Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

Marzo 5, 2010

Andrés Amorós. La Zarzuela de cerca.

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Editorial Espasa Calpe, 1987. 284 páginas.

Andrés Amorós, La Zarzuela de cerca
Acercando el género

Releo este libro porque no recordaba nada de su contenido. Raro, porque me gusta la Zarzuela. La relectura me ha aclarado la razón de mi amnesia. No es un ensayo de Andrés Amorós, sino una colección de ensayos o tesis de alumnas suyas de un curso.

La recopilación es bastante desigual, y si bien hay algunos son interesantes, otros son bastante flojos y se limitan a transcribir con comentarios superficiales libretos de zarzuela. También, al estar escrita por manos diferentes, se repite mucha información que resulta redundante y en ocasiones cansina. Pero es lo que hay porque como se afirma en el libro:

La crítica en general ha tratado con parquedad el tema de la zarzuela. Con este trabajo pretendemos facilitar al interesado en la zarzuela un material bibliográfico que reunido, por primera vez, y comentado, pueda orientar la selección previa de fuentes que toda investigación requiere. Con este propósito se recogen aquí, si no exhaustivamente por las razones que enseguida veremos, sí en su gran mayoría, los libros, ensayos, trabajos, artículos, conferencias, etcétera, que se han escrito sobre el tema.

Al comenzar la labor de recogida de materiales para llevar a cabo nuestro objetivo, las dificultades fueron haciéndose patentes. En primer lugar, nos sorprendía la escasez de estudios monográficos sobre el tema; muchos, como se verá, sólo aluden a la zarzuela de modo tangencial, porque conviene en el momento de ocuparse de otros géneros teatrales o formas musicales; en segundo lugar, ha resultado en ocasiones difícil encontrar algunos libros, ya antiguos, de los que se hicieron tiradas muy pequeñas, o que pasaron casi inadvertidos en el momento de su publicación, o bien se trata de artículos que salieron en revistas de vida efímera o en folletos sueltos que no se han considerado dignos de pasar a la custodia de las bibliotecas españolas.

Supongo que algo habrá mejorado desde el 87, pero la Zarzuela siempre ha sido un patito feo, más desde que se asocia con un españolismo rancio con el que no tiene nada que ver. Porque el género chico compartía cartel con espectáculos como el de la Bella Chiquita, que provocó la indignación de los padres de familia de entonces:

»Ésta cree haber cumplido sus deberes morales retirando del cartel a aquella hermosa joven los días de moda, por ser éstos los de abono. (…) Pero no ha accedido a rescindir el contrato con la hermosa chiquilla, porque entiende que las funciones en que el público puede aceptar o no el espectáculo que se anuncia, sería ridículo imponerle la moralidad que pretenden los “señores padres de familia”.

»Y hace bien la empresa. Porque el que no quiera, o no pueda, o no deba presenciar escenas que lastiman la pureza de sus delicados sentimientos, que no vaya al Circo. Así de fácil.»

Seguidamente, dice que igual o mayor inmoralidad hay «en los vestidos escotados que lucen damas distinguidas en las funciones de nuestro Teatro Real.
»Porque, como tentación, es para mí mucho más irresistible la de una mujer
con el seno mal guardado a los ojos de un galán,
que todas las contorsiones y los movimientos lascivos de la Bella Chiquita.»

Destaco en negrita un consejo que se puede aplicar a los moralistas de todo pelaje y en todo tiempo. Si te parece inmoral, no vayas a verlo. He hablado de género chico que ¡ojo! no es lo mismo que zarzuela. Es una zarzuela corta y, normalmente, de temas más populares, pensada para representarse en los teatros por horas:

En la década de 1890 a 1900 son mayoría los teatros dedicados a funciones por horas con la obligada limitación del sistema con la reducción de la obra a un acto. Este teatro, que por sus dimensiones fue calificado de «teatro chico» o «género chico», y que comprendía obras en un acto con o sin música, fue enfrentado tenazmente por la crítica al «teatro grande» (obras ofrecidas en «función completa» y de dos» o más actos). Se acusó a los teatros por horas de la decadencia del teatro grande. Los defensores y los enemigos de uno y de otro desencadenarán una encarnizada polémica en la prensa y escritos de la época que durará décadas y que finalizará, aunque sin que cejen las protestas, con el definitivo triunfo del teatro chico en la última década del siglo pasado.

