Reseñas nada sesudas de los libros que caen en mis manos

Cuchitril Literario

diciembre 4, 2011

Max Aub. Campo Abierto.

Filed under: Novela — Palimp @ 4:45 pm
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Alfaguara, 1998. 444 páginas.
Max Aub, Campo Abierto
Resistencia

En la segunda parte del labrinto mágico Aub deja de lado el virtuosismo de la primera, sin que por eso la calidad del texto sea menor. Por lo que he leído las dos primeras novelas fueron escritas apenas acabada la guerra civil, en París. Fueron testimonio de primara mano de lo sucedido entonces.

Copio ed aquí: El laberinto mágico de Max Aub

En “Campo abierto” asistimos a los primeros avatares de la guerra, principalmente a la presión que las tropas rebeldes comienzan a ejercer sobre Madrid. La guerra parece que va a ser cosa de días: las tropas de Franco ya han tomado los pueblos cercanos y, día a día, van entrando en los barrios periféricos de la capital. Carabanchel, Villaverde, Aluche… Los hombres conjeturan sobre el posible apoyo francés, hablan de su triste condición ante la inminencia de la muerte, tratan de establecer reglas para el hecho casual de no ser alcanzados en cualquier momento por una bala. Seres humanos que expresan sus dudas, sus convicciones y sus miedos, sin que la devastación cotidiana de los obuses ni la cercanía del enemigo les haga llegar por ello a ninguna conclusión definitiva y unánime. En “Campo abierto” surgen las eternas preguntas de los hombres planteadas de nuevo en toda su extensión, unas preguntas que de nuevo quedarán sin resolver.

Les adjunto otro enlace interesante: El “amor unánime” en Campo abierto de Max Aub, y una serie de extractos. Que voy con un día de retraso.

Si lo apresaba la policía oficial sería otra cosa. ¿Dónde le llevarían? Tendría que ir de la Ceca a la Meca. Negarían. Posiblemente le ayudarían algunos capitostes de su partido: varios eran amigos de don Pedro. Habían estado en su casa. ¡Aquella paella del año 35! ¡Cómo habían comido! Allí, en la huerta. Pero, ¿y si lo traían para que ellos decidiesen su suerte? Ellos, es decir, él. Era absurdo. ¿Por qué? Lo mejor sería que su padre se marchara. Los del pueblo no le iban a dejar. Eso, ni pensarlo. Huir. Que llegara a Valencia, con un salvoconducto cualquiera. Embarcarlo. Samper lo había conseguido. Su dinero le costó. Los de la C. N. T. controlaban el puerto. A base de dinero se podía uno entender con ellos; a los que no eran anarquistas les parecían vergonzosos esos tratos. Pero a ellos no: con lo que le sacaban a un fascistoide podían comprar armas en Francia, en Bélgica, en donde fuera, para combatir contra cientos.

El atisbo de la derrota:

o en Madrid.
A lo lejos, Parla, y allá, Valdemoro. Acaba hoy octubre. Llevan quince días retrocediendo. Quince días: Torre de Esteban, el 14; Chapinería, el 15; Valmojado, el 16; Azafia, el 17; Illescas, el 18; Na-valcarnero, el 22; Esquivias, el 24; Torrejón de la Calzada, el 26; Batres, anteayer.
A Vicente le regurgitan los nombres ilustres de la historia de España. No se diferencian mucho, en la realidad, de los anónimos. Pero los tienen que dejar. Dicen que contraatacamos, que Caballero ha proclamado «que ahora tenemos aviones y tanques». Pero, ¿dónde están?
Quince días de retirada: desde que llegó al frente. Y no se puede hacer otra cosa aunque se quiera: siempre, siempre, las órdenes de retroceder. Atrás, atrás. Si no, nos copan. Ahí está el quid: si nos quedamos: nos copan. Y atrás, atrás, atrás. A pegarse a la tierra, a disparar y atrás. Ahora, no. Ahora tienen un buen sitio. Un hoyo hecho adrede, que domina la carretera.
¿Cómo han podido llegar hasta aquí? ¿Cómo no han podido librar Toledo? ¿Es que no tenemos nada? ¿Y los discursos de Prieto? El dinero, la Marina… Ni una mala ametralladora. ¿Y los aviones, y los tanques? Solos, defendiendo a España. Hay que morir. Bueno, se morirá. El recuerdo de Asunción. No le hablé, no la besé. Mejor.
¿Será posible que entren en Madrid? ¿Será posible que ganen? Si es así, mejor quedarse aquí, abonando la tierra, para que retoñe.

