Cuchitril Literario

Octubre 15, 2008

Manuel Lozano Leyva. Los hilos de Ariadna.

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Editorial Debate, septiembre, octubre 2007. 522 páginas.

Manuel Lozano Leyva, Los hilos de Ariadna
Nuevas visiones

Uno de los libros que más me gustó del 2007 fue De Arquímedes a Einstein, divulgación científica de la que se encuentra pocas veces. No debo ser el único al que le gustó el libro y gracias a eso podemos disfrutar de Los hilos de Ariadna, parecido pero diferente.

En esta ocasión no son los mejores experimentos científicos los que vertebran el libro, sino los diez descubrimientos que, en opinión del autor, han cambiado más nuestra imagen del mundo. Aunque es una selección personal y como tal podríamos opinar sobre si sobra o falta algo, no cabe duda de que los descubrimientos que aquí aparecen cambiaron la visión del mundo. La lista es la siguiente:

Las galaxias (Los ladrillos del universo)
Los átomos (Los pilares de la materia)
La simetría en el microcosmos (La belleza íntima del mundo)
La tectónica de placas (Continentes a la deriva)
La piedra Rosetta (La civilización misteriosa)
La circulación de la sangre (La ciencia cruel)
La evolución selecta (La irreverencia de la ciencia)
Los genes (La evolución discreta)
Los microorganismos (El mundo invisible)
Del cero al infinitésimo (La diferencia entre nada y un poco)

De lo más grande (galaxias) a lo más pequeño (átomos) pasando por la dinámica terrestre, incluyendo las leyes que gobiernan el universo y un vistazo sobre las matemáticas. Sobre el mundo vivo una explicación de la evolución, los genes, los organismos más pequeños, el funcionamiento del cuerpo humano y el funcionamiento de las civilizaciones.

Al no estar centrado en un único experimento, cada capítulo abarca una extensión mayor de la historia de la ciencia. Pero no se pierde en profundidad porque la extensión del libro es mayor que en De Arquímedes a Einstein. Los datos biográficos que aporta de cada científico siguen siendo novedosos e interesantes, y la prosa no ha perdido nada de su gracia. Sigue transmitiendo el mismo amor por la ciencia y mi mayor pena es que lo he cogido en la biblioteca y lo tengo que devolver.

Una anécdota de Pauli:

Hablaremos de Pauli, un físico genial pero de un humor de perros.Ya he dicho, para zaherir cariñosamente a mis colegas químicos más que nada, que cuando el estudio del, átomo empezó a tomar seriedad tuvo que pasar de manos de los químicos a las de los físicos. Esta inofensiva rivalidad quizá fuera Pauli el que la introdujo, porque su mujer, seguramente cargada de razones, lo abandonó y se fue con un profesor de química. La reacción del genio fue montar en cólera y clamar: «¡Con un simple químico! ¡Si al menos se hubiera ido con un torero español…!».

Una dedicatoria de Medeliev, del que no sabía nada y me he quedado enamorado:

Esta investigación está dedicada a la memoria de una madre por su hijo menor. Ella lo educó por sus propios medios mientras dirigía una fabrica. Lo instruyó con el ejemplo, lo corrigió con amor, y, para hacer que se dedicara a la ciencia, dejó Siberia con él gastando sus últimos recursos y fuerzas. En su lecho de muerte, ella le dijo: «Refrena las quimeras, insiste en el trabajo y no en las palabras, busca pacientemente las verdades científica y divina». Ella comprendió que los métodos dialécticos engañan muy a menudo; cuánto queda por aprender y cómo, con la ayuda de la ciencia sin violencia, con amor pero con firmeza, se eliminan toda superstición, mentira y error, porque la ciencia conlleva la certeza de verdades aún no descubiertas, libertad de futuros desarrollos, bienestar general y felicidad íntima. Dmitri Mendeléiev considera sagradas las palabras de su madre moribunda.

