Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

enero 14, 2012

George R. R. Martin. Juego de tronos.

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Gigamesh, 2002, 2007, 2010, 2011. 824 páginas.
Tit. Or. A game of thrones. Trad. Cristina Macía.
George R R Martin, Juego de tronos
Se acerca el invierno

Por fin he sucumbido a la lectura de esta serie por culpa -y gracias- a un amigo. Como puede verse por las últimas entradas tengo la suerte de tener amigos que me conocen y me cuidan bien. La reseña la pueden encontrar aquí: Juego de tronos y le da una valoración de 999 sobre mil. Con eso esta dicho todo.

Confieso que me resistí a empezar por dos motivos. Primero, porque no me gusta la fantasía, salvo escasas excepciones. Si no me gustaba tendría que leer un libro muy largo a disgusto. Pero si me gustaba… la cosa es peor, porque la serie tiene de momento cinco libros de gran extensión y se prevé que tendrá siete. Esto es lo que ha pasado, me he quedado enganchado y ahora tendré que leerlos todos.

La historia está ambientada en un mundo ficticio, en el que la magia ronda las fronteras de los reinos pero, al menos en este primer volumen, casi no aparece. La historia se cuenta desde el punto de vista de varios personajes, y se centra en las intrigas palaciegas, las peleas de los reinos, la dificultad de conseguir el poder y mantenerlo… lo leí justo después de Historia de la decadencia y caída del imperio romano y me parecía estar leyendo la continuación en una extraña edad media alternativa.

No sé si gustará a los que no son lectores del género, supongo que a muchos sí, pero lo que está claro es que a los amantes de la ciencia ficción y la fantasía les ha encantado, a mí incluido. Que hayan hecho una serie -más subida de tono que el libro- da fe de que despierta interés.

Como colofón decir que el emblema de la casa protagonista Se acerca el invierno me recordaba la situación de crisis actual en la que vivimos, aunque a renglón seguido pensaba pero yo tengo el verano en el corazón. Cursi y feliz que es uno.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (136/365)

Extracto:
—Decidme la verdad —le pidió Jorah mientras detenía el caballo y la miraba—. ¿Queréis que Viserys se siente en un trono?
—No sería un buen rey, ¿verdad? —dijo Dany después de meditar un momento.
—Los ha habido peores… pero no muchos. —El caballero volvió a poner su montura al paso.
—De todos modos —insistió Dany situándose junto a él—, el pueblo llano lo espera. El magíster Illyrio dice que están bordando estandartes de dragones y rezando por que Viserys cruce el mar estrecho y regrese para liberarlos.
—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó Ser Jorah—. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.
Dany cabalgó en silencio un rato, analizando las palabras del caballero como si fueran un rompecabezas. El hecho de que al pueblo no le importara si lo gobernaba su verdadero rey o un usurpador iba contra todo lo que le había dicho Viserys durante años. Pero cuanto más pensaba en todo aquello, más ciertas le parecían las palabras de Ser Jorah.
—Y tú, ¿qué pides cuando rezas, Ser Jorah? —le preguntó.
—Un hogar —dijo, con la voz ronca por la nostalgia.
—Yo también querría un hogar —dijo ella con sinceridad.
—Mirad a vuestro alrededor, khaleesi. —Ser Jorah se echó a reír.
Pero Dany no estaba pensando en las llanuras. Pensaba en Desembarco del Rey y en la gran Fortaleza Roja que había construido Aegon el Conquistador. Pensaba en Rocadragón, donde había nacido. En su imaginación, ambos lugares brillaban con un millar de luces, había una chimenea tras cada ventana. En su imaginación todas las puertas eran rojas.
—Mi hermano no recuperará jamás los Siete Reinos —dijo Dany.
Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que lo sabía. Toda su vida. Sólo que no se había permitido formular las palabras, ni siquiera en un susurro. Pero en aquel momento las decía en voz alta, para que las oyera Jorah Mormont, para que las oyera todo el mundo.
—¿Eso creéis? —preguntó Ser Jorah mientras la miraba calibrándola.
—No sabría dirigir un ejército ni aunque mi señor esposo se lo diera —dijo la chica—. No tiene dinero, y el único caballero que lo sigue lo considera menos que una serpiente. Los dothrakis se burlan de su debilidad. Jamás nos llevará a casa.
—Sois sabia, niña —sonrió el caballero.
—No soy ninguna niña —replicó ella, furiosa.

abril 4, 2008

Karel Capek. La Guerra de las Salamandras.

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Ediciones Gigamesh, 2003. 240 páginas.
Tit. Or. Vàlka s Mloky. Trad. Ana Falbrová.

Karel Capek, La Guerra de las Salamandras
Esclavos marítimos

Conocía a Karel Capek por ser el inventor de la palabra Robot -aunque parece que no fue él, sino su hermano. Desde entonces tenía ganas de leer algo suyo; sabía que tenía como obras famosas R.U.R. y esta Guerra de las salamandras, pero lo primero que encontré de él fue una edición en catalán de Contes de una butxaca. Muy buenos.

Como el libro que traigo aquí hoy, reeditado por Gigamesh y escrito en una fecha tan temprana como 1936. Un marino descubre en una isla a una especie anfibia, bípeda y que parece tener inteligencia. Los lugareños los consideran demonios pero el marino considera que podrían ser de mucha ayuda para buscar perlas. Consigue que un industrial apoye su idea y traslada ejemplares por todo el mundo: será el comienzo de una nueva época.

