Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

mayo 12, 2010

Manuel Rivas. El lápiz del carpintero.

Filed under: Novela — Palimp @ 11:45 am
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Suma de letras, 2000. 190 páginas.
Tit. Or. O lapis do carpinteiro. Trad. Dolores Vilavedra.

Manuel Rivas, El lápiz del carpintero
La voz de la conciencia

No hace falta repetir una vez más lo que me gusta Rivas, así que no se extrañen de que vayan apareciendo por aquí todas sus obras.

En este libro, como también lo hará en Los libros arden mal, la historia se cuenta no sólo desde el punto de vista de la víctima, sino también desde la del verdugo. El tiempo en las novelas de Rivas acaba poniendo a todo el mundo en su lugar, como quizás también haga la historia -o así lo querríamos.

Pueden encontrar buenas reseñas en Archivo de nessus, El recreo y aquí: El lapiz del carpintero.

Para la ternura siempre hay tiempo.

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El.Lapiz.Del.Carpintero.[spanish.DvdRip.DivX505-MP3.by.KaTeLmE.2003].avi

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Extracto:[-]

Yo conocí a Nóvoa Santos, dijo Casal. Le edité algún escrito y puedo decir que éramos buenos amigos. Ese hombre era un portento. Demasiado excepcional para este país tan ingrato.

El alcalde de Santiago, que dedicaba su escaso pecunio a la edición de libros, hizo una pausa y, entristecido, evocó. Los pobres le llamaban Novo Santo*. Pero la caverna del clero y de la universidad lo odiaba. Un día entró en el casino y tiró los muebles por la ventana. Se había suicidado un muchacho por las deudas de juego. El ideario de Nóvoa valía tanto como una constitución: Ser algo bueno y algo rebelde. Cuando consiguió la cátedra de Madrid, con su lección magistral, el anfiteatro entero, dos mil personas, se puso en pie. Le aplaudieron como a un artista, como si fuese Caruso. ¡Y eso que había hablado de los reflejos corporales!

Siendo estudiante, tuve la suerte de acudir a una de sus consultas, dijo Da Barca. Lo acompañamos a visitar a un viejo moribundo. Era un caso raro. Nadie acertaba con la enfermedad. En el Hospital de la Caridad había una humedad tal que a las palabras les salía moho por el aire. Y don Roberto, nada más verlo, sin tocarlo siquiera, dijo: Lo que este hombre tiene es hambre y frío. Denle caldo caliente hasta que se harte y pónganle dos mantas.

Sí, él entendía muy bien lo que se decía en aquellos mítines del Frente Popular. Lo que se dice salir de la aldea de verdad, lo había hecho por vez primera cuando el servicio militar. Para él aquello había sido un respiro. Fuera de algunos breves permisos, sólo regresó para enterrar a sus
padres. En el servicio había formado parte de las tropas que dirigía el general Franco cuando sofocó, ésta es la palabra que todos empleaban, la revolución de los mineros de Asturias en 1934. Una mujer, arrodillada ante su marido muerto, le había gritado con los ojos enrojecidos: ¡Soldado, tú también eres pueblo! Sí, pensó, es cierto. Maldito pueblo, maldita miseria. En lo sucesivo trataría de cobrar un salario por sus servicios. Se metió guardia.

El doctor Da Barca estaba en lo cierto. Enseguida le iba a llegar el mal de aire. Él fue uno de los que lo detuvieron, de hecho, quien lo redujo de un culatazo en la nuca. Daniel Da Barca era alto y de pecho bravo. Todo en él era echado para delante. La frente, la nariz judía, la boca de labios muy carnosos. Cuando se explicaba, desplegaba los brazos como alas y los dedos parecían hablar para los mudos.

Los primeros días del alzamiento anduvo huido. Sólo había que esperar a que se confiase, a que pensase que la caza amainaba. Cuando por fin se acercó a casa de su madre, se le echaron encima los cinco que formaban la patrulla y él se resistió como un jabalí. La madre gritaba como loca desde la ventana. Pero lo que más les cabreó fue cuando salieron las costureras de un taller que había enfrente. Los maldecían, les escupían, y alguna de aquellas costureritas hasta se atrevió a tirarles de la guerrera y arañarles en el cuello. El doctor Da Barca sangraba por la nariz, por la boca, por las orejas, pero no se rendía. Hasta que él, el guardia Herbal, le acertó un culatazo en la cabeza y cayó de bruces contra el suelo.
Y entonces me volví hacia las costureras y les apunté a la barriga. Y de no ser por el sargento Landesa, no sé lo que haría, porque si algo me sublevaba eran aquellas muchachas gritando por él como un coro de viudas. Lo de su madre lo entendía, pero lo de ellas me quitaba de mis casillas. Y entonces solté lo que me roía por dentro. ¿Qué carajo le veis a este cabrón? ¿Qué os da? ¡Putas, que sois todas unas putas! Y el sargento Landesa tiró de mí y me dijo: Venga, Herbal, que aún tenemos mucho trabajo.

abril 23, 2010

Manuel Rivas. Los libros arden mal.