Que solían tener cuatro espectáculos de una hora de duración, en el que el último solía ser el de más éxito. Para acabar esta entrada en la que copio el defecto de alguna de las tesis de repetir con comentarios de poca enjundia fragmentos del libro les pongo aquí la adaptación de un cuento de Ariosto por Benavente para la zarzuela La copa encantada. En ella se reafirma la máxima ojos que no ven, corazón que no siente. Porque no siempre nos aprovecha conocer la verdad:

Interesante tesis la que se deduce de la pieza de Benavente, y que pensamos debió de causar bastante escándalo en la época. La alternativa planteada es el conocimiento de la verdad («la verdad siempre, la verdad sobre todo» [Esc. II]), que prefiere Leonato, a la felicidad («los únicos felices son los engañados») que supone el ignorar «ciertas verdades». La filosofía de los personajes Sempronio y Bartolo, que se resume en la frase de éste «Hay ciertas cosas que no adelanta nada conocerlas» (Esc. X), supone un duro golpe al sentido del honor entendido en la sociedad española del momento, y especialmente oreado en el teatro neorromántico de Echegaray. Ambos personajes, Sempronio, y todavía más Bartolo, encarnan el antihonor, la postura contraria a la que se esperaba en todo marido «ultrajado»: preferir ignorar «su deshonra», o lo que es más sorprendente para la moral de la época, no darle importancia. Así, cuando Leonato pregunta a Sempronio: «¿Habéis visto nada más ridículo que un marido engañado?», contesta Sempronio: «Eso es como todo. Hay algunos que lo sobrellevan con tanta dignidad, con tanta grandeza, que no pueden por menos de inspirar respeto…» (Esc. Ip> postura ésta que se aproxima a la tolerancia y perdón que van apareciendo en el nuevo teatro realista, tanto de Benavente como de Galdós.

Bartolo, hombre sencillo de origen humilde, se niega rotundamente a beber en la copa para compro-bar si su mujer Dorotea le engaña o no: «No soy tan necio como estos otros y como el señor Leonato, nunca entendí que a los maridos importe tanto que su mujer les engañe, siendo así que es la única falta
que ellas han de ocultarle, y así ocultarán las demás que son muchas y más molestas…» (Esc. IX), y termina Bartolo su discurso con la nota de humor que subyace en todo su alegato en defensa de la mujer, que, aunque engaña a su marido, procura por ello darle gusto en todo «para que no tenga tropiezo en qué reparar» (Esc. IX): «…Yo ahora os digo que el ser engañado no quita salud ni apetito, ni salta ojo, ni quiebra pierna ni brazo…, que eso del honor nadie sabe a punto fijo dónde cae ni a dónde para, y es mal de locos quejarse de lo que no duele.» Los caballeros que lo escuchan piensan que es un villano y un ruin, pero Maese Sempronio le apoya: «Hablas como un sabio, Bartolo, y tu filosofía es la verdadera.» Estas palabras suponen la censura definitiva al concepto del honor que había regido desde siempre en el teatro español, y desde luego una intención de quitarle trascendencia.

Febrero 10, 2010

Michael White. Lenguas viperinas y soñadores tranquilos.

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Espasa Calpe, 2002. 460 páginas.
Tit. Or. Acid tongues and tranquil dreamers. Trad. Hugo Romero.

Michael White, Lenguas viperinas y soñadores tranquilos
Genios con mal genio

Cuando me paso por la biblioteca de la Sagrada Familia siempre aprovecho para llevarme algunos libros de divulgación científica, de los que no están mal surtidos. Éste me llamó la atención, basado en la premisa de que el enfrentamiento puede ser un buen motor del progreso científico.

Analiza los casos de Newton contra Leibniz por la prioridad del cálculo infinitesimal, el de Lavoisier y Priestley en los orígenes de la química moderna, la defensa de la teoría de la evolución por parte de Darwin y la oposición de Owen (el que acuñó la palabra dinosaurio), la lucha entre Edison y Tesla por el método adecuado de instalación eléctrica (alterna o contínua), la carrera por la bomba atómica (que no fue tal, porque alemania iba muy retrasada), el desciframiento del ADN, en el que triunfaron Watson y Crick frente al imponente Pauling, la carrera espacial entre rusos y americanos y, por último, el enfrentamiento entre Bill Gates y Larry Ellison, de Oracle (hoy sería con Steve Jobs o con Google).

El estilo periodístico del libro me chirriaba un poco al tratar de los grandes clásicos de la ciencia, pero no quedaba mal en los enfrentamientos modernos. No sé si la tesis del autor se cumple y podemos considerar la rivalidad como un acicate de la investigación, pero no cabe duda de que en algunos casos ha sido así.

