Manuel Rivas. El lápiz del carpintero.
Suma de letras, 2000. 190 páginas.
Tit. Or. O lapis do carpinteiro. Trad. Dolores Vilavedra.
No hace falta repetir una vez más lo que me gusta Rivas, asà que no se extrañen de que vayan apareciendo por aquà todas sus obras.
En este libro, como también lo hará en Los libros arden mal, la historia se cuenta no sólo desde el punto de vista de la vÃctima, sino también desde la del verdugo. El tiempo en las novelas de Rivas acaba poniendo a todo el mundo en su lugar, como quizás también haga la historia -o asà lo querrÃamos.
Pueden encontrar buenas reseñas en Archivo de nessus, El recreo y aquÃ: El lapiz del carpintero.
Para la ternura siempre hay tiempo.
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Extracto:[-]
Yo conocà a Nóvoa Santos, dijo Casal. Le edité algún escrito y puedo decir que éramos buenos amigos. Ese hombre era un portento. Demasiado excepcional para este paÃs tan ingrato.
El alcalde de Santiago, que dedicaba su escaso pecunio a la edición de libros, hizo una pausa y, entristecido, evocó. Los pobres le llamaban Novo Santo*. Pero la caverna del clero y de la universidad lo odiaba. Un dÃa entró en el casino y tiró los muebles por la ventana. Se habÃa suicidado un muchacho por las deudas de juego. El ideario de Nóvoa valÃa tanto como una constitución: Ser algo bueno y algo rebelde. Cuando consiguió la cátedra de Madrid, con su lección magistral, el anfiteatro entero, dos mil personas, se puso en pie. Le aplaudieron como a un artista, como si fuese Caruso. ¡Y eso que habÃa hablado de los reflejos corporales!
Siendo estudiante, tuve la suerte de acudir a una de sus consultas, dijo Da Barca. Lo acompañamos a visitar a un viejo moribundo. Era un caso raro. Nadie acertaba con la enfermedad. En el Hospital de la Caridad habÃa una humedad tal que a las palabras les salÃa moho por el aire. Y don Roberto, nada más verlo, sin tocarlo siquiera, dijo: Lo que este hombre tiene es hambre y frÃo. Denle caldo caliente hasta que se harte y pónganle dos mantas.
SÃ, él entendÃa muy bien lo que se decÃa en aquellos mÃtines del Frente Popular. Lo que se dice salir de la aldea de verdad, lo habÃa hecho por vez primera cuando el servicio militar. Para él aquello habÃa sido un respiro. Fuera de algunos breves permisos, sólo regresó para enterrar a sus
padres. En el servicio habÃa formado parte de las tropas que dirigÃa el general Franco cuando sofocó, ésta es la palabra que todos empleaban, la revolución de los mineros de Asturias en 1934. Una mujer, arrodillada ante su marido muerto, le habÃa gritado con los ojos enrojecidos: ¡Soldado, tú también eres pueblo! SÃ, pensó, es cierto. Maldito pueblo, maldita miseria. En lo sucesivo tratarÃa de cobrar un salario por sus servicios. Se metió guardia.
El doctor Da Barca estaba en lo cierto. Enseguida le iba a llegar el mal de aire. Él fue uno de los que lo detuvieron, de hecho, quien lo redujo de un culatazo en la nuca. Daniel Da Barca era alto y de pecho bravo. Todo en él era echado para delante. La frente, la nariz judÃa, la boca de labios muy carnosos. Cuando se explicaba, desplegaba los brazos como alas y los dedos parecÃan hablar para los mudos.
Los primeros dÃas del alzamiento anduvo huido. Sólo habÃa que esperar a que se confiase, a que pensase que la caza amainaba. Cuando por fin se acercó a casa de su madre, se le echaron encima los cinco que formaban la patrulla y él se resistió como un jabalÃ. La madre gritaba como loca desde la ventana. Pero lo que más les cabreó fue cuando salieron las costureras de un taller que habÃa enfrente. Los maldecÃan, les escupÃan, y alguna de aquellas costureritas hasta se atrevió a tirarles de la guerrera y arañarles en el cuello. El doctor Da Barca sangraba por la nariz, por la boca, por las orejas, pero no se rendÃa. Hasta que él, el guardia Herbal, le acertó un culatazo en la cabeza y cayó de bruces contra el suelo.
Y entonces me volvà hacia las costureras y les apunté a la barriga. Y de no ser por el sargento Landesa, no sé lo que harÃa, porque si algo me sublevaba eran aquellas muchachas gritando por él como un coro de viudas. Lo de su madre lo entendÃa, pero lo de ellas me quitaba de mis casillas. Y entonces solté lo que me roÃa por dentro. ¿Qué carajo le veis a este cabrón? ¿Qué os da? ¡Putas, que sois todas unas putas! Y el sargento Landesa tiró de mà y me dijo: Venga, Herbal, que aún tenemos mucho trabajo.