Filed under: Novela — Palimp @ 9:32 am
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Punto de lectura, 2007. 830 páginas.
Tit. Or. Os libros arden mal. Trad. Dolores Vilavedra.

Manuel Rivas, Los libros arden mal
El pueblo

¿He dicho ya que me encanta Manuel Rivas? Pues lo repito. Que novela, madre. Más de 800 páginas que acaban sabiendo a poco. Que enganchan, pero no como los superventas -con tácticas tramposas e intríngulis rebuscados- sino hablando bajito, directamente al alma.

Muchas historias conviven en este libro, como es habitual en el autor. No quiero llamarla novela coral, aunque este compuesta de muchas voces que cuentan lo suyo, a saltos, para que sea el lector el que reuna el puzzle y contemple el paisaje. El amor a los libros, a la cultura y al pueblo y la amargura contra quienes comenzaron una victoria quemando libros. Pero es difícil quemar un libro porque

No es tan fácil mantener a raya a las palabras. Son como cucarachas, como ratas. Andan por el subsuelo, por las alcantarillas, entre las tumbas. Son como insectos. Como bacterias. A los hombres es fácil pararles los pies, pero no es tan fácil ponerles límites a las palabras. Los silencios, las pausas, son parte del lenguaje. Un hombre en silencio, si está íntegro, es un peligro. Deberías haberte censurado, Dez.

¿Defensa de la lectura? Más claro el agua

¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones.

Porque no sólo de pan vive el hombre y no sólo van a comer cultura los ricos:

Es como una comida pantagruélica.

¿Y qué lleva esa comida tan retórica?

Curtís no sabía con exactitud a qué se refería Piolando. Pero le había gustado la expresión y había entendido lo que quería decir, no sólo por la cara rubicunda de Holando cuando la usó, sino por la palabra en sí, que era pródiga, y que llevaba con alegría el significado encima de las letras.

Pantagruélica es pantagruélica, como su nombre indica.

¿Hasta hartar?

Seguro.

Pues ponedlo así en el papel, que se entienda. ¡En cristiano!

Lo del bufé es por cultura. ¿A que sí, Curtís?

Sí, por cultura. También va a haber conferencias.

¿Conferencias? ¡Hummm! No espantéis a la gente. Una fiesta es una fiesta.

Son antes de comer. Abren mucho el apetito.

Eso está bien. No sólo van a comer cultura los ricos.

Los Caneiros era un fiesta, apuntó alguien, a la que hasta los muertos irían, si pudiesen.

Sí, confirmó Curtís, yo puedo conseguir los billetes. Este año hay un tren especial. Sí, un tren especial. Le gustaba repetirlo, porque le parecía que con su información escuchaba ya el silbido de la salida y ese voluntarioso optimismo de la locomotora al arrancar. Y cómo luego se subían a las barcas, la marea atlántica devolviendo el río hacia las fuentes, y el gaitero Polca que en la popa tocaba una alborada.

Un libro tierno y sincero como la vida misma. Ya lo dice Polca La vida es así, compañero, tiene vocación de cuento. Se que hay tipos duros que además de no bailar consideran cursi a Manuel Rivas. A mí, que soy blando como chocolate al sol, sus historias me calientan el corazoncito.

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Extracto:[-]

La leche en polvo llegó en sacos que mandaron los norteamericanos. Al principio, al ver tantos sacos, se acercaron algunos pobres de los de pedir por las puertas, pero después no volvieron. No les gustó nada el sabor. O el color, quizá fue el color. Por eso pienso que, a veces, de ser pobre, lo mejor casi es ser pobre del todo, porque uno tiene esa libertad de no tener nada de nada. Y de no aceptar lo que no le gusta. Por ejemplo, el sabor amarillo pálido. Y nadie los obligó a volver a la escuela. Pues si no os gusta, hay que bebería igual. Eso fue lo que dijo la maestra los primeros días, aunque, a decir verdad, tampoco muy convencida. Deberían haber enviado otra cosa. Por ejemplo, Coca-Cola. Porque la gente no podía entender que la leche fuese en polvo. Había buena disposición a recibir cosas. La gente abría los brazos. Pero una cosa es la cortesía y otra tomar leche en polvo, viendo como veíamos tantas vacas. Cuando pasaban los primeros aviones nosotros gritábamos: ¡Caramelos, caramelos! La gente mayor recelaba de los aviones, pero nosotros confiábamos en ellos. Teníamos mucha fe en la aviación. Luego dijeron que la peste de la patata había venido por el aire. No como una plaga bíblica, en forma de nube insana, sino traída a propósito, por avionetas. Así que, según eso, cuando nosotros estábamos pidiendo caramelos con las manos extendidas hacia el cielo, lo que caían eran escarabajos. Y son lindos los escarabajos, a mí me parecen bonitos incluso los escarabajos de la peste de la patata, dorados y con listas negras. Parecen minúsculos juguetes de finísima hoja de lata. Tienen cuerda mientras roen. Y después mueren de esa manera tan moderna, a montones, a base de insecticida.


