Herminio Almendros. Pueblos y Leyendas.
Editorial Seix Barral, 1961. 162 páginas.
Me preguntaba si el autor de este libro tenía alguna relación con Nestor Almendros y resulta que sí; Herminio Almendros es su padre. Fue un pedagogo que escribió muchos libros para niños entre los que se cuenta este Pueblos y Leyendas
La idea es original; presentar diversos cuentos y leyendas de diferentes países a los niños y que ellos decidan cuales son los que les resultan más interesantes. En este libro se presenta la selección ganadora y se incluyen cuentos de Japón, China, India, Arabia, Rusia, Escandinavia, Países del Rin, las Islas Británicas, Francia, del Noroeste de Africa y de los negros de América. Como ven, una buena muestra.
Hay leyendas bastante flojas -como Los tres ladrones- pero en general todas resultan interesantes. Algunas, como Buen genio resultan muy divertidas. Otras, como Snegorochka (Niña de nieve) son tiernas y poéticas. No faltan las historias de pícaros, como La justicia del Cadí o Till Eulenspiegel.
No sólo para los niños están estas leyendas.
Escuchando: Dedicated to the one I love. The shirelles.
Extracto:[-]
En el hogar de la humilde aldeana brillaban unos troncos encendidos. Por la ventana entraba la luz fría de la mañana blanca de nieve. Los dos viejecitos se habían recogido al amor de la lumbre, y abuela Marocha rodeada de brasas la marmita donde bullía la sopa en un hervor lento.
Abuela Marucha estaba triste. Habían pasado los años encorvándola con su pesadumbre y blanqueando su cabeza con la nieve de los inviernos. Habían pasado los años llevándose la ilusión de los dos viejos: la ilusión de que les naciera un hijo que les hubiera llenado de alegría la vida.
El viejo Yuchko trajo un haz de palos secos para avivar el fuego. La cocina se llenó del rumor de la leña al arder. Fuera se oía la alegría de unos niños que jugaban. El viejo Yuchko se asomó a la ventana. Los niños bailaban y reían formando un corro alrededor de una figura de nieve.
— Oye, Marucha, ven y verás qué muñeco han hecho — dijo Yuchko con entusiasmo.
Los dos viejecitos se reían viendo reir a los niños. El muñeco de nieve, gordo, rechoncho, tenía cierto parecido con el alcalde del pueblo. ¡ Demonios de chiquillos !
De pronto, Yuchko cesó de reir y dijo:
— Marucha, vamos a ver si nosotros podemos hacer uno pequeñito, ¿quieres?
— Pero, hombre, ¡ qué cosas tienes! ¿ No ves que la gente se reiría de nosotros? Ya somos viejos para hacer esas cosas de niños.
— No importa — insistió Yuchko —. Ya verás: procuraremos que nadie nos vea. Haremos un muñeco pequeñito; como un niño; así, muy lindo.
Abuela Marucha se dejó llevar. Retiró del fuego la marmita, se encasquetó un gorro de piel y salió con Yuchko. Al pasar junto a los niños que jugaban se detuvieron a jugar con ellos, saltando y cantando con la misma alegría infantil. Después se fueron retirando poco a poco hasta llegar a un bosqueciilo donde los árboles eran altos y la nieve era blanquísima.
Los viejecillos comenzaron a amontonar nieve. Los dos, de rodillas, iban dando forma al montón blanco. Un niño pequeñito, como un bebé. Ya estaba el cuerpo formado. Ahora la cabeza. Un buen montón de nieve encima para que tuviera abundantes cabellos, dos puñados para las mejillas, un poquito, muy poco para la nariz, dos agujeros grandes para los ojos… ¡Ah!j Ya estaba. Era precioso. Se abrazaban mirando su obra y bailaban de alegría, pero, de pronto, se detuvieron atentos. Habían visto algo extraño. Se fueron acercando. Miraban asombrados y silenciosos. Los dos agujeros de la cabeza del muñeco se fueron llenando de color azul, y en ellos nacieron unos ojos que miraban fijamente. La cara ya no era blanca; las mejillas se volvieron redondas y rosadas, y la boca se movía en una deliciosa sonrisa. Un soplo de viento hizo temblar la nieve, que se deslizó en largos cabellos dorados bajo un gorrito de piel y en blanco vestido que se confundió en pliegues con la nieve del suelo.
El tosco muñequillo se había convertido en una niña preciosa como una criatura de ensueño.



