Cuchitril Literario

Setiembre 22, 2008

Haruki Murakami. Tokio Blues.

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Editorial Tusquets, 2005. 383 páginas.
Tit. Or. Norwegian Wood. Trad. Lourdes Porta Fuentes.

MurakamiTokioBlues
Aquellos maravillosos años

Entre una cosa y otra hace casi más de dos meses que no escribo una reseña (y no les digo lo que tengo acumulado), así que ¿Qué mejor para comenzar que un libro de Murakami? El tercer libro que leo de este autor y seguro que no será el último.

Cual magdalena proustiana el escuchar la canción de los Beatles Norwegian Wood activa el mecanismo de la memoria del protagonista, que retrocede 18 años a su época de estudiante. Una habitación compartida, el suicidio de su mejor amigo, y sus extrañas relaciónes. Las que mantiene con Naoko, que fue novia de su amigo (internada en una especie de hospital mental un tanto extraño) y con Midori, a la que conoce en la universidad.

Esta fue la novela que lo lanzó a la fama y la que dicen que es más comercial. No aparecen, como en La caza del carnero salvaje o La crónica del pájaro que da cuerda al mundo, elementos sobrenaturales, pero comparte la misma atmósfera de irrealidad. El sanatorio donde está internada Naoko tiene un curioso método de terapia. Los personajes que rodean al protagonista tienen historias fuera de lo normal. En esto coincido con Francisco Herrera cuando afirma que hay una continuidad entre sus novelas.

A mí me ha recordado por momentos a Auster (al de antes), y no me ha decepcionado en absoluto. Lo seguiré leyendo y les seguiré informando.

Descárgalo gratis:

Haruki Murakami - Tokio Blues (Norwegian Wood).pdf

(Te hará falta el programa EMule)

Escuchando: Mar De Tranquilidad. Lagartija Nick.


Extracto:[-]

Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer las obras que me habían gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburó Óe, Yukio Mishima, o a novelistas franceses contemporáneos. Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaban de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.
A los dieciocho años, mi libro favorito era El centauro, de John Updike, pero cuando lo hube releído varias veces, perdió su chispa y cedió la primera posición a El gran Gatsby, de Fitzgerald, obra que continuó encabezando mi lista de favoritos durante mucho tiempo. Tomar El gran Gatsby de la estantería, abrirlo al azar y leer unos párrafos se convirtió en una costumbre, y jamás me decepcionó. No había una sola página de más. «¡Es una novela extraordinaria!», pensaba. Me hubiera gustado hacer partícipes a los otros chicos de tal maravilla. Pero a mi alrededor no había nadie que leyera El gran Gatsby. Dudo que lo hubieran apreciado. En 1968 leer El gran Gatsby no llegaba a ser un acto reaccionario, pero tampoco podía calificarse de encomiable.

Pese a todo, conocí a una persona que había leído El gran Gatsby, y nos hicimos amigos precisamente por ello. Se lla-

maba Nagasawa y estudiaba Derecho en la Universidad de Tokio, dos cursos por encima de mí. Nos conocíamos de vista, ya que vivíamos en la misma residencia, hasta que, un día en que yo estaba leyendo El gran Gatsby en un rincón soleado del comedor, él se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. «Elgran Gatsby», le dije. «¿Es interesante?», me preguntó. Le respondí que lo había leído tres veces, pero que cuanto más lo releía más párrafos interesantes encontraba. «Un hombre que ha leído tres veces El gran Gatsby bien puede ser mi amigo», repuso como hablando para sí mismo. Y nos hicimos amigos. Corría el mes de octubre.

Cuanto más conocía a Nagasawa, más extraño me parecía. A lo largo de mi vida, me había cruzado, había encontrado o conocido a muchas personas extrañas, pero jamás a nadie que lo fuera tanto. Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse «n una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. «Sólo me fío de estos libros», decía.

-No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo. ¿Sabes?, la vida es corta.

-¿Y qué escritores te gustan? -le pregunté.

-Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens -me respondió al instante.

-No son muy actuales que digamos.

-Si leyera lo mismo que los demás, acabaría pensando como ellos. ¡El mundo está lleno de mediocres! A la gente que vale la pena le daría vergüenza hacer lo que hacen ésos. ¿No te has dado cuenta, Watanabe? Los únicos medianamente decentes de toda la residencia somos tú y yo. El resto son basura.

-¿Por qué lo dices? -Me sorprendí.

