
RBA - Instituto Cervantes. Obras completas.
Borges fue una de mis primeras lecturas, y ya me apasionó en mi adolescencia. Tenía ganas de leerlo así, integral, de comienzo a fin, y no en libro sueltos y antologías -aunque fueran personales-. Ya he indicado muchas veces en estas páginas mi ceguera para la poesía, viene, creo yo, de mi incapacidad para juzgar buenos o malos los versos. No es raro descubrir que tampoco sé muy bien que decir sobre un libro de poemas. Esta bitácora quiere ser un archivo de mis lecturas, así que aparecerán por aquí aunque lo que tenga que decir es prácticamente nada. Puede que algún lector compasivo pueda enriquecer el texto con sus comentarios.
Borges lo escribió en 1923 y lo distribuyó introduciendo ejemplares en los bolsillos de sus amigos, como bien dicen en este artículo de La Nación:
Cómo nació en 1923 “Fervor de Buenos Aires”.
El libro puede leerse entero aquí: Fervor de Buenos Aires, y personalmente me quedo con los poemas El truco, donde a partir de un hecho cotidiano como una partida de cartas se sugiere la repetición eterna, La rosa, ideal -y tópico- que no puede alcanzarse y Caminata, paseo del poeta por las calles de Buenos Aires. Los reproduzco a continuacion.
EL TRUCO
Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.
En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.
Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismo versos y las mismas diabluras.
LA ROSA
La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín de la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.
CAMINATA
Olorosa como un mate curado
la noche acerca agrestes lejanías
y despeja las calles
que acompañan mi soledad,
hechas de vago miedo y de largas líneas.
La brisa trae corazonadas de campo,
dulzura de las quintas, memorias de los álamos,
que harán temblar bajo rigideces de asfalto
la detenida tierra viva
que oprime el peso de las casas.
En vano la furtiva noche felina
inquieta los balcones cerrados
que en la tarde mostraron
la notoria esperanza de las niñas.
También está el silencio en los zaguanes.
En la cóncava sombra
vierten un tiempo vasto y generoso
los relojes de la medianoche magnífica,
un tiempo caudaloso
donde todo soñar halla cabida,
tiempo de anchura de alma, distinto
de los avaros términos que miden
las tareas del día.
Yo soy el único espectador de esta calle;
si dejara de verla se moriría.
(Advierto un largo paredón erizado
de una agresión de aristas
y un farol amarillo que aventura
su indecisión de luz.
También advierto estrellas vacilantes.)
Grandiosa y viva
como el plumaje oscuro de un Ángel
cuyas alas tapan el día,
la noche pierde las mediocres calles.