Cuchitril Literario

Junio 11, 2008

Imre Kertész. Un Relato Policiaco.

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Acantilado, 2005. 105 páginas.
Tit. Or. Detektívtörténet. Trad. Adan Kovacsics.

Imre Kertész, Un Relato Policiaco
Caso resuelto

Leyendo la reseña de este libro en Apostillas literarias fue como Magda me dirigió a Imre Kertész. Un libro pensado como relleno de El buscador de Huellas. Si así son los rellenos de este hombre, imaginen como son los platos fuertes.

Antonio Rojas Martens es un criminal que ha confesado varios asesinatos y ha pedido a su abogado que le proporcione material para escribir en su celda. Quiere contar su historia. La historia que contará será su participación en el caso Salinas y a través de esa narración descubriremos el mundo de la tortura policial bajo una dictadura.

El título llama a engaño. Uno imagina una historia de detectives, a la vieja escuela. Pero la policía del libro es la peor clase de policía: la encargada de obtener, mediante torturas, información de los desafectos al régimen, de células de la oposición. Policía política que el autor debía conocer bien en Europa y que trasladó sin problemas a un imaginario país latinoamericano.

El segundo engaño es la presentación del protagonista, criminal confeso, una especie de monstruo. Uno de los verdugos, sí, que torturó y asesinó a mucha gente, pero el único incapaz de entender la lógica de sus actos. Escribe la historia por su necesidad de encontrar una explicación, y contrasta con la frialdad de su jefe, capaz de realizar los actos más horrendos sin preocuparse.

Las víctimas se van presentando a través de los informes del protagonista y de los extractos del diario de la víctima, que aquél consiguió comprar. A la mitad de la historia uno ya tiene las claves para saber lo que va a pasar, y al final sí resulta ser una historia de detectives, cuya solución puede adivinarse. Pero aquí nadie va a decir Elemental, querido Watson, porque en una dictadura poco importa cual sea la verdad.

Escuchando: Blackout. British Sea Power


Extracto:[-]

En una palabra: nuestros archivos ya sabían que tarde o temprano Enrique cometería algo. En nuestra casa, su destino estaba sellado. El, sin embargo, aún no había tomado ninguna decisión. Dudaba; estiraba el tiempo. Deambulaba por las calles o escribía su diario, conducía a toda velocidad su Alfa Romeo de dos plazas, se reunía con amigos o se metía en la cama con una gatita de piel sedosa cuando le daba la gana. Enrique Salinas era un joven de apenas veintidós años, de pelo largo, bigote y una barbi-ta, lo cual ya lo volvía sospechoso para nosotros. Reflexionaba, iba y venía y hacía el amor. Pasaba poco tiempo en casa. María, sin embargo, se ponía junto a la ventana y lo esperaba. No es que viera mucho desde el decimoctavo piso del palacio de los Salinas. Visto desde allí, el interminable tráfico de la Gran Avenida parecía el trajín de las hormigas. Aun así, por aquellas fechas María, María de Salinas, la madre de Enrique, pasaba todo el tiempo detrás de la ventana.

Allí la encontraba Salinas cuando, de regreso de la oficina, atravesaba las lujosas habitaciones de la vivienda en busca de María. Se detenía a sus espaldas sin decir palabra.

—Tengo miedo—oye decir a María al cabo de un rato.

—No tenemos motivos para el miedo, María—responde él. Ambos callan.

—Hernández ha desaparecido. Martín ha sido ejecutado. A Vera se la llevaron de su casa—enumera María sin darse la vuelta.

—Nosotros no somos de aquellos a los que se llevan— dice Salinas, abrazándola por los hombros.

María se calma un poco. Los brazos de Salinas transmiten fuerza. Fuerza, superioridad y seguridad. Salinas era un viejo zorro, curtido en mil batallas, aunque no deben ustedes imaginarlo como un anciano. Incluso parecía más joven de lo que era. Tenía cincuenta años. En cierto sentido, la flor de la edad.

