Cuchitril Literario

Noviembre 4, 2008

José María Merino. Leyendas españolas.

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Ediciones Temas de Hoy, 2000. 326 páginas.

José María Merino, Leyendas españolas
La otra memoria

No es la primera vez que aparece en el Cuchitril José María Merino como antologista. Ya reseñé en su momento Cien años de cuentos, monumental antología del cuento español en el que no faltaba casi nada.

En esta ocasión se ha dedicado a recopilar casi dos centenares de leyendas españolas que, por una u otra razón, me parecen memorables. La intención ha sido ser fiel, en la medida de lo posible, a la fuente tradicional y reescribir lo mínimo para no hacer literatura con ellas. El esfuerzo ha merecido la pena.

Agrupadas bajo diez epígrafes que van De fundaciones, caudillos y pérdidas a De aventuras y sueños disfrutaremos con historias que en muchos casos serán conocidas de nuestros mayores pero que cada vez más van cayendo en el olvido. Los cuentos de Viriato, Hércules o Don Rodrigo, el por qué de los nombres de algunas calles, qué misterios se esconden detrás de muchas fuentes de nuestra geografía, tesoros mágicos, brujas malvadas y castizos hombres-lobo. Una rica selección de historias que no han perdido la capacidad de maravillarnos.

Leyendas que no merecen caer en el olvido.

Escuchando: Se vale to-to. Calle 13.


Extracto:[-]

SANTO DOMINGO DE LA CALZADA

Nacido casi al hilo del año 1000, fue santo Domingo en su existencia mortal un hombre humilde e insignificante. Tanto que, según aseguran los cronistas, ningún monasterio lo quiso admitir para ser fraile, al menos hasta después de muchos años, cuando su conducta resultó bien conocida como ejemplo de vida piadosa.

Su vocación para el ejercicio de la caridad era muy grande y Domingo, al margen del mundo eclesiástico, se construyó una choza junto al camino de Santiago y dedicó todos sus esfuerzos a ayudar a los peregrinos, arreglando las sendas, mejorando los pasos difíciles, tendiendo puentes y, con el paso del tiempo, fundando comedores y refugios.

Muchos años después de muerto aquel santo caminero, en una posada al borde del camino, entre el burgalés Belorado y la riojana Nájera, sucedió su milagro más famoso.

Llegó a la posada un matrimonio alemán que en compañía de su hijo peregrinaba hacia Santiago de Compostela desde su lejano país. El hijo era un mozo esbelto y rubio y, al verlo, una de las mozas de la posada se sintió irremediablemente atraída hacia él. Que la atracción era fatal lo demuestra el comportamiento que tuvo la moza más adelante en el caso. Aquella noche, sin más preámbulos, fue a visitar al mozo en su cámara, y parece que se metió en su lecho dispuesta a tener con él amorosa comunicación. Mas el mozo, sea porque durante la peregrinación quería mantenerse casto, sea por cualquier otra razón o por la simple causa de encontrarse muy fatigado, rechazó sin contemplaciones los arrumacos y la disposición de entrega de la moza.

La muchacha se sintió tan despechada por el desprecio del joven alemán, que imaginó una venganza a la altura de su ira. Y como la malicia es capaz de nutrirse, para su ejercicio, hasta de los más sagrados ejemplos, debió de recordar, por haberlo oído en algún sermón, la historia de José y sus hermanos, y la de aquella copa que él mandó esconder entre las pertenencias de ellos. Es el caso que la posadera tenía, como el tesoro de su ajuar, un vaso, taza o cuenco de plata que había heredado de un abuelo suyo. La moza se hizo con el vaso y lo escondió en la mochila del joven alemán. Cuando los peregrinos hubieron seguido su camino y el vaso fue echado de menos por su dueña, la joven urdió los embustes precisos para que los agentes de la justicia fuesen en busca de los alemanes y, tras registrar su impedimenta, encontrasen el vaso escondido.

El joven fue acusado de ladrón y, sin que sirviesen de nada sus protestas y sus juramentos de que era inocente, el juez lo mandó ajusticiar. Fue ahorcado al alba del siguiente día, y su cuerpo, como ordenaba la ley, quedó colgado entre los cuerpos de otros ahorcados que permanecían en el patíbulo, las cuencas vacías y los rostros y las manos despellejadas por la voracidad de las aves carroñeras, para aviso y escarmiento de maleantes.

Los padres del joven siguieron su camino hacia Santiago, llenos de dolor, y consiguieron cumplir su voto de peregrinos. Al regreso de Santiago, los tristes padres quisieron ver el terrible lugar donde debía permanecer el cuerpo de su hijo. Cuando llegaron ante el patíbulo, entre un revolar de cuervos y urracas, descubrieron que el cuerpo se conservaba incólume, con color en las mejillas y el aire de estar dormido y no muerto.

El ahorcado les sintió llegar, abrió los ojos y les sonrió. Luego, con voz tenue pero serena, les dijo que no estaba muerto, gracias a santo Domingo que, invisible, permanecía junto a él desde el momento de la ejecución, sujetando sus piernas para que el peso del cuerpo no hiciese correr y ajustarse a su cuello el nudo de la soga que debía haberlo estrangulado.

Con mucha alegría y esperanza, los padres del joven acudieron al merino para informarle del prodigioso suceso y pedirle que ordenase soltar al joven. Era la hora del almuerzo y el merino se disponía a engullir dos rollizos pollos asados. El merino escuchó cortésmente lo que los padres del joven le contaron, pero luego, tras ajustarse al cuello la servilleta, aseguró con firme convicción que aquel hijo ahorcado de que hablaban estaba tan vivo como los dorados pollos que había delante de él. En aquel momento, aquellos cuerpos hechos ya vianda por la virtud de la manteca y del horno, se pusieron torpemente en pie y, descabezados y cojos como estaban, saltaron tambaleantes de la mesa y hay quien asegura que escaparon por la puerta cacareando.

En el interior de la catedral de Santo Domingo de la Calzada se recuerda este milagro, y en una jaula hay siempre un gallo y una gallina tan vivos como aquel joven ahorcado que, con la ayuda del santo justiciero, pudo terminar felizmente su peregrinación.

Diciembre 15, 2005

[*] José María Merino. Cien años de Cuentos.

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Editorial Alfaguara 1998, 1999. 575 páginas.

Para chuparse los dedos

Este, junto al de Zarraluki, son los libros que cogí de la biblioteca. Si el de Zarraluki me encantó por méritos propios, la monumental selección que propone Merino me encanta por méritos propios y ajenos. De José María Merino tengo leído ‘Cuentos del reino secreto’, que me recordaron a Michael Ende, y si su labor como escritor me dejó buen sabor de boca, su tarea como seleccionador de esta antología me ha dejado la boca abierta.

Cien años de cuento nada menos, desde 1898 hasta 1998. Una selección cuidada y representativa de una gran cantidad de autores, que reflejan una excelente variedad estilística y temática. Exceptuando uno nacido en Francia y otro en cuba, todos los autores son españoles, así que no esperen encontrar a ningún maestro de la narrativa hispanoamericana; esa selección es todavía un trabajo pendiente.

La antología está ordenada, con buen criterio, por el orden de nacimiento de los autores, y no por el orden de publicación de los cuentos, aunque este dato suele figurar al final de los mismos. Uno siempre se pregunta si el antologista ha escogido con buen criterio; una buena prueba es comprobar si coincide con nuestro gusto. Que de Ana María Matute haya escogido el excelente cuento ‘Pecado de omisión’ me da confianza; yo también lo hubiera elegido.

Para saborear con tiempo, no como un servidor que lo devoró cual lepisma durante un viaje en autobús, no es muy caro (unos 21 €) para la cantidad y calidad de su literatura. Es un placer releer cuentos de autores conocidos y descubrir a desconocidos. Imprescindible en cualquier biblioteca.

