Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

junio 14, 2010

Ronaldo Menéndez. De modo que esto es la muerte.

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Lengua de trapo, 2002. 125 páginas.

Ronaldo Menendez, De modo que esto es la muerte
Islas y hambre

Acostumbrado a que los libros de la editorial Lengua de trapo que he leído tengan siempre un aire humorístico entre socarrón y surrealista me ha sorprendido la seriedad de esta colección de cuentos de Ronaldo Menéndez. El libro incluye los siguientes:

Primera parte: Hambre
Carne
Últimas escenas conyugales
ABC diario
Cerdos y hombres o El extraño caso de A

Segunda parte: La isla de Pascalí
La verticalidad de las cosas
La isla de Pascalí
Eguereguá, la potencia
De modo que esto es la muerte

Hambre y muerte aparecen más o menos directamente en todos los relatos, algunos -como el primero- de una crudeza extraordinaria. La calidad media de los relatos es alta, lo suficiente para haber ya comprado otro libro del autor. Recomendable.


Extracto:[-]

Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, pude haber pensado. Y eso que Yeni pertenecía al oriente de la isla, donde la sinceridad ortogonal del sol y la irresponsable costumbre de no aplicarse cremas (pues no las hay) garantizan cierta condición apergaminada de la piel. Imagino que Yeni tenía algo de mulata, aunque no se notara a simple vista. Para percibirlo se necesitaba una mirada activa, es decir, cerrar los ojos, desnudarse y hacer contacto con su carne. Con la brutalidad de las maniobras de su carne. En honor a la verdad, no puedo afirmar que aquella noche troté el mejor de los caminos, ni siquiera que mi potra era de nácar (pues ya se sabe que tenía algo de mulata), ni siquiera que se trató de algo extraordinario. Peculiar. Esa es la palabra exacta. Llegamos a su cubículo, donde un interruptor quebró la penumbra con una luz que parecía gastada como una ropa vieja. Ella enseguida tiró su ropa, que no era más que aquel vestido a cuadros, pues mi vista cayó al instante en la mancha de su sexo sin ropa interior. Nunca hubiera imaginado este atrevimiento. Sacarse la ropa de un solo golpe contra la luz de mi vista, casi fríamente. Andar por las calles con un vestido que la mantenía descubierta. Fue necesario apagar la luz para que las otras internas no saltaran del sueño aburrido a la fruición gratuita de un sex show. Aunque de show hubo muy poco: Yeni ardía sobre la cama, pero sólo eso. Yo estaba acostumbrado al sexo sofisticado de las muchachas de una Escuela Superior, filósofas del amor libre, barrocas en el preludio, cubistas durante el recorrido, y en el climax puro expresionismo abstracto. Lo de Yeni tenía más que ver con el realismo limpio. Apenas nos acariciamos levemente en vertical, ella cayó sobre la cama como si se tratara más bien de un examen clínico, hecha un temblor de carne, y se hizo penetrar.

febrero 18, 2010

Iban Zaldua. Porvenir.

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Lengua de trapo, 2005. 190 páginas.
Tit. Or. Etorkizuna. Trad. Iban Zaldua.

Iban Zaldua, Porvenir
Futuro inamovible

Leí Si Sabino viviría y aunque me gustó no me pareció para tanto. Lo seguí leyendo (Mentiras, mentiras, mentiras) un poco a la contra pero he acabado cogiéndole cariño. Con este libro ha acabado de convencerme.

Publicado en euskera originalmente el propio autor se ha encargado de traducir los siguientes relatos:

El sofá
La cosa no tiene remedio
La Bella Durmiente: una historia económica
La fábrica, o a, e, i, o, u
Adulterio
Lo único que cambia
El Gargantúa
Siete cosas
La Mancha
La solución al problema de la vivienda
Viaje de verano
Gusanos de seda
El doctor Iriarte
Primero de mayo
Rostro
Porvenir
Unidos por dos temas; la imposibilidad de cambiar el futuro -o el pasado- con incursiones en la ciencia ficción y la ruptura de las parejas. Combinados dan un tono sombrío y desesperanzado al conjunto.

