Honoré de Balzac. La piel de zapa.
Editorial Bruguera, 1980. 280 páginas.
Tit. Or. La peau de chagrin. Trad. Rafael Cansinos Assens.
Yo ya conocía el argumento de este libro: un joven entra en posesión de una extraña piel con poderes mágicos. Con ella en su poder hará realidad todos sus deseos pero ¡cuidado! cada vez que se cumpla uno la piel disminuirá de tamaño. Cuando se haya reducido a nada, morirá. Pero yo pensaba que era un cuento, no una novela. Pensaba que el argumento no da para más.
Pero la trama le sirve de excusa a Balzac para exponer una serie de retratos bajo nuestros ojos. La galería infinita dónde el joven encuentra al misterioso anciano que le hace el regalo maldito. La cena de intelectuales, de ribetes surrealistas -en mi opinión, lo mejor de todo el libro. La vida austera del protagonista dedicado a su gran obra. El teatro de la ópera, el amor…
Incluso un enfrentamiento entre los poderes mágicos de la piel y los más avanzados métodos científicos de la época, que intentan evitar su progresivo empequeñecimiento mediante sofisticados artilugios mecánicos. Todo en vano. La piel impondrá su ley.
El final se me hizo un poco pesado -ya no tenemos el paladar decimonónico- pero el libro es muy recomendable.
Escuchando: Like Eating Glass. Bloc Party.
Extracto:[-]
Así que ya nos pasemos esa hermosa época de su vida en suntuoso hotel cuidando chuchos, o en un hospital espulgando harapos, nuestra existencia, ¿no es exactamente la misma? Ocultar nuestro pelo blanco bajo un pañuelo a cuadros rojos y azules o bajo encajes, barrer las calles con escobas o las gradas de las Tullerías con raso, sentarnos junto a adoradas chimeneas o calentarnos con un rescoldo en un lebrillo de barro rojo, asistir al espectáculo de la Gréve o ir a la Opera, ¿hay tanta diferencia entre una, cosa y otra?
—Aquilina mía, nunca tuviste tanta razón en medio de tus desesperos —dijo Eufrasia—. Sí; las cachemiras, las blondas, los perfumes, el oro, la seda, el lujo, todo cuanto brilla y agrada, sólo le sienta bien a la juventud. Sólo el tiempo podría tener razón contra nuestras locuras, pero la felicidad nos absuelve. Reíos de lo que digo —exclamó, lanzándoles una venenosa sonrisa a ambos poetas—, pero ¿no tengo razón? Prefiero morir de placer a morir de enfermedad. No tengo la manía de la perpetuidad ni mayor respeto por el género humano al ver lo que de él hace Dios. Dadme millones y me los comeré; no querría guardar un céntimo para el año que viene. Vivir para agradar y reinar, ése es el fallo que dicta cada latido de mi corazón. Y la sociedad me aplaude; porque ¿no alimenta sin cesar mis derroches? ¿Por qué Dios me da todas las mañanas la renta de lo que todas las noches me gasto? Como no nos ha puesto entre el bien y el mal para elegir lo que nos disgusta o revienta, muy tonta sería yo si no me divirtiese…
—¿Y los demás? —dijo Emilio.
—¡Los demás! ¡Allá ellos! Prefiero reírme de sus sufrimientos a tener que llorar por los míos. Yo desafío al hombre a que me cause la menor pena.
-Pero ¿cuánto has sufrido tú para pensar así? -preguntó Rafael.
—¡A mí me han dejado plantada por una herencia, eso! —replicó ella, adoptando una actitud que hizo resaltar todos sus encantos—. Y cuenta que me había pasado los días y las noches trabajando para mantener a mi amante ¡Oh!, no quiero ser más víctima de ninguna sonrisa, de ninguna promesa, y aspiro a hacer de mi vida una larga juerga.
—Pero —exclamó Rafael— ¿entonces la felicidad no dimana del alma?
—Pues bien —saltó Aquilina—: ¿no es nada eso de verse admirada y halagada, triunfar sobre las demás mujeres, incluso las más virtuosas, apabullándolas con nuestra hermosura y nuestra riqueza? Además, que vivimos más en un día que una buena burguesa en diez años, y con eso está todo dicho.
—Pero una mujer sin virtud, ¿no es odiosa? —díjole Emilio a Rafael.
Lanzóles Eufrasia a los dos una mirada viperina y, con inimitable acento de ironía, respondió:
—¡La virtud! ¡Esa se la dejamos a las feas y contrahechas! ¿Qué harán sin ella las pobres?
—¡Vamos, cállate! —exclamó Emilio—. No hables de lo que no conoces.
—¡Oh, que no la conozco! —replicó Eufrasia—. Entregarse para toda la vida a un ser aborrecido, saber criar chicos que te abandonan y decirles «¡Gracias»! cuando te hieren en el corazón, ésas son las virtudes que le imponéis a la mujer y, encima, como recompensa por su abnegación, venís a agravar sus sufrimientos tratando de seducirla y, si se resiste, la comprometéis. ¡Bonita vida! Más vale mantenerse libre, amar a los que nos agradan y morir jóvenes.
—Pero ¿no temes pagar algún día todo eso?
—Pues bien —respondió Eufrasia—: en vez de entreverar mis goces con penas, dividiré mi vida en dos partes: una juventud de alegría cierta y no sé qué incierta vejez, en que todo lo sufriré con gusto.