-Porque lo sé. Lo llevan escrito en la cara. Basta con mirarlos. Además, nosotros dos leemos El gran Gatsby.

Febrero 22, 2008

Haruki Murakami. Kafka en la orilla.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:52 am
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Editorial Tusquets, 2006. 586 páginas.
Tit. Or. Umibe no Kafuka. Trad. Lourdes Porta.

Haruki Murakami, Kafka en la orilla
Edipo en Japón

Cuando visité la biblioteca de la Sagrada Familia jugaba con ventaja. La mayor parte de los vecinos estaban tramitando su carnet de biblioteca, pero yo ya iba con el mío. Pude quedarme con este ejemplar de lo último de Murakami sin ningún problema.

Kafka Tamura se ha escapado de casa. Acaba de cumplir quince años, su madre abandonó a su padre llevándose a su hermana y su padre le ha cargado con una ominosa profecía. Por otro lado Satoru Nakata también tiene problemas. De pequeño sufrió un accidente que lo dejó con una especie de olvido. Desde entonces no puede leer ni escribir, pero puede hablar con los gatos. Las vidas de los dos acabarán entrecruzándose en una curiosa biblioteca de Takamatsu.

Hasta ahora todos los libros de Murakami me habían gustado -algunos más y otros menos- pero con este no he podido. Me ha parecido flojo, un producto. Contiene muchos de los elementos característicos del autor (personajes extraños, sucesos misteriosos, presencia del mal), pero no tiene alma. Lo mejor es el personaje de Hoshino, un camionero inculto pero de buen corazón que da la réplica graciosa.

Con todo tiene la misma capacidad de enganchar que sus otros libros, aunque esto sea una dudoda virtud que puede compartir con cualquier bestseller con dosis de misterio. No lo recomiendo.

Escuchando: Aquí. La Ley.


Extracto:[-]

Veintiocho de mayo… En este día se ha repetido lo mismo de siempre y de la misma forma. No ha ocurrido nada especial. Hoy he ido al gimnasio y, después, a la Biblioteca Conmemorativa Kómura He hecho los mismos ejercicios con los aparatos de siempre y he leído a Natsume Sóseki sentado en el sofá de siempre. Luego, al anochecer, he cenado en el local de delante de la estación. Creo que he comido pescado. Salmón. Dos raciones de arroz. He tomado misosbiru* y ensalada. Y después… Lo que ha sucedido a continuación ya no lo recuerdo.

Siento un dolor sordo en el hombro izquierdo. Junto con la percepción sensorial, el dolor ha vuelto a mi cuerpo. Es el mismo dolor que cuando chocas con fuerza contra algo. Me acaricio la zona por encima de la camisa con la mano derecha. Al parecer no hay herida, tampoco está hinchado. ¿Habré tenido un accidente de tráfico? Pero mis ropas no están rasgadas y el dolor se circunscribe a un punto de la parte interior de mi hombro izquierdo. Tal vez sea sólo una contusión.

Envuelto por la maleza, me incorporo poco a poco, extiendo los brazos y tanteo durante unos instantes. Pero mis manos sólo alcanzan a tocar las ramas de los arbustos, duras y retorcidas como el corazón de un animal maltratado. Mi mochila ha desaparecido. Me registro los bolsillos. El billetero está. Dentro hay dinero, junto con la tarjeta magnética del hotel, tarjetas de teléfono. Y además, un monedero, un pañuelo, un bolígrafo. A tientas yo diría que no falta nada. Llevo unos chinos de color crema, una camiseta blanca de cuello de pico y, encima, una camisa tejana de manga larga. Y una chaqueta azul marino. Mi gorra ha desaparecido. Era una gorra de béisbol con el logo de los New York Yankees. Al salir del hotel la llevaba. Y ahora no. La habré perdido o me la habré dejado en alguna parte. En fin. No importa. letal, gorras como ésa las hay en cualquier tienda.

Al fin encuentro la mochila. Estaba apoyada contra el tronco un pino. ¿Por qué la habré dejado ahí y me habré introducido en maleza hasta desplomarme dentro? Por cierto, ¿dónde estoy? Mi memoría se ha congelado. Pero lo fundamental es que haya recupera la mochila. Saco una pequeña linterna del bolsillo de ésta y compruebo de una ojeada lo que hay dentro. Parece que no falta nada.