La historia de las salamandras es una excusa para realizar una fina crítica a la sociedad. Desde el esclavismo con el que se trata a las salamandras, que por otro lado han dado muestras de ser inteligentes, hasta el camino hasta el desastre que nadie es capaz de evitar, pasando por la frivolidad de las masas. Los defectos que retrata todavía pueden verse en nuestros días, así que mantiene totalmente su vigencia.

Aprovechen la reedición -lo he visto en varias librerías- para leer a un autor que les sorprenderá.

Dos reseñas -mejores que la mía-: La guerra de las salamandras (sitio de ciencia ficción) y La guerra de las salamandras (en pjorge)

Reto 2008: República Checa.

Escuchando: Um Girassol Da Cor De Seu Cabelo. Milton Nascimento & Lô Borges.


Extracto:[-]

Si busca usted en el mapa la islita de Tana Masa, la encontrará exactamente en el Ecuador, un poco al oeste de Sumatra. Pero si pregunta al capitán J. van Toch, a bordo del Kandong Bandoeng, qué es esa Tana Masa ante la cual acaba de echar anclas, maldecirá un rato y, después, le dirá que es el agujero más sucio de toda esta zona de los Estrechos, aún más miserable que Tana Bala y al menos tan maldito como Pinos o Banka; que el único hombre, con perdón, que vive allí, —sin contar, desde luego, a los piojosos batacos—, es un agente comercial borracho, un mestizo de cubano y portuguesa, y más ladrón, pagano y guarro que el cubano y la blanca juntos; y que si en el mundo hay algo maldito, señores, es la maldita vida en esa maldita Tana Masa. Después de lo cual, probablemente, le preguntará usted por qué, entonces, echó en ese lugar las malditas anclas, como si pensara quedarse tres malditos días, y Van Toch refunfuñará irritado y murmurará algo parecido a esto: que «el Kandong Bandoeng no navegaría hasta aquí solamente por la maldita copra o por aceite de palma, eso es fácil de entender y, además, a ustedes no les importa y hagan el favor, señores, de ocuparse de sus propios asuntos». Y maldecirá con tanta fluidez y amplitud como corresponde a un viejo capitán de barco, bien conservado para su edad.

Pero si en vez de hacerle preguntas impertinentes, deja usted al capitán van Toch jurar y maldecir para sí, acabará enterándose de muchas más cosas. ¿Acaso no se le nota que necesita desahogarse? ¡Déjelo en paz! Su amargura acabará encontrando, por sí sola, una vía de escape.

—Fíjese usted, señor —exclama el capitán—, a aquella gente nuestra de Amsterdam, a aquellos malditos judíos de allá arriba, se les ocurre de pronto: «¡Perlas, hombre! Averigüe dónde puede haber perlas.» Te dicen que la gente anda loca por las perlas y ¡nada más!

Aquí el capitán escupe asqueado.

—Está claro, ¡quieren invertir su dinero en perlas! Eso ocurre porque ustedes, todo el mundo, están pensando siempre en alguna de esas guerras o lo que sea… ¡El miedo del dinero!, eso es todo. ¡Y a esto le llaman crisis, señor mío!

El capitán van Toch duda un momento si ponerse a hablar con usted sobre cuestiones de economía política, porque, hoy en día, no se habla de otra cosa. Sólo que aquí, en Tana Masa, hace demasiado calor y uno se siente perezoso. El capitán van Toch hace un gesto con la mano y gruñe:

—¡Perlas! Es fácil decirlo, señor mío. En Ceilán las agotaron hace ya cinco años, en Formosa se ha prohibido pescarlas… Pero ellos… «…trate Vd., capitán van Toch, de encontrar nuevos bancos. Vaya usted a aquellas malditas islas, quizás encuentre en ellas algún criadero completo»…

El capitán se suena con desprecio en su pañuelo azul.

—Aquellas ratas europeas se imaginan que aquí se puede encontrar todavía algo desconocido por todo el mundo. ¡Dios mío! ¿Serán estúpidos? Como no quieran que les suene las narices a esos batacos, a ver si echan perlas… ¿Nuevos bancos? En Padang hay un nuevo burdel, eso sí, pero ¿nuevos bancos de perlas? Señores, yo conozco estas islas mejor que mis propios pantalones, desde Ceilán hasta esa maldita isla de Cliperton… Si alguien piensa que aquí se puede encontrar aún algo que proporcione alguna ganancia, pues ¡feliz viaje, señor mío! Treinta años hace que navego por estos mares y ahora quieren esos idiotas que les descubra todavía algo…

El capitán van Toch casi se ahoga de rabia al pensar en tan ofensiva exigencia.

—¡Que manden aquí a algún novato y les descubrirá tantas cosas que se quedarán boquiabiertos! Pero pedirle eso a uno que conoce el lugar como el capitán van Toch… ¡Compréndalo, señor! En Europa podrían descubrirse quién sabe cuántas cosas, pero, ¿aquí? Aquí la gente viene solamente a husmear lo que se puede zampar y, ¡ni siquiera zampar! Lo que se puede comprar y vender. Señor mío, si en estos malditos trópicos quedara todavía algo que tuviese algún precio, habría ya tres agentes, gesticulando y haciendo señas con sus sucios pañuelos a los barcos de siete naciones para que se detuvieran. Así es la cosa, señor. Yo esto lo conozco mejor que los empleados del Ministerio de Colonias de S.M. la reina… con perdón.