El sofá o La Mancha nos hablan de crisis de parejas. La Bella Durmiente: una historia económica da una vuelta de tuerda al cuento clásico en tiempos de crisis. La solución al problema de la vivienda mezcla elementos de ciencia ficción con la dureza de un divorcio. Si La cosa no tiene remedio explora la posibiildad de cambiar el pasado, en Rostro se nos habla de lo inexorable del futuro.

Además, tiene una característica que me gusta en un libro. Sus cuentos te siguen viniendo a la cabeza después de leídos, te acuerdas de ellos. Señal de que en algún sitio de tu cabeza han encontrado aposento.

Otra particularidad. En la contraportada aparece el siguiente texto:

« Y tú… ¿de dónde has salido?». «Vengo del porvenir para matarte». «Pero. .. ¿quién eres?». «Soy tu nieto, que no ha nacido aún». «¿Y por qué quieres matarme?». «Porque eres un criminal de guerra». «¿No te das cuenta de la paradoja? Si me matas tú nunca llegarás a nacer». «Ya lo sé: de hecho, hace tiempo que tomé la decisión de suicidarme». «Espera…». «No queda tiempo…». Disparo dos veces y el cuerpo del oficial, mi abuelo, se desploma sobre el barro. Pero no me he desvanecido. El fragor de los cañonazos resuena cada vez más cerca. Me siento en el fondo de la trinchera y pienso en la extraña manera que he tenido de saber que el abuelo no era, en realidad, el padre de mi padre.

Que imaginaba fragmento de cuento. Pero no aparece en todo el libro, así que tenemos que considerarlo un microcuento independiente.


Extracto:[-]

Érase una vez, en un reino muy lejano, un rey y una reina que veían pasar los días con gran tristeza porque no lograban tener descendencia. Finalmente, después de mucho rogar a los cielos, su deseo se vio cumplido y la reina dio a luz a una hermosa niña. Los monarcas, entonces, organizaron una gran fiesta para celebrar el acontecimiento y llamaron a todas las hadas del reino para que amadrinaran a la recién nacida. Siguiendo la costumbre, cada una de las hadas concedería un precioso don a la criatura, pero en el transcurso de la ceremonia hizo su aparición una anciana hada a la que se habían olvidado de invitar, la cual, enfurecida, en lugar de otorgarle una gracia le lanzó una terrible maldición: «Al cumplir los dieciséis años se clavará en el dedo el huso de una rueca y morirá»; por fortuna, una joven hada que aún no le había ofrecido su regalo a la pequeña, pudo añadir sin demora: «No morirá; la princesa se quedará dormida durante varios años y el beso de amor de un príncipe la despertará».

El rey, pese a todo, quiso proteger a su hija de la desgracia y publicó un edicto ordenando la destrucción de todas y cada una de las ruecas que hubiera en el reino. Las protestas de los gremios de los hilanderos, de los tejedores, de los pelaires y de las guildas de mercaderes fueron infructuosas: quien conservara una rueca perdería la cabeza, y sólo quien voluntariamente entregara las suyas podría acceder a la compensación monetaria prometida por la corona.

