Umberto Eco. La misteriosa llama de la reina Loana.
Editorial Lumen, 2005. 508 páginas.
Tit. Or. La misteriosa fiamma della regina Loana. Trad. Helena Lozano Miralles.
Umberto Eco es, en mi opinión, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Sus ensayos están llenos de talento y -cosa difícil de encontrar- de sentido común. Como escritor de ficción mi admiración no es tanta. Me gustó mucho -como a todos- El nombre de la rosa. El aspecto escéptico de El péndulo de Foucalt me pareció brillante, pero el libro en sí no me deslumbró tanto. La isla del día de antes, aunque leyendo sus páginas en un autobús rumbo a Pamplona comenzó mi miedo -pánico- a la muerte, me pareció bastante flojo. Baudolino me gustó: un libro entretenido, aunque no excelente. Y entonces llegamos a éste.
Giambattista Bodoni ha perdido la memoria. No sabe quién es y se muestra incapaz de reconocer a su mujer o a sus hijos. Pero puede recitar a los clásicos y hay frases que le vienen a la cabeza como La misteriosa llama de la reina Loana. Decide viajar a la casa donde nació, para ver si puede recuperar la memoria.
Imagino este libro como una respuesta ¿Qué soy, qué me define? En orden de importancia creciente, tres cosas: La alta cultura, el conocimiento adquirido en los libros, la cultura popular, los tebeos que leímos o las cancioncillas que escuchamos de niños, y la experiencia, la realidad, que nos moldea más de lo que quisiéramos, donde está nuestro sustrato último y que al final tiene la última palabra.
En cierto modo, todo lo que hacemos lo hacemos contra la muerte y cuando tengamos que enfrentarnos a ella ¿Qué tendremos más dentro? ¿Los versos de la Divina Comedia o Flash Gordon?
Libro tierno y triste, estupendo, de gran altura. Mi libro preferido de Eco y, si es cierto que no volverá a escribir ficción, su mejor novela.
Escuchando: Lluvia en mis zapatos. Me enveneno de azules.
Extracto:[-]
Muchos días pasé en la Capilla y, al caer la tarde, agarraba un montón de cosas e iba a mirármelas durante toda la noche al despacho del abuelo, bajo la lámpara verde, con la radio encendida (como había llegado a creer), para fundir lo que escuchaba con lo que leía.
Las repisas de la Capilla contenían, sin encuadernar, pero dispuestos en pilas ordenadas, las revistas y los álbumes de historietas de mi infancia. No eran cosas del abuelo, y las fechas empezaban por 1936 y acababan hacia 1945.
Quizá, como ya imaginara al hablar con Gianni, el abuelo era un hombre de otros tiempos y prefería que yo leyera a Salgari o Du-mas, y yo, para reafirmar los derechos de mi fantasía, tenía esas cosas fuera de su esfera de control. Claro que algunas publicaciones se remontaban a 1936, cuando todavía no iba al colegio, y eso significaba que, si no era el abuelo, algún otro me compraba los tebeos. A lo mejor se había creado cierta tensión entre el abuelo y mis padres: «¿Por qué dejáis que vea esas bazofias?», y ellos me lo consentían, porque de pequeños algo de eso habían leído también ellos.
Efectivamente, en la primera pila había algunos volúmenes de II Corriere dei Piccoli, y los números de 1936 llevaban el epígrafe «Año XXVIII», no de la Era Fascista, sino de su fundación. Así pues, el Corriere dei Piccoli existía desde los primeros años del siglo y había alegrado la infancia de mi padre y de mi madre: quizá les gustaba más a ellos contármelo que a mí que me lo contaran.
En cualquier caso, hojear el Corrierino (me salía espontáneamente el diminutivo) era como revivir las tensiones que había advertido los días anteriores. Con absoluta indiferencia, el Corrierino hablaba de glorias fascistas y de universos fantásticos poblados por personajes fabulosos y grotescos. Me ofrecía relatos o historietas serias de absoluta ortodoxia lictoria y páginas divididas en grandes recuadros que, por lo que sé, eran de origen americano. Como única concesión a la tradición, habían eliminado todos los bocadillos de una serie de historias que en su origen debían de tenerlos; otras veces los aceptaban a guisa de decoración: todas las historietas del Corrierino tenían largos textos bajo los recuadros por lo que respecta a los relatos serios, y versos rimados para las tiras cómicas.
Aquí empieza la aventura / del señor Buenaventura, y algo desde luego me decían las peripecias de este señor con unos inverosímiles pantalones blancos casi en forma de trapecio que cada vez, como premio por una intervención suya absolutamente casual, recibía un millón (en plena época de mil liras al mes) y en la historia siguiente era de nuevo pobre, a la espera de otro giro de la fortuna. Quizá despilfarraba, como el señor Pampurio, que, supercontento —en cada episodio—, quiere cambiar de apartamento. Estas historietas, por el estilo o por la firma del dibujante, me parecían relatos de origen italiano, como las peripecias de Formichino y Cica-lone, muy en línea con las fábulas edificantes, o del Sor Calogero Sorbara, que para salir se prepara; de Martin Muma, que más ligero que una pluma volaba transportado por el viento; del profesor Lambicchi, quien había inventando el portentoso archibarniz, que al aplicarse daba vida a las imágenes, y tenía la casa invadida por los más incómodos personajes del pasado, ya fuera un Orlando Paladín, ya fuera un rey de los naipes, irritado y vengativo por haber sido sustraído de su reino en el País de las Maravillas.