¿Qué? ¿Nadie piensa morirse? ¡No dais ni un duro de ganancia!

Eso era lo que decía Polca cuando pasaba ante la taberna A Pena do Cuco. Sus bromas de enterrador parroquial animaban mucho a la gente a vivir. A veces, cambiaba de estribillo y decía desde la puerta:

¿Nadie quiere una recomendación?

Y desde el mostrador le llamaban: Ante la muerte, el mejor remedio es abrir la boca. ¡Venga un vino, Polca!

Eso sí lo tenía seguro. La invitación a la ronda de vino. Pero también se la ganaba a pulso. Polca no sabía beber solo. Hay muchos bebedores solitarios. A Polca no le gustaba ese vino de la soledad. Un vino se merecía una historia, un hablar. Del Más Acá, y del Más Allá, en opinión de la gente, sabía más que el cura, que se limitaba a la información oficial. Había cuestiones que no se comentaban en presencia del párroco, no por otra cosa sino por su incompetencia en esas materias. Por ejemplo, Polca, dinos, ¿quién manda en la Santa Compaña, en la procesión de los difuntos? El que pone en marcha la Santa Compaña, según tengo entendido, es el enterrador más antiguo. ¿Y quién es ese comandante? Y será Adán* digo yo. ¿Y quién enterró a Adán, Polca? ¿Lo enterro Eva? No, fue un hijo, un tercer hijo del que casi no se habla y que debía de ser el de mejor madera. Aquí se llevan toda la fama Caín y Abel. El tercer hombre no debía de querer ninguna publicidad. Pero fue él, Set, quien enterró a su padre. Y en la tierra que cubre a ese primer muerto hinca un olivo. De ese olivo es del que sale el madero de la Santa Cruz.

Ésa es mucha casualidad, Polca.

La vida es así, compañero, tiene vocación de cuento. Y si no entiendes eso, no entiendes nada. Es de suponer que será Adán, por orden de antigüedad, quien llama a los otros: ¡Levantaos, difuntos, y salid todos juntos! A mí me parece un detalle importante. Lo de que decidan salir juntos, sin distinciones.


Polca a Ó: Tú no les tengas miedo a los muertos. Con quien hay que tener cuidado es con los vivos que te destrozan la vida. A esos que odian la vida los viejos los llamaban los de la Sociedad del Hueso. Lo de sembrar el terror es una cosa muy antigua y muy moderna al mismo tiempo. Lo que hacían éstos era arrojar de noche un hueso contra aquella ventana que viesen iluminada. Ésa era la manera de señalar a la víctima. Pero los muertos también saben devolverlas. Eso es lo que ignoran los matones. Que los muertos buscan la forma de defenderse. Los viejos hablan de la bofetada fría, que es la bofetada de los muertos que están mal enterrados. Yo conozco muchos casos. Muchos casos de asesinos que nunca han sido juzgados. Peor que eso. Los asesinos impartiendo Justicia, haciendo las leyes. Pero a muchos de ellos tamben les ha ido llegando la bofetada fría de los muertos, asesinos que se han vuelto locos.


¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones. Otra palabra, mi preferida. Escrúpulo. De scrupulus. Era el nombre que se le daba a una piedrecilla puntiaguda. Podía hacer las veces de cambio en los trueques. Pero después vino el significado que tú conoces. Más que saber lo que es, el escrúpulo se siente, ¿a que sí? Scrupulum injeci homini. He puesto al hombre sobre aviso. Es curioso. Sigue siendo una piedrecilla con aguijón. Lo que pasa es que ahora está dentro del cuerpo. ¿Cuál es la tuya? Una que te guste. Rápido. Ya.

Gabriel dudó por un instante si decir su palabra. Pero el hombre parecía cordial y, por otra parte, decirla le producía el gozo de quien le gasta una broma a un sabio. Acetilsalicílico, señor. No está mal.