Las consecuencias de la medida se dejaron sentir inmediatamente: mientras la princesa crecía alegre y feliz, la pañeríadel reino, famosa en toda la cristiandad, se sumió en una gran decadencia. Los hilados de lino, algodón y lana tuvieron que importarse de otros lugares, lo que elevó los costos de producción y dañó gravemente la competitividad de los paños fabricados en el reino. Tras la práctica desaparición del oficio de hilandero, los telares fueron parándose uno a uno; los productos extranjeros, más baratos, invadieron el país, y el paro y la mendicidad crecieron sin tasa en las ciudades.
La hacienda del reino sufrió pronto las consecuencias: por una parte, la recaudación de los impuestos sobre la producción artesanal se desplomó, tanto que el aumento de los ingresos por los aranceles sobre la importación fue incapaz de compensar las pérdidas; y, por otra, las ayudas pecuniarias solicitadas por todos los hilanderos, tejedores, pelaires, bataneros, tintoreros, arrieros, tenderos y trabajadores de otros tantos oficios que habían caído en el paro —y que, conforme a lo que magnánimamente había prometido el rey, se concedieron sin dilación— vaciaron en poco tiempo las arcas reales. El estado tuvo que recurrir a préstamos y asientos de los grandes banqueros de Genova, Augsburgo y Amberes, pero eso no hizo sino agravar el desequilibrio financiero del reino: como garantía del pago de los intereses, tuvo que recurrirse a la exportación masiva de lana, mineral y otras primeras materias, aumentando la dependencia exterior de la economía nacional y, en un segundo momento, a instancias de los acreedores, se suspendieron los subsidios concedidos a todos los afectados por la orden de destruir las ruecas; a la mañana siguiente estalló una revuelta en el distrito de los menestrales de la capital, la primera de las muchas que prenderían los siguientes años. La princesa, entre tanto, había cumplido ya los quince años y, un día, aprovechando que el rey se había ausentado para aplastar un alboroto en alguna región del reino, decidió explorar un ala del palacio que no conocía. Allí, en una habitación abandonada y llena de polvo, encontró a una anciana sorda que no sabía nada de la prohibición del rey, sentada frente a una extraña máquina que no reconoció: la princesa no podía saber que se trataba de una rueca, porque jamás había visto una, y en cuanto, impulsada por la curiosidad, la tocó, se pinchó en un dedo con un extremo del huso y cayó al suelo profundamente dormida. Aquel sueño extraño no restó ni brillo ni color, sin embargo, a las mejillas de la princesa.

Al saber aquello, el hada que acertó en atenuar la maldición dejó su morada y se dirigió hacia el palacio real, con la intención de encantar y adormecer todo el reino, para que así, al romperse la maldición, la princesa encontrara todo tal y como lo había dejado. Pero no pudo cumplir su designio: los representantes del Fondo Monetario Internacional y la junta de acreedores, del estado no podían admitir, en aquella situación, que la actividad económica del reino se detuviera ni siquiera por un instante, y ordenaron deportar al hada. Es más, previendo que la Bella Durmiente podría llegar a convertirse en una excelente atracción turística, en pocos meses se llevó a cabo la construcción de un parque temático alrededor de la cúpula de cristal que protegía a la princesa. Pero los ingresos de dicho parque tampoco fueron suficientes para disminuir el monto de la deuda externa del reino. Lo cierto es que ocurrió justamente lo contrario, tal y como continúa ocurriendo hoy en día.

Han pasado muchos siglos desde entonces, y allí sigue la princesa, siempre dispuesta a ser visitada. Hace poco que he estado, y puedo jurar que, como afirman los prospectos turísticos, los colores de su rostro siguen siendo tan vivos como el primer día.

La Bella Durmiente sigue esperando el beso de amor de un príncipe. Pero no parece que haya en el mundo nadie que sueñe con convertirse en rey consorte de un país tan en decadencia como este.

febrero 8, 2008

Rafael Reig. Guapa de cara.

Filed under: Novela — Palimp @ 10:29 am
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Editorial Lengua de Trapo, 2004. 219 páginas.

GuapadeCara
Mi vida como fantasma

En enero leía esta entrada de ReginaIrae y ya me llamó la atención el autor. Lo primero que encontré fue Sangre a borbotones, ya reseñada por aquí y en la biblioteca encontré este libro, ambientado, al igual que el anterior, en un Madrid inundado y navegable, una España ocupada por los Estados Unidos y un mundo en el que el petróleo está agotado.

En ese escenario encontramos a la escritora Lola Eguíbar, que acaba de morir de un tiro y que deambula como fantasma acompañada de Benito Viruta, un niño repelente incapaz de amar que es el protagonista de sus libros infantiles. Para averiguar quien ha ordenado su muerte vagará entre los protagonistas de la historia, incapaz de actuar pero con la ventaja de observar sin ser vista.