Medeleiev decía que su educación se basaba en tres pilares: Todo en el mundo es ciencia, según su cuñado Bessargin, Todo en el mundo es arte, según el soplador de vidrio Timofei y Todo en el mundo es amor, según su madre María. Para enmarcarlas.

Un autor que les hará enamorarse de la ciencia.

Escuchando: Protection. 08001.


Extracto:[-]

Y ya tenemos al norteamericano alto y guapo en el Queen College de Oxford, donde lo primero que hizo fue adoptar el acento vernáculo de aquella insigne universidad. Pero lo hizo de forma tan exagerada que se convirtió en el hazmerreír de todos: oxonienses y colegas norteamericanos. A los primeros les divertían los fallos tan graciosos que cometía; los segundos encontraban inexplicable que Edwin adoptara un acento que ellos evitaban que se les contagiara, como si de la peste se tratara, al considerarlo una auténtica mamarrachada.Tanto le impresionó Oxford a Hubble que inmediatamente solicitó el ingreso en el equipo de remo. Lo obtuvo, remó como un loco y terminó lesionado, por lo que al fin se pudo dedicar a estudiar leyes, nada de astronomía, porque no era cuestión de enemistarse con su padre, aunque poco a poco fue asistiendo a algunos cursos de astronomía.

Un norteamericano en la Europa de la primera década del siglo xx con dólares en el bolsillo era un personaje fuera a donde fuera. Por ejemplo, en Alemania. Allí el joven Hubble quedó gratamente impresionado. ¡Qué eficiencia, qué poderío militar! El deporte que eligió practicar durante su larga estancia en Alemania no podía ser más apropiado a su sentimiento: esgrima, pero la esgrima que se practicaba en los duelos de honor, si bien no participó en ninguno de verdad.

Cuando Edwin regresó a Estados Unidos, concretamente a Kentucky, donde se había mudado su familia después de la reciente muerte del padre, causó sensación. O estupefacción, lo dejo a la imaginación del lector, porque se presentó vistiendo pantalones bombachos, un reloj de pulsera (una excentricidad como la anterior en aquel lugar y en aquella época), un anillo en cada dedo meñique, un sombrerito de paja, una capa y un bastón de caña.Y, encima, hablando de aquella manera que al principio no se le entendía y después provocaba la risa tonta.

El mejor empleo que encontró Hubble fue de profesor de instituto. Enseñaba ciencias y, curiosamente, español. Tenía a los chavales fascinados, porque, por una parte, lo consideraban amanerado hasta el ridículo, pero, por otra, era un maestro del baloncesto. Tanto fue así que como entrenador llevó al equipo del colegio hasta el tercer puesto del campeonato estatal.Y ya estamos en el infausto 1914, año en que empezó la Gran Guerra.Y la guerra, cosa que a poquísima gente le pasa, fue para Hubble una bendición.

Harto del instituto, solicitó plaza en los observatorios astronómicos. Era un momento muy apropiado porque se estaban construyendo nuevos telescopios por todo el país. Las respuestas por carta eran lacónicas, pero en cuanto le hacían una entrevista personal, quienquiera que se la hiciera caía presa de los encantos del atlético y simpático astrónomo. Empezó en el Observatorio Yerkes de la Universidad de Chicago, que estaba a unos cien kilómetros de la ciudad. Hubble inició allí un periodo de cuarenta años mirando al cielo nocturno. Corría el año 1915. Comenzó a observar lo que entonces se llamaban nebulosas tenues. A continuación, paso a hacer una breve digresión para que el lector no se líe con los términos antiguos y modernos.