Contiene una serie de datos interesantes. Por ejemplo, que el sentido de la frase a hombros de gigantes podría tener un sentido diferente:

Aunque Newton y Hooke se odiaban, mantuvieron una fingida caballerosidad en su correspondencia y en sus encuentros en la Royal Society de Londres, pero ambos adornaban sus comentarios hacia el otro con dardos envenenados. El más famoso de estos es aquel que Newton dirigió a Hooke con pretendida inocencia: «Si puedo ver más allá es porque estoy subido a hombros de gigantes». Hooke era un enano deforme.

Siempre había considerado a Tesla un iluminado, pero después de las veces que le robó la compañía de Edison le he cogido un tremendo cariño nacido de la solidaridad. Además, en la batalla de las corrientes Edison no jugó limpio:

Brown escribió un libro financiado por Edison y titulado El peligro comparativo para la vida de la corriente alterna y directa (The Comparative Danger to Life of the Alternating and Continuous Current). Era poco más que una colección de artículos de periódicos, discursos y descripciones de sus demostraciones con animales a la que había añadido informes de una serie de fuentes terriblemente espurias que condenaban el uso doméstico de la AC. A principios de 1889 escribió un panfleto, de nuevo financiado por Edison, que fue enviado a cada alcalde, político, agente de seguros y hombre de negocios prominente de cualquier población norteamericana con una población superior a 5.000 habitantes.

«Me dirijo a usted por un asunto de VIDA O MUERTE, que puede afectarle personalmente en cualquier momento», comenzaba la declaración de Brown. Continuaba menospreciando los métodos de Tesla y Westinghouse, afirmando que estaban únicamente guiados por intereses comerciales, e informaba sin verificación, de las espantosas muertes de inocentes usuarios de AC. Después de llamar a la AC «esa CORRIENTE ASESINA», Brown concluía su diatriba con el ruego a sus lectores de que hicieran todo lo que pudieran para prohibir el uso de cualquier corriente por encima de los 300 voltios en sus pueblos y ciudades, algo que ayudase a prevenir que el sistema de Westinghouse operase porque los transformadores debían estar cerca de las zonas habitadas.

Sin contar con las simpatías espiritistas de Edison:

Edison también era excéntrico en sus inclinaciones espirituales. En 1878, mientras ganaba fama como inventor, se convirtió en un activo miembro del movimiento de la teosofía, una fantástica reunión seudointelectual de místicos y ocultistas que había establecido en Nueva York Madame Helena Blavatsky en 1875. Los miembros del movimiento creían en fuerzas ocultas y entes etéreos que supuestamente guiaban a la humanidad hacia un curso predeterminado, y proponían que la raza humana estaba colocada ante el umbral de un estado divino.
[...]
Hacia el final de su vida, Edison incluso hablaba de una máquina que proclamaba que había diseñado y que permitiría a los vivos oír las voces de los muertos. «He estado trabajando durante algún tiempo en la construcción de un aparato para ver si es posible que las personalidades que han dejado esta tierra se comuniquen con nosotros», dijo a un periodista.

Durante la segunda guerra mundial se produjo un incidente que pocos conocen. Heisenberg estuvo a punto de morir asesinado:

El hombre es Morris Berg, un antiguo campeón de béisbol, ahora agente secreto de la Office of Strategic Service (OSS, un cuerpo de inteligencia norteamericano precursor de la CÍA). Su misión es determinar, a partir de la conferencia de Heisenberg, si los científicos alemanes han descifrado el secreto para construir armas atómicas. Si concluye que los alemanes están cerca de poder crear algo semejante, delante de los científicos reunidos sacará su pistola y disparará a Heisenberg entre los ojos.

No obstante, para Berg la charla se ha convertido en una cascada de palabras sin sentido; lo. escrito en la pizarra se asemeja a jeroglíficos borrosos. Comienza a sentirse nervioso. ¿Qué está diciendo Heisenberg? ¿Qué significan los símbolos? Siente cómo las palmas de sus manos se vuelven pegajosas. ¿Puede realmente matar a ese hombre a sangre fría? Si lo hiciera, sin duda sería capturado y ejecutado, y ¿para qué? Quizá este hombre es inocente. Aunque los conocimientos físicos de Berg son extremadamente limitados, es un magnífico lingüista; aun así, la mayor parte de lo que oye no tiene sentido; podrían ser las palabras de un culpable o las de un inocente.

