Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

marzo 9, 2012

Victoria Camps. Virtudes públicas.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 6:26 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Victoria Camps, Virtudes públicas
Espasa-Calpe, Austral, 1990. 206 páginas.

El origen de este libro está en una serie de conferencias que la autora dio para la fundación March. El que lo haya leído, también. Las escuché en su momento y decidí leer lo que pudiera de la autora.

Llevamos muchos años de crisis de valores, o eso dicen las personas de moral anticuada. Ni creo que sea cierto, ni creo que sus valores sean los míos. Pero la crítica a una moral pasada de moda no implica no reconocer que existen una serie de virtudes que toda sociedad debería cultivar.

Esa es la tesis de la autora y define las virtudes que, en su opinión, deben ser centrales en una sociedad democrática. Las enumera casi desde el comienzo (negritas mías):

Queda por enumerar la lista de esas virtudes públicas que vengo defendiendo. La primera es, por supuesto, la justicia, pero su misma prioridad la elimina de este estudio. Por su importancia, la justicia es más que una simple virtud puesto que ha de materializarse, para ser eficaz y operativa, en una legislación, en unas instituciones. La justicia —los derechos de la igualdad y la libertad— es ese lelos o fin último hacia el que debería tender la sociedad democrática y no puede reducirse a una cualidad o modo de ser de los individuos. Su_forma de ser justos consistirá, por el contrario, en luchar por unas, leyes y unas instituciones justas. Para ello es preciso que posea esas otras virtudes a las que aquí me refiero. De la justicia sólo conocemos leves y esporádicos destellos. No sabemos cómo es la sociedad justa, aunque queremos que la nuestra lo sea. Ese querer implica una predisposición que puede y debe concretarse en una serie de disposiciones. De ellas, tal vez entendamos mejor su significado negativo, lo que no son, pero esa es ya una vía para definirlas. Digámoslo ya de una vez, los miembros de una sociedad que busca y pretende la justicia deben ser solidarios, responsables y tolerantes. Son éstas virtudes o actitudes indisociables de la democracia, condición necesaria de la misma. Hoy nos encontramos, además, con otra virtud, la que cualifica el trabajo o la acción más específicamente humana: la pror fesionalidad. El buen profesional es, exactamente, un «virtuoso» de su trabajo. No sólo lo es, sino que recibe un reconocimiento social por ello. Pero a esa virtud puede ocurrirle algo similar a lo que ocurría con la valentía entre los griegos: puede volverse contra las demás y negarlas. Por eso la suscribo, pero con reparos.

Me gusta sobre todo la primera virtud, la solidaridad, como mecanismo correctivo de las injusticias sociales, imposibles de erradicar por mucho que nos acerquemos a un mundo perfecto. Allí donde falla la sociedad, deberían estar los individuos. La autora apunta un hecho que hace pensar:

Parece existir una relación proporcional entre la mayor abundancia y riqueza de una sociedad y el menor grado de solidaridad de sus miembros.

Algo que, a falta de estudios, puedo suscribir por mi experiencia personal. Un ejemplo, en el colegio de mi hija todos los años se hace una captación de comida y productos para los ancianos sin recursos. Este año de crisis, cuando todos somos conscientes de que hay gente que puede pasar verdadera necesidad, la gente ha sido más generosa, aunque seguramente todos andemos peor de dinero.

La tolerancia empezó como tolerancia religiosa:

En efecto, la tolerancia empieza siendo tolerancia religiosa. Locke, modelo a un tiempo de religiosidad y antidogmatismo, supo ver con lucidez que la religión era un peligro para la paz y el orden públicos. Si las épocas politeístas —como la griega— no tuvieron necesidad de proclamar la tolerancia, sí es urgente hacerlo con el cristianismo, religión monoteísta pero dividida en cantidad de iglesias y credos con convicciones distintas. La voluntad de representar al único Dios revierte en un sinfín de guerras y agresiones que amenazan a la convivencia de los individuos y a la integridad de los estados. Conviene separar las funciones de la religión y, de Ja política: aquélla es un asuntó privado, de convicciones personales, mientrás que la política es pública. La máxima evangélica, «dad al César lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios», es la que anima toda la disertación de Locke a favor de la tolerancia. La teoría de que no es lícito mezclar los campos de lo público y lo privado, y también el principio de la caridad cristiana. Pues ¿qué puede haber más opuesto a la caridad y el amor que la defensa de unas creencias con las armas de la violencia? En cambio, «la tolerancia con los que tienen opiniones religiosas diferentes está tan de acuerdo con el Evangelio y con la razón que parece una monstruosidad que haya hombres tan ciegos en medio de una luz tan brillante» ‘.

Aunque curiosamente esa tolerancia no alcanzaba a los ateos. En una época en la que la inmigración provoca la convivencia de diferentes culturas la tolerancia vuelve a ser imprescindible, no ya como mecanismo para la libertad de expresión, sino también como garantía de integración.

Que se haga hincapié en la responsabilidad resulta casi profético en un momento en el que la crisis que estamos sufriendo viene motivada, en gran parte, por la falta de responsabilidad de las entidades que nos han llevado a ella. Responsabilidad que siguen sin asumir, y que ningún gobierno quiere imponer.

Se añade otra virtud más, la buena educación, en su doble sentido de cortesía (denostada en nuestra sociedad, pero imprescindible) y educativa, siempre necesaria.

El libro se complementa con dos capítulos. Uno dedicado al genio de las mujeres, muy criticado en su momento aunque hoy en día se tiende a lo que la autora comenta aquí, que las mujeres tienen -sea por constitución o por historia- una manera diferente de encarar el mundo y que no debería sustituirse sin más por el modelo masculino. Otro dedicado a la corrupción de los sentimientos, una explicación de por qué no somos virtuosos (si es que esa explicación hace falta):

«la disposición a admirar, y casi a adorar, al rico y poderoso, y a despreciar o, por lo menos, a ignorar, a la gente de pobre y humilde condición, aunque ambos sean necesarios para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden de la sociedad, constituye, al mismo tiempo, la causa mayor y más universal de la corrupción de los sentimientos morales» 2. La riqueza y el poder anulan la simpatía generalizada y bien distribuida, anulan, pues, el germen de donde nacerían la virtud y la benevolencia. Frente a la minoría que es capaz de admirar la virtud y el buen juicio, «la gran masa de la humanidad son admiradores y adoradores —y lo que parece aún más extraordinario: muy a menudo son admiradores y adoradores desinteresados—, de la riqueza y la grandeza». La moral, e incluso el lenguaje, denuncian tal actitud, pero no consiguen superarla ni destruirla. La adulación y la falsedad son más apreciadas que la competencia o el mérito. «Las gracias, las frivolas hazañas de esa cosa impertinente y alocada llamada el hombre de moda, son por lo general más admiradas que las virtudes sólidas y masculinas del militar, el estadista, el filósofo o el legislador» . Es así que quien busca la fortuna tiende a abandonar el camino de la virtud puesto que la una y la otra suelen ir en direcciones opuestas.

Acaba con un par de epílogos a la edición de bolsillo. Muy recomendable.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (191/365)

noviembre 15, 2011

Romulo Gallegos. Cuentos venezolanos.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 6:56 am
1 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Espasa-Calpe, 1949, 1949, 1966. 156 páginas.
Romulo Gallegos, Cuentos venezolanos
Progreso

Me he aficionado a Rómulo Gallegos y en la colección Austral se encuentran bastantes obras suyas a buen precio. En este caso una colección con los siguiente relatos:

Los aventureros
Una resolución enérgica
Los Mengánez
El cuarto de enfrente
El crepúsculo del diablo
Pataruco
La hora menguada
Pegujal
Marina
Paz en las alturas
La fruta del cercado ajeno
La ciudad muerta
Un místico
El Maestro
Los inmigrantes

De tono costumbrista, en muchos se ven los problemas que trae el progreso, que se va infiltrando hasta en las más recónditas aldeas cambiando usos y modos de vida. En otros casos retrata con humor diferentes estratos de la sociedad, de la clase media alta a gente que vive en la indigencia.

