Cuchitril Literario

Enero 12, 2008

Barcelona medieval

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Este verano el escritor Ignacio Vidal-Folch, admirado en este Cuchitril pese a sus veleidades políticas, publicaba en El País un reportaje sobre el esplendor medieval de Barcelona, Catedral del mar mediante. La casualidad ha dispuesto que el origen de su paseo coincida con el que diariamente encamina mis pasos hasta mi actual antiguo despacho. Les propongo compartir con Vidal-Folch el paseo por Barcelona ilustrado por una serie de fotos.

Paseo por el esplendor medieval

Y aquí tienen las fotos: si alguna les llama la atención sólo tienen que pinchar para hacerla más grande:

La entrada del Portal del Ángel, llamada así porque estaba presidida por un ángel. Hoy llena de tiendas de ropa:

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El ángel debía encontrarse más o menos al final de estas puntas, y aunque seguramente era una estatua discreta me la imagino grande y majestuosa como los ángeles de Gaiman:

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Caminando hacia la catedral, y mirando a nuestra izquierda, encontramos la calle que nos conduce al famoso bar Els quatre gats

Calle els Quatre Gats

Continuando nos encontramos con la terraza del Círculo Artístico; yo no he estado nunca pero parece un sitio muy fashion. Si siguiéramos por la derecha encontraríamos muchas más tiendas de ropa y acabaríamos en las Ramblas, pero nosotros giraremos a la izquierda.

Círculo artístico

Se adivina la catedral al fondo, pero antes podemos disfrutar de estos dibujos de Picasso de los que recuerdo haber leído que en un principio fueron rechazados.

Picasso Picasso

Por fin nos encontramos con la Catedral, cuya fachada están reformando, así que no la muestro para no hacer publicidad gratuita. Hay restos de un acueducto romano. Desde la plaza se contempla, a la derecha, el nuevo Mercado de Santa Catalina, de techo multicolor que queda muy bien en las fotos por satélite. Frente a la catedral tenemos dos caminos. El de la derecha es el más turístico y no se camina con mucha fluidez. Tras pasar un arco de principios del siglo XX falsamente gótico llegaríamos a la plaza San Jaume, dónde se encuentran el Ayuntamiento y la Generalitat. Nosotros seguiremos el de la izquierda, más estrecho pero más tranquilo y bonito.

Gotico Gotico

Tras andar unos metros por la calle fotografiada arriba llegamos a la Plaza de San Iu. Sí, un santo con nombre de partido político de izquierdas. Shgrek me informó que es la traducción al catalán de Ives. Es una plaza muy pequeña en la que suelen tocar músicos -y apelmazarse los turistas. En los capiteles hay una representación de San Jordi y el dragón:

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Ni tres pasos después nos encontramos con la parte trasera de la catedral. Cuando uno hace el recorrido inverso y llega a este punto parece que te has trasladado en el tiempo y estás en el medievo:

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Atención especial merecen las gárgolas:

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Y el anacronismo; un moderno sistema de alarma:

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Si seguimos camino y desviamos nuestra vista a la derecha podemos ver la Plaza del Rey, con su escultura de Chillida:

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Y un poco más alante nos cruzamos con la calle de la Llibretería -le dedico el fansing a Vigo- en la que ahora no hay ninguna librería:

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Cruzando la calle San Jaume encontramos la plaza De San Just, un sitio tranquilo y poco conocido pero también de sabor medieval. Aquí se han rodado muchas películas y anuncios. La iglesia es de los santos Justo y Pastor, que pueden verse en la torre, pero la plaza y una calle adyacente sólo han tomado el nombre del primero.

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Caminando por la calle Palma de San Justo llegamos a la puerta tras de la cual hay gente trabajando para la dominación mundial:

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Aquí acaba mi paseo diario, que quería compartir con ustedes.

Agosto 29, 2007

Ignacio Vidal-Folch. Turistas del ideal.

Archivado en: Novela — Palimp @ 9:04 pm
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Ediciones Destino, 2005. 292 páginas.

Ignacio Vidal-Folch, Turistas del Ideal
Revolucionaros de escaparate

Este no es el primer libro que comento aquí de Ignacio Vidal-Folch, y además tengo pendiente No se lo digas a nadie. En esta ocasión el libro me lo regaló mi amigo y vecino Javier, así que desde aquí ¡gracias!

