George R. R. Martin. Juego de tronos.
Gigamesh, 2002, 2007, 2010, 2011. 824 páginas.
Tit. Or. A game of thrones. Trad. Cristina Macía.

Se acerca el invierno
Por fin he sucumbido a la lectura de esta serie por culpa -y gracias- a un amigo. Como puede verse por las últimas entradas tengo la suerte de tener amigos que me conocen y me cuidan bien. La reseña la pueden encontrar aquí: Juego de tronos y le da una valoración de 999 sobre mil. Con eso esta dicho todo.
Confieso que me resistí a empezar por dos motivos. Primero, porque no me gusta la fantasía, salvo escasas excepciones. Si no me gustaba tendría que leer un libro muy largo a disgusto. Pero si me gustaba… la cosa es peor, porque la serie tiene de momento cinco libros de gran extensión y se prevé que tendrá siete. Esto es lo que ha pasado, me he quedado enganchado y ahora tendré que leerlos todos.
La historia está ambientada en un mundo ficticio, en el que la magia ronda las fronteras de los reinos pero, al menos en este primer volumen, casi no aparece. La historia se cuenta desde el punto de vista de varios personajes, y se centra en las intrigas palaciegas, las peleas de los reinos, la dificultad de conseguir el poder y mantenerlo… lo leí justo después de Historia de la decadencia y caída del imperio romano y me parecía estar leyendo la continuación en una extraña edad media alternativa.
No sé si gustará a los que no son lectores del género, supongo que a muchos sí, pero lo que está claro es que a los amantes de la ciencia ficción y la fantasía les ha encantado, a mí incluido. Que hayan hecho una serie -más subida de tono que el libro- da fe de que despierta interés.
Como colofón decir que el emblema de la casa protagonista Se acerca el invierno me recordaba la situación de crisis actual en la que vivimos, aunque a renglón seguido pensaba pero yo tengo el verano en el corazón. Cursi y feliz que es uno.
Calificación: Muy bueno.
Un día, un libro (136/365)
Extracto:
—Decidme la verdad —le pidió Jorah mientras detenía el caballo y la miraba—. ¿Queréis que Viserys se siente en un trono?
—No sería un buen rey, ¿verdad? —dijo Dany después de meditar un momento.
—Los ha habido peores… pero no muchos. —El caballero volvió a poner su montura al paso.
—De todos modos —insistió Dany situándose junto a él—, el pueblo llano lo espera. El magíster Illyrio dice que están bordando estandartes de dragones y rezando por que Viserys cruce el mar estrecho y regrese para liberarlos.
—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó Ser Jorah—. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.
Dany cabalgó en silencio un rato, analizando las palabras del caballero como si fueran un rompecabezas. El hecho de que al pueblo no le importara si lo gobernaba su verdadero rey o un usurpador iba contra todo lo que le había dicho Viserys durante años. Pero cuanto más pensaba en todo aquello, más ciertas le parecían las palabras de Ser Jorah.
—Y tú, ¿qué pides cuando rezas, Ser Jorah? —le preguntó.
—Un hogar —dijo, con la voz ronca por la nostalgia.
—Yo también querría un hogar —dijo ella con sinceridad.
—Mirad a vuestro alrededor, khaleesi. —Ser Jorah se echó a reír.
Pero Dany no estaba pensando en las llanuras. Pensaba en Desembarco del Rey y en la gran Fortaleza Roja que había construido Aegon el Conquistador. Pensaba en Rocadragón, donde había nacido. En su imaginación, ambos lugares brillaban con un millar de luces, había una chimenea tras cada ventana. En su imaginación todas las puertas eran rojas.
—Mi hermano no recuperará jamás los Siete Reinos —dijo Dany.
Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que lo sabía. Toda su vida. Sólo que no se había permitido formular las palabras, ni siquiera en un susurro. Pero en aquel momento las decía en voz alta, para que las oyera Jorah Mormont, para que las oyera todo el mundo.
—¿Eso creéis? —preguntó Ser Jorah mientras la miraba calibrándola.
—No sabría dirigir un ejército ni aunque mi señor esposo se lo diera —dijo la chica—. No tiene dinero, y el único caballero que lo sigue lo considera menos que una serpiente. Los dothrakis se burlan de su debilidad. Jamás nos llevará a casa.
—Sois sabia, niña —sonrió el caballero.
—No soy ninguna niña —replicó ella, furiosa.