Últimamente me van gustando más los cuentos que las novelas de los clásicos que voy leyendo.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (76/365)

Extracto:
Pegujal es un poblacho triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y pequeñas. Lo rodean unos cerros tinosos, de tierra empedernida y rojiza que van a morir allí en la entrada de los llanos; lo atraviesa un camino por donde se siente pasar la taciturnidad de las pampas desiertas y antaño estuvo sentado en las márgenes de un río que arrastraba un limpio caudal de mansas y abundosas aguas.
En los cerros, mientras dura la estación de las lluvias, verdean y se doran precarios maizales; por el camino transitan, de cuando en cuando, quejumbrosos convoyes de polvorientas carretas, tardos arreos de burros cansinos que marchan dejando en el aire un son de cencerros llenos de melancolía o morosas puntas de ganado, con el cantar de cuyos pastores pasa por el pueblo el alma doliente de las llanuras; del río, que buscó otro cauce por tierras más generosas y se fue por él, sin que de la negligencia de los pegujaleros pudiese salir un pequeño esfuerzo para retenerlo, poniendo una mala estacada en la orilla que las aguas desbordadas lamieron y desmoronaron durante años y años; del río que espejeó la riente verdura de la tierra feraz y por cuyas ondas se deslizaron las canoas colmadas como cuernos de abundancia, sólo queda el lecho enjuto y fangoso que las avenidas del invierno anegan de mortíferos cuantos.
La gente de Pegujal es gente hosca, pachorrenta, roída por minúsculos rencores de una hoguera de odios ancestrales en cuyo rescoldo escarban los espectros de las razas irreductibles, minada por un pesimismo hecho de indolencia y misantropía[...]

mayo 24, 2011

Lord Byron. El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.

Filed under: Cuentos — Palimp @ 11:33 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Espasa-Calpe, Austral, 1940, 1943, 1944, 1946, 1950, 1958, 1969, 1976. 144 páginas.

Lord Byron, El Corsario. Lara. El sitio de Corinto. Mazeppa.
Héroes románticos

Si quieres leer a los clásicos, nada como las librerías de viejo. Siempre encuentras algo a buen precio, yla colección Austral es todo un referente. Tenía ganas de hincarle el diente a Lord Byron, al que conocía de oídas.

Son cuatro historias repletas de hazañas bélicas heróicas, de personajes desgarrados, de venganzas temibles, de amores pasionales, de traiciones, de misterio… el romanticismo, en resumen. De la valentía de ese corsario noble al origen de la habilidad para cabalgar de Mazeppa, los personajes que agitan estas páginas son todo menos aburridos.

La prosa también es exquisita, y muy adecuada para las acciones que describen. Pero si tengo que ser sincero tanta batalla y sentimiento exarcebado me han cansado un poco. La experiencia ha estado bien, pero no creo que repita. Será que no soy un romántico.


Extracto:[-]

VIII

En el momento le distingue en lo fuerte de la pelea, rodeado de cadáveres sangrientos, separado de los suyos, vendiendo cara su derrota, perdiendo su sangre por las heridas que ha recibido, no pudiendo encontrar la muerte, y finalmente, prisionero para expiar todos los males que había hecho.