Vigil es un escritor comunista de novelas policiacas que viaja a Tierras Calientes para apoyar a el Capitán, un revolucionario culto y encapuchado. En el hotel donde se aloja se encontrará con otros intelectuales que han venido a apoyar el movimiento: Colores, un cantautor canalla al que le va la cocaína y Augusto, un escritor portugués galardonado con el Toison de Oro de las letras Europeas.

¿Les suena? Aunque el autor insita en decir que Los personajes son fruto de la imaginación del escritor y no se corresponden con personas reales no hace falta ser un lince para reconocer a Manuel Vázquez Montalbán, el subcomandante Marcos, Joaquín Sabina y José Saramago. Como dice la crítica del libro en Letras libres, quizás hay un exceso de realidad.

El título del libro hace referencia a una realidad de fácil comprobación; acudan a cualquier ONG del llamado primer mundo y se encontrarán a cientos de jóvenes que hacen turismo del ideal. Más de una vez he escuchado frases tipo En américa latina todavía sigue viva la revolución, pronunciada por alguien de familia acomodada que con pasar un mes de vacaciones disfrazadas de cooperación se sienten los salvadores del mundo.

Igual crítica puede hacerse a ciertos intelectuales que, sin dejar su buena vida, hacen alarde de compromiso con las causas del pueblo, muchas veces sin conocer como es la realidad. Todo esto lo plasma de la mejor manera el autor; con humor no exento de crueldad. No es extraño que pueda provocar sarpullidos; a veces duele verse retratado con fidelidad.

Tiene momentos realmente hilarantes y no deja títere con cabeza. Imprescindible.

Escuchando: La marquesa no nos quiere. Transportes hernández y Sanjurjo.


Extracto:[-]
—Quizás sí… —dijo uno de los gemelos—. Y me alegro por ellos. Les deseo lo mejor. Pero a nosotros, aquí, poco nos podrán ayudar, esos indios de las capuchas.

—Están demasiado lejos —asintió su hermano.

Vigil quedó atónito.

—Pero si somos nosotros los que debemos ayudarles a ellos —explicó—. Nosotros, los privilegiados ciudadanos del primer mundo, somos los que debemos echarles una mano a ellos, que no tienen de nada y se están jugando la vida. ¿No se os había ocurrido?

Los Valdemont no respondieron. Ellos no se consideraban privilegiados. Se consideraban injustamente maltratados por la vida. Y uno de ellos incluso musitó:

—Yo no he conocido lo que es el amor.

—¡Y aun así, fijaos bien, esos indios semidesnudos, esos muertos de hambre —dijo Vigil, sin oírle—, nos ayudan a nosotros, vaya si nos ayudan!

Se lanzó a explicarles la tesis que luego expuso una y otra vez en tertulias radiofónicas, artículos y conferencias: si las vanguardias izquierdistas europeas estaban desorientadas, desorganizadas y tan bajas de moral combativa que se hallaban prácticamente en estado de catatonía, aquella insurrección era la prueba de que América seguía siendo un volcán dormido que de vez en cuando entraba en erupción.

De ahí, de ahí tal vez vendría el Cambio: las clases y pueblos que el imperio ha desahuciado y condenado a formas más modernas, sutiles, hipócritas de colonialismo, saben alzarse, hurgar en las contradicciones del sistema y erigirse en Sujeto de la Historia —una Historia que está lejos de haber llegado al final al que tan alegremente la condenaba cierto mandarín gringo, el cocacolo predilecto de Tío Sam.

A medida que la guerrilla libraba escaramuzas, el eco de los disparos sonaba cada vez más fuerte en la capital de Tierras Calientes y en los países limítrofes, y a Vigil le encantaba comprobar, por las reacciones y comentarios de sus amigos, que el estilo de las proclamas de Capitán, que poseían una retórica singular, lejos de las fórmulas solemnes de precedentes caudillos revolucionarios, ya trilladas y enfadosas con sus apelaciones al heroísmo y sus promesas de nuevos amaneceres, y cercana más bien a la expresión lírica del poeta y a las ocurrencias efervescentes del publicista en estado de gracia, contribuía en buena medida a esa resonancia. A una civilización mediática y audiovisual, el Capitán le ofrecía una insurgencia mediática y audiovisual.