Como soy un ignorante me acabo de enterar de que Reig tuvo mucho éxito con la novela Sangre a Borbotones. No es de extrañar que repita ambiente e incluso algún que otro personaje. Pero dónde allá seguía el esquema típico de novela de detectives aquí intenta ser más intimista. Nos encontramos menos explosiones verbales y más comedimiento en las referencias literarias, aunque por suerte no desaparecen del todo. Lamento decir que el final -como en la otra novela- también me decepcionó un poco, y además es el mismo -o parecido-.

No me ha gustado tanto como Sangre…, es menos divertido y no tan original, pero virtudes no le faltan. Yo de momento ya he hecho propósito de seguir leyendo todo lo que encuentre de Rafael Reig. Les animo a hacer lo mismo.

Escuchando: Danza Germana Op 33. Schubert.


Extracto:


Ahora me doy cuenta de que a mí, de pequeña, me hacían mucha ilusión cosas que luego he comprobado que en realidad estaban al alcance de cualquiera: tener carnés con foto y firma, saber los nombres de las calles, viajar en metro.

O ser norteamericana, como lo somos todos desde hace años.

O ser hombre, sin ir más lejos.

El problema era que mis dos deseos tenían que cumplirse a la vez, pues no le veía ni la más mínima gracia a convertirme en chico, por ejemplo, pero sin hacerme mayor. Entonces me quedaría durante los recreos jugando al churro mediamanga mangotero. O mucho peor todavía, la opción B: acabar siendo de la noche a la mañana eso que llaman «una mujer de mediana edad». Muchas gracias, pero no: o las dos cosas o ninguna. Para eso que me quede como estoy, Virgencita. Mejor seguir así, alimentándome de flashgolosinas y bocadillos de mantequilla con azúcar, con la falda escocesa y la pulsera de plástico que exige ver pasar por la calle cinco embarazadas, cuatro cojos, tres calvos, dos niños en carrito y una mujer con sombrero, porque entonces y sólo entonces se cumplirá el deseo que he pedido en secreto, con los ojos cerrados, mientras Marisol, mi mejor amiga, me la anudaba a la muñeca.

—Pide un deseo, Lolita.

¿Un solo deseo? ¿Uno sólo?

Con un solo deseo, yo nunca he tenido suficiente. No quepo en un deseo. Soy como las nueces: es imposible abrir una sola con las manos. Para partir una, hay que apretar dos juntas. Para alcanzar el fondo de mi corazón, yo también necesitaba que se cumplieran dos deseos, apretados el uno contra el otro.

Al final ha sucedido lo que más miedo me daba, la espantosa opción B: me hice mayor sin llegar a ser chico, lo que acabó por convertirme en una «mujer de mediana edad», una de tantas mujeres fáciles en una edad difícil.

Y todo esto para acabar asesinada en mi propio domicilio, ¡las vueltas que da la vida!
Los freudianos de obediencia estricta, como mi padre, aseguran que a partir de los seis años nada importante sucede en la vida de una persona. Nada en absoluto. Solo vuelve a pasar lo mismo una y otra vez, pero con otro decorado. La misma película con otros actores, como en uno de esos remakes de los clásicos que hacen en Hollywood.

No lo sé, no tengo recuerdos de infancia. Soy como uno de esos contestadores automáticos en los que los mensajes entrantes se graban encima de los antiguos. Cada acontecimiento nuevo ha ido borrando un recuerdo para ocupar su sitio.

Sin embargo, el argumento de la película ha sido siempre el mismo: no hay nada de-mi tamaño. No quepo en nada, salvo en la vida.

Seguir viva, por encima de todo, contra todos y contra mí misma. Vivir, ese ha sido siempre mi único deseo, adoptar la forma del recipiente que me contiene.

agosto 10, 2007

Iban Zaldua. Mentiras, mentiras, mentiras.

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Ediciones Lengua de Trapo, 2006. 224 páginas.

