Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 16, 2012

Tácito. Historias.

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Tácito, Historias
Espasa-Calpe, 1944, 1947, 1965, 1980. 230 páginas.

Manolete, Manolete, si no sabes torear pa que te metes… Uno se cree con el talento suficiente para leer todo lo que se ponga por delante, pero no. Estas Historias se me han atragantado. Primera sorpresa, parece que estemos leyendo el libro a la mitad, con la historia ya empezada. Después la gran cantidad de datos, nombres, relaciones, hacen que te pierdas si no tienes la wikipedia al lado. Conclusión: demasiado para mis limitados conocimientos.

Supongo que libros como éste serán de gran utilidad para los historiadores, que verán aquí un filón de informaciones relevantes. Para un lector gañán como yo, mejor leer otra cosa. Lo mejor, la conquista de Jerusalén, y la visión del viejo testamento por los ojos de un romano para el que son mitos historias como la de Moisés (les dejo el extracto al final).

Calificación: Demasiado para mí.

Un día, un libro (259/365)

Extracto:
Cuentan que los judíos fugitivos de la isla de Creta asentaron en las últimas partes de Libia en el tiempo que Saturno fue echado de la tierra por la violencia de Júpiter, y obligado a dejarle el reino. Fúndase ese argumento por el nombre, siendo como es en Creta muy famoso el monte Ida, cuyos habitadores llamados ideos, aumentado después el nombre al uso bárbaro, se llamaron judíos. Muchos creen que reinando Isis, hallándose el Egipto muy cargado de gente, envió la que le sobraba a poblar las tierras circunvecinas a cargo de dos capitanes llamados Jerosoliono y Judas. A otros les parece dar crédito a los que afirman que son descendencia y generación de etíopes, a quien en tiempo del rey Cefeo movieron a mudar de habitación el miedo y el aborrecimiento. Otros los hacen asirios, pueblo vagabundo y falto de campos, el cual, apoderándose de parte de Egipto, habitó y pobló después ciudades propias y las tierras hebreas más cercanas a Siria. Otros les dan principios más nobles, y afirman que los solimos, celebrados en los versos de Hornero, fueron los que edificaron y dieron el nombre a la ciudad de Jerusalén. En lo que muchc-s convienen es en que, habiendo sobrevenido en Egipto cierta enfermedad contagiosa que manchaba y afeaba los cuerpos, el rey Ochoris, consultando al oráculo de Amón, y pidiendo remedio, se le respondió que limpiase su reino y enviase a otras tierras aquella generación de hombres, como aborrecible de los dioses. Y que buscaba y juntaba con diligencia esta gente, sacándola del reino y dejándola desamparada en los desiertos de Arabia, estando todos los demás entorpecidos en lágrimas, sólo Moisés, uno de los desterrados, les amonestó que no esperasen ya socorro alguno de los dioses ni de los hombres, pues unos y otros los habían desamparado; mas que confiasen en él, como en capitán dado del cielo, con cuya ayuda principalmente vencerían las calamidades y miserias presentes. Consintieron con él todos, y sin saber el camino que habían de seguir, como ignorantes de todo, le tomaron a la ventura. Con todo eso ninguna cosa los afligía tanto como la falta de agua; y ya estaban todos rendidos y echados por aquellos campos, entregados casi a la muerte, cuando una manada de asnos salvajes, dejando la pastura, pasó hacia unos peñascos cubiertos de sombría y espesa arboleda. Siguióles Moisés, y por la conjetura de hallar el suelo con hierba, vino a descubrir grandes venas de agua. Con este alivio y refresco siguieron su viaje seis días continuos; y al septeno, echando los habitadores de la tierra, se apoderaron de aquella región, donde se edificó la ciudad y se dedicó el templo. Moisés, por confirmar a esta gente en su devoción para
en lo venidero, les dio nuevos ritos, contrarios a los otros hombres. Porque les son a ellos profanadas todas las cosas que nosotros tenemos por sagradas; y por el contrario se les conceden las que a nosotros se nos prohiben. Consagraron en la parte más secreta del templo la efigie del animal por cuyo medio se libraron de la sed y de andar vagabundos; matando el carnero como en vituperio de Amón. Sacrifícase también entre ellos el buey, adorado por los egipcios con nombre de Apis. No comen carne de puerco por memoria del daño, cuando fueron inficcionados de aquella especie de sarna de que padece aquel animal. Confiesan hasta hoy con prolijos ayunos la larga hambre que padecieron aquellos tiempos, y en señal de que robaron los frutos para sustentarse, el pan de los judíos se hace hasta el día de hoy sin levadura. Dicen que les agradó el reposar cada séptimo día y estar ociosos, a título de que tuvieron en él fin sus trabajos. Cebados después con esta pereza, dieron también cada séptimo año al ocio y flojedad. Otros quieren que el hacer esto era en honra de Saturno, o porque sea verdad que tomaron de los ideos este entre otros principios de religión, los cuales entendemos, como dicho es, fueron echados de Creta con Saturno y se hicieron autores de sta gente; o porque de los siete planetas que gobiernan a los mortales, es Saturno el que habita en esfera más alta y tiene mayor poder; fuera de que mucha parte de las influencias celestiales acaban su curso y su fuerza con el número septenario.
Estos ritos, pues, como quiera que se hayan introducido, se defienden ahora con la antigüedad. Los demás institutos y siniestras ordenanzas han ido acreditándose con la fea y torpe malicia de los hombres. Porque toda la gente malvada y facinerosa, menospreciada la religión de su patria, lleva allí ofrendas y tributos. Ésta fue causa de que se engrandeciese el estado y pueblo judaico, y también el ser de suyo obstinados en la fe que dan, y prontos a la misericordia y caritativos entre sí; puesto que aborrecen a todos los que no son de su gente como a enemigos mortales. Diferéncianse de los demás hombres en la forma del comer y dormir, y siendo gente muy dada al vicio deshonesto, se abstienen de mujeres extranjeras, supuesto que entre ellos no hay cosa ilícita. Instituyeron el circuncidarse para ser conocidos por esta diversidad; los que se pasan a sus costumbres hacen lo mismo. A éstos la primera cosa que se les enseña y persuade es el menosprecio de los dioses, él despojarse del afecto de sus patrias y el no hacer caso de padres, de hijos ni de hermanos.