El sobre con el dinero permanece en su sitio. Suspiro aliviado.
Me echo la mochila a la espalda y, pasando por encima de la maleza o abriéndome camino a través de ella, salgo a un espacio abierto. Encuentro un sendero estrecho. Sigo este camino alumbrándome la linterna hasta que veo una luz y salgo a lo que parece ser el recinto de un santuario sintoísta. He perdido el sentido en un pequeño bosque que se encuentra detrás del pabellón principal de un santuario sintoísta.

Es un santuario bastante grande. En el interior del recinto hay una única y alta lámpara de vapor de mercurio que arroja su fría luz sobre el pabellón principal, las ema* y el cepillo de las limosnas. Mi sombra se extiende fantasmagóricamente alargada sobre la grava. Encuentro el letrero con el nombre del santuario y lo memorizo. No hay un alma. Un poco más adelante doy con los lavabos y entro. Están bastante limpios. Me descargo la mochila del hombro y me lavo la cara con agua del grifo. Luego observo mi rostro reflejado en el espejo poco nítido del lavabo. Hasta cierto punto era consciente de ello, pero el aspecto de mi cara es horrible. Pálido, las mejillas hundidas, pegotes de barro en la nuca. El pelo alborotado en todas direcciones.

Y me doy cuenta de que tengo algo negruzco adherido a la pechera de mi camiseta blanca. Y ese algo tiene la forma de una gran mariposa con las alas extendidas. Primero intento sacudirlo con la mano. Pero no se va. Al tacto lo noto extrañamente pegajoso. Para recobrar la calma, me quito muy despacio la chaqueta y me saco la camiseta por la cabeza. Y a la mortecina luz del fluorescente descubro que se trata de sangre ennegrecida. La sangre está fresca, todavía no se ha secado. Hay mucha. Me la acerco a la nariz, no huele a nada. También hay salpicaduras en la camisa tejana que llevaba encima de la camina, pero son pocas y, como el color de base es azul oscuro, apenas e notan. Sin embargo, la sangre que mancha la camiseta se ve terriblemente vivida y brillante.

Setiembre 24, 2007

Haruki Murakami. Al sur de la frontera, al oeste del sol.

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Editorial Tusquets, 2003. 268 páginas.
Tit. Or. Kokkyo no minami, taiyo no nishi. Trad. Lourdes Porta.

Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol
Pasiones recobradas

Seguimos con la obra de Murakami; en este caso le toca a otro libro de la corriente ‘realista’. No aparecen aquí fuerzas sobrenaturales, sueños misteriosos o presencias maléficas.

A Hajime le marcó ser hijo único en una época en la que todo el mundo tenía hermanos. Esto le llevó a hacer amistad con Shimamoto, que también era hija única. Pero el tiempo pasa, y tras la escuela primaria perdieron el contacto. Hajime ha hecho su vida; está casado y con dos niñas y gracias a su suegro ha podido poner en marcha un club de jazz de éxito. Todo parece sonreirle, hasta que un día vuelve a ver a Shimamoto.

En muchas bitácoras le han dado palos a Murakami, y leyendo este libro acabo de entender el por qué. Es difícil de explicar, pero me ha recordado a John Irving, otro escritor muy vendido que tampoco gusta a los paladares exigentes. Una prosa de fácil lectura, historias centradas en los sentimientos, en definitiva novelas asequibles que gustan a la mayoría -me incluyo- pero que quizá no digan nada a una selecta minoría.

No es éste el libro que más me ha gustado de Murakami, pero lo he leído con placer. Quizá no sea uno de los grandes, pero creo que tiene cosas que contar y una calidad más que aceptable. A ver que tal sus últimos libros.

Escuchando: Fake Tales of San Francisco. Arctic Monkeys.


Extracto:[-]
Leía mucho, escuchaba música. La lectura y la música me habían gustado siempre, pero la amistad con Shimamoto había estimulado y pulido las dos aficiones. Me acostumbré a ir a la biblioteca y a leer cuanto caía en mis manos. Cada vez que empezaba un libro, no podía dejarlo. Era como una droga. Leía durante las comidas, en el tren, en la cama hasta el amanecer, leía a escondidas durante las clases. Mientras tanto, conseguí un pequeño aparato estéreo y, en cuanto tenía un momento libre, me encerraba en mi habitación a escuchar jazz. Sin embargo, apenas sentía deseos de compartir con nadie mis experiencias sobre libros o música. Yo era yo, no otro. Pensarlo me hacía sentir tranquilo y satisfecho. En este sentido, tal vez fuera un adolescente solitario y arrogante. Detestaba los deportes de equipo. Aborrecía los juegos donde tuviera que disputar unos puntos con los demás. Lo que a mí me gustaba era nadar solo, en silencio.