Iban Zaldua, Mentiras, mentiras, mentiras

En el conflicto

Ya comenté en esta entrada que Si Sabino viviría no me había acabado de convencer. No porque el libro sea malo ¡ojo!, sino porque me parecía que los medios lo habían sobrevalorado. Tenía ganas de leer La isla de los antropófagos pero como no lo encontré me llevé a cambio esta colección de cuentos cuyo tema me fascina: la mentira.

Cada uno de los 27 cuentos está bajo un epígrafe diferente: Simulacros, embustes… Esta vez no puedo dejarles la lista completa, porque devolví el libro a la biblioteca sin apuntarlo antes. Prometo que lo buscaré.

El estilo se asemeja mucho a Manuel Rivas, cambiando Galicia por el País Vasco. No todos los cuentos tienen la misma altura, pero el conjunto es bastante homogéneo y merece la pena. Sus mejores bazas son el suave lirismo que todas las narraciones tienen de fondo y el retrato -en ocasiones excelentemente certero- de la sociedad vasca. Olviden los chistes y excesos de Cosmic Josemi; aquí se está hablando en serio. Desde la evocación nostálgica de una paz inexistente de Amsterdan, Florencia (reproducido al final) hasta la oportunidad recuperada de Zen. Muchos de los cuentos quedan, maduran en el lector.

Escuchando: How can You Mend a Broken Heart. Al Green.


Extracto:[-]

Amsterdam, Florencia

Me he estado tomando unos vinos con Iñaki hasta las tres y cuarto, a la búsqueda y captura de los mejores pinchos de la Parte Vieja de San Sebastián. Pero el chacolí no me ha ayudado a convencerle de que me acompañe a la manifestación contra los últimos asesinatos de ETA. Que su novia de Hernani le había prometido que esta tarde harían siesta, y que no le iba a fallar. No le he insistido demasiado: de haber recibido yo una oferta como esa, también habría mandado a la porra cualquier manifestación.

Cojo el coche y me pongo en camino, solo, a Vitoria. Pensando que si me hubiera quedado en casa me habría sentido aún peor. Si al menos terminaran de una maldita vez las obras del puerto de Etxegarate…

Llego bastante tarde a Vitoria y tengo problemas para aparcar. Me dirijo a la plaza de la Constitución después de preguntar a unos transeúntes. No hay pérdida: numerosos grupos de personas van hacia allí. Para cuando entro en la plaza llena de gente, son las cinco y veinte. Me asusto un poco: demasiadas pieles y corbatas y Loewe para mi gusto, algunos gritos contra la televisión vasca y el lendakari. Incómodo, voy deprisa hacia la cabeza de la manifestación, hasta encontrar una densidad suficiente de forros polares e ikurri-ñas. Sin pensármelo dos veces, me meto entre la gente.

Estoy rodeado de peneuvistas de todas las edades; por la forma de hablar, parece que todos son del mismo pueblo o, por lo menos, de la misma zona. A mi derecha hay unas mujeres que pronuncian continuamente el nombre del lendakari, como si creyeran que la letanía pudiera llegar a tener efectos taumatúrgicos. Delante tengo a una cuadrilla de jóvenes, vestidos como para irse directamente a For-migal en cuanto termine la manifestación. Detrás, una pareja de ancianos con boina conversan. «Si puedo ayudaros en algo… ¿Se le puede visitar? ¿Reconoce a la gente?». «Lo peor vendrá después. No le hemos dicho nada sobre su verdadero estado. Cuando lo saquemos del hospital…, entonces vendrá lo peor». «Me gustaría estar con él. Son ya muchos años, pero, bueno, éramos grandes amigos, antes de que pasara aquello…». «Lo llevaremos a nuestra casa: no puede seguir viviendo solo. La mujer ya tiene todo preparado: el gotero, el orinal, las ampollas de morfina… Lo meteremos en la habitación de la hija». «Dale recuerdos, por lo menos».