Berg se calma poco a poco. Lentamente saca la mano del bolsillo. No puede continuar con el asesinato, no tiene ninguna evidencia, ninguna razón real, y no puede acabar con la vida de un hombre inocente sin una prueba definitiva. Al concluir Heisenberg su exposición, Berg se levanta con los demás, intercambia unas pocas palabras con los que están junto a él y se marcha tranquilamente.

Una defensa de los gastos en investigación espacial, que tanta tecnología nos han dado:

Mucha gente sigue diciendo que los programas espaciales soviético y estadounidense representaron y siguen representando un gasto exagerado de dinero y recursos humanos. Esto es un error. Indudablemente, la carrera hacia la Luna influyó de forma directa en la tecnología actual tanto como la gran batalla de Tesla y Edison, la construcción de la bomba atómica o la química radical de Lavoisier.

En la informática el tiempo pasa muy rápido. Cuando se escribió este libro estábamos ante el lanzamiento del Windos 95 ¡Que tiempos!:

Este es un momento emocionante para Bill Gates y Microsoft. La compañía acaba de lanzar Windows 95 y unas semanas más tarde anuncia que la venta media del nuevo producto es de un millón de copias a la semana. A pesar de las numerosas críticas, muchas de las cuales acusan a Gates de amasar la mayor fortuna del mundo revendiendo al público un producto que ya tenían, es fácil intuir que el líder de Microsoft puede estar contento. «He tenido más suerte que la mayoría», admite, e inclinándose hacia delante, añade despacio: «Este es uno de los momentos más excitantes de la historia para hacer lo que yo hago. La gente dice que vivo en el futuro, pero no es verdad; estoy enganchado con lo que está ocurriendo ahora».

Para aprender alguna cosa más.

Noviembre 23, 2009

Ramón del Valle-Inclán. Divinas Palabras.

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Espasa Calpe colección Austral, 1961, 1996. 174 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, Divinas Palabras
Tragicomedia de aldea

A veces ocurre: te gusta un autor pero se te escapa un libro. No estaba seguro de haber leído Divinas palabras pero no me iba a hacer mal releerlo. Lo bueno de los clásicos es que en cualquier biblioteca te los encuentras.

El argumento se encuentra en la Wikipedia: Divinas palabras. Aunque es una obra de teatro, es difícil de representar -y por lo visto así le gustaba a valle-Inclán que fuera. Hay una adaptación al cine que colgaré un día de estos. La acción gira alrededor de Laureaniño el Idiota, un enano que se reparten Pedro Gailo y su hermana Marica del Reino para ganar dinero exhibiéndolo.

¿Por qué el nombre de Valle-Inclán no está al lado de otros grandes de la dramaturgia mundial del siglo XX? Que alguien me lo explique porque no soy capaz de entenderlo. Seguro que se ha escrito mucho y bueno sobre esta obra pero mi impresión como lector más o menos inocente es de asombro y maravilla. La prosa, magnífica. La historia, intensa. El conjunto, embriagador y amargo.

Lo empecé como por obligación y me he encontrado un tesoro.

Descárgalo gratis:

Ramón María del Valle-Inclán – Divinas palabras.pdf


Extracto:[-]

San Clemente. El atrio con la iglesia en el fondo. Pasa entre los ramajes el claro de luna. Algunos faroles, po­sados en tierra, abren sus círculos de luz aceitosa en torno al bulto de la difunta, modelado bajo una sábana blanca. Los aldeanos del velorio —capas y mantillas— beben aguardiente al abrigo de la iglesia. El murmullo de las voces, las pisadas, las sombras tienen el sentido irreal y profundo de las consejas.

pedro gailo.—Desde el momento primero, yo fui en decir que la difunta finó por haber bebido de alguna fuente ponzoñosa, pues ya van muchas desgracias en ganados y cristianos así aparejadas.

mari-gaila.—Y el engendro bebió algún trago de la misma agua, pues todo se derramó, con perdón, en las pajas. Fue menester lavarlo como a un niño de teta. ¡Y si supieseis qué completo es de sus partes!

marica del reino.—¡Calla, cuñada! Poco tendrás que renegar de tales trabajos, que yo me hago cargo del carretón.

mari-gaila.—¡Ahí está su hermano! Con él te go­biernas, Marica.

marica del reino.—¿Qué tienes tú que deponer, hermano mío?

pedro gailo.—Los brazos de un hombre llevan me­jor cualisquiera carga.

marica del reino.—La voluntad de la difunta era encomendarme el cuidado del carretón. ¡Declarado me lo tenía!

mari-gaila.—¿Dónde están los testigos, Marica?

marica del reino.—Con mi hermano hablaba.