Lo que Hubble estudiaba era lo que hoy llamamos galaxias: conjuntos de centenares de miles de millones de estrellas, polvo estelar y muchas más cosas de las que todavía no sabemos nada, y que muy pronto las describiremos más adecuadamente. La palabra «galaxia» era la preferida por Shapley, curiosamente porque él no creía que hubiera más que una, aunque pronto se convenció de su abundancia. Así pues, y para más ironía, Hubble dedicó su vida profesional a estudiar objetos que casi se podían considerar bautizados por el que sería su enemigo mortal: el propio Shapley. La palabra nebulosa se utiliza hoy día para designar no las manchas tenues con las que Húbole comenzó su carrera de astrónomo, sino a las* nubes de polvo que vagan por nuestra galaxia y que son remanentes de explosiones su-pernovas, o sea, los restos de las estrellas muertas. Los cúmulos globulares son parecidos a lo que se suponía antiguamente: inmensas agrupaciones de estrellas (entre miles y centenares de miles) más o menos esféricas y que están situadas normalmente por encima y por debajo del disco galáctico de estrellas.

Abril 21, 2008

Manuel Lozano Leyva. De Arquímedes a Einstein.

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Editorial DeBols!llo, 2007. 256 páginas.

Manuel Lozano Leyva, De Arquímedes a Einstein
Belleza e inteligencia

¿Qué es más importante para el desarrollo de la ciencia? ¿La teoría o el experimento? El experimento de Michelson-Morley fue la base de la teoría de la relatividad especial, que a su vez hizo predicciónes para las que se diseñaron nuevos experimentos. Podemos decir que ambos aspectos son igual de importantes y, sin embargo, la mayor parte de los libros de divulgación se ocupan casi en su totalidad de las teorías, limitándose a citar de pasada los experimentos.

En el año 2002 se realizó una encuesta entre más de doscientos especialistas preguntándoles cuales eran, en su opinión, los experimentos más bellos de la física. El resultado fue el siguiente:

1. Difracción electrónica por doble rendija (Einstein, Bohr, De Broglie, Heisenberg).
2. Caída libre de los cuerpos (Galileo).
3. Carga del electrón por gotas de aceite (Millikan).
4. Descomposición espectral de la luz a través de un prisma (Newton).
5. Interferencia de la luz (Young).
6. Medición de la fuerza de gravedad por torsión (Cavendish).
7. Medida de el diámetro de la Tierra (Eratóstenes).
8. Caída de cuerpos rodando sobre planos inclinados (Galileo).
9. Descubrimiento del núcleo atómico (Rutherford).
10. Péndulo de Foucault.

Agrupando los número 2 y 8 y añadiendo el undécimo de la lista -principio de la hidrostática- Manuel Lozano Leyva aprovecha esta encuesta para construir un libro de divulgación en el que el protagonista es el experimento y no la teoría. El resultado es uno de los mejores libros de divulgación que he leído en mucho tiempo.

De cada científico explica una breve biografía bastante completa y, lo que más me ha sorprendido, con una gran cantidad de datos que no suelen aparecer en otras obras de divulgación. Se nota que el autor no se ha limitado a hacer un copiar y pegar de otras fuentes. La prosa es amena y con una sana intención didáctica que se explica y justifica al final del libro. Tan entretenido resulta que me enganché más que a un best-seller.

¿Recuerdan aquel A Hombros de Gigantes? Un libro que me resultó aburridísimo. Pues viene al pelo esta afirmación que puede leerse en el apartado dedicado a Newton:

Como decíamos al hablar de Galileo, lo peor que se puede hacer para entender a los clásicos de la física es leerlos: se trata de una tarea casi imposible. Para mí es un misterio insondable que al crear una teoría o modelo se utilicen una notación y una concatenación argumental farragosas. Con el tiempo, el mismo autor u otros, si el artículo o libro tuvo trascendencia, desbroza el asunto y lo aclara de manera meridiana. Salvando las distancias, por supuesto astronómicas, hice recientemente una limpieza en mi despacho y encontré manuscritos míos escritos hacía veinte o veinticinco años, y me costó mucho entender algunos de ellos. Para colmo, Newton era un críptico vocacional, por lo que su obra cumbre, los Principia, fue más admirada, incluso venerada, que leída. Así que, dicho esto, paradójicamente no he visto manera mejor de explicar al lector el experimento del prisma que dándole la palabra al propio Newton, porque por una vez en su vida fue claro.