Muchachos idealistas, universitarios inquietos, curiosos, empezaron a afluir desde la capital hacia las aldeas y ciudades en el lindero de la selva para examinar de cerca cómo era una revolución en marcha. Desde atlí, la teniente Lupe los llevaba a visitar los campamentos y las comunidades clandestinas en una especie de circuito turístico-revolucionario que incluía visita a un hospital de campaña, catcquesis insurgente y velada con canciones revolucionarias al amor de una fogata.

Junio 30, 2006

Ignacio Vidal-Folch. La cabeza de plástico.

Archivado en: Novela — Palimp @ 3:33 pm
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Editorial Anagrama, 1999. 120 páginas.

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¿Arte?¿Contemporáneo?

Ya comenté en esta entrada que Vidal-Folch es un autor que me gusta. Decidido a reestrenar la biblioteca de al lado de mi casa tomé en préstamo este libro que prometía ser interesante.

Nos encontramos en Holanda, donde Cees Wagner, director del Stedelijk Museum, ha conseguido lo imposible; conseguir que el hombre de la calle se interese por las más rabiosas vanguardias. Exposiciones interesantes y apariciones en televisión rubrican su éxito. Hasta que un día Kasperle, un joven artista, lo utiliza como motivo de una obra de arte. ¿Conseguirá Wagner soportar con entereza el bofetón conceptual?

Estoy seguro de que la sin par Vailima disfrutaría de este libro. La historia sirve de excusa para una serie de reflexiones sobre el estado del arte contemporáneo. No se pierdan las que aparecen en el diálogo entre Wagner y su amigo Lammers reproducidas al final de la entrada. Aunque es un extracto un poco largo, merece la pena.

Curiosamente, mientras leía el libro me venía a la cabeza el teorema de Gödel, que viene a afirmar que en cualquier sistema matemático lo suficientemente potente como para incluir los números naturales existen aformaciones que son verdaderas, pero que no pueden demostrarse dentro del sistema. Wagner parece haber conseguido un sistema en el que cualquier manifestación puede considerarse como arte, pero Kasperle consigue sacarle de sus casillas con una obra que, a la vez que ofensiva, él parece ser incapaz de evaluar.

Hoy en día hay obras de arte que más que polémicas parecen verdaderas tomaduras de pelo, y la prosa corrosiva de Vidal-Folch desmonta con eficacia mucha de la superchería intelectual del momento, con conocimiento de causa y derrochando humor. De lo mejorcito que he leído últimamente.

Escuchando: How High. Madonna.


Extracto:

-Mi querido amigo, te rogaría…, y sabes que te considero genial, el mejor prestidigitador en tu especialidad…, pero te rogaría que cuando te reñeras a las cosas que estáis exhibiendo desde hace treinta años en esas funerarias que son los museos no mencionases los conceptos «artista» y «arte». Si entendemos como arte las obras que proporcionan satisfacción de las necesidades de armonía espiritual y estética, o que incorporan al mundo lo que yo llamaría «espacios de sentido», esas cosas nada tienen que ver con él.

Wagner entornó los ojos para que no se cruzasen con los de la linda camarera que les traía los segundos platos, unos peces insólitos, rarezas abisales de escamas plateadas, brillantes de aceite, con multitud de dientes en las bocas abiertas, que a la luz de la vela le parecieron trágicos como un Caravaggio; y los dos amigos, con reconcentrada gravedad, se aplicaron a la tarea de separar la blanca carne de las espinas.

-¿De qué estábamos hablando? ¡Qué bien cocinan aquí!

-Está buenísimo. Enterrabas al arte muy profundamente.

-La muerte del Arte. -Lammers paladeó las cuatro palabras como un vino excepcional, antes de lanzarse a uno de sus didácticos monólogos-. Verás: tal como yo lo veo, una obra de arte es reconocible como tal en el preciso momento en que da pie a una transacción económica. ¡Hablo en serio! Hasta que el autor la vende, o sea, hasta el momento en que alguien manifiesta un interés real por la obra, ésta no se ha mostrado, no ha superado el estado de mera posibilidad; y, como tú sabes, la única manera fiable de manifestar interés por algo, en nuestro mundo de incesante mercadeo, es pagar por ello, pagar, pagar; pagar buen dinero de curso legal; el dinero del que estás dispuesto a desprenderte: ésa es la prueba de fuego de la realidad delas cosas. Si al mendigo que te pide limosna no le das unas monedas, entonces, por mucho que le compadezcas y lamentes la injusticia y la dureza del mundo, e incluso si esa noche no duermes pensando en él, no puedes pretender que tienes buen corazón.

-Es una comparación ofensiva -dijo Wagner-. Aquí nadie pide limosna.

-¿No?… Dejémoslo. A ver si te gusta más este otro ejemplo: un chico juega con lodo; y modela… una figura, la efigie contrahecha de su perro. No tiene ningún valor para nadie salvo para su emocionado papá. Pero si pasa por allí un señor, ve ese perro y encuentra en él algo sugestivo; le recuerda algo que no había hasta ahora encontrado su forma, una forma que quizá cree advertir en la cabeza contrahecha, las cuatro patas desiguales… y se la compra al niño… y se la lleva a casa… y la exhibe en la repisa de la chimenea, como un enigma resuelto; y se la muestra a las visitas, a los amigos… ¿Entonces, qué? Entonces ese perro de barro ya no es el juguete de un niño. Es un objeto artístico. ¿Estamos de acuerdo?

-Lo admitiría -dijo Wagner-. Pero un interés que se manifiesta de manera no fiable, o incluso que no se manifiesta, no deja de ser real.

-En ese caso no pasaría de una forma embrionaria del interés, y nosotros no podemos estudiar ni valorar cosas en potencia, sino las cosas que se manifiestan, las cosas cumplidas. Querido amigo, me gustaría en esto ser todo lo claro y exacto que sea posible y que nos refiriésemos a los hechos, no a estados de ánimo y eventualidades. Ahora dime, Wagner: ¿quién adquiere el tipo de cosas que expones en el museo, esas piezas, obras e instalaciones sobre las que hablas en tus conferencias y escribes en las revistas?

-La gente las compra -dijo Wagner-. Acude a las exposiciones. Y paga la entrada, así que ya ves, su interés es fiable, por usar tus propios términos.

En la mesa vecina, el jefe de aduanas del puerto, hombre de elegantes y plateadas sienes, que se sentía eufórico porque aquella misma tarde, cerrando los ojos al paso de un contenedor procedente de Rusia, había ganado diez mil florines, y antes de salir a cenar aún había tenido tiempo para torturarse en el gimnasio, tomar una sauna y vestirse una muda limpia y planchada, le preguntó a su mujer: «¿Ese canoso del flequillo no es un político? Su cara me suena, creo que lo he visto en televisión.» Ella sonrió: «Tonto; es Jan Wagner. Un artista muy conocido. Debe de ser muy rico.» Y siguieron comiendo.

-… No, la gente no las compra -dijo Lammers-, Las compra el Estado, las corporaciones, los bancos y demás entidades y superestructuras desalmadas… No lo digo en sentido moral; entiéndeme: las llamo desalmadas porque, consagradas a la plusvalía y a la usura, carecen de alma y no atienden ningún interés remotamente humano, aunque precisamente cada una de esas entidades abstractas necesita y posee su propia colección de arte para modelarse un «rostro humano», o sea, un rostro interesado en las cosas que se hacen desinteresadamente y en las cosas sin interés.

A estas palabras Wagner manifestaba su escepticismo escupiendo espinas en la pala de pescado.

-Me dirás -le azuzó Lammers- que no son entidades abstractas quienes reúnen esas colecciones, sino hombres de carne y hueso: los funcionarios, ejecutivos, consejeros y especialistas de las fundaciones dotados de sensibilidad estética y acceso a los presupuestos. Y yo te objetaré que esos funcionarios no «pagan» la obra con dinero real, laboriosamente adquirido, sino con fondos de los que disponen gratuitamente; dinero y obra, pues, sin valor, aunque, naturalmente, tienen su precio. Lo cual anula el sentido de la transacción, que no pasa de ser una representación gratuita, objeto simbólico para una mascarada. Seguimos, pues, en el terreno de la virtualidad. Pero aun poniéndonos en el mejor de los casos, aun en el supuesto de que esas piezas fuesen objeto de una transacción real y honesta, aun en el supuesto de que hubieran despertado en el comprador, ese funcionario o ejecutivo de la casa de usura, un interés que no se manifiesta, dime, Wagner: ¿es a él a quien se dirigen esas obras? ¿Para quién se pintan esos cuadros, se instalan esas instalaciones tan aparatosas de tus Beuys…, Kelley, Nauman et alia?