—Mira—vuelve a oír la voz nerviosa de María—, ¡mira eso, Federico!—dice ella señalando la calle. Debió de ver una limusina negra, un cocjie cerrado, uno de los pertenecientes a nuestro departamento. Ocurría a veces que nos tocaba trabajar en la Gran Avenida.

—¡Apártate de la ventana, María!—dice Salinas con tono decidido.

No crean ustedes que me invento estos diálogos. No estaba allí, claro que no, ¿cómo iba a estarlo? Ellos, sin embargo, pasaron por mi despacho. Los vi y los oí. Los miré y los interrogué. Llevaba un registro de sus palabras. Hasta que los registros empezaron a llevarme a mí.

También interrogamos a María, cómo no. Por deseo expreso de Díaz, por cierto. Me resistí porque no le veía ningún sentido. Díaz, sin embargo, insistió, así que la interrogué. No sólo una, sino varias veces, tal como.Díaz deseaba.

Febrero 11, 2008

Imre Kertész. Sin Destino.

Archivado en: Novela — Palimp @ 8:28 am
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Acantilado, 2001. 264 páginas.
Tit. Or. Roman eines Schicksallosen(Sorstalanság). Trad. Judith Xantus.

Imre Kertész, Sin Destino
En el infierno

Internet, que gran invento. Antes alguien como yo totalmente desconectado del mundillo literario elegía sus lecturas al azar. Ahora buenas amistades como Magda te descubren a autores más que buenos: imprescindibles. Gracias Magda por descubrirme a Imre Kertész.

En Sin destino vemos como cambia la vida de un adolescente húngaro al que de repente transportan primero al campo de concentración de Auschwitz y después a Buchenwald. En primera persona narra sus experiencias y su progresiva degradación física fruto de unas condiciones infrahumanas.

No se imaginen un drama; el estilo es frío, desapasionado; como bien dicen en la contracubierta, con la fría objetividad del entomólogo. Tiene la falsa sencillez de un monólogo adolescente. Por eso todavía impacta más. Lees y piensas Gracias por no haber tenido que sufrir todo esto. Cuando por fin lo liberan no es un final feliz, la experiencia ya lo ha cambiado para siempre. Al llegar a la ciudad todo el mundo le parece un niñato. Como lectores, también nos sentimos así.

El protagonista es casi un niño y cuando llega a Auschwitz ni siquiera sabe donde está. Bromea y se burla de los presos del campo. Algunos les preguntan a él y sus amigos su edad y les contestan que tienen catorce o quince años, según. Los presos intentan convencerles de que digan dieciséis y ellos, casi riendo, al final les prometen que así lo dirán. Cuando pasan la entrevista los dividen en dos grupos: aptos y no aptos. Los menores de dieciséis van al grupo de no aptos y el grupo de los no aptos va directo a las cámaras de gas.

Hay libros que te transforman. Éste es uno de ellos. Vuelvo a remitirme a la sobrecubierta:

Sin Destino es, por encima de todo, gran literatura, y una de las mejores novelas del siglo XX, capaz de dejar una huella profunda e imperecedera en el lector

Así es.

P.D. Es posible que hagan una adaptación al cine: Sin destino

Algunas reseñas de Magda:

Sin destino
Un relato policíaco
Liquidación

Escuchando: Rock And Roll Boogie Beat. Sammy Marshall & The Party Crashers


Extracto:[-]

No vi nada. El alba era fresca y perfumada, los extensos campos estaban cubiertos por una niebla gris. De repente percibí por detrás de mí, de una manera inesperada pero aguda y bien definida, como si sonara una trompeta, un fino rayo rojo; comprendí que era el sol que se levantaba. Aquél me pareció un momento magnífico: en casa a estas horas todavía estaría durmiendo. También vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación, pequeña o grande, todavía no podía saberlo, pero una estación ferroviaria. Resultó ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas, y aquel techo ridiculamente escarpado que había visto el día anterior por aquellos parajes. En la niebla matinal, el edificio iba cobrando una forma cada vez más definida delante de mis ojos, su color se iba transformando de gris a violeta, y las ventanas se iluminaron de repente con los primeros rayos de la luz roja del sol. Otros también vieron el edificio, y yo se lo conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: «Auschwitz-Birkenau», eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Traté en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos. Me senté, pues tenía que ceder el esto a otro y; como todavía era temprano y tenía sueño, pronto me volví a dormir.