mari-gaila.—Pero yo te escuchaba.

marica del reino.—¡Ay si la difunta pudiera decla­rar su voluntad!

pedro gailo.—¡Habla tú, difunta hermana mía! Ha­bla si era tu intención negar la ley de familia.

la tatula.—No esperes te responda, que la muerte no hila palabras.

el pedáneo.—Tiene sin aire el fol, y no hay pala­bra sin aire, como no hay llama.

pedro gailo.—Pero se obran prodigios.

el pedáneo.—En otros tiempos, que en éstos al ca­rro de la muerte ninguno le quita los bueyes.

marica del reino.—¡Y todo este hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales!

mari-gaila.—No habrá pleito si tú respetas el dere­cho del que nació varón.

marica del reino.—Consultaremos con hombres de Ley.

el pedáneo.—¡Como lleguéis a la puerta del aboga­do, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si fuese a daros mi dictado, a ningu­no había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la Ley!

mari-gaila.—¿No llama al hermano varón?

el pedáneo.—Las voces de la Ley tú no las al­canzas.

mari-gaila.—¡Pero aquí hay alguno que sabe la­tines!

el pedáneo.—A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si no habéis de seguirlo, ¡para qué escucharlo!

marica del reino.—Te pedimos tu consejo, y cum­ples con darlo.

el pedáneo.—Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo.

la tatula.—Tampoco había pleito.

el pedáneo.—Pues si solamente deja uno, también habéis de repartiros la carga que represente.

la tatula.—No es carga, que es provecho.

el pedáneo.—Son bienes pro indiviso, que dicen en juzgados.

mari-gaila.—¡Ay Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón! Zueco en dos plantas, ¿dónde irás que lo veas?

el pedáneo.—Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente.

una mocina.—Mi padre muele doce horas en el mo­lino de András.

marica del reino.—Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias, deter­minados los días.

el pedáneo.—Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maqui­la, y el otro, de jueves a sábados. Los domingos van al­ternados.

la tatula.—Así no había pleito.

marica del reino.—A ti corresponde hablar, her­mano mío.

pedro gailo.—Lo que propone aquí este vecino hon­rado es un consejo, y a nosotros cumple tomarlo o de­jarlo. Mi sentir ya está manifiesto, el tuyo debes de­clararlo.

marica del reino.—Mi sentir está con el tuyo, y de ahí no me descarrío.

mari-gaila.—Retuertas vienen esas palabras.

marica del reino.—Claras como el sol.

el pedáneo.—Veremos si yo marcho por tus cami­nos, Marica del Reino. A mi ver, con tales palabras quieres significar que te avienes con aquello que se avenga este tu hermano.

marica del reino.—¡Claramente!

el pedáneo.—¿Y tú qué respondes, Pedro del Reino?

mari-gaila.—Este bragazas se conforma al respec­tive.

el pedáneo.—Pues muera el cuento.

marica del reino.—Por manera que tres días el Carretón al cargo mío y otros tres al cargo de mi cu­ñada.

el pedáneo.—El domingo es el indiviso.

la tatula.—Ya tenéis hechas las partijas, sin pe­ritos.

mari-gaila.— Hay que cumplimentarlo bebiendo una copa. Cachea por el caneco del aguardiente, marido.

pedro gailo.—Míralo a la ventana tuya, arrimado a las parihuelas de la difunta.

mari-gaila.—Y hay que darle una copa al baldadiño.

el pedáneo.—¿Lo cata?

mari-gaila.—Y se relame. Veréis vosotros cómo no se conforma con una. Está imbuido en la bebida.

la tatula.—Tantas lluvias y soles por caminos… Sin ese reparo moría.

mari-gaila.—¿Quieres echar una copa, Laureano?

la tatula.—Amuéstrale el caneco, que por palabras no saca el sentido.

Enero 16, 2009

Richard Dawkins, El espejismo de Dios.

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Editorial Espasa Calpe, 2007. 452 páginas.
Tit. Or. The God delusion. Trad. Regina Hernández.

Richard Dawkins, El espejismo de Dios
Evangelización atea

Todas las religiones tienen la extraña costumbre de convencer a los no creyentes de que son los poseedores de la única verdad. En el caso de que uno sea ateo ¿Qué tiene que hacer? ¿Respetar las creencias religiosas aunque no las compartan? ¿O hacer como el enemigo y hacerles ver lo equivocados que están? El biólogo Richard Dawkins escoge la segunda opción y a través de este libro se propone explicar, de una manera clara, que es casi seguro que no hay Dios.