-Para todo el mundo -respondió pacientemente Wagner-. Para las multitudes hambrientas de valor y sentido que hacen colas para contemplarlas cuando esas obras son donadas a los museos públicos…

-Me enterneces, amigo mío.

-Bueno, ríete si quieres, ahora soy yo el que está hablando en serio… Para los millones de aficionados que acuden a las grandes exposiciones. Que reservan sus entradas con meses de antelación. Que entran en el museo como en una fiesta, porque saben que allá dentro van a encontrar más belleza y verdad, más misterio y más realidad que casi en cualquier otro momento de su vida. Para ellos, para cada uno de ellos.

Un camarero recogió los platos con las cabezas y espinas de los monstruos marinos; el pastelero vio rechazado su carrito de tartas, frutas tropicales y fantasiosos helados, pero al bodeguero le aceptaron un aguardiente legendario.

-¿De qué hablábamos? -dijo el profesor-. ¡Es delicioso este armagnac!

-De los que entran en el museo como en una fiesta.

-¡Pareces un político en campaña! ¡Te veo a la puerta del Stedelijk, besando a los niños que entran! No, tú eres inteligente y no puedes creerte ese cuento de bonitas palabras. -Extrajo del bolsillo un cigarro, lo encendió en la vela, lanzó una bocanada de humo y, repantigándose, se quedó un instante contemplando la brasa-. Querido amigo, deberías fumar habanos. Lo más agradable de los puros, además de la encantadora regresión implícita en el hecho de chupar este simulacro de pezón, son los diez minutos últimos. La nicotina se acumula en la colilla y satura el humo, que a través de la sangre libera los neuro-transmisores cerebrales para que rieguen de endor-finas todas las conexiones nerviosas… ¿No te encantaría encoger un día a tamaño microscópico, ser inyectado al interior de un cerebro y presenciar el derrame de las endorfinas?… Las cosas agudas pierden sus aristas y se redondean placenteramente. Así podemos pronunciar sin sonrojarnos palabras como belleza, verdad, prodigio, misterio… pero tú no fumas, así que tu devoción democrática es de un cinismo intolerable, porque sabes tan bien como yo que a esos infelices los puedes llevar a emocionarse y disfrutar en los museos con lo que a ti te dé la gana, de igual forma que otros los llevan a misa, a los estadios de fútbol, a las urnas comiciales o a las trincheras, con entusiasmo tan genuino, y tan inducido, como el de esos aficionados al arte de que me hablas. Aficionados que, permite que te lo diga, no son exactamente como tú los pintas.

-¿Y cómo lo sabes, Diederik, si tú nunca visitas los museos?

-A veces lo hago. A escondidas. Qué quieres, uno tiene sus debilidades. A veces, arrastrado por una nostalgia, por un atavismo, me visto de luto y voy a presentar mi pésame. ¡Pero no contemplo los cuadros, observo a la gente! Y encuentro allí a jóvenes desorientados, tratando de cultivar su espíritu para disponer de un plus cultural el día que tengan que seducir a una chica u optar a un puesto de trabajo; y a familias ofuscadas y con los pies doloridos; los padres preferirían estar en casa, ellos bebiendo unas cervezas ante el televisor, ellas cocinando y hablando por teléfono, pero tienen que permanecer allí para educar a los crios, que a su vez preferirían estar jugando a fútbol o viviseccionando ranas junto al estanque que hay a las afueras del pueblo, detrás de la casa donde viven una vieja bruja y un oligofrénico la mar de curioso…, y allí sí encontrarían belleza, prodigio, misterio y verdad. Pero cuando tú y los sabios comisarios como tú, y, por qué no aceptarlo, los profesores como yo, les decimos: «Venerad esta mamarrachada, familias, venerad esta plancha de madera ondulada, esta escoba, porque la ha mirado un artista y mirarla os mejorará, os depurará», ellos la venerarán con la misma unción beata con que en el servicio militar besarán un trapo de colores.