mayo 1, 2012

Alejandro Casona. La sirena varada. Los árboles mueren de pie.

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Alejandro Casona, La sirena varada, Los árboles mueren de pie
Espasa-Calpe, 1990. 184 páginas.

En el prólogo del libro, que pone al autor en su contexto, me llamaba la atención que el autor no dejara a nadie indiferente. Tenía muchas críticas que decían de él que hacía un teatro poco comprometido. Así que las obras las he leído con espíritu de ‘a ver que pasa’.

En La sirena varada las aspiraciones del protagonista de vivir en un mundo de fantasía cambiarán cuando tenga que enfrentarse a la dura realidad. En Los árboles mueren de pie una empresa se dedica a mejorar el mundo de una manera curiosa, y tendrán que hacer creer a una abuela que su nieto ha vuelto.

En las dos obras se remarca la necesidad de reconocer la verdad frente a la fantasía, así que no se le puede acusar de ser un autor que busque la evasión. La primera obra tiene un final que me ha estado haciendo llorar una semana -recuerden que tengo la lágrima fácil. La segunda, en la que se puede detectar algo de ese sentir reaccionario que le criticaban -aunque no mucho- también es muy buena. La idea de modificar la realidad mediante fantasías bien ensayadas tiene un atractivo innegable (véase el extracto del final para saber por donde van los tiros).

