Jaan Kross. El loco del Zar.
Editorial Anagrama, 1992. 414 páginas.
Tit. Or. Keisri Hull. Trad. JoaquÃn Jordá con la colaboración de Jüri Talbet.
No sabÃa nada sobre Jaan Kross, pero resulta que estuvo nominado varias veces al premio Nobel. Fue el más importante escritor estonio contemporáneo, y esta novela es su obra más famosa.
Timotheus von Bock fue un aristócrata de ideas peculiares. Se casó con una mujer del pueblo -hasta el punto que tuvo que comprar su libertad y la de su familia, pues eran siervos. Era el brazo derecho del emperador Alejandro I, pero tras enviarle un escrito es encarcelado durante nueve años y sólo es puesto en libertad tras calificarle de loco. Su cuñado Jakob lleva un diario en el que además de detalles de su propia vida nos desvela las claves para entender el comportamiento de Timo.
Por lo que se cuenta en el epÃlogo la mayor parte de los hechos narrados en el libro son históricamente ciertos. El libro gira alrededor de las consecuencias que tiene para Timo haber sido sincero consigo mismo y con el emperador. Pero también hay espacio para la historia personal de Jakob; un hombre de orÃgenes humildes que se ve de repente transportado a un estatus diferente y que no acaba de pertenecer a ninguno de los dos mundos, y cuya vida sentimental acaba siendo influida por las desventuras de su cuñado.
Esta muy bien escrito y los temas que trata resultan atractivos, pero no es enteramente de mi estilo.
Reto 2008: Estonia.
Escuchando: Den little floyten. Sinikka Langeland.
Extracto:[-]
—Vamos, el amor es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo que te da tu fuerza, Eeva, es el amor, lo sé, te he observado a fondo. Y eso sobre lo que tú, Timo, te apoyas, también es el amor. SÃ, el amor. Pero no es lo único. No acabo de saber muy bien qué es la otra cosa sobre la que te apoyas. Probablemente la filosofÃa. En fin, en su nombre también se ha ido a la hoguera. Qué pueden significar para ti los guiños y los murmullos de los queridos amigos de tu clase… Para hablar con la lengua del pueblo: ¡una mierda! -soltó una carcajada-. Siempre que tengáis confianza el uno en el otro. No sólo asÃ, de manera general y superficial, sino a fondo, completamente, ¡en todo! Con una confianza total podéis retiraros al abrigo de todos los rumores… igual que…, ¡igual que en una concha completamente redonda! ¿Qué puede hacerle la tempestad por fuerte que sea…? Sólo acunarla cariñosamente…
En cuanto al silbido de las serpientes de la calumnia y a la absoluta necesidad de una confianza mutua, ya habÃan llegado algunas cosas a mis oÃdos. Las intenciones matrimoniales de Timo y de Eeva ya eran conocidas por unos cuantos. En San Peters-burgo, algunos buenos amigos habÃan comentado a Timo (y de manera, claro está, que no pudiera provocar a nadie en duelo) que Eeva, por aburrimiento, se habÃa arrojado, según parece, a los brazos tanto de von Adlerberg de Uue-Varstu como a los del guapo paleto de Johannson, el sacristán de Viru-Nigula. Y varias damas bien informadas, de visita en casa de los Masing, habÃan contado, procurando ser oÃdas por Eeva, que en San Petersburgo el señor von Bock habÃa pedido la mano, sÃ, nada menos que de la señorita Narychkina, la misma a la que el emperador, como era bien sabido, concedÃa una paternal atención… Que estando asà las cosas, el afecto que el emperador sentÃa por el señor von Bock no habÃa sido evidentemente tan profundo como para que Su Majestad llegara a ordenar a la señorita que aceptara la petición de matrimonio. No. ¡La señorita Narychkina habÃa dado calabazas al señor Bock! No era extraño que se acordara después de su Cenicienta, ji, ji, ji, ji…
Aún no habÃan llegado los últimos dÃas de septiembre cuando Timo y Eeva regresaron de San Petersburgo. Se habÃan casado según el rito ortodoxo. De acuerdo con sus documentos, Eeva incluso se llamaba ahora Catalina. Catalina von Bock. En un primer momento, me forcé a creer y a sentir que este nombre sólo podÃa designar a una persona totalmente extraña… Tanto más cuanto que su mirada me parecÃa ahora a veces más velada y otras más brillante que antes y a la seguridad de sus movimientos se habÃa mezclado una cierta desenvoltura orgullosa que, sin embargo, tenÃa algo de inconveniente.
Pero después ella me explicó que los dos, Timo y ella, partÃan inmediatamente en dirección a Voisiku, que al principio vivirÃan allà y que, naturalmente, yo les acompañarÃa; sentÃ, pese a todo, que no tenÃa otra elección, que no podÃa hacer otra cosa.
La verdad es que, en cuatro años, yo habÃa engullido tanta inteligencia libresca como puede contener un liceo; llegado a una edad en la que no sólo se está despierto sino que se es adulto (¡veintisiete años!), habÃa adquirido también, debido a mi situación especial, una considerable comprensión de la vida y de los hombres. Pero no sabÃa qué hacer con ese saber. Salvo que, después de haber adquirido cierta experiencia práctica, lo utilizara para encargarme en Voisiku de la administración de la finca y serles más útil a los dos. OcuparÃa el puesto de Klarfeldt, el intendente de entonces, del que Timo llevaba tiempo observando cómo a sus espaldas, hábilmente y poco a poco, se llenaba los bolsillos. Son muy escasos los intendentes a sueldo que no hacen lo mismo.
Asà es como los cuatro (a Kásper, el lacayo, se le habÃa ordenado que viniera a buscarnos a Aksi), cruzando los bellos paisajes secos y dorados por el otoño de las cercanÃas de Puurmani y Póltsamaa, llegamos aquÃ. Un viaje realizado enteramente en compañÃa de Timo y de Eeva. O, mejor dicho, de Timo y de Kitty —para dar a mi hermana el nombre con que su marido, mientras tanto, habÃa comenzado a llamarla, a la inglesa.