Con todo, no era un auténtico solitario. En la escuela tenía algunos buenos amigos, aunque no muchos. A decir verdad, a mí nunca me gustó la escuela. Siempre sentí que mis compañeros querían aplastarme, que debía estar preparado en todo momento para defenderme. Pero lo cierto es que, de no haber tenido a mis amigos a mi alrededor, mis heridas habrían sido más profundas después de atravesar los inciertos años de la adolescencia.

Además, gracias a la práctica del deporte, la lista de comidas que no me gustaban se acortó de manera considerable y también empecé a poder hablar con las chicas sin ruborizarme tontamente. La gente ya no parecía darle importancia al hecho de que fuera hijo único cuando, por casualidad, se enteraba. Hacia fuera, al menos, había conjurado ya la maldición del hijo único.

Y empecé a salir con una chica.

No era demasiado guapa. Para entendernos, no se trataba del tipo de chica de la que, cuando tu madre ve el álbum de la escuela, dice con un suspiro: «¡Qué chica tan mona! ¿Cómo se llama?». Pero a mí me gustó desde la primera vez que la vi. En las fotografías no se apreciaba, pero poseía una dulzura natural que atraía a los demás de manera automática. Cierto que no era una belleza de la que yo pudiera alardear ante los otros. Pero, pensándolo bien, tampoco yo tenía nada que mostrar con orgullo.

Enero 17, 2007

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

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Editorial Tusquets, 2001. 685 páginas.
Tit. Or. Nejimaki-dori Kuronikuru. Trad. Lourdes Porta y Junichi Matsuura.

Haruki Murakami, Cronica del pájaro que da cuerda al mundo
Confianza mágica

Este fue el primer libro que leí de Murakami, hace ya unos años. Me gustó. Tanto que en su momento ya lo apunté como pendiente de relectura. Lo presté mucho, también, aunque a nadie pareció hacerle la misma gracia que a mí. Cuando empecé el esclavo lector pensé que era hora de volver a leerlo.

Tooru Okada está en el paro. Ha dejado su trabajo en un bufete de abogados y no parece tener prisa por buscar un nuevo trabajo. Un día recibe la llamada de una mujer misteriosa que parece proponerle sexo telefónico. Y a partir de ese momento su vida cambiará. Desaparecerá su gato y, más tarde, su mujer. Aparecerán extraños personajes en su vida, algunos con poderes mágicos, a veces en sueños particularmente realistas. Todo parece estar relacionado con el-pájaro-que-da-cuerda, un pájaro que emite un sonido como de dar cuerda al mundo, y que sólo unos pocos parecen oir.

Releí este libro en medio de una gripe especialmente virulenta, lo que contribuyó a acentuar aún más la extraña mezcla de realidad y fantasía de sus páginas. Al igual que en La caza del carnero salvaje la realidad no es lo que parece; poderes ocultos parecen estar sueltos por el mundo y hay gente que son sus depositarios.

El protagonista quiere recuperar a su mujer, y tendrá que recorrer un largo y extraño camino para conseguirlo. Pero confía en ella y en sí mismo, poca cosa en comparación con los enemigos a los que se enfrenta. La primera vez que lo leí me impresionó tanto la fuerza de la confianza del protagonista que hizo que me replanteara mi actitud ante determinadas cosas. Mejor que un libro de autoayuda.

Murakami tiene muy buena mano describiendo treintañeros sin proyecto vital, aparentemente inanes, que repentinamente parecen tener mejor temple que el acero. Y también destaca describiendo el mal que parece dominar a ciertas personas y que parece venir de otro mundo, un mundo inhóspito y terrible, porque más terrible sería si ese mal es sencillamente humano.

Un libro que merece la pena. Yo ya lo he leído dos veces. Por algo será.

Escuchando: El Fabricante de alas de Mariposa. El Niño Gusano.


Extracto:[-]
En las casas antiguas, por el contrario, apenas se apreciaba algún signo de vida. En el seto, a modo de biombo, se distribuían con habilidad diferentes tipos de arbustos y por los intersticios podían verse amplios jardines bien cuidados.