-El estanque del oligofrénico… -dijo Wagner. Si Lammers estuviera en lo cierto la ofensa de Kasperle no tendría la menor importancia. Ellos y él, y sus amigos, y sus adversarios, serían personajes de una farsa sin trascendencia. Reconfortado por la caricia ardiente del armagnac, se sorprendió distanciándose de sí mismo y aceptando que el Retrato de Cees Wagner le parecía una obra ingeniosa, brutal, pero llena de verdad y humor-. Vamos, vamos todos, y yo el primero, a torturar ranas junto al estanque…

-Me conmueve y maravilla ese interés tuyo por la gente, querido amigo. Pero ahora apartemos de nosotros a todas esas buenas gentes tuyas, ¿quieres? Al ñn y al cabo no es para ellos para quien actúa el teatro del arte -prosiguió Lammers con alegría. El puro en la boca le daba una expresión de bellaco refinado, y cuando lo dejaba en el cenicero y, empujado por su propia elocuencia, se inclinaba hacia su amigo acentuando la sonrisa, parecía más que nunca un fauno en el momento de atrapar a la ninfa más gordita-. Te voy a contar un secreto, Wagner: ellos son sólo la excusa, los figurantes, el ejército de soldados de terracota en la tumba de Qin Shi Huangdi. Los que proporcionan el estado de carencia y de envidia, y el sentimiento de asombrada inferioridad que es lo que hace que el hecho de comprar esos bultos con escobas y… violines clavados en persianas metálicas… y pedruscos esparcidos con estudiado desorden sobre el enlosado de mármol rosa del Palazzo Grassi… y tubos de neón más apropiados para anunciar pescado y patatas fritas en un kiosco del barrio chino…, en fin, toda esa pacotilla, resulte trascendente para tus artistas y codiciable para sus verdaderos clientes: los ricos, los banqueros, los reyes del neumático y del pollo asado, los actores de Hollywood, los modistos con complejos, todos esos acaparadores de moneda falsa, esos monederos con patas. ¡Para ellos trabajan con dolor tus pintamonas! ¡Para ellos se rascan sus llagas a ver qué encuentran dentro! ¡Para ellos se suicidan! ¡A ellos se dirigen, con plena conciencia cínica, o con patética candidez! Y naturalmente, dirigiéndose a ellos, como pavos reales a los dueños del jardín, ¿qué maravillas realizarán? ¿Qué plumas les van a mostrar? Las que esos…, esos patanes consideren más pertinentes para decorar sus jardines, las nulidades para decorar el espacio vital de la trivialidad. Y si no aciertan a entenderse, que es lo más frecuente porque la transacción se produce entre dos especies diferentes y las negociaciones se siguen en jergas igualmente irracionales, pero incompatibles, no hay problema, para eso tú y yo, los mamporreros del arte, les explicaremos cómo llegar a un acuerdo en que los dos salgan ganando, y nosotros con ellos.

-Algo de eso hay -concedió Wagner, que, pensando en Kasperle, no había escuchado atentamente- y siempre es un placer escucharte, Diederik. Pero fíjate, para disparar contra el arte contemporáneo has tenido que bombardear el mundo entero. Y el mundo sigue rodando, rodando. Tú no pareces comprender algo fundamental, algo muy sencillo: mientras exista la humanidad, habrá energía creativa y la imperiosa necesidad de imaginar variaciones para lo que nos ha sido dado. Y una parte sustancial de esa energía se dirigirá a la representación y se plasmará en arte. Éste, como cualquiera de las actividades humanas, está sujeto a ciclos y vive épocas de esplendor y también épocas de vacas flacas. Si te empeñas, admitiré, para complacerte, que nos ha tocado vivir una mala época, aunque para juzgar una época lo que se necesita es precisamente que haya pasado el tiempo; pero desde luego esas «escobas» y esos pedruscos y persianas que tanta risa te dan son las formas de nuestro tiempo, y quienes las conciben son los artistas de nuestro tiempo. Dales la espalda si no te interesan, pero deja de gritarles que no están yendo a ninguna parte y de maravillarte porque, a pesar de tus voces, no te hagan caso. En cuanto a los compradores, ya te he dicho que no son todos reyes del neumático. Podría darte ejemplos…

El profesor Lammers tenía respuesta a eso: -Para el rey del neumático y la oficina del ministro, la pieza monumental. Para los que aspiran a serlo también tenemos algo, no faltaría más: unos «pequeños formatos» muy monos, unas cuantas xilografías y grabados, migajas seriadas del gran pastel y obras interesantes de jóvenes que empiezan…

Wagner torció el gesto; la demagogia de Lam-mers, que tanto le divertía en otras cenas, le estaba empezando a irritar.