En eso, la mirada de Mikel se cruza con la mía. No lo veía desde nuestros tiempos de facultad y parece estar tan despistado —o sorprendido, o hastiado— como yo. Está en la acera, quieto, como si esperara algo. Lo saludo, esperanzado, y enseguida viene hasta donde estoy. Reproducimos, sin obviar uno solo, los ritos de encuentro entre antiguos compañeros de estudios que no se han visto durante largo tiempo. Luego callamos. Hacemos unos metros más con la manifestación, sin saber cómo seguir. «Tú eras de aquí, ¿no? —me lanzo finalmente—. Sabrás de algún bar donde podamos meternos…». «¡No voy a saber! —responde Mikel—. La verdad es que yo estaba pensando lo mismo…».

Dejamos la manifestación y torcemos hacia el casco antiguo por las calles vacías de la ciudad. Mikel me conduce a una pequeña plaza que recuerdo vagamente. En una esquina hay un bar con pinta de garaje. Mikel me dice que espere fuera, que él sacará las cervezas. Hace buen tiempo y hay que aprovechar, dice.

Me siento en un banco que está junto a una fuente de aspecto antiguo. Desde aquí puedo ver toda la plaza: las fachadas restauradas, pintadas de rojo y de amarillo y de naranja claro, las galerías blancas, los tejados torcidos, un palacio de formas renacentistas, los colores del arco iris en la estrecha bandera colgada del tendedero de un tercer piso.

—Me encanta este rincón —me dice Mikel al pasarme el botellín de Voll-Dam—. Miras alrededor y no parece que estés aquí. A veces, si cierras los ojos un instante, te puedes creer que estás en Amsterdam. O en Florencia. La ilusión dura hasta que me acabo la cerveza, a veces.

Le doy un trago largo a mi cerveza y cierro los ojos. Espero unos segundos antes de abrirlos de nuevo. A mis oídos llega, de lejos, el murmullo indistinguible de las manifestaciones y los helicópteros.

junio 4, 2007

Wang Shuo. Haz el favor de no llamarme humano.

Filed under: Novela — Palimp @ 9:59 am
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Ediciones lengua de trapo, 2002. 316 páginas.
Tit. Or. Qianwan bie ba wo dang ren. Trad. Gabriel García-Noblejas

Wang Shuo, Haz el favor de no llamarme humano
Superhombre postmoderno

Si normalmente limito mis lecturas al ámbito hispanoamericano por aquello de evitar la traducción, mucho menos buceo en literaturas más o menos exóticas, como puede ser la china. Pero este libro me llamó la atención. Tal como reza la publicidad es mordaz, satírico, Punk-lit… bueno, tenía que averiguar que había de cierto.

China ha sido derrotada en los juegos olímpicos de Seul, y el Comité Nacional por la Movilización Popular está empeñado en limpiar esa mancha. Para eso han mandado jinetes a los cuatro puntos cardinales buscando al heredero de una legendaria técnica de artes marciales, la secta del Sueño Revelado. Milagrosamente encuentran a Yuanbao, un conductor de bici-taxi, al que elevarán a la categoría de mito nacional. Pero crear un superhéroe no es tarea fácil, y Yuanbao deberá pasar por exorcismos, clases de ballet, anuncios televisivos e incluso un cambio de sexo para transformarse en el modelo a seguir por el pueblo chino.

La novela, aunque tiene puntos realmente graciosos, no es una novela redonda, como muchas de esta editorial. El lenguaje es desenfadado (aunque es mucho decir llamarlo punk) y está bastante bien traducido, pero es más comercial que vanguardista. La publicidad de la contraportada, que lo define como la novela más brillante de la década, etcétera, etcétera es bastante exagerada, como es habitual.

Con todo, conserva el valor documental de una sociedad bastante desconocida y que resulta ser no muy diferente de la nuestra: lo que nos asemeja es más de lo que nos diferencia. Las peripecias de Yuanbao son una excusa para hacer desfilar a unos cuantos personajes representativos de la china actual. Más que un entretenimiento pero menos que, pongamos por caso, un Vonnegut.