La existencia de Dios debería tratarse como cualquier otra hipótesis científica, y eso es lo que hace el autor en el capítulo 2. De momento no se ha encontrado ninguna confirmación experimental, y eso que en Estados Unidos se han gastado fuertes sumas de dinero para realizar experimentos sobre el poder de la oración.

Los que piensen que filósofos y teólogos han dado buenas razones para creer en Dios probablemente cambien de opinión tras leer el capítulo 3. Las famosas Cinco vías de Santo Tomás no resisten un análisis profundo. La Biblia -y otros libros religiosos- está llena de contradicciones y parece poco probable que tenga una inspiración divina. Otros argumentos -como el de la experiencia personal- son aún más endebles.

Lo cierto es que, al contrario de lo que opinan muchas personas de fe religiosa, el diseño del universo no nos conduce a la existencia de un diseñador. En el capítulo 4 vemos que los seres vivos están llenos de remiendos e imperfecciones. La teoría de la evolución explica la causa de tanta ineficiencia; en caso contrario deberíamos pensar que el creador es un chapucero.

Pero si esto es así ¿Por qué en todas las culturas aparece la religión? El capítulo 5 explica el tema estrella de Dawkins: el meme. Que no es lo que se entiende en la blogosfera como tal, sino la unidad mínima de transmisión de la herencia cultural. Las ideas religiosas son buenas en propagarse y mantenerse, así que no es extraño que tengan una larga vida y aparezcan por doquier.

¿Nos hace falta la religión para ser buenos? El capítulo 6 afirma que no, que nuestra moralidad ha evolucionado junto con nosotros, y sólo hay que ver como se comportan nuestros primos los chimpancés para darse cuenta de que no hace falta religión para tener comportamientos nobles y altruistas. No sólo eso, en el capítulo 7 el autor va más allá al poner de manifiesto como la moralidad de los grandes libros sagrados como la Biblia o el Corán ha quedado obsoleta y lo difícil que es conciliar sus brutalidades con el pensamiento moderno. Algo que en este Cuchitril dejamos claro en la reseña de La Biblia ante la Biblia.

La religión no sólo no nos hace falta para ser buenas personas, sino que además nos empeora. Citando a Steven Weinberg:

Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión.

Ya Dawkins habia rodado un documental titulado La raíz de todo mal que puede verse (junto con otros también interesantes) en Google Video: The God delusion. La intolerancia, las guerras de religiones, la inquisición, el terrorismo islámico… ¿hace falta decir más?

Si usted ha nacido en España, lo más probable es que sea católico. No es una cuestión de elección, sino de adoctrinamiento. Quizás exageradamente el autor considera que este lavado de cerebro es peor que los abusos infantiles, pero tiene su parte de razón ¿Por qué extirpamos de los niños esa capacidad de elección?

Hasta aquí los argumentos del autor. Como ateo recalcitrante estoy, en general, más de acuerdo que en desacuerdo, pero tengo mis objeciones.

Lo primero que llama la atención es que Dawkins diga que es casi seguro que no hay Dios. ¿Por qué este casi? Porque la ciencia nunca nos permitirá dar una respuesta a esta pregunta, lo mismo que a otras como ¿Por qué el ser y no la nada?. Podemos poner a prueba hipótesis del tipo Dios se comunica con algunas personas o Dios se preocupa por el ser humano, pero nunca podremos falsar la hipótesis Dios existe. Tiene razón al afirmar que entre un teísta que relegue a Dios al simple acto de crear el universo y luego irse y un ateo no hay una diferencia sustancial. Pero la cuestión sigue abierta.

El ataque está más orientado a la religión organizada que a la metafísica, y ahí, hay que reconocerlo, da de lleno. Hay que tener en cuenta que en los Estados Unidos las organizaciones religiosas tienen mucho poder; tanto que el debate sobre el diseño inteligente -una artera estrategia para introducir el creacionismo en las escuelas- está más vivo que nunca. Para captar hasta que punto es importante la religión esn ese país sólo hay que ver las series de televisión que nos llegan. En todas la gente va los domingos a la iglesia. Hemos visto un presidente demócrata con el Nobel de economía -El ala oeste de la casa blanca-, un presidente negro -24- y una presidenta -Señora presidenta-. Pero es inimaginable un presidente ateo. El propio autor da los datos de la siguiente encuesta sobre si darían su voto a una persona cualificada para un cargo público que fuera mujer (95%), católico (94%), judío (92%), negro (92%), mormón (79%), homosexual (79%) o ateo (49%).