La calidad de la prosa nacional, me ha recordado a intereconomía:

Bajando las escaleras del Ministerio, Gorov le dijo a Herrera:
—Puestos a escoger entre la literatura centenaria de este buen señor y la de los rebeldes, todavía es preferible la que acabamos de soportar.
Herrera no sabía nunca cuándo Gorov hablaba en serio o en broma.
—¿No has oído nunca a Queipo hablar por la radio desde Sevilla? —No.
—Vale la pena. Lee. O mejor, déjame que te lo lea.
Subieron al coche y Gorov sacó un papel de su cartera.
—Es de anteanteayer. Te advierto que lo tomaron taquigráficamente. No hay engaño. Oye: «Los rojos —¡ay mamá, qué ricos!— porque me ven luchar al lado de los hombres de orden, dicen que soy un pa… pa… pa. Esperarse un poco, que la palabra es tan rara que se me ha atravesado y la tengo que leer… Un pa-ra-noi-co. Como si dijéramos un chiflao, un loco, un Unamuno, que un día es monárquico; otro, cenetista y, otro, gilrroblista. ¡Cualquiera se fía de ese pájaro, por si acaso! Pero yo contesto a los rojos que ¡nequanquam! Cuando yo ayudé a la implantación de la República, porque la verdad es que don Alfonso me había hecho una cochinadita —¡ya le pesó a él, ya!— lo mismo que a Alcalá Zamora, Miguel Maura y otros, creía que ayudábamos al orden tradicional, que es el sometimiento del pobre a las leyes que dispone el rico, como lo hemos visto desde que Adán le dio pa el pelo a Caín, que era correligionario de Pasionaria, y no a esta República marxista, que nos ha salido la muy equis… Conque que les frían un huevo, que yo soy monárquico…
Gorov dobló cuidadosamente el papel.
—¿Te das cuenta de lo que sería España si llegasen a, ganar?

La eterna división de la izquierda:

¿Crees que todos estos que están ahora abriendo trincheras alrededor de Madrid, o alzando barricadas en sus calles, lo hacen porque se lo manda el Gobierno? ¡Vamos! Además el Gobierno no manda nada… Sólo piensa en salvar el pellejo. ¡Los sindicatos, hijo, los sindicatos! Y eso, porque les sale de adentro a sus sindicados; y no por sindicados sino por hombres, por hombres que tienen sentido de lo que no quieren. Porque están en contra de algo tangible, que está llamando a la puerta de todos. Nada une como lo que no se quiere. Y si no, vete a verlo. Lo mismo da anarquistas, que socialistas, que comunistas. Si tuvieran que luchar por imponer sus soluciones se entrematarían a quien más, mejor. Lo único que une es el anti. El estar en contra. Cada quien quiere otra cosa, pero cuando se trata de no querer, entonces cabe la unión. ¿O es que crees que los madrileños están dispuestos a dejarse machacar por defender la República? ¡No, hombre! Están listos a morir porque no quieren que entren los fachas. El Gobierno no cuenta para nada, ni hace falta. Por mí, que se largue.