En el rincón de un patio trasero había un solitario árbol de Navidad, seco y de color marrón. En otro jardín se amontonaban juguetes infantiles, revelación de infancias ya pasadas de varias personas. Un triciclo, un juego de aros, una espada de plástico, una pelota de goma, una tortuga de juguete, un pequeño bate de béisbol… Había un jardín donde habían instalado una canasta de baloncesto, otro con unas preciosas sillas de jardín alrededor de una mesa de cerámica. Aquellas sillas blancas llevaban aparentemente meses (quizás años) sin usarse y estaban cubiertas de tierra. Encima de la mesa, arrastrados y adheridos por la lluvia, unos pétalos de magnolia de color carmesí.

En otra casa, a través de una puerta corredera con el marco de aluminio, podía verse de una sola mirada toda la sala de estar. Había un tresillo de cuero, un televisor de grandes dimensiones, un aparador (y encima una pecera con peces tropicales y dos trofeos) y una lámpara de pie de diseño. Parecía el decorado de una telenovela. También había un jardín con una caseta enorme para un perro grande, pero el perro no se veía por ningún lado y la puerta estaba abierta de par en par. La tela metálica de la puerta estaba abombada, como si alguien llevara meses descargando todo su peso contra ella desde el interior.

La casa abandonada de la que hablaba Kumiko se encontraba un poco más allá de la casa de la perrera. Comprendí al primer golpe de vista que la casa estaba deshabitada. Y que no llevaba vacía precisamente unos dos o tres meses. Era una casa de dos plantas bastante moderna, pero los cerrojos de las contraventanas, cerradas a cal y canto, estaban oxidados y sobre la barandilla de las ventanas del primer piso se extendía una pátina de herrumbre rojiza. En el pequeño jardín se erguía una estatua de piedra de un pájaro con las alas extendidas. La estatua se apoyaba sobre un pedestal que de alto alcanzaba el pecho de una persona, a su alrededor crecían frondosos los hierbajos, y las puntas de los

tallos de vara de oro que eran especialmente altos llegaban a tocar los pies del pájaro. Éste -aunque no sé qué tipo de pájaro debía de ser-aparecía con las alas desplegadas como si, de un momento a otro, fuera a levantar el vuelo en aquel jardín inhóspito. Aparte de aquella estatua no había otro adorno en el jardín. Frente a la casa se amontonaban algunas sillas de plástico de aspecto anticuado y, a su lado, una azalea mostraba sus flores de un brillante color rojo extrañamente irreal. Y hierbajos.

Me apoyé contra la verja que me llegaba hasta el pecho y contemplé el jardín unos instantes. Era en efecto el tipo de jardín que gusta a los gatos, pero no se veía ninguno por ninguna parte. Encima del tejado, una paloma posada en la antena de televisión proyectaba su arrullo monótono sobre aquella escena. La sombra del pájaro de piedra caía sobre los hierbajos que crecían exuberantes a su alrededor.

Saqué un caramelo de limón del bolsillo, lo desenvolví y me lo metí en la boca. Había aprovechado la ocasión de dejar el trabajo como pretexto para dejar de fumar y, desde entonces, a cambio, no podía vivir sin tener a mano un caramelo de limón. «Eres un caramelo-adicto», me decía mi mujer. «Se te van a llenar los dientes de caries.» Pero yo no podía dejar de chupar caramelos de limón. Mientras contemplaba el jardín, la paloma siguió posada en la antena arrullando en un idéntico tono regular, como un oficinista que fuera estampando un número en cada una de las hojas de un talonario. No sé cuánto tiempo estuve apoyado contra la verja. Recuerdo haber tirado el caramelo al suelo a medio chupar, cuando ya había dejado todo su dulzor en mi boca. Dirigí de nuevo la mirada hacia el lugar donde se proyectaba la sombra del pájaro de piedra. Y entonces me pareció oír una voz a mis espaldas que me llamaba.

Al volverme vi a una jovencita de pie en el patio trasero de la casa de enfrente. Era baja de estatura e iba peinada con una coleta. Llevaba gafas de sol oscuras con la montura de color caramelo y vestía una camisa sin mangas de color azul celeste. Pese a no haber terminado aún la estación de las lluvias, sus delgados brazos desnudos mostraban un bronceado uniforme y bonito. Tenía una mano metida en el bolsillo de los pantalones cortos y la otra apoyada sobre el portillo de bambú que le llegaba hasta la cintura, manteniendo de este modo un precario equilibrio. Entre ella y yo había una distancia de aproximadamente un metro.

