Imre Kertész. Un Relato Policiaco.
Acantilado, 2005. 105 páginas.
Tit. Or. Detektívtörténet. Trad. Adan Kovacsics.
Leyendo la reseña de este libro en Apostillas literarias fue como Magda me dirigió a Imre Kertész. Un libro pensado como relleno de El buscador de Huellas. Si así son los rellenos de este hombre, imaginen como son los platos fuertes.
Antonio Rojas Martens es un criminal que ha confesado varios asesinatos y ha pedido a su abogado que le proporcione material para escribir en su celda. Quiere contar su historia. La historia que contará será su participación en el caso Salinas y a través de esa narración descubriremos el mundo de la tortura policial bajo una dictadura.
El título llama a engaño. Uno imagina una historia de detectives, a la vieja escuela. Pero la policía del libro es la peor clase de policía: la encargada de obtener, mediante torturas, información de los desafectos al régimen, de células de la oposición. Policía política que el autor debía conocer bien en Europa y que trasladó sin problemas a un imaginario país latinoamericano.
El segundo engaño es la presentación del protagonista, criminal confeso, una especie de monstruo. Uno de los verdugos, sí, que torturó y asesinó a mucha gente, pero el único incapaz de entender la lógica de sus actos. Escribe la historia por su necesidad de encontrar una explicación, y contrasta con la frialdad de su jefe, capaz de realizar los actos más horrendos sin preocuparse.
Las víctimas se van presentando a través de los informes del protagonista y de los extractos del diario de la víctima, que aquél consiguió comprar. A la mitad de la historia uno ya tiene las claves para saber lo que va a pasar, y al final sí resulta ser una historia de detectives, cuya solución puede adivinarse. Pero aquí nadie va a decir Elemental, querido Watson, porque en una dictadura poco importa cual sea la verdad.
Escuchando: Blackout. British Sea Power
Extracto:[-]
En una palabra: nuestros archivos ya sabían que tarde o temprano Enrique cometería algo. En nuestra casa, su destino estaba sellado. El, sin embargo, aún no había tomado ninguna decisión. Dudaba; estiraba el tiempo. Deambulaba por las calles o escribía su diario, conducía a toda velocidad su Alfa Romeo de dos plazas, se reunía con amigos o se metía en la cama con una gatita de piel sedosa cuando le daba la gana. Enrique Salinas era un joven de apenas veintidós años, de pelo largo, bigote y una barbi-ta, lo cual ya lo volvía sospechoso para nosotros. Reflexionaba, iba y venía y hacía el amor. Pasaba poco tiempo en casa. María, sin embargo, se ponía junto a la ventana y lo esperaba. No es que viera mucho desde el decimoctavo piso del palacio de los Salinas. Visto desde allí, el interminable tráfico de la Gran Avenida parecía el trajín de las hormigas. Aun así, por aquellas fechas María, María de Salinas, la madre de Enrique, pasaba todo el tiempo detrás de la ventana.
Allí la encontraba Salinas cuando, de regreso de la oficina, atravesaba las lujosas habitaciones de la vivienda en busca de María. Se detenía a sus espaldas sin decir palabra.
—Tengo miedo—oye decir a María al cabo de un rato.
—No tenemos motivos para el miedo, María—responde él. Ambos callan.
—Hernández ha desaparecido. Martín ha sido ejecutado. A Vera se la llevaron de su casa—enumera María sin darse la vuelta.
—Nosotros no somos de aquellos a los que se llevan— dice Salinas, abrazándola por los hombros.
María se calma un poco. Los brazos de Salinas transmiten fuerza. Fuerza, superioridad y seguridad. Salinas era un viejo zorro, curtido en mil batallas, aunque no deben ustedes imaginarlo como un anciano. Incluso parecía más joven de lo que era. Tenía cincuenta años. En cierto sentido, la flor de la edad.
—Mira—vuelve a oír la voz nerviosa de María—, ¡mira eso, Federico!—dice ella señalando la calle. Debió de ver una limusina negra, un cocjie cerrado, uno de los pertenecientes a nuestro departamento. Ocurría a veces que nos tocaba trabajar en la Gran Avenida.
—¡Apártate de la ventana, María!—dice Salinas con tono decidido.
No crean ustedes que me invento estos diálogos. No estaba allí, claro que no, ¿cómo iba a estarlo? Ellos, sin embargo, pasaron por mi despacho. Los vi y los oí. Los miré y los interrogué. Llevaba un registro de sus palabras. Hasta que los registros empezaron a llevarme a mí.
También interrogamos a María, cómo no. Por deseo expreso de Díaz, por cierto. Me resistí porque no le veía ningún sentido. Díaz, sin embargo, insistió, así que la interrogué. No sólo una, sino varias veces, tal como.Díaz deseaba.




