Marie-Monique Robin. El mundo según Monsanto.
Ediciones Península, 2008. 520 páginas.
Tit. Or. Le monde selon Monsanto. Trad. Beatriz Morales.
O eso se deduce de sus páginas. Una empresa cuyo único cometido es hacer el mal a la humanidad. ¿Exagero? Yo no, sino la autora del libro.
Empecé a leer este libro con sentimientos encontrados. Por un lado creo que las multinacionales son capaces de realizar cualquier tipo de atrocidad siempre que redunde en su beneficio. Gran parte de los golpes de estado en América Latina tienen su origen en los intereses de multinacionales de Estados Unidos. La insalubridad del tabaco se intentó tapar con cientos de falsos estudios científicos -yo recuerdo haber visto uno que afirmaba que las posibilidades de tener cáncer por fumar eran las mismas que comiendo tres galletas integrales.
Pero por otro lado estos ataques a lo transgénico tienen un tufillo antitecnológico que no me gusta. La tecnología, o el mal uso que hemos dado a la misma, ha traído problemas. Eso nadie lo duda. Pero de ahí a muerto el perro se acabó la rabia hay un trecho. La tecnología no es mala en sí misma, pero algunos grupos ecologistas parecen pensar lo contrario.
Muchas veces se mezclan churras con merinas; recuerdo un documental que vi sobre biotecnología de sesgo ecologista. Criticaban, con toda razón, que las empresas van a buscar microorganismos a los países del tercer mundo y patentan sus genes por si son de utilidad. Algo que debería estar prohibido. Pero también criticaban un proyecto -amparado por una universidad y no privado- que recogía muestras de sangre de diferentes etnias para tener un muestreo de la diversidad genómica humana. Algo que no tiene nada de malo, al contrario, pero que para los ojos de los que hicieron el reportaje era lo mismo: engañar a gente de los países pobres para robar su riqueza genética.
Dando por sentado mi punto de vista sobre las multinacionales no me hace falta que me convenza nadie de que Monsanto puede estar haciendo cosas malas. Pero si me lo quieren demostrar necesitaré datos más o menos fiables y opiniones mesuradas. Y este libro me da todo lo contrario. Es tendencioso y de una manera tan clara que a veces me encontraba defendiendo a Monsanto. Porque hay cosas que no se acaban de entender.
El principal ataque es que Monsanto silencia los estudios críticos con sus productos y que tiene un imperio del terror en la comunidad científica. Si alguien publica algo en su contra se verá desacreditado. Por ejemplo:
—¿Y qué dijeron las autoridades francesas?
—;Ah!—suspira el biólogo—. De entrada hay que saber que es imposible obtener créditos institucionales para llevar a cabo este tipo de investigación. En Francia, como en la mayoría de los países industrializados, no hay interès y, por consiguiente, tampoco dinero para que los laboratorios lleven a cabo estudiós epidemiológicos o peritajes científicos de comprobación sobre la toxicidad de los productes químicos que han invadido nuestra vida cotidiana. Sin embargo, me parece que desde el punto de vista de la salud pública es verdaderamente urgente hacerlo, porque nuestros organismos se han convertido en verdaderas esponjas de contaminantes. Como he podido constatar, pegadas a todo el genoma de fetos humanos se encuentran varios cientos de sustancias tóxicas, como hidrocarburos, dioxinas, pesticidas, residuos de plàstico o de pegamentos… Estos productes, que han sido concebidos para no ser solubles en agua, se acumulan y se concentran en nuestras grasas y nadie sabé qué efectes tienen a largo plazo. El problema es que los poderes públicos no tienen en absoluto ganas de saberlo. Estan dispuestos a fïnanciar un estudio para mejorar las pajuelas que sirven para inseminar a los cerdos in vitro, però no uno sobre los efectes tóxicos del herbicida mas vendido del mundo. En mi caso tuve que buscarme financiación privada, especialmente de la Fundación para una Tierra Humana, però, ¿qué científico joven se va a lanzar a semejante aventura sabiendo que se va a enemistar con sus tutelas institucionales?
Uno puede pensar que los productos de Monsanto son como el tabaco, con efectos perjudiciales a largo plazo que sólo estudios cuidadosos pueden sacar a la luz. Pero el libro se empeña en demostrar que no es así. Veamos unos cuantos ejemplos. Sobre Posilac:
«Mire», me dice John Kisman, «he guardado una octavilla publicitaria de Monsanto elogiando las maravillas del Posilac». Y el dirigente campesino lee: «Las vacas tratadas con Posilac gozan de muy buena salud. [...] Los rendimientos de los terneros nacidos de vacas tratadas son excelentes». «¡Es falso!», se subleva Terry. «Utilicé la hormona de crecimiento en doce vacas de mi rebaño. En seguida me di cuenta de que perdían mucho peso. Yo no paraba de aumentar sus raciones alimenticias, pero no había nada qué hacer, adelgazaban a ojos vista. Al final del periodo de lactancia quise inseminarlas, lo intenté cuatro o cinco veces, pero nunca funcionó. Ninguna de las vacas
a las que había inyectado me dio terneros. Al final las vendí al matadero. Afortunadamente había salvado al resto del rebaño, si no lo habría perdido todo…».
«Eso es lo que le ocurrió a varios granjeros de Wisconsin»[...]
Vamos a ver. Puedo entender que una empresa oculte estudios que demuestren que su producto pueda ser perjudicial, pero no entiendo como pueden lanzar un producto que tenga tantos efectos negativos inmediatos. Es como si me compro un detergente que en vez de lavar la ropa me la destroza. ¿Qué futuro puede tener? O estos informes son exagerados o Monsanto no sabe qué productos lanzar al mercado. Pero esta no es la única vez que sucede algo parecido:
«¡No queremos más algodón Bt!, grita un hombre al que ni siquiera puedo distinguir.
—¡No!—rugen decenas de voces.
—¿Cuántos de ustedes no van a volver a plantar algodón Bt el año que viene?—insiste Kate Tarak visiblemente emocionado.
Entonces se eleva un bosque de manos que milagrosamente consigue grabar Guillaume Martin, el cámara, cuando estamos literalmente aplastados en medio de esta marea humana que hace el rodaje extremadamente difícil.
El algodón Bt (modificado genéticamente) tampoco parece tener ningún éxito. La línea siguiente añade:
«El problema», suspira Kate Tarak, «es que estos campesinos tendrán muchos problemas para encontrar semillas de algodón no transgénicas porque Monsanto controla la casi totalidad del mercado…».
Eso sí puede ser un problema, porque si no el problema lo tiene Monsanto, que no venderá nada. Es el mismo caso de antes. Si lanzo un producto que no funciona el problema es de la compañía, no del que lo usa, que no volverá a usarlo. Pero en otra página se afirma:
El primer año 55.000 campesinos, esto es, el 2% de los productores indios de algodón, aceptan lanzarse a la aventura transgénica.
¿Esto es controlar el mercado de las semillas transgénicas? ¿El 2%? Un 2% que hablará pestes del producto si hemos de creer lo que dice el libro y dará carpetazo al tema, porque el restante 98% no creo que se lance a comprar estas semillas. Siguiendo en la India me llamó la atención este párrafo:
Si Vandana Shiva se interesó muy pronto por este colosal desafío, al que ha dedicado varios libros,4 es «a causa de la catástrofe de Bhopal», como me explicó cuando nos conocimos, en Bhopal precisamente, que entonces celebraba el veinte aniversario del drama. Ocurrió la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984, cuando a medianoche una nube de gas tóxico cayó sobre la ciudad india: en unas horas 10.000 personas agonizaban en medio de atroces sufrimientos y otras 20.000 murieron a lo largo de las siguientes semanas. El gas mortal procedía de una fábrica de la multinacional estadounidense Union Carbide, un competidor de Monsanto que fabricaba pesticidas químicos.
«La tragedia de Bhopal es lo que me convenció de que había que promover la agricultura biológica y, por lo tanto, el neem. como alternativa a los pesticidas mortales de las multinacionales», recuerda Vandana Shiva[...]
Más de 20.000 muertos que merecen sólo esta mención porque no se trata de Monsanto, sino de la competencia. Si la culpable hubiera sido Monsanto tendría diez capítulos enteros. También se puede destacar el silogismo de Vandana. Si un accidente de una empresa química causa muertos, la consecuencia es que no hay que tener empresas químicas.
La autora afirma que el tema de los transgénicos es complicado y sólo al alcance de los científicos, y que por eso Monsanto ha podido introducirlo (negritas mías):
Por mi parte debo decir que he necesitado meses de trabajo intenso antes de poder pretender que me he forjado una opinión razonable y razonada sobre la manipulación genética. Incluso diría que si Monsanto ha podido imponer sus productos con tanta facilidad es precisamente porque supo aprovecharse del hecho de que era un «tema complicado» que sólo los científicos parecían poder dominar. La empresa comprendió que para asegurar su influencia tenía que controlar a los científicos que opinaban sobre esta cuestión y actuar de modo que opinaran en los lugares adecuados como, por ejemplo, en el marco de foros internacionales apadrinados por las organizaciones de la ONU o en las revistas y universidades de renombre. Y debo admitir que alcanzó muy eficazmente su objetivo.
Lo que ocurre es precisamente lo contrario. La gente tiene miedo a lo transgénico, el mismo nombre asusta. Cuanto más complicado, más miedo da. Lo dice en el propio libro, en todas partes:
la controversia sobre los OGM ha dividido a la sociedad en dos frentes beligerantes. Todos aquellos que consideran que los alimentos transgénicos son una perspectiva aterradora—el “alimento de Frankenstein”—se levantan contra los defensores [de la biotecnología]». «Aquí todo el mundo nos odia», se lamenta por su parte Dan Verakis, portavoz europeo de Monsanto.”
De hecho, un sondeo realizado secretamente desde octubre de 1998 a petición de la empresa y del que la prensa pudo conseguir una copia revela un «descenso continuo del apoyo del público a la biotecnología», con «un tercio de opiniones extremadamente negativas». Siete meses después la tendencia es confirmada por un nuevo sondeo encargado por el gobierno británico, y que constata que «sólo el 1 % de la opinión pública cree que los OGM son buenos para la sociedad» y que la mayoría de las personas entrevistadas no confían en las autoridades para «proporcionarles una información honesta y equilibrada».
[...]
cerealistas norteamericanos, al que pronto se unió la poderosa asociación de molineros japoneses, que por medio de Tsu-tomu Shigeta, su director ejecutivo, predecía un «desplome del mercado» si el trigo de Monsanto invadía las praderas, ya que la mayoría de los consumidores no lo querían (en mayo de 2003 un sondeo realizado por los Western Organization of Resource Councils había revelado que el 100% de los importadores de trigo japoneses, chinos y coreanos consultados rechazaría comprar trigo transgénico).
[...]
—¿Cuáles son los principales factores de riesgo para los accionistas?
—El primero de todos es el rechazo de los mercados, que para Monsanto constituye una auténtica bomba de relojería. Los OGM son los productos más fuertemente rechazados que hayan existido nunca. Más de treinta y cinco países han adoptado o anunciado legislaciones que limitan las importaciones de OGM o que exigen el etiquetado de los alimentos que contienen ingredientes transgénicos. La mayoría de los distribuidores de alimentos europeos han establecido medidas para asegurarse de que no se utiliza ningún ingrediente transgénico en sus productos. Es el caso de Nestlé, Unilever, Heinz, ASDA (Wal-Mart), Carrefour, Tesco y muchos otros. Fuera de Europa existe también una fuerte oposición de los consumidores a los OGM, en Asia o África.
Aún más. Después de capítulos y más capítulos sobre los turbios manejos de Monsanto para introducir los transgénicos, incluyendo la compra masiva de semilleras, ocultación de estudios, desacreditación de científicos, procesos millonarios y un largo etcétera la cosa acaba de una manera sorpendente: una acción de Greenpeace -bloquear un envío- y unas declaraciones del Príncipe de Gales provocan el rechazo unánime del público y una moratoria en Europa. Después se pasa de puntillas sobre el declive de la compañía que tiene que vender divisiones enteras.
Algunas críticas tampoco se entienden muy bien:
En 2003 le toco a la mayor companía lechera de Nueva Inglaterra, Oakhurst Dairy Inc., encontrarse en el banquillo de los acusados. Esta empresa familiar había aumentado claramente sus ventas (85 millones de dólares) etiquetando sus productos con la mención: «Nuestros granjeros se comprometen a no utilizar la hormona de crecimiento artificial». En contrapartida pagaba una bonificación a sus productores. Monsanto no dudó en perseguiria escudàndose en que la etiqueta constituïa «una denigración del uso de las hormonas de crecimiento en el ganado». «No cederemos», había declarado Stanley T. Bennett, presidente de la Oakhurst Dairy Inc., «porque consideramos que nuestros clientes tienen derecho a saber qué hay en su leche». Sin embargo, lo mismo que su colega de Davenport, la empresa tuvo que transigir aíïadiendo la famosa frasecita.
El problema que tuvo esta pequeña empresa fue que la malvada Monsanto les obligó a poner en el etiquetado de sus productos que no hay estudios que verifiquen que hay diferencia entre los productos transgénicos y los naturales. Pero pueden seguir etiquetando sus productos como ecológicos y al consumidor le dará igual que tenga esa frase o no. Monsanto debe gastarse mucho dinero en abogados y en alguna página afirma:
Conozco la,razón de este silencio porque suele estar presente en la mayoría de las entrevistas que he hecho a aquellos que osan denunciar las prácticas de la empresa de Saint Louis, rápida en blandir la amenaza de un proceso muy caro para hacer callar a los impertinentes. Jeffrey Smith lo sabe bien, él, que se ha visto obligado a costear la publicación de sus libros porque no encontraba un editor que estuviera dispuesto a hacer frente a Monsanto: aunque pierda los juicios, la empresa no duda en gastar millones de dólares, ya que lo esencial es dejar a sus oponentes sin un duro. Ésa es la razón por la que hay que sopesar cuidadosamente cada palabra antes de lanzarla a la arena pública —un principio que también me ha guiado en la redacción de este libro…
Menos mal que ha sopesado bien las palabras, porque si no a saber que libro hubiera escrito.
Podría extenderme más, ya que hay muchas cosas criticables, pero no quiero hacerlo más largo. Repito: que no se entienda esto como una defensa de Monsanto que estoy seguro que habrá realizado muchas cosas ilegales o rozando la ilegalidad. A pesar de lo exagerado y tendencioso del libro yo he visto muchas cosas reprobables o que deberían estar prohibidas -no las mismas que la autora. Pero este tipo de críticas pueden conseguir el efecto contrario.
Resumiendo: un libro muy malo, sólo apto para ya convencidos. Personas con espíritu crítico abstenerse.