-¡Uf! ¡Qué calor! -exclamó la chica.

-Sí, desde luego -dije yo.

Mayo 24, 2006

Haruki Murakami. La caza del carnero salvaje.

Archivado en: Novela — Palimp @ 9:26 pm
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Editorial Anagrama, 1992. 329 páginas.
Tit. Or. Hitsuji o meguru boken. Trad. Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala.

MurakamiCazaCarneroSalvaje
Cacería metafísica

Murakami por aquí, Murakami por allá. Que si su útlima novela es comercial y ha perdido garra, que si no es verdad, que si tomba, que si gira… Me había propuesto leer algo de este autor por aquello de que algo tendrá el agua cuando la bendicen, cuando me encuentro esta entrada de Francisco Herrera y descubro que, como tantas otras veces, ya lo había leído.

Compré ‘Crónica del pájaro que da cuerda al mundo’ por su extraña y Mironiana portada (que fuera de Tusquets también ayudó un poco) y me encontré más de lo que esperaba. Una espléndida novela difícil de clasificar. Quedó apuntada para relectura y lo recomendé y presté mucho en su momento.

Me impresionó, sobre todo, el protagonista. La confianza más allá de la duda que deposita en su mujer, narrada con envidiable maestría, fue capaz de hacerme replantearme mi actitud ante la vida. ¿Ustedes creen que la literatura puede hacernos cambiar? En mi caso fue así.

Animado por estos antecedentes cuando vi -casualidades de la vida- La caza del carnero salvaje en la estantería de novedades de la biblioteca, arranqué con celeridad el libro del mostrador antes de que cayera en las manos de cualquier desaprensivo. Añadí Caja negra y El desfile del amor al montón y me fui tan campante. Le tenía ganas y pude leerlo la única tarde tranquila que he tenido estos meses; aislado de la civilización en el bonito pueblo de Clavijo.

El narrador trabaja en una agencia de publicidad y acaba de divorciarse de su mujer. Tiene una vida bastante anodina, pero eso cambiará pronto. Conocerá a una extraña modelo de orejas y un antiguo amigo le enviará una foto para que la incluya en algún trabajo. La presencia de un misterioso carnero llamará la atención del dueño de un poderoso imperio comercial. Si el protagonista no encuentra al carnero llevarán a la ruina a su agencia y se encargarán de convertir su vida en un infierno…

Comparte con Crónica… esa presencia de lo sobrenatural que podría emparentarla con el realismo mágico (si no fuera porque son completamente diferentes). También los protagonistas se asemejan; parecen treintañeros abúlicos inmersos en una vida que no controlan. Pero ante situaciones extremas responden con una calma y una integridad a la altura de las circunstancias.

Me parece inferior a Crónica… (o, por lo menos, no tan redonda) pero me confirma que debo seguir leyendo al autor (ya veremos en que orden). La combinación de relax en la casa del pueblo más novela de Murakami tuvo el mismo efecto que una semana de vacaciones. Un autor como la copa de un pino.

Escuchando: New Deep. John Mayer.


Extracto:

Tras devolver el auricular a su soporte, traté de hacerme una idea sobre qué podía significar lo de que había captado la imagen. No lo entendía. Pero hay montones de cosas que no entiendo. Desde luego no se puede decir de mí que los años hayan aumentado mi capacidad de comprensión. Cierto autor ruso escribió que aunque el carácter puede cambiar, la mediocridad no tiene remedio. Los rusos, de vez en cuando, se descuelgan con frases redondas. Tal vez las meditan durante el invierno.

Me metí en la ducha y me lavé la cabeza, mojada por la lluvia. Con una toalla liada a la cintura, me puse a ver la televisión; daban una película americana que trataba de un viejo submarino. El capitán y su segundo de a bordo andaban siempre a la greña, y encima el submarino de marras era una antigualla: para colmo de males, a uno de los tripulantes le daba un ataque de claustrofobia: no obstante tan calamitoso argumento, el filme culminaba con un feliz final. Era una de esas películas cuya moraleja es que si todo acaba teniendo un final feliz, la guerra no puede ser tan mala. No me extrañaría que pronto nos endilgaran una película con el mensaje de que en una guerra nuclear, la humanidad fue barrida de este mundo, pero, al final, todo acabó bien.

Apagué el televisor y me metí en la cama. A los diez segundos, dormía como un bendito.

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