Soy ateo pero nunca he querido evangelizar. Creo que todo el mundo tiene perfecto derecho a estar equivocado. Siempre he comulgado con la postura que tenía el gran biólogo y divulgador Stephen Jay Gould de los ministerios separados, que viene a decir que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Que la ciencia se ocupe de las leyes de la naturaleza y la religión de temas morales. Dawkins preferiría que la religión ni existiera.

El problema es que la religión no se limita a marcar las reglas que tienen que seguir sus fieles. Opina como deben comportarse los demás -como en la polémica sobre el matrimonio homosexual-, censura libros o películas y decide sobre que se puede o no se puede investigar. La religión no juega limpio en los ministerios separados. Mientras las cosas estén así cualquier libro que aporte un poco de racionalidad al mundo será bienvenido.

Descárgalo gratis:

Dawkins El Espejismo De Dios.pdf

Dawkins Richard – El Espejismo De Dios.pdf

Escuchando: Underneath a Distant Moon. Rialto.


Extracto:[-]

LA RELIGIÓN COMO SUBPRODUCTO DE ALGUNA OTRA COSA

En cualquier caso, me gustaría ahora dejar de lado la selección de grupo y volver a mi propio punto de vista del valor de supervivencia darwinista de la religión. Soy uno de los cada vez más numerosos biólogos que ven la religión como un subproducto de alguna otra cosa. De forma más general, creo que quienes especulamos acerca del valor de la supervivencia darwinista necesitamos «pensar en subproductos». Puede que cuando preguntemos acerca del valor de supervivencia de cualquier cosa estemos haciendo la pregunta errónea. Necesitamos reescribir la cuestión en una forma más útil. Quizá la característica en la que estamos interesados (en este caso, la religión) no tiene un valor de supervivencia directo por sí misma, pero es un subproducto de algo que sí lo tiene. Encuentro que esto puede ser útil para introducir la idea del subproducto con una analogía que proviene de mi especialidad del comportamiento animal.

Las mariposas nocturnas vuelan hacia la llama de la vela y esto no parece ser accidental. Se salen de su camino para incinerarse en una ofrenda de fuego. Podemos denominarlo «comportamiento de autoinmolación» y, bajo este provocativo nombre, imaginar cómo podría favorecerlo en la tierra la selección natural. Mi idea es que debemos reescribir la cuestión antes de incluso intentar una respuesta inteligente. Esto no es suicidio. El aparente suicidio surge como efecto colateral involuntario o subproducto de cualquier otra cosa. Un subproducto… ¿de qué? Bien, esta es una posibilidad, que servirá para este propósito. La luz artificial es un invitado reciente a la escena nocturna. Hasta hace poco tiempo, las únicas luces nocturnas a la vista eran la Luna y las estrellas. Están en el infinito óptico, por lo que los rayos que salen de ellas son paralelos. Esto hace que sean adecuadas para utilizarse como compases. Se sabe que los insectos utilizan objetos celestiales tales como el Sol y la Luna para guiarse correctamente en línea recta y pueden utilizar la misma brújula, con signo opuesto, para regresar al hogar tras una escapada. El sistema nervioso de los insectos es un experto en establecer una regla de tres temporal de este tipo: «dirígete en un curso tal que los rayos de luz incidan en tu ojo en un ángulo de 30 grados». Dado que los insectos tienen ojos compuestos (con tubos rectos o guías de luz irradiando desde el centro del ojo como las espinas de los erizos), esto podría corresponder en la práctica a algo tan simple como guardar la luz en un tubo particular u omatidio. Pero la brújula de luz confía críticamente en el objeto celestial que está en el infinito óptico. Si no lo está, los rayos no son paralelos, sino que divergen como los radios de una rueda. Un sistema nervioso aplicando la regla de tres de los 30 grados (o cualquier otro ángulo agudo) a una vela cercana, tal como si fuera la Luna en el infinito óptico, dirigirá a la mariposa nocturna, mediante una trayectoria espiral, hacia la llama. Trasládelo a usted mismo, utilizando cualquier ángulo agudo como el de 30 grados, y generará una elegante espiral logarítmica hacia la vela.