Yo ya estoy buscando más obras suyas.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (244/365)

Extractos:
Florín.—Aunque se lo crea.
Daniel.—Allá usted, don Florín.
Florín.—Mire, Daniel, ahora tal vez le diera la razón; pero mañana me arrepentiría. Si emprendí la curación de Sirena fue porque Ricardo me lo pedía con gritos del alma. Y cuando le devolví las primeras luces y fui adivinando la verdad de su vida a través de sus ramalazos de razón, sentí espanto de mi propia obra. Vi bien lo que le quitaba y lo que le iba a dar en cambio. ¿Cree usted que no dudé? Pero no importa: Ricardo la quiere. Que la quiera tal como es; yo no puedo hacer otra cosa.
Daniel.—Allá usted, don Florín.
FLORÍN.—Mentirle, no; por dura que sea la verdad, hay que mirarla de frente. (Junto a él con intención.) ¿Me oye, Daniel? Por dura que sea. De nada sirve vendarse los ojos.
DANIEL.— (Angustiado.) ¡Calle! (Recobrándose al sentir pasos.) Buenas tardes, Ricardo. (Sale.)


Mauricio.—Artistas, sí; profesionales, jamás. Los actores profesionales son muy peligrosos en los mutis, y el que menos pediría colaboración extraordinaria en el cartel.
Isabel.—(Mira en torno, complacida.) Es increíble. Lo estoy viendo y no acaba de entrarme en la cabeza. (Confidencial.) ¿De verdad?, de verdad, no están ustedes un poco…?
Mauricio.—(Ríe.) Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo, todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos.
ISABEL.—Me gustaría ver los archivos; deben tener historias emocionantes, ¡tan complicadas!
Mauricio.—No lo crea; las más emocionantes suelen ser las más sencillas. Como el caso del juez Mendizábal. ¡Nuestra obra maestra!
Isabel.—¿Puedo conocerla?
Mauricio.—Cómo no. Una noche el juez Mendizábal iba a firmar una sentencia de muerte; ya había firmado muchas en su vida y no había peligro de que le temblara el pulso. El juez Mendizábal era insensible al dolor humano, pero en cambio sentía una profunda ternura por los pájaros. Frente a su ventana abierta, el juez redactaba tranquilamente la sentencia. En aquel momento, en el jardín, rompió a cantar un ruiseñor. Fue como si de pronto se oyera en el silencio el corazón de la noche. Y aquella mano de hielo tembló por primera vez. Sólo entonces comprendió que hasta en la vida más pequeña hay algo tan sagrado y tan alto que jamás un hombre tendrá el derecho de quitárselo a otro. Y la sentencia no se firmó.
ISABEL.—¡ Ah, no, no, no, por favor, esto es demasiado! ¡No irá a decirme que también aquel ruiseñor era usted!
Mauricio.—No, yo no he llegado a tanto. Pero tenemos un imitador de pájaros ¡prodigioso! Algunas noches de verano, en señal de gratitud, le hacemos volver a cantar al jardín de Mendizábal. ¿Está ya claro todo?

abril 12, 2012

Ramón del Valle Inclán. Martes de Carnaval.

Filed under: Teatro — Palimp @ 6:37 am
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Ramón del Valle Inclán, Martes de Carnaval
Espasa-Calpe, 1988. 246 páginas.

Sigo empapándome de Valle Inclán, cuya calidad y su modernidad me sigue sorprendiendo. En este caso un volumen compuesto por los siguientes esperpentos:

Las galas del difunto
Los cuernos de don Friolera
La hija del capitán

A destacar la cualidad metateatral de Los cuernos de don Friolera, la crítica social de La hija del capitán -que me ha recordado bastante a La corte de los milagros- y, sobre todo, la crueldad de Las galas del difunto, en clave de folletín -como el propio texto, con cinismo, indica-.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (225/365)