De vez en cuando, el juez Samos se refería a Alfonso Sulfe como uno de los hombres más talentosos del país. Una lástima que se encerrase tanto en su cubil. Se veía que gozaba con sus expediciones etimológicas. Cuéntenos, Sulfe, el origen de la palabra chaqueta. Ofrecía entonces la sabiduría del amigo como una atracción en el círculo de la Cripta. Alfonso Sulfe se ruborizaba al principio, pero después se dejaba llevar a unos minutos de gloria.

Podríamos decir que la palabra chaqueta procede del Camino de Santiago. En Francia, Saint-Jacques. Ese es el huevo de la palabra. Jacques.

octubre 16, 2005

Manuel Rivas. ¿Qué me quieres, amor?

Filed under: Cuentos — Palimp @ 1:45 pm
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Editorial Suma de Letras, 2000. 198 páginas.
Tit. Or. ¿Que me queres, amor?, 1995. Trad. Dolores Vilavedra.

Rivas Quieres Amor
Amor afilado

Es cotumbre que los editores aprovechen el tirón comercial de la película para promocionar el libro, y que mejor forma de hacerlo que poner en la portada un fotograma de la misma. Como bien dicen en el excelente blog ¡Basta de carátulas! algunas veces puede ser contraproducente -siempre será mejor una Lolita imaginada que una real-, pero en este caso considero que es todo un acierto. La portada original era el cuadro ‘La lechera’ de Vermeer, por el título de uno de los relatos.

Desde que mantengo esta bitácora leo reseñas en la red, y me gusta que aparezca la lista de los relatos, algo que no suele ser común. Aquí está la de este libro:

¿Qué me quieres, amor?
La lengua de las mariposas
Un saxo en la niebla
La lechera de Vermeer
Solo por ahí
Ustedes serán muy felices
Carmina
El míster & Iron Maiden
El inmenso camposanto de La Habana
La chica del pantalón pirata
Conga, conga
Las cosas
Dibujos animados
Una flor blanca para los murciélagos
La luz de la Yoko
La llegada de la sabiduría con el tiempo

Mis preferidos son los dos primeros. ¿Qué me quieres, amor? es un relato en primera persona del trágico final de un joven enamorado. La lengua de las mariposas es la historia de la relación entre un alumno y su profesor en la España anterior a la guerra civil. Ambas historias son mucho más, claro. No he visto la película de ‘La lengua…’ y me sorprende su adaptación al cine, porque si bien el relato es redondo, creo que no hay material como para hacer una película.

Si En salvaje compañía el amor era tierno o melancólico, en los relatos de este libro es duro, descarnado. Terrible, como en El mister&Iron Maiden. Como terrible y justo nos parece el final de Conga, conga.

Algunos cuentos me han gustado, otros me han fascinado y unos pocos me han arrasado. Sólo alguno me ha dejado indiferente. Me reafirmo; seguiré leyendo a Manuel Rivas ¿Me acompañan?

(Un día, un libro 188/365)
Escuchando: Los managers. Kiko Veneno.

mayo 29, 2005

[*] Manuel Rivas. En salvaje compañía.

Filed under: Novela — Palimp @ 10:32 pm
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Editorial Suma de Letras, 2001.
Tit. Or. En salvaxe compaña, 1994. 261 páginas.

Amores tristes y cotidianos

Por esa misteriosa dama que resulta la memoria, recuerdo que el primer libro que leí de Manuel Rivas, ‘Un millón de vacas’, lo acabé en frente del hotel Londres en San Sebastián, en el autobús camino de casa. Me gustó y me apunté el nombre del autor para repetir experiencia, y, después de 10 años, cumplo con mi promesa.

Son diez años de retraso porque es un autor que merece la pena. No se si será cierto que Galicia es una tierra de gente nostálgica y triste, pero todos los autores y autoras gallegos que he leído tienen una ternura y una sensibilidad especial. Llamadme sensiblero, pero mientras leía este libro más de una vez me asomaban las lágrimas a los ojos.

El libro trata, como tantos otros, del amor. De como a veces las parejas equivocan los caminos y después es tarde para rectificar. De como el amor nos alcanza a todos, cada cual a su manera. Y para presentar todo esto tenemos, nada más y nada menos, que al último rey de Galicia con sus trescientos guerreros, los trescientos cuervos de Xallas, más poetas que guerreros. Y, entre una cohorte de antiguos paisanos transmutados en animales, iremos conociendo la vida de Rosa y Simón, dos hermanos que, como si de una maldición familiar se tratara, sufrirán la tristeza del amor perdido.

Narrado son una soltura engañosa, y una capacidad poética muy de agradecer y de disfrutar, la historia se aposenta en el corazón sin prisa, y deja su huella en la memoria. Me reafirmo; Manuel Rivas es un escritor del que hay que repetir.

(Un día, un libro 48/365)