Más tarde, me despertaron los movimientos y el alboroto de los demás. Fuera, el sol brillaba ya con toda su fuerza y el tren avanzaba. Les pregunté a los muchachos dónde estábamos y me respondieron que en el mismo sitio, que el tren se acababa de poner en marcha: me habría despertado por eso. Delante de nosotros se veían fábricas, junto a otros edificios. Un minuto después, los que estaban al lado de las ventanas nos comunicaron que estábamos pasando por debajo de un arco o portón, lo cual era evidente por el cambio de luz. Al cabo de otro minuto, el tren se detuvo, y entonces nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosas, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas. Desde fuera, se oían golpes, puertas que se abrían, ruidos de la gente que bajaba de los vagones; tuve que reconocerlo porque no había la menor duda: habíamos llegado a nuestro destino. Estaba contento, por supuesto que sí, pero sentía que mi alegría habría sido distinta si hubiéramos llegado la víspera o el día anterior. Luego, se oyó un golpe seco de algún instrumento que se accionaba en la puerta de nuestro vagón y alguien o más bien algunos descorrieron la enorme y pesada puerta. Primero oí unas voces, en alemán u otro idioma similar; parecía que todos hablaran a la vez. Por lo que entendí querían que bajáramos. Sin embargo, eran ellos los que subían o eso me parecía, porque no había forma de ver nada. Se corrió la voz de que teníamos que dejar todas nuestras pertenencias. Más tarde, como nos explicaron, nos las devolverían, pero desinfectadas y sólo después de la ducha que nos esperaba. «Ya era hora», pensé.

Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de los zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo; aunque no tuve dificultades para descifrar el significado de aquel color, de repente tomé conciencia de que durante el viaje casi me había olvidado de ese asunto. Sus caras tampoco inspiraban mucha confianza: orejas separadas, narices aguileñas, ojos pequeños, hundidos y picaros. Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. Cuando nos vieron a nosotros, a los muchachos, su excitación fue evidente. Empezaron a susurrar frases rápidas, y entonces descubrí que los judíos no sólo teníamos el idioma hebreo, como yo había creído: «Reds dijiddish, reds dijiddish?» [¿Hablas yiddish?], preguntaban. Por nuestra parte sólo respondimos: «Nein» [No], lo que no les puso muy contentos. Entonces, lo comprendí fácilmente en alemán, querían saber cuántos años teníamos. Les dijimos: «Vierzehn, fünfzehn» [Catorce, quince], según el caso. Protestaron enseguida, gesticulando con manos y cabezas, moviendo todo el cuerpo: «Sechzain» [Dieciséis], nos susurraron por todas partes, «Sechzain». Eso me sorprendió y les pregunté: «Warum?» [¿Por qué?]. «Willst di arbeiten?» [¿Quieres trabajar?], preguntó uno de ellos, clavando su mirada vacía y cansada en la mía. Le respondí: «Natürlich» [Naturalmente], para eso estaba allí. Después él me agarró del brazo con sus manos amarillentas, huesudas y duras, y me sacudió diciéndo-me: «Sechzain… Verstaist di?… Sechzain!…» [Dieciséis… ¿Lo entiendes?… Dieciséis…]. Al ver que estaba enojado y que le daba tanta importancia a la cuestión, nos pusimos de acuerdo entre los muchachos, y entre bromas le prometí: «Bueno, pues tengo dieciséis años.» Y que no hubiera entre nosotros—dijeran lo que dijeran, no tendría nada que ver con la realidad—hermanos, y menos—qué raro— gemelos o mellizos, y sobre todo: «Jeder arbeiten, nit ka mide, nit ka krenk» [Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse].