Cuchitril Literario

Diciembre 12, 2006

John Wyndham. Las crisálidas.

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Ediciones Guadarrama, 1976. 244 páginas.
Tit. Or. The Crysalids. Trad. Ángel García Fluixá.

John Wyndham, Las Crisalidas
Telepatía postapocalíptica

Este libro fue apadrinado por Omanero, empeñado en que la ciencia ficción tuviera su representación dentro del esclavo lector. Le costó un poco llegar a los primeros puestos, pero llegó. De Wyndham ya había leído El día de los Trífidos, que antes había conocido en tebeo.

Estamos en un típico futuro post apocalipsis. Nuclear, por lo que parece. La gente vive en pueblos pequeños, muy religiosos, y vigilan la pureza genética de cosechas, ganado y personas para evitar monstruosidades.Cualquier desviación es considerada una blasfemia y debe ser destruida. En este ambiente vive David, un chico normal, sin aberraciones visibles, pero que tiene un don especial que deberá ocultar: es telépata.

En los Trífidos Wyndham quería mostrar como una catástrofe planetaria podía cambiar la vida de la gente, y como pasaríamos a ser dueños de nuestro propio destino pese al desastre circundante. Las crisálidas nos hablan, principalmente, de la intolerancia religiosa y del miedo a lo extraño. Dibuja personajes temibles en su incapacidad de perdonar lo que consideran ofensivo a Dios, y uno se sobrecoge ante tanto fanatismo.

Pero pasada la mitad del libro el asunto no da para más y se diluye en una aventura descafeinada con un final feliz deux-ex-machina que no aporta nada al libro. Un final decepcionante para un libro que prometía más y que se queda en un entretenimiento sin pretensiones. Para blasfemar contra la religión y pasar el rato.

Escuchando: Soy un hombre enfermo. Los Deltonos.


Extracto:[-]

En aquella época fue cuando pasé de un período de placidez a otro de acontecimientos sucesivos. Sin embargo, no había mucha razón para ello; quiero decir que sólo unos pocos de los eventos estaban relacionados entre sí: era como si un ciclo activo se hubiera puesto en marcha, como si una temporada de tiempo diferente hubiera comenzado.

Supongo que si el primer incidente fue mi encuentro con Sophie, el segundo fue el descubrimiento que hizo tío Axel acerca de mí y de mi media prima Rosalind Morrón. Sucedió que él —y tuvimos suerte de que fuera él, y no otro— me sorprendió cuando estaba hablando con ella.

Debe haber sido el instinto de conservación lo que nos había hecho mantener el secreto entre nosotros, porque no teníamos ninguna sensación activa del peligro; tan poco contaba yo con el riesgo, que cuando tío Axel me encontró detrás de un almiar hablando aparentemente solo, apenas me molesté en disimular. Cuando, al mirar de reojo, me di cuenta de que había alguien y me volví para ver quién era, él ya llevaría allí un minuto o más.

Tío Axel era un hombre alto, ni delgado ni gordo, pero sí fuerte, y con aspecto de persona habilidosa. Había veces en que, al observarle en el trabajo, solía pensar que sus curtidas manos y brazos tenían algún tipo de parentesco con la pulida madera de los mangos que utilizaba. Estaba de píe en su forma acostumbrada, cargando mucho de su peso sobre el grueso bastón que usaba a causa del pésimo entablillado que le hicieron cuando se rompió la pierna en el mar. Al fruncir ligeramente el

ceño, se estrecharon aún más sus espesas cejas que ya empezaban a blanquear, pero los rasgos de su curtido rostro mostraron cierta diversión al observarme.

—Bueno, bueno, Davey —dijo—, ¿ya quién hablabas con tanto gusto? ¿Era a las hadas, a los gnomos, o sólo a los conejos?

Me limité a mover negativamente la cabeza. Se aproximó cojeando, se sentó junto a mí y cogió del almiar un tallo de hierba para masticarlo.

—¿Te sientes solo? —me preguntó.

—No —contesté.

Volvió a fruncir ligeramente el entrecejo, al tiempo que sugería:

—¿Y no sería más divertido que charlaras con alguno de los otros niños? Yo creo que eso resultaría más interesante que sentarte aquí solo y hablar contigo mismo.

Vacilé un momento, pero luego, como se trataba del tío Axel y de mi mejor amigo entre los adultos, respondí:

—Pero si ya lo hacía.

—¿Hacías qué? —quiso saber asombrado.

—Hablar con uno de ellos —repliqué.

Desconcertado, arrugó otra vez el ceño.

—¿Con quién? —preguntó.

—Con Rosalind.

Hizo una pausa, me miró con más intensidad y observó:

—Pues no la he visto por aquí.

—Oh, ella no está aquí —expliqué—. Está en su casa… bueno, cerca de su casa, en una casita secreta que construyeron sus hermanos en el bosquecillo. Es uno de sus sitios predilectos.

A lo primero no fue capaz de captar el significado de lo que le decía, hasta el punto de que me contestó como si fuera un juego de adivinanzas. Pero después de que intenté explicárselo durante un rato, se quedó callado, miró fijamente mi cara mientras yo hablaba y luego su rostro adquirió una expresión muy seria.

Agosto 11, 2006

G. Duncan Mitchell. Historia de la sociología.

Archivado en: Ensayo — Palimp @ 5:07 pm
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Editorial Guadarrama, 1973. 344 páginas.
Tit. Or. A hundred years of sociology . Trad. Margarita Valencia Vargas.

DuncanHistoriaSociologia
Guía histórica

A veces compro los libros por comprar. Una guía de la sociología de 1973 no puede estar muy actualizada, pero me interesa el tema, del que lo ignoro todo y estaba barato. Por eso lo compré.

La guía está organizada en dos tomos, pero el segundo, dedicado a la macro y micro sociología no lo pude encontrar. El autor hace un repaso histórico haciendo hincapié en las diferentes corrientes de la sociología. Desde sus comienzos en América, Gran Bretaña y Francia hasta después de la segunda guerra mundial. Da una breve pincelada de los sociólogos más eminentes, con nombres como Durkheim, Weber, Tönnies, Simmel, Pareto, Booth, Rowntree, Ezra Park y Horton Cooley.

Como el libro lo compré para ilustrarme no puedo hacer una buena reseña. No sé si está bien o mal. Desde luego a mí me ha servido para hacerme una idea de lo que abarca la ciencia de la sociología, y el estilo es ameno y riguroso. Me ha dejado con ganas de seguir con el tema. A ver si encuentro el volumen dos.

Escuchando: Il combattimento di Tancredi e Clorinda.. Claudio Monteverdi.


Extracto:

EL MÉTODO COMPARATIVO Y EL CONCEPTO DE TIPO IDEAL

La creencia de Weber de que el método científico era importante para los estudios sociales le animó a establecer un conjunto de definiciones operativas y a elaborar conceptos utilizables. Para evitar vaguedades decidió hacer la clasificación describiendo tipos de fenómenos sociales. Porque, razonaba, si los tipos estaban rigurosamente definidos, y si los elementos de cada tipo eran congruentes entre sí, entonces sería posible comparar los casos concretos con el tipo, al que llamaba tipo ideal. Pero es éste un concepto a menudo mal comprendido. El propósito de Weber era seleccionar, de entre la compleja masa de datos en que consiste la realidad social, aquellos rasgos de una estructura que fuesen de algún modo significativos, que realmente definiesen la estructura, y que fuesen dignos de atención por ser relevantes para su estudio; además, tenían que ser observables, y preferiblemente mensurables. Aunque admitía que los datos históricos son únicos, afirmaba que esto no tenía importancia para su tarea, ya que para hacer algo que trascendiese la mera descripción de secuencias era necesario abstraer; incluso el historiador narrativo tiene que seleccionar datos. Pero la verdadera cuestión radica en cómo ha de efectuarse tal abstracción. Weber sostenía que el modo mejor consiste en elaborar el concepto de tipo puro. Veamos cómo utilizaba tal concepto.

Como punto de partida Weber tomó el concepto de acción, dando por supuesto que éste era el concepto social fundamental. Consideraba a la acción orientada normativamente, es decir, que no creía que los seres humanos respondiesen mecánicamente, de un modo fijo, a los estímulos, sino que en su conducta trataban de conformarse a alguna concepción ideal de la acción. Así el hombre que realiza una tarea social muy sencilla, como por ejemplo comprar un producto en una tienda o jugar con un niño, tiene un módulo con el que medir su conducta. Existe, por consiguiente, un tipo ideal para comprar o jugar con un niño, y los casos concretos se aproximan a él. Es posible que dicho módulo no sea ideal en el sentido de ser el mejor modo concebible, pero, cuando menos, los elementos son seleccionados en términos de los fines y valores de los actores. Según las propias palabras de Weber, el tipo ideal describe «una acción objetivamente posible». Puede resultarnos útil tomar un ejemplo y citar ampliamente el estudio de su concepto de tipo ideal. Está tratando, en esta parte, de la «economía urbana»: «El concepto de tipo ideal contribuirá a desarrollar nuestra capacidad para imputar en la investigación: no se trata de una hipótesis, pero sí sirve de guía para la elaboración de las hipótesis. No es una descripción de la realidad, pero trata de proporcionar medios de expresión no ambiguos para tal descripción. Es, así, la ‘idea’ de la sociedad moderna históricamente dada, basada en una economía de intercambio, la que se desarrolla para nosotros según los mismos principios lógicos utilizados en la elaboración de la idea de la ‘economía urbana’ medieval como concepto ‘genético’. Cuando hacemos esto elaboramos el concepto de ‘economía urbana’ no como una media de las estructuras económicas actualmente existentes en todas las ciudades observadas, sino como un tipo ideal.

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