Lozano Leyva no es Newton, en la contraportada afirman: un derroche de amenidad y capacidad divulgativa y, por una vez, se quedan cortos. En algunas ocasiones indica de que manera podríamos reproducir los experimentos famosos -algo que es más sencillo en la época actual. Imprescindible.

Escuchando: Melody Lee. The Damned.


Extracto:[-]

A pesar de todos los avatares sociales y políticos por los que pasó Francia en aquella época, hubo un denominador común curioso y esperanzados desde Napoleón (el grande) hasta el otro Napoleón (el chico, por emplear el furioso epíteto de Víctor Hugo desde el exilio), todos los gobernantes mostraron una especial y efectiva sensibilidad hacia las ciencias y sus aplicaciones. Producto de aquella época revolucionaria fueron las grandes escuelas, en particular la Normal Superior, la de Minas y la Politécnica, e instituciones como la Oficina de Longitudes, dedicada a la astronomía, la geografía y la navegación, o el Conservatorio de Artes y Oficios, entre muchas otras. Todo ello favoreció el paso de la Francia aristocrática a la meritocrática.

La eficacia de estas instituciones se reflejó pronto en un desarrollo científico y tecnológico sin par. Nuevos cementos hidráulicos hicieron posible la construcción de puentes y presas de gran envergadura; la electricidad comenzó a aplicarse a la telegrafía y a numerosos procesos industriales; las máquinas de vapor impulsaban fábricas, barcos y trenes; los daguerrotipos exigían cada vez menos tiempo de exposición; la cirugía empezó a contar con la anestesia y la asepsia; la química favorecía la agricultura y la nutrición. Realmente aquella época de la primera industrialización fue excitante.

Jean-Bertrand-Léon Foucault fue un producto representativo de su época y, en buena medida, ésta fue producto de su trabajo. Su experimento más bello y simple, y a la vez más espectacular y mediático, el famoso péndulo al que dedicamos este capítulo, eclipsó su obra, a pesar de que en nuestro siglo xxi aún se utilizan varios de sus inventos. Por eso es justo y conveniente describirlos, apartándolos un poco de la sombra del péndulo.

Foucault nació en París en 1819 y allí murió (sin ausentarse apenas de la ciudad en su corta vida), en 1868. Su padre era un editor y librero que alcanzó cierta notoriedad por los excelentes libros de historia de Francia que publicaba. Un detalle interesante es que se volvió loco y en ese estado murió. A su hijo le pasaría lo mismo. El joven Léon vivió una buena infancia porque su familia tenía una situación económica magnífica gracias no a los libros, sino a las rentas de los numerosos inmuebles que poseía en París. Pero lo mejor fue que sus padres estaban dispuestos a gastar un buen dinero con prodigalidad en la educación del vastago, que además era hijo único. Así que lo mandaron al Colegio Estanislao, el mejor de París. Pero Léon Foucault fue un mal estudiante. Tuvo que repetir más de un curso. Además, el pobre era bastante enclenque, enfermizo y bizco (véase la figura 7.1).

Sin embargo, Foucault dejaba pasmados a todos con su habilidad manual. Sus maquetas de barcos, sus pequeñas máquinas de vapor y sus telégrafos mecánicos eran perfectos y funcionaban con una precisión pasmosa. Siendo malo en matemáticas y bueno en manualidades, la mejor elección para su futuro era, con toda lógica, hacerse cirujano. Con veinte años, en 1839, entró en la insigne Escuela de Medicina de París. Le fue muy bien hasta que vio sangrar a un enfermo. Cayó desmayado. Su animadversión a la sangre le hizo replantearse seriamente el asunto, pero como se había granjeado el aprecio de uno de sus profesores, Alfred Donné, gracias a su insistencia aceptó dedicarse a la microscopía médica.