Aunque en esta circunstancia particular es fatal, la regla de tres de la mariposa nocturna es, de media, una buena regla porque para una mariposa nocturna la observación de las velas es extraña en comparación con la observación de la Luna. No nos damos cuenta de los cientos de mariposas que silenciosa y eficazmente están dirigidas por la Luna o por una brillante estrella, o incluso por el brillo de una ciudad lejana. Solo vemos a las mariposas revoloteando hacia nuestra vela, y hacemos la pregunta incorrecta: ¿por qué se suicidan todas esas mariposas? En vez de eso deberíamos preguntar por qué tienen sistemas nerviosos que las dirigen manteniendo un ángulo fijo hacia los rayos de luz, una táctica que solo percibimos cuando es errónea. Cuando la pregunta se reelabora, el misterio desaparece. Nunca fue correcto denominarlo suicidio. Es un subproducto fallido de una brújula normalmente útil.

Octubre 15, 2007

Ana María Matute. Olvidado Rey Gudú.

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Espasa Calpe, 1998. 869 páginas.

Ana María Matute, Olvidado Rey Gudú
Experimento desafortunado

Creo recordar que este libro lo leí cuando todavía estaba en la universidad. Como amante de la ciencia ficción y -en ocasiones- de la fantasía tenía ganas de echarle un vistazo. Mi impresión en aquella época no fue mala.

El Reino de Olar no es paradisíaco. Olvidado en las fronteras debe sufrir los acosos de saqueadores de las estepas y luchar con el próspero reino del sur. Al Norte se encuentra la selva y al oeste los fiordos. Para reinar en ese territorio hay que tener un temple especial. Como el que tienen los hijos de Olar, creador de una estirpe de reyes.

En la contraportada afirman que Esta novela es, sin duda, la obra maestra de Ana María Matute ¡Qué van a decir! Yo los detendría por publicidad engañosa. En cualquier cuento de Algunos muchachos hay más calidad que en las más de ochocientas páginas de este libro. Me ha parecido peor que cuando la leí por primera vez, así que o me he vuelto más exigente, o es que no recordaba bien.

Dentro de la fantasía hay obras mejores, y dentro del amplio campo de la literatura no digamos. Bastante floja y en algunos momentos aburrida.

Escuchando: El Tren. Leño.


Extracto:[-]

Pero los inviernos, y los hielos y deshielos, y el brotar de la hierba, cayeron aún sobre el Torreón con silencio y ausencia. Tiempo sobre tiempo, el Torreón creció algo, ensanchó la granja y algún pequeño barón fue sometido definitivamente. La nueva vida de Sikrosio fue tomando, poco a poco, el viejo color de la de su padre. Olvidó aquel amanecer, aquella noche en que oyó el restallar del látigo en las orillas del Oser, y el piar de los tordos, inexistentes amigos. O pareció que lo olvidaba.

El Conde Olar era ya viejo, pero no era, ni lo fue jamás, un viejo como los demás. Sikrosio llegó a entenderlo, por fin, y colocó de nuevo a su padre en su pedestal, hasta el día de su muerte.

Y llegó el día en que, de nuevo, el Abad de los Abundios entregó al Conde un pergamino con el sello que ya Sikrosio identificaba: era el mismo emblema que lucía en su dedo índice, grabado en anillo de oro, el Príncipe Bastardo.

El Conde Olar era hombre adusto, poco dado a efusiones de ningún género, sin otra explosión de sentimientos visible que el restallar

de su látigo. Pero tenía una especial costumbre: en las raras ocasiones en que un gozo intenso desbordaba sus espesos muros de contención, solía golpearse la cabeza con los puños de tal forma, que si no se hubiera tratado de su propia morra, todos hubieran creído que intentaba reducirla a bien poca cosa. Así, aquel día, se propinó toda suerte de puñetazos capaces de dar fin a testas más jóvenes o aparentemente más robustas. Después, bebió en abundancia, más que de costumbre —en esto nunca fue moderado—. Lo hizo rodeado de sus caballeros, de sus vasallos y del primogénito Sikrosio —recién investido caballero—. Luego partió hacia Occidente, con nutrida escolta, lo mejor trajeado que le fue posible.

Sikrosio le acompañó hasta el borde de la tundra. Como clavado en el suelo, la cabeza alzada y los ojos ansiosos, le vio marchar, hasta que desapareció el último de sus hombres. Luego, un viento furioso lanzó aquel misterioso polvo gris sobre él y, cuando lo sacudió de su traje y montura, le pareció que una lluvia de ceniza intentaba sepultarle. Volvió grupas y galopó, desazonado, durante todo el día. Al anochecer, a su vez, bebió mucha cerveza: porque aquella ceniza se había pegado a su paladar y no parecía barrarse fácilmente. No obstante, una intensa alegría le llenaba, y su risa rodó como un trueno por las orillas del Oser, estremeciendo a quien halló en su camino.

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