La descripción de los horrores de la guerra y una acertada visión de futuro:

Allí, en la plaza, al lado de medio quiosco de periódicos, un tiro al blanco, perdido su toldo y con sus personajes, recortados en plancha, torcidos o rotos; en uno de los cuadros una Agustina de Aragón sigue acercando la mecha encendida a la cureña de un cañón; un trozo de metralla ha deteriorado el letrero: «Bomba va». Al lado, un teatro de marionetas anuncia todavía su función: «La tumba de Elena». Un letrero destrozado deja difícilmente desentrañar: «Carnicería». Más allá, salpicado de metralla, como cartón de encaje de bolillos, otro que ocupa la fachada entera: «Caja de pensiones para la vejez y de ahorros». Al lado, en el escaparate de un fotógrafo, que ha perdido sus lunas, quedan, prendidas por unas «chinches» a un descolorido fondo rosa, las fotografías de Irún bombardeado y un escrito bien caligrafiado: «Especialidad en primeras comuniones». Tres ambulancias, en el centro de la calle, y los camilleros recogiendo despojos en grandes cestos de mimbre, grises de sangre seca. Una mujer se lamenta:
—Me estaba buscando mi marido un piojo… Los ilustres visitantes tienen arcadas. Herrera no les perdona nada: un cuerpo descabezado, sangrante el cercén; un niño con los sesos fuera; un brazo cuelga de un balcón, a su vez sostenido por su cartela. Los ayes de dos viejas heridas, la agonía de Romualda que echa víboras y sangre por la boca.
Los ilustres huéspedes están —todos— a punto de desmayarse. No quieren ver más. Les basta. Ahora sí van a poner telegramas diciendo que los bombardeos de Franco son un ataque contra la civilización.
—¿Y los de ayer? —preguntó Herrera como si cayera de las nubes.
—Uno no se da cuenta… —Hasta que lo ve, ¿no? —Esto es.
—Pues todavía no han visto ustedes nada.
—No queremos ver más.
—Pues lo verán, señores.
—Nos negamos.
—Si no hoy, mañana.
—¿Mañana? Pero, ¿ya saben ustedes dónde van a bombardear mañana? —pregunta la gran dama, suspicaz.
—En Londres.
Los ilustres huéspedes no gustan de esa pesada ironía.

El nombre de la serie de novelas:

—¡Qué gracioso! ¡Eso lo dices tú que en tu última comunicación asegurabas que las condiciones externas acaban por modificar los sentidos! Sí: tu trabajo acerca de las úlceras.
—¿Y qué? El hombre es un centro tan complicado que jamás podremos prever todas sus reacciones. Alabado sea por eso. Porque si no, no habría progreso posible, dado que daríamos con un límite.
—¿Y no lo hay?
—Más allá de nuestros sentidos, nadie lo puede decir. Pero para nuestras facultades, aun centuplicadas, no; no lo hay.
—Entonces, vivimos en un laberinto mágico.
—Limitados por nuestros cinco sentidos.
—¿Crees en un más allá?
—Creo en un más allá .de lo que podemos percibir. Es primario. A medida que pase el tiempo el hombre agranda el mundo. Y lo seguirá agrandando cada día más, gracias a la ciencia. No hacemos más que empezar.

Calificación: Muy bueno

Un día, un libro (95/365)

diciembre 1, 2010

Max Aub. Campo Francés.

Filed under: Novela — Palimp @ 4:32 pm
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Suma de Letras, 2004. 264 páginas.

Max Aub, Campo Francés
Error

En la cuarta entrega del laberinto mágico Aub intenta un experimento. Escribir un libro como si fuera un guión de cine. Es algo que le va bien al estilo del escritor, que tan buena mano tiene para los diálogos y las escenas. Sin embargo, en mi opinión, resulta ser el libro más flojo de los seis.

Se describe la vida de los prisioneros en los campos de refugiados franceses. Digo bien, prisioneros, porque se trataron más bien de campos de concentración, una antesala de lo que después serían los campos nazis. No es Aub el único que describe así la situación, y yo he podido hablar con gente que lo vivió en persona y así lo dicen. Se les trató como auténticos prisioneros de guerra.

