Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

diciembre 1, 2008

Esteban Gutiérrez. El Laberinto de Noé.

Filed under: Cuentos,Novela — Palimp @ 6:16 pm
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La tierra hoy, 2007. 294 páginas.
Esteban Guiérrez, El Laberinto de Noé
Laberinto de palabras

Esteban Gutiérrez Gómez tuvo la amabilidad de enviarme un ejemplar de este libro hace ya unos cuantos meses, y yo he tenido la descortesía de no escribir la reseña correspondiente. Excusas hay y no hace falta citarlas, pero mejor es solucionar la falta escribiendo ésto.

Martín parece haber tocado fondo y regresa al pueblo de su infancia. Su abuelo, una figura muy importante para él, ha muerto pero queda Julián, su mejor amigo. A través de él y de un particular duelo de relatos podrá descubrir la historia de su abuelo, su propia historia.

El grueso de la novela son los relatos que escriben los dos protagonistas, engarzados en la progresiva amistad que va surgiendo y el desvelamiento de lo sucedido en los últimos años del abuelo de Martín. Esto permite al autor mezclar relatos de muy diferente tema y factura sin que la estructura se resienta. La excusa proporciona un buen resultado.

La única crítica al método empleado es el comentario posterior que hacen los dos protagonistas sobre la calidad de los relatod que han escrito. Al opinar dentro de la ficción sobre la propia ficción puede chocar con la crítica del lector de ambas ficciones. Me explico. Si tras la presentación de un relato uno de los protagonistas opina que está bien escrito pero yo como lector no lo creo así se produce un choque. Me daba la impresión de que el autor quería imponerme su criterio.

Si dejamos de lado este detalle tenemos un buen libro de cuentos ¿O es una novela fragmentada? Como dice el autor, todo está inventado, pero todo puede ser diferente.


Extracto:[-]
Julián que hace una pausa, que aprovecha para servir otro café y secarse los ojos. Yo que no quiero dejar de oír su voz de rumiante.

-Noé se apenó. Le gustaba aquello, era como una aventura. Le poseyó el espíritu del anticuario, del buscador de tesoros. Entonces le propuse lo de Madrid. Yo conocía allí algunas librerías de viejo y todavía quedaba alguna trapería donde husmear. Por probar no pasaba nada, le dije mientras subíamos con las carretillas vacías hasta las montañas aquella mañana de verano. Él ni siquiera habló. Asintió levemente con la cabeza. Al día siguiente cogimos el tren hasta Madrid. Le dije que en las librerías de viejo había que actuar de otro modo, que no podía iluminar sus ojos al descubrir algo que le interesase, que hubiese estado buscando; que la luz en el iris aumentaba el precio de las cosas. Fue imposible. Nada más encontrar un Faulkner bilingüe, ingles-español, se puso colorado. Lo tuve que sacar de allí. Nos repartimos el trabajo y los botines. Para él, las traperías (Ferraz, Desengaño, San Blas); para mí las librerías de viejo (Huertas, Libreros, Mayor). Él a la rebusca. Yo mirando, anotando, consiguiendo encargos. Acabamos sabiendo de precios y acabamos sabiendo cómo comprar. Era fundamental ir con algo de lo que te interesa en la cabeza -el pañuelo empapado bajo los párpados, abierto y cerrado cientos de veces en dobleces simétricas y diferentes- y no dejarte llevar. Pero era tan difícil. Llegué a utilizar el olfato para descubrir libros.

Llegué a saber dónde había escondido un García Márquez, fruto de una travesía marítima, y lo diferenciaba con exactitud de perdiguero, de una compilación cuidada procedente de alguna sacristía o monasterio. Tenías que vernos. Indiana Jones era un aprendiz ante nosotros. Luego Noé encontró La Meca de los Libros. Estaba en una nave industrial rodeada de chabolas en el extrarradio de la ciudad, cerca del aeropuerto. Se dedicaban al reciclaje de papel. Se lo oyó decir a uno de los traperos que iba a cerrar el negocio. Ahora, con el reciclaje, estamos acabados. Era tan viejo como él, o más. Consiguió la dirección y para allí fuimos. No te puedes imaginar la cara del encargado al ver a dos abuelos mirándole con ojos lacrimosos -yo, ya sabes-, pidiéndole por favor que les dejase buscar entre aquellas morrallas de papel algo digno en literatura. No sabía si reír o vocearnos. El caso es que nos dejó, y cada viernes teníamos una cita en los arrabales de Madrid. Un triunfo. Pagamos a un gitanillo de los alrededores para que se subiese en lo alto de la montaña de papel y lanzase, ladera abajo, aquellos libros que conservaban los lomos y que eran aprovechables. No te digo más que tuvimos que apalabrar los viajes de vuelta desde la estación, cada viernes, con el taxista del pueblo. El maletero, por supuesto, a tope.