Extracto:
Póngamelo usted más claro, Don Estrafalario. ¡ Expliqúese!
DON ESTRAFALARIO
Los sentimentales que en los toros se duelen de la agonía de los caballos, son incapaces para la emoción estética de la lidia. Su sensibilidad se revela pareja de la sensibilidad equina, y por caso de cerebración inconsciente, llegan a suponer para ellos una suerte igual a la de aquellos rocines destripados. Si no supieran que guardan treinta varas de morcillas en el arca del cenar, crea us-| ted que no se conmovían. ¿Por ventura los ha visto usted llorar cuando un barreno destripa una cantera?
DON MANOLITO
¿Y usted supone que no se conmueven por estar más lejos sensiblemente de las rocas que de los caballos ?
DON ESTRAFALARIO
Así es. Y paralelamente ocurre lo mismo con las cosas que nos regocijan: Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.
DON MANOLITO
Hay que amar, Don Estrafalario. La risa y las lágrimas son los caminos de Dios. Ésa es mi estética y la de usted.
DON ESTRAFALARIO
La mía no. Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos-
DON MANOLITO
¿Y por qué sospecha usted que sea así el recordar de los muertos?
DON ESTRAFALARIO
Porque ya son inmortales. Todo nuestro arte nace de saber que un día pasaremos. Ese saber iguala a los hombres mucho más que la Revolución Francesa.
DON MANOLITO
¡ Usted, Don Estrafalario, quiere ser como Dios!
DON ESTRAFALARIO
Yo quisiera ver este mundo con la perspectiva de la otra ribera. Soy como aquel mi pariente que usted conoció, y que una vez, al preguntarle el cacique, qué deseaba ser, contestó: «Yo, difunto.»


Un mirador en el Círculo de Bellas Artes. Tumbados en mecedoras, luciendo los calcetines, fuman y bostezan tres señores socios: Un viejales camastrón, un goma quitolis y el chulapo ayudante en el tapete verde. Se oye la gresca del billar, el restallo de los tacos, las súbitas aclamaciones. El viejales camastrón, con los lentes de oro en la punta de la nariz, repasa los periódicos. Filo de la acera encienden sus faroles los simones. Pasa la calle el campaneo de los tranvías y el alarido de los pregones.
PREGONES
¡Constitucional! ¡Constitucional! ¡Constitucional! ¡Clamor de la Noche! ¡Corres! ¡Heraldo! ¡El Constitucional, con los misterios de Madrid Moderno !
EL CAMASTRÓN
¡Cerrojazo de Cortes, crimen en puerta! ¡Señores, qué manera de hinchar el perro!
EL QUITOLIS
¿Cree usted una fantasía la información de El Constitucional ?
EL CAMASTRÓN
Completamente. ¡ La serpiente de mar que se almuerza a un bañista todos los veranos! ¡ Las orgías de Madrid Moderno! ¿Ustedes creen en esas saturnales con surtido de rubias y morenas?

abril 5, 2012

Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:35 am
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Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Espasa-Calpe, 1940, 1943, 1944, 1046, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Hay que leer a los clásicos, sobre todo porque se encuentran en todas partes y baratos. Nada había leído de Byron.

Son novelas cortas (en esta edición, que originalmente debieron ser poemas), románticas, llenas de héroes y bandidos, sentimientos exarcebados y muchas exclamaciones. Según leo por ahí el corsario se vendió como rosquillas en la época. Pero, por desgracia, yo soy incapaz de verle la gracia. Tanto aspaviento en vez de conmoverme me resultaba aburrido.

Lo tengo comprobado: no tengo alma romántica.

Calificación: No es para mí.

Un día, un libro (218/365)