Para que no se diga, dejo aquí el listado completo de los cuentos que conforman este volumen:

El amor que asalta
miguel de Unamuno

Malpocado
Ramón María de Valle Inclán

Golpe doble
Vicente Blasco Ibáñez

Lo desconocido
Pio Baroja

La mariposa y la llama
José Martínez Ruiz, Azorín

El muñeco de trapo
Jose María Salaverría

El hombre de la barba negra
Eduardo Zamacois

La doncella de oro
Gabriel Miró

Ejercicios Espirituales
Manuel Bueno

Don Paciano
Ramón Pérez de Ayala

El nefasto parecido
José Francés

Soina
Wenceslao Fernández Flores

Drama obscuro
Alfonso Hernández Catá

Eucaristía
Antonio de Hoyos y Vinent

El jardinero extático
José Moreno Villa

La tía Marta
Ramón Gómez de la Serna

Película
Benjamín Jarnés

Cuando, por fortuna, se tienen ‘cosas’
Tomás Borrás

La viuda de los Meyer (una historia de amor)
Jacinto Miquelarena

El testamento
Arturo Barea

Reo de muerte
José Díaz Fernández

El genio de la noche y el genio del día
Rosa Chacel

Juana Rial, limonero florido
Rafael Dieste

El único amigo
Edgar Neville

El buitre
Ramón J. Sender

Un astrónomo
Andrés Carranque de Ríos

La ingratitud
Max Aub

El misántropo
Samuel Ros

The Last Supper
Francisco Ayala

El comodoro
Gonzalo Torrente Ballester

Visita irreprochable
Manuel Andújar

Culpemos a la primavera
Camilo José Cela

Pasado mañana
Alonso Zamora Vicente

Concierto desesperado
Vicente Soto

Hotel Florida, Plaza del Callao
Juan Eduardo Zúñiga

Paulina y Gumersindo
Francisco García Pavón

El refugio
Miguel Delibes

Rosamunda
Carmen Laforet

El mar
Carlos Edmundo de Ory

Coro
Ramiro Pinilla

Elpozo encerrado
Antonio Pereira

Los hombres del amanecer
Ignacio Aldecoa

La trastienda de los ojos
Carmen Martín Gaite

Cuento de estío
Medardo Fraile

Pecado de omisión
Ana María Matute

Día de caza
Jesús Fernández Santos

La bruja de la calle Fuencarral
Alfonso Sastre

Los caballos
Jorge Ferrer Vidal

Syllabus
Juan benet

Recuerdo de un día de campo
Juan García Hortelano

Morgazo
Antonio Martínez Menchén

El Noroeste
Fernando Quiñones

Los ojos del niño
Daniel Sueiro

Cara y Cruz
Juan Goytisolo

Desembarazarse de Crisantemo
Gonzalo Suárez

La excursión

Francisco Umbral

Terror de Año Nuevo
Manuel Vicent

Testigo imparcial
Ricardo Doménech

El castillo en llamas
Ana María NAvales

Un encuentro
Javier Alfaya

Un relato corto e incompleto
Álvaro Pombo

Un cuento pequeño, hálito de penumbra
Elena Santiago

El gran Buitrago
juan Pedro Aparicio

A través del tabique
Marina Mayoral

Hotel Bulnes
luis Mateo Díez

Livingstone
Manuel Longares

El reloj de Bagdag
Cristina Fernández Cubas

Instantáneas
Jose María Latorre

El hombre que salía todas las noches
Juan José Millás

El origen del deseo
Soledad Puértolas

Nunca voy al cine
Enrique Vila-Matas

La ponedora
Gustavo Martín Garzo

Vacaguaré
Luis León Barreto

Diario Corrupto
Manuel de Lope

En el viaje de novios
Javier Marías

Retrato de familia
Roas Montero

El señor Link visita a un autor
Paloma Díaz Mas

El puentecito
Jose Antonio Millán

Los guerreros de bronce
Pedro Zarraluki

Teoría de la eternidad
Javier García Sánchez

No se mueve ni una hoja
Julio Llamazares

El hombre sombra
Antonio Muñoz Molina

Juicio Final (aldo Pertucci)
Agustín Cerezales

De un espía paradójico y de lo bien pagado que estaba
Adolfo García Ortega

Amor de madre
Almudena Grandes

Los mundos lejanos
Felipe Benítez Reyes

Cotidiana
Francisco javier Satué

Velocidad de los jardines
Eloy Tizón

Las musarañas
Juan Bonilla

Señoritas en sepia
Juan Manuel de Prada

(Un día, un libro 249/365)
Escuchando: Girls. Josmar