Por eso dejo en segundo plano los fallos que pueda encontrar a la estética del libro y recomiendo su lectura aunque sólo sea por saber la historia. Aub aprovecha sus libros para discutir sobre ideología y a veces para enjuciar las decisiones de los dirigentes, pero en este y en su último libro denuncia una situación que no ha tenido mucho eco. El mal trato que dio Francia a los refugiados españoles fue un gran error histórico, un preámbulo al horror de la segunda guerra mundial.

Descárgalo gratis:

Campo Francés

(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

Alemania y Rusia firman un pacto de no agresión. En Dantzig se publica un Decreto nombrando a
Forster jefe del Estado de la ciudad. El embajador inglés en Berlín, sir Neville Henderson, entrega a
Hitler un mensaje personal del jefe del gobierno británico, señor Chamberlain.

Actualidades alemanas: Letrero: 24 de agosto de 1936, superpuesto a la llegada de Ribbentrop a
Moscú.

INTERIOR DE UN BARRACÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE VERNET D’ARIEGE

En una tarima de un metro de ancho están acostados Leo Weicsen y Juan. Hablan en voz baja.

WEICSEN. Me van a expulsar y me duele horriblemente. Desde que recuerdo, fui del partido.

JUAN ¿Qué has hecho?

WEICSEN. Provocar yo mismo mi expulsión.

JUAN. No te entiendo.

WEICSEN. Siempre luché por lo que consideré no sólo justo, sino irremediable.

JUAN ¿Y? ¿Ya no crees en la victoria del proletariado?

WEICSEN. Sí. Pero a este precio, no vale la pena.

JUAN ¿Qué precio?

WEICSEN. La guerra.

JUAN ¿Crees que la firma del pacto germano-soviético es la guerra?

WEICSEN. Sí.

JUAN ¿Te das cuenta de lo que va a ganar la URSS?

WEICSEN. Desde aquí, encerrados, fuera de juego como estamos, es posible que se pueda considerar así. Pero piensa en los millones de trabajadores que van a morir.

JUAN ¿No habíamos quedado en que de todos modos habría guerra?

VOZ DE KARPATY ¿Queréis callar?

WEICSEN. (Más bajo.) Es otra cosa. No se puede hacer lo que Stalin ha hecho. No es decente.

JUAN. Pues lo hizo.

WEICSEN. Contra ello me rebelo.

JUAN. Te vas a quedar solo.

WEICSEN. Lo sé.

JUAN. Ni yo te dirigiré la palabra.

WEICSEN. Lo sé.

JUAN. Pediré que me trasladen a otra barraca.

WEICSEN. No te preocupes, ya lo harán ellos por su cuenta.

JUAN. Acabarás vendido.

WEICSEN ¿Lo crees?

JUAN. No, pero… podrías pensarlo un poco más.

WEICSEN. Es inútil: le di la carta a Carlos.

VOZ DE KARPATY ¿Queréis callar, hijos de Satanás? ¿No podéis discutir tonterías a otra hora?

VOCES. ¡Chist! ¡Chist!

noviembre 17, 2010

Max Aub, Campo de Sangre

Filed under: Novela — Palimp @ 11:27 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Suma de letras, 2003. 496 páginas.

Max Aub, Campo de Sangre

El tercer libro de la saga se centra en Barcelona y la batalla de Teruel. Las brigadas internacionales que parecían dar una esperanza al final del segundo libro no han conseguido decantar el triunfo para la república. Teniendo en cuenta que Aub escribió este libro cuando la guerra ya había acabado y se encontraba en campos de concentración franceses no es de extrañar que cualquier atisbo de esperanza haya desaparecido del libro.

La descripción de Barcelona y, sobre todo, de los personajes que la pueblan es de un detalle exquisito. Esta es una de las mejores bazas de Aub, y en la página 326 encontramos casi una declaración de principios:

El novelista que pudiera convertirse en mosca, sabiendo taquigrafía, buen novelista sería

Mosca no fue, pero sin duda tenía una memoria prodigiosa que le ayudó a construir estas novelas con cientos de personajes con identidad y nombres propios. Un fragmento de batalla:

A medida que sube la carretera crece la niebla, el frío, el sueño.