-Mi querido amigo, pensando como piensas no comprendo que no renuncies a tu cátedra de estética.
El profesor lanzó una suave carcajada. Qué hombre tan atractivo y apasionado, pensaba una mujer que cenaba sola en una mesita frente a él. Acababa de quedarse viuda, prolongaba las veladas en los restaurantes esperando que algo le sucediese y se pasaba las noches despierta en la cama, imaginando que llamaban a la puerta, abría, y era su marido.

-Ten por seguro que si pudiese ejercer un oficio honesto, cambiaría inmediatamente a él -dijo Lam-mers-. Pero ya no hay oficios honestos. O por lo menos no los hay que me permitan vivir decentemente y pagarme cuatro cosas sin las que la vida me resultaría insoportable, entre ellas cenar de vez en cuando contigo. Todos consisten en vender bisutería a precio de auténticas gemas. Así que asumo mis contradicciones, y sigo adelante.
En cambio, el albino parece un cerdo en el espetón, chorreando grasa, pensó la viuda. Pues, en efecto, a causa del calor en el restaurante y de los alimentos y alcoholes ingeridos, Wagner sudaba copiosamente. Notaba la camisa pegada al cuerpo, se sentía incómodo y sucio, empapado en su propio jugo, y por eso dijo:

-He leído ese artículo tuyo sobre las esculturas de Damien Hirst en la Royal Academy. Te escandalizabas como una maestrilla…

-Perdona, no me escandalizaba. No me escandalizaba, me reía -puntualizó el profesor-. Mejor dicho: me reía tristemente.

-…y tuviste que tomar un taxi que te alejase de allí y te llevase al Museo de Artes Decorativas para contemplar una exposición de Rothko que te serenó, ¿no era eso lo que escribías?

-Marcus Rothkovitz, sus manchas son la «última explosión cegadora de la luz antes del apagón general: la luz del hongo atómico». Y disculpa que me autocite.

-No me parece afortunada la alusión a Hiroshima -dijo Wagner, que se enervaba por momentos-. ¿Sabes, mi querido amigo, por qué te gusta la pintura de Rothko?

-Adelante. Explícame.

-Precisamente porque se suicidó. Porque ya es historia. Y qué bonita historia, con su presentación, su nudo y su desenlace. Pero si ahora viviese un nuevo Rothko, no lo verías ni aunque te estuviera embadurnando de color las gafas… Vosotros…
(Oh, Kasperle no, ni hablar, sólo ha acertado una vez por casualidad, no vi en su estudio indicio de nada, sólo las previsibles chapuzas.)

-… Vosotros los intelectuales de izquierdas (porque a los de derechas no los tomo siquiera en consideración), los columnistas sutiles de los periódicos, los novelistas exquisitos con succés d’estime, un éxito de ventas no, por favor: sería una ordinariez o un malentendido…, vosotros los profesores de estética en las facultades de sociología, y de filosofía en las de economía, caballeros sensibles, cultivados, razonables, conformáis la nueva Academia, vosotros los burgueses rancios del año dos mil. Sois doctos en historia del arte, y ciegos, sordos y mudos al arte vivo…
Notó en la expresión burlona y alarmada de su amigo que se estaba exaltando, alzó la copa y sonrió:

-Brindo por tus desafortunados alumnos.

-Oh, yo les abro los ojos. -Lammers levantó su copa-. Les hablo del arte como de un glorioso vestigio del pasado, como de una lengua muerta. Pero no te preocupes por ellos: no me creen, todos se empeñan en ser Picasso…

-A partir de ahora lo van a tener más fácil -explicó Wagner-. Estoy preparando un decreto para la ministra que cancelará la ley de becas BKR.

Se refería a la ley, única en el mundo, que Lammers definía como «el feliz y significativo acuerdo entre el burócrata y el artista», por la que todo ciudadano holandés, licenciado en Bellas Artes, que se dedicase exclusivamente a la creación tenía derecho a que el Estado le comprase una o más obras al mes, a precios variables según sus necesidades económicas.
El objetivo de la ley era asegurar la manutención de los artistas sin que tuvieran que dispersar su talento en trabajos alimenticios; a cambio, el Estado se dotaba con pinturas y esculturas para decorar sus oficinas administrativas y salones; pinturas y esculturas que, según habían calculado los expertos, con el tiempo cotizarían en el mercado y permitirían recuperar parte de la inversión.

