacional, el personaje que trae la luz) de su teatro no están entre sus mejores creaciones.

Aún así, como cualquier obra suya, es de lectura recomendable.


Extracto:[-]

Braulio.—Años terribles, Fabio. En las cárceles se moría fácilmente de hambre. Y tu madre apenas podía sacarte adelante. Figúrate: poco más de un año tenías cuando terminó la guerra. Ni un panecillo podía ella mandarme… Aguantó hasta tus cinco añitos, pero, cuando me soltaron, ya estaba consumida. Hijo, si pude sobrevivir en la prisión fue gracias a Gaspar. Él recibía paquetes de una hermana suya que supo arreglárselas. Ya ves: casi un chaval y con más necesidad que yo de alimentarse. Pero aquel muchacho era… todo un carácter. ¡Y una lumbrera! Analizaba lo que pasaba en el mundo mejor que muchos políticos veteranos, nos aconsejaba en los momentos difíciles, nos animaba… Y también nos daba de su comida. (Mirando a su marido, TERESA va acercándose a él, conmovida.) Conmigo la repartió hasta que salí a la calle. Y por eso tú también le debes la vida… Nunca había vuelto a saber de él hasta que, anoche, me lo encontré acurrucado en las escaleras del Metro. Un mendigo de setenta años. Pero me miró con sus ojos inconfundibles y comprendí de pronto quién era. Y ahora es él quien no tiene para comer. ¿Sabes cuántos años se ha pasado en prisión, entre unas y otras caídas? Veinticuatro… ¿No creéis los dos que debo corresponder a lo que hizo por mí?

TERESA.—Y vi en tu cara lo que debías contestar.

Fabio.— (Sonríe.) A veces hay que llevarle la contraria a este mundo egoísta, ¿no te parece?

TERESA.— (Ya a su lado, le abraza por la espalda.) Caballero, estoy enamorada de usted.

Fabio.—Muchas gracias, señora. Igualmente. (Ella se desprende, recoge al cruzar el bolso y su vaso de la mesa, y se acerca al pasillo.)

octubre 27, 2010

Ramón del Valle-Inclán. La corte de los milagros.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:53 pm
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Espasa-Calpe, Austral, 1961. 250 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, La corte de los milagros
Retablo barroco

Sigo deslumbrándome con Valle-Inclán. Compré esta edición típica de Austral por cuatro duros y me he quedado con la boca abierta.

Ambientada en la corte de Isabel II el argumento es la sucesión de historias y ambientes que se van trazando. Desde las interioridades de la corte, hasta la historia de un secuestro por parte de los típicos bandidos andaluces, pasando por las calaveradas de unos jóvenes bien a quienes sus papaítos consienten incluso el asesinato -siempre que se trate de un don nadie. De fondo, la preocupación por la muerte del general Narváez y los cambios que pueda ocasionar en una época tan convulsa.

Valle-Inclán pinta al aguafuerte. Los personajes no son esperpentos, pero dibuja una realidad tan cruda que pueden parecerlo. Lo mejor, el lenguaje. Rico en vocabulario, que recorre diferentes capas de la sociedad y en sintaxis, próxima a la poesía.

Es lo bueno que tiene ser un inculto. Te permite descubrir la sopa de ajo y caer rendido ante su sabor. Ni que decir tiene que seguiré con el resto del ruedo ibérico.

Aquí tienen unos fragmentos escogidos:

Ante el asesinato de un guardia por un pimpollo:

¿- Querido papá, debes comprender que ha sido una fatalidad y que me estás desesperando. El espectro del guardia no se aparta de mis ojos. ¡Acabaré por pegarme un tiro!
— ¡No lo tomes tan por lo trágico!
Y todo el flaccido sentimiento paternal del repintado vejestorio se desbarató en una fuga de gallos. Gonzalón hacía la escena como los actores sin facultades, en un tono medio de monólogo y aparte, con un gesto aguado y una acción desarmónica, puesto ante el espejo, para ladearse el calañés. Asomó Toñete:
—El Inspector volverá dentro de dos horas, pero dejó guardias en el zaguán.
Suspiró el Marqués:
— ¿Se les podrá cegar?
Se mostró docto en el humano saber el criado:
—Cuestión de guita.
Se lanzó afligido el Marqués:
— ¿Con mil duros será bastante?
Le miró el criado como a un doctrino:
— ¡Y con veinte!
Se conmovió el vejete:
— ¡Pobrecitos! Veinte no es nada. Si lo arreglas con veinte, dales cincuenta.
— ¡A quien habrá que arreglar con algunos miles será a la viuda del cadáver!
Todos comprendían que debía costar algunas pesetas el consuelo de aquella mujer ronca y desconocida, que acaso clamaba maldiciones en un barrio lejano, ante el cadáver del guardia.

Las desigualdades:

— La Ley de Dios es la igualdad entre los hombres. ¡Vaí diferencia del robo que supone la riqueza, sustentándose sobre el trabajo del pobre, y la justicia qué nosotros hacemos rebajando caudales!
T-¡Ésa es la chachipé!
La sombra del tullido se alargaba. Proseguía el Viroque: I
— Yo he rodado por todos los cortijos de esta tierra, y en todos ellos roban al trabajador, que deja la vida en los campos y no come.
El cachicán molía su sonrisa de viejo cazurro en un rincón de la boca:
— El trabajador, hoy en día, tiene hasta vicio. Yo conozco! lo que pasa, sin que ello valga para contradecir que haya mucha avaricia en el señorío. Por eso, nuestra obligación es, atender a la rebaja de caudales.
—El mundo está muy descompuesto, y hay que arreglad ¡Unos tanto y otros tan poco, no está bien!
— ¿Qué méritos pone el que hereda?
— Ser hijo de su padre.
— ¡Y muchas veces no serlo!
— Un mundo bien gobernado no permitiría herencias. A1M todos a ganarse la vida, cada cual en su industria. ¡Ya subirían los más despiertos! Dende que se acabase la herencia( se acababan las injusticias del mundo. Y como el dinero agencia el gobernar, los ricos que truenan en lo alto, todo lo amañan mirando su provecho, y hacen de la ley un cuchillo contra nosotros y una ciudadela para su defensa. ¡Si a lo»
ricos no les alcanza nunca el escarmiento, por fuerza tienen que ser más delincuentes que nosotros! ¡Con la salvaguardia de su riqueza se arriesgan adonde nosotros no podemos! Confirmó la tuerta:
— ¡Y cuando se puede es por algún padrino que nos asegura!
Clavó su aguijón el tullido:
<-Se puede robar un monte y no se puede robar un pan. i ¡Eso es la España! Y el caso aconteció en Doña Ximena: Tío Belona, cuando fue alcalde, se quedó con el monte de Peral-vülo. ¡Sembrado de olivar lo tiene!

Típico final de capítulo:

Toñete asintió pasando la navaja por el cordobán. Eran palabras mayores, palabras escandidas con una claridad tipográfica de libro escolar, redondeadas, pulimentadas en un fluir de conceptos y deberes, intuidas con la palmeta del dómine. El ayuda de cámara’sentía la retórica como un papanatas.

La muerte a través del ataud de la difunta:

— Te pondremos a dormir en ella. Retrucó el jayán:
— Puede usted revenderla o rifarla. Encapotóse el viejo:
— O esperar a morir, que a mis años no será muy larga la espera.
—Tío Juanes, si usted la rifa, yo le tomo una papeleta, que| estoy viendo cómo se nos va la güela.
Murmuró el cachicán, perdido en adusta cavilación: —Niño, échala a cuestas, que llegado el caso lo trataremos. • Las voces agorinaban esparcidas en la niebla crepuscular. Silbaba en su olivo el mochuelo. El ataúd vacío navegaba bajo la luna, en el alterno rumor de las voces:
— ¡Pagó con la suya!
— ¡Es el camino de todos!
— ¡Ninguno se excusa!
— ¡Así es! Nacimiento dice muerte.
— ¡Desgracia de aquel a quien no quiere la muerte!
— ¿ Por qué desgracia ? i |
— Se cansará de ver duelos.
— ¿Y si le esperaba suerte más negra? Por muy grandes que sean los trabajos de esta vida, nunca se igualan con los trabajos del infierno.
—El pobre, por lo tanto, como aquí pena, tiene ganada la Gloria de Dios. Si así no fuese, sería cosa de matar en una noche a todos los ricos.
— ¡Pues tarda ese tiempo!
— ¡Están anunciadas revoluciones!
— ¿Y coníeremos los pobres?
— ¡Si no comemos, bailaremos!
—Acuérdate del canto: Baila y no,, cenes, verás a la mañana qué cuerpo tienes.
— ¿Sabes que hedía la difunta?
— ¿ Y qué extrañeza ? ¿ Cuántos días estuvo la finada sin recibir tierra, Tío Juanes?
—Pues, hijo, lo que va de un sábado a un viernes. —Siete días.
— ¡Justamente! Y de tener sabido que a la fin iría con soguilla, no habríamos tardado ese tiempo.
__¡Así es! Poca dura tuvo la puente.
__¡Y tan poca! Dos años. Ya andaba la difunta con su mal. __¡No le tocó pasar la puente ni de viva ni de muerta! .-¡Chascos del mundo! ¿Por cuántos años estaremos sin
¡Por siempre jamás!
— ¿Quiere decirse que todos tendremos Soguilla?
— ¡Y qué te importa si no lo sientes!
ge oía remoto el trote de cuatro muías. Brillaban a lo lejos, rasgando el olivar, los faroles de un coche, y los cascabeles ¿el atalaje despertaban los ecos del campo como una encendida orquesta de grillos.

La política, siempre igual:

— ¿ Parece ser que en esta tierra abundan los partidarios! de Don Carlos?
— No falta gente de buenas ideas, pero también hay algunos republicanos. Esta tierra es a tenor del resto de España. Negros y blancos que se guían de sus principios, y los cucos, que comen y roban al amparo de todos los Gobiernos.

Descárga las obras de Valle-Inclán aquí:

Obras de Valle-Inclán

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