De pronto el trueno del cañón ondeando a través de todo.

—Para cosernos a la tierra y no olvidarnos del cielo —dijo sonriendo, como disculpándose, el viejo archivero.

Otra reseña: Campo de sangre

Descárgalo gratis:

Campo de sangre

(Descarga directa)


Extracto:[-]

No acabo de creer que hayan matado a Federico García Lorca. Saldrá cualquier mañana. Es imposible. Imposible.
—¿Para qué han hecho ustedes la guerra?
—Para asesinar a Federico García Lorca.
Eso lo comprende uno. Una escuela:
—Niño, ¿por qué se sublevó el general Franco en 1936?
—Para matar a Federico García Lorca.
Valía un millón de españoles. Si es verdad que lo han matado han ganado la guerra. Lo demás es por añadidura. Y la tierra tembló y las tierras se hendieron. Y abriéronse los sepulcros. Esta vez para que entraran.
Se ven desde las barandas por el monte, monte, monte, mulos y sombras de mulos cargados de girasoles.
¿Quién daría la orden de matar a Federico? Porque ese hombre existe.
Dos Córdobas de hermosura. Córdoba quebrada en chorros. Celeste Córdoba enjuta.
«Fedra» en Mérida. Margarita Xírgu. Séneca y don Miguel, su encuentro no es casual: teatro para leer. A don Miguel no le ha importado nunca el actor: el personaje. Ni la manera de representar: el hecho en sí. Aquellos escándalos de Valle. ¡Dios, si
viviera Valle! El solo hecho de la existencia del teatro, drama de Unamuno. Todo lo demás se le antoja superfluo. Desprecio de lo externo y razón de su fracaso. Le importa lo subjetivo, la vida interior del personaje. El personaje de don Miguel, o el personaje tercio o cuarto de don Miguel, o rincón de don Miguel, y los antagonistas trocitos de don Miguel, puestos allí para batir bien el cobre. Y el público: acostumbrado a que le expliquen las cosas. El teatro o la física de los sentimientos. Física sentimental: si me acerco con los brazos implorantes: amor. Todo le importaba un comino. El drama: un personaje; los demás, fantoches. Teatro de adentro. Hacer una comedia en que no haya más personaje que el protagonista, que sus sentimientos y recuerdos se muevan como personajes; entren y salgan. Diálogo con el 28 de febrero, con el abrazo y el arbolillo del 19 de marzo. El sentimiento de inferioridad sorprendiendo al deseo imaginándose la desnudez de… La fotografía del decorado de una comedia que se representaba en el interior de una cabeza. Tonterías checoeslovacas. Sería una comedia perfectamente tonta. Autorretrato. Como dicen los franceses: por él mismo. Sí. Hay que empezar la comedia por un diálogo del catalán con su mujer. Jugar con el equívoco.
—¿Me visto de luto? .
—¡No faltaba más! ¿Qué iba a decir la gente?
—¿Y a los otros? ¿Qué les digo?
¦—¿Cómo que qué dices?
—Ya salió.
—¿Qué salió?
—Nada, hijo, nada. Que en cuanto se te habla, te pones…
—¿Me pongo?

mayo 19, 2010

Max Aub. Campo Cerrado.

Filed under: Novela — Palimp @ 6:59 am
1 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Editorial Alfaguara, 1944, 1997. 252 páginas.

Max Aub, Campo Cerrado
Empieza la guerra

La única ventaja de reseñar los libros mucho tiempo después de haberlos leído se da en casos como éste. Leídos los seis libros que componen el laberinto mágico puedo decir que el que más me ha gustado y que creo que es el mejor es éste.

Centrado en los años previos a la guerra civil se va definiendo la estructura que seguirán los libros de la saga. Multitud de personajes, de los que se nos cuenta su historia aunque apenas contribuyan al esquema general, fluidez en los diálogos y un minucioso retrato de la época.