Agosto 27, 2005

Ignacio Vidal-Folch. Amigos que no he vuelto a ver.

Archivado en: Cuentos — Palimp @ 9:18 pm
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VidalFolchAmigos
Anagrama, 1997. 182 págs.

Desencuentros

Lo primero que leí de Vidal-Folch fue el libro de relatos ‘El arte no paga’, algunos de los cuales ya los había leído en la revista ‘Star’. Un libro tan corrosivo y divertido que me convirtió automáticamente en fan del autor. Leí su novela ‘La libertad’, y como recientemente a sacado la novela ‘Turistas del ideal’ decidí ponerme al día.

‘Amigos..’ es también una colección de relatos, pero no encontraremos aquí el humor ácido de ‘El arte no paga’. Aunque de tanto en tanto la sonrisa se asome en nuestra cara, la nostalgia y la melancolía son los colores dominantes. Una galería de retratos, de amigos desaparecidos, o muertos, o simplemente desencontrados. Desde el vecino y doctor en letras Arenís, hasta los compañeros de tertulia de Praga. Entre medio, un amigo oportunista, un ‘artista’ yonki, un admirador de McCartney, un moribundo Onetti…

Empecé a leerlo cuando me metí en la cama, y no me dormí hasta que no lo hube acabado. Cuando me desperté, lo primero que me vino a la cabeza fue el recuerdo del libro; como si hubiera sido un extraño y sentimental sueño.

En uno de los relatos el autor nos cuenta como en un cementerio se encontró con la tumba de un rabino con fama de santo donde la gente escribía sus peticiones en papeles que dejaban en los resquicios de la cripta. pero en vez de colocar su petición consiguió que los que limpiaban de tanto en tanto la tumba le guardasen los papeles. Además de recomendar la lectura de este libro me gustaría, como también le gustó a Vidal-Folch, compartir con ustedes el contenido de los mismos. Aquí están:

«Querido rabino Loeb, dame un novio fuerte y alto.»
«Venerado rabino, quiero un novio que sea guapo y dulce y quiera tener hijos.»
«Una máquina de coser alemana. Un novio fijo. Que papá de repente odie la cerveza.»
«Que esta misma noche le dé un cólico a Husak.»
(Gustav Husak fue el último presidente de la Checoslovaquia comunista.)
«El año que viene en Jerusalén.»
«Rabino, quiero acostarme una noche con Monika en el jardín de su primo.»
«Quiero viajar a Río de Janeiro y ligar con dos mulatas riquísimas que me mantengan a todo tren a cambio de mi sexo.»
«Rabino Loeb, oblígales a concederme el visado y creeré en ti.»
«Querido rabino, quiero ser más graciosa y más lista porque así como soy los chicos se cansan de mí.»
«Quiero que Lenka me quiera.»
«Quiero que Monika se enamore de mí.»
«Que Gabriela me quiera.»
«Quiero casarme con Walter y que tengamos una vida fácil.»
«Quiero ser muy feliz cada día a partir de hoy.»
«Rabino Loeb, por el poder que tienes, cúrale.»
«Hombre Santo: haz que la chica del tranvía 6 me sonría y me coja de la mano y me diga algo; de lo demás ya me encargo yo.»
«Permíteme morir antes que mi mujer. Que sea una muerte dulce. En sueños.»
«Rabino, por este papel te conjuro a que Monika se enamore de mí.»
«Ser millonaria. Amor y salud. Una finca en Kutna Hora. Un Mercedes.»
«Que Jean-Pierre se quede a vivir en Praga y siga enamorado de mí, y nos casemos, y seamos felices.»
«Que seamos muy felices.»
«Que seamos felices.»
«Que seamos felices.»
Ojalá el rabino Loeb o el azar o el destino haya cumplido todos esos deseos, porque sólo se vive una vez y los cementerios se remueven.

Ojalá, Ignacio. Ojalá.

(Un día, un libro 138/365)
Escuchando: A eme O. Andrea Echeverri.