Se le conserva la vida; pero es para hacerle padecer, mientras que la venganza invente horribles tormentos: se detiene su sangre, pero es para hacérsela derramar después gota a gota, porque Selde quisiera verle siempre moribundo. ¿Era éste el hombre que ahora poco marchaba triunfante, y que se hacía obedecer con solo un movimiento de su mano ensangrentada? El mismo es, desarmado, pero no abatido, sintiendo solamente haber conservado la vida. Sus heridas-son demasiado leves, aunque hubiera besado con mucho gusto la mano que se las hubiera hecho mortales. ¿Es posible que ningún golpe haya terminado sus días, cuando todos los que él ha dado han causado la muerte? ¡Ah!, ¡con cuánta amargura siente los rigores de su inconstante fortuna, cuando las amenazas del vencedor anuncian los suplicios espantosos en los cuales van a expiarse sus crímenes!; pero el orgullo que ha guiado su brazo le ayuda a disimular. La feroz compostura de su rostro le da más bien el aire de vencedor que el de cautivo. Sin embargo, de haber agotado sus fuerzas por los trabajos de la jornada y por la sangre que ha perdido, hay muy pocos entre los que le rodean, cuyas miradas manifiestan tanta tranquilidad como demostraban las suyas. Aquellos a quienes su brazo había contenido empezaron a animarse y a hacer oír sus cobardes clamores; pero los valientes que lo han visto de cerca no insultan al que les ha hecho temblar, y los guardias feroces que lo conducen le admiran en silencio, penetrados de un terror secreto.

IX

Se hace venir un médico, pero no es la piedad la que lo llama; se quiere saber lo que podrá resistir la vida de que goza todavía Conrado. Se le encuentran bastantes fuerzas para cargarle de hierro y para esperar que no será insensible a los dolores. Mañana, si, mañana debe ser al ponerse el sol cuando se dará principio al suplicio del palo, y al regreso de la aurora sus verdugos irán a ver el efecto de sus tormentos; se escogió el más largo y el más cruel, el que reúne a todas las angustias, la de una sed que la muerte retarda en apagar, mientras que los cuervos hambrientos revolotean alrededor de la estaca fatal. “¡Agua!, ¡agua!”, exclama el desgraciado. El odio se la niega, porque si bebe muere al momento.

Ésta es la muerte que se prepara al arrogante Conrado. El médico y los guardias le han dejado solo con sus cadenas.

marzo 7, 2011

Wenceslao Fernández Flórez. Impresiones de un hombre de buena fe.

Filed under: Ensayo — Palimp @ 7:34 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Espasa-Calpe, 1964. 256 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe
Política y humor

Este libro es una recopilación de artículos escritos entre 1920 y 1936 sobre la realidad política del país. Además de los datos interesantes que nos da sobre la época, la fina ironía y el buen hacer consiguen que hoy nos sigan arrancando una sonrisa. Muchas de las reflexiones siguen siendo igual de válidas. Veamos unas cuantas.

¿Nos quejamos de que hay mucho enchufe? No hay porqué:

El otorgamiento de prebendas está acotado para los hijos de los personajes, pero nada prohibe ser hijo de personaje. Eso es libre. ¿No es usted hijo de personaje? Pues… ¡qué se le va a hacer! El Estado no tiene la culpa, el Congreso tampoco, ni la Alta Cámara. Bastante francos son en esto nuestros gobernantes. Ellos se hartan de decir:
«Señores, aquí hay gangas para todos los hijos de los personajes políticos.»

Y la mayoría de las gentes se obstinan en no hacer de padres-personajes. Y después se quejan. Y salen con que si el talento o el mérito… Pero ¿qué talento? ¿A qué viene eso del talento? ¿No se avisó antes?

Veamos, señor maestro: ¿no son estúpidamente injustas esas lamentaciones?

Todo el mundo tiene que pagar impuestos, independientemente de si es noble o plebeyo ¿o no?

El marqués formuló esta atrevida hipótesis:

«Supongamos que la nobleza española se niega a pagar los tributos. ¿Qué ocurriría?»

Los viejos senadores acentuaron la ansiedad con atención. ¿Qué ocurriría?

El marqués tuvo la amabilidad de explicarlo inmediátamente. Ocurriría:

1.° Que ningún ministro de Hacienda se atrevería a adoptar las resoluciones pertinentes para castigo de los que se rebelasen.

2.° Que la monarquía se derrumbaría con terrible estrépito.