Escuchando: Sense answers. El Inquilino Comunista.


Extracto:[-]

—Si me permiten —intervino Zhao, el presidente de la Secretaría General del comité chino de competición con el foco dándole en la cara—, quisiera ahora exponer el estado de la cuestión en cuatro apartados y comunicarles cuáles han sido los avances logrados por la Secretaría. Tengan la amabilidad de esperar a que dé fin a mi informe para empezar con sus ruegos y preguntas, preguntas que pueden hacerme en persona o por escrito y que responderé sin falta; si no entraran dentro de mis competencias, sería el compañero al cargo quien se ocupara de contestarlas. Bien. En primer lugar, quisiera mostrar públicamente mi más firme confianza en el grupo que forma la Secretaría; es un grupo excelente que ha tenido excelentes resultados. En segundo, quisiera recordarles que este grupo ha estado desempeñando un arduo trabajo y, como muestra de ello, es mi deseo leerles estas cifras que tengo aquí: desde los albores de sus fatigas, ni uno solo de los camaradas de la Secretaría ha podido comer una sola vez con tranquilidad y sobremesa; ni uno solo se ha podido echar una siesta a gusto; entre todos, sumando todas las distancias individuales, han recorrido en sus gestiones el equivalente a ir desde Pekín a San Francisco cruzando el Pacífico en línea recta, han consumido siete mil sopas de sobre con fideos, fumado más de catorce mil cigarrillos y bebido más de cien kilos de té, y las cuentas de todos estos gastos están claras como el agua, que ni un céntimo se nos ha metido a nadie en el bolsillo. Lo tercero que deseaba señalar es que hasta en aquellos casos en que alguno de los camaradas hubiese podido echar una yemita de huevo a la sopa o algo de ginseng al té para tonificarse en las largas noches de cansancio interminable, hasta en esos casos hemos tomado nota de ello, y a la vista de todos está en los libros de cuentas. Correcto. Hummm.

»Dicho esto, pasemos al último y cuarto apartado referente al estado de la Secretaría. Recordarán que, en la última junta de accionistas, se tomó la resolución de buscar a un especialista en las artes marciales de la secta del Sueño Revelado. Pues bien, nada más acabada aquella junta despachamos en su busca ocho corceles con ocho jinetes hacia todos los puntos cardinales, y los resultados a las diez de la noche de ayer, hora local, eran estos:

»Que, habiendo regresado siete de esos ocho mensajeros desde los puntos más remotos del mundo, y habiendo atravesado altas cordilleras y surcado turbulentos mares, arribaron todos con las manos vacías. Esto quiere decir que nuestra última esperanza está depositada en el octavo corcel, que aún está por llegar, pero cabe decir que se trata de la más eficiente de nuestros camaradas de la Secretaría, la más capaz, la más aguerrida; «¡Vuelve con él b no vuelvas!», le dije al partir, y bastaría con que la persona que estamos buscando aún tenga los pies sobre la tierra para que Bai la encuentre y nos la traiga. Mi confianza en ella es absoluta. No obstante, si queremos prever con seriedad lo que se nos avecina, deberíamos también considerar la posibilidad de que ese maestro en artes marciales de la secta del Sueño Revelado haya pasado ya a mejor vida. Sería posible, desde luego, porque, a fin de cuentas, la última vez que supimos algo de él, quiero decir, la última noticia que tuvimos de él data de hace noventa años y es una fotografía en la que se le puede ver, bastante bien, junto a otros héroes de la rebelión de los Bóxer camino del paredón.

Zhao tomó de la mesa un portafolios negro.de piel, lo abrió y sacó una fotografía ampliada en blanco y negro en la que se veía a una serie de soldados que, con las espadas desenvainadas al hombro, conducían a unos hombres en fila india camino de la muerte. Una diminuta flecha dibujada en negro señalaba a uno de estos; tenía la coleta sin cortar, larga y enroscada en un cuello grueso y fuerte como el de un buey, y estaba todo él ennegrecido por el sol.

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