Cuchitril Literario

Octubre 10, 2008

Bruce Sterling. Distracción.

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La factoría de ideas, 2001. 396 páginas.
Tit. Or. Distraction. Trad. Domingo Santos.

Bruce Sterling, Distracción
Política circense

Mi amigo Mon me dio un chivatazo: en Gigamesh estaban saldando ejemplares de la colección Solaris de La Factoría de ideas. Allí que me fui a ver que pescaba… desgraciadamente, poca cosa, porque lo que había ya lo tenía o no me interesaba. Compré este libro porque me gusta el ciber punk y Bruce Sterling es uno de sus mejores exponentes.

Estamos en 2044 y los Estados Unidos de América han cambiado mucho. El gobierno federal no tiene el poder de antaño, el ejército cobra impuestos revolucionarios y las ciudades son de propiedad privada. En este ambiente se mueve Oscar Valparaíso, un experto jefe de campaña que acaba de llevar al senado a su candidato Alcott Bambakias. Claro que, una vez conseguido su objetivo él y su equipo están de más, así que les darán un destino en el Colaboratorio Nacional de Burna. Allí conocerá a Greta Penninger, una destacada neuróloga y su vida cambiará de objetivo.

El futuro está bastante bien construído, y la trama en general es bastante robusta. Me ha parecido poco creíble los recelos que provoca el protagonista por su extraño origen -que no revelaré por si alguien lee la novela-, aunque hoy en día para la sociedad de los Estados Unidos les resultan chocantes cosas tan normales como que una mujer de el pecho en público. Como buena novela ciberpunk que se precie hay un enorme despliegue de tecnología desquiciada y construcciones sociales extravagantes.

La novela está comentada en El archivo de Nessus y en Bibliópolis, de una manera más extensa que aquí, así que sólo comentaré mi acuerdo con la extraña traducción. O Domingo Santos ha perdido facultades, o los sistemas de corrección automática están haciendo mucho daño. Porque hay muchas cosas que dañan a la vista y uno no sabe si las últimas novelas de ciencia ficción que ha leído tienen el mismo estilo porque los autores se parecen o porque cada vez se cuidan menos las traducciones. Tendremos que aprender inglés.

Entretenido; buenas ideas pero, en definitiva, poca profundidad. Lo que puede ser un fallo porque parece que hay una intención de crítica política que no acaba de cuajar.

Escuchando: The First Rumours of Spring. The Montgolfier Brothers.


Extracto:[-]

Cruzaron la frontera de Texas en el pegajoso calor de la noche. El equipo se hartó de langostinos asados calientes y cola de caimán frita, todo ello rematado con, al parecer, interminables rondas de hurricanes batidos y llameantes cafés al brandy. La comida en los casinos cajún era de alcance épico. Incluso alardeaban de interesantes precios especiales para autobuses turísticos.

Había sido una buena idea pararse a comer algo. Osear pudo captar que el humor de su público en miniatura había cambiado radicalmente. El equipo se lo había pasado realmente bien. Habían sido informados repetidamente de que se hallaban en el estado de Luisiana, pero ahora podían sentir ese hecho en sus intensamente coagulados torrentes sanguíneos.

Aquello ya no era Boston. Aquello ya no era el sórdido final de la campaña de Massachusetts. Estaban viviendo en un interregno y quizá, de algún modo, si simplemente creías, en el inicio de algo mejor. Osear no podía sentirse mal acerca de aquella vida. No era una vida normal y nunca lo había sido, pero ofrecía retos muy interesantes. Estaba ascendiendo hacia el siguiente reto. ¿Cuan mala podía ser la vida? Al menos estaban bien alimentados.

Excepto el atareado conductor, Jimmy, que era pagado específicamente para no beber, Osear fue la última persona despierta dentro del autobús. Oscar era casi siempre el último en dormirse, así como el primero en despertar, Oscar dormía muy poco. Desde los seis años había dormido normalmente unas tres horas cada noche.

Cuando era pequeño, simplemente permanecía tendido en silencio en la oscuridad durante aquellas largas horas extras de consciencia, complotando en silencio cómo manejar las locas extravagancias de sus padres adoptivos en Hollywood. Sobrevivir al maelstrom de dinero, drogas y celebridad de la casa de los Valparaíso había requerido una gran cantidad de concentrada previsión.

En su vida posterior, Osear había dedicado sus horas nocturnas de buho a cosas más prácticas: primero, el máster en Administración de Empresas de Harvard; luego, el arranque en biotecnología, donde había conocido a su durante largo tiempo contable y hombre de las finanzas, Yosh Pelicanos, y también a su fiel programadora/recepcionista, Lana Ramachandran. Los había conservado a los dos tras el fracaso de su primera compañía y durante los boyantes días de capital de riesgo en la Ruta 128. Los negocios encajaban perfectamente en los talentos e inclinaciones de Osear, pero pese a todo se había trasladado rápidamente al activismo político de partido. Una exitosa e innovadora campaña para el ayuntamiento de Boston habían llamado la atención de Alcott Bambakias hacia él. Luego siguió la campaña para el Senado de los Estados Unidos. La política se había convertido en su nueva carrera. El desafío. La causa.

Y así Oscar estaba despierto en la oscuridad, trabajando. En general terminaba el día con una anotación en su diario, un resumen de las opciones tomadas y los más importantes acontecimientos operativos. Esta noche transcribió sus cuidadosas anotaciones en la audiocinta de los bandidos de las Fuerzas Aéreas en la autopista. Envió el archivo a Alcott Bambakias, cifrado y etiquetado “personal y confidencial”. No había forma de saber si ese retazo del caos moderno en Luisiana llamaría la mercurial atención de su patrón. Pero era necesario mantener un firme flujo de noticias y opiniones a través de la red. Estar fuera de la vista del senador podía ser muy útil en algunos sentidos, pero salirse de su mente podía ser un craso error profesional.