Extracto:
“No te vayas, derviche; todavía tengo que preguntarte; siéntate y oye mis preguntas; yo lo mando: mis esclavos te traerán con qué satisfacer el hambre que padeces, pues no es justo que ayunes en medio de un banquete; pero luego que tu comida se concluya, prevente a responderme sin ocultar cosa alguna y con claridad. Yo no gusto de misterios.” Es inútil tratar de adivinar lo que pasa en el espíritu del derviche; sus miradas parecían dirigirse con inquietud sobre la corte reunida; manifiesta no gustar de los platos que le ofrecen, y todavía menos del respeto y de las consideraciones hacia los convidados. Un movimiento de despecho y de impaciencia altera un instante sus facciones; pero al punto lo reprime. Se sienta sin hablar una palabra, y su frente vuelve a adquirir su serenidad acostumbrada. Le presentan manjares suntuosos, y no llega a ellos, como si tuviesen veneno. Después de un ayuno tan prolongado, y tantas fatigas, esta indiferencia debe sorprender justamente. “¿Qué tienes, derviche? ¿Crees que te presentan una comida de cristiano? ¿Te disgustan mis amigos? ¿Por qué desdeñas tomar la sal, este símbolo sagrado, que una vez aceptado afila el corte del sable, reúne los pueblos divididos y cambia los enemigos en hermanos?”
“La sal, señor, entra en los condimentos de los manjares exquisitos y que incitan la sensualidad: yo no me alimento sino con raíces y no bebo otra agua sino la de los arroyos. Mis votos austeros y la regla de mi orden me vedan tomar ningún alimento con mis amigos, igualmente que con mis enemigos (5). Esto podrá sorprenderte; pero no arriesgo sino mi cabeza, y declaro, bajá, que por todo tu poder, ni por el trono del sultán, consentiría nunca en comer si no me dejan solo. Si me atreviese a faltar a mis juramentos, la cólera del profeta podría oponerse a mi peregrinación a la Meca.”
“Está bien: yo no me opondré a tus piadosos escrúpulos; responde sólo a una pregunta, y te retirarás en paz. ¿Cuántos piratas hay en la isla?… Pero esta luz no puede ser la claridad del día. ¿Qué astro, qué sol resplandeciente brilla en la bahía que parece un lago de fuego? ¡A las armas!, ¡a las armas!, ¡estamos vendidos! ¡Guardias, acudid!, ¡mi al-fange!, ¡las galeras son la presa de las llamas y yo estoy aquí! ¡Derviche maldito!, ¡mira tus noticias! ¡Éste, sin duda, es un espía; que se le aprisione y se le dé muerte!!” Al repentino resplandor de las llamas el derviche se levanta, y su
mudanza de vestido excita una nueva sorpresa. Ya no es un sacerdote de Mahoma, es un guerrero que se presenta con fiereza, y rasgando su larga túnica deja ver una cota de malla. La hoja de su sable luce como el relámpago, el casco estrecho, pero brillante, que cubre su frente está adornado con un negro penacho; sus ojos, todavía más brillantes, y sus pobladas cejas, todo lo presenta a la vista de los musulmanes como un genio perverso cuyos golpes lo amenazarán en vano. El alboroto confuso, las espesas nubes de humo que producía el incendio, las antorchas, los gritos causados por el espanto, el ruido de las armas que empiezan a cruzarse y los aullidos de los que pelean daban a aquella costa el aspecto de una escena infernal.
Los esclavos, turbados, desbandados y huyendo en desorden, no viendo por todas partes sino sangre y fuego, hacían que en vano el bajá exclamase: “Que se apoderen dei derviche, de ese demonio desencadenado.” Él se aprovecha del terror para reprimir el primer movimiento de desesperación que no le ofrecía sino el coger la muerte, porque demasiado pronto y demasiado_Jsien obedecido, las llamas no esperaron su señal; pone la mano sobre la corneta colgada de su cin-turón, y hace oír al instante un sonido agudo: al momento fue correspondido: “¡Valor! —exclama — , mis valientes compañeros; ¿he podido nunca dudar de vuestro pronto socorro, y creer ni un solo momento que me habíais abandonado?” Su brazo terrible hace describir un círculo a su alfanje, cuyos golpes reparan muy bien el tiempo que había tardado en herir. Su furia pone el colmo al cobarde espanto de los que huyen. El suelo queda sembrado de turbantes hechos pedazos, y todos los musulmanes han desaparecido de su vista. Apenas ha habido uno que se atreva a levantar el brazo para defender su cabeza.
Hasta Seíde, turbado por la rabia y la sorpresa, se decide a huir sin dejar sus amenazas. Seide no es cobarde; pero no se atreve a hacer frente a los golpes de su enemigo; tan temible le parecía en medio del desorden. La vista de las galeras entregadas a las llamas pone al bajá fuera de sí; se arranca las barbas (6) y se retira echando espuma por la boca, a fin de evitar la muerte; porque los piratas ya se habían hecho dueños de las puertas del harén e iban a caer sobre él. Vanamente sus soldados, espantados, se arrodillan para pedir cuartel, y arrojan sus espadas; no por esto deja de correr la sangre.