Pero en su primer libro se nota un esfuerzo extra en el lenguaje, la prosa está muy depurada, y aunque a veces cae en un barroquismo excesivo la calidad de las imágenes que encuentra no se repiten en los libros posteriores, dónde se decanta más por la crónica con un abandono del estilo. No soy de los de subrayar con lápiz, pero en este libro más de una vez me asaltó la tentación (en cambio, martirizaba a mi mujer leyéndole fragmentos). Un ejemplo:

Cada año, con la vendimia, nace un crío. A veces se muere, otras no. Entonces se va alzando, sucio, con costras, granos, ulcerillas y lagañas, sin conocer lo que es el frío ni el hambre, porque son su aire y su alimento. Crecen renegridos, escuetos v duros, muy hechos a hacer lo suyo y a no importarles un comino los demás, como no sea, muy luego, el sexo de sus hembras, que tienen en mucho, y las caballerías, que aprecian otro tanto: lo atestiguan dichos y canciones: todavía llegan allí los zorongos y las jotas; se las oye por montes y campos.

Tras haber leído gran parte de la obra de Aub coincido con lo que dice Santiago Fernández:

Para quien esto firma el lugar que ocupa Aub es el justo. Es el de un escritor reconocido y admirado por muchos, pero que nunca podrá considerarse un clásico de nuestras letras.

Pero recomiendo vivamente la lectura de este libro.

Descárgalo gratis:

Campo Cerrado

(Descarga directa)


Extracto:[-]

Rafael les ve a todos la cara boba, los sentimientos idos, el ánimo suspenso; vivos los ojos, amansado el oído, olvidado el resto; sin tiempo, ni más espacio que los cinco o seis metros de la embocadura del teatrillo; dales la luz de las candilejas de refilón y de frente; quién entreabre los labios como pez a punto de picar, quién mira como escondido; corre por todos cierta beatífica candidez y tranquilidad; distendidos, un poco con su cara de muertos, más el calor que lo vivifica todo.
Ya se corre el telón para el último número. Ya sale tocada con plumas de avestruz y con ropa de tisú de oro la artista de más nombre.

El día que yo me vaya de este pequeño salón ya no romperán los hombres por delante el pantalón.
Ya toca la orquesta la marcha que delimita el principio del cabaret.

—El público satisfecho se va por donde ha venido —dice uno de los que venían con Luis Salomar.

—La marcha de los cabritos —comenta uno que pasa.

Fuera hace luna.

—Vamos a dar una vuelta.

Dar una vuelta consiste en ir de taberna en taberna con tal de acabar en cualquiera de ellas de dos a tres de la madrugada, ante un velador, botellas de Priorato a la mano; sopa de pescado, tortilla, aceitunas, queso o huevos fritos por delante, borrachos como unas cubas, pero muy serios, discutiendo del porvenir de España, entrecortado por algún bárbaro: ¡ijujú! lanzado por Salomar, a quien se le saltan de vivos los ojos.

—¿Dónde hay corderos como los españoles, ni poeta como Fray Luis, aunque fuese algo judío?
—Lo que quieras, pero siempre haremos las cosas en el último momento y de cualquier manera. Lo grande es que a veces salen bien. La improvisación es un arma española.

—No sabéis prevenir. Y trabajarr a rratos. Pequeños ratos.

—Ni falta que nos hace.

Con Luis Salomar y Rafael Serrador están un suizo y un joven catalán, profesor éste de una vaga arqueología o algo así: zangón, aristocrático venido a mucho menos, de maneras remilgadas, emparentado con familias de renombre mercantil, que no saca, pero que no deja de citar si viene a cuento; Viena y Londres en la boca a cada paso, con cierto aire marica, sin serlo, y procurando demostrárselo en toda ocasión a la peor pintada, lo que no le salva en los locales de taxis-girl, a los que es muy aficionado, de producir diálogos como el que se trae aquí a cuenta:

—¡Te digo que lo es!