Estas afirmaciones son, para nosotros, incomprensibles. El señor marqués de Cortina ignora la severidad con que se suele proceder en España contra los que se resisten a contribuir a las cargas del Tesoro. No hace mucho tiempo, los vecinos de Puerto del Son —un ayuntamiento gallego— negáronse a pagar el impuesto de Consumos. Alegaban razones considerables: una de ellas, que ya lo habían pagado, y que no podía imputárseles que los caciques hubiesen devorado los fondos: otra, que no tenían un céntimo, que sufrían hambre, que vivían mal. Era verdad todo esto. Niños, mujeres y ancianos salieron en manifestación a la carretera. Se los fusiló. Quedaron siete u ocho cadáveres tendidos sobre la grava.

Señor marqués, si esto se hizo con unos pobres diablos, con unas míseras gentes que no poseían bienes de fortuna, que estaban exasperadas por una existencia de privaciones y trabajos, ¿cuál sería la legítima cólera del Gobierno contra los potentados que imitasen la conducta de los aldeanos de Puerto del Son? Sería terrible, señor marqués. El Gobierno es justo. El Gobierno ametrallaría a la nobleza; acaso resucitase contra ella los tormentos abolidos por la civilización. Y nadie podría quejarse. Había precedentes.

Hay políticos corruptos, que roban, pero aunque no lo hagan no están exentos de responsabilidad:

Ser honrado es muy fácil. Por eso, cuando nuestros políticos no pueden ser otra cosa, no pueden descollar por otra condición, se dedican resignadamente a ser honrados. Y si el pueblo clama contra sus desaciertos, contestan, dándose grandes palmadas en el esternon: «¡Yo soy un hombre puro; mi conducta no tiene tacha; mis paredes son de cristal; la política me ha costado dinero!»

Y parece que uno tiene que replicar:

«¡Ah!, si la política le ha costado dinero…, entonces… no he dicho nada. Perdone usted y dígame lo que le debo.»

Cuando, en justicia, uno debía vociferar:

«Te ha costado dinero, picaro vanidoso. ¿Y a mí? ¿Cuánto dinero nos ha costado a todos el que tú, hombre vulgar, hayas sido ministro o subsecretario, o director de lo que fueses? ¿Cuánto perdió el país? Al fin ¿qué hiciste? No robar. ¿Y cuántas escuelas nacen, cuántas carreteras surgen, cuántas iniciativas florecen con que tú no hayas robado? En definitiva, ¿no nos has robado el tiempo que contigo perdimos, soportándote en esa poltrona desde la que has ofrecido al país el tedioso y poco interesante espectáculo de tu austeridad de sereno de comercio?

En verdad, esta baratura de los políticos no nos conviene. Paguémosles. Pero no como ellos piden. Si se les dan mil pesetas, dos mil pesetas cada mes, harán lo qué ahora. No es negocio. Nosotros tenemos una idea mejor: pagarles a destajo. Más aún: darles una participación en las ganancias, organizar el Parlamento como una gran casa de negocios. ¿Qué ha hecho usted, señora diputado, señor ministro? ¿Aumentar las comunicaciones? ¿Parcelar los latifundios sin cultivo? He aquí su comisión y la prórroga del contrato de sus servicios. ¿Qué ha hecho usted? ¿Comprar para las tropas ametralladoras que no disparan o termógenos que no pueden ser utilizados? A su cuenta quedan. Y pase a reflexionar a la cárcel.

Ministros y diputados con fianza en metálico… Estamos envanecidos de haber tenido esta idea. Con fianza en metálico. ¿Cómo no se le habrá ocurrido a alguien antes?… El hombre que enriquece a su patria, no tiene por qué morir en la miseria. El que la perjudica, no debe zafarse mostrando su propia faltriquera vacía. Ahora se dice, encomiando a un político imbécil: «¡Murió pobre!» Cuando el sistema que defendemos se implante, se. dirá:
«Ése es fulano. Comenzó con un pequeño negocio de ruegos y preguntas, y… míralo…, es millonario. Los presupuestos de Fomento que ha patentado son los mejores que se fabrican hoy. Ha duplicado la riqueza nacional, y la comisión que le asigna la ley es fastuosa.»