marzo 22, 2012

Henri Poincaré. La ciencia y la Hipótesis.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 10:17 pm
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Henri Poincaré, La ciencia y la Hipótesis
Espasa-Calpe, Austral, 1943. 232 páginas.
Trad. Alfredo B. Besio y José Banfi.

En su momento ya reseñé una selección de trabajos de Pincaré: Sobre la ciencia y su método y me quedé con ganas de más. Poincaré, además de tener un gran talento para las matemáticas y la física era un gran divulgador. En sus tiempos sus libros se vendían como rosquillas y aún hoy, a casi un siglo de distancia, es un placer leerlos.

Teniendo en cuenta que fue el precursor de la teoría del caos, que algunas de sus ecuaciones están en el corazón de la teoría de la relatividad, y que su conjetura (hoy teorema) ha dado mucho que hablar, es normal que tenga algo que decir. Como lo dice bien y de una manera amena se lee con gusto.

Una anécdota suya ha quedado para la historia de la creatividad. Después de trabajar sobre un problema matemático con esfuerzo pero sin resultados se fue de viaje para despejarse. Entonces:


En este momento marché de Caen (…) Las peripecias del viaje me hicieron olvidar mis
trabajos matemáticos; al llegar a Coutances subimos a un omnibus para realizar no sé qué
paseo; en el momento de poner el pie en el estribo me asaltó la idea, sin que ninguna de
mis anteriores meditaciones pareciese haberme preparado para ella, de que las
transformaciones que había empleado para definir las funciones fuchsianas eran idénticas a
las de la geometría no euclidiana. No pude comprobarlo, no tuve tiempo para ello, puesto
que apenas me senté en el autobús reanudé la conversación antes comenzada, pero
cuando se me ocurrió tuve inmediatamente la plena certidumbre.

Muchas veces leer obras de científicos del pasado es tarea ardua. No es el caso, sino todo lo contrario.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (204/365)

Extracto:
Definición de los inconmensurables. — Los matemáticos de la escuela de Berlín, Kronecker en particular, se han preocupado por construir esta escala continua de los números fraccionarios e irracionales, sin servirse de otros materiales que el número entero. El continuo matemático sería, según este modo de ver, una creación pura de la mente en la que la experiencia no tendría ninguna participación.
La noción de número racional no pareció presentarles dificultad; se han esforzado, sobre todo, por definir el número inconmensurable. Pero antes de reproducir aquí su definición, debo hacer una observa-’ ción, a fin de prevenir el asombro que no dejaría de provocar en los lectores poco familiarizados con las costumbres de los geómetras.
Los matemáticos no estudian objetos, sino relaciones entre los objetos; les resulta, pues, indiferente reemplazar esos objetos por otros, siempre que las relaciones no cambien. La materia no les importa, sólo la forma les interesa.
Si esto no se recordara, no se comprendería por qué Dedekind designa con el nombre de número inconmensurable a un simple símbolo, es decir, algo muy diferente de la idea que uno cree hacerse de una cantidad, que debe ser medible y casi tangible.
He aquí ahora cuál es la definición de Dedekind:
Se pueden distribuir de infinitas maneras los números conmensurables en dos clases, ajustándose a la condición de que un número cualquiera de la primera clase sea mayor que un número cualquiera de la segunda clase.
Puede suceder que entre los números de la primera clase haya uno que sea menor que todos los otros; por ejemplo, si se colocan en la primera clase todos los números mayores que 2 y también el 2, y en la segunda todos los números menores que 2, es evidente que 2 será el menor de todos los números de la primera clase. El número 2 podrá ser elegido como símbolo de esta clasificación.

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