—Chica, lo que tú quieras, pero te aseguro que no lo es.

—¡Para ti la perra gorda!


—¡Eres un bárbaro! —dice el socialista.

—Ni bárbaro, ni no bárbaro.

Vuelve a intervenir el viejo:

—Siempre puede uno colocarse por encima de los partidos.

—Entonces el partido eres tú —dice Bosch—. El que quiere abarcar equitativamente el bien y el mal se queda en regular, aguachirle, café con leche, nada entre dos platos, animal híbrido sin posibilidad de descendencia, en mulo.

—¡Para la burra, sobrino!

—No hay gran escritor sin cárcel o destierro —sigue Salomar—, o poltrona ministerial. Digo escritor y no poeta. Los poetas son bichos que lo mismo cantan en invernaderos que en muladares.

—¿Y Lope? —añade el profesor de buen lomo.

—¿No era Lope poeta? —se extraña Salomar.

—¿Y el lameculismo una política? —arguye Lledó—. Y no es cuestión de repetir lo dicho, pero ¿cree que los niños de Cambó no hacen política? Recuerde dedicatorias antiguas y modernas. No tienen el genio de Lope.

—Un novelista pacato escribe novelas pacatas —triunfa Salomar—. A veces me pregunto si Blasco no será tan mal novelista como creo… Vosotros, los catalanes, pensáis resolver los problemas creando premios y repartiendo flores. ¡Así os va! Mejor haríais metiéndolos a todos en la cárcel. Y los poetas, sueltos.

El profesor catalán, un poco fachenda con su voz abaritonada, sus nalgas rimbombantes y su listeza boba, no sabe a qué carta quedarse, si defender a sus conterráneos o pasarse vergonzosamente al enemigo. Lo que él quiere es una cátedra en Madrid.

—Mire usted, Luis —acaba diciendo—: creo que debiera ponerse usted a escribir un libro sobre los místicos y dejarse de tonterías.

—La tontería es suya, profesor —dice Salomar, soliviantado—, y lo de escribir, esas son mis cebollas, que dicen los gabachos. Escribir, para mí, es luchar contra la muerte. Y lo mismo lucho de una manera que de otra.

—Comprendería tu posición si estuvieses del otro lado de la barricada —comentó Lledó—. Pero tu actitud política, pesimista…

—Lo uno no empece a lo otro. En este terreno no quedan huellas. Me salvaré a brazo partido o por la fuerza de las palabras. ¡Tanto monta! Un hombre a quien no le interesa la política no es hombre; puede ser un sabio, una especie de sabandija que se roe las entrañas. ¡Pero el que toma el aire, o ve colores, o husmea campo o calle…! A lo sumo, los que piensan salvar la humanidad a fuerza de microbios, y eso a mí no me interesa, ni creo que a nadie tampoco; habría que estar en el secreto…
Hizo una pausa, acabaron de tomar café.

—Frente a la vida —continuó— no hay más que dos posiciones: mandar u obedecer. ¡Inventar una tercera: la ignorancia? Babia, es cosa de maricas. El purgatorio, una traición. Todo esto es esquelético y primario, pero España es un país de esqueletos y por nada nos matamos más a gusto que por sofismas. Y como, por añadidura, comemos mal, nos importa tres pitos la vida.

—Querrás decir —intervino Rafael— que los que comen mal son los obreros.

—Los obreros comen mal y los demás no saben comer —respondió Lledó—. Siempre les ha importado más la otra vida que ésta a católicos y anarquistas. ¡Y son unos cuantos!

agosto 31, 2008

Max Aub

Filed under: Audiovisual — Palimp @ 9:29 am
0 votos ¿Has leído este libro? Vota para darnos tu opinión

Acabo de leerme Campo cerrado. Que bueno. Lo mejor, que todavía me quedan cinco novelas del ciclo.

Les dejo con una breve reflexión acerca de Max Aub y la literatura del exilio a cargo de Manuel Aznar. No todo van a ser entrevistas de una hora:

Página siguiente »