Oscar compuso y envió una nota amistosa a través de la red a su amiga Clare, que vivía en la casa de él en Boston. Estudió y actualizó su archivo personal. Examinó y totalizó los gastos del día. Compuso las entradas cotidianas de su diario. Se sintió confortado por la fuerza de sus rutinas.

Se había encontrado con muchos reveses pasajeros, pero todavía tenía que enfrentarse a un reto que pudiera derrotarle de una manera concluyente.

Cerró su ordenador portátil con una sensación de satisfacción y se preparó para dormir. Dio vueltas en la cama, se agitó. Finalmente se sentó y abrió de nuevo su portátil.

Estudió el vídeo de los disturbios de Worcester por quincuagésima segunda vez.

Agosto 1, 2007

John Varley. El globo de oro.

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La factoría de ideas, 2006. 700 páginas.
Tit. Or. The Golden Globe. Trad. Domingo Santos.

John Varley, El Globo de Oro
Shakespeare interestelar

De John Varley recordaba con agrado su libro de relatos La persistencia de la visión, de una calidad difícil de encontrar dentro de la ciencia ficción, bien escritos, poéticos, con fuerza. Pero éste no es mi Varley que me lo han cambiado.

Sparky Valentine es un actor que vaga por el cosmos representando a Shakespeare y huyendo de unos matones que quieren matarle. Pero Kaspara Polichinelli, la mejor directora del universo, está haciendo audiciones para El rey Lear ¿Qué actor que se precie como tal podría resistirse? Mientras Sparky se dirige a su cita con el destino corriendo mil peripecias descubriremos que en el pasado fue una joven estrella controlada por un tiránico y excéntrico padre.

Novela de aventuras con fragmentos interesantes y alguna que otra idea buena. Nada que ver con el lirismo de La persistencia de la visión, esto es un best-seller puro y duro. Tiene el ritmo suficiente como para que el interés no decaiga, pero en contrapartida carece de un argumento propiamente dicho, y la sucesión de aventuras no conduce a nada. A destacar el homenaje a Heinlein al incluir un grupo llamado, precisamente, heinlenianos

Que el protagonista sea un actor ha hecho que me gustara más de lo que vale. Una buena lectura de verano que no tendrá sitio entre los clásicos de la ciencia ficción.

Escuchando: Corazon Rebelde. Osdalgia.


Extracto:[-]

Lo encontré en el estudio, sentado en la tercera fila con las manos unidas en pirámide delante de su rostro, observando con gran concentración lo que parecía ser un ensayo final con vestuario. El escenario estaba repleto de bailarines del coro con lentejuelas, zapateando hasta salírseles el corazón, mientras unas luces deslumbrantes los barrían desde arriba como dedos de ángeles. Hice una pausa para absorber todo aquello. Cuando las luces de la platea se apagan y las del escenario se encienden se crea un nuevo mundo, un mundo donde he pasado la mayor parte de mi vida. Es un truco mágico del que nunca me canso.

Reconocí de inmediato el espectáculo como Trabajando, la versión musical de El despertar de Finnegan que había sido un bombazo en su estreno en el Alameda de King City hacía cincuenta años. Sabía que había sido un bombazo porque yo había estado allí, en el papel de Cromwell. («Val Tiner se entrega con su competencia habitual en una producción más confusa que su material de origen.» — News Nipple.) Desde entonces Trabajando ha desarrollado todo un culto de seguidores. Yo mismo la revisita hacía tan solo diez años, esta vez en el papel protagonista de Humphrey Earwiclcer/Joyce, («Superretorcida. Ni Cristo se aclara. Ese tal Valentine ofrece un tal batiburrillo de actuación que ni él mismo se entera. De todos modos, el espectáculo es colorista. Solo eso.» —Arean Gazette.)

El estudio de Plutón es uno de los teatros cubiertos con el proscenio más grande del sistema. Su aforo es de veinte mil localidades, lo cual significa que los asientos más baratos se

hallan en una zona postal distinta, y lo bastante altos como para que te sangre la nariz. He estado en la última fila, y desde aquel punto parecía que estuvieras viendo Casa de muñecas representada por un circo de pulgas. Desde el escenario, puedes recitar casi todo el soliloquio de Hamlet antes de que el eco de tu voz reverbere el primer «ser o no ser» a tus atentos oídos.

Pero no se preocupen. La platea está rodeada por varios miles de pantallas de televisión, cuyo tamaño va de unas pocas pulgadas a veinte pies. La gente de la parte de atrás ve exactamente el mismo espectáculo que uno recibe desde el centro de la primera fila, y desde una mayor variedad de ángulos de cámara.

No es mi tipo de teatro, en absoluto. Denme un local de tres a cuatrocientas localidades y seré un hombre feliz. Dejen que sean mis propios correosos pulmones los que griten a los espectadores o les hagan inclinarse hacia adelante en medio de un silencio absoluto para captar mis susurradas palabras. Tío Roy me miró cuando me senté al extremo de la fila. Asentí con la cabeza y él sonrió brevemente, luego se puso en pie y empezó a caminar rápidamente de uno a otro lado al borde del foso de la orquesta, señalando a la gente y gritando cosas que no pude oír en medio del tronar de la música. El director frunció el ceño a Roy por encima del hombro, pero por aquel entonces ya debía de haber aprendido que era mejor no protestar. Hundió los hombros y siguió apuñalando el aire con su gran y resplandeciente batuta.