Bien comprendernos que este procedimiento fracasaría en nuestra época. Los políticos de ahora sólo saben ser —y no en todos los casos— pobres, cosa bien fácil, que carece de mérito. Pero ahí queda la idea, por si las sociedades futuras se deciden a utilizaría.

No se arrepentirán.

La valía real de los diputados:

Otra demostración que tiende a probar que estos señores no merecen el dinero que piden.

Vamos a apartar a los grandes abogados, a los ingenieros, a aquellos que ganan mucho dinero con su profesión (apoyados, desde luego, en la política) y que por lo tanto, no están en el trance de pedir limosna al país. Quedémonos con el resto de los parlamentarios. Y hagamos almoneda. Ofrezcámoslos al país en una puja a la llana.
He aquí un diputado cualquiera, extraído del monton. Se os deja que le miréis, que le interroguéis, que le examinéis su ropa, que le deis leves golpes con los nudillos en la cabeza, para juzgarlos mejor… ¿Cuánto dais por él? ¿Quién quiere llevarle como auxiliar para su bufete, para su Banco, para su tienda de comestibles? ¿para su secretaría particular, para su periódico, para la portería de su casa? ¿Quién lo quiere? ¿Cuánto ofrece por él? ¿Hay alguien que lo contrate en mil pesetas mensuales? ¿No hay nadie? Pues ¿por qué le va a dar el país, al que perjudica con su inopia, esas mil pesetas?
La nación que tiene un Parlamento, debe pagar ese Parlamento. La nación que sufre, bajo ese nombre, al régimen de una concatenación de tertulias, las marrullerías de una pléyade de abogados, los perjuicios de la ignorancia y de la impotencia, de la incapacidad vanidosa y del nepotismo sin recato, de la ambición sin alas y del caciquismo codicioso, bastante hace con no derribar malhumoradamente todo el tinglado.

Una nueva estrategia militar:

Señor Galarza, usted no ha pensado en la eficacia belicosa de una banda. Verdad es que poca gente ha pensado en esto. No se obtiene de ellas todo lo que ellas pueden dar. Coloque usted esas cien bandas alrededor de una ciudad sitiada, y hágalas tocar día y noche, sin descanso, El gitanillo o el tango Milonguita. ¿Qué ocurriría, señor Galarza? Ocurriría que, en la primera jornada, los sitiados quizá organizasen bailes públicos; en la segunda jornada, no habría nadie en la ciudad que no tararease, contra su deseo, la Milon-guita; en la tercera jornada podría usted ver cómo algunos centinelas se suicidaban, arrojándose al foso desde lo alto de las murallas. Al sexto día, los sitiados procurarían aturdirse golpeando puertas, latas de petróleo y cacerolas vacías para ahogar las notas del tango. Los! que llegasen al día octavo sin enloquecer, abrirían lasj puertas de la plaza y saldrían, pálidos, aniquilados, a entregarse sin condiciones. No lo dude usted, señor Galarza. Y no dude que el dulce sonido de un oboe, tocado en un blocao, puede contener al moro que se arrastra arteramente en la noche para acercarse a las alambradas.

La función del gobernante:

No, yo no pienso así. Yo pienso: «valgo más que él». Porque yo tengo la misión de curtir cueros, y los curto muy bien: tan bien que nunca se quejó ningún cliente. Y ellos, los políticos, tienen la misión de gobernarnos bien, de procurarnos el bienestar, la comodidad, la cultura. Y no la cumplen satisfactoriamente. Cuando me den, no promesas, que todos las hacen, ni discursos bonitos, que todos saben pronunciarlos, sino realidades felices, yo saldré a saludarlos jubilosamente, con mis hijos encaramados sobre mis hombros, para que vean bien a sus bienhechores y los bendigan conmigo. Mientras tanto… no merece la pena. Un gobernante no es mi amo, es mi servidor. Yo le digo: «arrégleme bien el país», como él puede decirme: «cúrteme bien esas pieles». Nos servimos recíprocamente. Son dos destinos, y ninguno de ellos despreciable. Lo que puede hacernos poco o mucho apreciabíes a nosotros mismos, es el acierto con que lo interpretemos. He leído en los periódicos que el presidente ha dicho en un discurso a los castellanos: «Tenéis un destino que cumplir, y se trata de saber si sois iguales a vuestro destino.» Pero esa misma frase, sin cambiar la entonación, podemos nosotros, con mayor motivo y más justificado recelo, dirigirla a nuestros gobernantes. En España han cambiado mejor los nombres de las cosas que las cosas mismas.

marzo 2, 2011

Antonio Buero Vallejo. Diálogo Secreto.

Filed under: Teatro — Palimp @ 6:48 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Espasa-Calpe, 1985. 132 páginas.

Antonio Buero Vallejo, Diálogo Secreto
Vivir una mentira

He estado complementando la lectura de estas obras de teatro con conferencias sobre Buero Vallejo (que buena falta me hacían). Es uno de mis dramaturgos preferidos, pero siempre he pensado que le faltaba algo. Lo que le faltaba no es tal, solo su vocación de que sus obras fueran siempre entendibles para el público. Si una obra no tiene público no es teatro y no es eficaz.

Esta obra trata sobre un crítico de arte que vive una mentira. Ante un hecho luctuoso su hija descubre lo que oculta, y se enfrenta al riesgo de perder su carrera y el amor de su esposa.

No es una de las mejores obras del autor y no por que lo que cuente sea inverosímil (un crítico de arte que es daltónico), sino porque los temas siempre presentes (el hombre incompleto, el enfrentamiento generacional, el personaje que trae la luz) de su teatro no están entre sus mejores creaciones.

Aún así, como cualquier obra suya, es de lectura recomendable.


Extracto:[-]

Braulio.—Años terribles, Fabio. En las cárceles se moría fácilmente de hambre. Y tu madre apenas podía sacarte adelante. Figúrate: poco más de un año tenías cuando terminó la guerra. Ni un panecillo podía ella mandarme… Aguantó hasta tus cinco añitos, pero, cuando me soltaron, ya estaba consumida. Hijo, si pude sobrevivir en la prisión fue gracias a Gaspar. Él recibía paquetes de una hermana suya que supo arreglárselas. Ya ves: casi un chaval y con más necesidad que yo de alimentarse. Pero aquel muchacho era… todo un carácter. ¡Y una lumbrera! Analizaba lo que pasaba en el mundo mejor que muchos políticos veteranos, nos aconsejaba en los momentos difíciles, nos animaba… Y también nos daba de su comida. (Mirando a su marido, TERESA va acercándose a él, conmovida.) Conmigo la repartió hasta que salí a la calle. Y por eso tú también le debes la vida… Nunca había vuelto a saber de él hasta que, anoche, me lo encontré acurrucado en las escaleras del Metro. Un mendigo de setenta años. Pero me miró con sus ojos inconfundibles y comprendí de pronto quién era. Y ahora es él quien no tiene para comer. ¿Sabes cuántos años se ha pasado en prisión, entre unas y otras caídas? Veinticuatro… ¿No creéis los dos que debo corresponder a lo que hizo por mí?

TERESA.—Y vi en tu cara lo que debías contestar.

Fabio.— (Sonríe.) A veces hay que llevarle la contraria a este mundo egoísta, ¿no te parece?

TERESA.— (Ya a su lado, le abraza por la espalda.) Caballero, estoy enamorada de usted.

Fabio.—Muchas gracias, señora. Igualmente. (Ella se desprende, recoge al cruzar el bolso y su vaso de la mesa, y se acerca al pasillo.)

« Página anteriorPágina siguiente »